Mercado de carne en Sausalito

 

Había regresado a San Francisco para firmar las ediciones de grabado que meses atrás había hecho para la Collectors Press. Como era mi costumbre, en esa época los viajes los efectuaba en barco. Era una delicia tomar un barco de la línea inglesa P and O en Acapulco, tomar el sol, comer bien y después desembarcar en San Francisco, con la mente descansada, la piel tostada y el ánimo dispuesto para el trabajo y la aventura. Me hospedé en el hotel Sir Francis Drake y apenas me encontraba abriendo mi equipaje cuando sonó el teléfono. Era una mujer y se identificó como Ruth. Me invitaba a una fiesta que esa misma noche tendría lugar en un barco anclado en el muelle. Ella misma pasaría a buscarme al hotel y me aseguraba que no iba a arrepentirme de asistir a la fiesta que reuniría a la gente más importante de San Francisco y de otras ciudades. Efectivamente: desde Nueva York habían venido más de cincuenta invitados para asistir a lo que se consideraba “la fiesta del año”. De Los Ángeles llegarían estrellas cinematográficas y después recordaría mi breve encuentro con Sharon Tate, que llegó sin Polansky, y con quien tuve oportunidad de intercambiar unas palabras, las suficientes como para advertir que era una mujer atemorizada. Observé que, mientras hablaba, miraba a menudo hacia atrás como si esperara a alguien. Le pregunté la razón de su inquietud y ella, en un susurro, me dijo que su angustia era el resultado de un sueño que había tenido en el que era perseguida por unos hombres que acababan destrozándola con un cuchillo.

Ruth era una mujer de belleza insólita. Pasó a recogerme en su pequeño auto europeo. Mientras nos dirigíamos a los muelles me informó brevemente sobre su vida: estaba casada con un hombre muy rico y era coleccionista. Ya habría oportunidad para que visitara su casa y conociera sus cuadros. Todos ellos de firmas cotizadísimas. El marido se encontraba en Europa.

En el barco, Ruth saludaba a todo mundo. Allí me presentó con Sharon Tate y con muchas otras luminarias del cine. También me introdujo con los dealers de pintura que habían venido de Nueva York. La trataban con gran deferencia; la consideraban una figura esencial que en sus visitas a Nueva York no dejaba de frecuentar las galerías donde siempre compraba cuadros de primer orden. Me encontré con algunos conocidos. Estaban mis editores y algunos dueños de galerías de San Francisco y Los Ángeles. Sin embargo, Ruth me acaparaba y cortaba mis conversaciones para llevarme a otro sitio y continuar presentándome a sus amigos, que eran casi todos los invitados. Al caminar por los pasillos pude advertir que en los camarotes había parejas que se abrazaban apasionadamente. No tenían ni siquiera el cuidado en correr las cortinas y aun llegué a notar mujeres desnudas. Una de ellas me resultó conocida. Se trataba de una famosa actriz, muy en boga en la década de los cincuentas. Me causó pena ver su cuerpo devastado por la edad, y aun me provocó cierta náusea y me abstuve de seguir atisbando por las ventanas.

En el comedor fui presentado a unos señores de frac. Estaban borrachos y apenas pudieron ponerse en pie para abrazar y besar a Ruth. Traían los labios pintados y dejaron sus huellas en las mejillas de mi amiga. Eran ya mayores y después volvería a encontrarlos de rodillas frente a un joven que los miraba con desdén. Ruth me había advertido que se trataba de prominentes productores de cine. Al final de la fiesta, uno fue encontrado muerto en uno de los camarotes. Me dijeron que se le halló tumbado sobre un enorme retrato de James Dean. Había muerto de un infarto masivo. Ruth me contó que ese hombre tenía una extraña manía: comprar ropa interior de mujeres del cine y ponérsela. Poseía una colección impresionante. La ropa la usaba sólo en las grandes ocasiones. Dicen que en la fiesta de barco se había puesto prendas de Marilyn Monroe. Al desnudar su cadáver descubrieron que eran de seda finísima y tenían el nombre de la estrella bordado preciosamente.

Me retiré con Ruth de la fiesta a las cuatro de la madrugada. Me pidió que la acompañara a un hotel de Tiburón. Al llegar descubrió a unos amigos del marido que por fortuna no alcanzaron a vernos; y salimos huyendo. Terminamos en el apartamento de una amiga en Sausalito que nos dejó entrar en una de las recámaras. Ahí permanecimos tres días y sus noches. La amiga aparecía de vez en cuando sólo para decir que tenía algo en la cocina para comer. Durante ese tiempo supe cosas sorprendentes de Ruth. Siendo extraordinariamente rica ejerció por vicio la prostitución en Hamburgo en el curso de un viaje que había efectuado con el marido. Los relatos de su experiencia eran espeluznantes. De allí surgió una serie de obras mías que titulé “Mercado de carne en Hamburgo”. La mujer se enamoró de mí y quiso prolongar nuestra estadía en Sausalito. No acepté. Con firmeza le pedí que me llevara a mi hotel de San Francisco, pues debía de empezar a firmar mis litografías.

Durante un par de días permanecí en el taller sin ver a nadie. Rehusé invitaciones. Me sentía muy fatigado, con ganas de terminar mi trabajo y regresar a México. Había prometido llamar a Ruth pero no lo hice. Ruth tampoco llamó. Firmé y numeré cientos de litografías. Un lunes por la mañana terminé mi trabajo. Por la tarde tomaría el barco que me regresaría a Acapulco. Bill Wagner había quedado en llevarme al muelle. Intenté comunicarme con Ruth pero el teléfono siempre sonó ocupado; quería despedirme. Ya en el auto con Bill Wagner, le dije que faltaba mucho para que mi barco zarpara y que había tiempo de detenernos en casa de Ruth para despedirme y de paso conocer su colección de arte de la que tanto me había hablado. Le indiqué la dirección: era en la calle Vallejo.

Un criado mexicano nos hizo pasar a la sala. Allí pude ver cuadros de enorme valor artístico. El lujo de la casa era superior al que yo había imaginado. El criado apareció de nuevo para decirme que subiera a la habitación de la señora donde ella me esperaba. Bill Wagner se quedó en la sala. Ruth estaba en la cama con el rimel de los ojos escurrido como si hubiera llorado. Me invitó a sentarme a su lado. El marido continuaba en Europa; todavía estaría ausente una semana más. Me pidió que le hiciera el amor pero no accedí. Me mostró una libreta donde tenía anotados los nombres de aquellos con los que se acostó en Hamburgo, así como el dinero que recibió de ellos. Eran cifras irrisorias. Ruth se cotizó bajísimo en su breve carrera de prostituta en Alemania. Me recordó los días que pasamos en Sausalito. Me preguntó si había sido feliz con ella. Asentí; me pidió que le entregara cincuenta dólares; era lo que le debía por los favores recibidos. Me quedé azorado. Por encima de la cama de Ruth había un cuadro de Picasso por el que posiblemente se habrían pagado cientos de miles de dólares. Saqué mi cartera y pagué. Ruth dejó el dinero en el buró y en la libretita escribió mi nombre, agregando la cifra y entre paréntesis, Sausalito. Con asombrosa frialdad me pidió que me retirara. Nunca volví a saber de ella.