width= Juan Vicente Melo



Selección
y nota de
Christopher
Domínguez
Michael



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Nota introductoria

 

Hemos construido una historia literaria más común a la administración de la justicia que a la literatura. La riqueza de nuestra tradición no se refleja en la postulación de problemas, agotándose en la maquinaria de reconocimientos y olvidos, revaloración y supresión. Afirmamos que existió la Novela de la Revolución pero no hay interés en confrontar la historia con los textos. Hemos rendido la imaginación a la cronología: nos basta saber que la novela contemporánea comienza entre nosotros con Yáñez, con Revueltas, con Rulfo. Hacemos de la llamada generación de los sesentas un espacio unánime y canónico, haciendo eco de que coincidió con el boom comercial de la literatura hispanoamericana. Ellos, ciertamente, lo quisieron. Fueron víctimas y beneficiarios de un doble deslumbramiento: uno ante los fantasmas de Rulfo (por primera vez México tenía una novela-mito universal) y ante la potencia de La región más transparente (la gran novela contemporánea llegaba a México). Los deslumbró también una premisa que bien puede parafrasearse de la célebre sentencia de Octavio Paz: la literatura mexicana era contemporánea de todas las literaturas. Bataille y Norman Mailer, Cioran y Pavese, la antinovela francesa, el rock y el camp eran los alimentos espirituales, sin cortapisa alguna, de esos escritores.

Quienes tuvieron en esa década su presentación y su clímax quedaron relativamente exhaustos para continuar su carrera. La ciudad creció, el país empezó a vivir esa pendiente de descomposición que de manera eufemística llamamos crisis, la vida literaria dejó de ser un juego local —s. nob, la mafia— y se convirtió en combustible para un diversificado aparato burocrático. La generación inmediatamente posterior tuvo en el 68 su fiesta pública, su dolor y su psicodrama, se entusiasmó y se desencantó de la fiebre revolucionaria, redescubrió la complejidad de la nación como argumento, acabando por considerar las empresas escriturales de los sesentas como saldos de ese deslumbramiento, a la postre enceguecedor y paralizante, ante la posibilidad de ejercer la gran literatura. Crítica harto razonable si no es llevada a los extremos de un nuevo realismo mexicanista, esta vez disfrazado de new journalism y de buena conciencia democrática. Otros, en la esquina opuesta, han hecho de las obras de un Elizondo o de un García Ponce abrevaderos iniciáticos donde culmina la literatura mexicana.

Se han identificado las fuentes de esa generación de escritores pero escasean las reflexiones críticas. La crítica no es sólo analogía, también es disección. En los sesentas coexisten varios problemas. La desterritorialización de la historia en moral a través de nuevas técnicas narrativas, el costumbrismo involuntario que aspira a la metafísica erótica, la aparición del terceto juventud/ciudad/coloquialismo, la obsolescencia asumida del viejo modernismo negro que busca la transgresión, la crónica que vuelve a dibujar —consumiendo los efectos de la modernidad— el rostro oculto de la nación y los problemas de la evocación tradicional para convertirse en nueva literatura. En este último signo puede leerse la obra de Juan Vicente Melo (Veracruz 1932, Veracruz 1996). Por sus orígenes y por su conclusión, la voz de Melo es al mismo tiempo la más frágil y la más contundente de esa generación. En 1969 cerró la década —y su propia carrera literaria— con una novela, La obediencia nocturna que bien puede considerarse suma de grandeza y miseria de esa sensibilidad literaria.

Melo publica en 1956 La noche alucinada, impulso precoz sin otra importancia que su registro en la prehistoria de un escritor. Sus siguientes volúmenes de cuentos son Los muros enemigos (1962) y Fin de semana (1964). En ellos encontramos al narrador modesto y educado que realiza su aprendizaje en crisis: crisis de una prosa que busca cómo escapar de la evocación poetizante para encontrar la crítica del mundo. Hemos olvidado los ríos subterráneos que la edificación realizada por Carlos Fuentes ocultó. Escritores como Jorge López Páez, Luisa Josefina Hernández, Carlos Valdés o Sergio Galindo estaban en esos días haciendo un esfuerzo para devolverle a la prosa narrativa su consistencia precisamente narrativa, desde una óptica dubitativa pero desdeñosa del naciente mito urbano y del campo como escenario tanático. No es lo mismo lo vulgar que lo profano: los cuentos de Juan Vicente Melo forman parte de esa táctica indispensable que es malear los elementos del discurso literario, construyendo espacios precisos donde cada fragmento es útil para sustentar el desarrollo de una tradición.

Juan Vicente Melo abandonó la timidez de la imagen poetizante para enfrentar los temas manidos: el amor, la soledad, la muerte. Lo hizo desde una doble maestría: atmósfera y ambivalencia moral. Entre sus estrictos contemporáneos se sitúa a medio camino entre Inés Arredondo y Sergio Pitol. Los une: es un escritor más denso pero menos preciso que la cuentista sinaloense y un autor menos literato que Sergio Pitol y no tan teatral en sus representaciones existenciales.

Para Melo el universo literario ha de ser lo que las sensaciones puedan delimitar. Los dos cuentos aquí seleccionados lo demuestran. “Música de cámara” abre Los muros enemigos con la presencia de la lluvia. El lector mira desde afuera, nunca podrá superar la ventana que lo separa de un cuerpo de mujer. Las más caras obsesiones de Melo ya están presentes: el encierro que deciden los atavismos inevitables (ya sean naturales o humanos, siempre un punto más allá de lo cotidiano). La prosa es, sin embargo, todavía dependiente de sus miedos poetizantes, incapaz de dramatizar y de representar. Si revisamos a los narradores de los sesentas encontramos que a diferencia de sus contemporáneos colombianos o cubanos, fueron en extremo conservadores en el tratamiento y la recreación del lenguaje. García Ponce, Elizondo o Pacheco estaban más preocupados por las ideas que por las palabras. Melo es una excepción, pues su prosa, incluso al fallar, siempre intenta jugar y desdoblar la lengua.

“Sábado: el verano de la mariposa” es la segunda parte de ese terceto narrativo que es Fin de semana y es el mejor cuento de Juan Vicente Melo. En el centro, otra vez, atmósfera y cuerpo. Una mujer quedada se dedica a la costura en un cuarto nuevamente cerrado. El suyo es un sábado inmóvil que pretende abandonar y haciendo un paseo encuentra a un desconocido, que a punto de dejar la ciudad busca un museo que está cerrado. La breve caminata con el desconocido es el (último) verano de la mariposa, esa señorita Titina cuyo monólogo interior es soledad y resentimiento. Titina volverá al encierro e ignorará los aldabonazos de una clienta a quien debe un vestido, símbolo del mundo que Titina no podrá vestir.

El tiempo de Melo es inmóvil. Su espacio es la atmósfera. La precisión en el manejo de las situaciones, la modestia del decurso narrativo y la confianza en que tan sólo un guiño puede atrapar toda la soledad del hombre, son sus certezas como cuentista. Estamos, hay que recordarlo, ante una literatura que asume la ausencia del héroe o de la idea. La representación sólo puede transcurrir en el vacío y las sensaciones climáticas caen sobre sujetos innominados: la lluvia, un cuerpo sin nombre, los amigos. Esa es la elección eficaz, aunque sujeta a envejecer.

De esa acumulación de experiencia en el instante nacerá La obediencia nocturna, texto extraño entre la novela mexicana de este siglo. Hay en esta novela la pretensión fallida de la gran literatura, los datos de lecturas herméticas y una referencia dantesca harto evidente. Pero lo que en otras obras quedó en impostura o (si se quiere) en refinado ejercicio de estilo, en Melo es personalísima absorción obsesiva. Sólo Melo podía digerir esa ansiedad por el otro y trazarla sobre una novela inverosímil y sin embargo creíble. Melo se apartaba del camino de su generación, ni se transformaba ni se detenía. La obediencia nocturna es el artefacto literario escrito entre nosotros que mayor identidad tiene con la novela como universo cerrado donde gravita el mal. En los cuentos Melo concentraba el mal en las habitaciones y ahora cierra el mundo para éste. A la hora de La obediencia nocturna el escritor no pudo rehuir esa obligación del realismo decimonónico, la del joven que llega a la ciudad en búsqueda del Gran Mundo para acabar siendo sometido por las leyes progresivas y fatales que degradan la conciencia. La humillación, la enfermedad y la locura como juego de los humores son la esencia de la novela.

Es difícil penetrar en los sistemas del mal. Los riesgos de la debacle, del eufemismo dramático y de la utilería comercial son altos. La novela mexicana, entre precavida y puritana, nunca se atrevió a tomar el riesgo. Tenemos novelistas de la desesperación existencial y ética (Revueltas) o de la paranoia (Elena Garro), pero ninguna obra tan deslumbrante como la de Melo en el terreno de la aberración metafísica. Meta-Física: más allá de los cuerpos, más allá del mundo físico. Incluimos un breve fragmento de La obediencia nocturna, para hallar el destino del cuentista en esa obra maestra que por su exigente condición sigue pudriéndose en las librerías, sin concentrar la atención que merece.

La medicina y la música son las pasiones que han acompañado a la literatura en este escritor. Su silencio tras La obediencia nocturna es significativo y provocador: fin de un camino, su obra es fiel a su asumida consideración de naturaleza que se quiere muerta.

 

Christopher Domínguez Michael


Música de cámara* 


Para José de la Colina


Una gota. Primero una sola gota: delgada, minúscula, incolora. Y en seguida un silencio largo como su encierro callado de años inmóviles. Y luego otra gota, otra, otra más, delgadas e incoloramente minúsculas, golpeando tan calladamente los cristales que apenas se pueden escuchar. Sonríe. La primera lluvia del año, lluvia fresca, monorrítmica, lluvia fina que parece lejana, soñada, inexistente; gotas delgadas que al unirse se vuelven azulosas. Sonríe nuevamente (esa sonrisa, la sonrisa casi olvidada). Mira los hilitos que descienden —llorones y verticales— por el ventanal; mira los jeroglíficos, los dibujos fugaces, el pronto cansancio de las gotas, su pereza, su lento escurrir por los cristales, su camino sin caricias por los cristales. Mira y sonríe, estira los brazos, dilata las aletas de la nariz. Se siente feliz. Se asusta de poder sentirse feliz.

Lunes. Ahora sí puede decirlo sin temor a equivocarse: lu-nes. El día empieza diferente a los otros, es diferente. El primer lunes después de tantos años. Se detiene en cada letra, escribiéndola con la lengua en el paladar, escribiéndola en el aire con el dedo índice. L-u-n-e-s.

El cuerpo de él se mueve. Y ella se retira, rápida, como si acabara de recibir una descarga eléctrica. Se retira de las piernas largas, del cráneo calvo, de las manos huesudas que se contraen y extienden, rítmicamente, dedo por dedo, como reptiles perezosos. Recorre el cuerpo flaco tirado boca abajo, el cuerpo largo, flaco y viejo, el cuerpo cerrado, sin secretos ni sorpresas, mudo cuerpo muerto, desarticulado cuerpo inútil.

Se levanta sin hacer ruido, evitando el roce de esa envoltura seca. Pega la cara al cristal, la resbala, la sube y la baja una y otra vez, despacio, escribe lunes con el dedo índice y persigue los hilillos verticales. Los dibujos fugaces, una y otra vez, los jeroglíficos, la lluvia minúscula y apenas pigmentada, la primera lluvia del año, lluvia de puntos apenas escuchados, de lunes y de formas, de aire fresco apenas azuloso e incapaz de mover las hojas. Escribe lunes y niega los otros días. Esa sonrisa, esa sonrisa casi olvidada.

A través del cristal la calle aparece deforme, distante, borrosa. Sus mejillas se llenan del tenue golpetear de las gotas. La calle ante sus ojos: quebrada, mil veces espiada. La calle cómplice de sus ojos, del cuerpo envuelto en esa piel roída de los codos, cómplice del cuarto de paredes sin pintura, de su rostro sin pintura, del cuarto desnudo pero cómodo, desnudo como el cuerpo inservible, cómplice de sus ojos proyectados a la calle, de su vieja sonrisa ya casi olvidada, del no saber qué hacer y de la ausencia de miradas otras, encubridora calle de sus no recuerdos y de sus movimientos circulares. Ella escribe lunes y destruye los otros días, los borra como borró todos los nombres otros y las otras voces.

El acre sabor del aire encerrado. Este cuerpo arrugado en los pliegues, en las rodillas y en los codos. Su cara que se desliza por el cristal, que se llena de agua, de dibujos, de signos, de palabras, de voces y nombres y de música. Llegan desbaratados, de aquí y de allá: los nombres inconexos con las letras rotas, las palabras con los secretos rotos, las voces rotas en su volumen y en su timbre, la música rota llega. Y ella toma todo: lo aprieta, lo atrapa, lo mira, lo pesa, lo revisa aquí y allá, de arriba abajo, lo desliza entre los dedos y en los ojos y por el cristal de la ventana. Borra todo lo no suyo, el cuerpo de ahora, el cuarto sin pintar, borra este encierro, este no hacer nada, este despiértate, camina, come, orina, come, acuéstate, fornica, duérmete, de todos los otros días. Lo borra a él, al de ahora, al que todos los días pregunta “¿Qué día es hoy?”, al viejo cuerpo flaco, cuerpo cero, nada, nadie; los borra a él y a ella, a los dos, los encerrados, los siempre callados, que se despiertan, comen, orinan, duermen, fornican, en el cuarto sin pintura pero cómodo. Y amasa las voces, las palabras, la música de entonces, con dulzura y con las manos, los reconstruye a él y a ella, a los de entonces, los nunca nombrados.

La piel duele, pero ella despierta; duelen los muslos y el vientre y la vagina. Queman, raspan los recuerdos mojados de gotas jeroglíficos, los regresos mojados bañados de gotas jeroglíficos, las repetidas palabras jeroglíficas, los rechazos de los otros días y de ellos los de ahora y los charcos circulares de la calle, los recorridos en su cuerpo y en su rostro y en sus manos y en su nombre.

Él y ella. Primero no son figuras sino mezcla de colores dispersos. Primero son colores mezclados y líneas que no se tocan. Primero son líneas ya no extrañas y música escrita en muchos pentagramas. Primero son música en sordina y luego ellos. Un día de sol a la salida de la escuela, un día habitado de nombres y voces, un día en movimiento y en miradas calle a calle, un día en que ella camina sin dar vueltas y que un desconocido se acerca —se acerca, ya está junto a ella—, que se acerca en el momento preciso en que alguien nace o muere o mata o posee a otro alguien sin que ellos lo sepan, que se acerca —se acerca, ya está junto a ella— y sonríe y pregunta una pregunta sin sentido, que camina junto a su cuerpo de dieciséis años, su cuerpo nunca antes tocado, que camina calles junto a su cuerpo íntegro de fibras finas sin memoria y sin deseos, que camina y le cuenta tragedias, le cuenta comedias, le cuenta países y poemas, música escrita en un solo pentagrama. Y después: que se detiene en la misma calle —o en otra idéntica— que pregunta ¿Nos veremos? ¿Cuándo? Mañana, sí, mañana, a esta hora la misma exacta hora de este día no sospechado.

Ella amasa todo, con dulzura, doliéndole los muslos, los ojos, el vientre y la vagina. Amasa jeroglíficos y dibujos fugaces. Ahora más aprisa, con mayor fuerza. Todo llega en oleadas circulares, todo se vuelca, se aplasta, se rompe. Los días a su lado, conociendo su cuerpo, sus sueños, repitiendo su nombre, sus besos, rompiéndose las finas fibras. Llega la ciudad toda hablando de ellos, las caras que hablan de ellos, que pronuncian y suben y bajan los nombres de ellos, la ciudad toda con sus gentes, buenas gentes, cien mil voraces buenas gentes, ciento cincuenta mil furiosas y ofendidas buenas gentes, la ciudad estridente con sus tranvías abiertos y su calor y sus mujeres que ya no la saludan, sus hombres que sonríen y la miran, la ciudad y sus bocas que se mueven incansables. Llega la lucha de días, el combate, los dos contra todos, los dos heroicos, desafiantes, los dos altaneros, victoriosos. Doscientas mil buenas gentes que ya no los nombran. Soy feliz, somos felices. No inventamos nada: nos descubrimos, los rechazamos. No tenemos miedo. Es una vergüenza, dicen, eso dicen y nosotros somos felices. Fuera, lejos, sin jardines, sin calles, eso dicen y nosotros somos felices. Milmilmil buenas gentes voraces. Creen que han ganado: nos encierran, creen que han ganado, pero nosotros somos los heroicos triunfadores. Nosotros somos el amor, somos los desvelos en secreto, somos él y yo y nosotros encerrados, victoriosamente encerrados en un cuarto sin pintura pero cómodo un cuarto sin miradas otras ni otras voces, somos nuestros dos únicos nombres, los dos maravillosos entrecruzados fundidos nombres.

No más lluvia.

Primero se fue una gota —se perdió, se quedó prendida en otros ventanales—, después se fueron todas las gotas y se instaló un lento caminar de días en blanco, un frío enmohecer de articulaciones, un monótono caer de cabellos, un silencioso vaciar de secretos, un aburrido deshabitar de ellos mismos. Un borrarse, disolverse, desconocerse, un volverse ajenos. Despierta, come, orina, fornica, duerme. El encierro interminable de los días sin sorpresas. El espío impasible de la calle. El acre sabor acre denso que se pega a la piel y a los labios, que se adhiere a la piel y a los labios, que se incrusta en los ojos y en la piel y en los labios. El observo asombrado y sin asombro de la calle vencedora.

El cuerpo hace un nuevo movimiento, solicita algo (agua); ella no responde.

Se desprende del cristal y se sienta al borde de la cama a continuar la espera de la muerte, a terminar la agonía del cuerpo. Espera con esa paciencia aprendida cada día y amasada sonámbulamente amasada entre los dedos. Los dedos de él se abren y se cierran, pero un momento llegará en que se queden quietos. Entonces se vestirá, se pintará la boca, abrirá la puerta sólo abierta a escondidas medio abierta, y caminará entre los charcos de la calle, caminará por el primer lunes mojado de lluvia fresca, delgada, tímida, caminará con sus zapatos mil veces reparados, llenándose de llamadas, de miradas calle a calle, al encuentro de un desconocido que se acerque a preguntarle preguntas sin sentido, que se acerque en el momento preciso en que alguien muere y nace y posee a otro alguien sin que ellos lo sepan, caminará al encuentro de palabras no dichas, de otras calles, de sus dieciséis años interrumpidos un día de sol a la salida de la escuela, al encuentro de una nueva, rotunda, feroz batalla victoriosa.



* De Los nuevos enemigos, pp. 11-17.

Sábado: el verano de la mariposa*


Para Raúl Flores

 

Estaba sentada junto a la ventana y de pronto se le ocurrió mirar: cielo, calle. Nada de importancia: cielo azul, sin una nube, su uniformidad interrumpida por las fachadas y las azoteas de las casas de enfrente —mal unidas por las antenas de televisión, por las ropas que se balanceaban una y otra vez, levemente y tranquilas, casi tocando el suelo, sin que se desplegara su blancura, sin que se hincharan como velas. La señorita Titina miró el cielo, lo siguió asombrada de que estuviese tan azul (pero así está todas las tardes, a esa hora). Calle: la miró, la siguió: solitaria, permitiendo que la sombra de las casas se quedara quieta y aplastada, soñolienta. Bajó los ojos, turbada, sabiendo que había enrojecido, que todo estaba igual y que sin embargo debía abrir completamente la ventana, asomarse, convencerse de que algo pasaba. La detuvo el presagio de la oleada de calor que sentiría sobre sus mejillas, el tufo a cuero curtido que iba a inundar el cuarto. Tomó el vaso y sorbió, lenta, delicadamente, mojándose apenas los labios, el agua de tamarindo. Pensó en los pescadores que dormían la siesta en el malecón, en rojos corales y rápidas embarcaciones. Pensó en los árboles de la otra orilla. La bebida tenía un sabor frío y extraño.

Sentada junto a la ventana, terminando un vestido, moviendo los labios como si hablara —pero no dice nada: es un tic, una manía, algo que hace desde niña, sin darse cuenta, sin que lo sepa—, moviendo los labios y escuchando la radio —no puedo ser feliz, no te puedo olvidar—, la canción que parece recordarle algo que no recuerda exactamente qué es porque no hay nada, nadie, nada que le obligue a recordar algo —no puedo ser feliz, no te puedo olvidar—, sentirse cansada y estirar brazos y piernas, dejar el vestido a un lado, iniciar el ademán que conduce la mano hasta la altura de los ojos y quitar los lentes, dejar al descubierto los ojillos verdesucio (un tanto juntos, pero sin llegar a la bizquera, de movimiento lento —se van a la derecha tan despacio que parece que no llegarán nunca, y se van a la izquierda de la misma manera, perezosos y tranquilos, casi confiados, como si no tuvieran necesidad de ver algo importante), pasar el dorso de la mano por la frente —para quitar el sudor— y por los ojos —para borrar o quitar o por lo menos desvanecer el cansancio— y al fin quedarse mirando (primero el cielo, después la calle) mientras vuelve a oírse la canción que no suscita recuerdo alguno y ahora la voz gangosa del locutor que anuncia que son las tres de la tarde en punto, y que recita casi dormido el reporte meteorológico —treinta grados a la sombra—, y decir Uf, hace más calor que el año pasado aunque esté segura de haber dicho lo mismo el año pasado, y volver a renegar del verano, del sol, del sueño que le entra a uno a esa hora, de tener que terminar el vestido, de la mala suerte que tiene uno de haber nacido en esta ciudad y en este país en vez de esa otra ciudad y de ese otro país —en Argentina, por ejemplo, ahora es invierno mientras aquí nos asamos, qué chistoso, según le dijeron un día, no sé quién, y sentir ardiendo la frente, los ojos, el pecho, sentir rojas las mejillas a pesar del color que a uno se le pone por culpa de haber nacido en este lugar, color de enfermo, de no tener gota de sangre en las venas, color cenizo aunque se aplique colorete o se pellizque, imperturbablemente verdosas, pero ahora rojas, o mejor dicho y para ser exactos sonrosadas las mejillas por el calor que hace; ver cielo primero, calle después. Sábado. Sí, el agua de tamarindo sabe a otra cosa.

No igual que siempre aunque en apariencia todo estuviera dispuesto de la misma manera: cielo azul y limpio, calle sola y sombreada, olor a cuero curtido y a pescado, audible la quietud de las cosas, el sol aplastante. Y ella: sudor en la frente, sudor pegajoso en la espalda, grasa en las aletas de la nariz. Y el vestido, vaso con agua de tamarindo, ventilador, la languidez que vuelve por el calor o por aquella voz que repite no puedo ser feliz no te puedo olvidar. Después querrá precisar, decir con palabras, asegurarse de que fue eso lo que pasó: un vuelco en el corazón, un repentino detenerse el ritmo enorme e invisible (hasta entonces); una sacudida inesperada, un darse cuenta del latir, del sofocar y el sonar con fuerza de su pecho, de la perturbación de los días otros todos aunque estén el mismo cielo sin nubes y la misma calle sin nadie. La señorita Titina se sintió capaz de ver el cielo y la calle —a sus años, muchos, demasiados, ya no sabe cuántos a fuerza de quitárselos o de querer olvidarlos, y sin embargo menos de los que aparenta o de los que creen los demás, lo mismo que le pasa a la señorita Ticha (la maestra de piano), que se ha ido secando—, ver cielo y calle a sus años ese día sábado y darse cuenta de que tienen (porque ella así lo ha adivinado ahora) nombres diferentes y de que a la hora de la siesta, cuando hace más calor, murmuran cosas que ella escucha y comprende, con las que juega bajando y esquivando la mirada para después ver y sentir el vértigo, el vuelco, la repentina sacudida que se alzó, brusca, dolorosamente, extinguiendo su respiración. Dejó el vaso en el suelo y se llevó las manos al pecho. Volvió la vista: el reloj marcaba los minutos penosamente: arriba, el gran espejo dorado no reflejaba nada. En un rincón, sonreía, como si jadeara, pequeña y multicolor, Santa Teresita del Niño Jesús.

Aunque estuviera convencida de que ya no podía hacer nada para librarse de aquello que entraba por la ventana —primero entreabierta, luego permitiendo libremente el paso de lo que después dirá que fue la contaminación— la señorita Titina decidió seguir así, inmóvil, las mejillas sonrosadas, mirando y adivinando lo que hubieran visto sus ojos si tuviera puestos los lentes, descubriendo que las sábanas colgadas en las azoteas de enfrente parecían alas de ángeles iniciando un vuelo imposible (porque no hubo viento suficiente, eso dirá, porque estaban amarradas), pero de todas maneras era bonito simular el lanzarse hacia arriba y sentir ganas de librarse de las ataduras, de ser contempladas (hasta donde la miopía de la señorita Titina lo permite) flotando en el azul silencioso, desierto de nubes, tercamente limpio a pesar del calor que hace flotar todas las cosas, a pesar del cielo que murmura palabras indecentes, ay, hubiera sido mejor no oír nada, pero ¿qué? (eso explicará más tarde, a ella misma, frente al espejo, hablándose como si su imagen fuera otra persona), pero ¿qué? no pude dejar de oírlas (decir eso cuando todo pasó), las sábanas subiendo y bajando, elevándose y cayendo como pétalos, invadiendo el azul del cielo, todo invadido ya de blanco, de elegantes desvanecimientos blancos. Se recostó en el sillón, se frotó las mejillas, el dedo meñique recorrió sus labios. La señorita Titina sonreía, entre dormida y despierta. Estiró una mano tratando de alcanzar el vaso de agua de tamarindo.

Todavía pudo decir que no aunque sintiera ardor en las mejillas y tumbos dentro del pecho, que no apretándose las manos en vano intento de contener el golpetear enloquecido, que no por más de que le temblaran las aletas de la nariz, que sacudiera la cabeza y siguiera moviendo los labios como si hablara —pero más aprisa, ya no movimiento ni tampoco temblor: deseos de hablar con alguien y ya nunca más con ella misma frente al espejo—, que no con la certidumbre de que lo único que hacía era demorar la contaminación, la invasión total, la imperiosa necesidad de levantarse, de sonreír y jadear como Santa Teresita del Niño Jesús, de ser imagen de santa en cuadro de marco dorado clavado en pared descolorida y húmeda, de retrasar todo para seguir formando parte de la calle y del cielo y del blanco vuelo desvanecido de las sábanas, que no por los últimos, inútiles pretextos de poner la radio más fuerte y de repetirse que la señora Lola llegará a buscar su bonito vestido encargado para su fiesta de esa noche. Que no porque sabía (estaba segura) de que en ese momento, a esa hora, ese sábado, podía esperar todo de Dios.

Se levantó, el cuerpo reflejado en el espejo. Se levantó azorada de encontrar tan extraño el cuerpo que veía: flaco, torpe, cansado, sosteniendo el vestido terminado contra la bata pintada de florecitas azules y rojas que cubrían el su cuerpo en ese momento visto como ajeno en el espejo, el cuerpo que sólo comprende el susurro de la seda del vestido y un vocabulario mínimo: pinzas, sisas, tijeras, hilo, talle, cintura; un cuerpo idéntico al de su abuela, la del retrato que un día dejó de verse de tan viejo y amarillo y que hubo que tirar a la basura porque ya no era nada, ya no era nadie, ni pechos aplastados ni boca apretada, ni seda negra, ni nada ni nadie, igual que el su cuerpo ahora que empezaba a modelarse y a acostumbrarse al vestido de la señora Lola, el vestido que ocultó la bata y los ramilletes descoloridos, el vestido terminado para una señora que hoy festeja su aniversario de bodas, qué chistoso, hay gentes a las que les ocurre eso, y la señorita Titina trató de recordar si eso le había sucedido alguna vez, si ella tuvo la culpa de no haberse casado, si en alguna ocasión se le presentó alguien con quien casarse y tener una casa bonita y cuatro hijos, si hizo un viaje de bodas a la ciudad de México y luego festejó veinticinco aniversarios. Volvió a tratar de recordar y aceptar de nuevo que no, que no, que no, mientras el vestido de la señora Lola —tan bonito, tan escotado, última moda, copiado de un figurín, bonito gracias a sus manos, a ella, a la señorita Titina, alta costura, la mejor de la ciudad, buena para todo: ropa interior, traje de calle y de coctel, bata de estar en casa, equipo de novia, modas italianas y americanas—, de la señora Lola el vestido entraba en su cuerpo, sustituía a la bata de florecitas azules y rojas.

Sólo cuando abrió los ojos y se vio con el vestido puesto advirtió que se había desnudado sin cerrar la ventana. Se asomó, presurosa, a la calle y escrutó las casas de enfrente tratando de ver alguna sombra furtiva, caras escondidas tras los cristales cerrados, ojos ocultos en la azotea; en el suelo, la bata se evaporaba, agotada, consumida por los rayos del sol. Sonrió y se dijo que sí, me queda muy bien, como si fuera mío. No se le ocurrió pensar que la señora Lola podría llegar en ese momento, abrir la puerta y sorprenderla frente al espejo, imitándola:

—Buenas noches, pasa querida, chula, qué linda estás, pero más yo con este vestido, sí, nuevo, de hoy mismo, terminado hace unas cuantas horas, seda, claro, ¿quién otra que no fuera la señorita Titina podría hacerlo?, ella es la única, la mejor, ¡qué acabado!, mira aquí y aquí y aquí, sí, regalo de mi marido (¿cómo se llama?), de él, por y para nuestro aniversario, sí, feliz, felices, no todavía no, pero no tardará, los dos queremos, niño primero niña después, pero anda pasa linda chula, come algo, bebe algo, hay de todo, y apretarse las manos como la señora Lola debe apretar las manos de sus invitados, arreglarse el escote, bailar como si su mano derecha fuera la del marido que quién sabe cómo se llama de la señora Lola, bailar entre los vestidos de las otras señoras, entre las caras sonrientes, entre las luces, las flores, y sentarse —agotada y feliz— en una gran silla forrada de terciopelo rojo,

y luego, de pronto, ser ella otra vez, ya no la señora Lola, sino la señorita Titina, Titina nada más, sin el calificativo irremediable, como era su nombre cuando aún no se le había ocurrido cumplir los años que ahora tiene, cuando no necesitaba de ese calificativo para responder a preguntas o a solicitudes de costura, Titina flaca pero más llenita, menos seca, los ojos más grandes, soñadora, segura de que si mamá y papá no hubieran muerto las cosas serían diferentes, de que ella pudo casarse, de que tendría vestidos hechos por una otra cualquiera señorita Titina, de que festejaría aniversarios de bodas y bautizos de hijos y nietos,

Titi, Titina, Titinita, ¿verdad que sí?, diferente todo, te hubiera sucedido eso que le pasa a las demás, lo que cuentan en las novelas y en la radio, lo que cuentan las señoras en secreto, y a lo mejor, ay Titina, tan diferente hubiera sido todo que hasta hubieras tenido una aventura, un desliz, un amante, hubieras sido una de ésas, llena de pieles y joyas, humillando y despreciando a todos los que te cortejaran y solicitaran, ay Titina lo que hubiera a lo mejor pasado si papá y mamá estuvieran vivos,

pero se murieron hace muchos años, uno después de otro, se fueron quedando chiquitos y secos, se murieron con todas las cosas que dejaron y que tuve que guardar en el armario, se murieron con las fotografías, igual que la abuela, y de ellos sólo quedé yo, la señorita Titina que ni se casó ni tuvo hijos, que no tuvo siquiera un novio o alguien que la mirara, que se la llevara a conocer los cines de la ciudad de México, que se volvió tonta, miope, fea, vieja, cursi y llorona como las solteronas que salen en esas películas que me dan tanta tristeza.

Ponerse a llorar porque se quedó al margen, haciendo vestidos, hablando un vocabulario cada vez más reducido, inmóvil en este infierno, encerrada en la única casa en que ha vivido, la no mudable (dos recámaras, una que sirve de cuarto de costura porque no puede servir para otra cosa; la sala y el comedor, el baño con la tina y la regadera, y la cocina, y el pequeño patio con la ropa tendida y las macetas de rosas; radio, muebles, platos, el mosquitero; la casa a un paso del río, casi en el centro de la ciudad, cerca de cualquier punto menos de aquél que lleva lejos). Cerrada, intocable, muriéndose virgen sin saber que es virgen, sin tener la ocasión de comprobarlo, inhabitada como su casa y sus quiensabecuántos años, y sin embargo florecida al mismo tiempo que todas las niñas de la ciudad, a los once o los doce, en idéntica época del orden interior, de igual preparación para el triunfo y a pesar de todo irremediablemente esperando la oportunidad hasta la aparición del letargo, el acostumbramiento, la fácil doma de todos aquellos preparativos; sin acechar ya, sin tomar en cuenta los desplazamientos subterráneos, todo en silencio, como si ella fuera algo prohibido, descontenta y volviendo plano lo que debería conservarse cóncavo, secando y enfriando lo que debería permanecer húmedo y tibio, igual que todas y sin embargo no terminada.

—Pero Titina, ya no, no llores, que se te corre el maquillaje, estropeas el vestido, ya no, anda, sé buena, ya no.

Se inclinó y volvió a tomar el vaso de agua de tamarindo. Como una reverencia. Soltó la peineta de carey que sostenía el cabello pintado. Volaron las mechas grisnegras, ondularon los hilitos ignorados con las leves bocanadas calientes del ventilador.

Se puso medias y zapatos de tacón alto. Se peinó. Colorete en las mejillas. Una gota de perfume. La señorita Titina abrió la puerta de su casa y volvió a mirar el cielo y la calle, a escuchar las cosas que decían. No había nadie. Ni un presagio. Dormida en la siesta, la ciudad era de ella, nada más de ella. Todo cerrado, callado: zumbido de ventiladores, es todo. Sonrió y tragó saliva. Se veía bonita mientras caminaba rumbo al río.


Le hubiera gustado meter los pies en el agua, sentir el contacto (seguramente) frío y refrescante, los hilillos limpios correr, lavar su cuerpo. Pero tenía que quitarse los zapatos y las medias. Pero la miraban los pescadores acostados en la arena (el torso desnudo y lampiño, cubierto de gotitas de sudor). Sonrió como si estuviera agradecida de que el río fuera grande y hermoso. Pasó un cortejo de jacintos.

Uno de los pescadores comenzó a cantar. Titina hubiera preferido no escuchar la melodía lenta y triste, no ver a ese hombre que cantaba únicamente para sí, como si ella no existiera, como si no estuvieran los otros. Sin embargo, escuchó y vio. Nunca supo que había sonreído. Una gaviota levantó el vuelo: en el cielo, a mitad del río, las alas quietas y extendidas, anunciaba, descubría, iluminaba la otra orilla.

La señorita Titina se asombró de que (sin la ayuda de los lentes) pudiera distinguir lo que existía allá: juncos y manglares, la silueta de los cocoteros, el baño de las mujeres desnudas, el balanceo del verdor. Miró todo eso, lo guardó en sus ojos, dulce y dolorosamente, contagiada de lo que significaba, sabiendo que estaba perdido para siempre, inalcanzable, objeto sólo de admiración. Recordó que una vez, hace muchos años, cuando era niña (fue un domingo), paseando en compañía de sus padres, había visto aquello. “Me gustaría ir”, dijo. Sus padres habían respondido, sin añadir nada más, secamente: “Allá no vive nadie de los nuestros”.

El pensarlo, nada más el volverlo a pensar, bastó para desencadenar lo que ella (ahora) asegura que fue la catástrofe. Dijo: sería bueno, sería bonito vivir allá, sería como nacer de nuevo y vivir de otra manera. Tirarse al río, nadar hasta la otra orilla, seguida, perseguida y alcanzada por los hombres que duermen en la arena, salir del agua hasta que los pies toquen el fondo transparente y recuperar el aliento a la sombra de los árboles, mimetizarse luego en el verdor reciente y espléndido, morder la fruta prohibida —jugosa, agridulce, empapadora de su carne toda— y quedarse dormida. Pensar, desear eso nada más, ocurrírsele de pronto y porque sí, porque se acuerda de que una vez lo pensó y lo deseó cuando era niña y supo que eso no le pertenecía, porque se está mirando, porque un hombre tararea una canción triste que sólo él escucha, porque el aire es ligero, porque está vestida con el traje de doña Lola.

Se estremeció. Había dicho, en voz alta: Quiero, quiero. El pescador la miraba fijamente. Había dicho, repetido tres veces en voz alta: Dios lo quiere, Él lo ordena, soy Su sierva, Su imagen y semejanza, Su misma voz. El hombre la miraba y sonreía. Titina cerró los ojos, trató de moverse, de caminar, de irse. Será mejor que me vaya a casa. Todo quedó detenido, en silencio. Podía oírse el zumbido de las moscas, el suave golpetear del agua.

Apretó los ojos, trató en vano de no abrirlos. Pero tenía que mirar como miró esta vez al pescador, pero tenía que sonreír y jadear como Santa Teresita del Niño Jesús. Estaba segura de que nada sucedería si daba media vuelta alejándose de los pescadores. Obedeció a la fuerza que la impulsaba a caminar por la playa, los rayos del sol cayendo sobre ella, sintiendo los ojos y los labios hinchados.

Se dirigió al pequeño playón: apenas una delgada franja de arena ardiente. Sonrió otra vez, los dientes apretados. Se dejó caer de rodillas y se quedó mirando el sol hasta que le pareció que todo se incendiaba de rojo, que el agua hervía reventando jacintos, que las gotas de sudor atrapadas en las cejas y las pestañas latían desordenadamente (como las arterias en la frente, en el cuello), que en la otra orilla huían enloquecidos los animales y que las mujeres se quedaban desnudas y tiesas como estatuas de sal.

Repitió tres veces en voz alta: Ayúdame, haz que no me sienta pequeña y humillada; dame fuerzas para destruir todo a fin de que yo sea joven y feliz; permíteme saber por qué no se puede vivir allá; haz que yo sea tu instrumento de castigo y que por conducto de mi mano desaparezca la causa de mi humillación, no exista ya la afrenta. Arrodillada, los ojos fijos en el sol, los brazos abiertos en cruz, la señorita Titina (todavía demasiado pequeña, figura insignificante, imagen sola en el playón desierto) se adueñó del paraíso, del río grande como mar. Vio que el cielo estaba rojo, que se incendiaba la arena, que se quemaban sus ojos, que se rompía el recuerdo de la canción. Repitió: Más, más, hasta que todo termine. Y besó tres veces la arena.

Se levantó, sonriente, segura de su poder. Se repitió que había detenido el movimiento de la tierra, que ya nunca iba a envejecer, que nunca moriría. Titina igual a Dios, dueña de la otra orilla, sabedora del secreto. Asistió alegre, jadeando, golpeándose el pecho, sudorosa, los ojos llenos de sol y de tierra, a la muerte callada de los hombres de torso delgado. No le atemorizaron los repetidos aullidos de las bestias. Reía (sus dientes sucios de arena, reflejos blancos y rojos) con la certeza de que era ella la que favorecía la destrucción, la que terminaba con el mundo. Titina, ella, la que lava pecados, la que redime. Estaba segura de haber visto a una espada cruzar por el cielo y derrumbar árboles asfixiados, reducirlos a cenizas. Segura de que el río de fuego se desbordaba destruyendo residuos de supervivencia. Ciega, sudor, lágrimas, saliva bañando su cara, el cuerpo quemado por la arena, el vestido de doña Lola convertido en río que invade calles desiertas, que serpentea en las aspas de los ventiladores, que acaba con rostros y recuerdos, con ropas y muebles, con el estruendoso tic-tac de los relojes, con el zumbido de las moscas. Todo redimido, dignificado por el fuego no respetador de nada ni de nadie, ni de lo presente ni de lo ausente, destruyendo hasta lo no nacido (y lo muerto: el mínimo recuerdo dejado, casualmente, por un cuerpo en una cama o en una silla, en el paso de la mano sobre un objeto inútil). Titina levantó una mano y con el dedo índice extendido señaló el sol: luego, fiexionó el dedo y cayeron todas las constelaciones.

Caminó, el desastre secándose a su paso, rítmicamente, de acuerdo con el taconeo lento y amplio. Supo que el mundo había terminado, que ella estaba sola, que era el único, el primer ser humano sobre la tierra.

De otra manera, dijo, voy a nombrar las cosas de otra manera. No rosa, no sillón, no máquina de coser, no olvido, no memoria, no vuelo, no pájaro. De otra manera. Cambiar el nombre y el sentido de los colores, el color y el nombre de los sentidos: el tacto es rojo, la vista es azul, el olfato es verde, el oído es negro. De otra manera. No cielo, no sol, no fuego, no agua, no aire, no tierra. A fin de cuentas todo puede y debe llamarse Titina. Lo muerto y lo vivo. Las fotografías y lo que sucederá mañaña, mañana el primer día, el que sigue a la creación. La gaviota: Titina. La ciudad: Titina. El amor: Titina, Titina.

Hacer la luz y la luz hacerse, separar el agua de la tierra, mover el sol y las estrellas, germinar la simiente de la hierba buena, inventar flores y fructificar los árboles, asistir a la modificación de los animales, crear al hombre a su imagen y semejanza, varón y hembra, reproducirse una y mil veces a partir de ella, la generadora, la matriz única e inagotable, la fuente siempre joven y renovada, el origen de todas las cosas, la madre primera, a la vez hombre mujer niño y acompañar vida y muerte con su mirada luminosa, desconocedora de lágrimas.

Y vio todo lo que había hecho. Y vio que era bueno y hermoso. Era la tarde del día sexto.

Sintió la primera gota, el repiquetear contra el asfalto y su cabeza, el mojarse de su vestido. La ciudad renació a su paso, la ciudad y sus habitantes que corrían a refugiarse de la lluvia. Titina sonreía mientras caminaba lentamente, sintiendo correr la lluvia por su cara, pegándole el vestido, metiéndose en sus zapatos. Nunca supo que estaba llorando.

No le importó que la ciudad la mirara, que repitiera su nombre, subiéndolo y bajando, en carreras y cuchicheos, con asombro. Vista y reconocida la señorita Titina, objeto de exclamaciones, de qué barbaridad y de no es posible. Seguida desde lejos con los ojos diez, ojos cien, ojos mil ojos voraces hasta que ella también se refugió en un portal y se quedó quieta.

Cuando advirtió la presencia del enemigo se retiró presurosa, al otro extremo, como si así estuviera ya protegida del ataque. Apoyada en la pared, buscó la sombra. Cerró los ojos.

—¡Cómo llueve aquí!

Ella asintió, claro que así llueve aquí: de pronto y cuando uno menos lo espera.

—Un diluvio.

Ella asintió: claro, el diluvio, el baño inmenso, la necesidad de lavar la tierra, el completarse el desastre para que todo vuelva a comenzar limpio. Sus pies tocaban los ríos de (ahora) agua fresca que se deslizaban por la pendiente de la calle.

El enemigo la miró, la miró:

—Soy turista.

Ella se extrañó de que hubiera turistas en aquel infierno. Quiso decir eso, pero no le salió la voz. Intentó una sonrisa, un hacerle comprender: “Sí, entiendo: turista”. El enemigo la miraba, sonreía, la miraba, estaba cerca de ella, más cerca, casi a su lado.

—No sé si peco de atrevido, pero me voy mañana y quisiera conocer el museo. ¿Sería usted tan amable de indicarme dónde se encuentra?

Se va mañana. Eso es todo lo que he oído. Mañana, hasta allá, tan lejos. Eso es todo lo que he oído.

Titina tragó saliva y contestó que “no tenga cuidado, con mucho gusto pero, fíjese usted, qué lástima, es sábado y los sábados el museo está cerrado”.

El enemigo le ofreció un cigarrillo y ella se quedó mirando la mano extendida, la cajetilla, imposibilitados sus músculos para ordenar el movimiento y llegar al encuentro de la otra mano. El enemigo volvió a hablar del museo, le contó que estuvo en la mañana en el parque. Titina vio las enormes cabezas negras colocadas en los claros e imposibles de contemplar sin la protección de una sombrilla. Se vio, hace muchos años, en el parque, riendo, esperando que la sacaran a bailar, ya no riendo, aquella fiesta, aquella feria.

Eso es todo lo que he oído. Mañana. Se va mañana. Si se quedara, si no se fuera le pediría que me contara cómo son los cines de México, el edificio de la Latinoamericana, la iluminación en Navidad. Si se quedara, le preguntaría esas cosas y así no me moriría sin saberlas.

El enemigo traía lentes, la miraba con sus ojos chiquitos, hablaba muy rápido y ella no entendía lo que decía y ella era incapaz de responderle. Titina pensó que no era malo, que no le iba a hacer daño, que había sido una tontería no haber aceptado el cigarro, que debería tener veinte (no), treinta (no), casi cuarenta años, que debería estar aburrido, que el diluvio había estropeado su última tarde en la ciudad, su visita al museo, que estaba solo, que estaba junto a ella.

No quiero que me vea así. Se pasó la mano por el cabello. El enemigo volvió la cara a la calle, se quedó mirando caer la lluvia.

Eso es todo lo que he oído. Mañana. Hoy nada más, este único instante, este momento para verte, para no decirte que quiero hablarte, que puedo hacerlo, para contarte lo que me ha pasado en el río. Mañana, despacio, hacia arriba, al frío. Tú te vas y yo voy a quedarme aquí sin decirte nada.

—No terminará nunca de llover.

No nunca. Todo va a inundarse de lluvia y tú y yo moriremos ahogados. Y tú no te irás mañana.

De pronto, el enemigo le tomó un brazo y ella sintió el estremecimiento. Ya no pudo volver la cara a lo oscuro.

—Señora, ¿no quisiera usted tomar algo conmigo?

La señorita Titina supo de una sed nunca antes conocida.

—No sé, un helado, un refresco, un café tal vez.

La sed igual al calor de esta tarde: una llama devoradora, inmóvil en su garganta. Lo miró. Y miró el portal, la calle, la plaza de armas, las casas que rodean el parque, las ventanas abiertas, la lluvia cayendo, la certidumbre del río a la vuelta de cualquier esquina. Respondió (sin decirle nada): tomar algo contigo.

El enemigo sonrió y Titina se dijo que era la sonrisa de un niño, de un hombre bueno que está solo y aburrido y que se ha encontrado con ella porque llovía y porque así estaba escrito. Una sonrisa alegre y confiada, de alguien que dice la verdad.

—¿Se atrevería?

Claro: a cruzar la calle, corriendo, bajo la lluvia, saltando charcos, apoyada sostenida por el brazo del enemigo, ciega de agua resbalando por la cara, ante mil ojos asustados por su desafío.

Correr, gritar, estar a punto de caer y sentir más fuerte el brazo contra el suyo y contra todo su cuerpo, bajando hasta la cadera, subiendo hasta rozar sus pechos.

Nunca tan largo (pero tan corto) el atravesar el parque y llegar a la otra orilla, el caer extenuada en una silla.

—Se le ha estropeado el vestido.

Como si efectivamente hubiera nadado de una orilla a otra.

—Será mejor que se quite los zapatos.

Y despojarse de zapatos, alisarse el cabello, sentirse fresca, no muy cansada, apenas el corazón latiendo un poco más de lo acostumbrado.

Y el paso del líquido caliente que había solicitado, el mismo que él, caliente para matar el incendio de la garganta, el líquido corriendo por todo su cuerpo y ampliando la pulsación firme y audible.

Oírle hablar y estremecerse al conjuro de sus palabras, de sentir el contacto frío de sus manos apretando las suyas. Oírle hablar y de nuevo no poder responderle nada. Ver sus manos, sus labios moviéndose, los vellos que asoman por el cuello de la camisa, una mínima cicatriz en la frente, los ojos pequeños que la miran, que seguramente descubren sus arrugas y sus quiensabecuántos años, que la miran como a esos enfermos que se van a morir al día siguiente y que sin embargo les repiten que van a sanar, como a los condenados a muerte que gozan de alcohol y buena cena la víspera de su ejecución.

Y de pronto dejar de llover, ponerse serios, terminar toda conversación posible (porque ya se dijo todo, pero nada), saber hasta su nombre (Eduardo, Eduardo, Eduardo) y repetirlo en silencio como si fuera el nombre de Dios, saber que de un momento a otro habrá que despedirse, decir adiós y mucho gusto, como si nada hubiera pasado, regresar sola, el vestido pegado a su cuerpo, el caminar imposible por los zapatos mojados, la aceptación de que la señora Lola tendrá que festejar su aniversario con otra ropa y de que ella es la misma exacta igual de antes. Regresar entre los ojos y las palabras que se ríen de ella, ser el tema de la conversación de esa noche, quedarse marcada para siempre, con otro calificativo, Titina a la que nunca más le solicitarán la confección de un vestido, su nombre convertido en ejemplo para que ninguna mujer sea bautizada con él.

Pero Eduardo dijo que iba a acompañarla. No faltaba más, es un placer. Caminaron juntos, por la tarde refrescada, en el crepúsculo, tropezando con algunos paraguas, ella torpe y de nuevo tímida, muchas gracias, es usted muy amable, no es muy lejos, aquí nada más, a la vuelta, cerca del río, desconociendo la fealdad de la ciudad, asombrada de que todo tuviera el aspecto de antes, sintiendo el olor a cuero curtido, y él serio y callado, secos ya sus lentes de agua, los cabellos revueltos.

Pasaron frente a la iglesia, frente al palacio municipal, frente a la casa de la señora Lola. Dieron vuelta al parque. Se detuvieron junto al río. La señorita Titina ya no pudo descubrir la otra orilla. No estaban los tres hombres. Ya no estaba el que cantaba.

—Lo único que no me gusta de este lugar es que huele mal.

Titina miró a Eduardo, lo oyó decir eso, se sintió ridícula y fea, incapaz de seguir caminando. El agua del río estaba negra y, en efecto, olía a podrido.

Se estremeció.

—Va usted a resfriarse.

Sí, claro, voy a resfriarme, a estornudar y a tener fiebre. Me van a doler todos los huesos. Mañana tendré reumas. Y tú te habrás ido.

Debía tener más de cuarenta años y un apellido extranjero porque tiene (porque tuvo ese día) los ojos azules y el cabello rubio. Mentía, estaba segura de que él mentía.

—Aquí es.

Eso es todo: aquí es. La puerta, el número de la casa, el aldabón, el abrir y el cerrarse de todos los días. Y adentro: la recámara que nadie ocupa, que sólo sirve de cuarto de costura, y su recámara —con ese mosquitero—, la radio, la máquina de coser, la ventana y todo lo demás.

Se atrevió a decir: Me ha dado mucho gusto.

Eso es: mucho gusto. Nada más y nada menos. Mucho, mucho gusto.

—Y a mí también.

No: no llorar, todavía no, espera a abrir y a cerrar, a correr hasta adentro, al refugio seguro e imperturbable, a tirarte en la cama sin encender la luz. No ahora: no, por favor. Espera un poco que él ya va a irse, ya se está yendo, ya se ha ido. Eduardo le había besado la mano y le había dicho: Gracias.

La señorita Titina se recargó en la puerta y luego avanzó, con los zapatos en la mano, hasta el baño. No quiso verse en el espejo.

Sintió que la sangre volvía a circularle. El masaje con la toalla mojada de alcohol le producía una suave sensación de bienestar. Se le quitaron los escalofríos. Tomó una aspirina.

Palpó el vestido y se repitió que era imposible que la señora Lola apareciera con él esa noche ante sus invitados. Pasó las manos por la seda mojada, una y otra vez, sin reírse. No voy a quitármelo. Es mío.

Cuando comenzaron los aldabonazos furiosos —y el consiguiente carrerear de ladridos de perros— puso la radio. Había olvidado el fin y el comienzo del mundo, el nombre de Eduardo, la existencia de un museo que se cierra los sábados. A ciegas, buscaba una voz que repitiera la canción que había tarareado el pescador en la arena. Escuchó los gritos de la señora Lola llamando a su puerta, llamándola por su nombre, por ese Titina que ahora ya no le pertenecía, que le sonaba ajeno, muerto, prodigado sin fruto en el bautizo de todas las cosas.

—Me voy a quedar así toda la vida.

Acostada, la espalda erizada por el contacto del vestido que la envolvía, sacudió los brazos. Oyó las doce en el reloj de la iglesia. Comenzaba el día destinado al reposo.

Con los ojos abiertos, agitando las manos, aleteando levemente, disuelta la envoltura penetrable, permeable y gelatinosa, nada más que la forma de su cuerpo, mutable, cerrado y a la vez abierto, realizando en un minuto todos los cambios posibles e imposibles y hasta el pudohabersido —y el vestido se desprendía de su espalda, se enroscaba en sus manos, devorándola—, trató de reconocer todo lo que había de suyo en las paredes y en los muebles. Suspiró, cansada.

—El ángel del Señor me ha visitado. Este es su primer y último aviso. Sé que me ha contaminado.

Y trató de aletear, ya sin fuerzas.

Al fin se detuvo, fija, clavada por el invisible y delgado alfiler en el reconocimiento múltiple, indoloro, pacífico del silencio espeso.


* De Fin de semana, pp. 39-61.

 

Nocturna*

Kyrie, eleison. Christe,
 eleison. Kyrie, eleison.


Me asustan los principios porque uno no sabe dónde y cuándo empieza algo que va a pasar, que exige un final. Me asustan desde el día que comprendí que es mejor no hablar porque el hacerlo trae consecuencias, las más de las veces desagradables. Creo que el verdadero comienzo de esta historia es la muerte de Beatriz, pero también el día en que tomé un autobús y me convertí en estudiante universitario, inscrito en una Facultad que pudo haber sido otra cualquiera, dejando atrás mi infancia, un tiempo, una ciudad, un rostro que ya nunca serán míos. Eso lo sé ahora, apenas. Aquel día todo consistió en subirme en un autobús y no darme cuenta que había roto con algo que no puede durar toda la vida. O tal vez, el principio es la muerte de mi madre, la llegada de aquel tío que sustituyó a mi padre que consiguió desaparecer sin dejar rastro.

Quiero ver mi infancia, la manera de caminar o reconocer la cara que entonces tenía. Tengo que concentrarme más. Aquí estoy: un autobús arranca y la ciudad se queda atrás. Ahora me repito que el principio es Adriana, mi hermana menor, la que se convirtió en mujer, la que se puso un vestido largo para ir a su primer baile, la que se cortó su sedoso cabello. Una Adriana que ya no era la compañera, el objeto de mis juegos. No puedo precisar el instante en que ella dejó de ser la que debió haber sido siempre y adquirió el rostro de un muerto, un disfraz con el que va a ser identificada. Debe haber dicho algo tan pequeño que ni siquiera mereció la atención de ella o de nosotros. Pero no sé porqué insisto en mentirme. Adriana puede ser el principio de esta historia y no lo es porque dijo —no quiero admitir que en ese momento ella me odiaba; no quiero aceptarlo, eso no, tengo que decirme que no— dijo simplemente: “Se acabó. El juego ha terminado”.

Aquí está: entrando en el mar, saltando entre las olas, haciéndome señas para que la alcance a mayores profundidades. Aquí está: camina por el jardín, con pasos lentos, el vestido azul ligeramente levantado, sosteniendo la corona de flores que se tambalea un poco, llamándome para que la rescate de infames beduinos que la secuestraron, haciéndola víctima de un encantamiento que yo sólo podía romper con mi espada después de enfrentarme a animales salvajes, a gigantes cabalgando en dragones y provistos de armas recién inventadas cuyo poder resultaba incalculable. Ahora la sigo por el jardín poblado de murmullos, iluminado por una luna amarillenta. Mis pies rompen ramas muertas, aplastan la hierba que crece en desorden. Me abro paso entre plantas venenosas cuyas flores se ofrecen para devorarme. La princesa encantada, Adriana, mi hermana que fue objeto de mi amor, espera que llegue hasta el lugar en que descansa, sonriente, una mano colocada en el sitio en que su corazón desfallece emitiendo mínimas muestras de vida. La noche cae sobre el jardín. A lo lejos, nos llaman nuestros padres, gritan nuestros nombres mientras los otros hermanos se aplican por convertirse en futuras y muy honorables muestras de la decencia que rige nuestro ilustre apellido, aprendiendo las reglas del juego para ser representantes del orden y las buenas costumbres. (O posiblemente están dormidos: nunca sueñan, nunca juegan; ni siquiera se preocupan, se inquietan por lo que hagamos Adriana y yo en el jardín.) Me veo: soy el héroe, el príncipe que ha recorrido países extranjeros, lugares adversos llenos de plantas venenosas, mi espada desgarrando la cabeza de gigantes, reluciendo al chocar con la luz del sol, larga y brillante. Y al fin, llego: es de noche y Adriana descansa al borde de un estanque, los ojos apenas entreabiertos, la respiración casi imperceptible, la mano derecha adornada de joyas, la mano que resbala —arriba, abajo— por el pecho. Me persiguen los guerreros sudorosos que han equivocado el camino. Nada me perturba: ni los murmullos nocturnos, ni los alaridos de los animales, ni las palabras extranjeras que gritan, a lo lejos, airados, los gigantes. Un caballo relincha; un dragón envenena las plantas carnívoras. El fuego que sale de su boca incendió unas ramas. Luego, sigue el silencio absoluto, perfecto. Adriana abre los ojos y los fija en mi espada. Ya a su lado, me da una de sus manos, acaricia mi espada, murmura Otra vez me has salvado, y se levanta. Camina lentamente; la sigo. ¿Qué soñabas, Adriana? No responde enseguida. Vuelve a tomar mi mano y sonríe. “Soñaba conmigo y soñaba que estaba soñando. Eso me da miedo porque ya iba a amanecer, ya iba a despertar. Pero llegaste, me dijiste Aquí estoy, te he salvado otra vez y me alegré porque ya no soñaba que estaba soñando conmigo sino que iba a amanecer. Me asustan los amaneceres. Llegaste, vi tu espada y te dije como las otras noches todas: Gracias. Nos lavamos las manos en la fuente, nos miramos en las aguas que casi no se mueven, nos reconocimos. Adriana, Aurora, me dijiste. Me gusta que me llames Aurora, como la bella durmiente, porque cuando dices ese nombre ya no me asusta el amanecer. Además, ese nombre me gusta, así debieron haberme bautizado. Pero me llamo Adriana para toda la vida y eso ya no tiene remedio. ¿Sabes lo que me propusieron los beduinos al obligarme a beber el filtro, a comer la manzana? Que soñara que yo era Blanca Nieves. Pero no quise porque tendría que esperarte un tiempo más largo, mucho más largo. Les mentí diciéndoles Así será, como ustedes dispongan, son los amos. Y empecé a soñar conmigo.”

Ya no veo nada. Todo es un hoy imperioso que oculta y deforma el pasado. Lo que Adriana soñaba al borde del estanque puede estar sucediendo en este momento o mañana. Pero ya, nunca, ayer.

Enciendo un cerillo y veo la llama, cómo pasa del azul al rojo. La acerco a mis dedos y ahí la retengo extrañamente luminosa. (El fuego de la boca del dragón, el fuego en que se consumió Beatriz.) Grito por la alegría que me produce ese dolor intolerable, por saber que, acaso, comparto la misma suerte de Beatriz y de las plantas venenosas.

Cuando se acaba la llama, dejo que el agua caiga por el dedo, por toda la mano. Permito entonces que me invada el frío bajo la apariencia de la quemadura. Íntimamente conozco el eterno recomenzar de todas las cosas. Encuentro palabras que antes ignoraba. Comprendo lo que quiere decir “Se acabó. El juego ha terminado”. Sólo necesito hablar con Enrique, mañana. Mirarlo a los ojos y exigirle que me explique sin necesidad de preguntarle nada.

Sin embargo, en este momento, en esta noche que no se acaba, lo único que me preocupa es que me arde el dedo. No tengo deseos de levantarme y encender la lámpara con la mano sana. No ha corrido el agua fría entre mis dedos. He pensado en el agua de la fuente, es todo. Simplemente, me da miedo haberme quemado un dedo porque eso puede ser peligroso. Trato de encontrar —más que nada para no temblar de miedo— una explicación a este acto sin sentido y me repito que lo hice porque así compartía la suerte de Beatriz, sintiendo el fuego convertido en llama como debió haberlo sentido ella, que lo hice para ser fiel a mí mismo. Pero eso no es cierto, no tiene importancia, porque se trata de una frase que ni siquiera comprendo cabalmente: “Para ser fiel a mí mismo”. Lo hice porque sí. Y eso no vale la pena. No puede uno confiar en sí mismo cuando está solo. No sé lo que hago. Quiero dormir. Quiero soñar con Beatriz y con Adriana.

Con Adriana. ¿Sabes? Todo tiempo es presente. Te estoy viendo en el malecón, frente a los muelles, a mi lado, arrojando piedras al agua, mirando las blancas, enormes embarcaciones. ¿A qué país corresponde esa bandera? Y tú, Adriana, olvidabas que había conseguido deshacer el maleficio y murmurabas: Quiero irme de aquí, en uno de esos barcos. Quiero irme, irme. Y yo te preguntaba qué país elegirías y respondías: Uno que no exista. Te estoy viendo en el malecón, frente al mar y recuerdo el agua de la fuente en que soñabas, hechizada. Me decías: El agua está muerta, como yo; únicamente se refleja en mí como yo en ella. Ése es el único poder que me queda. Cuando me lavo la cara, el agua está caliente, huele mal. En cambio me gusta el mar porque el agua está fresca, viva. No sé cómo explicártelo pero puedo soñar también —si quiero, si lo deseo— que el agua muerta es el sueño que quiero soñar, únicamente ese quedarme vacía.

Adriana: te estoy viendo mirar el agua del puerto. Ríes fascinada y permaneces viéndola como yo te miraba en aquel estanque que favorecía tu sueño hechizado. Y del malecón corríamos al jardín para inventar otros juegos más peligrosos, obligándote a representar distintos personajes. Caías, irremediablemente, hermana, a mis pies, deseando entonces que te llamara por todos los nombres menos por el tuyo, el que en realidad te gustaba y correspondía. Esa selva que fue nuestro jardín se cambió por lugares más secretos en los que aprendimos a escribir los nombres que hubiéramos deseado tener, con los que debimos ser bautizados. (Hoy te llamas Azucena, Margarita, Rosa. No me gustan los nombres de flores. ¿Por qué escribiste hoy Rolando? ¿No te gusta?, Adriana. No, Adriana no: Aurora. Bueno, Aurora. No, Aurora no: Adriana, siempre Adriana. Y tú… —Y escribías el mío, lentamente, deletreándolo, repitiéndolo con los labios, observándolo después, comprobando que había quedado correctamente escrito.) Y, al día siguiente, de la selva regresábamos al mar, al agua y tú expirabas ahí, dormida en tu locura.

La casa. ¿Recuerdas, Adriana, la casa? Nuestras habitaciones no tenían secretos hasta que llegó el perro tigre. Como en la de nuestros hermanos (¿qué será de ellos, ahora?), todo estaba en orden y en su sitio. Aprendiste a mirar con cariño a las muñecas cómoda y convenientemente vestidas que ocupaban tu cama durante el día y que escondías por la noche, antes de bajar al jardín, en un clóset lleno de vestidos. La mía y la de nuestros hermanos siempre estuvieron limpias y eran frescas, agradables, las paredes decoradas con retratos de artistas, los armarios y los roperos cuidadosamente ordenados. Pero las de ellos no nos interesaron nunca. En cambio era un acontecimiento (¿recuerdas?) abrir la puerta del cuarto de mamá. Sentíamos un golpetear dentro del pecho maravillándonos con cada uno de los objetos. La cama con aquel tul suave que descendía por las noches y que, durante el día, amarraban con lazos dorados. Pasábamos las manos por el tocador de mármol, apenas si nos atrevíamos a rozar el cofrecillo de las joyas, la hilera de frascos de perfumes, los botes de cremas. Abríamos los cajones del ropero, con el corazón sobresaltado, y tú extendías los encajes, descubrías un abanico. A mí me hubiera gustado entrar en la habitación de mi padre porque sabía que ahí guardaba escopetas y pistolas. Pero eso estaba rigurosamente prohibido. No sé por qué, cuando salías del cuarto de mamá, te arrodillabas frente al crucifijo y te persignabas. “Es como si estuviera en una iglesia”, me explicabas. Pero nunca comprendí por qué hacías eso.

¿Te acuerdas del gran comedor, de esos armarios que contenían aquellos manteles de encaje, cubiertos de plata, copas de un cristal que al golpearlas levemente producían un ruidito, como música? ¿Y de la sala con el piano cubierto por aquel mantón? ¿De mi madre tocando el piano, de ti tocando el piano? ¿Te acuerdas de la terraza que daba al mar? ¿Te acuerdas de nosotros, durante el día, estudiando, esperando la noche, mientras mamá tocaba el piano o cosía? No me acuerdo de mis hermanos. No quiero acordarme de esa casa. No quiero acordarme del día que tomaron la foto y yo me escondí porque supe que papá tenía una amante. Niño, ven, te digo que vengas, tienes que ponerte aquí, al lado de tu padre. Y yo estaba escondido en mi cuarto, llorando. Adriana: todos ustedes me están mirando ahora desde esa fotografía. Se ven sonrientes, orgullosos. Yo no estoy ahí. No quise colocarme al lado de mi padre. Hubiera querido decirte la razón. Pero no lo hice. No quiero acordarme de nada de eso. No quiero volver a verme escondido en mi cuarto, llorando, negándome a que me retrataran. Quiero estar con ustedes. Quiero estar con ustedes. Nunca debí haberlos dejado. Basta de mentiras, basta de sentimentalismos. Esa casa se convirtió en un infierno, esa ciudad en una cárcel, nuestra selva en un lugar en el que podía entrar cualquiera. Retratarme hubiera sido una traición. (¿Qué estoy diciendo?)

Prefiero recordar las noches y el jardín hasta llegar a aquella noche en que encontré escrito, por ti, un nombre que no podía ser el mío. Habías crecido. Cortaste tu largo, sedoso, perfumado cabello y lo bañaste con raros ungüentos. Sustituiste tu hermoso vestido azul por un traje estrecho que apenas te permitía caminar. “Tengo novio”, dijiste y me explicaste que el jardín te había expulsado, que ya no eras digna de él. “Trata de ser comprensivo”, añadiste, besándome en una mejilla. “Tengo derecho a hacerlo”, creo que dijiste, mientras te miraba extrañado. Creo que eso dijiste. Creo que ése fue el gesto ridículo que acompañó tus frases.

Quiero pensar que así comienza esta historia. ¿Dónde estás ahora, Adriana, hermana? En una fotografía, sonriente, con una mueca imbécil. Llevo mucho tiempo esperándote, Adriana. Ya no te veo. La última vez que hablamos, tu voz era otra y distinto tu rostro. No tienes nada que ver conmigo. Estás borrada. Nada me pertenece de ti. Supe que te habías casado con un idiota viejo y rico, que durante el día preparas la comida y que por las noches te paseas por los corredores de tu casa cargando a un niño que da alaridos. Podría recordar otras cosas que pasaron entre nosotros. Invéntalo ahora. Decías que veías una nube que figuraba un elefante. Mentira. Decías que veías un barco, una improbable embarcación con una bandera extraña porque pertenecía a ese país inexistente al que querías irte. Mentira. Te fuiste a vivir a una casa horrible, al lado de un marido viejo y estúpido, a dedicarte a cocinar y a cargar niños llorones. Quisiera vernos juntos, en el malecón, en ese jardín que fue selva peligrosa habitada por fieras y gigantes furiosos. Todo tiempo es presente y pienso en el horror, en la locura de Adriana, mi hermana.

Ahora invento algo: oscurece y Adriana avanza por el jardín con su vestido largo, con su cabello arreglado de otra manera (ya no su trenza, esos mechones que volaban con el viento, con el aire marítimo). Invento que me mira de una manera extraña y que me dice: “Vámonos al mar”. Está saltando sobre las olas, riendo, zambulléndose, el largo vestido pegado a su cuerpo, invitándome a profundidades más peligrosas. Cuando estoy a su lado, me sostiene torpemente porque no alcanzo fondo. Entonces me besa en una mejilla, en la frente, en la boca, ríe, me echa agua en la cara, vuelve a besarme. Grita: “Te quiero, no me olvides nunca”. Luego nada hasta la orilla y se tira en la arena. “Tengo frío”, repite, tiritando. La miro, acostado a su lado, rozando levemente su cuerpo. Tiene fijos los ojos en el cielo poblado de estrellas. “¿Te parezco bonita?”, murmura. Y, de pronto, se incorpora, toma mi cara entre sus dos manos y dice con una voz que no le conocía: “Cuando muera, quiero que me hagan una mascarilla para que nadie me olvide, para que tú me recuerdes siempre”. Me besa largamente en la boca, apretándome la cara. Luego, sale corriendo.

He inventado eso. La verdad es que un día descubrí que había escrito un nombre que nunca podría ser el mío. “No me conoces”, dijo. “No sabes quién soy.” En otro rincón estaba escrito un verso que luego supe que era de Dylan Thomas: “Ando solo entre una multitud de amores”.

Años después, Enrique me dijo lo mismo.


* Fragmento, pp. 19-27.