Frente al mar


Excusa de la vida: la monotonía del movimiento impide el suicidio.

Larga agonía de un mal imaginario.

Cejijunto, solemne, con aire de continuo acierto, seguro y perfecto —tiempo de “andante maestoso”— sólo le interesaban las cuestiones graves: la belleza, el bien, el progreso, la ciencia.

Cuando se convenció de que había tocado un puerto seguro, al abrigo de los vientos de la fortuna, pidió prestada una teoría social, moderada y rotunda, y compró un respetable sistema religioso que resolvía, sin sobresaltos, todos los problemas.

El movimiento se demuestra andando. Sí, para el que anda. No, para el que ve andar.

Razón y sentimiento no se excluyen. Heráclito y Nietzsche llevaron al más alto grado la pasión de las ideas. En cambio hay más de un personaje, siempre contemporáneo, que hace dialéctica de sus sentimientos. Ilustraciones: los oradores, los profesores y los falsos poetas.

Este hombre tiene todos los dones del espíritu, menos el de la plenitud. Puede advertir todos los matices, nunca un conjunto. Conoce de la más leve psicología, no de las pasiones primitivas y esenciales. Posee a maravilla el color, no concibe el ritmo. Es voluntaria y tristemente limitado —yace en él la tragedia del detalle, la melancolía de la línea, el drama de lo incompleto, el desastre de la perfección minuciosa.

Para explicar su conducta unos invocan raros motivos intelectuales, otros pasiones complicadas, otros una sensibilidad extraña. Nadie ha caído en que el cansancio —sumisión al ritmo externo, abandono y renuncia— es la explicación.

Camina sin descanso. Sus pies sangran. Los vientos abren surcos en sus carnes marchitas. Busca el propio país, en donde nunca estuvo.

Con el pensar, con el sentir y aun con el no pensar y con el no sentir. De todas esas reducciones y de otras más ha sabido la filosofía.

   —¿Acaso la filosofía no es una necesidad?

   —La filosofía no es sino un deseo.

Se le prohibió una vocación en la época en que se tienen todas. Se le exigió una vocación en la época en que no se tiene ninguna.

Este es un hombre que hace la novela de su vida. Completa, estéticamente, su razón y sus sentimientos. Finge sus sensaciones. Naturalmente, nadie lo entiende. Naturalmente, él se envanece de ello.

“Un viejo es siempre un rey Lear”. —Un viejo es siempre un Polonio.

Cultivó el arrebato para dar razón de sí.

Su vocación es soberana: compone música en un mundo de sordos.

Vida magnífica, brillante como colada, sonora como un pean. Abundante gloria y recuerdo glorioso. Al doblar el cabo de la muerte, el Fundidor de Botones.

—Caminante, tu destino es cruel. Mis enigmas, frutos de la duplicidad melancólica de una edad insegura, no tienen solución. Los propone el deseo, los destruye el azar.

Acomodar es, a un tiempo, triunfar y perecer..