width= Onelio Jorge Cardoso


Selección de
Alejandro Toledo



Nota de Vicente
Francisco Torres


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Nota introductoria

 

Después de Rulfo y antes que Borges, murió el cubano Onelio Jorge Cardoso (1914-1986). Mientras en México la noticia apenas se difundió con un cable de Prensa Latina, en La Habana se comentaba que murió escribiendo, pues antes de desplomarse sobre su máquina le había dicho a su esposa por cuál de los tres finales posibles de un cuento se había decidido.

Onelio no fue un escritor pulcro ni erudito como Borges; tampoco un cuentista lacónico y perfecto como Rulfo. Fue un cuentero “de pico fino para contar cosas” como su personaje Juan Candela. Esta modalidad narrativa, que en México ha tenido continuadores como Eraclio Zepeda, Juan de la Cabada, Herminio Martínez y Gerardo Cornejo, fue para Cardoso un producto natural de sus vivencias. “Mi padre —le dijo a Ernesto García Alzola— era un narrador espontáneo asombroso. ¿Tú ves el estilo de mis cuentos? Pues así hablaba. Iba al grano y tenía una gracia natural que se me fue pegando. Había otro en mi pueblo que en el parque contaba por el estilo y con mucha palabra linda. No sé, ¿cómo voy a decirte que vengo de Salgari y de otros autores semejantes, que eran los únicos narradores que conocía? (…) Claro, después en el camino sí leí a Quiroga, que me enseñó mucho, a Chéjov, a todos los que he podido, porque creo que nadie nace del aire ni se forma sin otros, aunque yo me he mantenido siempre fiel a mi manera de contar.”

Hay quien dice —Josefina Hernández Azarat, en Algunos aspectos de la cuentística de O.J.C., 1982— que la obra de Cardoso tiene dos etapas: una que va de 1940 a 1964, y otra de 1964 hasta sus cuentos escritos en los ‘80s. La primera estaría marcada por la presencia del campo y sus guajiros, mientras que en la segunda aparecerían los pequeños pueblos y ciudades como escenarios. Supuestamente, su segundo periodo creador estaría marcado por la superioridad de la técnica narrativa.

Confieso que mi lectura no me ha dejado esa sensación de dos fases. Onelio casi nunca se sale de sus monólogos, de su punto de vista omnisciente y de sus diálogos que no buscan la fidelidad fonética (como sucede en los relatos de Luis Felipe Rodríguez), sino captar y destilar los giros populares de un modo semejante a como lo hizo Rulfo. Ni antes ni después de la Revolución, Cardoso dejó de frecuentar a sus mismos personajes (pescadores, niños, carboneros, vendedores, hombres del pueblo) y sus escenarios siempre fueron el mar, la ciénaga, el campo y la pequeña ciudad.

Otra constante del trabajo de Onelio Jorge Cardoso, tanto pre como posrevolucionaria, fue la de las dos hambres. Desde 1959, año en que escribió uno de sus cuentos más hermosos, “El caballo de coral”, sostuvo que al hombre no le basta con el pan, sino que también necesita soñar. Aun en sus relatos más desoladores sostiene que el hombre necesita comer e inventar fantasías, como ese caballito de color coral, “como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía”, que los langosteros escuchaban galopar sobre las piedras del fondo marino.

Onelio sí fue un realista, pero también un limpio indagador de los rincones más oscuros del hombre. No todos sus trabajos son buenos —algunos no pasan de ser estampas—, pero todos ellos transpiran una apacible generosidad, un cálido afecto que prefirió expresar en la oralidad más que en la narración de estructura compleja. Y como en este mundo hay lugar para cuentistas y cuenteros, despidamos con un mínimo homenaje a ese viejo noble y hermoso, al cuentero mayor.

 

Vicente Francisco Torres


El cuentero

 

Una vez hubo un hombre por Mantua o por Sibanicú, que le nombraban Juan Candela y que era de pico fino para contar cosas.

Fue antes de la restricción de la zafra, que se juntaban por esos campos gente de Vueltarriba con gente de Vueltabajo. Yo recuerdo bien a Candela. Era alto, saliente en las cejas espesas, aplanado y largo hacia arriba hasta darse con el pelo oscuro. Tenía los ojos negros y movidos, la boca fácil y la cabeza llena de ríos, de montañas y de hombres.

Por entonces nos juntábamos en el barracón y se ponía un farol en medio de todos. Allí venían: Soriano, Miguel, Marcelino y otros que no me acuerdo. Luego en cuanto Juan empezaba a hablar uno se ponía bobo escuchándolo. No había pájaro en el monte ni sonido en la guitarra que Juan no se sacara del pecho. Uno se movía, se daba golpes en las piernas espantándose los bichos, pero seguía ahí, con los ojos fijos en la cara de Juan, mientras él se ayudaba con todo el cuerpo y refería con voz distinta de la suya cuando hablaban los otros personajes del cuento. Allí, con vales para la tienda, y el cuerpo doblado con el sol a cuestas todo el día, uno llevaba metido dentro, el oído para las cosas que pudieron haber sido y no fueron.

Pero, eso sí, a Juan Candela nunca se le pudo contradecir, porque cerraba los cuentos con una mirada de imposición en redondo y uno se quedaba callado viendo cómo el hombre tenía algo fuerte metido en el cuerpo suyo. Preciso, certero, Juan sacaba la palabra del saco de palabras suyas y la ataba en el aire con un gesto y aquello cautivaba, adormecía.

Por eso contaba cosas como éstas con otras palabras suyas: “Río abundante de peces el de las Lajas, allá por Coliseo. Mire, una vez reventaron las aguas antes de tiempo sobre San Miguel y toda esa zona. Primero pasaron unas nubes a ras de loma y luego vino aquel mar negro con un viento frío de vanguardia que aplanó el espartillo y doblegó los guayabos hasta que se establecieron las lluvias. Yo vendía ambulante entonces, y tenía una mula caminadora y firme. Así que en cuanto empezaron a encausarse las aguas y vino el oreo de las tierras, hice camino para dentro de las sitierías. Iba tirando mis cálculos con el río —porque para pensar no hay como el paso de una mula bajo el cielo—. Un poco lleno, me decía, pero con cruce. Yo había pasado aguas mayores que aquéllas y conocía la zona como para andar con los ojos de la mula nada más. Así que partí a la marcha buscando el río y por la tarde, ya estaba entrando en él. Arrastraba todavía aguas de chocolate revuelto, pero apenas si se botaba medio metro de la orilla. Conque meto la mula en el agua y empiezo a pasar. Todo iba bien. Abajo golpeaban los cascos sordamente sobre las lajas, pero en mitad del río el animalito resbaló corriéndose apenas una cuarta. Yo pensé en la carga, en el hilo, en los polvos, en todo lo que el agua me iba a malograr, entonces clavé la mula en firme. El animalito lució su sangre como siempre. Se estremeció, levantó las orejas asustadas y pasó, buenamente, arrollando el agua en el pecho. Pero ahí viene la cosa, que estando fuera ya, me siento las espuelas pesadas tirando abajo. ¡Diablo! —digo— y veo que traía dos pescados de a libra cada uno trincados en las espuelas. Bueno, miré al río y le dije: hoy tienes más peces que nunca”.

Y Juan movía los dedos largos de la mano como peces apretados en un palmo de agua. Luego aquello; una mirada alrededor como por la punta de un cuchillo.

Otra cosa que contaba fue que tuvo un perro jíbaro cogido de cachorro y amansado con amor. Era el llamado Mariposa lo que se dice un perro saliente. Entre otras cosas aprendió a venadero. Mas, su único mal era el bien de sus patas, porque “así como usted quiere ver el viento silbando en un alambre” —decía Juan— era lo mismo ver las patas de Mariposa tras el venado. Ésa fue la causa de su desgracia, pues una tarde se fue solo al monte y el fresco de la noche fue trayendo su ladrido disperso.

Ha encontrado rastro —pensaba Juan adormeciéndose en la hamaca e imaginando ver pasar el venado y detrás el perro con el demonio en las patas. Pero con la mañana y los quehaceres Juan se olvidó del perro. Mas a eso del mediodía, dominando todos los ruidos, se sintió un tropelaje por el lado de la caña, a tiempo que a saltos volaba el venado rumbo al batey. “¡Había que verle los ojos de mala noche al animalito!” Juan afilaba su mocha y pensó en el perro. ¡No había tiempo de nada! ¡Al venado que se lo llevara el diablo! Mariposa, el pobre Mariposa, que llevaba una noche entera corriendo. Entonces Juan clavó el mango de la mocha en tierra para que el perro tropezara y poderlo detener, pero no tuvo suerte. Fue una de esas pocas veces que Juan no tuvo suerte. El venado saltó, y en la prisa Juan clavó de filo la mocha. Luego como una bala, venía la mancha de color del perro. Checó con el filo, cosa de medio segundo, y se abrió en dos mitades justas.

“¡Ah! —decía Juan— es bueno que un perro sepa correr, y si es venadero, mejor, pero eso fue lo que perdió a mi pobre Mariposa y luego que yo no había descubierto todavía que con baba de guásima se pueden pegar las dos partes de un animal dividido.”

En esas noches Marcelino, Miguel o Soriano, contaban algo de sus propias cosechas, pero no se les podía soportar después de Juan. Ninguno de ellos tenía aquel manojo de palabras, ninguno el gesto preciso de la mano en el aire.

Después íbamos a las hamacas y no se sentía más que el chirrido metálico de los grillos o la exactitud de los gallos distantes.

Una mañana en el surco Marcelino me preguntó inesperadamente:

—¿Tú crees que puedan haber tantos peces?

—¿Dónde? —dije.

Pero él miraba ahora al frente, y yo sorprendí allá, en el extremo de su mirada el contraluz de Juan Candela, encorvado, arrancándole hierbas a la tierra.

Otra mañana afilando los machetes hablaban Miguel y Soriano:

—No digo que no, puede que lo que corre se corte si da con un filo de mocha.

—Por ejemplo la mantequilla —dije interrumpiendo, y Miguel y Soriano estallaron en risas. Luego hubo un silencio y Soriano pegando con el lomo del machete en la piedra, dijo:

—¡Ese hombre dice mentira!

—Está claro —murmuró Miguel.

Y los tres nos miramos con gusto, nos sentimos iguales. La cosa estaba en que uno se decidiera a romper la fuerza que Juan tenía metida en el cuerpo y que se le asomaba a los ojos.

—Pues una noche de éstas yo cojo y le digo... —afirmó Soriano golpeando de nuevo y más fuerte la piedra.

—Está haciendo falta, no creas —concluyó Miguel y luego cada uno siguió en lo suyo.

En verdad, pensábamos entonces que era necesario ahogarle aquel poder a Juan, porque a un hombre se le puede aguantar una mentira por ser la primera, otra por decencia, pero la tercera suena como un bofetón y ése hay que contestarlo enseguida.

Esa misma noche vino Juan con su tabaco torcido en las puntas y su frente espaciosa. Después empezó por la guerra y dijo:

“Yo era entonces pequeño y todo el mundo pasaba hambre. Mi tío, hombre con buen ojo para las bestias caminadoras y hermano de mi madre, nos salvaba de morir hambrientos. Porque los mambises arrasaban los campos y no había ‘tabla’ de maíz posible, ni bejuco parido de calabaza. Mi tío montaba su jaca dorada y se iba unos días, luego regresaba cargado de cosas que yo no he vuelto a comer tan hermosas. Empujaba la puerta de un puntapié y riendo volcaba la alforja en la sala.

“¡Aquí tienen para dos semanas! —decía y todo se regaba por el suelo: ñames, calabazas, plátanos, tomates más grandes que una güira cimarrona. Se llenaba el piso de verde, de rojo, de color de tierra removida. ¡Qué se yo! Mi madre empezaba entonces recogiendo en la falda y luego me gritaba por un saco para desbordarlo. ¡Ah!, aquellos días. ¡Pero, sin embargo, digo que no eran tiempos para tan buenos ‘forrajeos’! ¿Dónde pues, mi tío hallaba aquellas viandas de Dios?”

Juan dejó la pregunta en el aire casi vestida de humo y oliendo a tabaco. Yo aproveché para recorrer de un vistazo la cara de todos. Marcelino estaba mirando y con un mosquito chupándole la sien. Soriano vuelto todo a Juan y Miguel y todos indefensos, como moscas.

“Pues cuando mi tío se estaba muriendo —prosiguió Juan— hizo señal de que todos salieran y me dijo: ‘Tú quédate y escucha’. Se había enderezado en el catre y me miraba con ojos vidriosos. ‘A todo el mundo no se le pueden contar ciertas cosas, Juan —siguió diciéndome—. La gente se ríe y no cree más que lo que tiene enfrente de los ojos, pero tú no eres de ésos y yo te necesito ahora para que mi secreto no se malogre conmigo. Óyeme bien, para la Ciénaga de Zapata en la fuente misma del Río Negro, hay una vereda, apretada de yana y mangle que es el camino. Tú lo coges temprano con la fresca, porque vas a estar seis días caminando y al sexto aparece el volcán. Entre el paso de la bestia y el volcán te va quedando la ciudad, pero tú no vas a ella, antes en los campos hay mucho que forrajear y los indios son buena gente’.

“—¿Qué ciudad, tío? —le pregunté.

“—¡Méjico, hijo, Méjico! ¿Dónde crees tú que yo iba aencontrar viandas? —y expiró haciéndome la pregunta.”

Juan calló un instante y nadie se movió de su lugar. Luego levantó la cabeza para mirar y añadió complacido:

—La verdad, yo pienso ir un día de éstos, estoy seguro que nadie más sabe el camino de Méjico.

Soriano se puso de pie entonces. Se enderezó agarrándose la faja, pero Juan lo cogió en vilo con su mirada. Luego Soriano tragó en seco y se sentó de nuevo.

Al día siguiente, después que Juan llevó su plato a la cocina, Soriano me enseñó un papel doblado y sucio. Era un grabado descolorido donde aparecía un barco excursionista y se podía leer arriba: “Tantos pesos ida y vuelta a Méjico”.

—¿Y cómo no hablaste anoche? —le pregunté.

—No sé, me trabé de aquí —dijo señalándose el cuello.

Luego cogimos la guardarraya y cada uno se fue quedando en su porción de caña invadida de hierba. Esa mañana Soriano estuvo silencioso. Miguel habló del bicho del tabaco y de cómo se podía exterminar y Soriano no hizo nada por contradecirlo en aquella vieja disputa establecida periódicamente.

Después, cuando fumábamos en la puerta y se estaba tirando el sol por encima de la caseta de la romana, Soriano explotó pegándole un puntapié a la vasija de las gallinas.

—¡Demontre, esta noche sí que hablo, lo verán!

Pero esa noche fue cuando se quemaron las cañas del Asta. Don Carlos vino de la vivienda y nos ordenó ayuda para el vecino y todos fuimos a apagar el incendio. Aquello duró toda la noche y un pedazo de la madrugada. Después se nos dio el día para dormir ahumados como estábamos. Juan cogió su calentura y su tos. Apenas comía iba derecho para la hamaca y tosía durante las primeras horas hasta que se quedaba rendido. Poco a poco sin saberlo casi, se nos fue quitando la cosa de la cabeza. Porque nosotros seguíamos allí contando nuestras cosas con el farol en medio, pero notando la ausencia de Juan, poniendo los ojos sobre el cajón vacío donde se sentaba él; y ya nadie se acordaba de que hubo necesidad de ahogarle a Juan su fuerza, sino que seguíamos hablando de cómo se acababan las plagas y de cómo se exterminaba principalmente la del tabaco. Mas, Juan curó de sus calenturas. Se quedó con la tos, pero eso hizo más interesante todavía sus cuentos. Porque la aguantaba hasta el momento de hacer una pregunta, seguro de que así prolongaba el tiempo en espera de la respuesta y una noche empezó de nuevo. Ya estaba de pie, agitando los brazos y atando las palabras con su movimiento, mientras refería de esta manera:

“Aquél sí era un majá, ¡no digo yo. Uno de Santa María. El lomo marcado con manchas de sombra, pero bueno, déjenme decirles que yo había llegado a la zona sin conocer más que al sol y a las estrellas.

“Estábamos en un corte de monte al pie mismo de la Sierra Maestra. Un monte de esos que son un techo verde en veinte leguas. Empezábamos a desmontar con la cuadrilla y así que en cuanto yo me vi frente a una de esas ácanas añosas que no abrazan tres hombres juntos cogí el hacha y: ¡Chac!, el primer golpe. ¡Chac, el segundo, cuando siento, caramba!, que me enlaza el pescuezo una cosa gorda y fría. ¡Ah!, compañero, uno debe saber lo que son los sustos cuando tiene cuarenta años y ha vivido pobre siempre. Uno debe saberlo, pero aquel día fue que yo me di cuenta cabal de lo que es un susto redondo de verdad. Porque lo que me apretaba el cuello me estaba quitando el aire y botándome los ojos de sus cuevas. Por más que le prendía las uñas resbalaba sin saber qué diablo era. Entonces, medio ahogado, medio muerto, me acuerdo de mi cintura y de mi cuchillo y tanteando hallé la vaina y poco a poco levanté el brazo que me pesaba como una piedra para cortar al fin un palmo más arriba de mi cabeza. Cayó redondo al suelo y encima, caliente, me vino el chorro de sangre del majá. Les digo que era como para morirse cuando vi el animal, sin cabeza, desangrándose como un tubo roto. Bueno, había que verlo, era un Santa María y luego cuando lo estiramos vimos que medía sus cuarenta varas justas.”

Juan calló abriendo sus dos brazos largos y flacos. Soriano estaba de pie ya cogiendo aire para hablar, mas Juan se le quedó mirando. Estaba seco por las calenturas, pero conservaba fuertes los ojos y lo estaba deteniendo con toda su energía. Empero, Soriano seguía de pie y ya con aire suficiente para decir sabe Dios cuántas cosas. Sin embargo, callado, inmóvil todavía. Entonces yo tuve una idea y me puse de pie:

—Puede que no lo haya medido con buena medida, Juan —le dije, y él me miró igual que a Soriano. Era dura la ceja saliente y una chispa debajo. Yo le aguanté la mirada todo lo que pude, hasta que al fin regresó a mirar a Soriano y dijo:

—Bueno, es posible.

—¡Quizás no tenía más que treinta! —gritó casi Soriano, buscándole los ojos ahora.

—Acaso menos —rió Miguel y le coreamos todos la risa. Pero Juan cruzó los brazos, levantó el mentón y dijo calmosamente corriendo la mirada sobre todos:

—Seguro que no pasaba de treinta bien medido.

—¡Vaya, vaya!, ¡seguro que de seis! —atacó Soriano. Entonces pasó lo que pasó:

Juan tiró del machete y dijo levantándolo sobre su cabeza:

—¡El que me le quite medio metro más lo mato!

Nadie se atrevió a moverse. Tenía los ojos encendidos y la mano trigueña se le blanqueaba ahora en el apretón al cabo del machete. Así que nos quedamos callados. Luego él bajó lentamente el arma y dijo:

—¡Bestias, nada más que bestias mal agradecidas!

Y volvió la espalda para perderse en la oscuridad del barracón.

La caña siguió creciendo y la hierba dando guerra. Guerra que nos permitía ir tirando del “tiempo muerto” para madurar la zafra. El poco jornal y los vales seguían también. Algunas noches oíamos desde el barracón la guitarra del mayoral en la vivienda. Pero Juan no contaba ya. Se quedaba en la hamaca como cuando las calenturas y nosotros allí en la puerta con lo pobre de nuestros recuerdos y el cajón de Juan desocupado siempre.

Una noche de calor vino don Carlos y dijo algo de la luna y las estrellas. Luego acabó afirmando:

—La tierra es redonda.

—Pues parece plana como una tabla —rió Miguel. Don Carlos soltó el humo de su veguero y dijo yéndose para la vivienda:

—Hay muchas cosas que son y sin embargo no parecen.

Nadie habló más, pero yo sentí que aquellas palabras me apenaban, porque empezaba a comprender que Juan era eso: una cosa que tiene que ver con las estrellas, una cosa que es aunque no lo parezca. Algo seguramente fuera del tiempo, del barracón y del mundo. Ahora pienso que a los otros les estaba pasando lo mismo, porque recuerdo que cuando nos íbamos Marcelino dijo sin dirigirse a nadie:

—Hay que creer en algo que sea bonito aunque no sea.

Esa noche no pude dormir como de costumbre. Había un silencio espeso y fresco acaso interrumpido por un gallo distante, pero se me fueron pasando las horas sin pegar los ojos hasta que asomó la madrugada. Oí entonces —al principio confusa— la voz suplicante de Soriano cerca de la hamaca de Juan:

—Vuelva a contar esta noche. Hágalo, Juan.

—Ustedes son un hato de descreídos —respondía Juan sin cuidarse de bajar la voz como Soriano, y él insistía:

—No haga caso. Uno sabe poco. Nosotros no hemos salido de aquí ni hemos visto esas cosas. Pero ahora estamos seguros de que usted habla verdad.

—¿Ahora por qué?

—Bueno, no tendrá que ver, pero anoche don Carlos dijo algo de la tierra y de las cosas que son y no parecen.

—¿Qué tengo yo que ver con eso?

—No lo sé bien, Juan, pero algo tiene que ver…

Así los sorprendí hablando y detuve mi propia respiración esperando que Juan dijera que sí, porque él era él, y embotaba los sentidos y tapaba el piso de tierra donde vivíamos… Además desde entonces estoy seguro de que aun en piso bueno, después de comer y en cualquier latitud del mundo no es posible dejar de oír la maravillosa palabra de Juan Candela.

 

 

1944

Los carboneros

 

En el rancho todos sabíamos lo que le estaba pasando a Fidencio: la fiebre. Era natural. Tenía que ser así. No en vano se mete uno por entre los pantanos “burreando” leña sobre el lomo, con el aparejo encima, la soga sobre la almohadilla de la frente y los brazos tirando hacia abajo la cuerda de la carga. Por algo pasan estas cosas. Ahí es que viene un mosquito y entonces le mete a uno la fiebre hasta los huesos.

Eso le pasó a Fidencio. Eso nos había pasado a todos y luego que nos tomábamos la quinina cargábamos con los troncos de nuevo, abriendo veredas por entre la maraña de los manglares rojos, desbrozando de aquí y de allá hasta romperle un claro al monte.

Pero uno se ponía bueno, se enderezaba otra vez. Mas Fidencio no. Había envejecido haciendo carbón. El pelo castaño se le volvió blanco y gastado con el tiempo. Esta que cuento pudo haber sido su décima fiebre en dos años. Y no tenía cara de curarse.

—Estoy mejor —decía, pero sabíamos que estaba temblando porque se oía crujir la tarima.

—Ahoritica estás bueno y cargas tú solo con el monte —decía el Isleño desde su rincón del rancho.

Hablábamos debajo de los mosquiteros. Afuera zumbaba un enjambre de mosquitos negros.

Pero Fidencio no se puso bueno, y Martínez, que le había dado la última cápsula de quinina, le puso la mano encima y le dijo:

—Vas a tener que irte.

Fidencio le clavó dos ojos amarillos:

—¿Quién se ha quejado aquí? —preguntó. Martínez empezó entonces a sonreír como debajo de su barba. 

—Bueno, tú dirás cuándo —y se quedaron mirándose. Yo los estaba viendo por un costado del horno. A veces el humo que bajaba me los quitaba de enfrente. De lejos nos llegó claro el fotuto de Andrés. Era la hora del “chico”. Total: una galleta de agua, abierta en dos tapas y llena de tocino frito. En medio poníamos una gran lata de agua salobre para beber. Debían ser sin duda las nueve de la mañana. En eso Andrés era un reloj. Así que apenas cesó el fotuto cogimos la vereda. Delante iba Martínez, detrás el Isleño seguido, Fidencio y de último yo. Pisábamos dentro de lodo, metidos los pies en el agua estancada.

Fue como si lo presintiera. “Fidencio viene borracho”, pensé, mas el aguardiente no lo habíamos traído del rancho, pues aquella mañana salimos con el gusto de ir mirando las yanas para el horno que iba a ser de nosotros cinco. Pero vi a Fidencio de pronto caer hacia adelante, con los brazos sobre el pecho y de un salto lo tuve por las axilas. Ya Martínez estaba junto a mí. Le limpiamos la barba llena de fango y los ojos ennegrecidos, mientras resoplaba sin un lamento.

Luego que lo tuvimos en el rancho, y en cuanto empezó a amainar la fiebre, Martínez habló:

—Mañana Antonio te va a llevar.

Él no dijo palabra, se inclinó a la izquierda para escupir y tiró la vista por encima de los mangles. La verdad, a Fidencio no le gustaba el monte, pero tenía tres nietos huérfanos pendientes de él.

En unas parihuelas lo llevamos hasta la balsa. Íbamos a remontar el canal. Fidencio, como nosotros, lo conocía palmo a palmo. Conservaba en su medio kilómetro la misma profundidad de cuatro cuartas por una vara y media de ancho. ¡Como que lo hicieron sus manos y las nuestras!

Tuve que dar palanca por todo el camino, pero a ratos hablé con él:

—Martínez te va a guardar tu parte.

—Pero tiene que venir otro —decía.

—Bueno, otro a condición de la mitad.

Me miró sonriente a pesar de su cara cerosa y su tremenda sonajera de huesos, y seguimos andando por el canal. Hacía un calor de mil demonios y ya empezaba el jején. Yo tuve dos horas de palanca y el sudor me hizo algunos ríos blancos en el pecho arrastrando el hollín hasta el ombligo. Por fin salimos al mar y pegados a la costa busqué el embarcadero. Allá nos salió Ernesto primero, luego su mujer. Él un hombre, gordo, ella flaca y larga.

—¿Herido? —preguntó.

—La fiebre —dije.

—Tráigalo, que tengo limones recientes —dijo ella, y los tres arrastramos el enfermo a la bodega.

Como a las dos de la tarde se apareció La Amalia. Era un velero viejo y cansado. Con un poco de mar en contra crujía como una bisagra. Era del dueño del corte y lo único que teníamos para comunicarnos con el puerto. Con algún herido grave en el embarcadero y La Amalia recién partida, mejor era pegarle un tiro si uno es honrado y amigo.

Por fin atracó y me fui aparte con el piloto. No me gustaba decirlo delante de Fidencio.

—Para el otro viaje tráigase uno. 

—Está bien —asintió.

—Pero eso sí —añadí—, búsqueselo con la condición de que va a ganar la mitad nada más.

—Bueno.

—¡Ah! y búsquelo aguerreao. No traiga gente blanda.

Luego me quedé mirando. Fidencio iba dentro. ¡Fi-dencio con treinta años en el Cayo!

Volví a la balsa y después que hallé la boca del canal, empezó la palanca de nuevo.

Estábamos a principios de julio. Para los tres meses siguientes sabíamos que llegaba la plaga. Eso no es cosa de juego. Está el tábano, pequeño como mosca, que pica sólo en las orejas. Sube de la manigua a la altura del cuello, más aún, buscando las orejas, y pica hasta hincharlas y enrojecerlas. Está el corací que obliga a duplicar el saco en el fondo del catre, porque mete su aguijón largo y toca la carne como una espada a fondo. A veces caen veinte o cuarenta coracíes de vuelo torpe sobre el antebrazo y baja uno la mano arrollándolos, y quien no sepa de esto ve sangrando el antebrazo como si nos hubiera abierto el pedazo en canal. Uno quisiera gritar entonces, pegarle a un cuerpo, sentir el golpe de uno con la mano o con el hacha porque la rabia nunca se calma con estrujar veinte bichos contra la frente o la parte desnuda. Nosotros hemos dejado arder un horno de quinientas sacas, abierta la boca al costado, y desde el estero, metidos hasta el cuello, mirábamos perderse lo que había costado treinta días en cortar, traer y apilonar. Allí, enterrados en el lodo los pies, con el agua a ras de mandíbula y el corací por encima que se podía cortar con cuchillo, veíamos arder lo que nos costaba un ojo del alma. Pero cuando eso empezábamos a hacer carbón y éramos un poco blandos todavía. Ahora era distinta la cosa. Tenía uno más de nueve fiebres en seis meses.

Este año que cuento hicimos un gran carbón. Cogía uno un trozo por un extremo y pegaba por el otro y sonaba como una campana de plata. Luego, el lustre. Brillaba como betún frotado. Sin embargo, a pesar de eso la cosa no nos salió bien del todo.

Entre nosotros el jefe es aquel de quien dimana la autoridad espontáneamente. Además, el más diestro en virar un “burro” y andar sin tropiezos; el más profundo en el hachazo, el más ágil en saltar sobre el lomo del horno que explota inesperadamente abriendo una boca de fuego a su costado. Ése es el jefe. Martínez era eso, y también un hombre callado y recio como un puño. Yo no podré nunca olvidar sus ojos y su nariz aguda, saliente de la barba espesa.

Cuando llegué al rancho, Martínez estaba recontando lo dicho:

—Le dije: don Bruno, hace veinte años que trabajo para su corte. Ahora necesito un horno de yana para nosotros. Me miró hasta los pies, se quitó el palito de la boca y dijo:

—Pero amigo, ¿sabe usted lo que vale un horno de yana?

—Pregúntele al Cayo si lo sé o no lo sé.

—Con ese hornito, Martínez, usted va a ganar más plata que yo —me dijo acercándose.

—Lo quiero de mil sacas.

—Pero me va a arruinar, compañero.

Martínez hizo una pausa en el relato. Tomó el jarro de aguardiente y lo trasegó como agua. Luego lo puso sobre el júcaro para continuar:

—Entonces cogí el sombrero, miré a la puerta y le dije: Pues si no me hace el regalo me voy de su corte este año. Y, claro está, el viejo consintió. Por algo estábamos en el Cayo otra vez.

—Hay que principiar a restraer la yana —dijo el Isleño.

—Me contaron que para lado hay —señaló Andrés—. La cosa es empezar.

Y al día siguiente desempaquetando los hierros.

Comenzaban a hundirse los filos en los troncos. A cada golpe se estremecía un árbol, soltaba las hojas maduras, y caía crujiendo por la herida. Todos los filos sangraban la savia de cien árboles. Callaba uno su golpe y oía el golpe de otro, seco y sordo. Después nada; como el ruido de la lluvia que empieza precipitándose en un chubasco de hojas. Un olor fuerte y constante se metía en todo. Desde la tierra hasta el fondo de las vasijas. Pero los cinco seguíamos teniendo debajo de la cabeza una misma cosa: el horno de yana.
Andrés pasaba por mi lado al acaso, cuando yo iba a cargar o él regresaba, y me decía algo siempre:

—¡Vi mucha yana, mucha!

—¡Bueno que nos va a salir! —contestaba yo.

Y continuábamos infatigablemente. A las doce de la noche despertábamos a la brega. Empezar a parar. Trabajo que requiere todo el conocimiento de un carbonero. Poner un tronco sobre otro, bien ajustado, y luego otro y otro, de modo que cuando esté terminado saber que aquella pila de madera verde es como una montaña de firme. Eso por el fallo que puede venir más tarde. Ya teníamos unos cientos de pies de yana separados para el último horno, cuando Andrés dijo:

—Hoy estamos a martes.

—Mañana llega La Amalia —aclaró el Isleño. Martínez estaba afilando su machete y sin quitar los ojos del filo, me dijo.

—Mañana, Antonio.

Yo miré para el canal queriendo ver la balsa, pero sólo se levantaba por encima de los mangles el cuello de la palanca.

—Bueno, mañana —¡dije y me colé debajo del mosquitero.

Con la madrugada navegué por el canal. Arriba volaban las corúas y chillaban, debajo el agua tranquila, y a los lados la fila apretada de mangles, donde alguno que otro cangrejo, rojo como la sangre, escapaba entre las raíces nutridas.

Debí llegar a la bodega a las doce. El viento empezaba a batir la costa y el sol caía sobre las cosas hasta abrumarlas. Anduve por la bodega con la flaca y el gordo Ernesto. Bebí y me senté a la orilla mirando al mar por donde vendría La Amalia. Y asomó a las dos de la tarde. Llegaba con viento bueno, hinchados los remiendos del trapo y surcando el agua en la proa.

En media hora atracó y vi moverse un hombre. Era un niño casi. Un niño que ha crecido. Blanco y de bigote fino. Detrás surgió la silueta brumosa del patrón.

—Hola, durmiendo la siesta —me gritó.

—Peor que eso: esperándote —le respondí—. Tu barco le acaba la paciencia a cualquiera.

—¡Pues a mí sí que no! —y saltó sobre el muellecito con los restos de la sonrisa en la cara. Detrás bajaba el tipo del bigote. Lo vi bien, era más alto que cualquiera de nosotros.

Debía tener veinticuatro o veintiséis años. Era fuerte sin embargo. Un cuello gordo, unos ojos intranquilos y la piel como la leche cruda. La gente así no me gusta.

El patrón me tendió la mano.

—Bandolero, engordando, ¿no?

—Y tú…

Pero me corto enseguida:

—Éste es el hombre —dijo como turbado.

—¿Qué hombre?

—Lo manda don Bruno —contestó.

—Pero éste —dije sin poder ocultar el disgusto—, éste es un chiquillo crecido.

El otro me miró con calma. Abrió la boca para decir algo, pero volvió los ojos al patrón.

—Bueno, tanto como un chiquillo no.

—Ya lo creo que lo es.

—Te convencerás con los días.

—Me convenzo con los ojos —y enseguida pregunté al muchacho.

—¿Viene por Fidencio, verdad?

—Sí.

—¿Sabe de carbón y de monte?

—No, pero se aprende.

Me dio ganas de reír y de soltarle la mano… ¡Mira que decir se aprende con aquella blancura en la cara y como si el asunto fuera cosa de juego!

—Si no se lo come el bicho antes, se aprende —contesté.

Él no dijo nada. Se metió la mano en los bolsillos y buscó los cigarros. Entonces quedamos callados un momento, y lo pensé en la cara que iba a poner el Isleño, y lo malo no era la cara, sino lo que decía cuando no estaba conforme. Pero Martínez era quien tenía que decir lo último.

Así y todo, pensándolo, le pedí al patrón:

—Quédese un par de días más por si tiene que llevarse la carga —y echamos a andar.

Cuando me metí en el agua rumbo a la balsa me volví. ¡Caramba!

—¡Germán… Germán! ¿Qué me dice de Fidencio?

—La voz chocó en la costa pero el patrón no pudo oírme con el viento en contra.

—Está igual —dijo el muchacho, pero yo ni lo miré.

Llegábamos de noche. Dos días antes Martínez prendió fuego al primer horno. Era de júcaro todo y ardía sin ruido con su mechón de humo de color ceniza arriba. Un poco más allá tenían hecha una fogata. Velaban Martínez y el Isleño. Era hora de conversación y de café espeso.

Así que arrimé la balsa, di una voz y hallé respuesta.

—Son los otros —expliqué al muchacho.

—¿Cuántos? —preguntó.

—Cuatro que valen por veinte. Y no hablamos más.

Cuando llegamos al grupo el Isleño se puso de pie. No se le veían más que los ojos blancos y el jarro de lata en las manos. Le echó una mirada al hombre y después a Martínez. Yo estaba pendiente de todos. Martínez se puso en pie, dio unos pasos y preguntó:

—¿Sabe trabajar en esto?

—No, todavía.

Entonces pasó lo que yo esperaba. Tiró el jarro el Isleño y fue a encararse con el visitante:

bueno esto, carajo, pedimos un hombre y mandan una criatura.

Nadie dijo nada, ni siquiera el extraño. Entre la poca luz que le daba de frente yo le vi enrojecer, pero no aseguro si fue por la llama reflejada o por la sangre indispuesta.

Martínez prosiguió:

—Si no sabe tiene que irse.

Entonces el otro dejó de estarse quieto allí aguantando cosas y habló:

—¡De alguna manera yo sirvo!

—¡Como no sea para lavar platos! —gritó el Isleño. Pero antes que hubiera terminado le cayó en la cara el puño del hombre. Anduvo tambaleante hacia atrás, y luego se desplomó sobre los primeros árboles. Desde luego, Martínez, Andrés y yo corrimos, pero Martínez llegó primero. Mucho más pequeño que el joven lo tomó por la cintura y lo arrojó sobre los troncos, como si hubiera sido un muñeco. El Isleño corrió con su machete, pero Martínez lo contuvo bruscamente y habló:

—Vamos a entendernos o mato a uno.

Apenas si todo aquello le había cambiado el rostro. El Isleño dejó pues su machete y se limpió las narices. El otro estaba hecho una calamidad. La púa de un palo le hizo al caer una doble rajadura en la camisa y la carne por donde manaba alguna sangre. Tenía un golpe en la frente y empezaba a despertar. Metí entonces los brazos y lo cargué porque no acababa de volver en sí. Andrés fue por el botiquín y yo tendí al hombre en el suelo. Martínez estaba sereno, con los mismos ojos que miraba a los tábanos y a las bocas de los hornos.

Al rato el muchacho escupió sangre y dijo:

—¡Hay cosas que no se pueden aguantar!

—Decía —reparó Martínez—, que mañana usted se va de aquí.

—Bueno, pero traigo una carta de don Bruno —repuso y sacó apresurado el papel. Martínez cogió un farol y estuvo leyendo callado. Luego me tiró el papel. Decía: “El propio es mi pariente. Ahí le va por Fidencio. Es joven y tiene sangre. Yo le di el horno de yana. Téngase usted aceptarme el pariente”.

—¡Ya me extrañaba eso de regalar! Vea, ¡ahora impone el familiar! —contesté.

Pero Martínez no me hizo caso. Se quedó un rato mirando al suelo y luego dijo:

—Está bien.

En verdad lo que nos molestaba del muchacho era la piel. Una piel así blanca es una cosa hembra para el mosquito y para las puntas de las ramas. Mas el hombre se quedó allí. En cuanto al Isleño, no oí nunca que le dirigiera la palabra.

Seguimos echando el monte abajo sin hacer caso de los bichos, y eso es una cosa brava de hacer. Porque en esos días el corací sale al aire en un enjambre fantástico que pone un velo gris contra la manigua. Así gira y describe caprichosos vuelos hasta rastrear una bestia o un hombre. Algo con carne y debajo sangre abundante para una buena panzada. Entonces caen por millares y pican con furia, dejando un terrible escozor y una zona roja que crece y se va transformando con los días y las uñas en una pústula, invadida de humor. Y de ésas, como uno se descuide, nos hacen cientos en el cuerpo.

Pero a mediados de agosto teníamos tres hornos ya metidos en las sacas, cuando empezó el nuestro. Al muchacho se le explicó la cosa como era:

—Parte de éste, que es de nosotros, va para Fidencio. Usted no gana. —No hizo comentario, pero siguió trabajando como si llevara parte.

La noche que terminamos de pararlo y cubrirlo de espartillo y tierra quemada, fue la noche mejor que tuvimos en el Cayo, a pesar de que ya empezaba la plaga. Martínez subió allá arriba para meterle candela. Lo veíamos trabajar serio, calmoso, encaramado en la montaña de madera y quizás cerca de las estrellas que le brillaban sobre la cabeza y la espalda. Daba gusto el horno. Le limpiamos las orillas alrededor y armábamos las candelas lejos.

Al tercer día el Isleño no comió. Dijo que tenía una penita en el vientre. Después le empezaron los vómitos y tuvo que meterse en el rancho. Desde entonces no hablamos uno con otro más que lo necesario.

—Antonio, dé rastrillo deste lado —me decía Martínez mientras el muchacho callaba y desviaba los ojos como si se tuviera la culpa de todo. Y el Isleño seguía con sus vomiteras.

Un buen carbonero puede aguantar, con brisa regular, hasta tres días de vela, pero como haya mosquitos, no hay santo que resista eso, pese al humo de mangle negro.

En fin, que una noche tuvimos que dejar al muchacho solo. Martínez lo ordenó y nosotros, la verdad, lo deseábamos con el alma.

¡Dios, qué sueño! Caí como si tuviera tierra y piedras en los ojos. Recuerdo que lo último que me llegó fue la tos del Isleño. Eso tres veces nada más. Después nada.

Ahora bien; yo no sé quién gritó primero, ni qué hora sería. La cosa fue que salté hasta caer fuera del rancho. Ya Martínez y Andrés corrían delante de mí. Por entre los árboles venía el aliento del fuego. Las ramas y los troncos lucían enrojecidos, mientras sus ardientes formas danzaban reflejadas en el agua. El horno de yana ardía. Ardía con la mitad del cono en manos de las llamas. Buscamos al muchacho y lo encontramos acá, cérea del estero, tirado boca abajo en el suelo y sollozando. Andrés soltó una palabra y levantó el palo amenazante, pero Martínez le detuvo el brazo mientras yo volvía boca arriba al muchacho. Tenía dos grandes quemaduras en la cara y en los brazos. Yo vi el rostro de Andrés espantado, y luego el de Martínez, sereno y firme.

Nada, que hicimos un gran carbón aquel ario, pero fue la mejor parte para el dueño del Cayo. A nosotros nos tocó algo, y luego que llevamos el muchacho en el bote del gordo y se salió del Juzgado y de esas cosas, nos bebimos y nos mujereamos toda la plata. Una noche de ésas, entre vaso y vaso, alguien nos dijo a Andrés y a mí que Fidencio había muerto. Mas en cuanto aflojó la plaga y cayó el frío, regresamos los mismos.

Ya en el muellecito me volví para saludar a la madre de Martínez. Estaba como en todas sus despedidas en el portalito de la casa, y había tres niños en la puerta, muy seriecitos y con zapatos nuevos.

—¿Y ésos? —pregunté a Martínez.

—Los nietos de Fidencio —dijo.

Y se volvió para mirar el Cayo que era apenas un punto de ceniza sobre el horizonte.

 

 

1945

El caballo de coral

 

Éramos cuatro a bordo y vivíamos de pescar langostas. El Eumelia tenía un solo palo y cuando de noche un hombre llevaba entre las manos o las piernas el mango del timón, tres dormíamos hacinados en el oscuro castillo de proa y sintiendo cómo con los vaivenes del casco nos llegaba el agua sucia de la cala a lamernos los tobillos.

Pero éramos cuatro obligados a aquella vida, porque cuando un hombre coge un derrotero y va echando cuerpo en el camino ya no puede volverse atrás. El cuerpo tiene la configuración del camino y ya no puede en otro nuevo. Eso habíamos creído siempre, hasta que vino el quinto entre nosotros y ya no hubo manera de acomodarlo en el pensamiento. No tenía razón ni oficio de aquella vida y a cualquiera de nosotros le doblaba los años. Además era rico y no había por qué enrolarlo por unos pesos de participación. Era una cosa que no se entiende, que no gusta, que un día salta y se protesta después de haberse anunciado mucho en las miradas y en las palabras que no se quieren decir. Y al tercer día se dijo, yo por mí, lo dije:

—Mongo, ¿qué hace el rico aquí?, explícalo.

—Mirar el fondo del mar.

—Pero si no es langostero.

—Mirarlo por mirar.

—Eso no ayuda a meter la presa en el chapingorro.

—No, pero es para nosotros como si ya se tuviera la langosta en el bolsillo vendida y cobrada.

—No entiendo nada.

—En buenas monedas, Lucio, en plata que rueda y se gasta.

—¿Paga entonces?

—Paga.

—¿Y a cuánto tocamos?

—A cuanto queramos tocar.

Y Mongo empezó a mirarme fijamente y a sonreír como cuando buscaba que yo entendiera, sin más palabras, alguna punta pícara de su pensamiento.

—¿Y sabe que a veces estamos algunas semanas sin volver a puerto?

—Lo sabe.

—¿Y que el agua no es de nevera ni de botellón con el cuello para abajo?

—Lo sabe.

—¿Y que aquí no hay dónde dormir que no sea tabla pura y dura?

—También lo sabe y nada pide, pero guárdate algunas preguntas, Lucio, mira que en el mar son como los cigarros, luego las necesitas y ya no las tienes.

Y me volvió la espalda el patrón cuando estaba empezando a salir sobre El Cayuelo el lucero de la tarde.

Aquella noche yo pensé por dónde acomodaba el hombre en mi pensamiento. Mirar, cara al agua, cuando hay sol y se trabaja, ¿acaso no es bajar el rostro para no ser reconocido de otro barco? ¿Y qué puede buscar un hombre que deja la tierra segura, y los dineros seguros? ¿Qué puede buscar sobre el pobre Eumelia que una noche de éstas se lo lleva el viento norte sin decir adonde? Me dormí porque me ardían los ojos de haber estado todo el día mirando por el fondo de la cubeta y haciendo entrar de un culatazo las langostas en el chapingorro. Me dormí como se duerme uno cuando es langostero, desde el fondo del pensamiento hasta la yema de los dedos.

Al amanecer, como si fuera la luz, hallé la respuesta; otro barco de más andar ha de venir a buscarlo. A Yucatán irá, a tierra de mexicanos, por alguna culpa de las que no se tapan con dinero y hay que poner agua, tierra y cielo por medio. Por eso dice el patrón que tocaremos a como queramos tocar. Y me pasé el día entero boca abajo sobre el bote, con Pedrito a los remos y el Eumelia anclado en un mar dulce y quieto, sin brisa, dejando mirarse el cielo en él.

—El hombre ha hecho lo mismo que tú; todo el día con la cabeza para abajo mirando el fondo —dijo sonriendo Pedrito, y yo, mientras me restregaba las manos para no mojar el segundo cigarro del día, le pregunté:

—¿No te parece que espera un barco?

—¿Qué barco?

—¡Vete tú a ponerle el nombre, qué sé yo! Acaso de matrícula de Yucatán.

Los ojos azules de Pedrito se me quedaron mirando, inocentemente, con sus catorce años de edad y de mar:

—No sé lo que dices.

—Querrá irse de Cuba.

—Dijo que volvía a puerto, que cuando se vayan las calmas arribará a la costa de nuevo.

—¿Tú lo oíste?

—¡Claro!, se lo dijo a Mongo: “Mientras no haya viento estaré con ustedes, después volveré a casa”.

—¡Cómo!

—El acuerdo es ése, Lucio, volverlo a puerto cuando empiecen aunque sean las brisas del mediodía.

Luego el hombre no quería escapar, y era rico. Hay que ser langostero para comprender que estas cosas no se entienden; porque hasta una locura cualquiera piensa uno hacer un día por librarse para siempre de las noches en el castillo de proa y los días con el cuerpo boca abajo.

Le quité los remos y nos fuimos para el barco sin más palabras.

Cuando pasé por frente de la popa miré; estaba casi boca abajo. No miró nuestro bote ni pareció siquiera oír el golpe de los remos y sólo tuvo una expresión de contrariedad cuando una onda del remo vino a deshacer bajo su mirada el pedazo de agua clara por donde metía los ojos hasta el fondo del mar.

Uno puede hacer sus cálculos con un dinero por venir, pero hay una cosa que importa más: saber por qué se conduce un hombre que es como un muro sin sangre y con los ojos grandes y con la frente despejada. Por eso volví a juntarme con el patrón:

—Mongo. ¿Qué quiere? ¿Qué busca? ¿Por qué paga?

Mongo estaba remendando el jamo de un chapingorro y entreabrió los labios para hablar, pero sólo le salió una nubecita del cigarro que se partió en el aire enseguida.

—¿No me estás oyendo?—insistí.

—Sí.

—¿Y qué esperas para contestar?

—Porque sé lo que vas a preguntarme y estoy pensando de qué manera te puedo contestar.

—Con palabras.

—Sí, palabras, pero la idea…

Se volvió de frente a mí y dejó a su lado la aguja de trenzar.

Yo me mantuve unos segundos esperando y al fin quise apurarlo:

—La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo ni de éste.

—Pero la respuesta sí tiene que ver con el otro mundo, Lucio —me dijo muy serio y cuando yo cogí aire para decir mi sorpresa fue que Pedrito dio la voz:

—¡Ojo, que nos varamos!

Nos echamos al mar y con el agua al cuello fuimos empujando el vientre del Eumelia hasta que se recobró y quedó de nuevo flotando sobre un banco de arenilla que giraba sus remolinos. Mongo aprovechó para registrar el vivero por si las tablas del fondo, y a mí me tocó hacer el almuerzo. De modo y manera que en todo el día no pude hablar con el patrón. Mas, pude ver mejor el rostro del hombre y por primera vez comprendí que aquellos ojos, claros y grandes, no se podían mirar mucho rato de frente. No me dijo una palabra, pero se tumbó junto a la barra del timón y se quedó dormido como una piedra. Cuando vino la noche el patrón lo despertó y en la oscuridad sorbió sólo un poco de sopa y se volvió a dormir otra vez.

Estaba soplando una brisita suave que venía de los uveros de El Cayuelo y fregué como pude los platos en el mar para ir luego a la proa donde el patrón se había tumbado panza arriba bajo la luna llena. No le dije casi nada, empecé por donde había dejado pendiente la cosa:

—La pregunta que yo hago no es nada del otro mundo ni de éste.

Sonrió blandamente bajo la luna. Se incorporó sin palabras y mientras prendía su tabaco, habló iluminándose la cara a relámpagos.

—Ya sé lo que puedo contestarte, Lucio, siéntate.

Pegué la espalda al palo de proa y me fui resbalando hasta quedar sentado.

—Escúchame, piensa que no está bien de la cabeza y que le vuelve el cuerpo a su dinero por estar aquí.

—¿Cabecibajo todo el día mirando el agua?

—El fondo.

—El agua o el fondo, ¿no es un disparate?

—¿Y qué importa si un hombre paga por su disparate?

—Importa.

¿Por qué?

De pronto yo no sabía por qué, pero le dije algo como pude:

—Porque no basta sólo con tener un dinero ajeno al trabajo, uno quiere saber qué inspira la mano que lo da.

—La locura, suponte.

—¿Y es sano estar con un loco a bordo de cuatro tablas?

—Es una locura especial, Lucio, tranquila, sólo irreconciliable con el viento.

Aquello otra vez, y me enderecé para preguntarle:

—¿Qué juega el viento aquí, Mongo? Ya me lo dijo Pedrito. ¿Por qué quiere el mar como una balsa?

—Lo digo: locura, Lucio.

—¡No! —le contesté levantando la voz, y miré hacia popa enseguida seguro de haberlo despertado, pero sólo vi sus pies desnudos que se salían de la sombra del toldo y los bañaba la luna. Luego, cuando me volví a Mongo vi que tenía toda la cara llena de risa:

—¡No te asustes, hombre! Es una locura tonta y paga por ella. Es incapaz de hacer daño.

—Pero un hombre tiene que desesperarse por otro —le dije rápido y comprendí que ahora sí había podido contestar lo que quería.

—Bueno, pues te voy a responder: el hombre cree que hay alguien debajo del mar.

—¿Alguien?

—Un caballo.

—¡Cómo!

—Un caballo rojo, dice, muy rojo como el coral.

Y Mongo soltó una carcajada demasiado estruendosa, tanto que no me equivoqué; de pronto entre nosotros estaba el hombre y Mongo medio que se turbó preguntando:

—¿Qué pasa paisano, se le fue el sueño?

—Usted habla del caballo y yo no miento, yo en estas cosas no miento.

Me fui poniendo de pie poco a poco porque no le veía la cara. Solamente el contorno de la cabeza contra la luna y aquella cara sin duda había de estar molesta a pesar de que sus palabras habían sonado tranquilas; pero no, estaba quieto el hombre como el mar. Mongo no le dio importancia a nada, se puso mansamente de pie y dijo:

—Yo no pongo a nadie por mentiroso, pero no buscaré nunca un caballo vivo bajo el mar —y se deslizó enseguida a dormir por la boca cuadrada del castillo de proa.

—No, no lo buscará nunca —murmuró el hombre— y aunque lo busque no lo encontrará.

—¿Por qué no? —dije yo de pronto como si Mongo no supiera más del mar que nadie, y el hombre se ladeó ahora de modo que le dio la luna en la cara.

—Porque hay que tener ojos para ver. “El que tenga ojos vea.”

—¿Ver qué, ver qué cosa?

—Ver lo que necesitan ver los ojos cuando ya lo han visto todo repetidamente.

Sin duda aquello era locura; locura de la buena y mansa…

Mongo tenía razón, pero a mí no me gusta ganar dinero de locos ni perder el tiempo con ellos. Por eso quise irme y di cuatro pasos para la popa cuando el hombre volvió a hablarme:

—Oiga, quédese; un hombre tiene que desesperarse por otro.

Eran mis propias palabras y sentí como si tuviera que responder por ellas:

—Bueno, ¿y qué?

—Usted se desespera por mí.

—No me interesa si quiere pasarse la vida mirando el agua o el fondo.

—No, pero le interesa saber por qué.

—Ya lo sé.

—¿Locura?

—Sí; locura.

El hombre empezó a sonreír y habló dentro de su sonrisa:

—Lo que no se puede entender hay que ponerle algún nombre.

—Pero nadie puede ver lo que no existe. Un caballo está hecho para el aire con sus narices, para el viento con sus crines y las piedras con sus cascos.

—Pero también está hecho para la imaginación.

—¡¡Qué!!

—Para echarlo a correr donde le plazca al pensamiento.

—Por eso usted lo pone a correr bajo el agua.

—Yo no lo pongo, él está bajo el agua; lo veo pasar y lo oigo. Distingo entre la calma el lejano rumor de sus cascos que se vienen acercando al galope desbocado y luego veo sus crines de algas y su cuerpo rojo como los corales, como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía.

Se había excitado visiblemente y sentí ganas de volverle la espalda. Pero en secreto yo había advertido una cosa: que es lindo ver pasar un caballo así, aunque sea en palabras y ya se le quiere seguir viendo, aunque siga siendo en palabras de un hombre excitado. Este sentimiento, desde luego, tenía que callarlo, porque tampoco me gustaba que me ganara la discusión.

—Está bien que se busque un caballo porque no tiene que buscarse el pan.

—Todos tenemos necesidad de un caballo.

—Pero el pan lo necesitan más hombres.

—Y todos el caballo.

—A mí déjeme con el pan porque es vida perra la que llevamos.

—Hártate de pan y luego querrás también el caballo.

Quizás yo no podía entender bien pero hay una zona de uno en la cabeza o una luz relumbrada en las palabras que no se entienden bien, cuya luz deja un relámpago suficiente. Sin embargo, era una carga más pesada para mí que echarme todo el día boca abajo tras la langosta. Por eso me fui sin decir nada, con paso rápido que no permitía llamar otra vez, ni mucho menos volverme atrás.

Como siempre, el día volvió a apuntar por encima de El Cayuelo y el viento a favor trajo los chillidos de las corúas. Yo calculé encontrarme a solas con Mongo y se lo dije ligero, sin esperar respuesta, mientras entraba con Pedrito en el bote:

—Olvídate de la parte mía, no le quito dinero al hombre.

Y nos fuimos a lo mismo de toda la vida: al agua transparente, el chapingorro y el fondo sembrado de hierbas, donde por primera vez me eché a reír de pronto volviendo la cabeza a Pedrito:

—¿Qué te parece —le dije—, qué te parece si pesco en el chapingorro un caballo de coral?

Sus ojos inocentes me miraron sin contestar, pero de pronto me sentí estremecido por sus palabras:

—Cuidado, Lucio, que el sol te está calentando demasiado la cabeza.

“El sol no, el hombre”, pensé sin decirlo y con un poco de tristeza no sé por qué.

Pasaron tres días, como siempre iguales y como siempre el hombre callado comiendo poco y mirando mucho, siempre inclinado sobre la borda sin hacerle caso a aquellas indirectas de Vicente que había estado anunciando en sus risitas y que acabaron zumbando en palabras:

—¡Hey!, paisano, más al norte las algas del fondo son mayores, parece que crecen mejor con el abono del animalito.

Aquello no me parecía una crueldad, sino una torpeza. Antes yo me reía siempre con las cosas de Vicente, pero ahora aquellas palabras eran tan por debajo y tristes al lado de la idea de un caballo rojo, desmelenado, libre, que pasaba haciendo resonar sus cascos en las piedras del fondo, y tanto me dolían que a la otra noche me acerqué de nuevo al hombre aunque dispuesto a no ceder.

—Suponga que existe, suponga que pasa galopando por debajo. ¿Qué hace con eso? ¿Cuál es su destino?

—Su destino es pasar, deslumbrar, o no tener destino.

—¿Y vale el suplicio de pasarse los días como usted se los pasa sólo por verlo correr y desvanecerse?

—Todo lo nuevo vale el suplicio, todo lo misterioso por venir vale siempre un sacrificio.

—¡Tonterías, no pasará nunca, no existe, nadie lo ha visto!

—Yo lo he visto y lo volveré a ver.

Iba a contestarle, pero le estaba mirando los ojos y me quedé sin hablar. Tenía una fuerza tal de sinceridad en su mirada y una nobleza en su postura que no me atreví a desmentirlo. Tuve que separar la mirada para seguir sobre su hombro el vuelo cercano de un alcatraz quien de pronto cerró las alas y se tiró de un chapuzón al mar.

El hombre me puso entonces su mano blanda en el hombro:

—Usted también lo verá, júntese conmigo esta tarde.

Le tumbé la mano casi con rabia por decirme aquello. A mí no me calentaba más la cabeza; que lo hiciera el sol que estaba en su derecho pero él no, él no tenía que hacerme mirar visiones ni de éste ni del otro mundo.

—Me basta con las langostas. No tengo necesidad de otra cosa. —Y le volví la espalda, pero en el aire oí sus palabras.

—Tiene tanta necesidad como yo. “Tiene ojos para ver.”

Aquel día casi no almorcé, no tenía apetito. Además, había empezado a correr en firme la langosta y había mucho que hacer. Así que antes que se terminara el reposo me fui con Pedrito en el bote y me puse a trabajar hasta las cinco de la tarde en que ya no era posible distinguir en el fondo ningún animalito regular. Volvimos al barco y lo peor para mí, fue que los tres: Vicente, Pedrito y Mongo, se fueron a la costa a buscar hicacos. Yo me hubiera ido con ellos, pero no los vi cuando se pusieron a remar. Me quedé en popa remendando jamos y buscando cualquier trabajo que no me hiciera levantar la cabeza y encontrar al hombre. Estábamos anclados por el sur de El Cayuelo, en el hongo. La calma era más completa que nunca. Ni las barbas del limo bajo el timón del Eumelia se movían. Sólo un aguijón verde ondeaba el cristal del agua tras la popa. El cielo estaba alto y limpio y el silencio dejaba oír la respiración misma en el aire. Así estaba cuando lo oí:

—¡Venga!

Se me cayó un jamo de la mano y las piernas quisieron impulsarme, pero me contuve.

—¡Venga, que viene!

—¡Usted no tiene derecho a contagiar a nadie de su locura!

—¿Tiene miedo de encontrarse con la verdad?

Aquello era mucho más de lo que yo esperaba. No dije nada entonces. De una patada me quité la canasta de enfrente y corrí a popa para tirarme a su lado.

—Yo no tengo miedo —le dije.

—¡Oiga… , es un rumor!

Aguanté cuanto pude la respiración y luego me volví a él:

—Son las olas.

—No.

—Es el agua de la cala, las basuras que fermentan allá abajo.

—Usted sabe que no.

—Es algo entonces, pero no puede ser eso.

—¡Óigalo, óigalo…, a veces toca en las piedras!

¿Qué oía yo? Y lo que oía, ¿lo estaba oyendo con mis oídos o con los de él? No sé, quizás me ardía demasiado la frente y la sangre me latía en las venas del cuello.

—Ahora, mire abajo, mire fijo.

Era como si me obligara, pero uno pone los ojos donde le da la gana y yo volví la cara al mar, sólo que me quedé mirando una hoja de mangle que flotaba en la superficie junto a nosotros.

—¡Viene, viene! —me dijo casi furiosamente, agarrándome el brazo hasta clavarme las uñas, pero yo seguí obstinadamente mirando la hoja de mangle. Sin embargo, el oído era libre, no había dónde dirigirlo, hasta que el hombre se estremeció de pies a cabeza y casi gritó:
—¡Mírelo!

De un salto llevé los ojos de la hoja de mangle a la cara de él. Yo no quería ver nada de este mundo ni del otro. Tenía que matarme si me obligaba, pero súbitamente él se olvidó de mí; me fue soltando el brazo mientras abría cada vez más los ojos, y en tanto yo, sin quererlo, miraba pasar por sus ojos, reflejado desde el fondo, un pequeño caballito rojo como el coral, encendido de las orejas a la cola, y que se perdía dentro de los propios ojos del hombre.

Hace algún tiempo de todo esto, y ahora de vez en cuando voy al mar a pescar bonito y alguna que otra vez langosta. Lo que no resisto es el pan escaso, ni tampoco me resigno a que no se converse de cosas de cualquier mundo, porque yo no sé si pasó galopando bajo el Eumelia o si lo vi sólo en los ojos de él, creado por la fiebre de su pensamiento que ardía en mi propia frente. El caso es que mientras más vueltas le doy a las ideas, más fija se me hace una sola: aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres.

 


1959