> width= Reinaldo Montero



Selección y nota
introductoria de Emmanuel Carballo



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Nota introductoria

 

 
 

Las letras cubanas inician una nueva etapa de su existencia el 1o. de enero de 1959. Poco a poco va quedando atrás una literatura, sobre todo en la prosa narrativa, testimonial, ávida, añorante, costumbrista. Una literatura convicta y confesamente burguesa. Una literatura que, en algunos casos, posee altos valores artísticos.

De los grandes escritores cubanos que se formaron e iniciaron su carrera en el capitalismo (Carpentier, Lezama Lima y Piñera) ninguno fue más allá de su visión del mundo anterior al 59. Eso sí, perfeccionaron sus estructuras y depuraron sus estilos. Quizá algunas de sus mejores obras las escribieron después del triunfo de la Revolución.

La generación de narradores jóvenes que en el 59 habían cumplido los treinta años, o estaban a punto de cumplirlos, se portó admirablemente bien en el terreno humano (fueron casi todos excelentes ciudadanos); estéticamente su papel fue menos espectacular pero sumamente ilustrativo desde el punto de vista del autor que opta por la Revolución y trata de reflejarla en su obra. Escritores de transición, sus recuerdos los guiaron hacia el pasado y sus creencias hacia el futuro. Algún día —y este día, creo, ya no está muy remoto— la historia les dará el papel que les corresponde, el de adelantados de una empresa digna pero difícilmente realizable: la de agregar al sustantivo literatura el adjetivo socialista, empresa en la que se despeñaron innumerables escritores soviéticos, chinos y de la Europa Oriental.

La generación que nace ya dentro del ámbito de la Revolución Cubana, que sólo conoce el capitalismo en las conversaciones de la gente mayor, o en los libros, actúa literariamente de una manera distinta. A veces se atreve a llamar pan al pan y vino al vino, a veces (las condiciones políticas no les son siempre favorables, sobre todo en los años setentas) da un paso atrás porque sabe que en el futuro próximo podrá dar dos pasos adelante. No deja de ser revolucionaria pero, también, no se resigna a romper con la literatura. Generación digna de respeto y en cuya bibliografía figuran algunos títulos valiosos, yo la miro con respeto y agradecimiento. A ella debemos, los americanos de tierra firme, una lección importante, que el socialismo no es enemigo consustancial de la literatura. Y algo más, que literatura y socialismo pueden llegar a establecer una pareja bien avenida.

A esta generación de narradores pertenece Reinaldo Montero, autor de cuentos y novelas en los cuales Cuba y sus habitantes en nada se parecen a la isla y a sus pobladores que comparecen en obras como las de Carpentier, Lezama Lima, Pinera, Otero, Desnoes, Cabrera Infante, Díaz, Arenas y Arrufat. La Cuba de Montero no es, como se podría imaginar, el paraíso de los trabajadores. Es un pequeño país pobre (pero no miserable), aislado, que vive inmerso en sí mismo. (Como le ocurrió a la literatura mexicana comprendida entre 1910 y 1917.) El resultado de todo esto parecería inimaginable para un latinoamericano que vegeta en una débil república capitalista.

El mundo narrativo de Montero en lo accidental es distinto del mundo de un escritor mexicano de sus mismos años. En lo esencial, en cambio, el mundo de ambos es el mismo: en él surgen el amor y la amistad, el deseo, el terror a la muerte y el entusiasmo por la vida, la aceptación del trabajo y el gozo plural del tiempo libre.

Montero no es un escritor sencillo ni fácil, es un escritor que conoce a los grandes autores que entusiasman a los jóvenes y a los autores impares que han dado a la prosa narrativa actual su fisonomía y sus propósitos finales.

Quizá para el lector mexicano que lea estos textos narrativos lo más importante sea que a pesar de sus complejidades estructurales y estilísticas su comprensión no resulta altamente difícil.

 

 

 

Emmanuel Carballo

(El Contadero, 15 de noviembre de 1988)

 


 

Viaje de Enriqueta

 

 

Olvidar es un placer como la buena mesa, algo lindo, casi una Stefania Sandrelli que te dice, oh caro amore mío, y borra el mundo. Eso es olvidar. Y hoy por hoy yo no he olvidado, aunque ande camino del olvido. Ah, Stefania, la Sandrelli. La conocí cuando estuve en Roma. Yo venía de visitar la galería Piti donde vi el David de Da Vinci, había alquilado una góndola grande, no es caro, y me desembarqué frente a la columna de Trajano o Tarquino, un árabe de ésos, y allí mismito, recostada, Stefania con un vestido transparentoso, parecía un hada, entonces era un titi, una voz tan dulce. Como yo le meto algo a los idiomas y el italiano no es mi fuerte, me acerqué a la fresca y le dije jau du yu du an jaguaryú, madmuasel Sandrelli, y ella en seguida abrió los ojos asombrada y me contestó, comen boe, yu laikmi tu moch, mesié Enrique, y por poco me babeo. Paseamos en góndola, no es caro. Y no te cuento lo que hubo a la noche, por no entrar en detalles, pero para que vayas con algo te diría que lo de ella fue locura, locura total, así como suena. Mira, voy a darte un norte. Por la vida de un hombre pasan millones de mujeres. Tú estás como empezando, pero seguro que ya usted ha tenido sus experiencias. Digo empezando, por lo que te falta. A que usted no llega a treinta, ¿eh? Bueno, pues para que vea, yo mismo me tengo por un tipo convencional en la cosa, pero siempre curado de espanto, porque conmigo la vida ha sido pródiga. Si usted hubiera chocado con esa niña como choqué yo, desde las once de la noche hasta las siete de la mañana del otro día, y sin pegar un ojo, entonces sí sabría lo que es la maroma. Mira mira, no hago más que acordarme y me erizo. A donde llegó esa mujer se acabó el mundo.

Ve poniendo otras dos, Manco.

Qué lástima no haberme tirado una temporadita más larga. En una semana no da tiempo, y por desgracia la vine a conocer el día antes de echar para acá. Mi socio, eso es lo peor que me ha pasado en los días de mi vida, y lo peor que le puede pasar a cualquiera. Desde las once hasta las seis del otro día, o las siete, no recuerdo bien. Me dejó en candela. Pero bueno, cogí mi pedacito de Stefania por aquí, mi pedacito de esto otro por allá, y no me quejo. Sin contar con que estaba cumpliendo un deber, porque firmé el contrato y me traje la empacadora, una que pusimos en medio de la nave, era verde, de lo más linda que se veía, pero hubo que desmontarla. Ah, y le resolví un buen regalo a Martínez, que era lo más presente que tenía. Y, ya tú sabes, el pedacito personal de uno, como yo le digo. Ahorré, ahorré algo, pero Enrique si que no se aguantó la boca, y vio mundo, y ver mundo cuesta, y en Italia más que en cualquier otro lado. Te dan diez liras y es peor que si te dieran diez quilos, es agua esa lira de ellos, tú. Nada nada nada, no vale nada. Por una risa te clavan tres carretones de liras que puedes botar porque eso y calderilla es lo mismo.

Gracias, Manco.

Pero algo valen después de todo, la máquina se compró con liras, y uno se dio su toque de botines, gafas, chucherías. Lo que es la envidia. Mire, Caballo, no hice más que llegar, y empezó el lío. Te voy hablar de a hombre, porque usted es un tipo que siempre ha demostrado tener condiciones, por tranquilo, porque oye, y el que sabe está callado. Aquí entre nosotros, lo que pasó fue que en el apuro del día de regreso y con la matraca de acabar de gastar el dinerito que guardaste, me confundí y traje el prospecto y los planos y todo lo de la máquina en alemán. Imagínate, en alemán. Ese idioma no lo habla nadie. Bueno, los alemanes, y porque no les queda más remedio. En el mundo si hay diez que no son alemanes y lo hablan bien, es mucho. Entonces me dije, hay que vencer las dificultades, y me puse a darle para arriba y para abajo a aquel reguero de máquina, porque los muy italianos la habían repartido en pedacitos, como para que uno se volviera loco. Y la armé, cómo no la iba a armar. Cañonas aparte, pero lo hice, y resultó, ya al final trabajaba hasta tres horas sin interrupción. Lo que estaba trabando era un mecanismo inútil ahí que inventaron los traga-espaguetis, y esa cosa no la dejaba arrancar. Se lo quité y ya, al quilo. Cuando se paraba, apagaba, alguien se ponía a destrabar, y para alante el carro. Claro, después tuvo otras complicaciones y siguió recondenándome la vida por un buen tiempo. Eso te demuestra que la gente habla de las cosas de afuera como la maravilla. Cáscara, lo que fabrican afuera es cáscara.

Trae esas mismas, Manco. Oye, arrímalas para acá, chico, ¿o quieres que te la coja de la bandeja? Ah, cara. Y ve preparando otro par.

El problema fue que de buenas a primeras empezó a trabajar tan mal que escachaba las unidades, y después vino lo del accidente. Todavía hay gente que se acuerda, ya te deben haber dicho. Era que a lo último se trababa demasiado, y la producción, un desastre. Había que entrar a resolver el atolladero sin apagar la máquina, o no acabábamos nunca. Da pena, una mano le hace falta al más sonso, y de verdad que el hombrín del accidente sigue siendo un pan, y mi amigo. Tuvimos que interrumpir definitivamente la explotación del equipo. Pero fue una galleta sin mano al imperialismo y a los envidiosos. Fíjate, yo descubrí que había piezas que le servían a las máquinas viejas que teníamos de toda la vida, porque por aquellos años el mantenimiento era prácticamente imposible, máquinas del tiempo de la bomba, si el vejestorio de hierros esos andaba de milagro. Fíjate bien para que veas lo que es optimizar. Todavía la pizarra de mi equipo está en Corte y Empaque, la pizarra de tantas lucecitas y una forma así, de lo más elegante. En la zona de la carrilera quedan rodillos que fueron de la máquina que yo traje. En el rincón donde tú menos te imaginas, en los baños de las mujeres, los portatoallas son de unas barras así que ella tenía. Y en otros mil lugares... Sin contar que muchas piezas se guardan en mantenimiento, creo que las tienen amontonadas en el pasillo que da al taller, porque seguro pueden ser útiles en cualquier chance, y de esto que te cuento hace, bueno, fue por los sesenta, hasta por la matemática. Resolvió una situación y sigue siendo útil.

Gracias, Manco. No se me ponga bravo, ¿eh?

Pero cuando uno cae en desgracia nadie le tira un cabo, ni la madre que lo parió, nadie te agradece. Ahora van a comprar toda una línea, y a quien le van a dar el viaje es al muchachito ese nuevo, Chucho o Chuqui, que cayó en paracaídas de la universidad. No sabe nada de nada, porque el trabajo lo es todo, vamos a estar claro. La experiencia es lo que cuenta al final y desde el principio, lo demás es bobería. A ver, ¿qué sabe de la fábrica el Chicho o Chichi ese? Qué va a saber, si en la universidad te dan un pico y una pala y una patada por el culo para que salgas a buscártela. Yo sí soy un cuadro, no un improvisado de mierda, aunque me tengan aterrillado manejando el towmotor. De pronto todo lo que has hecho está mal, y entonces llueven los palos. De madre, para que usted sepa. Lo peor es que uno hizo su viaje, que se ha ganado, porque a ver, ¿qué se pudo haber ganado el Cheche o Chequi ese?, si no tiene ni experiencia de la vida, porque no puede tenerla.

Ve sirviendo otra, Manco.

Lo peor es que llegas allá, a Italia, con ilusión, y vas a parar a un pueblito de campo donde el diablo dio las tres voces, cinco casas, peor que decir Arriete o Parquealto, y tú metido en ese hoyo, hecho un mentecato, de la fábrica a la casita, de la casita a la fábrica, recibiendo unas clases que ni se entendían. Sí, chico, porque antes de ir yo estuve estudiando italiano seis meses, que no son uno ni dos, y lo aprobé con buenas notas. Pero el italiano de Italia es otro italiano. Allá no se habla como aquí.

Manco, Manco. Echa para acá. No seas desconfiado, no te las voy a coger de la bandeja como ahorita si usted no me permite. Que eches para acá. Quiero que mi socio te conozca. Ah, deja eso, venga, hombre, lléguese, ¿qué pasa? Usted aquí. A ver. Manco, cara, tú sí eres mi amigo, tipo redondo, así de redondo. Le digo póngame una, y si tienes, porque a veces no tienes, porque mira que a ti te faltan cosas, quiero decir, te sobra de hombre pero te falta también. Sé crítico contigo, ante todo y ante todos, tú me entiendes. ¿Tú me entiendes? No, deje a ésos comemierdas que esperen. Usted aquí conmigo, ¿qué pasa? Manco, yo sé que usted me aprecia, y tú sabes que yo te llevó. Sería un charco si no te diera un abrazo ahora mismo. Sí, un charco. Venga ese abrazo. Manco, tú eres un tipo cortado, pero sincero, siempre sincero. Usted tendrá su defecto, pero nada, para mí es como si fuera perfecto. ¿Viste qué lindo me salió lo del charco? Sería un charco. ¿No te huele a poesía, Manco? Sería un charco. Que un hombre considere que sería un charco. Es tremendo. No se vaya, salude a mi amigo. Esa es la cosa. Yo sé que usted me respeta, cuando le digo póngame una, si tienes, que a veces no tienes, me la pone sin tema, aunque hayan mil delante. ¿Verdad, Manco? Si puedes o no puedes, usted me la trae. No eres un rencorista del coño de su madre como tanto resentido que anda por ahí. Nosotros somos como hermanos. ¿Verdad, Manco? Somos más que hermanos, por lo que pasó. Manco, mi hermano, yo espero que de hoy a mañana me caiga el olvido. Tú eres el mejor, tú sí olvidaste rápido. Te envidio, de verdad. Está bien, siga su trabajo, atienda a la gente, conmigo no tienes tema. Haga, haga lo suyo. Y gracias, Manco, de a hombre. Ahorita nos traes otra.

Verdad que siempre lo toco sabroso, pero no me falla nunca. Italia me falló. Déjame decirte que casi viro al segundo día sin esperar la semana. Aquello fue como estar movilizado. Peor. Sin dominó. Sin radio, porque esos italianos no tienen música que sirva, chico. Con un televisor sin colores, entonces no existían los colores, y el cabrón aparato no era más que anuncia esto y anuncia lo otro, o si no, aparecía un tipo, muy serio él, eso era a cada momento, y se ponía a hablar hasta por los codos, y en italiano, como para recordarte que eras un apapipio. Nada, que lo que hice fue comprar postales y mirarlas por la noche y aprenderme los nombres y hacerme la idea de que estaba viendo mundo. Pero después de todo no me quejo, algo es algo.

Gracias, Manco.

Lo que más me jode es el Chiche para arriba y Chiqui para abajo que tiene ahora.

Manco, Manco.

Hasta éste me está fallando.

Manco, viejo, te pedí una fría, no una tibia. Manco.

¿Qué carajo le está pasando al mundo?

Óigame lo que le voy a decir, usted me hace el cabrón favor...

 


 

El despertar de Ángel

 

 

Sábado 1ro.

La felicidad es también un chasquido con movimiento de brazo después de dormir de un tirón, abrir los ojos sin sueño, acariciar la modorra durante cinco minutos y, al fin, saltar de la cama para producir otro ruido, ahora gutural, algo así como carajo, pero en tono de dar gracias, de saludo al despertador que se mantuvo impávido, al timbre de la puerta que no mortificó, a la ciudad que sigue siendo un continuo en sordina, a todas las formas del silencio, y chasquido y movimiento de brazo son buenos días al trozo de cielo incoloro que entra por la ventana, a la canturrea de Nena que puede distinguir si atenciona, Nena dice atenciona, y Ángel sonríe, buenos días, repite, ahora con palabras y bien alto, para Nena que no ha observado ninguno de sus movimientos, ni ha oído de los dedos que chasquearon dichosísimos, y por encima del runrún de ciudad se destaca la voz aguda, perfectamente campesina, que abandona el cantao y se proyecta, muchacho, qué vida, sabrosura verdad, brinca que tengo majarete, y con majarete Ángel descubre los sabores de su propia boca, de las encías, del paladar, boca ni ácida ni amarga ni dulce, boca de recién despierto, sin gustos extraños, menos en la zona caliente, la del empaste nuevo, y ya voy, Nena, dice, mientras orina grueso y es alivio, júbilo de abdomen y diafragma, como júbilo sería si el gallo de Otilio cantara a todo galillo buenos-días-sí, ¿o ya lo hizo?, ¿será muy tarde?, y sobreviene el segundo chasquido y empieza a organizarse el universo con buena aireación de piel, algo de ejercicio, nada de yoga ni aeróbicos, simple calistenia, sin enrevesadas contorsiones, sin música, al ritmo natural de un cuerpo en cueros estrenándose en la hora, mientras fragmentos a través de la ventana conforman una figura con batilongo de colores, unos gestos que tienden la ropa en la azotea, un rostro de mujer sesentona que sonríe, que frunce el entrecejo cuando trata de espiarlo, aunque Ángel no se ocupa ni mucho ni poco de componer la imagen, atiende más a sus cuentas, a la numeración corrida, a las tandas, el flexionar hasta el máximo, el distender con soltura, la posición correcta, y en el primer chance, entre uno y otro esfuerzo. ¿Te amaneció bien la pierna, Nena?, y por sobre el bramido a compás de su respiración, Ángel percibe el vaivén de los sonidos levemente graves, lánguidos en los momentos de mayor esfuerzo, y su afán de ritmo no impide, permite que alcance a discernir todo con más claridad, porque las cosas han abandonado la sordina, el disimulo, y cantan cada una a su forma, y tan diáfano, que sin poner mucho empeño puede descifrar las fuentes, la música que es música de fondo cuando Nena contesta, ¿la pierna?, uuuh, mucho mejor, son los fomentos, qué cosa, lo más grande del mundo, ando que ni Juantorena, y Ángel indaga por el agua, si la pusieron, ¿desde cuándo?, y Nena canta, hará par de horas, así que apúrate, manganzón, y la Tierra se decide, reinicia lentamente su rotación después de entibiadas las voces de todas y cada una de las cosas, y el cielo enciende el mejor de los azules, y las nubes estallan en blanco y blanco, y el planeta comienza a recobrar paso a paso el tiempo de su giro, parsimonioso, lento y rotundo, con destreza de experto, mientras Nena, con voz de tiple, dice báñate rápido y brinca, que el majarete me quedó ricura verdad, sumándose al continuo circular que va recobrando bríos, que es inicio de la mañana que Ángel inicia con la salud de sudar en su cuarto mínimo, en la pequeña ciudad, en su isla que es trazo brevísimo en el hemisferio, y todo el planeta se activa, se apresura, alcanza la cadencia de su giro, y es Ángel, y es todo cuanto existe, algo definitivamente despierto,

pero la camisa sobre la silla llama la noche, la que hoy es ayer, la última noche con Sonia, ¿será la última?, y el mundo se detiene, el abdominal queda a medio hacer, el planeta rota ciento ochenta grados en sentido contrario, brusco, y la isla regresa a la zona de sombra, mientras Ángel articula algo que no es frase ni palabra ni runrún gutural, algo menos que sílaba en un lugar que vuelve, para alguien que aparece de nuevo en el mismo sitio donde ayer estuvo, donde ahora está, y Nena, bien lejos, desde mañana, dice, seguro va a decir, ¿andas hablando solo?, mi madre, eso sí que está bueno, aunque Ángel no pueda escucharla todavía porque se ha instalado la noche, la que no es ayer, la que es ahora, no vuelta a vivir, sino viviéndose, y en esta noche la camisa se deja ver igual de tirada sobre una silla en la habitación de Sonia, y Ángel acostado boca arriba, desnudo, sudado, todo lo idéntico y diferente a mañana cuando haga ejercicios en su cuarto, bajo el mismo fondo ruidoso de ciudad, la misma música que es mezcla de vehículos y voces y follaje, o no, el follaje no, el árbol es de Sonia, hay un árbol frente al cuarto de Sonia que hace más oscura la noche y empasta los ruidos de manera única, árbol que se encima sobre la ventana que Ángel ve, que ha visto durante todas las noches pasadas aquí, y aunque el árbol no importe, Ángel lo mira y lo escucha desde la cama, junto a Sonia que algo estaba diciendo, continúa diciendo, es importante para ti, para nosotros, entiéndeme, Ángel, comprende, y la mujer repite las palabras con gestos, y enseguida se empeña en estudiar centímetro a centímetro un dedo de la mano derecha, hasta que se detiene en el borde de la uña, una uña cuidada, pintada de rojísimo, y a esa uña le dice, no sé si hago mal, en el momento justo que Ángel detiene la vista en los senos, no puede evitarlo, y le aclara al pezón derecho, tan redondo, tan cupular, casi micrófono, dije está mal por decir algo, y Sonia observa la mirada de Ángel, se acomoda la bata de casa, guarda bien sus senos, pregunta, ¿cómo por decir algo?, estoy cansado, yo fui la que habló de cansancio, ¿qué tú quieres, Sonia? no quiero llorar, y Sonia vuelve a ocuparse de la uña, no cesa de friccionar el rojo de la uña, por eso Ángel está seguro, casi seguro de que no habrá llanto, esta mujer necesita por lo menos de un instante inactivo para lograr el llanto, tal vez medio segundo que el afán de amasar la uña no permite, y Ángel piensa, casi dice, estamos locos, ¿lo pronuncia?, y la frase que se hace audible es otra, frase rara para ella, frase ajena para él, ¿qué está bien, Ángel?, ¿está bien?, ¿qué cosa está bien?, ¿cómo que está bien?, ¿no dijiste está bien?, ¿dije eso?, ¿no sabes lo que dices?, ¿me podrás creer si...?, peor entonces, ¿por qué peor?, Ángel Ángel Ángel, y Ángel escucha cómo Sonia repite y repite Ángel ladeando cada vez más la boca, respirando y exhalando Ángeles para enseguida sumar gruñidos, sílabas a medias, como tropel de rencor que lentamente se empieza a desbocar entre exclamaciones, porque la culpa la tienes tú, Ángel, tú no me separaste de..., no me ataste a..., y sobreviene el punto en que se hace la brevísima pausa, y la mujer rompe a llorar, ahora sí, sin más presagios, peor que lo previsto, ocultando el rostro con manos de dedos apretadísimos, y Ángel se queda muy quieto, sobre todo por dentro, no vaya a ser que se le escape otra idea extraña sin darse cuenta, hasta que Sonia sacude la cabeza, como si la arrancara de las manos, dejará que las lágrimas corran, que Ángel las vea, porque te quiero tanto, mucho, ni me importa que me veas llorar, ni me importa..., y Ángel advierte que la bata de casa descubre por completo el hombro derecho, y le llegan deseos de acariciar, de hacer un simple gesto de cercanía, no por las lágrimas o las palabras o la piel, o por todo eso, no le interesa averiguarlo, es una necesidad física, un impulso que no quiere reprimir, y distiende los músculos, acerca una mano a la curva que es cuello y hombro, y muy lentamente la mano se acerca a la caricia,

pero cuando palpa, Sonia suda y tiembla, tiembla de risa, no de llanto, tiembla en un día copado por el sol, la reverberación de la arena y el centelleo del mar, hay tremenda luminosidad y playa junto al cuello y el hombro, no existe a la redonda nada que se parezca a penumbra o a cuarto o a la noche que llegará dentro de diez o doce días, y Ángel tendido de costado sobre la arena, apretando los párpados al máximo porque la mujer se recuesta contra el fondo de luz desmesurada y ahora ríe, qué cómico, Ángel, y cesa de reír, ah, caramba, por poco se me olvida, dice, y Ángel retira la mano, guarda la caricia, observa cómo el cuello y el hombro agudizan el ángulo, comprimen la luz que sigue llegando a raudales mientras Sonia estira todo su cuerpo para alcanzar el bolso, registra, revuelve, saca objetos que no interesan, por fin la encuentra, la enarbola, traje la foto, dice, y la coloca ante los ojos encandilados de Ángel, siente en la espalda el frío agradable, esponjoso, de la parte alta del bikini, y cuando le muestra, Ángel y Ñiqui se miran tienen que mirarse, no hay otra opción posible, qué lástima, es la foto más oscura, mandó tres, con las dos mejores se quedó su madre, me cae malísimamente mal, nos caemos, qué se le va a hacer, dime ¿qué te parece?, ¿qué te parece?, cuando Ángel anda sin pareceres desde que las miradas de Ñiqui y él se cruzaron, y Sonia insiste, ¿cómo lo encuentras?, insiste, ¿cómo lo ves?, ¿no se dará cuenta, o no querrá darse cuenta?, luce más flaco, comenta Ángel por decir algo, para salir del paso, y es peor, porque a Sonia le gusta más así, delgado, flaco parejo le asienta, tampoco que sea hueso puro, Ángel, ah, y que le escribió hace poco, no, hace mucho, las cartas se demoran tanto, es desesperante, y en las cartas le pone cosas muy lindas, por ejemplo, que siempre la recuerda cada vez que se baña, aunque se baña poco, y yo me moría de la risa, sí, sus cartas son siempre bromistas, es tan simpático, y Ángel teme que saque también del bolso la última carta de Ñiqui, que le pregunte si desea escuchar algún trozo, o que sin indagación previa arranque a viva voz ahí mismo, bajo el solazo, y Ángel suplica sin palabras que no lo haga, que no se le ocurra, bueno es lo bueno..., y la mujer no cesa de mirar la foto, parece que detalla cada milímetro de Ñiqui, puede que hasta lo bese, y tampoco,

Sonia besa el pelo de Ángel, se acomoda y acomoda mejor la frialdad del bikini en la espalda de Ángel, porque lo que Ñiqui me escribe en broma es en serio, yo trato de contestarle igual, no me sale, debe ser que soy dura para el humor, todo lo que le digo es en serio, no puedo hacer como él, le puse, te recuerdo también cuando me baño, y es verdad, Ángel, cuando tú y yo nos bañamos..., si yo supiera explicarme, es un lío tremendo para mí, porque tú y Ñiqui son muy diferentes, aunque hay algo..., es algo..., te das cuenta, ¿no?, no, Ángel no se da cuenta de nada, hace rato que no atiende al ruido de palabras, ha quedado rumiando la broma-seria, no el te recuerdo cuando me baño y me baño poco, Ángel no ordena pensares, trata de evadirlos, se deja conducir por un flujo sin imágenes o ideas que nada prefiguran, que es sólo sentir que existe la seriedad y la broma en confusión perfecta, en confusión, y el fluido que parecía transcurrir sin propósito llega a la palabra, a una palabra que es pensada lentamente, con-fu-sión, y Ángel la repite sin proponérselo, sin pronunciarla, sin confundirla con nada, mientras la mujer le da un beso en la espalda, suave, lentamente, tan lento y suave, como el transcurrir del flujo que gestó la palabra, que se confunde ahora con lo dicho por Sonia, ¿qué te pasa, mi amor?, y lo único que Ángel sabe, lo único que nota, es que Sonia le ha besado y continúa colocando uno y otro beso con la mayor delicadeza, y es erizante, por beso sobre beso, y por el frío maravillosamente frío de la copa del bikini en la espalda, y porque Sonia está guardando al fin la foto, Ángel se percata, aunque la mujer no deja de besar mientras introduce el cartón satinado por la boca del bolso, no en gesto furtivo, al contrario, es perfecta simultaneidad de labios y manos obrando en dos diferentes labores sin desespero, sin confusión, piensa Ángel que no quiere pensar, y cuando la foto ha sido guardada, cuando el bolso es abandonado por las manos, cuando Sonia es solamente boca burbujeando en su espalda, Ángel respira, apoya el rostro en la toalla y respira, cierra los ojos, siente más que antes el frío y el calor en la espalda perfectamente, confundidos, y respira,

pero respira una almohada, no una toalla, abre los ojos y es un cuarto de hotel, uno de los cuartos de uno de los hoteles donde duerme, donde dormía, y no se extraña de haber despertado en una habitación nada familiar, sólo vincula cuarto de hotel con Sonia, eso le basta, no importa reconocer el espacio tan parecido, si seguro, al de otros cuartos de hotel, y no separa el rostro de la funda, vuelve a inhalar el olor a ropa que ha sido tratada con vapor, ropa que regresó hace poco de la lavandería, que huele como olerá la toalla bajo alarde de luz y junio en algún minuto de la quincena próxima, muy diferente al momento de ahora, que es noche o madrugada, con poca claridad, apenas el resplandor del bombillo del baño, ¿Sonia estará en el baño o se quedó encendido?, y Ángel no se da vuelta para comprobar si la mujer duerme a su lado o no, al contrario, evita el menor gesto, ¿qué hora será?, y no mueve un músculo, no busca el reloj, qué importa la hora, ya le avisará la telefonista, puede dormir, seguir durmiendo plácidamente, sin preocupaciones, aunque no pueda, aunque se preocupe, ¿qué hora es?, y comienza a rememorar el espacio del cuarto, los objetos en el cuarto, es un ejercicio que impide recordar a Ñiqui, Ñiqui encastillando cajas en un Nissan-diesel, Ñiqui caminando hacia la verja, entrando, haciendo un gesto con la mano, ¿es un saludo?, y Ángel quiere pasar lista a los objetos del cuarto sin alzar la cabeza de la almohada, manteniendo los ojos fijos en la pared lisa que ilumina el resplandor del baño, la única pared que ve porque se deja mirar frente a su rostro, una pared que no es gris, es azul, de un azul ratón, ¿o no existe el nombre en los catálogos?, y a evadir la imagen de Ñiqui que sigue haciendo el gesto desde la verja de entrada, ¿será un saludo?, y a ordenar los fragmentos de este cuarto lleno de objetos impersonales con pretensiones de esa frase hueca que se nombra buen gusto, y de la palabra que suena a cojín de muelles y se llama confort, ¿o el cuarto no ha sido marcado por ese par de estigmas?, y Ángel se esfuerza en recomponer la habitación, aunque no hay nada singular que lo ayude, sin embargo supone que exista una butaca, existe, es trasto esencial en el mobiliario básico de un cuarto de hotel, una butaca ancha, tapizada, ¿vinil o tela gruesa?, tela duradera, Sonia se sentó en la butaca en cuanto llegaron, le dolían los pies, soltó los zapatos, y logra recordar los imprescindibles cuadritos en las paredes, en alguna pared, casi siempre dos, raras veces tres, nunca cuatro, jamás uno, Sonia caminó de un lado a otro descalza frente a dos cuadritos y hablaba, explicaba, quiero que lo tengas bien claro, Ángel, antes de..., y habrá una cómoda, la cómoda con aires de época, de alguna época, ¿cuál?, se premia al que sepa de la cómoda donde Sonia puso la cartera o jabuco, ella lo llama jabuco, y en la pared opuesta a la que sigue mirando, estuvo, está el closet bien desempolvado en el mejor de los casos, tan desierto que parece excusarse, decir, señor o señora, lo lamento, no guardo nada, mi misión es guardar, lo sé, no obstante, soy el vacío, mas un vacío a su entera disposición, y en ese vacío disponible Sonia buscó un perchero, la blusa al perchero, la saya fue tirada como quiera, ¿en la mesita de noche?, ¿por qué no en la butaca?, ¿porqué no en otro perchero?, ¿por qué en la mesita con su gaveta igual de despoblada?, ¿para qué abrió la gaveta?, y sobre la mesita una lámpara con pantalla envuelta en nailon, sin cagadas de moscas de ser posible, Sonia quería luz, prefiero luz, Ángel, ¿sí?, y al lado de la lámpara un cenicero de cristal limpio, para que evoque mejor un fondo de botella limpio, ¿me dejas fumar, mi Ángel?, y por alguna parte habrá dos vasos, quizás hasta un termo con agua, qué pena, no hay agua, ¿tienes sed?, ¿no te da sed, mi amor?, y Sonia regresó casi bailando, sus pies sobre la alfombra, hará falta la alfombra, hay alfombra con las quemaduras de rigor, testimonio del paso de los otros, de la huella del segundo cigarro, Sonia no tuvo tiempo de colocarlo en el cenicero, y recuerda también un espejo inocentemente orientado hacia la zona menos álgida, Sonia miraba constantemente, me gusta como..., me gustas, Ángel, y el ventilador o el aire acondicionado, esos imprescindibles, la garantía de mezclar frialdad con palabra muelle, que ambientan a la perfección lo inhabitado que se visita por días, algunos días, por instantes, algunas horas, o toda la noche, qué bueno, funciona perfecto el aire, qué rico vamos a dormir, pide que nos despierten a las seis, mi amor, y en medio del espacio, protagonizando el decorado, la zona más erógena, la cama, una cama lo menos cantora que se pueda, la razón mayor de toda la escenografía, y Ángel cierra los ojos, sabe que el cuarto debe ser así, que es así, que fue así, y escucha ruidos en el baño, Sonia estaba en el baño, y la mujer entra a su campo visual apoyando la espalda contra la pared, no fue salir del baño, fue aparecer ahí, de súbito contra el azul ratón, completamente vestida, ¿por qué se ha vestido?, ¿qué hora es?, lo iba a preguntar cuando Sonia dice sin mirarle a los ojos, no vamos a vernos más, y es como si la pared la lanzara contra Ángel, una embestida a velocidad de chasquido, como si Sonia tratara de adelantarse a las lágrimas, y abraza, y se aprieta contra Ángel, y solloza y besa, mi Ángel, y con lágrimas y sin calma Sonia besa la boca de Ángel,

pero el sabor de esa boca es uno de los primeros sabores de la noche, todavía no tiene nada que ver con hotel o madrugada, es el último, el primero en importancia de los sabores durante la tarde que no presagiaba cómo serían las horas oscuras, y el sabor llega de improviso después de una broma sobre el ahorro, Cristo crucificado con un brazo guindando para ahorrar clavos, y Sonia estuvo riendo hasta que lentamente fue ganando en seriedad y sobrevino el beso que funda la perspectiva del cuarto, de algún cuarto, por eso Ángel guarda el repertorio, los otros chistes, el tarro unicornio, la serie donde aparecen los zapatos sin cordones, los ojales sin botones, el viaje del monóculo, la tristeza del huevo de ganso que se debe reservar para lo último, es el más subido, casi pomo, y todo queda bien guardado, porque al beso le siguen otros besos que se suceden sin tregua, salvo en la pausa de separar los rostros para reconocer a quién se besa, decirse es ella o es él, y volver a la carga, a ocuparse de las encías, llegar palpando más allá de los dientes, hasta el mismo cielo, en un reconocimiento sin pauta ni ruta, o entretenerse larguísimamente en los labios, en el comadreo de dientes y labios que hacen que las manos de Ángel se activen, especialmente la derecha, la menos torpe, y Sonia sin ofrecer resistencia a las andanzas de esa mano, al contrario, se afana en besar, y es como si diera la aprobación más elocuente, mucho más que cualquier chorrito de sílabas, aunque hay algo que contradice, es como un retraimiento, o no es retraimiento, o tampoco contradice, ocurre que el rostro de la mujer denuncia estar atenta a la mano de Ángel, a todo lo que hace esa mano, a dónde se dirige explorando, ¿qué pretende?, y la mano va comprobando perfecciones, o conjeturas, carnes perfectas en todos los sitios que tantea, que acaricia, aunque no averigua todo lo que quisiera, hasta la mujer se percata de que el hombre actúa con cautela, evitando el riesgo de la premura, tal vez por eso Sonia se decide, colabora, aventura su mano pequeña y delgada que sin titubeos, sin escala intermedia, se apropia con habilidad y puntería de lo que llama ay, o por lo menos eso dice mientras aprieta el pantalón, tanto, que Ángel con prudencia trata de escurrirse un poco, y es inútil, Sonia comprime con los dedos el ay, y se aferra con los dientes al labio inferior, hasta que de pronto se separa, ¿qué estoy haciendo? ¿qué me pasa?, perdóname, fue algo así de pronto, qué pena, no, no digas nada, ni me mires, y silencio, y los ojos de Sonia fijos en los ojos de Ángel, y nuevo abrazo, no, no me importa, no me arrepiento, y besa, es un beso rápido, con la punta de los labios, bien pacífico, mucho más tierno, vamos a donde tú quieras, Ángel, menos a una posada, te lo ruego, me prometí no pisar nunca más una posada, no es capricho, es que no, y el cuarto de hotel se hace visible, Sonia y Ángel avanzando hacia la puerta de aquel cuarto, donde quiera que se encuentre, es rumbo a ese lugar, no hacia otro, y entre negativa y negativa, porque el hotel está lleno, o a Luis le toca la carpeta por la mañana, o es sólo para turistas, los paquetes de turistas, los paquetes, y entre adversidad y adversidad, Ángel y Sonia besándose, caminando con fe, con la fe de que darán con el lugar justo, sin permitirse el menor desaliento, sobre todo que la mujer no se desilusione con los tropiezos, que no sea desespero cuando vuelva a atrapar el ay, porque cada negativa será la última, cada hotel que dejen a la espalda será el penúltimo, con la próxima solicitud de cuarto, ay, y que Ángel y Sonia se conviertan, ay mediante, en el último y único hombre junto a la última y única mujer, y animándose sin evidenciar que mutuamente se dan ánimos, presintiendo que el cuarto está mucho más cerca que hace tres horas, Ángel y Sonia caminan, conversan, y en mi casa, ni hablar, dice la mujer, y en el cuarto del hombre, imposible, por ahora, aunque se podrá después que se levante una buena división, porque Ángel hace poco compró la mitad de una sala grande, montón de pesos que costó, con un baño, bañito, ahora falta un buen tabique aislante, que sea de ladrillos, no de bloques, son muy anchos los bloques, roban espacio y que la división no sea de madera, ahora es imposible ir por culpa de la madera, la madera separa, no aísla, hace falta privacidad, Sonia lo comprende, y que ya tiene conseguido el cemento, los ladrillos, el recebo, la arena, el fin de semana próximo le meterá mano, hasta que el cuarto de hotel hace su aparición, al carpetero del Victoria le parece bien que ellos vengan de parte del carpetero del Inglaterra, de Luis, caramba, su socio Luis, y le parece mejor el billete que Ángel coloca debajo de la tarjeta acabada de llenar, acéptalo, para que fumes tu cigarrito,- y el carpetero sonríe, no porque el billete alcance para demasiados cigarritos, sino por el gusto de hacer un favor a Luis, a quien venga de parte de Luis, a cualquiera, y Ángel y Sonia ante la entrada del cuarto, silenciosos, concentrados, se hurga en la cerrada, se abre la puerta, el caballero cede el paso muy caballeroso, las damas primero, gracias, aunque Sonia no entra, mira fijo los ojos de Ángel que ya comienza a conocer ese tipo de mirada, la mujer se está preparando, algo trae, debo decirte una cosa antes de..., no me importa lo que pienses de mí, es algo que tú sabes aunque quiero que lo escuches cuando yo te lo diga, porque tú me gustas, entiende, sé que te voy a querer, y Ángel mueve la cabeza, trata de hacer un gesto que reúna la virtud de disuadir y no desestimule, que dicte, no hace falta que hables, o algo parecido, porque el fantasma de Ñiqui se acaba de asomar, aunque Sonia no ha pronunciado el nombre, además, va siendo excesiva la espera ante la puerta abierta, y más si se trata de la puerta que da acceso al cuarto buscado y rebuscado infatigablemente, al más perseguido de los cuartos, y Sonia sin moverse deja pasar el silencio, hasta que se decide, parece, dará un paso, quiero explicártelo todo con calma, y Sonia adelanta una pierna, ya verás, es inminente que va a entrar, escúchame, y penetra en la zona de penumbra, te voy a hablar muy claro, Ángel, y Ángel desde el pasillo oye a Sonia pronunciando Ángel dentro, por fin, de la habitación,

pero escucha que lo llaman, no sólo que dicen su nombre, y no del otro lado de la puerta del cuarto, una mujer ha dicho Ángel y son las cinco de la tarde, algo más de las cinco, y el sonido se destaca por sobre el rumor de fondo, la bulla perenne, la que perennemente Ángel gusta desagregar, atencionar, como dice Nena, y la bulla es silencio cuando la mujer repite Ángel por encima también del calor, calor de día calurosísimo donde cualquiera necesita aire, agua, un barril de agua, o quedar húmedo, empapado completo y suspendido en la brisa, si pasara alguna brisa bajo la mejor sombra, sí se acierta con alguna ancha sombra, y Ángel mira al sitio de donde partió la voz, ve a Sonia que se acerca dentro de una blusa simplísima y una saya que el viento goza en remover, y Sonia cruza la calle con premura, sin sofoco, sin sudar, fresca y ágil, como princesa de cuento caminando descalza en primavera mientras dice espérame, por gusto, Ángel no se ha movido desde que escuchó su nombre, y ahora que la mujer acaba de llegar, que se le ha instalado delante, nota la sonrisa de Sonia, y es lo mejor, lo más refrescante bajo estos calores, lo único que desea, sin embargo nota que la está presionando, y no es su propósito presionarla, al contrario, aunque la sigue forzando a que se lance con la primera frase, y Ángel cree comprenderla, Sonia no sabe cómo empezar, con qué palabras, y la presión llega al tope, al tope de ella, parece, y qué alivio también para Ángel cuando Sonia desata la primera sílaba y va pausadamente avanzando el discurso que comienza con te pido disculpas, en el fondo estoy de acuerdo contigo, aunque no era el momento, no era político, y no es que no sea político, es que se ve feo, es injusto, sí, también es injusto, porque mira, el año pasado, cuando bajaron las casas de la playa y se armó la matazón, más el chorro de gente que le coincidían las vacaciones o que hicieron que les coincidieran, más la desgracia de ser dos apartamentos chiquitos, una semana para cada uno, bueno, el año pasado a mí me pareció muy bien que no renunciaras a favor de los que son muchos de familia, ¿cuántos méritos tenías el año pasado?, como cinco, ¿no?, igual que este año, ¿sí?, bueno, y te defendiste a capa y espada por encima del chorro de gente con familión, era tu derecho, ahora también es tu derecho, pero es distinto, aunque tengas necesidad, aunque vivas solo, o mal vivas solo, como dijiste, porque un refrigerador es otra cosa, sobre todo si hay niños, claro que a veces la gente saca a los niños cuando les conviene y se las componen para pintar la cosa más horrorosa de la cuenta, y eso sí que estuvo mal que lo hayas dicho aunque tengas razón, por eso tuve que hablar, para interrumpirte, te juro que lo hice por ti, de verdad, ¿no te sorprende?, porque ellos tendrán menos méritos, pero más necesidad, si, ya sé, a cada quien y de cada cual, y lo del trabajo con la capacidad, y que el sindicato dice que primero y ante todo los méritos, que la necesidad se vea lo último, qué va, Ángel, ni sueñes, no puede ser así de mecánico, por eso hablé, y si pareció una agresión te juro que no fue mi propósito, al contrario, mira, si quieres te puedo pedir disculpas delante de todos los compañeros en la próxima asamblea, aunque creo que no es para tanto, tú decides, que para mí lo más importante es no quedar mal contigo, quiero decir, con un compañero valioso que aprecio, a mí me daría mucho sentimiento si no me comprendieras, y tú sigues con una cara que no sé qué pensar, y Sonia pone la cabecita como princesa timorata, se permite un reposo de voz, y el silencio goza transcurriendo hasta que Ángel dice, se escucha diciendo, tengo sed, ¿adonde quieres ir a tomar algo?, y Sonia ríe, ¿así que tú tienes sed y quien tomará algo soy yo?, gracias, Ángel, qué comprensivo eres, me gusta que todo vaya bien entre nosotros, porque eres muy buen compañero y me siento responsable de..., no culpable, no me apena lo que hice, no, porque..., ¿por qué no buscamos un lugar fresco donde yo pueda tomar algo y tú también?, dice Ángel, y Sonia, bueno, pero que no se hable más del asunto, ¿verdad,

Ángel?, porque Sonia pronuncia Ángel, no en medio del calor y la tarde, lo pronuncia por la noche, cuando al fin se ha decidido a entrar en el cuarto del hotel, y enciende la luz de la habitación, yo lo quiero y quiero que me comprendas, porque Ñiqui es todo para ella, es más que un novio o un compañero, sé que es amor, Ángel, yo luché por Ñiqui, por reconquistarlo, poco me faltó para perderlo por culpa de un problema que tuvimos, que tuve yo con..., tú debes saber, fue casualidad, porque Ñiqui y Torre.., ni me quiero acordar, por eso odio las posadas, y a Marta y a la Carmen Delia, tú eres medio amigo de Marta, no me importa, sí me importa, no me hagas caso, te decía que ellas le fueron con el chisme a Ñiqui, le contaron que yo y Torre..., pero lo reconquisté, con esfuerzo, y al fin y al cabo Ñiqui me comprendió, y Sonia continúa hablando, formulando con tropiezos una especie de convenio mientras se sienta en la butaca, se descalza porque le duelen los pies, y Ángel escucha lo menos posible, trata de que Ñiqui no haga su aparición, que no entre en el cuarto el rostro que conoce perfectamente, tanto como lo ocurrido entre Torre, Ñiqui y Sonia, y Ángel comprende que pudiera ser el último, no el único hombre en la habitación, por eso Torre y Ñiqui deben ser conjurados, y para lograrlo, se llena la cabeza de palabras que agradezcan a Sonia el haber dicho sólo aquí y ahora que le dolían los pies, y no mientras estaban recorriendo media Habana, y formula el agradecimiento con todas las frases que imagina mientras Sonia se levanta, camina descalza sobre la alfombra frente a dos cuadritos que representan flores de pétalos brillantes encima de sendos búcaros brillantes, coloca cosas sobre la cómoda, abre el closet, abre una gaveta de la mesita de noche, y al fin interrumpe el discurso que iba por tú y yo podemos estar juntos, aunque el verdadero, el verdadero es Ñiqui, el que no está y está, ya hizo su aparición, el que se encuentra fuera del país desde hace casi un año, y como falta para el reencuentro, aunque sonríe desde un rincón del cuarto, Ángel lo observa, ¿o no sonríe?, Ñiqui saluda desde la verja de entrada y parece que sonríe, y que Ángel la comprenda, pide Sonia y se interrumpe para comentar con la gaveta abierta, hay gente que guarda dinero en los hoteles, lo esconde y luego se les olvida, y la imagen de Ñiqui desaparece, y Ángel aprovecha que se ha esfumado, y sin permitirse el menor titubeo, se acerca, besa a Sonia en el cuello, la abraza, aunque la mujer debe colgar la blusa en un perchero, se estruja de nada, Ángel, y sin blusa, sin ajustadores, sin otra cosa que sus senos con pezones brotando en forma de cúpulas, perfectamente redondos, perfectamente contemplables, va directamente hasta la boca de Ángel y besa,

es un beso con lágrimas, Sonia completamente vestida en aquel cuarto, de madrugada, había salido del baño, había dicho algo así como que debían terminar, para enseguida lanzarse al beso, y a quitarse las lágrimas con el pelo de Ángel, que mejor lo hacen siempre en el cuarto de ella, ¿siempre?, piensa Ángel, no lo dice, siempre, repite la mujer y es asombro, como si le hubiera adivinado el pensamiento, porque así evitan el problema de conseguir habitación en hoteles, mi casa no es grande, aunque podemos..., hasta que me invites a tu cuarto, quiero decir, hasta que lo acondiciones y allí podamos..., mientras tanto ven a mi casa, mis padres no se meten en nada, claro, siempre hará falta un poco de disimulo, de discreción, no sólo para entrar en mi casa, porque la entrada que da a su cuarto es independiente y oscura, o puede estar a oscuras, ¿me comprendes?, ¿en realidad deseo comprender?, piensa Ángel, y Sonia, debo estar hablando cosas terribles, pones una cara, me has vuelto loca, y Ángel respira con dificultad, Sonia pesa, y más si se empeña en comprimirlo, en presionarle la espalda y la cabeza, y Ángel respira con dificultad el olor a lavandería de la almohada,

de la toalla en un día soleadísimo, sobre la arena, a la intemperie, bajo la resolana, no en el cuarto de hotel, respira la felpa que fue lavada a vapor y siente cómo Sonia continúa colocando besos suavemente, cómo persisten en la espalda el calor y el frío en la más perfecta de las confusiones, hasta que la mujer deja de besarlo y se separa, se tiende de costado, mi amor, y Ángel observa que el ángulo que forman el cuello y el hombro derecho se comprime, y detrás, la luz de algarabía, y muy cerca, las palabras, porque Sonia saldrá de vacaciones junto con Ángel, a partir del primero de julio, una semana, sí, y estaremos todo el tiempo juntos, sin disimulo, con las ganas que a veces me entran de besarte en el trabajo, en cualquier lugar, y no saldrán de La Habana, dormirán en el cuarto bien dispuesto de Ángel, o si no bien dispuesto, al menos con la pared aislante, con el perfecto, casi perfecto tabique de ladrillos que ya permite lo que se da en llamar privacidad, un mínimo de privacidad, y Sonia promete un maletín de abastecimientos, llevará cosas de comer, latas, ha comprado tantas cosas, será un tiempo precioso, mi Ángel, atiéndeme esto que te voy a decir, te quiero tanto como a Ñiqui, a veces, no sé, es como si tú y él fueran lo mismo, en serio, como si fueran el mismo, te lo juro, es maravilloso, ¿no me crees?, y silencio, se ha callado, Ángel acaricia la curva del cuello y el hombro, acaricia, más que cualquier otra cosa, el silencio que permite Sonia,

acaricia a una mujer que llora en un cuarto con árbol de fondo, por la noche, no muy tarde en la noche, que continúa llorando, que vuelve a repetir lo dicho y vuelto a decir mil veces, ¿por qué?, ¿por qué precisamente él?, ¿por qué tuvo que ser él? y Ángel sospecha que ella continuará por el camino trillado, el que no cesa de recorrer durante toda ia noche, aunque no, tampoco ha sido toda la noche, al principio no, y la mujer se calla, y es como si se detuviera de pronto, y Ángel nota que le mira bien dentro de los ojos, y dice, Ñiqui me necesitaba, yo lo necesitaba, y Ángel repite para sí la palabra, evitando que se asome por los labios, o por los ojos que la mujer escruta casi sin pestañear, ¿la necesita?, ¿qué necesita él?, ¿qué necesita Sonia?, ¿por qué se acostó esta noche como si nada hubiera ocurrido y después, mucho después, rompe a llorar, anuncia lo de Ñiqui, y entonces él y ella y él...?, él ha muerto, ¿quién?, él, ¿quién es él?, ¿quién fue él?, porque él no es él, es Ñiqui, no es Ángel, solavaya, hubiera dicho Nena, y Ángel evita sonreír, le apena haber tenido deseos de sonreír, sacude la cabeza, mantiene los labios bien cerrados, que no se le escape ni media sílaba, y formula con toda claridad sin emitir sonido, estoy vivo y lo repite dos, tres veces, y queda satisfecho, mientras Sonia, que va a olvidarlo todo, a su novio, a Ñiqui, al que era, al que no lo será más, y a ti, Ángel, lo haré, tú y Ñiqui. .Y, y sobreviene un grito, gritico, agudo, sin fin, hasta que la mujer articula, no me separaste de Ñiqui, no me ataste a ti, vete, acábate de ir, no quiero verte más, ya lo habías matado, es horrible, hasta sentí alivio cuando llamó la madre para decírmelo, eres un asesino, y Ángel buscaba la ventana, al menos orientarse hacia dónde mirar para encontrar la ventana, el árbol de la ventana, el contraste de noche y árbol tras la ventana, y ahora quiere escapar, es la palabra, se siente liberado, también es exacta esa palabra y rápido a vestirse, a encontrar su ropa, no árbol o noche o ventana, su ropa y largarse, sin adiós, al carajo, sin ni siquiera pronunciar carajo, y los ojos de Ángel buscan la camisa,

la camisa que resplandece bajo el solecito que entra junto con el cantao de Nena, ¿andas hablando solo?, mi madre, eso sí que está bueno, el mujerío y las vacaciones te van a volver loco, ¿hoy empezaste las vacaciones, manganzón?, y Ángel murmura vacaciones, una semana de vacaciones, primer dia de vacaciones, y comienza a doblarse sobre sí mismo, y las vacaciones como un espacio sin Sonia, sin Ñiqui, sin Torre, y Ángel se contrae bien, no más Sonia, y para siempre, ¿para siempre? ¿quién puede decir siempre?, la muerte dice siempre ¿quién más?, Ángel pronuncia siempre, y el esfuerzo llega al máximo, y los días de vacaciones junto a Sonia se borran, se va todo el tiempo de estar juntos, se van los planes, o lo que llamaron planes, el armar proyectos que consumirían un tiempo, un será absolutamente hipotético, y quedan sólo ellos, Ángel y el tiempo, el muy específico tiempo de vacaciones con su semana intacta, el resto adiós, se ha ido, y Ángel se ordena, voy a pensar en hacer algo y no pensar más en Sonia, ni en Ñiqui, ni en Torre, que se queden fuera, en este cuarto sí que no entran, y a pensar no en siempre o para siempre, pensar escasamente en hacer algo durante esta semana, porque fue la última noche con Sonia y Ñiqui y..., a otra cosa, y Ángel vuelve a ejercer presión, un doble empuje sobre el abdomen, mientras oye a Nena entonando, muchacho, me acaban de avisar, van a quitar el agua, se te hace tarde, y Ángel completa el abdominal, se distiende, se para de un salto, respira, está sudado, se bañará, saltará a la azotea de Nena, desayunará el anunciado majarete, y a pensar, las vacaciones son nueve días contando sábado y domingo, nueve, hará algo, ¿qué?, algo, y el cuarto de Ángel que es punto pequeñísimo de ciudad, y la isla que es trazo breve en el hemisferio, y La Tierra que es un objeto más a los ojos del Sol, y todas las estrellas que no son más que polvo de galaxia, y el universo en pleno que es gota de universo, continúan trazando con parsimonia curvas regulares mientras Ángel suda y respira y piensa, ¿qué hacer?, ¿es tarde?, ¿no será tarde, verdad?, y produce el tercer chasquido del día arrastrando en el gesto mano, brazo, cuerpo, y con el impulso empieza a caminar hacia la ducha, apresurado, cuando se escucha al gallo de Otilio proclamar a todo galillo buenos-días-sí, y Ángel respira, no es tarde, y repite bien alto, que al menos Nena lo oiga, no es tarde.

 


 

“Happiness is a warm gun” Cary says*



Sábado 8

¿Qué harías si tropiezas con un tipo joven en la noche del sábado, y ese muchacho te dice, disculpe, pero tenemos tres niñas y nosotros somos dos, y a mí me parece que usted puede hacer de tercero, de El Tercero, me entiende?

¿Qué harías si asegura que las tres están bien, o que más bien están muy muy bien, y en definitiva nadie se ha puesto para nadie, porque las conocieron hará una hora y desde entonces andan él y un socio fuerte suyo con ellas haciendo tiempo como guagüeros adelantados, porque a donde quieren entrar es por parejas, y no acaban de tropezarse con amigo ni conocido ni nadie, y mira que han dado vueltas, por eso este muchacho se fue alante, para buscar a alguien que pareciera tipo chévere, gente sin lío, fácil, decente por lo menos, y no triple feo, te das cuenta?

¿Qué harías si te propone, un minuto, vuelvo en seguida, le digo a mi socio que se llegue, está esperando una seña al doblar de la esquina, voy hasta allí y lo llamo, para que lo vayas conociendo, o prefieres echar un ojo primero al material, podemos pasarte por delante, tú medio que te escondes y nosotros, caminando normal, sin verte, y si las niñas te caen bárbaro, sales, te plantas y saludas con aquello de descubrirnos, de toparte por casualidad con dos sociales, y si no te cuadra ninguna, no hay tema, nadie se va a ofender, está claro?

¿Qué harías si llega el amigo del joven, sin necesidad de ir a hacerle señas, y con toda desenvoltura se te planta delante, y sin disimulo, a la fresca, te chequea como oficial que revisa su tropa, porque parece que es él quien debe aprobar la elección, y los muchachos, a cual más flaco, con camisas de corte parecido, cambian miradas, y entonces se te hace evidente que les llevas como quince años, pero el definitivamente más flaco de los dos, el último en llegar, te extiende la mano y pregunta cómo te llamas, para cuando ellas vengan, porque ya viene para acá, para en cuanto aparezcan poder decirles, miren, es fulano el de la calle tal, la calle K, por ejemplo, o el hermano del amigo de Kiki el de la calle K, o el amigo del amigo, o cómo te parece que deba ser?

¿Qué harías si cuando a ellos les da por ir pronunciando rápidamente los nombres de las niñas y describiendo más rápido sus distintas figuras con detalles sobre sayas y peinados, hacen su aparición las que ellos han llamado niñas, y ocurren las presentaciones y tu bautismo como el amigo de Kiki el de K, que ellas de todas formas no conocen, y las muchachas sugieren, por qué no acabamos de entrar si ya estamos completos?

¿Qué harías si una de ellas, la de nombre con C entre Cora y Cary, la de la saya que te anunciaron con franja blanca y fondo azul, te declara igualito que su primo, el que es ingeniero, un filtro, que además toca o tocaba muy lindo la guitarra, que juega o jugaba cancha cantidad, que sabía y sigue sabiendo de asuntos de antenas como loco, y el tocaba y el jugaba te suenan a recordatorio que aclara, usted no es tan joven como nosotros, ésta no es tu liga, pero ella sigue hablando, explicando que le has traído al primo por la voz cuando dijiste tu nombre, aunque no es sólo por la voz, le parece, porque tú eres más callado, tanto, que ya se le va olvidando el sonido de esa voz que le ha llamado la atención por ser tan bonita, de verdad, como la de mi primo, no me crees?

¿Qué harías si las otras dos parejas han llegado a la puerta de lo que llaman Centro Nocturno y parece que ponen en claro su lugar en la cola, y de pronto hacen señas a Cora o Cary y a ti, que han quedado rezagados, dilucidando coincidencias y diferencias con el primo, y apúrense, sólo queda una mesa de seis, ya nos toca, todo gritado, y Cora o Cary te toma del brazo, vamos, te arrastra casi, corre, y por no verte así llevado como un niño, y por no zafar tampoco tu brazo de sus dedos juntas tu mano con su mano hasta la puerta y aún después, o no?

¿Qué harías si en lo oscuro, uno de ellos, el reflaco que te amistó con Kiki el de K, habla de los precios de las distintas botellas, y de los tragos posibles, y te hace la pregunta, a ti que eres un fiel al ron, qué pedimos?

¿Qué harías si Cary, porque en algún momento le dijeron, alcánzame los fósforos, Cary, te saca a bailar sin indagación previa y, por fortuna, porque en bailar eres peor que malísimo, es una pieza suave que tú y ella atacan con prudencia, discretamente separados al principio, sólo al principio, porque después no sabrás si fue ella o tú o la acción combinada de ella-tú quien produjo el acercamiento y algo que se va denunciando como caricias en la espalda y un beso y así?

¿Qué harías si notas que las otras parejas no se besan ni apretujan tanto como tú y ella, sino que conversan más o menos tranquilas y toman, sobre todo se sirven bastante de la botella que no es eterna, y a pedir otra, y más refrescos de los prietos para ligar, mientras Cary va susurrando, vuelves a gustarme por la voz cuando dijiste mi cielo muy bajito, tan cerca, que sentí por dentro como si la voz surgiera del fondo de mí misma, como si de siempre esa voz nombrando el cielo me hubiera crecido bien profunda, y tú sólo abrieras la boca para hacerla brotar, para que yo escuchara al fin lo que estuvo esperando surgir y no podía, o no te gusta que me ponga romántica?

¿Qué harías si los dos amigos se levantan y salen sin dejar un porqué, y las dos muchachas cuchichean y luego le dicen a Cary que van al baño, que si viene, y Cary, sí, cómo no, y te da un beso, mi vida, enseguida vuelvo, te dejo el cigarro?

¿Qué harías si se demoran y se demoran, y tanto que la ceniza tan larga, más larga que el resto del cigarro de Cary, o que fue de Cary, tuvo que caerse y mancharte la camisa, porque en vez de soplar, procuraste quitarla con la mano, y allí, bien aferrada a la tela, ves la mácula gris, y viéndola estás cuando se te para delante el que atiende las mesas, comprueba que la segunda botella expiró y pregunta, pongo otra?

¿Qué harías si uno de los muchachos vuelve, hay un taxi allá afuera, que te están esperando, no te ocupes de la cuenta, que ya ellos pagaron, dale, que te levantes rápido, o no vienes?

¿Qué harías si el taxi toma rumbo a Marianao con Cary sentada entre tus piernas, porque es ley que en el asiento de adelante no pueden ir más de dos sin contar el chofer, y en el asiento de atrás, no más de tres, que con cuatro detrás pudieran ponerse tan fatales que les pare un inspector o la policía y quiera partir de todas todas al taxista, que es buena gente, y fue Cary la que quiso ser el polizón que no sabe por donde le conducen, y para no aburrirse anda muy entretenida entre tus piernas, o prefieres que me porte bien?

¿Qué harías si llegan a un lugar descolorido, es aquí, y tampoco permiten que pagues el taxi, silencio, y penetran por un pasillo entre dos casas donde Cary te toma de la mano, cuidado, y a cada rato tú y ella se detienen, no se ve nada, sobre todo en los ángulos más cortantes de ese pasillo-laberinto, ya estamos llegando, para besarse, no me vas a decir más mi cielo?

¿Qué harías si entras a un cuarto muy bien arreglado, con dos ventiladores, un equipo radio-tocadiscos-grabadora, un sofá esquinado, dos butacones, barcito con botellas exóticas, otro butacón ancho, y el más flaco de los muchachos pone música, luz rojiza, más definitivamente roja que la del Centro Nocturno, que se sienta como en su casa el amigo de Kiki el de K, y ves que los dos se quitan la camisa, sacan una botella, la número tres, mientras Cary te hace acomodar en el sofá, se descalza, sube los pies, quieres quitarte la camisa?

¿Qué harías si Cary te susurra, ven, pero no te toma de la mano, hace señas con el dedito, ven, y la ruta de Cary atraviesa una puerta disimulada en la pared, penetra en un cuarto que ni sospechabas, donde se abraza una de las parejas, la otra quedó en la habitación que imaginaste única, y tienes que pasar muy cerca del abrazo con ropas colgando en el cuarto recién descubierto, y te apresuras, no porque las ropas que cuelgan sean cada vez menos, sino porque Cary desde una puerta que acaba de abrir, donde parece que comienza otra habitación, mueve su dedito y ruega en susurro, no vas a venir?

¿Qué harías si Cary está absolutamente desnuda al borde de una cama lo suficientemente ancha para que sea enorme, en el cuarto tercero, un cuarto que es cama nada más, sin otros muebles, con un closet, o algo que pudiera ser closet, que va de lado a lado, y sobre el piso, todo el azul y blanco de saya y blusa y blumers y ajustadores, y escuchas la voz de Cary rumorando en inglés algo que apenas se entiende, porque ella pronuncia muy raro una canción de por sí rara donde se nombra varias veces a una madre superiora y que la felicidad tiene que ver no se sabe cómo con pistolas calientes, o no has logrado todavía descifrarla?

¿Qué harías si al rato entra una de las llamadas niñas con un batón tirado por los hombros, entra sin tocar, sin anunciarse, sin dar tiempo a que te cubras, aunque de todas formas no hay sábana para taparse, y la sobrecama es un bulto pardusco en una esquina, y esa muchacha, sin ocuparse en mirar, o haciéndose la que no le preocupa en lo más mínimo mirar, recuerda a Cary lo de alcanzar aquello cuando venga quien ella sabe, nosotros nos vamos para ir adelantando, que Cary no se demore, y ya en retirada la muchacha te observa sin recato, sin sorpresa, sin deseo, y guiña un ojo a Cary, y antes de que al fin se vaya, vuelve con lo mismo, no se te va a olvidar?

¿Qué harías, Romero, si después de duchados en un
baño que se dejó descubrir en una de las puertas de lo que tú diste por closet, si después de vestidos, ella dice, te voy a preparar algo rico para que desayunemos fuerte, y quedas sólo en la habitación, y sospechas por la forma del silencio, tú que eres un experto catador de silencios, que Cary y tú están solos en ese sitio de cuartos, y por simple curiosidad abres una de las puertas de lo que debiera ser closet y es otra habitación, y ves, los ves, televisores, radio-tocadiscos-grabadoras, ventiladores, rollos de tela, pitusas, ropa varia, todo en sus cajas o bolsas de nailon sin abrir, te parece, y es tanto el abarrote y la variedad que no puedes pasar la vista con cuidado por todo aquel espacio, y cuando sientes una mirada en la espalda y te vuelves, Cary sonríe, te mira a los ojos, sonríe mirándote, y dice, por favor, son dos jabas, ésas, pesan un poco, sólo es llevarlas hasta el taxi, un Lada verde que dice en el cristal de una ventanilla it’s a mustang, y regresa con el sobre que te den, anda, ya deben estar cansados de esperar, llevan como diez minutos, y se acerca, y te besa hasta el colmo, vas a hacerme el favor en lo que preparo cositas ricas?



* "La felicidad es un arma caliente", dice Cary.

 


 

Félix el feliz


Sábado 8

Érase que se era un joven llamado Félix de quien se sabe tan poco, que es casi una temeridad intentar esta historia.

Conocemos del protagonista que se había licenciado en química, que gustaba de la leche sin hervir, de las muchachas preferiblemente de ojos claros, y pudieran nombrarse otros detalles de su catálogo personal en materia de deleites, pero tanto la licenciatura como un listado in extenso de agrados, muy poco nos ayudarían a entenderlo.

Comienzo.

Un día, hace escasamente cuatro días de ese día, a eso de las seis de la tarde, es decir, a la hora en que el mundo se apresura para enseguida detenerse porque los trabajos cesan, la luz sufre agotamiento y se hace insoslayable preparar la noche, Félix iba caminando recién bañado, disfrutando el alivio y hervor de tensiones que se conoce con el nombre de crepúsculo, observando la discordia de rutina en el trozo de cielo que permitían los árboles, los alambres eléctricos, los techos casi almenados de tanta casa con ínfulas ardecó que estorbaban, más que ninguna otra cosa, por su indiferencia falsamente aristocrática, su solidez mentirosa y su impertinente posición, ahí, frente a los ojos que buscaron inútilmente mejorar el panorama desde la acera opuesta al poniente.

Félix hizo que un dedo percutiera rítmico y continuo en los balaustres de madera que rodean los portales, porque el día se opone a la noche como la hilera de casas a su derecha es el polo opuesto a la recua de enfrente, en las primeras hay fresco portal y vida, en las segundas, fachada ardecó y aire cadavérico.

Por la acera de las gratas, Félix se iba acercando sin prisa a la casa de un amigo, a quien le prospera con igual eficacia la barba y las entradas donde gana terreno la calvicie, y a quien de niño apodaron El Cura sin sospechar que el mote le encajaría perfecto, tanto, que hoy parece la necesaria consecuencia de una definición de principios acuñada con un nombrete de infancia.

De El Cura sí sabemos bastante, pero quien nos importa es Félix.

Con El Cura, Félix se sentaría a coger fresco en el último portal rodeado por barandas, y conversaría plácidamente sobre asuntos de interés, sobre Holguín, por ejemplo, ciudad de donde El Cura acababa de regresar, o sobre las diversas cuestiones que atañen al buen funcionamiento de un carburador tema que había quedado pendiente por culpa del viaje, que Félix puede atacar con absoluto conocimiento de causa, su Ford 52 lleva parado más de un mes por capricho del artefacto, y que El Cura aderezaría con sugestiones juiciosas, no por ser un conocedor o un aficionado, sino porque ésa es otra de las virtudes de la hora, su propensión a conducir los temas por el lado de mayor interés y vitalidad de modo que discurran sin exaltación, sin atropello de ideas, como propone la comedida algarabía de nubes y cielo que arman su escándalo de color del modo más callado.

Félix demoraba su camino.

Por entre la gente que pasaba sin prisa, por entre los niños que gozaban los pocos retazos de la tarde, Félix distinguió el último portal y una mujer y un hombre que algo sostenían en las manos y que de algo estaban conversando.

El hombre era El Cura.

El Cura vio que Félix se acercaba.

La mujer hizo un movimiento de cabeza persiguiendo la mirada de El Cura.

Félix, que siempre tuvo preferencias por las muchachas de ojos claros, ya lo hemos dicho, pudo saborear un rostro espléndido de esplendente sonrisa.

Ojos como un lago, decía el bolerista y decía bien, o sonrisa perfecta, dice el trovador y no miente.

Se hicieron las presentaciones y Félix se acomodó frente al atardecer y ante ella para asistir, de tal forma, a una redoblada iluminación, el fin del día y el comienzo del fin, como ya se verá.

El Cura continuó mostrando a Sonia, que así se nombra la muchacha, trabajos de cordelería más extraños que bellos, raros macrameses que serían quizás los postreros, porque aquella misma noche iba a comenzar algo con piezas de metal y soldadura, una serie de siete objetos con desperdicios de hierro, a ver qué sale, y así lo está haciendo todavía, y no porque algo instintivo le haya dictado al artista un nuevo rumbo, sino porque ni en Holguín El Cura había podido conseguir más cordel, pero Félix, que hoy por hoy no prefiere nada, prefería el vasto mundo de los carburadores, o el vasto mundo, y trató de desviar la atención como pudo, e incluso interrumpió para preguntar si la conferencia era seca.

Sonia, El Cura y Félix conversaron y conversaron entre continuas entradas y salidas de familiares, entre constantes interrupciones de niños y adultos, y no se bebió nada, porque nada había que beber, sólo leche sin hervir, y Sonia tiene perdonada la leche sin hervir, y ellos con suma cortesía dijeron que también, y El Cura esforzándose por interesarlos en su discurso, pero Sonia sonreía y sonreía a todos los comentarios burlones de Félix a propósito del cuerderío que colgaba en la baranda, y así ella estuvo canjeando una sonrisa por otra hasta que saltó, fue como un salto, tenía que irse rápido, era muy tarde, aunque tuvo tiempo de dar número de teléfono y de aclarar que Félix podía llamarla a cualquier hora después de las seis de la tarde, no salía nunca, no acostumbraba, esto de hoy era algo muy excepcional, y siguió un felicidades al macrameador, y un adiós breve, chaíto, que incluyó a los dos hombres, y al fin partió dejándolos con quince segundos de silencio.

Fueron escasamente quince, porque Félix no pade-cía de cortedad ni de pereza, digo padecía y sospecho que escurro alguna anticipación pero repitamos que ni corto ni perezoso, Félix trató de indagar rápidamente sobre Sonia el quién, el cómo, el de dónde, y aunque El Cura sabe todo lo cognoscible acerca de la muchacha, Félix casi nada pudo averiguar, apenas el titubeante pista que pasaba por el trabajo de ambos, y luego una amistad de ella con Neida, la novia de El Cura, la hermana de Maritza, mujeres que Félix conocía de oídas, y acto seguido el coincidir en algún Control y Ayuda, ¿cuál?, ¿Quién sabe?, El Cura no recuerda, y por último cierto comentario sobre los estudios para terminar el técnico medio, y más allá una zona de absoluta penumbra donde la pista sencillamente se extinguía.

La noche no era un hecho consumado, pero el exceso de violeta en el cielo hizo que se encendiera la luz del portal, y con iluminación de sesenta bujías se bebió leche sin hervir y se comentó del diplomático comportamiento del calor y los mosquitos.

¿Qué hacía Sonia allí?, ¿cómo había llegado?, ¿con quién?, ¿de dónde venía?, porque Félix no se daba ni por satisfecho, ni por vencido, a pesar de que se acercaban las Aventuras y empezaba como un alboroto general en esa casa, en el chorro de gente que omito enumerar para que el lector se figure a su sabor una densa familia entre diez y dieciséis miembros con edades que oscilan entre seis y sesenta años.

A la sostenida indagación de Félix, El Cura respondió con un entramado muy juicioso que empezaba con el coincidir a la salida del taller, porque llegar de Holguín y pasar por el trabajo para cuadrar el sitio donde empezaría a levantar el primer objeto con desperdicios de metal y soldadura, fue uno y lo mismo, y el entretejer de El Cura continuaba con el saludo afectuoso y nada malicioso de Sonia, por los días sin verse, y la invitación a que se llegara un minuto para prestarle los manuales de segundo año que por fin no se llevó, como atestiguan lo que cargan las rodillas de El Cura, y también hubo su minuto adicional para ver macrameses de última creación, y bueno, la trama concluía con la esperanza de nada, porque es amiga de su novia Neida, y la desesperanza de haber tenido esperanza, porque llegas tú y pones mala la expo cuerderil y hasta hubieras puesto malo el intento de romance a la luz del ocaso, y no diga eso, maestro, dijo Félix, y sí lo digo, cabrón, dijo El Cura.


—Oigo.

—¿Es Sonia?

—Félix.

—¿Có... cómo sabes que soy...?

—Te estaba esperando, pero no adivinaba si hoy o mañana... Fui una tonta, ayer debí darte también el teléfono del trabajo por si te era más fácil llamarme allá, podías tener complicaciones por la noche.

—Ninguna, ni por la noche, ni...

—Qué lástima que sea tan tarde, Félix.

—¿Sí?

—¿Por qué me llamaste tan tarde? Qué pena.

—Sí, yo... lo siento muchísimo también, pero mañana...

—Mañana. Qué casualidad, también tenía mañana en la punta de la lengua.

—¿Sí?

—¿Qué me vas a proponer para mañana?

—Yo...

—¿Qué?

—¿Tú tenías pensado algo para mañana?

—Propón tú, Félix.

—Bueno..., me parecía..., a mí...

—¿Por qué no vamos a algún lugar, un restaurante por ejemplo, donde podamos conversar?

—Sí, me parece...

—Invito yo, te advierto.

A ella le habían pasado tantas y tantas cosas, y no tantas, que Félix no fuera a pensar, y Sonia recordaba, revivía recuerdos, cataratas de malos recuerdos; de motivos para tristeza, para sentirse desdichada, con anécdotas y más anécdotas que se entretejían laceriando, hasta conseguir una trama sin cabo ni rabo, más compleja que cualquiera de las extrañas tenderías de El Cura, y en todo el embrollo que era la vida de Sonia, Félix debía dilucidar si en una determinada circunstancia ella había actuado correctamente, o si en tal obra había tenido mejor o peor opción, y Félix sin lograr ni siquiera el requisito previo de una buena cronología de desgracias, sin poder distinguir en la mezcla el mercurio del magnesio, pensaba, y qué semblante más luminoso el de Sonia, qué ojos tan claros, también pensaba, y pensaba siempre sin hablar.

Sonia podía ser simpática, lo era por ráfagas, y hasta en el punto más oscuro donde se confundían angustia con desazón con mala suerte con infausta casualidad, con giro fatal de los acontecimientos, hasta en esa tiniebla, Sonia era agradable, poco mareante, algo equilibrada, si le miraba siempre a los ojos.

Félix mantuvo la cara de beatitud, daba signos de estar extasiado con la inacabable crónica, incluso ensayaba comentarios, intentaba un diálogo que no cuajaba porque el diluvio de problemas lograba una luceta tan oscilante que no era posible distinguir ni los contornos, pero, al menos, escuchaba, o parecía escuchar, y su rostro mostraba agrado, perenne sensación de agrado, y de verdad le resultaba grato ser el escogido para tanta confidencia y no El Cura o cualquier otro, y hasta quizás haya sentido un principio de felicidad.

Más que todo, Félix miraba a Sonia, ése si era su oficio, y mirándola le sorprendió la madrugada, y con la altísima hora vino el caminar más que lento, hasta que arribaron al punto en que el galán suele tomar del talle a la donna, le hace salir de su centro, con levedad procura que la cabeza poblada de ensortijados o lacios cabellos se recueste en el pecho, e inclinando de treinta a cuarenta y cinco grados el rostro a derecha o a izquierda, logra juntar labios con labios aguantando la respiración, al principio, y respirando pasión principalmente por la nariz, desde ese principio en adelante.

Sonia dijo Félix, Félix dijo Sonia, y ambos pudieron pensar, en fin, ya está hecha la noche.

Y esa misma noche, todo se hizo.


—No te puedes imaginar.

—Claro que me imagino.

—No, Cura, no, eso hay que vivirlo.

—Tienes cara de muerto en vida.

—Ayer nací, hermano.

—Estás cogido.

—Cogido es mierda, esa mujer me parió, que venga ahora mismo y me pisotee, que me mate, estoy dispuesto a morir, a morirme por ella, con ella, que pida por esa boca lo que se le ocurra, soy su esclavo, pero que jamás y nunca se vaya, Cura, tengo miedo de perderla, terror a perderla, te lo puedo jurar de rodillas.

—Coñó.

—No te rías, envídiame, no beso a la gente que pasa por la calle de milagro.

—No des más golpes en la mesa, vas a tumbarlo todo.

—Ah, ya me estás envidiando, ya me estás envidiando.

—Desde el primer día que te sentaste y ella siguió con cara de monja para mí, y puso el culo para ti, te estoy envidiando.

—Soy feliz, soy Félix El Feliz, dígalo usted mismo.
—Eres El Feliz, pero ni un manotazo más.

Si escribiéramos, la piel de esa mujer fue plumaje, o el deseo de esa mujer fue música, o la noche con esa mujer fue día, si colocáramos la palabra tersura o armonía o colmo estaríamos liriqueando inútilmente.

Todo es más simple y descomunal.

Félix se despertó con la primera claridad, la observó tal como es, con sus claros ojos cerrados, con la boca entreabierta goteando un delicioso hilo de saliva que fue a reposar sobre la almohada, y aseveró que había dormido otra noche más con la mujer del siglo, y hasta quiso besarla como diciendo amor, amor sin concesiones a una historia de desastres, amor brotando sin previo cultivo, y lo hizo, y más que un beso, fue un sorbo de murmullo, y tan leve, que ella no despertó.

Con mucho cuidado, Félix abandonó la cama y caminó hacia el baño entonando para sí, para bien adentro, la vida no vale nada si no es para perecer.

Amanecía.

La ducha trajo nostalgias, porque si al menos pudiera escuchar siempre, continuamente, la voz de Sonia, la maravilla de esa voz, voz casi música de aguas, mejor que el sueño musical del mejor músico, si pudiera ver siempre esa sonrisa que parte de los ojos, y que voz y sonrisa se conjugaran y que voz y rostro acaparasen todos los sentidos y que no existiera más que aire vibrando con la música de ella, aire encandilado con la luz de ella durante minutos, horas, multiplicables horas, hasta que al borde mismo de la locura supiera al fin hasta dónde sería capaz de...

Félix estornudó.

La imagen de encantamiento donde voz y rostro eran un sinfín de percepciones inacabadas, inacabables, se hizo sonido y cuerpo, porque Sonia lanzó un primer gorjeo con revolver de sábanas, y Félix, desnudo, escurriendo agua tibia, quiso asistir a la alborada de la absoluta perfección, imposible de concebir, y tan real que se encontraba allí, tendida, despertando, y tan verdad que tenía hasta nombre, un nombre temblor de aguas o color de la tarde o…

Félix trató de pronunciar Sonia, pero Sonia fue inarticulable, sólo lograba despegar los labios, sintió un deseo de respirar y exhalar a la vez, y miedo y aún más o amor y miedo.

Sonia asomó la sonrisa, lo miraba, algo le decía.

Félix, musitó Sonia, y a Félix le llegó su nombre en dos aldabonazos, Félix, como doble reventar de tímpanos, y sintió en la garganta el paso dificultoso de algo más ancho que su cuello, e hizo intento de respirar con todo el pecho, y fue tropel por toda la sangre, carrera sin aliento, o con todo el aliento, para decir, para tratar de pronunciar Sonia, amor, mujer, cariño, Sonia, y la opresión fue mayor que su pecho, y vino el estallido, y destrozos retumbando, y Félix buscó un sorbo de aire, aire, necesitaba aire, Sonia, mi amor, aire.

Sonia hizo un gesto con la mano, Félix pudo aún descifrarlo, que se acercara, ven, ven para secarte el pelo, ven mi vida, pudo escuchar.

Pero el mundo abandonaba toda forma, empezaba a ser algo parecido a una rápida sucesión de aristas sin contornos, de espectros de luz, o sola chispa de luz incolora, y más allá oscuridad sin tensiones, donde no cabe la discordia irreconciliable de pecho y cuello y venas, como atrapar la fuga del sol, la entrada de la noche en una tarde sin policromías, sino simple tarde dejando de ser tarde para convertirse en noche luminosísima, y la voz cada vez más lejana percutiendo con menos bríos, como un eco de amor, y ya no fue ahogo, y fue más felicidad que amor, o sería más...

Sonia gritó, siguió gritando mientras trataba de alzar a Félix del piso, de abrazarlo y no moverlo, de que abriera los ojos, de que respirara.