El traje de Benítez

 

Escribo estas líneas postrado en la cama, con fiebre muy alta. Ayer comenzó el malestar. Nada alarmante al principio. Nunca pensé que al llegar la noche estuviera con temperatura tan elevada y con dolores tan intensos en diferentes partes del cuerpo. Hasta ahora me he resistido a llamar al médico. Prefiero afrontar solo la enfermedad, ateniéndome a mis precarios conocimientos de la medicina. Como sea, conozco bien mi organismo y con mis libros de medicina, sobre todo el vademecum, casi siempre acierto. Hoy he roto tres termómetros. Resulta que al sacudirlos, para bajar el nivel del mercurio, los estrellé contra el buró. En el segundo accidente me herí el dedo índice y tuve que pedirle a Bertha que me diera un alfiler desinfectado, pues se me ocurrió que podía tener enterrada una esquirla de vidrio y me estuve escarbando la carne sin encontrar nada pero esto provocó un mayor desangramiento. Esto no es grave: me apliqué un poco de Colubiazol y después cubrí mi dedo con un curita. Bertha y Mariana están muy preocupadas con mi súbita enfermedad, pues el sábado 18 de octubre será la boda y me quieren sano y en pie para ese día. Yo les he dicho que no hay de qué preocuparse. Estas enfermedades como llegan se van. Desde hace años no recuerdo ninguna dolencia que me haya durado más de una semana. Mis males son muy aparatosos pero duran poco. Hace dos semanas me indispuse. Estaba trabajando como jurado en un certamen de acuarela cuando un dolor intenso en el abdomen me impidió moverme e incluso respirar. Me quedé inmovilizado en una silla. María Victoria Llamas llamó rápidamente a un médico amigo suyo y fui trasladado a su consultorio de inmediato, pues podía tratarse de una apendicitis, ya que el dolor era más intenso del lado derecho y aumentaba cuando levantaba la pierna. Tras una breve auscultación el médico desechó la idea que me preocupaba y me mandó una medicina contra una colitis de origen nervioso. El dolor desapareció pronto pero en cambio me alarmé e indigné cuando se me cobraron cuarenta y un mil pesos por unos pocos minutos de atención médica.

Alguien me ha comentado que estos problemas de salud pueden deberse a la nerviosidad que me ocasiona la boda de Mariana. Puede ser. El traje que me mandé hacer no me gusta nada. Me resisto a ponérmelo en ocasión tan importante. Me siento ridículo en él. El sastre fracasó rotundamente, a pesar de sus pretensiones de ser el sastre de los presidentes. En días pasados Georgina y Fernando Benítez nos invitaron a comer a Bertha, a Mariana y a mí, para tratar el asunto de mi traje. Fernando es un hombre de gran elegancia y fui con la seguridad de que me daría solución a mi problema. Me pidió que lo acompañara a su recámara y de su clóset sacó varios de sus trajes que puso sobre la cama. Me dijo que me los probara. El primero resultó demasiado estrecho pero el segundo me quedó impecable. Es negro y elegantísimo. Después me hizo probar una camisa que pareció hecha a mi medida y mi “ajuar” con unos tirantes grises y una deslumbrante corbata roja. “Estás elegantísimo, hermanito”, me dijo Benítez, y ya vestido con su ropa bajamos para que Georgina, Bertha y Mariana me vieran. Casi no me reconocieron. Durante una hora fui objeto de comentarios. Se me prohibió que me quitara el traje a la hora de pasar a la mesa. Me cubrí con una servilleta el pecho y con otra las piernas, pues temía mancharme. Realmente me sentía otro, tenía conciencia de mi buen ver y mis movimientos se hicieron lentos y aristocráticos. Cambié aun el tono de la voz y mi conversación fue más culta. Todo esto porque mi cuerpo estaba dentro de un traje de Fernando Benítez. Incluso él llegó a decirme que parecía su hermano menor y descubrimos que el color de nuestros ojos es el mismo. Cuando nos levantamos de la mesa, para ir a la biblioteca, sentí que caminaba como Fernando. Le pedí que el día de la boda me acompañara en la iglesia de Chimalistac para que lleváramos hasta el altar a Mariana. Accedió gustoso. Él también se pondrá un traje negro como el que me ha dado y yo sentiré que camino con mi doble.

Desde la cama oigo la lluvia que no ha dejado de caer desde hace cinco horas. Interrumpo por ratos la redacción de estas páginas para mirar con melancolía los chorros de agua. El patio se ha anegado. Bertha dice que está cayendo granizo pero yo no lo veo. Siento que la fiebre empieza a bajar. Ya no me duele el cuerpo. Miro el traje negro que usaré en la boda. Está frente a mí en una silla. Me incorporo y me visto con él. Voy al vestidor y me contemplo en el espejo. A pesar de mi rostro demacrado por la fiebre que tiende a desaparecer me veo elegantísimo. Vuelvo a la cama con intención de reposar. Me acuesto después de regresar el traje a la silla. Quiero sanar pronto. Me impaciento porque todavía faltan muchos días para la boda. No sé si vayan a confundirme con mi doble. Tal vez.