Nota introductoria

 

 
 
 
 
 
 
 

I

Todas las muertes son nefastas. Unas se toman como inevitables y otras dan rabia. A éstas pertenece la de Jorge Ibargüengoitia. Un mexicano doblemente necesario, porque todos en primera instancia lo son, pierde la vida, con la debida dosis de absurdo. Doblemente necesario por lo que había hecho y por lo que tenía que hacer: seguir produciendo obras en donde las transas, los favoritismos y las traiciones fueran piezas claves en el panorama del gran relajo nacional; por fin el mexicano tendría un espejo en el que no podría haber transfiguración posible.

Ante la muerte, la fatalidad resulta juego de niños aplicados. El enfrentamiento brutal, única experiencia inolvidable. Aquí cabe recordar a Elías Canetti, el gran luchador contra la desaparición que siempre busca acomodo: “Mi forma de ser, mi orgullo consiste en no haber halagado jamás a la muerte. Me parece lo más inútil y maligno que ha habido nunca, la calamidad fundamental de cuanto existe, lo incomprensible, lo que jamás ha sido resuelto, el nudo en el que, desde siempre, todo se encuentra atado y cogido y que nadie se ha atrevido a cortar”. (La provincia del hombre, Taurus, Madrid, 1982).


II

Los papás de Ibargüengoitia duraron veinte años de novios y dos de casados. Su padre murió cuando tenía ocho meses de nacido. Por las fotos le quedó claro que de él había heredado las ojeras.

Ibargüengoitia se inició como dramaturgo. Su primera obra de teatro que alcanzó el éxito fue la última que escribió: El atentado (1962). Después incursionó en la novela y el cuento. Los relámpagos de agosto (1964); La ley de Herodes (1967); Maten al león (1969); Estas ruinas que ves (1974); Las muertas (1977); Dos crímenes (1979); Los pasos de López (1981). Al morir trabajaba en la novela Los amigos.

Escribió numerosos artículos periodísticos, entre los que sobresalen sus reseñas de teatro publicadas en la revista Universidad de México de la UNAM (1960-1964) y sus colaboraciones para la página editorial de Excélsior, siendo director Julio Scherer.

Los cuentos de La ley de Herodes son autobiográficos, según confesión del autor. La literatura registra los pasos de Ibargüengoitia. Sus observaciones, sus gustos, su forma de vivir los minutos de todos los días. La vida cotidiana llevada a niveles más transparentes y excelsos que las Lagunas de Montebello. La realidad es fuente inagotable de elementos con los cuales se puede jugar interminablemente. Lo trivial como manantial que legitima los grandes contenidos. “Hablamos de cucarachas que caminan sobre gente dormida, de ratas que brincan entre las piernas de quien está sentado en el excusado, de ratones que se pasean entre las sábanas mientras el observador —y sujeto— ve moverse la cobija y cree que tiene calambres, etc.” (“Viaje a los tres Camotes”, revista Vuelta, número 30). Los pequeños detalles se vuelven decisivos en la inmensa tarea de procurar la vida más alegre y llevadera; menos rudimentaria.


III

A los 49 años de edad Ibargüengoitia le dijo a Margarita García Flores que el pretendido humor que le cuelgan no es otra cosa que una “capacidad para ver la realidad dentro de una perspectiva peculiar, algo que se puede alterar hasta convertirlo en instrumento crítico” (Cartas marcadas, México, Difusión Cultural, unam, 1979).

Ibargüengoitia no es humorista en el sentido de que hubiera decidido emplear su materia gris para inventar chistes. La realidad que acoge en sus escritos y el manejo del lenguaje que utiliza, dan por resultado productos altamente humorísticos. Quien tenga sentido del humor apreciará los textos y los gozará. El escritor guanajuatense rescata la visión crítica del humorismo y lo utiliza en su rejuego con la realidad y consigue, para bien de la nación, grandes zancadas de desmitificación de la Historia Nacional.


IV

Las obras de Jorge Ibargüengoitia son el producto del desenfado que ocasiona la comprobación del propio fracaso, de la desilusión de todo un pueblo, convertida en ritual de Día de todos los Santos. Son la expresión más humana del acontecer histórico. Remiten constantemente a la única condición real y cambiante del hombre: la humana.

Desenmascarar a los traidores, que se pasean por las avenidas muy quitados de la pena, desenmascarar a los poderosos que oprimen oprimiendo su sensibilidad, señalar a los demagogos de profesión, ya sean de balcón de Presidencia Municipal o de Palacio Nacional, con las finas armas de la ironía, del humor, de las palabras dichas en el preciso momento y con el riguroso sentido. Desenmascarar escribiendo. Escribir poniéndole máscaras regocijantes a la repetición cronométrica de los hechos de siempre. Desnudar a quienes cobijan los altares de la patria con falsos oropeles.

 

Francisco Blanco Figueroa