width= Jorge Ibargüengoitia



Selección y
nota de
Francisco Blanco Figueroa



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Nota introductoria

 

 
 
 
 
 
 
 

I

Todas las muertes son nefastas. Unas se toman como inevitables y otras dan rabia. A éstas pertenece la de Jorge Ibargüengoitia. Un mexicano doblemente necesario, porque todos en primera instancia lo son, pierde la vida, con la debida dosis de absurdo. Doblemente necesario por lo que había hecho y por lo que tenía que hacer: seguir produciendo obras en donde las transas, los favoritismos y las traiciones fueran piezas claves en el panorama del gran relajo nacional; por fin el mexicano tendría un espejo en el que no podría haber transfiguración posible.

Ante la muerte, la fatalidad resulta juego de niños aplicados. El enfrentamiento brutal, única experiencia inolvidable. Aquí cabe recordar a Elías Canetti, el gran luchador contra la desaparición que siempre busca acomodo: “Mi forma de ser, mi orgullo consiste en no haber halagado jamás a la muerte. Me parece lo más inútil y maligno que ha habido nunca, la calamidad fundamental de cuanto existe, lo incomprensible, lo que jamás ha sido resuelto, el nudo en el que, desde siempre, todo se encuentra atado y cogido y que nadie se ha atrevido a cortar”. (La provincia del hombre, Taurus, Madrid, 1982).


II

Los papás de Ibargüengoitia duraron veinte años de novios y dos de casados. Su padre murió cuando tenía ocho meses de nacido. Por las fotos le quedó claro que de él había heredado las ojeras.

Ibargüengoitia se inició como dramaturgo. Su primera obra de teatro que alcanzó el éxito fue la última que escribió: El atentado (1962). Después incursionó en la novela y el cuento. Los relámpagos de agosto (1964); La ley de Herodes (1967); Maten al león (1969); Estas ruinas que ves (1974); Las muertas (1977); Dos crímenes (1979); Los pasos de López (1981). Al morir trabajaba en la novela Los amigos.

Escribió numerosos artículos periodísticos, entre los que sobresalen sus reseñas de teatro publicadas en la revista Universidad de México de la UNAM (1960-1964) y sus colaboraciones para la página editorial de Excélsior, siendo director Julio Scherer.

Los cuentos de La ley de Herodes son autobiográficos, según confesión del autor. La literatura registra los pasos de Ibargüengoitia. Sus observaciones, sus gustos, su forma de vivir los minutos de todos los días. La vida cotidiana llevada a niveles más transparentes y excelsos que las Lagunas de Montebello. La realidad es fuente inagotable de elementos con los cuales se puede jugar interminablemente. Lo trivial como manantial que legitima los grandes contenidos. “Hablamos de cucarachas que caminan sobre gente dormida, de ratas que brincan entre las piernas de quien está sentado en el excusado, de ratones que se pasean entre las sábanas mientras el observador —y sujeto— ve moverse la cobija y cree que tiene calambres, etc.” (“Viaje a los tres Camotes”, revista Vuelta, número 30). Los pequeños detalles se vuelven decisivos en la inmensa tarea de procurar la vida más alegre y llevadera; menos rudimentaria.


III

A los 49 años de edad Ibargüengoitia le dijo a Margarita García Flores que el pretendido humor que le cuelgan no es otra cosa que una “capacidad para ver la realidad dentro de una perspectiva peculiar, algo que se puede alterar hasta convertirlo en instrumento crítico” (Cartas marcadas, México, Difusión Cultural, unam, 1979).

Ibargüengoitia no es humorista en el sentido de que hubiera decidido emplear su materia gris para inventar chistes. La realidad que acoge en sus escritos y el manejo del lenguaje que utiliza, dan por resultado productos altamente humorísticos. Quien tenga sentido del humor apreciará los textos y los gozará. El escritor guanajuatense rescata la visión crítica del humorismo y lo utiliza en su rejuego con la realidad y consigue, para bien de la nación, grandes zancadas de desmitificación de la Historia Nacional.


IV

Las obras de Jorge Ibargüengoitia son el producto del desenfado que ocasiona la comprobación del propio fracaso, de la desilusión de todo un pueblo, convertida en ritual de Día de todos los Santos. Son la expresión más humana del acontecer histórico. Remiten constantemente a la única condición real y cambiante del hombre: la humana.

Desenmascarar a los traidores, que se pasean por las avenidas muy quitados de la pena, desenmascarar a los poderosos que oprimen oprimiendo su sensibilidad, señalar a los demagogos de profesión, ya sean de balcón de Presidencia Municipal o de Palacio Nacional, con las finas armas de la ironía, del humor, de las palabras dichas en el preciso momento y con el riguroso sentido. Desenmascarar escribiendo. Escribir poniéndole máscaras regocijantes a la repetición cronométrica de los hechos de siempre. Desnudar a quienes cobijan los altares de la patria con falsos oropeles.

 

Francisco Blanco Figueroa

 


Jorge Ibargüengoitia*

 

Por Jorge Ibargüengoitia

 

 


La conferencia dio principio con cinco minutos de retraso y con la asistencia del conferenciante, el jefe del Departamento de Literatura, el señor Crespo de la Serna y cuarenta y seis desconocidos.

Después de presentarse a sí mismo, el conferenciante explicó que no iba a leer la conferencia, por la sencilla razón de que no la tenía escrita; y que no la tenía escrita, porque consideraba que si dicha conferencia formaba parte de un ciclo intitulado “Los narradores ante el público”, y allí estaba el narrador y allí estaba el público, no hacía falta ningún papelito. Dijo que lo ideal sería que el público preguntara y el narrador contestara, pero que como creía que el público real era incapaz de hacer preguntas atinadas, iba a comenzar haciendo las tres preguntas fundamentales que hubiera hecho un espectador ideal, iba a responderlas y que después, el público real tendría derecho a hacerle las preguntas que considerara pertinentes.

Las tres preguntas fundamentales fueron las siguientes: ¿Por qué escribía el conferenciante? ¿Cómo escribía? ¿Qué escribía? La primera se refería a sus motivos, la segunda a sus métodos y la tercera a sus obras.

Al contestar la primera pregunta, el conferenciante declaró que escribía por deformación profesional. Los escritores se llaman escritores porque escriben y tienen que seguir escribiendo para seguir llamándose escritores. Los escritores son como las gallinas, que tienen que poner un huevo de vez en cuando para justificar su existencia. Éste es el motivo fundamental de todo escritor: escribe, porque es escritor; pero además, todo escritor tiene motivos secundarios: hay quien escribe por dinero, hay quien escribe por vanidad, hay quien escribe porque cree que sabe algo que los demás ignoran y que conviene que todo el mundo sepa, hay quien escribe porque quiere leer un libro que no existe.

El conferenciante declaró que lo que ha ganado por los libros que ha escrito es una miseria incapaz de tentar a un mendigo; que los elogios que ha recibido son nada comparados con las censuras que se le han hecho y que además, ha sido elogiado por sus vicios más censurables y censurado por sus virtudes más elogiables, agregó que no aspira a ser declarado Hijo Predilecto de su ciudad natal, ni a que fragmentos de sus obras lleguen a formar parte de las Lecturas selectas incluidas en el Libro de Texto Gratuito, ni a ser Miembro de Número de la Academia de la Lengua, ni a que una escuela rural lleve su nombre. Con lo anterior quedan descartados el dinero y la vanidad de sus posibles motivos secundarios. ¿Tiene entonces intención didáctica el conferenciante? Es decir, ¿cree que sabe algo que todo el mundo ignora y que conviene que todo el mundo sepa? El conferenciante está convencido de que sabe muchas cosas que la mayoría de las personas ignoran, pero no ve la utilidad de (ni tiene mayor interés en) que lo que él sabe lo sepan también los demás.

A continuación, el conferenciante confesó que escribe un libro cada vez que quiere leer un libro de Jorge Ibargüengoitia, que es su escritor predilecto.

Al responder a la segunda pregunta que él mismo se había formulado, a saber “¿cómo escribe?”, el conferenciante confesó otra deformación profesional, que le viene de haber sido dramaturgo antes que narrador. Para ilustrar los efectos de dicha deformación, hizo la descripción siguiente: El señor que está sentado en un sillón leyendo una novela es un personaje muy diferente al señor que está en un teatro viendo una representación. El primero está propenso a abandonar la lectura en cualquier momento y por razones tales como: que se aburra del libro, que se quede dormido, que oiga un ruido sospechoso en la azotea, que llegue un visitante inoportuno, que le dé hambre y tenga que ir a la cocina a preparar algo de comer, etcétera. Es decir, el escritor no sabe en qué condiciones va a ser leído su libro. El lector está en libertad de leerlo de principio a fin o suspendiendo la lectura doscientas veces en los momentos mas inapropiados. El señor que está en el teatro, en cambio, es un personaje que quiere llegar al final del acto, para salir a fumar un cigarrillo, y de la obra, para ir a su casa a cenar, a beber o hacer el amor. La diferencia de las circunstancias en que se encuentran el lector y el espectador, es la causa de que existan novelas de ochocientas páginas y de que ningún autor sensato escriba una obra teatral que dure más de dos horas y media.

Por otra parte, el novelista nunca ve el monstruo que su obra está formando en el cerebro del lector, mientras que el dramaturgo tiene que ver, a su pesar, el monstruo que su obra ha formado en el cerebro del director escénico. Si el novelista habla de un bosque de encinos, nunca verá los bosques de fresnos, de enebros, de álamos, que se han formado en los cerebros de sus lectores. El novelista puede repetir varias veces una escena que le parezca interesante, puede establecer un diálogo filosófico que en la vida real duraría varias semanas, puede describir minuciosamente un partido de ajedrez o una taza de porcelana. Y puede hacer todo esto, porque el lector, por su parte, puede saltarse un capítulo entero, leer una página de cada diez, leer todo el libro sin entenderlo o, simplemente, dejar el libro a un lado, sin causar en el autor de novelas la angustia que produce en el dramaturgo un espectador que se queda dormido y ronca o que se levanta a la mitad del segundo acto y se va del teatro.

El conferenciante concluyó su explicación diciendo que la deformación profesional de dramaturgo que tiene, le ha impedido aprovechar las ventajas del novelista y que su obra más larga, Los relámpagos de agosto, puede leerse de un tirón y en dos horas y media. Su novela es la novela de un dramaturgo.

A la tercera pregunta “¿qué escribe?”, el conferenciante respondió que su obra narrativa consiste, a la fecha, en una novela y un libro de cuentos que no ha sido publicado, por lo que iba a referirse exclusivamente a la primera.

El supuesto narrador de Los relámpagos de agosto es el general de división José Guadalupe Arroyo, que participó en la “revolución del 29” y que se siente vilipendiado, injustamente relegado, mal retribuido y mal interpretado. De su narración se desprende lo siguiente: que el general Arroyo es capaz de participar en una conjura, pero incapaz de comprender cuáles son los fines que persigue dicha conjura, quién la provoca, qué es lo que quieren sus enemigos y, lo que es peor, qué es lo que quieren sus amigos; capaz de dar protección a don Virgilio Gómez Urquiza, gobernador del Estado, que es secuestrado por los cristeros, mientras Arroyo espera a estos últimos en la Cañada de los Compadres; capaz de respetar la vida del Padre Jorgito, pero capaz también de fusilar a su sacristán; capaz, en un arrebato de furor, de arrojar en una fosa recién cavada a quien el día siguiente será nombrado Presidente Interino. Todas estas características, dijo el conferenciante, él las comparte con su personaje. Él se siente vilipendiado, injustamente relegado, mal retribuido y mal interpretado, es capaz de participar en una conjura, pero incapaz de comprenderla, capaz de planear grandes operaciones, pero incapaz de cuidar los detalles, es respetuoso con los fuertes y despiadado con los débiles, inoportuno en sus explosiones de furor y muy torpe para cortejar a la autoridad. Además, el conferenciante confesó que a él también le gustaría tomarse una botella de coñac Martell cada vez que se siente deprimido, resfriado o eufórico. El general Arroyo, concluyó el conferenciante, es una máscara de Jorge Ibargüengoitia.

El general Arroyo se rasura en el pullman cuando el tren entra en la ciudad de México, porque al conferenciante le gusta rasurarse en el pullman cuando el tren entra en la ciudad de México. El tren llega a la Estación Colonia. ¿Por qué no la describe el general Arroyo? Porque tanto el general Arroyo como el conferenciante conocen la estación Colonia, entonces, ¿para qué van a describirla? El general da órdenes perentorias al jefe de estación, lo cual es uno de los sueños dorados del conferenciante. El velorio del general González se efectúa en una de las casas de Londres, que el conferenciante, que vivía enfrente, siempre consideró propia para velorios. Los generales toman mezcal en el Paraíso Terrenal, porque al conferenciante le gusta el mezcal. El General Arroyo no describe la mesa cubierta de vasos de sangrita, saleros y limones chupados, porque al conferenciante no le gusta la sangrita y porque el general Arroyo nunca describiría una mesa, ni limpia ni sucia, cuando tiene cosas más importantes que decir.

Con esta explicación terminó la primera parte de la conferencia y a continuación, el conferenciante invitó al público a hacer preguntas, que fueron las siguientes:

Un joven que estaba en primera fila: Quiero hacer una crítica de su novela y de lo que usted nos acaba de decir. Sus intereses son completamente egoístas; usted sólo piensa en sí mismo. Ha escrito una novela sólo para divertirse. Yo creo que un escritor que no se interesa en los problemas de su época está condenado al fracaso. Su novela está destinada a quedarse en el cuarto de los cachivaches.

El conferenciante: (Haciendo a un lado la circunstancia de que aquello no era una pregunta): Dígame una cosa, ¿ha leído usted mi novela?

El joven que estaba en primera fila: No.

El conferenciante: Entonces, ¿a qué vino?

El joven que estaba en la primera fila: A ver qué era lo que usted tenía que decir.

El conferenciante: Si no ha leído mi novela, no ha entendido nada de lo que he dicho en mi conferencia. Sepa usted que mi novela ha ganado un premio internacional, ha tenido una edición cubana de 10,000 ejemplares, una edición mexicana de 4,000 ejemplares, ha sido publicada en forma condensada en una revista que tira 80,000 ejemplares, ha sido traducida al checo, al rumano y al polaco, así que no se puede decir de ella que esté entre los cachivaches y si puede interesarle a un polaco es porque refleja algunos de los problemas de nuestra época. (Se oye un murmullo en la fila catorce) ¿Quién habló por allí?

Una francesa: El señor no criticó su novela, sino su conferencia, lo cual me parece lícito.

El conferenciante: No oyó usted bien. El señor se refería a mi novela, porque habló de cachivaches. Una conferencia no puede quedarse entre los cachivaches.

Hubo un silencio debido a que el conferenciante había derrotado a sus oponentes en toda la línea. El señor Crespo de la Serna pidió la palabra.

Crespo de la Serna: Yo creo que usted, sin intentarlo, ha escrito una interesante tragicomedia sobre la revolución mexicana. Su obra me parece auténtica, profunda, conmovedora y sumamente interesante.

El conferenciante: Le agradezco mucho su elogio y comparto su opinión.

Un señor que estaba en segunda fila: Yo, a diferencia de la primera persona que hizo uso de la palabra, si he leído su novela y sus críticas. Sé que usted es un hombre sarcástico y venenoso. Díganos algo sobre los nuevos movimientos en la literatura mexicana…

El conferenciante: El escritor latinoamericano es, en general, como el Dios Jano, que tiene dos caras; con una está mirando a Europa y a los Estados Unidos, en busca de formas de expresión y con la otra está mirando a la realidad. Nuestro problema es que estamos tratando de expresar una realidad en formas que no necesariamente son las más adecuadas para expresarla. El ejemplo que se me viene más pronto a la cabeza es el de Gazapo, que pudo ser una buena novela y que resultó fallida, porque el autor quiso forzar el material que tenía en una forma que está de moda, pero que no venía a cuento.

El señor que estaba en la segunda fila: ¿Qué opina usted de Rulfo?

El conferenciante: Rulfo ha escrito dos libros admirables, pero incapaces de formar una escuela. La prueba es que el mismo Rulfo no ha escrito un libro en diez años. Por otra parte, Rulfo se está refiriendo a una realidad que sólo es conocida por analfabetos; esto produce serias equivocaciones. Una asidua lectora de Rulfo me aseguraba, el otro día, que México es una sociedad rural.

Un joven que estaba en octava fila: ¿Qué obras tiene en preparación?

El conferenciante: Una novela que está basada en un reportaje que hice sobre el caso de las Poquianchis.

Un señor que estaba en la cuarta fila: ¿Cuáles son sus escritores de cabecera, por qué y de qué manera han influido en su obra?

El conferenciante: Primero voy a contestar la segunda parte de su pregunta: mis escritores de cabecera son aquéllos con los que mejor me identifico, los que ven el mundo como yo lo veo. ¿Cuáles son? Evelyn Waugh y Céline. ¿De qué manera han influido en mi obra? No lo sé, ni me importa. Esto es cosa que algún estudiante de Filosofía y Letras descubrirá al hacer su tesis profesional en 1984. Por lo pronto puedo decirle que si no hubiera leído Black Mischief, probablemente no hubiera descubierto que en el material que tenía para escribir Los relámpagos de agosto había una novela.

Un señor que estaba en la sexta fila: Hay cosas en lo que usted ha dicho que me parecen, cuando menos, peculiares. En primer lugar, eso de que los escritores estén mirando hacia Europa y los Estados Unidos en busca de influencia. Yo leo y releo con gran placer las obras completas de Martín Luís Guzmán, en especial El águila y la serpiente, leo también con mucha frecuencia a Rubén Romero, Francisco Tario y Emma Dolujanoff tienen páginas deliciosas que reflejan, si bien no una realidad nacional, sí una realidad local. Creo que usted, al hablar de realidad, se refiere sólo al D.F. Déjeme continuar. Ha dicho usted que cuando escribe no le interesa el público. Yo creo que todo escritor aspira a que su libro sea leído por el mayor número de personas; aspira a comunicarse.

El conferenciante: Aspira a comunicarse con el papel. Yo creo que un escritor que tiene puesto un ojo en el papel y otro en el público está perdido. El querer que el libro se venda es algo que viene a posteriori, cuando ya el libro está escrito, no en el momento de escribirlo. Es como querer que los hijos tengan éxito en la vida. Escribir un libro para que lo lean millones es como querer tener un hijo para que sea como Napoleón.

El señor que estaba en la sexta fila: Pero usted está de acuerdo en que hay que tratar de que los libros se vendan no sólo en México, sino en toda la República.

El conferenciante: Sí, estoy de acuerdo en eso, pero creo que la distribución es muy mala.

El señor que estaba en la sexta fila: En eso yo también estoy de acuerdo.

Con este concordato y después de un breve aplauso, se terminó la conferencia, a las 9:05.



* Relación de la conferencia dada en el ciclo “Los narradores ante el público, celebrada en la sala Manuel M. Ponce, el 12 de agosto de 1966, y organizado por el Instituto Nacional de Bellas Artes.

 


Falta de espíritu scout

 

—Si tú vas al Jamboree —Me dijo el maestro Nicodemus—, yo no voy.

Yo lo miraba estúpidamente. Nunca me imaginé que se fuera a poner así.

—Eres un anarquista y vas a fomentar el desorden —explicó Nicodemus.

Estábamos parados frente a la reja del elevador, en el edificio de 16 de Septiembre en donde estaban las oficinas de la Asociación de Scouts de México, de la Liga de la Decencia y de los Fraccionamientos Lanas.

Nicodemus era el Jefe de la Delegación Mexicana al Jamboree; yo era… nomás yo, que entonces tenía diecinueve años y ganas de ir al Jamboree.

Después de decir la frase que anoté allá arriba, Nicodemus cambió de brazo el portafolio y entró en el elevador.

Yo había conocido a Nicodemus siete años antes, cuando entré en los Scouts. El era jefe del Grupo iii.

Yo venía de una escuela de barbajanes, plagada de hijos de la mano izquierda, de generales de división, de libaneses recién llegados del Golfo y de judíos gigantescos, que venían huyendo de Hitler y que nos golpeaban cuando nos reíamos en filas, porque creían que nos burlábamos de ellos.

Lo que más me gustó del Grupo III es que parecía escuela de señoritas. Había sido fundado por los hermanos maristas en una escuelita marista. Era un grupo de niños decentes y bien portados; Nicodemus, que era el jefe en aquel entonces, no era hermano marista, pero había estudiado con ellos y daba clases en una de sus escuelas. Nadie decía una mala palabra, en las juntas nos enseñaban a curar heridos, a hacer nudos y a comunicarnos por medio del semáforo y de la clave Morse; de vez en cuando, se leía el Evangelio y alguien tenía que comentarlo. Un domingo de cada mes había misa Scout; íbamos uniformados al Hospital de la Luz y en la capilla, el padre Fanales, nuestro capellán, decía misa y nos echaba un fervorín escultista. Cada patrulla tenía un local, atestado de los cachivaches que los scouts sacaban de sus casas. En esos locales se hacían juntas en las que no sucedía nada importante, pero eran bastante divertidas. Cada quince días había excursión, una vez al mes, campamento y una vez al año, “campamento de topografía”. Estábamos levantando el plano del Valle de los Dos Ríos, no sé con qué objeto, valiéndonos de varios instrumentos rústicos; una horqueta y dos ligas, una botella, una pica grabada a modo de baliza, etcétera.

Cuatro meses después de mi ingreso tuve la primera dificultad con Nicodemus. Me habían llevado, como un favor especial, porque era muy chico, a un viaje que hicieron “los grandes” a Jalapa y Veracruz. El viaje duró ocho días y costó cuarenta pesos por cabeza; todo incluido: pasajes, hoteles, comida .y hasta un peine que le traje a mi mamá.

Éramos cuatro: Nicodemus, Julio Pernod que era el jefe dé tropa, el Licenciado Cabra y yo.

Pues sucedió que en Jalapa, un día qué estaba lloviendo nos metimos en un cine a ver Raffles, y, esa noche, Julio Pernod y yo, que éramos cineastas consumados, la pasamos hablando primores de Olivia de Havilland y no dejamos dormir a Nicodemus, que amaneció de un humor de perros. Esto fue el prólogo. La culminación vino en Veracruz, cuando Julio Pernod y yo nos negamos a ir a una expedición cinegética, alegando que sólo teníamos un arma, el .22 del Licenciado Cabra, quien era capaz de pasarse toda una tarde balaceando pelícanos, sin hacer un blanco, ni soltar el rifle. Nos separamos en dos grupos y Julio Pernod y yo nos fuimos al cine a ver una película de Carol Landis. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver, cuando se encendieron las luces en el entreacto que en el anfiteatro estaban Nicodemus y Cabra, que se habían aburrido de tirar balazos!

Cuando regresamos a México, Nicodemus, que era un tarasco marrullero, hizo que el guía de mi patrulla me obligara a pedirle disculpas (a Nicodemus) por mi indisciplina. Según él, yo había incitado a Julio Pernod, que era un retrasado mental de 25 años (yo tenía doce), a irse al cine a ver una película de Carol Landis, “causando la división del grupo expedicionario”.

Yo estaba muy aturdido y pedía disculpas. Pero esto no fue más que el principio de la descomposición del Grupo III.

En los cinco años siguientes, Nicodemus renunció cinco veces, cinco veces le pedimos perdón y le rogamos que no se fuera, y cinco veces accedió a nuestra petición y se quedó. Durante esos años, fui acusado por Nicodemus de “formar una hegemonía dentro del Grupo”, de “fomentar en los muchachos la ley del menor esfuerzo”, de “beber rompope para celebrar el triunfo en una competencia”, etcétera.

Por eso cuando en 1947 pedí permiso para ir al Jamboree, Nicodemus dijo:

—Si tú vas al Jamboree, yo no voy, eres un anarquista y vas a fomentar la indisciplina.

Jamboree, que quiere decir “junta de las tribus” en uno de esos idiomas que nadie conoce, es en realidad una reunión internacional de Boy Scouts. El de Moissons, en Francia, ha sido el más importante en la historia de los Scouts, porque la guerra acaba de pasar y no se reunían desde 1936.

Los franceses prepararon, a orillas del Sena y a unos cien kilómetros de París, un campo que podía recibir a cuarenta mil Scouts de todo el mundo. El gobierno británico destinó un crucero para transportar las delegaciones de las partes más lejanas del Imperio; los scouts americanos fletaron un barco para transportar su delegación, que era una de las más numerosas; los scouts marinos de Inglaterra, Holanda y Noruega anunciaron que llegarían hasta el campamento en embarcaciones tripuladas por ellos mismos y tres grupos de scouts aéreos, que aterrizarían con sus planeadores a poca distancia; los scouts españoles, que eran republicanos y funcionaban ilegalmente, iban a cruzar los Pirineos a pie, porque la frontera estaba cerrada, etcétera.

En un principio se decidió que la Delegación que iba a representar a México en el Jamboree, debería estar formada por la flor y nata de los scouts, es decir, los cincuenta mejores scouts de México. Pero había un problema. Como los scouts eran en esa época una organización muy independiente y bastante miserable, cada cual tendría que pagar sus gastos. En consecuencia, el “contingente” iba a estar formado, no por los cincuenta mejores, sino por los cincuenta mejores, de entre los más ricos. Urgía pues, saber cifras, ¿cuánto iba a costar el viaje?

La tarea de organizar la Delegación fue encargada a dos personas: don Juan Lanas y Nicodemus, que eran respectivamente Jefe Scout Nacional y Jefe de la Delegación Mexicana. Don Juan era el encargado del transporte y Nicodemus del adiestramiento.

Nicodemus trataba, sobre todo, de llevar un contingente que fuera no sólo disciplinado, sino dócil, porque había un antecedente fatídico: En la Delegación Mexicana que fue al Jamboree de Holanda, en 1936, se había producido una verdadera revolución que después se convirtió en cisma. Durante seis años hubo en México dos Asociaciones de Scouts: los “reconocidos por Londres” y los “disidentes”. La revolución había estallado porque el jefe de la Delegación Mexicana, Ingeniero don Jorge Núñez, había llevado un colchón neumático, que los scouts tenían que inflar cada noche.

No sé quién hizo los primeros cálculos, ni en qué se basó para hacerlos, pero corrió la voz de que el viaje a Europa, de tres meses, incluyendo estancia en el campamento, estancia en París, visita de los castillos del Loire, viaje a Italia, Bendición Papal, etc., iba a costar ¡mil quinientos pesos!

Por supuesto que se inscribieron muchísimos. Entre ellos, yo. Fue cuando Nicodemus me dijo:

—Si tú vas, yo no voy. Etcétera.

Ahora bien, don Juan Lanas tenía la mala costumbre de hacer viajes a cualquier parte y con cualquier pretexto y después pasarle la cuenta a la Asociación y cargarla en la lista de donativos. Cada año, en la Asamblea, en el Informe del Tesorero aparecía que don Juan había regalado a la Asociación miles de pesos que él mismo había gastado en viajes de placer.

Uno de estos viajes de placer, lo hizo don Juan a Nueva York, dizque para averiguar cuáles eran los medios de transporte más convenientes. Digo que fue de placer, porque regresó con la noticia de que los barcos no existían y de que había que hacer el viaje en avión.

A todo esto, Nicodemus, que en su vida había puesto un pie fuera de México, había decidido deslumbrar a los europeos con los sarapes de Saltillo, los chiles jalapeños, El caminante del Mayab y la Danza de los Viejitos. Los cincuenta elegidos tenían que juntarse dos veces por semana en la Y.M.C.A. a cantar canciones mexicanas y a dar taconazos, bajo la dirección del Profesor Urchedumbre, que era especialista en folklore.

La tristeza que me dio no ser aceptado en el “contingente”, se me quitó cuando don Juan regresó de Nueva York. Como la Delegación tenía que irse en avión, las cifras se modificaron. El costo del viaje pasó, de mil quinientos a tres mil, de tres mil a cinco mil quinientos y de allí a seis mil. Simultáneamente, el número de asistentes pasó, de cincuenta a veintitrés y de allí a doce, y eso, contando a dos que se orinaban en la cama.

Manuel Felguérez había sido de los elegidos que ensayaban la Danza de los Viejitos, pero no tenía seis mil pesos. Fue él quien decidió hacer otra Delegación Mexicana al Jamboree, formada por él y yo.

—Podemos irnos en un barco de carga —me dijo, un día que estábamos tomando el sol en la Y.M.C.A.

En ése momento se me ocurrió una idea que ahora parece muy sencilla, pero que a nadie se le había ocurrido: ir a Wagons-Lits Cook.

Así fue como Felguérez y yo descubrimos en la Avenida Juárez lo que don Juan Lanas no había descubierto en Nueva York: había un barco, que había sido transporte de tropas y que estaba destinado a llevar turistas a Europa y a traer inmigrantes a los Estados Unidos. Iba de Nueva York a Southampton y El Havre y el pasaje costaba quinientos cincuenta pesos mexicanos. Con un par de telegramas conseguimos pasajes en el S.S. Marine Falcon, que salía de Nueva York el primero de agosto. El Jamboree comenzaba el día seis.

Ya con los pasajes en la mano, fuimos al despacho de don Juan Lanas, le contamos que íbamos a San Antonio, Texas, y le pedimos una carta de presentación para los scouts de allá. Don Juan, en parte por holgazán y en parte por no saber con quién trataba, nos dijo que dictáramos la carta a la secretaria y que él la firmaría.

Huelga decir que la carta que firmó don Juan decía que Felguérez y yo éramos sus hijos muy amados y que él se hacía responsable de cualquier iniquidad que cometiéramos en el extranjero.

Pero del plato a la boca se cae la sopa. Dos días antes de salir de México nos topamos con don Juan y el Padre Fanales en el Consulado de Francia. Estábamos recogiendo visas. Nosotros, las nuestras, y ellos, las de la Delegación Mexicana.

Don Juan se puso furioso.

—¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente.

Dijo esto porque había conocido a un tío mío que era Caballero del Santo Sepulcro.

El padre Fanales nomás movía la cabeza. Después comentó con alguien el suceso y dijo que significaba que Felguérez y yo éramos “llevados de la mala”, pero que en sus labios sonaba como que estábamos poseídos del Demonio.

—¡Devuélvanme la carta hoy mismo! —terminó diciendo don Juan.

Por supuesto que no se la devolvimos. Felguérez llamó por teléfono a varios de los que querían ir al Jamboree y no tenían seis mil pesos, y les dijo que habíamos encontrado medios de transporte que permitían reducir el precio del viaje a la mitad.

Se armó un jaleo. El Consejo Nacional tuvo una junta de emergencia, en la que se acusó a Nicodemus de incompetencia y a don Juan de estulticia.

Al día siguiente la secretaría de la Asociación habló por teléfono.

—Que pasen a canjear la carta de presentación por una Carta Internacional —dijo.

La Carta Internacional era el documento que lo acreditaba a uno como “delegado” al Jamboree. Felguérez y yo dábamos de saltos de gusto.

Don Juan nos recibió con cara de “esta tacita se rompió, ya nunca se volverá a pegar”. Le entregamos la carta de presentación.

—Denme ustedes los datos de ese barco que dicen que va a Europa. Son muy interesantes.

Le dimos los datos del S.S. Marine Falcon y él los apuntó en un papelito. Nosotros estábamos esperando a que nos diera nuestra Carta Internacional.

—La Carta Internacional —nos dijo Don Juan, se las mandaré a Nueva York, porque tiene que ir firmada por el Consejo Nacional.

Nosotros le creímos y esa noche salimos rumbo a Nueva York en Transportes del Norte. Al día siguiente, cuando íbamos llegando a Laredo, nunca hubiéremos imaginado que en esos momentos estábamos siendo juzgados, en ausencia, por un tribunal compuesto por Julio Pernod, el Licenciado Cabra, y el joven Alhóndiga, pasante de Derecho. El fiscal fue Nicodemus y no tuvimos defensor. La acusación fue “falta de espíritu Scout”. Fuimos declarados culpables y expulsados del Grupo III y por consiguiente, de la Asociación de Scouts de México. Cuando Felguérez y yo subimos la pasarela del S S. Marine Falcon, encontramos a quince scouts mexicanos que habían aprovechado nuestro hallazgo. Estaban bajo el mando de Germán Arechástegui, uno de los personajes míticos del escultismo mexicano; sé decía que era capaz de caminar tres días sin comer otra cosa que pinole. También venían el Chino Aguirrebengurren y el señor Bronson, dos viejos scouts que estaban aprovechando la coyuntura para darse una vueltecita por Europa. El Chino Aguirrebengurren nos dio la mala noticia: para nosotros no había Carta Internacional, porque habíamos sido expulsados de la Asociación. Cuando ya creíamos que nos iban a tratar como apestados, apareció el señor Bronson y al ver que estábamos vestidos de civiles, dijo en voz de trueno:

—¿Qué esperan para uniformarse?

Así acabó la discriminación. A pesar de que legalmente Nicodemus había triunfado en toda la línea, nadie nos trató como “expulsados”.

El Marine Falcon casi ni parecía barco. El castillo de proa era muy chico y el de popa nunca lo encontramos; tampoco encontramos la chimenea. Por dentro era todo pasillos y escaleras y por fuera era como una cazuela. Los pasillos y las escaleras iban de los dormitorios a los botes salvavidas y viceversa. Los dormitorios tenían sesenta literas. Los excusados estaban en la proa y no tenían puertas, así que en las mañanas nos sentábamos veintitantos a mirarnos las caras, como los canónigos en el coro.

Todavía a la vista de Manhattan, el S.S. Marine Falcon empezó a hundirse. Bajamos a la Cubierta F y encontramos los colchones flotando. Las máquinas pararon y el Capitán estuvo tratando de localizar, por medio de los altavoces, al jefe de mecánicos. Cuando nos fuimos a acostar, todavía estábamos al pairo, a la vista de Nueva York.

En los dormitorios no había ni día ni noche, porque no tenían ventanas y las luces nunca se apagaban. No se oía más que el ruido de los ventiladores y los ronquidos de los pasajeros. Pero cuando desperté y salí a cubierta, el sol había salido y el barco navegaba alegremente en alta mar.

Al segundo día de viaje, el scout San Megaterio fue iniciado en los misterios del sexo por una inglesita de catorce años. Al tercero, el scout apodado La Campechana se hizo novio de una americana. Al cuarto, el scout apodado el Matutino fue seducido por una joven inglesa. Al sexto, corrió la voz de que el scout Chateaubriand había sido seducido por un pastor protestante. Al séptimo, nuestro barco entró en la había de Cobh y encalló al tratar de cederle, galantemente, el paso al S.S. America: hubo que esperar la siguiente marea para ponerlo a flote. Al octavo, llegamos a Southampton y el Matutino fue degradado por fornicar con el uniforme puesto. Al noveno día llegamos a El Havre.

Un señor con fedora y redingote, que era el jefe de los scouts de El Havre, nos informó a Felguérez y a mí, que no hacía falta Carta Internacional para acampar en el Jamboree, bastaba con tener ganas de hacerlo y dinero para inscribirse.

Antes de abordar el tren de Rouen, Germán Arechástegui nos advirtió:

—Recuerden que están en Francia. Nunca toquen con las nalgas la tapa de un excusado, porque pescan una sífilis.

El Jamboree era un pueblo enorme, con tiendas de campaña en vez de casas y scouts en vez de habitantes. Había zonas comerciales, restaurantes, puesto de bomberos, uno excusados públicos de cartón que al octavo día empezaron a disolverse, iglesias de todas las creencias, etc. Había scouts zapateros, scouts armeros, scouts plomeros, scouts bomberos, scouts intérpretes y scouts policías. Habían scouts estafadores, como un viejo eclaireur que nos compró dos dólares al cambio oficial.

Felguérez y yo acampamos en el Campo del Zodiaco, que era el lugar de los scouts irregulares y la Capua del Jamboree. Junto a nosotros estaban los españoles, que eran unos vejestorios de treinta y tantos, que sabían de memoria las obras completas de Cantinflas; un poco más lejos estaban los turcos, que eran muy perseguidos por Mustafá Kemal; había scouts austriacos, alemanes desnazificados, persas, kurdos y un japonés.

Como las tiendas estaban bajo un bosque de encinos y los encinos llenos de orugas, los scouts estaban llenos de ronchas. Pero ésa fue la única molestia, porque unas girl guides francesas cocinaban y lavaban la ropa y la remendaban si uno se los pedía. Lo único que tuvimos que hacer fue montar la tienda. Pasábamos el tiempo panza arriba, platicando con los españoles, viajando en el ferrocarrilito que circundaba el Jamboree, nadando en el Sena y visitando los demás campos.

Nicodemus las había pasado negras. En la entrada del campo mexicano, había hecho, con muchos trabajos un armazón que figuraba el perfil de una pirámide teotihuacana y la había cubierto con sarapes de Saltillo. Cuando Germán Arechástegui vio la portada, no comentó nada. Se limitó a cortar las cuerdas de un nudo vital y la estructura se vino abajo y con ella, el prestigio de su constructor. Por otra parte, los scouts que viajaron en barco contaron con tanto entusiasmo sus experiencias sexuales a los que viajaron en avión, que los hicieron sentirse estafados. ¿Estafados por quién? Por Nicodemus. Se había descubierto que la Compañía Mexicana de Aviación había regalado un pasaje de ida y vuelta: el de Nicodemus. Por último, tenía el problema de la alimentación.

La dieta del Jamboree consistía en carne, papas, zanahorias, chocolate, pan y mantequilla. La carne era dura y parecía curtida; venía de un animal desconocido en América; había que ponerla a conocer a las siete de la mañana para que estuviera masticable a las seis de la tarde. Para esas horas, las papas y las zanahorias se habían convertido en una especie de bolo alimenticio. Hubo scouts que no salieron a comerse las papas crudas; pero todos estaban de mal humor, porque la comida era mala.

¿Quién tenía la culpa de que la comida fuera mala? Nicodemus, por supuesto.

Cuando Felguérez y yo íbamos de visita al campamento, Nicodemus nos miraba como si fuéramos transparentes.

Al medio día, el campo mexicano presentaba el siguiente aspecto: había tres o cuatro scouts tratando de cocinar, otros tantos, tratando de dormir a la sombra de las tiendas, los demás estaban sentados en semicírculo, como yogas, frente a unos montoncitos de sarapes de Saltillo, de fajillas de indios chamulas, de sombreros de charro, etc., en espera de algún scout europeo que cambiara estas cosas por una cámara fotográfica, un reloj de pulsera, un radio de pilas, etc. Se habían cambiado los papeles. Ahora los mexicanos llevaban las baratijas y los europeos se deslumbraban con ellas.

Nicodemus había invitado al Coronel Wilson a tomar con los mexicanos el penúltimo almuerzo del Jamboree. Para esta solemnidad había preparado un menú consistente en mole poblano, frijoles refritos, chiles jalapeños y chongos zamoranos.

Quiso su mala suerte que dos días antes del banquete, nos viniera a Felguérez y a mí la nostalgia de la comida mexicana. Estuvimos bastante rato diciendo:

—Unos tacos de carnitas.

—Unos frijoles refritos.

—Unos huevos rancheros.

Etcétera.

Así platicando, llegamos al campo mexicano. Ya había oscurecido y los scouts se habían ido a las fogatas. Sólo encontramos a La Campechana que estaba cocinando una sopa de avena y jitomate de lata. Con él seguimos la conversación.

—Unos tacos de cabeza.

—Unas quesadillas de huitlacoche.

Al poco rato, no pudimos más y caímos sobre la despensa de Nicodemus.

En el banquete que la Delegación Mexicana ofreció al Coronel Wilson, se sirvieron sardinas de lata y pan con mantequilla.

Pero si este episodio fue ridículo, cuando menos quedó en familia. Malo, el día en que los mexicanos dirigidos por Nicodemus, cantaron El caminante del Mayab ante cuatro mil espectadores. Y peor, todavía, la Danza de los Viejitos. De nada sirvieron los ensayos con el Profesor Urchedumbre, que habían sido con iluminación eléctrica, tablado y música de disco. En el Jamboree no hubo ninguna de las tres cosas.

La cosa salió tan mal, que Felguérez y yo, que estábamos a cien metros, nos moríamos de vergüenza. Germán Arechástegui tocó una chirimía; como no había tablado, no se oían los pasos y nadie llevaba el compás; se fueron unos contra otros. Afortunadamente, con los zapatos se levantó tal nube de polvo, que cubrió a ejecutantes y nadie vio el final de la representación.

Cuando se retiraron los mexicanos, entraron al escenario los neozelandeses e hicieron una danza maorí. El scout que estaba junto a mí, me preguntó si esos eran los mexicanos. Por puro amor patrio le contesté que sí.

Felguérez y yo nos fuimos a París dos días antes que la Delegación Mexicana. Al día siguiente, por un asunto relacionado con el Mercado Negro, tuvimos que regresar al Jamboree y por culpa de los ferrocarriles, no pudimos regresar a París en la noche. ¿Qué hacer? No teníamos tienda de campaña y estábamos en camisa. Fuimos a ver a La Campechana y le dijimos que no teníamos dónde dormir. La Campechana, que era muy generoso, corrió al scout San Chateaubriand de la tienda, le quitó una cobija al scout San Megaterio y así pasamos la noche: en el lugar de Chateaubriand y con la cobija de San Megaterio.

A las seis y media de la mañana, despertó Nicodemus con las dianas; se puso su gorro de piel de conejo y salió de su tienda gritando:

—¡Arriba todo el mundo, que hay que levantar el campamento!

Y fue a despertar a los perezosos.

Felguérez y yo nos tapamos la cara con la cobija de San Megaterio. Oíamos la voz de Nicodemus, que se acercaba:

—¡Pronto! ¡Arriba! ¡Prontito! ¿Qué haces aquí Chateaubriand? ¡Pronto! ¡Arriba! —para terminar con la frase más teatral que he oído—: ¡Manuel!, ¡Jorge!, ¿Ustedes aquí?

Se puso furioso y fue a regañar a La Campechana. Le dijo que iba a procesarlo por falta de espíritu scout.

Felguérez y yo ayudamos a levantar el campo y a cargar los trebejos hasta la estación de ferrocarril. En esta operación estábamos, cuando cayó un aguacero que nos empapó.

Felguérez y yo subimos en el tren hechos una miseria; los demás llevaban impermeables. Nicodemus tuvo el único gesto amable de muchos meses.

—Te vas a resfriar —me dijo—, y me prestó su suéter.

Cuando llegamos al Refugio Scout que había en París, que estaba en el Local de la Exposición, cerca de la Puerta de Versalles, Nicodemus, en uno de los pocos momentos democráticos de su vida, reunió a los que se habían ido en avión y les dijo:

—He sabido que algunos están inconformes con el viaje que hicimos en avión. Levanten la mano los que quieran regresar en barco.

Todos levantaron la mano. Nicodemus contempló por un momento aquel bosque de manos levantadas y después dijo:

—Bueno, pues los que vinieron en barco, regresan en barco y los que vinieron en avión, aunque quieran regresar en barco, regresan en avión. ¿Que por qué? porque yo digo. Porque yo soy el Jefe de la Delegación y porque ustedes no tienen todavía veintiún años, ni criterio formado, ni capacidad para decidir por cuenta propia.

Y regresaron en avión.

 


¿Quién se lleva a Blanca?

 

Todo empezó con una obra de caridad: Visitar a los enfermos. Mi amigo Willert estaba enfermo de anginas y varias personas fuimos a visitarlo. Durante esa visita nos bebimos la famosa botella de ron que estuvo a punto de causar la muerte de Willert. Pero eso no es lo importante; lo importante es que los visitantes éramos el arquitecto Boris Gudonov, Rita su esposa, Blanca y yo. Boris Gudonov es el villano de esta historia, Blanca y yo fuimos sus víctimas. Rita y Willert no son más que comparsas.

No importa lo que bebimos, ni lo que comimos, ni de lo que hablamos. Lo que importa es que Blanca tenía unos muslos fenomenales, que no bebía una gota y que a cierta hora se puso de pie y dijo:

—Tengo que irme.

—Yo te llevo —dijo Boris Gudonov.

La llevó a su casa en el coche y tardó tres horas en regresar.

Cuando Boris volvió, Rita, Willert y yo estábamos completamente borrachos, pero recuerdo muy bien, sin temor a equivocarme, que Boris se acercó y me dijo al oído.

—No le digas a Rita, pero acabo de acostarme con Blanca.

Ésa fue la segunda vez que la vi. Antes de conocer a Blanca alguien me la había descrito como “una mujer bellísima, enamorada de imposibles”. Cuando la conocí estaba vestida de color de rosa fuerte y sentada junto a un joven tímido.

“Éste es uno de los imposibles”, pensé.

Me decepcionó mucho. El rosa le quedaba muy mal.

Tenía el pelo lacio y muy mal cortado y la piel del color de la cáscara de la chirimoya.

Meses después del episodio en casa de Willert, la encontré en una fiesta en casa de Boris Gudonov. Estaba sentada en un sofá, con tres borrachos alrededor empeñados en tocarle los muslos; tenía una discusión sobre costumbres cristianas.

Blanca era muy católica y los borrachos eran ateos y querían hacerla entrar en razón.

Tomé un almohadón y se lo puse sobre las piernas, para protegerla de aquellas palpaciones. Ella me miró sorprendida y agradecida.

—¿Quién se lleva a Blanca?—preguntó Rita, cuando dieron las doce de la noche.

Los tres borrachos, Boris Gudonov y yo ofrecimos llevarla. Blanca se fue conmigo, a pesar de que yo era el único que no tenía coche, ni dinero para el taxi.

Cuando caminábamos por la Colonia Narvarte, le dije que me había dado cuenta de que ella era tímida.

Con eso la conquisté.

—Quisiera verte, para tomar un café y platicar contigo —dije. Quería hacer una cita para otro día porque esa noche no tenía para el hotel.

A ella le pareció muy bien. Nos sentamos al pie de una verja y ella empezó a hablar de la “comprensión”. Es decir, de lo maravilloso que es cuando dos almas se entienden. Pero las nuestras no se entendieron, porque yo estaba pensando en la cama y ella en el matrimonio.
Al día siguiente fuimos a caminar un rato y después entramos en un restaurante a tomar café. Ella me relató, de una manera abstracta, sus amores imposibles. Yo le dije mi edad y le pregunté la suya.

—Tengo dos años más de los que parece.

Había lloviznado y cuando salimos del restaurante hacía fresco. Le puse mi impermeable encima y le dije:

—Bueno, ahora vamos a hacer el amor.

Ella me miró llena de desencanto.

—Eso sí que no.

—Entonces no perdamos el tiempo —le dije.

Tomamos un camión que la dejaba cerca de su casa.

—Parecemos un matrimonio —me dijo cuando nos sentamos—, que ha ido al cine y que ahora regresa a su casa a merendar café con leche y pan.

Después se fue taciturna, pensando, quizá, que yo era “como los demás”.

Tres días después se me ocurrió hacer otro intento y la llamé por teléfono. Ella me contestó con la rapidez y la sofocación de quien ha esperado tres días una llamada.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Voy a la Merced —me contestó.

La acompañé a la Merced a comprar pescado, pollo y melones. Cuando tomamos el camión de regreso ya éramos novios.

Al entrar en su casa le toqué las nalgas, causando la hilaridad de unos niños que vivían allí cerca. Ella me miró con reproche.

—¿Por qué eres así?

En la casa no había nadie, pero la vi tan nerviosa que no insistía.

—¿Quieres agua de limón? —me preguntó.

Cuando le dije que sí, cogió un vaso que estaba ya servido y abandonado en una mesa y lo metió en el refrigerador, para que se enfriara.

Fuimos a la sala. Había un televisor, un cenicero de porcelana que figuraba una casita con chimenea funcional y varios retratos al óleo de Blanca: de huipil, de tehuana y experimentando la tragedia del Valle del Mezquital.

—Eres de la raza opresora —me dijo.

Fui su novio durante dos o tres semanas. Iba por ella a la Universidad, porque estaba estudiando para trabajadora social. Caminábamos largas horas y después nos sentábamos en un parque, porque yo no tenía dinero para más. Un día quise convidarle unos sopes, pero cuando supo que eran a peso, le pareció un despilfarro y me llevó arrastrando hasta la esquina.

—No gastes en mí —me dijo.

Y no comimos sopes.

Una tarde, estábamos sentados en una placita que hay en San Ángel, sin decir nada. Cuando pasó un camión haciendo mucho ruido, me dijo.

—Se rompió el hechizo.

No le contesté.

Estaba tan resignada a pasar miserias a mi lado, que hasta yo empecé a creer que acabaríamos casándonos.

Blanca vivía con su padre, que era jefe de algún archivo, su madre, que era una abnegada mujer mexicana, la esposa abandonada de un hermano de Blanca, las seis hijas de este matrimonio y un hermano soltero.

Cuando me conocieron, el día en que vimos en la televisión una película argentina, la madre dijo, según Blanca, que era “de confianza”, pero el resto de la familia pensaba que “todos los hombres son muy malos, ofrecen muchos regalos, etc.” Esto me lo contó Blanca, porque yo no les oí decir más que “buenas noches”.

Yo sé que en el fondo eres bueno —me decía Blanca.

Una noche que estábamos platicando en el jardín que quedaba fuera de su casa, llegó el hermano soltero, entró sin saludarme, subió a su cuarto y a los cinco minutos abrió la ventana con mucha violencia, para que supiéramos que era hora de despedirse.

—Me gustas tanto —me dijo un día—, que si pasara junto a mí Rock Hudson, ni lo miraría siquiera.

Me sentía obligado a casarme con ella, porque ella creía que iba a casarme con ella.

—Si esto se acabara —me dijo durante uno de nuestros paseos vespertinos—, me daría mucha tristeza.

Y no se hubiera acabado, si no hubiera sido por lo que pasó en el bar “Del paseo”.

La cosa fue así: un día tuve dinero y la invité a tomar la copa. Ella pidió un vermuth batido que le duró toda la tarde. Cuando se lo terminó, me dijo cómo iban a llamarse nuestros hijos.

—El primero, Ernesto, el segundo, Juan, el tercero, Esteban, por San Esteban. Y las mujercitas… etcétera.

Se apagó la luz en el hostal. Cuando íbamos a salir, nos dieron una vela y bajamos doce pisos alumbrándonos con ella. Al llegar a la calle, le dije:

—Esto no puede seguir así.

Pero así como antes no había entendido que lo que yo quería era acostarme con ella, no entendió entonces que no quería casarme con ella. Explicarle que no iba a haber matrimonio me tomó tres sesiones mortales. Le dije que necesitaba libertad, le dije que tenía dos amantes de las que no quería prescindir, le dije que nunca iba a tener dinero para casarme. En la tercera sesión me dijo:

—Si necesitas libertad y dos amantes y no tienes dinero, vamos a seguir como tú quieras.

Si por allí hubiera empezado, si me hubiera dicho eso al salir del restaurante, después de tomar café, aquella vez que lloviznó, ahora estaríamos casados.

Pero lo dijo demasiado tarde.

—Blanca, lo que quiero es no seguir de ninguna manera.

Durante meses, Blanca anduvo lloriqueando y contándole a mis amigos que yo la había abandonado.

Después se le pasó, porque no le faltaban oportunidades. Durante una época trató de regenerar a uno de aquellos tres borrachos del sofá; después estuvo, durante años, a punto de casarse con un americano.

Hace poco, el borracho a quien Blanca no pudo regenerar y que seguía borracho, me dijo:

—Cuando Blanca y yo éramos amantes, me decía que a ti te había querido mucho y que nunca le hiciste nada.

Me di cuenta de que me había convertido en otro de “los imposibles”. Me puse furioso.