Nocturna*

Kyrie, eleison. Christe,
 eleison. Kyrie, eleison.


Me asustan los principios porque uno no sabe dónde y cuándo empieza algo que va a pasar, que exige un final. Me asustan desde el día que comprendí que es mejor no hablar porque el hacerlo trae consecuencias, las más de las veces desagradables. Creo que el verdadero comienzo de esta historia es la muerte de Beatriz, pero también el día en que tomé un autobús y me convertí en estudiante universitario, inscrito en una Facultad que pudo haber sido otra cualquiera, dejando atrás mi infancia, un tiempo, una ciudad, un rostro que ya nunca serán míos. Eso lo sé ahora, apenas. Aquel día todo consistió en subirme en un autobús y no darme cuenta que había roto con algo que no puede durar toda la vida. O tal vez, el principio es la muerte de mi madre, la llegada de aquel tío que sustituyó a mi padre que consiguió desaparecer sin dejar rastro.

Quiero ver mi infancia, la manera de caminar o reconocer la cara que entonces tenía. Tengo que concentrarme más. Aquí estoy: un autobús arranca y la ciudad se queda atrás. Ahora me repito que el principio es Adriana, mi hermana menor, la que se convirtió en mujer, la que se puso un vestido largo para ir a su primer baile, la que se cortó su sedoso cabello. Una Adriana que ya no era la compañera, el objeto de mis juegos. No puedo precisar el instante en que ella dejó de ser la que debió haber sido siempre y adquirió el rostro de un muerto, un disfraz con el que va a ser identificada. Debe haber dicho algo tan pequeño que ni siquiera mereció la atención de ella o de nosotros. Pero no sé porqué insisto en mentirme. Adriana puede ser el principio de esta historia y no lo es porque dijo —no quiero admitir que en ese momento ella me odiaba; no quiero aceptarlo, eso no, tengo que decirme que no— dijo simplemente: “Se acabó. El juego ha terminado”.

Aquí está: entrando en el mar, saltando entre las olas, haciéndome señas para que la alcance a mayores profundidades. Aquí está: camina por el jardín, con pasos lentos, el vestido azul ligeramente levantado, sosteniendo la corona de flores que se tambalea un poco, llamándome para que la rescate de infames beduinos que la secuestraron, haciéndola víctima de un encantamiento que yo sólo podía romper con mi espada después de enfrentarme a animales salvajes, a gigantes cabalgando en dragones y provistos de armas recién inventadas cuyo poder resultaba incalculable. Ahora la sigo por el jardín poblado de murmullos, iluminado por una luna amarillenta. Mis pies rompen ramas muertas, aplastan la hierba que crece en desorden. Me abro paso entre plantas venenosas cuyas flores se ofrecen para devorarme. La princesa encantada, Adriana, mi hermana que fue objeto de mi amor, espera que llegue hasta el lugar en que descansa, sonriente, una mano colocada en el sitio en que su corazón desfallece emitiendo mínimas muestras de vida. La noche cae sobre el jardín. A lo lejos, nos llaman nuestros padres, gritan nuestros nombres mientras los otros hermanos se aplican por convertirse en futuras y muy honorables muestras de la decencia que rige nuestro ilustre apellido, aprendiendo las reglas del juego para ser representantes del orden y las buenas costumbres. (O posiblemente están dormidos: nunca sueñan, nunca juegan; ni siquiera se preocupan, se inquietan por lo que hagamos Adriana y yo en el jardín.) Me veo: soy el héroe, el príncipe que ha recorrido países extranjeros, lugares adversos llenos de plantas venenosas, mi espada desgarrando la cabeza de gigantes, reluciendo al chocar con la luz del sol, larga y brillante. Y al fin, llego: es de noche y Adriana descansa al borde de un estanque, los ojos apenas entreabiertos, la respiración casi imperceptible, la mano derecha adornada de joyas, la mano que resbala —arriba, abajo— por el pecho. Me persiguen los guerreros sudorosos que han equivocado el camino. Nada me perturba: ni los murmullos nocturnos, ni los alaridos de los animales, ni las palabras extranjeras que gritan, a lo lejos, airados, los gigantes. Un caballo relincha; un dragón envenena las plantas carnívoras. El fuego que sale de su boca incendió unas ramas. Luego, sigue el silencio absoluto, perfecto. Adriana abre los ojos y los fija en mi espada. Ya a su lado, me da una de sus manos, acaricia mi espada, murmura Otra vez me has salvado, y se levanta. Camina lentamente; la sigo. ¿Qué soñabas, Adriana? No responde enseguida. Vuelve a tomar mi mano y sonríe. “Soñaba conmigo y soñaba que estaba soñando. Eso me da miedo porque ya iba a amanecer, ya iba a despertar. Pero llegaste, me dijiste Aquí estoy, te he salvado otra vez y me alegré porque ya no soñaba que estaba soñando conmigo sino que iba a amanecer. Me asustan los amaneceres. Llegaste, vi tu espada y te dije como las otras noches todas: Gracias. Nos lavamos las manos en la fuente, nos miramos en las aguas que casi no se mueven, nos reconocimos. Adriana, Aurora, me dijiste. Me gusta que me llames Aurora, como la bella durmiente, porque cuando dices ese nombre ya no me asusta el amanecer. Además, ese nombre me gusta, así debieron haberme bautizado. Pero me llamo Adriana para toda la vida y eso ya no tiene remedio. ¿Sabes lo que me propusieron los beduinos al obligarme a beber el filtro, a comer la manzana? Que soñara que yo era Blanca Nieves. Pero no quise porque tendría que esperarte un tiempo más largo, mucho más largo. Les mentí diciéndoles Así será, como ustedes dispongan, son los amos. Y empecé a soñar conmigo.”

Ya no veo nada. Todo es un hoy imperioso que oculta y deforma el pasado. Lo que Adriana soñaba al borde del estanque puede estar sucediendo en este momento o mañana. Pero ya, nunca, ayer.

Enciendo un cerillo y veo la llama, cómo pasa del azul al rojo. La acerco a mis dedos y ahí la retengo extrañamente luminosa. (El fuego de la boca del dragón, el fuego en que se consumió Beatriz.) Grito por la alegría que me produce ese dolor intolerable, por saber que, acaso, comparto la misma suerte de Beatriz y de las plantas venenosas.

Cuando se acaba la llama, dejo que el agua caiga por el dedo, por toda la mano. Permito entonces que me invada el frío bajo la apariencia de la quemadura. Íntimamente conozco el eterno recomenzar de todas las cosas. Encuentro palabras que antes ignoraba. Comprendo lo que quiere decir “Se acabó. El juego ha terminado”. Sólo necesito hablar con Enrique, mañana. Mirarlo a los ojos y exigirle que me explique sin necesidad de preguntarle nada.

Sin embargo, en este momento, en esta noche que no se acaba, lo único que me preocupa es que me arde el dedo. No tengo deseos de levantarme y encender la lámpara con la mano sana. No ha corrido el agua fría entre mis dedos. He pensado en el agua de la fuente, es todo. Simplemente, me da miedo haberme quemado un dedo porque eso puede ser peligroso. Trato de encontrar —más que nada para no temblar de miedo— una explicación a este acto sin sentido y me repito que lo hice porque así compartía la suerte de Beatriz, sintiendo el fuego convertido en llama como debió haberlo sentido ella, que lo hice para ser fiel a mí mismo. Pero eso no es cierto, no tiene importancia, porque se trata de una frase que ni siquiera comprendo cabalmente: “Para ser fiel a mí mismo”. Lo hice porque sí. Y eso no vale la pena. No puede uno confiar en sí mismo cuando está solo. No sé lo que hago. Quiero dormir. Quiero soñar con Beatriz y con Adriana.

Con Adriana. ¿Sabes? Todo tiempo es presente. Te estoy viendo en el malecón, frente a los muelles, a mi lado, arrojando piedras al agua, mirando las blancas, enormes embarcaciones. ¿A qué país corresponde esa bandera? Y tú, Adriana, olvidabas que había conseguido deshacer el maleficio y murmurabas: Quiero irme de aquí, en uno de esos barcos. Quiero irme, irme. Y yo te preguntaba qué país elegirías y respondías: Uno que no exista. Te estoy viendo en el malecón, frente al mar y recuerdo el agua de la fuente en que soñabas, hechizada. Me decías: El agua está muerta, como yo; únicamente se refleja en mí como yo en ella. Ése es el único poder que me queda. Cuando me lavo la cara, el agua está caliente, huele mal. En cambio me gusta el mar porque el agua está fresca, viva. No sé cómo explicártelo pero puedo soñar también —si quiero, si lo deseo— que el agua muerta es el sueño que quiero soñar, únicamente ese quedarme vacía.

Adriana: te estoy viendo mirar el agua del puerto. Ríes fascinada y permaneces viéndola como yo te miraba en aquel estanque que favorecía tu sueño hechizado. Y del malecón corríamos al jardín para inventar otros juegos más peligrosos, obligándote a representar distintos personajes. Caías, irremediablemente, hermana, a mis pies, deseando entonces que te llamara por todos los nombres menos por el tuyo, el que en realidad te gustaba y correspondía. Esa selva que fue nuestro jardín se cambió por lugares más secretos en los que aprendimos a escribir los nombres que hubiéramos deseado tener, con los que debimos ser bautizados. (Hoy te llamas Azucena, Margarita, Rosa. No me gustan los nombres de flores. ¿Por qué escribiste hoy Rolando? ¿No te gusta?, Adriana. No, Adriana no: Aurora. Bueno, Aurora. No, Aurora no: Adriana, siempre Adriana. Y tú… —Y escribías el mío, lentamente, deletreándolo, repitiéndolo con los labios, observándolo después, comprobando que había quedado correctamente escrito.) Y, al día siguiente, de la selva regresábamos al mar, al agua y tú expirabas ahí, dormida en tu locura.

La casa. ¿Recuerdas, Adriana, la casa? Nuestras habitaciones no tenían secretos hasta que llegó el perro tigre. Como en la de nuestros hermanos (¿qué será de ellos, ahora?), todo estaba en orden y en su sitio. Aprendiste a mirar con cariño a las muñecas cómoda y convenientemente vestidas que ocupaban tu cama durante el día y que escondías por la noche, antes de bajar al jardín, en un clóset lleno de vestidos. La mía y la de nuestros hermanos siempre estuvieron limpias y eran frescas, agradables, las paredes decoradas con retratos de artistas, los armarios y los roperos cuidadosamente ordenados. Pero las de ellos no nos interesaron nunca. En cambio era un acontecimiento (¿recuerdas?) abrir la puerta del cuarto de mamá. Sentíamos un golpetear dentro del pecho maravillándonos con cada uno de los objetos. La cama con aquel tul suave que descendía por las noches y que, durante el día, amarraban con lazos dorados. Pasábamos las manos por el tocador de mármol, apenas si nos atrevíamos a rozar el cofrecillo de las joyas, la hilera de frascos de perfumes, los botes de cremas. Abríamos los cajones del ropero, con el corazón sobresaltado, y tú extendías los encajes, descubrías un abanico. A mí me hubiera gustado entrar en la habitación de mi padre porque sabía que ahí guardaba escopetas y pistolas. Pero eso estaba rigurosamente prohibido. No sé por qué, cuando salías del cuarto de mamá, te arrodillabas frente al crucifijo y te persignabas. “Es como si estuviera en una iglesia”, me explicabas. Pero nunca comprendí por qué hacías eso.

¿Te acuerdas del gran comedor, de esos armarios que contenían aquellos manteles de encaje, cubiertos de plata, copas de un cristal que al golpearlas levemente producían un ruidito, como música? ¿Y de la sala con el piano cubierto por aquel mantón? ¿De mi madre tocando el piano, de ti tocando el piano? ¿Te acuerdas de la terraza que daba al mar? ¿Te acuerdas de nosotros, durante el día, estudiando, esperando la noche, mientras mamá tocaba el piano o cosía? No me acuerdo de mis hermanos. No quiero acordarme de esa casa. No quiero acordarme del día que tomaron la foto y yo me escondí porque supe que papá tenía una amante. Niño, ven, te digo que vengas, tienes que ponerte aquí, al lado de tu padre. Y yo estaba escondido en mi cuarto, llorando. Adriana: todos ustedes me están mirando ahora desde esa fotografía. Se ven sonrientes, orgullosos. Yo no estoy ahí. No quise colocarme al lado de mi padre. Hubiera querido decirte la razón. Pero no lo hice. No quiero acordarme de nada de eso. No quiero volver a verme escondido en mi cuarto, llorando, negándome a que me retrataran. Quiero estar con ustedes. Quiero estar con ustedes. Nunca debí haberlos dejado. Basta de mentiras, basta de sentimentalismos. Esa casa se convirtió en un infierno, esa ciudad en una cárcel, nuestra selva en un lugar en el que podía entrar cualquiera. Retratarme hubiera sido una traición. (¿Qué estoy diciendo?)

Prefiero recordar las noches y el jardín hasta llegar a aquella noche en que encontré escrito, por ti, un nombre que no podía ser el mío. Habías crecido. Cortaste tu largo, sedoso, perfumado cabello y lo bañaste con raros ungüentos. Sustituiste tu hermoso vestido azul por un traje estrecho que apenas te permitía caminar. “Tengo novio”, dijiste y me explicaste que el jardín te había expulsado, que ya no eras digna de él. “Trata de ser comprensivo”, añadiste, besándome en una mejilla. “Tengo derecho a hacerlo”, creo que dijiste, mientras te miraba extrañado. Creo que eso dijiste. Creo que ése fue el gesto ridículo que acompañó tus frases.

Quiero pensar que así comienza esta historia. ¿Dónde estás ahora, Adriana, hermana? En una fotografía, sonriente, con una mueca imbécil. Llevo mucho tiempo esperándote, Adriana. Ya no te veo. La última vez que hablamos, tu voz era otra y distinto tu rostro. No tienes nada que ver conmigo. Estás borrada. Nada me pertenece de ti. Supe que te habías casado con un idiota viejo y rico, que durante el día preparas la comida y que por las noches te paseas por los corredores de tu casa cargando a un niño que da alaridos. Podría recordar otras cosas que pasaron entre nosotros. Invéntalo ahora. Decías que veías una nube que figuraba un elefante. Mentira. Decías que veías un barco, una improbable embarcación con una bandera extraña porque pertenecía a ese país inexistente al que querías irte. Mentira. Te fuiste a vivir a una casa horrible, al lado de un marido viejo y estúpido, a dedicarte a cocinar y a cargar niños llorones. Quisiera vernos juntos, en el malecón, en ese jardín que fue selva peligrosa habitada por fieras y gigantes furiosos. Todo tiempo es presente y pienso en el horror, en la locura de Adriana, mi hermana.

Ahora invento algo: oscurece y Adriana avanza por el jardín con su vestido largo, con su cabello arreglado de otra manera (ya no su trenza, esos mechones que volaban con el viento, con el aire marítimo). Invento que me mira de una manera extraña y que me dice: “Vámonos al mar”. Está saltando sobre las olas, riendo, zambulléndose, el largo vestido pegado a su cuerpo, invitándome a profundidades más peligrosas. Cuando estoy a su lado, me sostiene torpemente porque no alcanzo fondo. Entonces me besa en una mejilla, en la frente, en la boca, ríe, me echa agua en la cara, vuelve a besarme. Grita: “Te quiero, no me olvides nunca”. Luego nada hasta la orilla y se tira en la arena. “Tengo frío”, repite, tiritando. La miro, acostado a su lado, rozando levemente su cuerpo. Tiene fijos los ojos en el cielo poblado de estrellas. “¿Te parezco bonita?”, murmura. Y, de pronto, se incorpora, toma mi cara entre sus dos manos y dice con una voz que no le conocía: “Cuando muera, quiero que me hagan una mascarilla para que nadie me olvide, para que tú me recuerdes siempre”. Me besa largamente en la boca, apretándome la cara. Luego, sale corriendo.

He inventado eso. La verdad es que un día descubrí que había escrito un nombre que nunca podría ser el mío. “No me conoces”, dijo. “No sabes quién soy.” En otro rincón estaba escrito un verso que luego supe que era de Dylan Thomas: “Ando solo entre una multitud de amores”.

Años después, Enrique me dijo lo mismo.


* Fragmento, pp. 19-27.