Nota introductoria



Ángel Efrén de Campo y Valle nació en la ciudad de México el 9 de julio de 1868 y murió el 8 de febrero de 1908, en la misma ciudad, víctima del tifo. Huérfano de padre, desde muy niño conoció las estrecheces económicas, y debido a ellas y a la muerte de su madre, no le fue posible continuar sus estudios, apenas iniciados, de Medicina. Para resolver sus problemas económicos y poder hacerse cargo de sus hermanos menores, desempeñó un empleo en la Secretaría de Hacienda; inició sus actividades periodísticas desde 1885 y fue profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria.

Cuando fue estudiante encontró su vocación literaria bajo la guía del maestro Ignacio Manuel Altamirano. Nació en aquellos años de Preparatoria una firme amistad con otros entonces también incipientes escritores como Luis González Obregón, Luis G. Urbina, Victoriano Salado Álvarez, Balbino Dávalos, Federico Gamboa. Con el tiempo estos jóvenes escritores se unieron en asociaciones literarias; publicaron revistas como El Liceo mexicano, de la que Ángel de Campo fue fundador. En El Nacional, El Imparcial, La Revista Azul, etcétera, donde colaboró con regularidad, hizo populares los pseudónimos de Micrós y Tick Tack.

Aunque escribió un estudio sobre la hacienda pública, poesías, novelas, crónicas y cuentos, los tres únicos libros que aparecieron en vida del autor, son colecciones de cuentos: Ocios y apuntes, (1890), con prólogo de Luis González Obregón; Cosas vistas (1894) y Cartones (1897). Con ellos llamó la atención sobre un género que se consideraba menor. Puede decirse que Micrós otorgó al cuento autonomía y legitimidad artística. Su tema fue, sobre todo, la Ciudad de México y los problemas diarios de la clase media baja, excluida de las ventajas del progreso porfirista.

Micrós fue un escritor que recreó con profundo realismo y melancolía las costumbres de su tiempo. Siguió la línea iniciada por José Joaquín Fernández de Lizardi, matizada con la doctrina nacionalista de Altamirano. Su tono, ponderado y discretamente irónico, no se avenía con el estilo ornamentado y audaz de sus contemporáneos, los poetas modernistas. A Micrós le duelen la miseria y la injusticia que sufren los desheredados, los humildes que en su camino no encuentran sino frustraciones. Sirvan de ejemplos: "¡Pobre viejo!", "El Pinto", "¡Pobre Jacinta!", "El Chato Barrios".

La crónica, género periodístico que registra los sucesos del tiempo, fue utilizada con buena fortuna por Altamirano, Guillermo Prieto, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Urbina. Micrós fijó, en el trabajo diario de la crónica, los diferentes rostros de la ciudad con pincelada rápida y oportuna. El valor documental y humano bajo la apariencia frívola, festiva, irónica o tierna, se manifiesta especialmente en las 364 Semanas alegres que escribió para El Imparcial, en su mayor parte aún inéditas. En sus colaboraciones periodísticas deja Micrós fijas las diferentes imágenes de una ciudad a la que se acerca con amor pero también con espíritu crítico.

Ángel de Campo intentó el género novelesco. Para el periódico El Nacional escribió por entregas La Rumba (1890-91), que se recogió en forma de libro en 1958, en la Colección de Escritores Mexicanos. Se conoce el primer capítulo de otra: La sombra de Medrano, que seguramente se perdió.

La sensibilidad del poeta que fue Micrós, más que en los versos -que también escribió- está presente en la piedad humana con que maneja los sentimientos de personajes: seres humanos o animales. De acuerdo con su tiempo, trata de explicarse científicamente las enfermedades del cuerpo y del alma que esclavizan y destruyen al género humano. Poco optimista con el futuro de las clases pobres, sin embargo se hace eco de las injusticias que sufren, y protesta por la situación que padecen.

Fiel a la tarea que se impuso de dejar a la posteridad un retrato fiel de lo que fue su mundo y su tiempo, fin de siglo, fin de una larga y discutida época de paz, no desmayó en su empeño, seguro de que su palabra, su verdad, su intención, tenían en el periódico el medio idóneo para convencer, para persuadir, para mover la conciencia de un pueblo tan necesitado de conocerse a sí mismo.

 

María del Carmen Millán