La realidad cruzada de datos
 
 
 

En el año de 1960 aparece en el panorama de la literatura mexicana un libro colectivo de poemas titulado La espiga amotinada. Lo integran libros de Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Eraclio Zepeda y Jaime Labastida, quienes desde entonces pasan Conocidos como el grupo de "La Espiga Amotinada".

El nacimiento de este grupo (nunca configurado programáticamente sino enlazado por la amistad y por una visión común en lo que se refiere a una concepción del mundo y una búsqueda expresiva) ocurre en el contexto de dos hechos históricos de amplias dimensiones: en el interior de las fronteras mexicanas la emergencia de importantes movimientos de reinvindicaciones sociales populares principalmente la gran huelga ferrocarrilera de 1959; en el plano internacional, el triunfo de la Revolución cubana. Se generan por este contexto realidades, hechos, necesidades que demandan la creación de nuevas formas poéticas capaces de expresarlos. "La Espiga Amotinada" recoge, además de otros, un ámbito temático referente a las luchas sociales por un país distinto; para estos nuevos contenidos los poetas del grupo componen nuevas formas: buscan y plasman otros ritmos, otras palabras, otro tipo de imágenes. Señala Françoise Perus que si a los poetas de "La Espiga Amotinada" hubiera que buscarles un denominador común, "sería, tal vez, el de su empecinada negación a toda metafísica (que implica la desacralización de la poesía), unida a una no menos firme concepción del mundo, que ha de ser dialéctica (y que involucra una común posición ética, en lo vital y poético)".1

En el proceso de la poesía mexicana, el tratamiento desembozado de temas de carácter social por parte de "La Espiga Amotinada" constituye (en la época en la que aparece el libro mencionado) una piedra de escándalo. La polarización de posiciones ideológicas que surge al proclamarse el carácter socialista de la Revolución cubana, reviviendo para los intelectuales la problemática relativa a las relaciones entre poesía y política, engendra, de parte de aquellos que sostienen una separación tajante entre estos dos términos, un temor sordo, el reflejo condicionado del rechazo; por él se desatiende, se margina, la novedad estilística que ofrece el grupo de "La Espiga Amotinada". Este sordo temor (promovido por razones políticas y no estéticas) hizo también que se olvidara la diversidad entre cada uno de los poetas del grupo y que se levantara el lugar común de que todos ellos escribían igual. A pesar de todo esto, los integrantes del grupo continuaron su labor poética desarrollando y profundizando hallazgos y proyectos.

En 1965 aparece Ocupación de la palabra, otro volumen colectivo, después del cual cada uno de los poetas de La Espiga comenzó a publicar por separado, tarea que sostienen hasta ahora, veintiséis años después de aquel primer libro memorable. Esta labor, firme y creativa, continua, de los poetas mencionados, y un mayor desarrollo de la conciencia artística y política de los estratos intelectuales del país, ha hecho que la especie de "veto" hacia la poesía de La Espiga se disuelva. Las nuevas generaciones reconocen a los poetas como fundamentales: se les lee, se les goza, se les juzga críticamente: su obra comienza a ser aprovechada.

Óscar Oliva nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1937. En el volumen de La espiga amotinada publicó La voz desbocada, en Ocupación de la palabra el libro con el que Oliva estuvo presente fue Áspera cicatriz. Posteriormente, en 1971, publicó Estado de sitio, con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía. Su libro más reciente es Trabajo ilegal, que reúne la poesía que ha escrito desde 1960 hasta 1982. En ese sentido este libro podría considerarse como sus obras completas hasta ahora. Sin embargo, Trabajo ilegal posee ciertas características que hacen que se le pueda considerar como un objeto que representa una de las exigencias más importantes (no sé si la principal) de la "poética" de Oliva. En vez de una simple reunión, una recopilación de sus libros anteriores ordenada cronológicamente como éstos fueron publicados, el poeta elige construir para esta suma una estructura que le sea propia: divide el libro en XXVII secciones y acomoda los poemas haciendo caso omiso de la sucesión cronológica, según su clima, su temperatura, según su peculiar espiral poética; agrega, además, poemas que no aparecían en otros libros2. Oliva concibe a este libro como una obra unitaria, como una totalidad con movimiento propio. "Trabajo ilegal —explica Oliva— es el proceso del derrumbe de una realidad como la nuestra, en medio de la lucha de clases, del amor, de la esperanza y la desesperanza (…). Este libro está integrado como una obra abierta, siguiendo un hilo conductor temático y agrupado por secciones, conforme he visto ese derrumbe, también la esperanza que sin embargo provoca, pues el ver todo caído es el inicio de la reconstrucción".3

Esta búsqueda de una estructura, de una totalidad orgánica, está presente, asimismo, en los poemas tomados separadamente y, más allá, en la concepción que el poeta tiene de la poesía. En un taller de los muchos que Oliva ha impulsado o dirigido, nos recordaba el poema "Sucesos", de Jacques Prevert, donde una golondrina enlaza, desde la altura o los nidos de su vuelo, diferentes sucesos, haciéndolos significativos por su presencia. Esta búsqueda es, como ya señalé, una de las características más relevantes de los poemas de Oliva. Así sea manejando una serie de datos históricos o de anécdotas cotidianas, o de sensaciones, el poema de Oliva está trabado (trabajado) por una lógica interna, dada no sólo por mediaciones conceptuales sino también por eslabones emotivos.

Esto, de algún modo, tiene que ver con la concepción que posee Oliva acerca del propio trabajo poético. Óscar Oliva es, si me puedo expresar así, un poeta homérico. Habla la historia de un pueblo (arroja sus palabras y sus palabras caen de canto), canta una realidad colectiva e histórica de la que no puede separar su propia realidad cotidiana: es un testigo de los sucesos, pero no sólo los presencia: los resignifica al relacionarlos entre sí y con él, con la exaltación o la sangre que le mueven; así, trabaja con ellos, traba en ellos la experiencia de su existencia cotidiana. Relaciona la realidad, la integra, la estructura, multiplica sus dimensiones. La intensifica.

Otra nota de la poesía de Oliva es que busca, de manera decidida, la arritmia. Oliva rompe deliberadamente el ritmo cuando éste se vuelve monocorde. Para él, integrar no es armonizar, sino articular las contradicciones. Esto se expresa formalmente en un rechazo al vaivén acomodado, en una búsqueda de aspereza. (Considera, alma mía, esa textura áspera al tacto, a la que llaman vida, dice Rosario Castellanos, poética hermana mayor de Óscar Oliva).

Para encontrar más allá de la superficie sonora relaciones internas entre las distintas dimensiones de la realidad, la poesía de Óscar Oliva eslabona en ocasiones secuencias conversacionales, que la emparentan con la corriente conversacional de la poesía latinoamericana sostenida por Ernesto Cardenal. Cierta composición verbal parecida al collage plástico en la cual se ayuntan datos objetivos y la subjetividad que éstos desencadenan, es frecuentemente utilizada por Oliva.4

Otra característica —y no la menos importante— es que la poesía de Oliva es subrayadamente corporal. Se trata de un poeta del cuerpo. Manos, articulaciones, labios y saliva; amputaciones, sangre, nervios y movimiento, aparecen siempre en sus poemas para redoblar su tangibilidad. Sus imágenes pueden, si quieren, no tener los pies en la tierra, pero siempre los tienen en alguna parte. Sus textos son texturas.

El sujeto poético que se relaciona con la historia lo hace, en la poesía de Oliva, de cuerpo entero. Las relaciones que construye la palabra recobran aquí una sensibilidad que parecería más propia del canto, de la voz que vibra, que de la palabra escrita. Estructurando, integrando, la poesía de Oliva es una gran creadora de climas emotivos, de atmósferas sensibles.

 

Eduardo Casar



1
Framçoise Perus, "La herencia de la tierra en La Espiga Amotinada", en Plural, segundo vol. XV-III, número 171, Diciembre de 1985, p. 3.

2 Cuando terminé este libro de Oscar Oliva vi que se había quemado entre mis manos. No me sorprendió que el libro se hubiera hecho cenizas: su diseño está elaborado para que parezca que el libro se calcina: cada vez que comienza una de las secciones aparece una fotografía de la portada cada vez más consumida por el fuego: la contraportada es un montón de cenizas donde laten los rescoldos: lo que me sorprendió fue que las manos me ardían.

3 Entrevista a Oscar Oliva por Saide Sesín, uno más uno, 20 de mayo de 1985.

4 Coincidir con la poesía que se estaba haciendo en el resto de América Latina, así como en este aspecto conversacional, en muchos otros (aunque siempre conservando la impronta de la tradición de la poesía mexicana), fue algo común a los poetas de La Espiga Amotinada.