Nota introductoria

 

Después de Rulfo y antes que Borges, murió el cubano Onelio Jorge Cardoso (1914-1986). Mientras en México la noticia apenas se difundió con un cable de Prensa Latina, en La Habana se comentaba que murió escribiendo, pues antes de desplomarse sobre su máquina le había dicho a su esposa por cuál de los tres finales posibles de un cuento se había decidido.

Onelio no fue un escritor pulcro ni erudito como Borges; tampoco un cuentista lacónico y perfecto como Rulfo. Fue un cuentero “de pico fino para contar cosas” como su personaje Juan Candela. Esta modalidad narrativa, que en México ha tenido continuadores como Eraclio Zepeda, Juan de la Cabada, Herminio Martínez y Gerardo Cornejo, fue para Cardoso un producto natural de sus vivencias. “Mi padre —le dijo a Ernesto García Alzola— era un narrador espontáneo asombroso. ¿Tú ves el estilo de mis cuentos? Pues así hablaba. Iba al grano y tenía una gracia natural que se me fue pegando. Había otro en mi pueblo que en el parque contaba por el estilo y con mucha palabra linda. No sé, ¿cómo voy a decirte que vengo de Salgari y de otros autores semejantes, que eran los únicos narradores que conocía? (…) Claro, después en el camino sí leí a Quiroga, que me enseñó mucho, a Chéjov, a todos los que he podido, porque creo que nadie nace del aire ni se forma sin otros, aunque yo me he mantenido siempre fiel a mi manera de contar.”

Hay quien dice —Josefina Hernández Azarat, en Algunos aspectos de la cuentística de O.J.C., 1982— que la obra de Cardoso tiene dos etapas: una que va de 1940 a 1964, y otra de 1964 hasta sus cuentos escritos en los ‘80s. La primera estaría marcada por la presencia del campo y sus guajiros, mientras que en la segunda aparecerían los pequeños pueblos y ciudades como escenarios. Supuestamente, su segundo periodo creador estaría marcado por la superioridad de la técnica narrativa.

Confieso que mi lectura no me ha dejado esa sensación de dos fases. Onelio casi nunca se sale de sus monólogos, de su punto de vista omnisciente y de sus diálogos que no buscan la fidelidad fonética (como sucede en los relatos de Luis Felipe Rodríguez), sino captar y destilar los giros populares de un modo semejante a como lo hizo Rulfo. Ni antes ni después de la Revolución, Cardoso dejó de frecuentar a sus mismos personajes (pescadores, niños, carboneros, vendedores, hombres del pueblo) y sus escenarios siempre fueron el mar, la ciénaga, el campo y la pequeña ciudad.

Otra constante del trabajo de Onelio Jorge Cardoso, tanto pre como posrevolucionaria, fue la de las dos hambres. Desde 1959, año en que escribió uno de sus cuentos más hermosos, “El caballo de coral”, sostuvo que al hombre no le basta con el pan, sino que también necesita soñar. Aun en sus relatos más desoladores sostiene que el hombre necesita comer e inventar fantasías, como ese caballito de color coral, “como la sangre vista dentro de la vena sin contacto con el aire todavía”, que los langosteros escuchaban galopar sobre las piedras del fondo marino.

Onelio sí fue un realista, pero también un limpio indagador de los rincones más oscuros del hombre. No todos sus trabajos son buenos —algunos no pasan de ser estampas—, pero todos ellos transpiran una apacible generosidad, un cálido afecto que prefirió expresar en la oralidad más que en la narración de estructura compleja. Y como en este mundo hay lugar para cuentistas y cuenteros, despidamos con un mínimo homenaje a ese viejo noble y hermoso, al cuentero mayor.

 

Vicente Francisco Torres