Nota introductoria

 

Pese a los diversos géneros literarios que cultivó, Rafael Bernal (México, D.F., 1915-Berna, Suiza, 1972) es uno de nuestros escritores más injustamente olvidados.

Inició su trabajo literario con un tomito de “prosa poética” titulado Federico Reyes el cristero (Editorial Kanek, 1941), donde ya estaban las preocupaciones religiosas que permearían toda su obra a lo largo de 28 años. Luego vino su único libro de versos, Improperio a Nueva York y otros poemas (Ediciones Quetzal, 1943), que en términos amorosos y broncos impugnaba al mundo mecanizado y celebraba algunos episodios de nuestra historia.

En 1945 la Editorial Polis publicó su novela Memorias de Santiago Oxtotilpan, que no es sino la sátira de los altibajos de un pequeño pueblo a lo largo de cuatro siglos. Después aparecieron Trópico (Editorial Jus, 1946), Su nombre era muerte (Editorial Jus, 1947), y El fin de la esperanza (Editorial Calpulli, 1948). En los cuentos del primer libro, Bernal identificaba al hombre con su medio ambiente y contrastaba la sierra chiapaneca, alta y pura, con el estero bajo y sucio; en el segundo, con pujante originalidad, volvía a novelar el conflicto de civilización vs. barbarie; El fin de la esperanza era una novela que ponía énfasis en los problemas campesinos.

Gente de mar (Editorial Jus, 1950), es uno de los libros más bellos que escribió Bernal. Con él incursionó en la historia y en la biografía al narrarnos las hazañas de algunos de los más famosos piratas que en el mundo han sido.

El Diccionario de escritores mexicanos registra Caribal (Ediciones La Prensa, 1956), una novela a la que no he tenido acceso.

La dramaturgia no podía ser extraña a Rafael Bernal y, en este terreno, entregó un volumen donde se recogen tres de sus piezas: “Antonia”, “El maíz en la casa” y “La paz contigo” (Editorial Jus, 1960). Mientras las dos primeras abordan el tema de la Revolución como un hecho violento y sanguinario que no trajo logros significativos para los campesinos, la tercera se desarrolla durante la guerra cristera y propone la caridad como solución para aquella lucha intestina.

Paralelamente a su trabajo literario oficial, nuestro autor cultivó la narrativa policial con Un muerto en la tumba, Tres novelas policiacas (ambas publicadas en 1946 por la Editorial Jus), “La muerte poética” y “La muerte madrugadora”. Estos dos cuentos los publicó la revista Selecciones Policiacas y de Misterio en sus números cinco y 15, de 1947 y 1948, respectivamente. La mayor parte de estos casos los resolvió el detective aficionado don Teódulo Batanes, un tipo miope y repetitivo que Bernal creó siguiendo el modelo del Padre Brown, de Chesterton.

Casi todos los libros que llevamos citados son prácticamente desconocidos al menos por dos razones: porque fueron publicados en editoriales de escasa circulación —en el caso específico de la Editorial Jus encontrábamos el estigma de que era reaccionaria y religiosa— y porque Bernal no los promovía pues como diplomático estaba fuera del país y lejos de los grupos literarios de poder.

A partir de 1963, año en que Bernal publica Tierra de gracia en una editorial tan importante como el Fondo de Cultura Económica, las cosas cambian para él pues menudean las reseñas sobre sus libros. La misma casa editorial, en 1967, daría a conocer los cuentos que integran En diferentes mundos.

En 1969, Bernal llegó a la cumbre de su carrera con El complot mongol (Editorial Joaquín Mortiz). En esta novela el autor viraba del relato policial clásico, un tanto simplón y “teologizante”, a un tipo de ficción soez, ágil y atrevida que combina la novela negra y la novela de espionaje.

Sin lugar a dudas, Ensayo de un crimen, de Rodolfo Usigli, y El complot mongol, son las dos mejores novelas policiacas que se han escrito en nuestro país.

Con México en Filipinas (UNAM, 1965), Bernal había vuelto a esa pasión por la historia que tan común era entre sus familiares.

Ahora me encuentro ante un dilema: qué escoger de su vasta producción para esta brevísima muestra. Presentar fragmentos de novelas, es una majadería; incluir algunos poemas, no me parece acertado porque no son lo mejor que salió de su pluma; incluir “La media hora de Sebastián Constantino”, tal vez su mejor cuento, o el más famoso como parecen mostrar las antologías de Emmanuel Carballo y María del Carmen Millán, sería perder la oportunidad de mostrar textos desconocidos.

A fin de cuentas me decidí por un personaje de mar —que sin embargo no es el mejor trazado, pero historias como la de Caracciolo no cabrían con sus 70 páginas en este cuadernito—, “Gerónimo de Gálvez, Piloto del Rey”, y por un cuento de Trópico donde puede observarse la veta social, de denuncia, que tanto cultivó Rafael Bernal bajo el influjo de Ciro Alegría, Rómulo Gallegos y José Eustasio Rivera, entre otros.

 

Vicente Francisco Torres