GERÓNIMO DE GÁLVEZ, PILOTO DEL REY


El honor es patrimonio del alma.
Calderón de la Barca
El Ateo de Zalamea


Por el año de gracia de 1687 llegó a la Villa Rica de la Vera Cruz un hombre de mar, piloto del Rey, llamado Gerónimo de Gálvez, acompañado de su mujer, la preciosa Solina. Pronto se supo por todo el puerto la historia de la joven y enamorada pareja.

En las tabernas de los muelles se rumoró que Gálvez había llegado a la Veracruz, después de haber sido piloto durante muchos años en el Mediterráneo; huyendo del Tribunal de la Santa Inquisición al que se había hecho sospechoso, lo mismo que su mujer. Los dos eran naturales del puerto de Cartagena y llevaban en las venas gran cantidad de sangre morisca y, según la Inquisición, no habían olvidado por completo las prácticas de su raza en materia religiosa. El padre de la bella Solina murió en el tormento cuando pretendían interrogarlo en Sevilla sobre su ortodoxia, y la madre, que también estaba presa, murió de pesar. Así las cosas, Gálvez, que tampoco era bien visto por la Inquisición, resolvió trasladarse con su mujer a América, refugio de todo perseguido en aquellos tiempos, y se estableció en Veracruz.

Desgraciadamente todos los barcos que partían de Veracruz y eran lo bastante importantes para ameritar un piloto de la categoría de Gálvez, iban para España, lugar prohibido para él. En cambio, en el Océano Pacífico escaseaban los pilotos que guiaran la llamada Nao de China o Galeón de Manila en su peligroso viaje. La línea de galeones del Pacífico necesitaba por lo menos de doce pilotos experimentados para su servicio, siendo diez y seis los que debía haber por decreto real, pero era casi imposible conseguirlos por lo largo y peligroso de la travesía y porque todos se enriquecían en uno o dos viajes y dejaban entonces el oficio para pasarse a España a gozar de sus pesos de oro sin los sobresaltos del mar.

El sueldo de los pilotos era sólo de setecientos pesos de oro al año, pero tenían permitido el llevar algo de mercancía en la nave y con eso y el contrabando, al que eran muy afectos, en dos viajes redondos quedaban ricos. Muy importante era el cargo de Piloto en los galeones de Manila, pues generalmente el capitán de la nao era algún señor principal que hacía el viaje y no entendía una palabra de cosas de mar, por lo cual el piloto resultaba ser el verdadero capitán en todo lo referente al manejo de la nao y así se explica que se les permitieran muchas irregularidades, especialmente el contrabando.

Gálvez y Solina, buscando una vida más fácil, se trasladaron a Acapulco, y el año de 1689 quedó Gerónimo inscrito como Piloto en el galeón Santa Rosa de Lima, de larga y gloriosa historia en los anales de la línea.

Tres años vivieron felices el piloto y su mujer, aunque las separaciones eran largas pues sólo lograban estar juntos dos meses cada año, mientras se descargaba y cargaba el galeón en Acapulco. Cuando éste zarpaba Solina quedaba sola en su casa, sin salir para nada, si no era a pasear en las tardes por la playa, bajo el fuerte de San Diego.

En 1692 llegó a Acapulco, camino a Manila, un joven hidalgo, don Sebastián de la Plana, cortesano, calavera y arruinado, que buscaba en un breve exilio en Filipinas el rehacer su fortuna despilfarrada en Madrid. Ese año el galeón tardó en salir un mes más de lo acostumbrado y el cortesano don Sebastián se aburría mortalmente en Acapulco. Un día vio a Solina pasear por la playa, la vio más de lo debido y el diablo hizo que se le metiera dentro del alma la imagen de la bella morisca. Inmediatamente, haciendo alarde de galantería madrileña y cortesana, empezó a rondarla y a requerirla de amores, que fueron enérgicamente rechazados. Más de quince días anduvo de la Plana tratando de vencer la obstinación de la hermosa Solina, sin conseguir más que desaires y malas razones y se admiraba de que la mujer de un piloto cualquiera pudiera resistir tanto a un hombre acostumbrado a vencer mujeres de la corte con sólo una mirada. Por fin, no pudiendo vencerla por las buenas razones que le decía ni por los muchos regalos que ella siempre rechazó, pagó a dos espadachines de mala muerte para que la raptaran y la llevaran por fuerza a su posada.

Los espadachines esperaron a Solina en la tarde en la playa y se la llevaron. A la mañana siguiente regresó a su casa, el vestido destrozado, el cabello alborotado y el corazón deshecho, pues ella amaba desde el fondo del alma a Gerónimo de Gálvez. Pasó la mañana escribiéndole una carta, sin contar a nadie su terrible aventura luego se encerró en su alcoba y a los tres días murió, nadie supo si de tristeza o envenenada por su propia mano. Esa misma tarde zarpó el galeón para Filipinas llevándose a don Sebastián de la Plana.

Seis meses más tarde llegó el Santa Rosa de Lima a Acapulco. Desde cubierta Gerónimo de Gálvez buscaba con ansia a su mujer entre la multitud que llenaba la playa vitoreando a la nao. Siempre Solina era la primera en aparecer, corría a la playa apenas los cañones del fuerte de San Diego anunciaban que la nao estaba en la bocana y, desde allí, le hacía señas a su marido con un lienzo blanco. Al no verla, Gálvez se llenó de presentimientos, entregó a toda prisa los informes de rigor y saltó a tierra. Al llegar a su casa la encontró ocupada por otra gente, que le dio la noticia de la muerte de Solina.

Desesperado fue en busca del sepulcro y un buen fraile de San Hipólito se lo mostró dándole la carta que Solina le había dejado. Cuando la hubo leído, y supo por ella la villanía de don Sebastián de la Plana, su cólera fue terrible, vagó por las callejuelas del puerto, invocó la justicia divina y todo el mundo se enteró de su tragedia.

Antes de que saliera el galeón mandó hacer un monumento que puso sobre la sepultura de Solina. Como único epitafio estaba esta frase: “Me vengaré…”

Todo Acapulco supo la historia y no tardó en llegar a Manila entre las barras de plata y órdenes reales que llevaba el galeón compañero del Santa Rosa de Lima que zarpó antes. Así supo don Sebastián de la Plana la cólera de Gálvez y el epitafio de la tumba. No era un cobarde, pero el remordimiento de su mala acción y la cólera del piloto ultrajado lo llenaron de tal pavor, que resolvió cambiarse de nombre y dejarse crecer la barba No contento aún con esto, hizo que un cirujano le llenara de cicatrices la cara con la esperanza de que así Gálvez nunca lo identificara.

A pesar de todas estas precauciones, cuando se anunció en Manila que ya el Santa Rosa de Lima estaba en el canal y entraría dentro de unos días al puerto, de la Plana sintió tal pavor, que huyó.

Apenas desembarcado, Gálvez se dedicó a buscar al asesino de su mujer, pues así lo consideraba. Recorrió toda Manila y las villas cercanas sin encontrar rastro de él. Algunos le dijeron que don Sebastián había regresado a Acapulco, otros que estaban en las islas de la Especiería o Molucas, otros lo imaginaban en Macao, en China, en Japón o en cualquier ciudad europea del Extremo Oriente.

Ante tan contradictorios informes Gálvez decidió seguir navegando en el galeón por ver si encontraba a su enemigo en Acapulco y comisionar espías para que lo buscaran entre todo el laberinto de islas y mares de la Malasia, hasta las costas chinas y el Japón, donde había un establecimiento holandés.

Seis años duró la búsqueda y en ellos Gálvez gastó todas sus ganancias, pero no desesperaba y en cada viaje recorría las Filipinas, ofreciendo dinero a quien le diera noticias de su enemigo y comisionando cada vez mayor número de espías. Pero todo parecía ser inútil: tan bien supo de la Plana ocultarse a su perseguidor.

Por fin, uno de los espías localizó a de la Plana en Macao, donde había sentado plaza en el ejército portugués. Cuando el espía se convenció de que ese era el hombre a quien buscaba se hizo amigo de él, le prestó dinero y lo ayudó en varias formas hasta granjearse su confianza y hacer que le contara su verdadero nombre y la razón de su fuga. Entonces el espía dijo que Gálvez ya había muerto y que el crimen estaba completamente olvidado, por lo que don Sebastián podía regresar a Manila sin ningún peligro. Le hizo ver cómo allá le sería fácil enriquecerse en el comercio de la nao, pues nunca faltaban oportunidades para mandar un poco de mercancía de contrabando y doblar el capital en seis meses. Para animarlo más le hizo ver que había en Filipinas muchas viudas ricas y hermosas que deseaban casarse para volver a España con sus maridos y entregarles toda su fortuna. Tan bien supo hablar el espía y tanto supo decirle al desesperado don Sebastián, que resolvió emprender el regreso a Manila con la flota de juncos chinos que llevaban la seda y otras telas de China a Filipinas para embarcarla allí en el galeón. El espía resolvió acompañarlo para ponerlo en manos de Gálvez y cobrar su recompensa, y para disimular la razón de su viaje, le dijo que él conocía mucha gente rica con la que podían hacer negocios juntos.

Cuando llegaron a Manila ya estaba el Santa Rosa de Lima descargando. El espía fue inmediatamente a buscar a Gálvez y le relató toda su historia y el éxito de sus pesquisas. Gálvez le recomendó que siguiera fingiendo con don Sebastián, sin decirle sobre todo que él estaba allí. Para no correr el peligro de topar con su adversario en las calles y madurar bien su plan de venganza, no bajó un solo día a tierra y nombró gente que vigilara a su enemigo y al espía que lo había encontrado.

Acabado de descargar el galeón se acostumbraba llevarlo a los astilleros de Cavite para repararlo de todo a todo y limpiarle el casco. Gálvez pidió y obtuvo permiso para inspeccionar personalmente estos trabajos, así que zarpó con el galeón para Cavite, comisionando antes al espía para que en un día fijo, al caer la tarde, llevara allá a su enemigo con cualquier engaño.

El espía, ansioso de la recompensa ofrecida, no tardó en engañar al confiado don Sebastián para que fuera a Cavite, diciéndole que se podría arreglar un buen negocio de contrabando con uno de los oficiales que era amigo suyo y mandaba la guardia del Santa Rosa de Lima. Así, el día señalado, salió don Sebastián rumbo a Cavite, en una canoa con el espía que remaba. Ya de noche llegaron junto al galeón y subieron inmediatamente sobre cubierta.

En el barco no estaba más que Gálvez, pues se había dado maña para despachar a toda la guardia a pasar la noche en las tabernas y casas de juego de Cavite y los trabajadores ya se habían retirado.

Así, pues, no hizo don Sebastián más que poner los pies sobre cubierta cuando le salió al encuentro Gálvez, declarándole quién era. De la Plana comprendió la traición que le habían hecho y trató de fugarse, pero un certero puñetazo del piloto lo tendió sobre el puente. Entonces se llenó de miedo, pidió, rogó, ofreció, pero Gálvez estaba sordo a todo lo que no fuera su venganza. Levantando a don Sebastián hizo que el espía los amarrara, el uno al otro, de las manos izquierdas, de manera que don Sebastián no pudiera escapar, le dio una daga, tomó otra y lo invitó a pelear.

El miedo apenas si le permitía a de la Plana moverse; con la daga en la mano veía estúpidamente a Gálvez y musitaba palabras ininteligibles con las que pretendía pedir perdón. Gálvez, cegado ya por la cólera, le dio una puñalada ligera en el brazo, pero don Sebastián, presa de pánico, sólo acertó a cortar el lazo que lo unía con su enemigo y, tirando la daga, corrió a refugiarse en lo alto del mástil. Gálvez lo siguió con la daga ensangrentada entre los dientes, sin decir una palabra. Así pasaron de cordaje en cordaje, cada vez más cerca del perseguidor, cada instante más lleno de pánico el perseguido.

Por fin don Sebastián llegó al punto más alto del mástil, donde ya no podía huir ni avanzar. Hasta allí lo siguió Gálvez, la daga entre los dientes, los ojos fijos en su adversario, las manos crispadas sobre las cuerdas. Ya lo iba a alcanzar cuando un grito desgarró la noche silenciosa de Cavite. El espía, desde la cubierta, vio sobre el fondo claro del cielo cómo don Sebastián maromeaba en el aire, golpeaba en una antena y caía pesadamente sobre cubierta.

Con toda calma bajó Gálvez desdé lo alto del mástil, la daga siempre en la boca. Cuando estuvo sobre el puente se acercó a su enemigo esperando encontrarlo muerto, lo volteó de cara al cielo y vio que aún vivía Por un momento pensó en rematarlo con la daga, pero cambió de ideas. Revisando al herido a la luz de una linterna que había acercado el espía, vio que tenía la columna vertebral rota y que estaba paralizado de la cintura para abajo. Gálvez guardó la daga y ordenó al espía que lo ayudara para transportar al herido a Manila. Tal vez por su mente cruzó la idea del perdón, pero fue más poderoso el recuerdo de la hermosa Solina y repitió la frase que había grabado sobre la tumba en Acapulco.

Ayudado por el espía bajó al inconsciente don Sebastián, lo acomodó en el bote mismo que había traído y, tomando los remos, llegó antes que amaneciera a Manila. Entre él y el espía arrastraron el cuerpo inanimado hasta un jacalón de la calle de la Rada, en el barrio de los criminales y allí lo dejaron en el suelo. Gálvez pagó espléndidamente los servicios de su espía y se quedó solo con su enemigo.

Cuando don Sebastián recobró el conocimiento vio a Gálvez frente a él; inmovilizado, lleno de terror, no se atrevía a hablar. Gálvez, al ver que había vuelto en sí, no le hizo daño alguno, se concretó a ponerle frente a los ojos un medallón en el que estaba una miniatura de la hermosa Solina y a sentarse frente a él, acechando su muerte.

El dolor que sufría don Sebastián era atroz y la sed llegó a atormentarlo en tal forma que, dominando su miedo, se atrevió a pedir un poco de agua, pero Gálvez, que sin moverse lo veía fijamente, no contestó una palabra. El mismo silencio le sirvió de respuesta cuando pidió un cirujano. Por fin, comprendiendo que todo era inútil y que su muerte era inevitable, pidió un confesor, pero Gálvez seguía inmóvil, sosteniendo la miniatura de la hermosa Solina frente a los ojos del moribundo.

Tres días duró esta escena terrible, durante tres días y tres noches Gálvez no se apartó un segundo de su enemigo y durante todo ese tiempo no habló una sola palabra, no hizo un solo movimiento más que mostrarle el retrato de Solina y acechar su muerte. Cuando ésta llegó, Gálvez se volvió a Cavite y los frailes de la Misericordia que encontraron el cadáver le dieron cristiana sepultura en un lugar oscuro.

Un mes después zarpó el Santa Rosa de Lima para Acapulco llevando como piloto a Gálvez. Éste era su último viaje y en Acapulco dejó para siempre la vida del mar y se le vio durante algún tiempo recorrer toda la Nueva España, vestido de penitente, visitando los santuarios, haciendo el bien, socorriendo pobres y regresando cada tres o cuatro meses a Acapulco a visitar la tumba de Solina.

Un amanecer los pescadores lo encontraron muerto sobre esa tumba con la miniatura en las manos y los buenos frailes de San Hipólito lo enterraron junto a la mujer que había amado.