Nota introductoria

 

En los primeros meses de 1967 propuse a Carlos Monsiváis que escribiera una novela para la Editorial Diógenes que acabábamos de fundar Rafael Giménez Siles y yo. A José Luis Cuevas le formulé la misma propuesta. Y les hice esta invitación sin que ninguno se dedicara a crear obras narrativas por un solo motivo: porque los dos oralmente contaban historias con limpieza y efectividad.

Monsiváis era un prosista en ascenso, pero entre sus intereses literarios inmediatos no figuraba el cuento ni la novela: redactaba crónicas, guiones radiofónicos y ensayos, y en esos tres campos hacía suyos algunos procedimientos de la prosa de ficción para cumplir de mejor manera sus propósitos. Veinte años después, Monsiváis todavía no escribe esa novela, aunque sí ha urdido un poco afortunado volumen de narraciones breves, Catecismo para indios remisos. Hoy ya no le propondría que escribiese una novela sino que se atreviera a escribir su autobiografía. Carlos aún no lo sabe, pero tiene pasta de memorialista.

Cuevas en ese entonces aún no descubría su capacidad literaria, que resultaba evidente para los lectores atentos del suplemento “México en la Cultura” del periódico Novedades. José Luis llegó a la literatura por el periodismo: todavía recuerdo como si hubiesen aparecido el domingo anterior, los memorables artículos con que justificaba sus puntos de vista pictóricos y arremetía contra los creadores de la Escuela Mexicana de Pintura, con los que tiene (sobre todo con Diego Rivera) varios puntos de contacto: el amor irrestricto por la autopublicidad, el amor (terco como ala de mosca) por las mujeres y la manera mítica de encarar el mundo y la vida.

Por momentos, en esos trabajos polémicos, Cuevas dejaba atrás el periodismo y se metía a saco dentro de la prosa narrativa cuando contaba pedazos de su vida, más próxima a la vanidad que a la modestia tal como la entienden las personas apocadas. También le ayudaron a convertirse en escritor las frecuentes entrevistas y conferencias que ha dado sobre sí mismo.

Si los textos narrativos pueden dividirse en dos grandes categorías: los de acción y los de introspección; los que responden a la pregunta ¿y luego? y los que contestan a esta otra, ¿por qué?, los textos de Cuevas están inscritos en la primera categoría.

Son textos en que se cuenta una historia, casi siempre en forma lineal, de principio a fin. Textos en los cuales invariablemente el narrador-protagonista relata una anécdota que le sucedió a él en el pasado inmediato (rara vez en el remoto) o en el presente.

Esta anécdota por lo general tiene que ver con el sexo y rara vez con el amor: el narrador-protagonista se acuesta con las mujeres porque le gustan, nunca porque haya nacido entre ellas y él ese sentimiento recíproco que se llama amor. No conoce la ternura, se deja ir por los vericuetos de la atracción. Casi nunca aparece en este tipo de anécdota el erotismo, sí constantemente la sexualidad. El narrador-protagonista se preocupa por el número de amantes, por el número de eyaculaciones que tiene con cada una de ellas, poco o nada le importa el contexto en que cohabita ni, tampoco, la biografía inmaterial de cada orgasmo. Tiene prisa. El amor es para él algo importante, pero no único ni definitivo.

El narrador-protagonista es desde la primera juventud una persona importante que dedica a su arte, la pintura, lo mejor de sí mismo. En cada texto da muestras del amor con que ejercita su oficio y del interés con que lo promueve. Es un artista, un gran artista, y, también, un promotor, un gran promotor. A ratos se dedica a construir el pedastal de su estatua y en otros descansa allá arriba, acostumbrándose desde ahora a la pose con que lo coagulará la historia.

Cuando no se dedica a la pintura, a acostarse con cuanta mujer se le para por enfrente, a autopromocionarse, a gozar de su fama y dinero, el narrador-protagonista tiene tiempo (poco tiempo) para contar a los lectores cómo fueron los escenarios sucesivos en que transcurrieron su adolescencia, juventud y madurez.

Se da tiempo, también, para dibujar con unos cuantos trazos sugerentes a algunas de las personas que han sido capitales en su vida: su esposa, sus hijas, su hermano, sus padres, los pintores compañeros de generación, sus amigos y enemigos (que cambian conforme se suceden las edades), los escritores de la mafia, los políticos y ciertos grandes artistas de México y el mundo.

En estos textos, que a veces son instantáneas, viñetas, relatos, los personajes, si se descuenta al narrador-protagonista, poseen escasa relevancia, prenden su luz por un momento y nunca vuelven a brillar. Cumplen papel de comparsas. Algo más sobre estas criaturas: no todas proceden de la realidad certificada; proceden muchas veces de la poderosa imaginación del narrador-protagonista. Quiero decir que estos textos no copian necesariamente la realidad sino que en ocasiones la violentan, la desintegran y la vuelven a armar conforme a los intereses y propósitos del narrador-protagonista.

A Cuevas, el narrador-protagonista, lo admiro tal como es: petulante, egocéntrico, extrovertido. Antes jugaba este juego en la vida cotidiana, ahora lo ha trasladado a la literatura con resultados positivos: es un narrador de la cabeza a los pies. Si se ordenaran de cierta manera estos relatos, publicados primeramente en un periódico capitalino, podrían integrar la novela que hace veinte años le propuse a José Luis para mi pequeña casa editora. 

 

Emmanuel Carballo