Viaje de Enriqueta

 

 

Olvidar es un placer como la buena mesa, algo lindo, casi una Stefania Sandrelli que te dice, oh caro amore mío, y borra el mundo. Eso es olvidar. Y hoy por hoy yo no he olvidado, aunque ande camino del olvido. Ah, Stefania, la Sandrelli. La conocí cuando estuve en Roma. Yo venía de visitar la galería Piti donde vi el David de Da Vinci, había alquilado una góndola grande, no es caro, y me desembarqué frente a la columna de Trajano o Tarquino, un árabe de ésos, y allí mismito, recostada, Stefania con un vestido transparentoso, parecía un hada, entonces era un titi, una voz tan dulce. Como yo le meto algo a los idiomas y el italiano no es mi fuerte, me acerqué a la fresca y le dije jau du yu du an jaguaryú, madmuasel Sandrelli, y ella en seguida abrió los ojos asombrada y me contestó, comen boe, yu laikmi tu moch, mesié Enrique, y por poco me babeo. Paseamos en góndola, no es caro. Y no te cuento lo que hubo a la noche, por no entrar en detalles, pero para que vayas con algo te diría que lo de ella fue locura, locura total, así como suena. Mira, voy a darte un norte. Por la vida de un hombre pasan millones de mujeres. Tú estás como empezando, pero seguro que ya usted ha tenido sus experiencias. Digo empezando, por lo que te falta. A que usted no llega a treinta, ¿eh? Bueno, pues para que vea, yo mismo me tengo por un tipo convencional en la cosa, pero siempre curado de espanto, porque conmigo la vida ha sido pródiga. Si usted hubiera chocado con esa niña como choqué yo, desde las once de la noche hasta las siete de la mañana del otro día, y sin pegar un ojo, entonces sí sabría lo que es la maroma. Mira mira, no hago más que acordarme y me erizo. A donde llegó esa mujer se acabó el mundo.

Ve poniendo otras dos, Manco.

Qué lástima no haberme tirado una temporadita más larga. En una semana no da tiempo, y por desgracia la vine a conocer el día antes de echar para acá. Mi socio, eso es lo peor que me ha pasado en los días de mi vida, y lo peor que le puede pasar a cualquiera. Desde las once hasta las seis del otro día, o las siete, no recuerdo bien. Me dejó en candela. Pero bueno, cogí mi pedacito de Stefania por aquí, mi pedacito de esto otro por allá, y no me quejo. Sin contar con que estaba cumpliendo un deber, porque firmé el contrato y me traje la empacadora, una que pusimos en medio de la nave, era verde, de lo más linda que se veía, pero hubo que desmontarla. Ah, y le resolví un buen regalo a Martínez, que era lo más presente que tenía. Y, ya tú sabes, el pedacito personal de uno, como yo le digo. Ahorré, ahorré algo, pero Enrique si que no se aguantó la boca, y vio mundo, y ver mundo cuesta, y en Italia más que en cualquier otro lado. Te dan diez liras y es peor que si te dieran diez quilos, es agua esa lira de ellos, tú. Nada nada nada, no vale nada. Por una risa te clavan tres carretones de liras que puedes botar porque eso y calderilla es lo mismo.

Gracias, Manco.

Pero algo valen después de todo, la máquina se compró con liras, y uno se dio su toque de botines, gafas, chucherías. Lo que es la envidia. Mire, Caballo, no hice más que llegar, y empezó el lío. Te voy hablar de a hombre, porque usted es un tipo que siempre ha demostrado tener condiciones, por tranquilo, porque oye, y el que sabe está callado. Aquí entre nosotros, lo que pasó fue que en el apuro del día de regreso y con la matraca de acabar de gastar el dinerito que guardaste, me confundí y traje el prospecto y los planos y todo lo de la máquina en alemán. Imagínate, en alemán. Ese idioma no lo habla nadie. Bueno, los alemanes, y porque no les queda más remedio. En el mundo si hay diez que no son alemanes y lo hablan bien, es mucho. Entonces me dije, hay que vencer las dificultades, y me puse a darle para arriba y para abajo a aquel reguero de máquina, porque los muy italianos la habían repartido en pedacitos, como para que uno se volviera loco. Y la armé, cómo no la iba a armar. Cañonas aparte, pero lo hice, y resultó, ya al final trabajaba hasta tres horas sin interrupción. Lo que estaba trabando era un mecanismo inútil ahí que inventaron los traga-espaguetis, y esa cosa no la dejaba arrancar. Se lo quité y ya, al quilo. Cuando se paraba, apagaba, alguien se ponía a destrabar, y para alante el carro. Claro, después tuvo otras complicaciones y siguió recondenándome la vida por un buen tiempo. Eso te demuestra que la gente habla de las cosas de afuera como la maravilla. Cáscara, lo que fabrican afuera es cáscara.

Trae esas mismas, Manco. Oye, arrímalas para acá, chico, ¿o quieres que te la coja de la bandeja? Ah, cara. Y ve preparando otro par.

El problema fue que de buenas a primeras empezó a trabajar tan mal que escachaba las unidades, y después vino lo del accidente. Todavía hay gente que se acuerda, ya te deben haber dicho. Era que a lo último se trababa demasiado, y la producción, un desastre. Había que entrar a resolver el atolladero sin apagar la máquina, o no acabábamos nunca. Da pena, una mano le hace falta al más sonso, y de verdad que el hombrín del accidente sigue siendo un pan, y mi amigo. Tuvimos que interrumpir definitivamente la explotación del equipo. Pero fue una galleta sin mano al imperialismo y a los envidiosos. Fíjate, yo descubrí que había piezas que le servían a las máquinas viejas que teníamos de toda la vida, porque por aquellos años el mantenimiento era prácticamente imposible, máquinas del tiempo de la bomba, si el vejestorio de hierros esos andaba de milagro. Fíjate bien para que veas lo que es optimizar. Todavía la pizarra de mi equipo está en Corte y Empaque, la pizarra de tantas lucecitas y una forma así, de lo más elegante. En la zona de la carrilera quedan rodillos que fueron de la máquina que yo traje. En el rincón donde tú menos te imaginas, en los baños de las mujeres, los portatoallas son de unas barras así que ella tenía. Y en otros mil lugares... Sin contar que muchas piezas se guardan en mantenimiento, creo que las tienen amontonadas en el pasillo que da al taller, porque seguro pueden ser útiles en cualquier chance, y de esto que te cuento hace, bueno, fue por los sesenta, hasta por la matemática. Resolvió una situación y sigue siendo útil.

Gracias, Manco. No se me ponga bravo, ¿eh?

Pero cuando uno cae en desgracia nadie le tira un cabo, ni la madre que lo parió, nadie te agradece. Ahora van a comprar toda una línea, y a quien le van a dar el viaje es al muchachito ese nuevo, Chucho o Chuqui, que cayó en paracaídas de la universidad. No sabe nada de nada, porque el trabajo lo es todo, vamos a estar claro. La experiencia es lo que cuenta al final y desde el principio, lo demás es bobería. A ver, ¿qué sabe de la fábrica el Chicho o Chichi ese? Qué va a saber, si en la universidad te dan un pico y una pala y una patada por el culo para que salgas a buscártela. Yo sí soy un cuadro, no un improvisado de mierda, aunque me tengan aterrillado manejando el towmotor. De pronto todo lo que has hecho está mal, y entonces llueven los palos. De madre, para que usted sepa. Lo peor es que uno hizo su viaje, que se ha ganado, porque a ver, ¿qué se pudo haber ganado el Cheche o Chequi ese?, si no tiene ni experiencia de la vida, porque no puede tenerla.

Ve sirviendo otra, Manco.

Lo peor es que llegas allá, a Italia, con ilusión, y vas a parar a un pueblito de campo donde el diablo dio las tres voces, cinco casas, peor que decir Arriete o Parquealto, y tú metido en ese hoyo, hecho un mentecato, de la fábrica a la casita, de la casita a la fábrica, recibiendo unas clases que ni se entendían. Sí, chico, porque antes de ir yo estuve estudiando italiano seis meses, que no son uno ni dos, y lo aprobé con buenas notas. Pero el italiano de Italia es otro italiano. Allá no se habla como aquí.

Manco, Manco. Echa para acá. No seas desconfiado, no te las voy a coger de la bandeja como ahorita si usted no me permite. Que eches para acá. Quiero que mi socio te conozca. Ah, deja eso, venga, hombre, lléguese, ¿qué pasa? Usted aquí. A ver. Manco, cara, tú sí eres mi amigo, tipo redondo, así de redondo. Le digo póngame una, y si tienes, porque a veces no tienes, porque mira que a ti te faltan cosas, quiero decir, te sobra de hombre pero te falta también. Sé crítico contigo, ante todo y ante todos, tú me entiendes. ¿Tú me entiendes? No, deje a ésos comemierdas que esperen. Usted aquí conmigo, ¿qué pasa? Manco, yo sé que usted me aprecia, y tú sabes que yo te llevó. Sería un charco si no te diera un abrazo ahora mismo. Sí, un charco. Venga ese abrazo. Manco, tú eres un tipo cortado, pero sincero, siempre sincero. Usted tendrá su defecto, pero nada, para mí es como si fuera perfecto. ¿Viste qué lindo me salió lo del charco? Sería un charco. ¿No te huele a poesía, Manco? Sería un charco. Que un hombre considere que sería un charco. Es tremendo. No se vaya, salude a mi amigo. Esa es la cosa. Yo sé que usted me respeta, cuando le digo póngame una, si tienes, que a veces no tienes, me la pone sin tema, aunque hayan mil delante. ¿Verdad, Manco? Si puedes o no puedes, usted me la trae. No eres un rencorista del coño de su madre como tanto resentido que anda por ahí. Nosotros somos como hermanos. ¿Verdad, Manco? Somos más que hermanos, por lo que pasó. Manco, mi hermano, yo espero que de hoy a mañana me caiga el olvido. Tú eres el mejor, tú sí olvidaste rápido. Te envidio, de verdad. Está bien, siga su trabajo, atienda a la gente, conmigo no tienes tema. Haga, haga lo suyo. Y gracias, Manco, de a hombre. Ahorita nos traes otra.

Verdad que siempre lo toco sabroso, pero no me falla nunca. Italia me falló. Déjame decirte que casi viro al segundo día sin esperar la semana. Aquello fue como estar movilizado. Peor. Sin dominó. Sin radio, porque esos italianos no tienen música que sirva, chico. Con un televisor sin colores, entonces no existían los colores, y el cabrón aparato no era más que anuncia esto y anuncia lo otro, o si no, aparecía un tipo, muy serio él, eso era a cada momento, y se ponía a hablar hasta por los codos, y en italiano, como para recordarte que eras un apapipio. Nada, que lo que hice fue comprar postales y mirarlas por la noche y aprenderme los nombres y hacerme la idea de que estaba viendo mundo. Pero después de todo no me quejo, algo es algo.

Gracias, Manco.

Lo que más me jode es el Chiche para arriba y Chiqui para abajo que tiene ahora.

Manco, Manco.

Hasta éste me está fallando.

Manco, viejo, te pedí una fría, no una tibia. Manco.

¿Qué carajo le está pasando al mundo?

Óigame lo que le voy a decir, usted me hace el cabrón favor...