Marco Antonio Campos
La experiencia en la Tierra



Selección y nota introductoria del autor



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Nota introductoria


Esta antología reúne 27 poemas de tres libros: nueve de cada uno. El nueve es un número cabalístico en la tradición occidental, y el nueve, para los antiguos mexicanos, significaba todo. Los libros son: Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978) y La ceniza en la frente (1989). Excluyo los poemas largos, cuyo tono y sentido no son el de la siguiente selección.

Muertos y disfraces reúne poemas entre 1970 y 1974. Han pasado entre 15 y 19 años de la creación y formación de estas piezas, reconozco al joven que las escribió y no dejo de sentir alguna nostalgia triste por él, pero no podría escribir lo de entonces y como entonces.

Pese a lo que se diga, nadie conoce mejor nuestros poemas que nosotros mismos; sé la idea que hay detrás, más o menos el curso de su desarrollo, cuando decidí cerrarlos. Lo que el autor no debe es juzgar sus textos; puede decir los que prefiere; éstos son los poemas que prefiero.

De mi primera lírica dijo el poeta francés Jean-Clarence Lambert que habían nacido "entre la sangre y la pared, entre el dolor y la cólera"; es cierto; no fueron ajenos a esta revelación las fulguraciones rimbaudianas, especialmente de Una temporada en el infierno, y la indagación de las oscuridades y honduras del alma que hizo de sí mismo Vallejo en Poemas humanos, el único gran libro que escribió. Poemas humanos —verbal, musical, humanamente— me alecciona aún. Reviso aquí y allá otras influencias, y veo a Borges, de quien recreé ideas e imágenes, algo de Neruda, algo de Huidobro, algo de Ungaretti, algo del Cavalcanti y del Angiolieri.

No la poesía de Ezra Pound, sino su ABC de lecturas y la idea de una poesía total en el espacio y los siglos fue el sello profundo que imprimió en mí. ¿Poco? En conjunto diría que ha sido piedra de fundamento. Por el 1972 cayó a mis manos, por un feliz azar, un libro recién publicado: El arte de la poesía, que es una selección de textos poundianos, que realizó y tradujo José Vázquez Amaral. Fue un libro radical en dos sentidos: de raíz y de extremos. Me dio una espléndida guía de lecturas de poetas y prosistas desde Grecia a nuestros días, que seguí casi en detalle. Estas lecturas me abrieron a la vez las ventanas del balcón para la escritura de Una seña en la sepultura, donde me veía y veía a otros en mí en sucesivas imágenes en los dorados siglos de los trovadores, sicilianos y stilnovistas espejeando con imágenes del tiempo actual. Por demás he anhelado o soñado que en mi poesía vivan no sólo el autor sino los numerosos Campos que habitan y sueñan en los siglos y en el planeta entero. Un poeta puede ser su linaje viéndose en innumerables espejos en tiempos numerosos. No sé si mínimamente lo he logrado.
Las influencias no son siempre literarias; algo esencial han sido también paisajes y ciudades. La luz meridiana en el aire de las ciudades italianas y en el aire del mar griego me acompaña íntimamente en los instantes de la escritura.

Influido por Blake y Rimbaud, creí en la adolescencia y juventud que el verdadero poeta está del lado del demonio; la juventud es un infierno que ya adultos lamentamos hasta las lágrimas haber perdido. Creo ahora más con Elytis, o quizá creo, que el verdadero poeta sueña el paraíso.

Entre los veinte y treinta años leía autobiográficamente de La Commedia, el Infierno; entre los treinta y cuarenta, el Purgatorio, espero alguna vez leerme en la vida el Paraíso. Pero ese paso mental entre el infierno y el paraíso es quizás una de las contradicciones fundamentales que no es fácil resolver y que acaso sea imposible hacerlo. El muchacho y el hombre se hablan y se cruzan una y otra vez en el infierno y el paraíso.

"Lo que perdura fúndanlo los poetas", dijo Hölderlin con gran poesía, y al escribirlo pensaba ante todo en Grecia, y acaso después, en los Testamentos judíos. Homero fue por siglos primaria y secundaria de los griegos y la tragedia y la comedia áticas educaron generaciones; las Escrituras lo siguen haciendo; no es gratuito recordar que tres de los medios de los antiguos mexicanos para preservar su historia fueron la pintura de códices, una poesía llena de colores vivos y melancólicos conceptos, y la memoria educada. Para la poesía moderna, en cambio, ha sido más importante labrar un objeto bello que un objeto bello y útil a la vez. La utilidad ha pasado a un plano secundario, por no decir casi inexistente. Cuando escribí en el 1972 el poema que abre Muertos y disfraces ("Declaración de inicio"), pensaba desde luego en el desarrollo emotivo de una persona por la poesía y no en la poesía como agente de cambio social. A esto apuntaba cuando escribí que no hacía nada concretamente, pero que hacía mucho en los ojos, el corazón y el alma de un hombre. La secreta labor interior de la poesía nos cambia —nos hace ver de otro modo— el mundo. Un ejemplo: aquellos que hemos leído con fervor las composiciones sobre sus lugares natales de Leopardi, Trakl y López Velarde, hallamos dos sitios que pueden o no ser simultáneos: el que está ante nuestros ojos y el que vemos con los ojos de ellos. Un segundo ejemplo: Cuando me viene a la memoria una línea de Eliot: "Not farewell, but far forward, voyagers", me devuelve una experiencia única en los meses finales del 1972 cuando viajaba por Europa y me repetía —cuántas veces la repetí— esa línea. O cuando leo de Ingeborg Bachmann: "In den Bäumen kann ich keine Bäume mehr sellen" ("En los árboles no puedo ver ya los árboles"), sé con tristeza exactamente lo que quiso decir porque lo viví por años. La poesía —dije líneas arriba— hace mucho en los ojos, el corazón y el alma de un hombre.

La poesía toca todo; para mí la poesía toca todo; el mundo lo veo desde un fondo y una perspectiva poéticos. La poesía no sólo se halla en los versos, y yo no escribo versos todos los días; quisiera creer o soñar que en toda página que he escrito la poesía toca raíz. La poesía es del mundo la ventana del alma para ver más allá del mundo.

"Nunca he sido tan desdichado como en mis versos", me respondió alguna vez Eduardo Lizalde, cuyo original orbe poético no ha sido apreciado muy bien. Quisiera decir lo mismo. Para mí es más fácil —como para la mayoría, creo— escribir en tiempos difíciles y en oscuros estados del corazón y del alma. Whitman, Neruda y Elytis supieron prepararse para cantar la felicidad; no todos tuvimos esa felicidad.

En la poesía, desde distintos ángulos y de distintos modos, he dejado la huella de mi experiencia en la tierra. La experiencia en la tierra es todo: es la huella del camino que dejamos y que nos da a su vez el camino hacia Dios. Todo se hace en la tierra. Después pasaremos igual que las generaciones de hombres que pasaron como las hojas.


Marco Antonio Campos

Salzburgo, abril 1989

 


Muertos y disfraces (1974)


Declaración de inicio
Llegada a Roma
Principia
Contradictio (1)
Contradictio (2)
Contradictio (3)
Mi odio
Hay un lugar frente al Sena
Wiedersehen


Declaración de inicio

 

Cada uno de mis poemas pretendió
ser un instrumento útil de trabajo
(Estocolmo, 1971)
Pablo Neruda



Las páginas no sirven.
La poesía
sino la forma de una página, la emoción,
una meditación ya tan gastada.
Pero, en concreto, señores, nada cambia.
En concreto, cristianos,
no cambia una cruz a nuevos montes,
no arranca, alemanes,
la vergüenza de un tiempo y de su crisis,
no le quita, marxistas,
el pan de la boca al millonario.
La poesía no hace nada.
Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.

Llegada a Roma

 

A Isabel Campos



Uno, en ciertos sitios, deferente,
cree —en la lluvia de elogios y palmadas—
ser un hombre a la altura de su siglo.
En fin, a qué decirlo, cree ser alguien.
En otros sitios, en cambio, desolado,
su nombre es igual a un perro enfermo,
a la hojarasca dormida del otoño.
En fin, es nadie.

Quien lo haya vivido lo recuerde.

Principia

 

Los otros precisan palabras,
sonrisas llenas de vino,
halagos que terminan por creerse.
Pero yo trabajo mi vida, mis palabras,
para el arrepentimiento de los otros.

Contradictio (1)

 


El ajedrez de la muerte
se quedó en una pieza

Arrojo los naipes, trémulo, incendiado
y no dicen mi suerte

Y tuve una bestia de orgullo
que arrastró mi bestia

Moribunda,
una mujer pasea triste, descalza en la calle

Y es tarde para ser otro hombre

Salgo de mi casa, pontífice, ajeno,
con el crucifijo —una mujer—
colgado en mi tristeza

Si regreso, Señor,
quiero ser otro pero no Campos

¿Para qué vivir agarrado como loco al reloj?

Ya la gula de vivir se detuvo en mi garganta
Y mísera mi perra más odiada fue la angustia

Pero, Señor, yo converso en voz alta,
en voz baja converso, sí,
cosa distinta es que no oigas

Antes, en otro océano,
arrepentí, modifiqué el pasado

Y tus ojos caminaron tristes, inmensos,
en las páginas de mis libros

Mañana partiré, me iré del todo
Aunque hoy puedo decir:
tengo amigos, no amo a mujer alguna,
el tétano del sol duerme en la ciudad de México


Contradictio (2)

 

En realidad, muy poco es lo que sé yo de mí mismo
Por ejemplo: tengo horror de ser canonizado

Vendí mi dignidad,
el acto que define, la frase que define,
no para vivir, para sobrevivir, señores

Y mi vida de cadáver la viví
con medio corazón en una ermita
y medio corazón en la ciudad

Fui dios y perro,
mendigo mirando el infinito

Y escribí meditando, meditándome,
el célebre Evangelio según Campos
y todos creyeron que era burla

Sin duda mi tiempo fue otro tiempo:
un tiempo de ajedrez con frases griegas

No fue el tiempo de un Cristo indesgarrable
nacido a la mitad del país y del siglo más idiotas

No fue el tiempo del mar ni de las vírgenes:
fue tan sólo un espejo inolvidable

Miro al fondo el Coliseo lleno de luces, destruido

El Palatino, destruido

La luna cae sobre esta Roma muerta

Mil y un mujeres,
poetas muertos y comprados,
el Papa con diez ratas en la boca,
la rata deforme del rey ebrio
empiezan a luchar contra las bestias

Contradictio (3)
 

El Arno se adelgaza entre mis dedos
y dice, al recordarse,
baladas del Duecento:

Fresca rosa novella,
piacente primavera,
per prata e per rivera
gaiamente cantando
vostro fin presio mando – a la verdura

Lentamente
épocas y épocas
pasan por
mi vista

Me he mirado
en este Arno
charlando con poetas, siglo XIII,
en América peleando por el oro,
en el África
esclavo de una mina

Me he visto en Delfos,
en fabla, visionario,
venado acostumbrado a ver tortugas,
mirando el humo,
el siglo en que me muero

Oh, estoy lejos, muy lejos de mi patria y mis amigos. Sí, la vida no fue el mar de los mares que esperaba. Digamos, en efecto: no espero regresar a Florencia en mucho tiempo. No espero regresar

Estoy, ahora, mirando en esta orilla,
paisajes de otra época
soñados en mis ojos.

Mi odio

 


Odio a los que para acomodarse la corbata
se tardan un diciembre;
a los que después de haber escrito
versos de perro dolido
mendigan la alabanza ajena.
Odio a los que desprecian
la mujer que los acosa
por un sueño que nunca alcanzarán,
y a los que con teología
—pulcramente inexacta—
se sirven de los imbéciles.
Día a día, Marco Antonio Campos,
vigilé tus actos.


Hay un lugar frente al Sena

 


Hay un lugar frente al Sena adonde bajan a veces mis pensamientos al río. Allí, cerca del puente que lleva al Palais de Chaillot, hay noches en que pienso, me digo, reconcilio, me pienso y me duelen las palomas. De nuevo —una vez, otra, otra— he advertido el horror de la estancia y del regreso. No tengo sitio alguno. No: yo nací para pensar, pero no para pensar demasiado. Nací para crear castillos y creer que eran castillos. Vivir apenas con mis libros, mis amigos, una mujer que ya la oigo. Como no fui otro, suelo habituarme a lo que soy, a cómo vivo.
No es importante, es cierto. Tener pasado y futuro no es demasiado importante. Uno puede llevar, si me permiten, una mujer inolvidable, un verso inolvidable, el Cristo llorando de Antonelli, el Cristo que llora entre mis manos. No es importante, digo.
No entiendo —no me explico— por qué debo estar en verde y grises pensando en gastar la última plata, y después la vuelta, el terror, ¿a quién le explico? De pronto, de pronto me parece, casi objeto que no fui derrotado por la vida sino por mí mismo. Yo podría a mi modo inventar el mundo, conquistarlo; yo podría. No lo haré, aunque me importa. Soy éste, el que llora sangrado por su ángel, el que mira en el río su río de escombros. Hubiéramos dado otro cuerpo, otra máscara, otra manera de ver y descubrir el mundo, entonces, entonces madre, amigos, mis hermanos, la felicidad y acaso Dios serían conmigo.

Wiedersehen

 

En mi tiempo la palabra envejece y el sueño también. La sabiduría está crucificada. Un profeta camina en las calles y nadie lo escucha. Pero nada, absolutamente nada es nuevo, ni el mar, ni la historia, ni el pan pudriéndose en el sol de los días. Todos tienen su destino, pero en mí exageró la torpeza, la brutalidad y el ojo cobarde para mirar mi muerte.


Una seña en la sepultura (1978)


Partida
Discurso en Ventadour
En un burdel de Atenas
Florencia en el corazón del mundo
Qué ha sido de mis amigos
En las playas de Corfú
Madrugada en Atenas
Esa voz en el Pireo
Testamento


Partida

 

En las calles de París los hombres discutían la gran jugada: si era alfil o era dama, si era mate. Cambiemos al idiota del concepto por el loco que atiza las imágenes.
Los árboles descienden hacia el Sena: ¿Ah, sí? ¿Es así la frase de Abelardo que viene de Estagira hacia Occidente? No es hora del goliardo: se acabaron los versos en las cruces, a menos que alguien escriba: siglo XX. ¿La dama? La dame est sans merci, la dama juega. La culpa, ¿quién la tiene? ¿La enorme piara usurpando el sol de mayo? ¿Un loro con frases de oro y plata que llena los palacios y las casas? ¿Sacerdotes que infestan paraísos, venden, compran, regalan universos…?
Valoremos vilezas necesarias: la espada por el Bien, digamos: digamos jaque. La máscara la llevo y me lacera, no la arranquen por Dios, así está bien, así estoy bien. Oigo pasos. Me asomo a la ventana: está Cristo esperándome en la puerta: "Mañana —le grito—, ven mañana…" Es el rey el que ataca y el alfil más gallardo se detiene: jaque mate.

Discurso en Ventadour

 

Damas y caballeros, yo fui amigo de n'Eblo, el de la trova. Hace años, sí, llevaba una cítara en la mano, un tiempo rectilíneo en la aventura. Lo enterraron muy bien, y ahora —deténganse a mirarlo—, devora gorriones como huesos, un fresno que se alza es su epitafio.
Hijo de arquero y de una hornera, hacedor del gran verso en Ventadour, aconséjame. Y me dijo: "Toma, orfebre, la rima y la aventura y haz un vaso".
A caballo...! A caballo...! S'al caval della morte amor cavalca. El dios que soñé fue un hombre nuevo: el dios, la muerte, el sol, la nada.

Cristo, el verde, el joven de las manos,
mañana y tarde lloraba en nuestras tierras:
sembraba una cruz, palabras de agua,
y no sabía de nosotros ni del cuerpo

Y se cayó callando Me callé Me callé mientras otro me decía: "Las horas son las hojas del otoño; has sido el hombre más triste de esta tierra".

En un burdel de Atenas

 

En un burdel de Atenas, aquella tarde Dimitria me decía: "Me llamo Dimitria, un nombre común entre las griegas: soy la puta más bella de la Hélade". La tarde, ya entraba en el crepúsculo; el bruto me ofrecía más prostitutas, como quiera sí, ¿un vino?, un attimo, signore. No hablaba inglés ni italiano, apenas griego; apenas deletreaba las monedas.
¿Yo? Yo nací hace mil siglos. Mi padre fue el padre de estas tierras, mi madre la esperanza. Me parezco a la sombra de esos arcos, a la sombra de esos barcos, a mi sombra. Mi cuerpo se pudre en los museos; así mi amada. Adiós siglo de oro hecho cenizas, adiós mis ojos: la gaviota está muerta junto al lago.
Dimitria se levanta, abre los ojos: "¡Oh, no es cierto, no es cierto! ¡Me he acostado, Dios mío, con un cadáver!"

Florencia en el corazón del mundo

 

A Armando Ponce


He llegado de nuevo hasta tus muros, patria mía. Es el invierno. Las horas caen y las hojas en la lluvia, y yo soy otro, murmuras, y lo escribes en un árbol como el viento. Son las cinco y las luces en el río son las lunas que viera hace mil siglos. Dante me habló en el paso de Amo y repitió algunos versos, se detuvo. Allí, entre el gris y el sueño, una muchacha decía a su enamorado: "Sono tua, Giovanni, sono tua". Enfrente, en voz baja, dos mujeres huían desde mis ojos.
He llegado de nuevo hasta tus muros, patria mía, y he escuchado mis versos y los otros, los de antaño, cuando sólo el toscano era poesía, cuando sólo Florencia dio poetas.
En la Piazza della Signoria, detrás de San Juan y el león alado, la ciudad no me dio la bienvenida. Frescobaldi y los Cerchi no supieron jamás de mi visita y mis ojos lloraron en otro Arno. Sin duda he envejecido. Sin duda las ruinas de mis huesos han quedado en la ruina de mi hijo. Pero es tarde y el vino se ha acabado. Las luchas y la vida se acabaron. Firenze mia nel cuore, patria mía, ¿por qué partir si vuelve el río? Sólo el mar y los sueños son eternos: lo demás es del polvo y de mis ojos, patria mía.

Qué ha sido de mis amigos

 

No sé hacer nada sino versos. En ciudad de mercaderes es tanto como el desdén y la fama. Veo cómo gentes a mi paso me nombran y se dicen: "En nada se parece al que era antes". No viene nadie a mi casa, nadie: desde mi ventana sólo veo el difícil azul del horizonte. Estos últimos días he pintado una virgen y su hijo, oh amigo Giotto (el rostro se parece al de la amada). Qué solo estoy en los colores, en el lúgubre claror del claroscuro, en las horas ajadas del otoño.
¿Qué ha sido de mis torres y mi huerto? ¿Qué ha sido en fin de mis amigos? Unos se fueron hacia el viento; los más, los más murieron en mis manos; otros huyeron de mí como si la lepra corriera por mis huesos. No sé hacer nada sino versos; mis manos se rompen con la pala y la usura corrompe la ciudad. No moriré en la guerra por el otro, por el oro del otro.
He crecido en los pastos de Florencia y mi padre me hablaba de las naves.

En las playas de Corfú

 

La niebla se enredaba, volvía, era un gato maullando
entre los árboles!
Mi padre, esperándome en la playa,
me gritaba: "Hijo, ¿desde cuándo la muerte te persigue?
¿De qué sombra o mujer vienes huyendo?
¿Qué escuchaste —¿qué voz— detrás del eco?
Fuiste huella, los nombres de los hombres
Aún te quedan el sol y el pensamiento"

Madrugada en Atenas

 

Anoche, en el jardín de los sueños,
te vi:
estabas en las ruinas y en los arcos
Hoy, al levantarme,
me asomé a la ventana,
y en las ruinas y en los arcos
había un manantial de
pájaros

Esa voz en El Pireo

 

A Ida y Enrique Fierro


Desde lejos,
como algo inesperado llegó
En El Pireo, sentadas en hilera,
cantaban las mujeres
"Estás en tu casa" —te dijeron
Abriste bien los ojos

Esa voz, Dios mío,
era la mía

Testamento

 

En el año veintisiete de mi edad, viviendo entre la ruina y la desdicha y con el aire de soñar que yo entre ustedes sería el mejor de todos; en este año, infeliz y decisivo por mi vida, escribo enfermo —en el fuego! — este legado:
Dejo mis ojos, el mar y la ternura, a todas las mujeres que yo he amado;
Dejo mis libros, el Arno y dos mil pájaros, a Gabriela mi hermana, que inventó en mi lenguaje el grito superior;
Dejo mi Diario, las páginas enfermas y el Egeo, a Luis, mi amigo, quien oirá como nadie la voz del sufrimiento;
Dejo a Bernardo el espacio de mis viajes, las hojas del futuro, algunas charlas, para que perdure siempre la sed de la grandeza;
Dejo a Héctor las ruinas de Micenas y del Ática, mi Nietzsche hincado vivo y esta pluma, para que firme mis sueños en el viento;
Dejo a Alejandro la lluvia, recuerdos lacerantes del colegio, la tarde más triste compartida, porque él —como pocos— fue limpio en esta tierra;
Dejo a Ricardo imágenes de plazas y de lagos, acuarelas del viento hechas ceniza, para que recuerde mi amor por la tristeza;
Dejo a Carlos mi cerebro que teje laberintos, un parque donde el viento es la memoria, porque él —¿desde cuándo?— conoció mis obsesiones;
Dejo a Gerardo La Ilíada, La Odisea, poemas que el aire dejó en nuestra memoria, para que viva siempre en el mar Mediterráneo;
No, ya no es tiempo de hablarles de la vida. No me importa ni quiero discutirlo. ¡Me voy hacia la muerte y no hay un vaso! Pero antes, un momento, por favor. ¿Ya pueden escucharme? Es la seña que el viento grabó en mi sepultura: no quiero regresar por este infierno.

La ceniza en la frente (1989)


Interrupciones neoyorquinas (1)
Interrupciones neoyorquinas (2)
Grabados españoles (1)
Grabados españoles (2)
Grabados españoles (3)
París bajo la lluvia (1)
París bajo la lluvia (2)
Recuerda
Inscripción en el ataúd


Interrupciones neoyorquinas (1)



El otoño asoma en números de fuego de follaje y plata y un frío inmensamente sol en la clara y difícil mañana de noviembre. ¿No me oyen? He dormido con dulzura en las alas de los árboles y en la rama amarilla del gorrión. Anoche discurríamos: ¿La naturaleza o el arte? Si el mar y la montaña poderosos o la música de Wagner como el mar y la montaña poderosos. Y alguien dijo: "La flauta no olvida el sonido de la lira"; y uno más: "Viví una vida antes, y fue ésta"; y una voz más lejana: "El arco arcangélico madura en las mieses doradas del Señor".
Estoy solo, o mejor, me he quedado involuntariamente solo. Soy a menudo insoportable con los otros, pero téngase en cuenta que suelo serlo también conmigo mismo. No estoy justificándome. Sólo quiero añadir que la desdicha es un tigre llorando en pleno salto, y que la lucha despiadada con la muerte es como la del niño solo, con una espada rota, ante un guerrero enardecido.

 

(Nueva York, 1981)




Interrupciones neoyorquinas (2)



A través de los árboles del parque, del gris del cielo y del gris de la ciudad, veo la lluvia sin música en los árboles, y palmeándome en el hombro sin consuelo me digo que en décadas anteriores asistí a la mise en scéne de mi sepelio absurdo. Cavé la fosa, la lavé para mis ojos angustiados, y sólo respiré la respiración del aire roto. Conocí quemaduras y detritus de mi trinidad personal: cerebro, corazón y alma, y rimbaudianamente me puse a la cabeza de mis propios actos para una aventura insostenible. Todo estaba previsto, ¿cómo?, ¿y cómo deplorar lo que esperaba?
No busqué compasión ni comprensión. Tuve tanto a la mano y tanto dejé ir. ¿Y cómo estar satisfecho? ¡Vaya hermosa ironía! Haber soñado ser grande y con cierta frecuencia vivir la desazón de sentirse o de ser menos que humano.
Veo la lluvia —¡véanme!— y de súbito las lágrimas se detienen en lo bajo de los párpados, y casi resignado, con el grito quemándome los dientes, grito adentro: "¡Quise darle sentido a una vida que me parecía oscura, casi sin sentido".
Y cruzan glaucamente los árboles del parque, cruza el gris del cielo y se alza la ciudad, y escribiendo la hoja más triste del árbol que me leo, recuerdo aquella frase que Marco Antonio decía: "No deben preguntar por qué murió, sino por qué no murió antes".

 

(Nueva York, 1981)


Grabados españoles (1)



Joven diciembre veo en el cielo las ciudades que fueron la ciudad de Toledo. Camino. Miradas de alfileres destellantes pican y picotean la calle. Voces Voces. El río bebe la nieve y dice, al detener la lengua, su nombre oriental. Casi tenues las calles suben, baja, se cruzan se entrecruzan,
¡Es el aire!
¿Yo? Yo anhelé que los astros fueran míos. Yo robé huella y polvo al dios del viaje. Yo soy la bestia que siempre han derribado. Mi padre fue como yo pero sin ojos. Degollaba corderos bajo el árbol y los nombres ardían en el mapa de su cara. Timoneó múltiples barcos, y en los atardeceres nos contaba con olas en la voz que espumaban el horizonte de la mesa, del trasmar y del trasol inexperimentados. Vigilé su sueño, lo guardé en la brisa y el aire marinos, y en un capítulo leí que la batalla y Paulina eran los ojos que esperaban el país y la ciudad natales, que a su vez esperaban al poeta que cantara las innumera¬bles hazañas para que las generaciones sucesivas tuvieran algo que cantar. La melodía figura de Paulina —observó mi padre— parece el dibujo de un maestro ático en un vaso sagrado o en el relieve de un templo. Eso dijo.
Mi madre murió de tarde al sol. Soñó en un mundo feliz que nunca quiso. En la frente de los hijos señaló con ceniza la historia de la culpa con imágenes del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Antes del rosario o antes de dormir, pespunteaba en oro los relatos espléndidos del marido inolvidable al que nunca esperó. Discutíamos por nada, hablamos casi nada. No pueden hablarse dos gentes que crecieron destrozándose. Siempre, siempre.
El río se borra de mis ojos y al marchar me borra. Y yo, ¿quién soy? ¿En qué espejo me perdí? ¿En qué río?
He negado a la sangre la heráldica más oro, las simbólicas fechas, la espada musical, el alba más alma que glorifica el cuerpo, y sólo sé que soy alguien —¿un aire, un simulacro?— que soñó una grandeza sin desprecio, que asumió la desdicha y el propósito.


(Toledo, 1981)





Grabados españoles (2)

 

Silencio, por favor, cambien de acto. "¿Recuerdas —me dices— recuerdas aquella vez cuando oíamos las hojas del olivo como música verde en aquel valle griego, recuerdas, recuerdas cuánto te dije: 'Tu poesía es muy amarga, no entiendo porqué tu desamparo...'?"
Y renace iluminándose el rostro dulcísimo y triste de Paulina en el instante que era el universo.
Bah, todo es cierto y no es cierto, era cierto y tan cierto como este coñac que bebo hondo, como este hombre que habla de diciembre y del dolor como algo ajeno. No es para rasgar las vestiduras pero escúchame: uno es hermosamente infeliz y así lo dice, así lo escribe para el oído y los ojos de las generaciones que pasan como hojas. Uno actúa o simula actuar, o mejor, decide o cree que actúa, como el príncipe Hamlet, lleno de luz y lucidez, hasta que otro, ignorante del libreto, opina inopinadamente que el personaje o su disfraz no tienen ni heroísmo ni nobleza mínimos.
Y la función no continúa.
Uno es hermosamente infeliz, como te he dicho, como te digo, Paulina, con mexicanísimo modo de aguzar el grito a media sombra, huyéndome del cuatro en el caballo apocalíptico, ¡huyéndome! Al blanco, al negro, al culpable, al soñador, ¡huyéndome! Exacto: el pez astralmente se me impuso y el agua calló a mi cuerpo hasta volverme sol bajo el olivo en aquel valle desolladamente griego en la mañana terminal cuando oíamos las hojas como música verde.
¿El cielo? ¿Escuchas en el cielo? ¿Crees en verdad que exista un paraíso para culpables? ¿Lo crees? Soy el infierno de mi cielo ético. Me he vuelto flébil, fino, elegante en ocasiones, yo que juré por la llama y la gloria corporales. ¿Me escuchas?, ¿me quieres escuchar? Quizá si te grito me alcances a escuchar: "Yo quise —anhelé— que mi Reino se hiciera en este mundo".

(La Granja, 1981)





Grabados españoles (3)



Yo soñé lo mejor para este mundo, me dio a veces soñar en ser mejor. Un pie en el barco y "¡Amanezca el mundo nuevo!". Y sin embargo la brida de los peces blancos no sirvió en el instante que cabalgaba el mar. Y si grito, si me oyes, si me miras, Paulina, si llegas a pasar por donde paso, y si entonces, ten en cuenta que el mundo esencial del vagamundo se hizo para amarte para amarte para amarte. La gloria se gana ora en la guerra, ora con versos a Paulina. Por ejemplo: "El color de su cuerpo era el deseo". Y si muero, que mi sonoro epitafio en soledad oscura se lea con la llamada de los astros. América fue mapa dibujado en el aire juvenil y lectura fervorosa de revistas y periódicos en la edad madura. Y me asolo y me aluno por Europa. Y si escribo es con laúd que concierto para mí: "Mi musa fue mi corazón dolido".
Anidé en el follaje grisazul de la locura, y los pájaros picotearon como carpinteros raíz y tronco de la canción de la ceniza fría. Encubrí mi miseria ideológica para comprender al Príncipe sabiendo que anhelaba su corona, y mi ángel de la guarda me señaló cristianamente que en esta vida sólo existen paraísos desérticos. Oh Dios, crecí con la mancha del culpable y sujeto a tus ojos y designios, oh Dios.

(Málaga, 1981)




París bajo la lluvia (1)

Estoy sin quicio en puerta alguna.
En piedra oscura me ignora la
angular. De amigos que fueron mis
hermanos el idioma del sol ya no
me alumbra. He perdido mi sitio
en esta tierra. Fue negado el color
y Paulina, la niña, qué alba la
aventura. Ella volvía en la hora
del dolor, en la hora del exilio,
en la hora homicida del recuerdo
extremo.
(París, 1975)

El frío era relámpago cortante que abría diciembre en dos, en veinte, en veinticuatro. Huías, de todo huías: de México, del ansia con angustia, de la sombra que eras de tu sombra, de Paulina (de aquello que creíste se llamó Paulina). París llovía desde la plaza en plaza abierta. Huías. De nada te sirvieron el ojo de los tigres, la cruz que el niño regaló a la madre, el tren sin fondo, los cuadernos de viaje. Huías. En toda la ciudad, tras el húmedo frío y el muro de lluvia bardeando el Luxemburgo, triste y vago aparecía el paisaje. El frío perseguía casas, calles, árboles, cuerpos. Dios de frente bendiciendo la destrucción en la soledad de Europa. Qué descenso demencial en la profundidad última que no oía la música en el linde silencioso de los astros. Qué cerebro más ciego que oyó en el tacto el sabor y el olor de la santificación de la intranquilidad minuciosa. "La vida es más cruel con los que no aman", me aleccionó mi padre, y lloró sin alivio ni consuelo como el hijo del Hijo, mientras mirábamos el Sena alargarse hasta la noche.
El libro de Artaud se leía biográficamente. Escribías a los amigos epístolas tristísimas con adioses lancinantes. Piedras de Italia y mármoles de Grecia en el invierno silencioso y cruel.
¿Cómo fue que soportaste la luz ciega, el infierno en invierno, el sol helado? Desolladuras y desgarraduras en el follaje grisazul que soñaba como lúgubre campanada en el aislamiento monacal, mientras el gorrión atravesaba las hojas con su canto y su luz inesperados.
"Yo tenía veinticinco años —dijo el hombre— y cuando lo vi de nuevo en la terraza abierta de aquel café a las orillas del Sena delineaban su rostro las cicatrices angustiosas del viaje y la locura".

(París, 1981)






París bajo la lluvia (2)

 


A los amigos les grita desde el cubo enterrado en el más profundo pozo: ¡Adióóós! ¡Adióóós! Y en ese instante como tremendo trueno llega el tren a la estación de gris y humo y un pañuelo y no él les dice adiós hasta ver desvanecerse las letras que decían Gare de Lyon.
Lo ven solidariamente triste solitario decir volvíya-québuenoquelosvi, solitariamente triste solidario. ¿Y si los pies fueran alas? ¿Y si el río? Y como un ave se va, como una nave. ¿Y qué pasa? Observad ex marineros, marchad —uno dos— marchad marchad ex combatientes. Sale el tren y si llega a una ciudad ya imaginó la otra, preparó con angustia y sin espada su defensa de la maldad como si fuera en ciernes casi bueno. Y puede vociferar exultante, dar puñetazos de alegría plena al llegar a la puerta de ciudades que creó en el sueño o en el reino que perdió, mas de súbito, a la semana, a los quince días, a las ocho menos cinco, sus manos hacen temblar el equipaje hasta llegar a la estación de gris y humo.
Y los amigos no saben —probablemente intuyen— del ansia que quema la fe, la esperanza y la caridad del viajero claroscuro en la partida y el regreso melancólicos. Como si el viaje sólo lo hiciera en el fondo para no morir. En el fondo quizás, o no en el fondo.


(París, 1981)






Recuerda



Recorrerás las mismas calles con el suave deleite de mirar y sentir que son tuyos los árboles del cielo. Tus amigos soñarán en los sitios que vigilaron siempre. Conversarás con los mismos fantasmas que vuelven de pronto la cabeza y te hacen creer que encarnarán ahora, precisamente ahora que no sigues. Volverás a los libros que te hicieron amar o descreer del mundo, a mirar casi enfrente el color y la forma del invierno, y dirás que el cielo ético y no la felicidad tan frágil por lo lueñe es lo que importa para una vida grande. Volverás a la iglesia donde en los prados del atrio veías las rosas nacer, crecer, pulverizarse, y en la capilla lateral llorarás de nuevo sin mirarla. Verás morir a los mismos amigos, los que alguna vez creíste que podrían volver tarde o temprano, y tendrás cerca las mismas mujeres que tarde o temprano, por error o sacrificio, perderás. Amarás al paisaje y al arte griegos, al paisaje y al arte florentinos, la poesía stilnovista, el poema geométrico del Alighieri, el corazón al descubierto de Propercio y Giacomo Leopardi, las calles toledanas que crean vértigo, el sol como hilo de luz en el mar meridional, los azules inviernos en Córdoba y Sevilla, la belleza delineada de la mujer europea, el mar y las velas de Elytis cuya poesía era el sol, los cuadros que elevaban el alma de Sandro Botticelli, las muchachas delgadas y espléndidas que eran la bien ganada música, el crepúsculo inolvidable que te reveló aquella muchacha meridiana el día de los muertos del 1969, una tarde más triste que lluviosa en el parque de Manhattan, la furia del viento y del mar en San Francisco, el cielo de relámpagos de la ciudad de Colima en el junio feliz, la tibieza de las tardes en ciudad de México.
Pero grábalo: todo sucederá en los años que vivas sobre la tierra, en la única oportunidad que tendrás sobre la tierra.

Grábalo.

Grábalo.

(1982)

Inscripción en el ataúd

 

"Yo nací en febrero a la mitad del siglo y uno menos, y Dios me dibujó la cruz para vivírsela y las hadas me donaron cándidamente el sol negro de la melancolía. No fui un Propercio, un Góngora, un Vallejo, ¿y para qué escribir si uno no es un grande? Me conmoví hasta las lágrimas con historias de amor y de amistad y supe del amor y la amistad lo suficiente para no creer en ellos. No busqué la felicidad porque no creí merecerla ni me importó su triste importancia.
Escucha esto: la vida es y significa todo aun para los que no saben vivirla. Huye, busca el cielo profundo y el mar meridional, las muchachas delgadas y espléndidas, el camino del sueño y lo imposible, la poesía y el ángel, y vive esta vida como si fuera la única porque es la única. Y que la tierra me sea para siempre leve".