¡Pobre viejo!

 

Ni duda, aquella era la casa; lo encontré todo igual. El tiempo, es verdad, la había hecho más triste, porque estaban manchadas las paredes con las huellas de la lluvia, y el musgo dibujaba en ellas siluetas verdinegras: el santo de cantera, el roto macetón de la azotea, el balcón mohoso, la entrada angosta: ¡todo lo mismo! Sólo que en el ventanillo no se veía la jaula del loro locuaz, ni aquellos tiestos de geranio y rosa de Castilla. ¡Con qué emoción leí aquel rótulo que en fondo negro y con letras blancas casi borradas, decía COLEGIO PARA NIÑOS!

Subí la escalera de mampostería. Como siempre, ardía en el descanso la lamparilla frente a la Virgen de Guadalupe.

Asomó tras el portón verde, no la muchacha harapienta, la pelona famosa, sino una viejecilla enjuta. En el silencio de la casa, en el aire discreto de la criada, en todo, adiviné lo que había pasado. ¿El señor Quiroz? —pregunté.

—Esta mañana, a las tres —me respondió con aire compungido la vieja, llevándose el delantal a los ojos—. Pase usted...

¡El señor Quiroz había muerto! Aquel hombre intachable, aquel recuerdo apenas vive en tantos que, como yo, mucho le debieron. Solo, ni uno de sus discípulos lo acompañaba en aquella pieza desmantelada que conocía tan bien: el mobiliario miserable de aquella sala pobre; las consolas sin pie, el sofá de cerda, el estante del libros viejos, la esfera terrestre, aquel diploma pegado a la pared. Junto a un mapamundi, la mesa revuelta que le regalamos de cuelga el año de 70, llena de firmas infantiles y borroneadas; en medio de la pieza, el catre de hierro, y sobre sus tablas desnudas un cadáver vestido de luto; un pañuelo cubría su cara, y a los lados dos grandes cirios que ardían. ¡Era el maestro de primeras letras! Con respeto y temor lo descubrí. ¡Cómo había envejecido! ¡Qué aspecto tan desconsolador en aquellas líneas modeladas por la muerte! ¡Qué elocuente aquella soledad silenciosa, donde antes todo era bullicio! Pobre amigo, yo lo acompañaría. Y me senté en el viejo sofá de cerda y me puse a pensar en el pasado...

¿Te acuerdas? Aquellas mañanas cuando oía la voz de mi madre que me gritaba: “¡Van a dar las ocho!” Aquel malhumor con que me levantaba, aquellas cóleras diarias contra la criada que me restregaba con demasiada fuerza el zacate y el jabón al lavarme el pescuezo, la brusquedad con que pasaba el cepillo por los cabellos aún rubios; el desayuno apurado de prisa, y aquel desconsuelo al tomar la bolsa deshecha, donde dormían la pizarra, el libro de Mantilla y el Padre Ripalda... ¡Las ocho! Era hora; llorando todavía, llegaba al colegio; la criada me veía subir desde el zaguán, mientras le gritaba antes de tirar del grasiento cordón de la campanilla: “¡Ven a las doce en punto!”, y entraba.

No puedo olvidar aquella pieza, aquel techo lleno de pelotas de papel mascado, las paredes con letreros y manchas de tinta morada, negra y roja; los mapas polvorientos, las muestras de dibujo, el sistema métrico decimal; el Corazón de Jesús al frente sobre un reloj siempre parado.

La plataforma pintada de negro y encima la mesa del señor Quiroz; el tintero representando un ciervo; la regla, las planas en orden, los libros formando pilas. Las dos hileras de bancas y mesas con sus tinteros de plomo; sus candados en las tapas de las papeleras, y tantas letras grabadas con navaja en la madera de los muebles... Me parece volver a aquellos tiempos, siento el aire fresco de  aquellas mañanas, el olor del ladrillo recién regado, el sol entrando por el balcón abierto, el señor Quiroz golpeando la mesa con la regla y gritando: “¡Pepito López, a su lugar!” para seguir rayando concienzudamente el papel. Juanito Llamas borraba cifras aritméticas en el pizarrón; Miguel Vilches, oculto por la tapa de la papelera, mordía un cuerno de rosca; tras el antifaz de los catecismos platicaban Mejía y Méndez; leía en voz alta Zamudio, y Pepito López, inquietísimo, se deslizaba hipócritamente a lo largo de la banca (siempre era esa su disculpa) para pedir un lápiz a Marticorena o a mí, que con la vista vaga seguía el vuelo de las moscas que aprisionaba Orozco y pegaba con cera a soldados de papel.

¡Ah, época inolvidable! No se cuidaba uno ni del día ni del mes, sino para saber, porque todos los juegos tenían su temporada, cuándo se debía jugar a las canicas, cuándo al balero, cuándo concluía el reinado del trompo y comenzaba el de los huesos de chabacano, el piso y el burro. Sin más temor que el de ser sorprendidos in fraganti conversación, en desiguales cambalaches de pizarrines y caramelos o en el mayor crimen, fumar, pálidos de espanto tras la puerta del común, el primer cigarro de monzón robado al ama de llaves.

—¡Pepito, media hora de castigo!

—¡Señor, si no he hecho nada!

—Sí, señor; está usted distrayendo a Orozco; ¡media hora!

—No, señor (jeremiqueando) ¡a la otra!

—¡A su lugar! (reglazo).

Y después de estos diálogos, el señor Quiroz seguía rayando papel hasta que alguno alzaba el brazo y enseñando dos dedos, pedía permiso para “hacer de las aguas”

—¡Está ocupado! —Aquel era el gran pretexto; ir a tomar agua o a cumplir alguna función fisiológica de grande importancia. En aquellas escapadas se mordía el pedazo de pan, resto del desayuno; se contaban las canicas y, sobre todo, se estaba fuera de aquella pieza estrecha, de aquellas durísimas bancas, donde colgaban los pies; se lavaban las manos llenas de tinta, frotando los dedos en el ladrillo del lavadero; y haciendo repetir al perico aquella mala palabra que sabía y todos oían con una punzante curiosidad, y se repetía en voz baja, muy baja, porque si el señor Quiroz la oía, “¡al cachote!”, aquel cuarto húmedo y oscuro, lleno de sillas rotas, tinas desfondadas y ropa sucia donde paseaban las ratas del tamaño de un conejo. Había alacranes y mestizos, que acobardaban a los más valientes; era preferible dar cien líneas del Urcullu, estar media hora hincado y en cruz, hasta recibir la orden de que no le dieran dulce y fruta en su casa, a entrar a aquella pieza que olía a ropa sucia y a humedad.

¿Cuántas cosas habría en el bufete del señor Quiroz? Dicen que ahí guardaba todo lo que les quitaba a los niños; muchas canicas, membrillos mordidos, pedazos de charamusca, soldados de plomo, juguetes de madera, pinturas, caramelos, baleros, trompos; la teja de plomo que servía para jugar al piso, pliegos de papel de colores para forrar libros y tapizar los cajones, armellas, ¡qué se yo! Era un tesoro.

¡Qué tristes aquellas tardes cuando estaba uno en la lista con dos o tres rayitas: cada una era media hora! Todos se iban a jugar al patio y uno se quedaba solo. Gritaba la criada: —¡Por el niño Mendoza!

—Hasta las seis —respondía muy serio el señor Quiroz. No valían ruegos, ni valían pretextos. “¡Es la última, señor! ¡Ya no lo vuelvo a hacer!” Nada, era inflexible.

¿Qué decir en casa, al llegar? ¿Cómo resistir a aquella pregunta: “¿Por qué viene usted tan tarde?” Y aquella comparación humillante de “¿ya ves a tu primo Félix? pues, nunca lo castigan”. ¿Cómo presentar los sábados aquella plana donde se repetían cinco veces las palabras Venecia, Valladolid, Valencia, o aquella máxima escrita con bella letra inglesa: “El estudio es fuente de riqueza”, que unos copiaban con caracteres que parecían patas de mosca o, como aseguraba el señor Quiroz, hechos con popotes? ¿Cómo mostrar aquella calificación: Conducta, mal... Aplicación, mal... Aseo, bien, escrita al dorso? ¿Cómo coser los pantalones hechos pedazos, el saco lleno de gis, la camisa de tinta, las medias de ladrillo? ¿Cómo curar los moretones sacados en aquellos lances de honor que se ventilaban a las cinco, en un rincón de la azotehuela? Graves preocupaciones de la edad, imposibles de resolver a los siete años.

Para nosotros el señor Quiroz era un inquisidor: ¿por qué nos daba garnuchos en las orejas? ¡Cómo se enfullinaba cuando alguno se le paraba de gallito! ¡Pobre viejo! Alguna vez me pregunté: ¿por qué será tan pálido y tan flaco? Más tarde lo he sabido, más tarde he resuelto aquel enigma. Ya sé por qué llevaba siempre aquel saco café lleno de manchas, aquel chaleco gris, aquel pantalón de casimir del país con grandes rodilleras: sé por qué se ponía pensativo al reflexionar en la mañana, y por qué está pálido y flaco un hombre que no tiene dinero, a quien matan lentamente las privaciones, a quien consume el cerebro el repetir año tras año: “¿qué es Gramática?”, escribir día tras día el mismo ejemplo de sumar quebrados; resistir el eterno dos por dos cuatro, dos por tres seis; levantarse con el alba, sufrir malas respuestas y cargos de papás descontentos.

Ésa es la vida. ¿Por qué el inventor tiene bustos de bronce que lo inmortalicen y retratos y biografías en los periódicos ilustrados? ¿Por qué el mercader es grande y el sembrador se olvida? ¿Por qué sólo se alaba el encaje de piedra que corona las hermosas cornisas y no hay una mención para el cimiento?

Es un amigo de los primeros años; descifra ese jeroglífico encerrado en las páginas de un silabario, esa frase milagrosa que al pronunciarla se abren los inmensos horizontes desconocidos de la vida, da la clave para arrancar al libro su riqueza, arroja en el alma ese primer germen que diferencia al estúpido del hombre social, y sin embargo, es para todos un pobre viejo retrógrado, porque a fuerza de enseñar ya nada puede aprender, un bilioso que castiga sin justicia, a quien se le paga una vil mensualidad y ¡hasta luego!

¡Pobre señor Quiroz, muerto!

¿Qué se habían hecho aquellos compañeros de colegio, por qué no había venido uno solo a recoger la última mirada dulce, dulce como la tenía el día de la comunión general y de la repartición de premios? ¡Era bueno, sí! El día que acabé el libro de Mantilla y dejé el colegio; cuando yo usaba pantalón corto, no lo olvido, me regaló una estampa con un San Luis Gonzaga y, conmovido, llorando se despidió diciéndome: “Que logre verte hecho un licenciado”. ¡Y entró con los ojos húmedos a explicar los denominados por partes alícuotas!

No puede ser malo el que muerto tiene cara de santo. No; me arrepentía de mis malos pensamientos de niño mimado de siete años: la gratitud, una inmensa gratitud, brotaba a mi labio. ¿Para qué besar aquella frente? Era demasiado tarde.

¡Pobre viejo!, como le decían los vecinos. Ya descansa. Y me alejé con una tristeza profunda, mientras un grupo de niños salía festivo del zaguán, niños que reían contentos como la mañana, porque... ¡no había colegio!