El mar lector


Leía sin propósito, con la actitud humana normal para los conceptos y para las imágenes, sin comprender completamente los primeros ni dejar de comprender enteramente las segundas. Entendía mal. Entendía a veces. Desentendía casi siempre. Era un lector común.

Señor, ¿para qué me diste un alma si no podía servirme de ella?

   —”Sé tu mismo”.

   —Sé lo esencial de ti mismo.

De los libros valen los escritos con sangre, los escritos con bilis y los escritos con luz.

La bondad, como un licor ardiente, quemó su corazón. Sus buenas obras envejecieron su voluntad y surcaron su rostro de arrugas graves como el pecado, tristes como el amor. Su vida fue una ofrenda marchita de incorruptible bien —bien hecho sin descanso, sin deseo y sin bondad.

Optimista impecable: por las noches zurce su corazón.