width= Genaro Estrada



Selección y nota
introductoria de
Beatriz Espejo



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Nota introductoria

 
 

 

Genaro Estrada (1887-1937) nació en Mazatlán Sinaloa. Su infancia transcurrió en El Rosario donde vivían su abuela materna y sus tías, y en Culiacán, donde estudió preparatoria. Pronto descubrió el amor por la letra impresa y la afición por las labores tipográficas. La imprenta de un pariente suyo y El Monitor fueron su escuela. Una lo familiarizó con tipos, cajas y tintas; otro le dio oportunidad de ser jefe de redacción y de escribir editoriales y artículos diversos. En 1911 hizo su primer viaje largo. Estuvo tres meses en la ciudad de Los Ángeles que le serviría de marco para escenas de Pero Galín, lo cual indica que la experiencia le dejó huella. Al regresar, El Diario le publicó una serie de crónicas. Había recorrido el Estado de Morelos y reseñaba enfrentamientos entre las fuerzas gubernamentales y las Zapatistas.

Con Enrique González Martínez fundó la revista Argos de la que salieron sólo seis números; pero no abandonó la amistad con su codirector y le dedicó un ensayo sobre “La muerte del cisne” y una nota entusiasta sobre Jardines de Francia. El año 1913 entró en la Escuela Nacional Preparatoria. Fue secretario y profesor de gramática y español al tiempo que aceptaba formalmente una de sus grandes pasiones: el estudio documental de la historia mexicana. Colaboró en múltiples periódicos y —cosa sintomática de sus habilidades— fue también corredor de bolsa en acciones industriales y comerciales. Por entonces sacó su primer libro, Poetas nuevos de México (1916). Intelectual a la orden del día, siguió un método probado por Ad. Van Bever y Paul Léautaud en Poètes d’Aujour’hui que alcanzó más de veinte ediciones en la biblioteca del Mercure de France. Con catálogo iconográfico y notas y juicios bibliográficos, Genaro Estrada incluyó en su antología a los autores que formaron la Revista Azul, Revista Moderna y Savia Moderna, los que se agruparon en el Ateneo de la Juventud y los que se empeñaban en descubrir “la novedad de la patria”.

Al instituirse el gobierno constitucional, ingresó en la Secretaría de Industria y Comercio. Organizó y fundó la oficina de publicaciones y, simultáneamente, fungió como redactor de Pegaso. Se le nombró jefe de la Comisión Comercial encargada de instalar en Italia la representación de México en la feria de Milán (1921). A ésta, siguieron otras encomiendas que le brindaron oportunidad de recorrer el continente, y ese mismo año dio a prensas su mejor libro, El visionario de la Nueva España que le otorgara título de esmerado prosista. Empleó un artificio utilizado por Luis Vélez de Guevara en El diablo cojuelo. Imaginó que desde lo alto de la plaza mayor puede apreciarse y describirse una ciudad. Fijó su mirada en los detalles nimios que, sin embargo, pescaban al vuelo rasgos determinantes de un carácter. Tomó a manera de ingredientes el humor, la ironía, el poder de síntesis y la capacidad de observación.

Inscrito en la corriente colonialista, rescató la vida en la capital del virreinato, sus costumbres, sus tipos humanos y algunos vicios y virtudes que perduran inamovibles. Sirvan de ejemplos “El marqués de Croix” que trae a cuento la lambisconería abyecta de validos y allegados al poderoso, y “El heredero” que pinta a un mentecato hijo de familia del XVII; así desfilaron las distintas clases sociales, oidores colmados de soberbia, muchachas en edad de merecer, damas, pajes y caballeros protagonistas de escarceos amorosos; sabios, barberos, mendigos, monjas y clérigos representantes de un mundo cuya evolución empezó con el insurgente que atravesaba las calles a galope tendido para tomar camino hacia el Monte de las Cruces.

¿Era el colonialismo, en plena Revolución, una búsqueda en las raíces nacionales? ¿O respondía al deseo de voltear los ojos al pasado para no ver el presente? Según Martín Luis Guzmán la moda dio lugar a que se crearan libros de mandarín. El hecho es que Estrada no negaba sus influencias venidas al través del Océano, Jules Renard y Aloysius Bertrand principalmente. Las mismas influencias que aceptaron algunos coetáneos suyos. Tradujo incluso La linterna sorda, El viñador en su viña, Pamplinas e Historias naturales de Renard y enriqueció el catálogo de la Editorial Cvltvra (1920), y Municipalidades coloniales españolas de Herbert Ingram Priestley a pedido de los Porrúa. Escribió también una biografía de Amado Nervo, un ensayo, Genio y figura de Picasso y, de 1928 a 1932, cuatro poemarios muy pulidos: Crucero, Escalera, Paso a nivel y Senderillos al ras que Luis Mario Schneider compiló con otros textos en “Letras Mexicanas” del Fondo de Cultura Económica (1983).

Pero Galín
(1926) es la reunión de quince relatos interrelacionados, en los que dejó sonar timbres autobiográficos y se burló un poco de sus propias manías e inclinaciones. Retrató su afición al coleccionismo y sus visitas fructíferas a los bazares. En “Paraíso colonial” dedicó páginas soberbias a las librerías. Con especial esmero se refirió a las de César Cicerón y Ángel Villarreal, proveedores de joyas impresas que atesoraron nuestros más célebres eruditos y bibliómanos. Lota Vera hace pensar en Consuelo Nieto, a quien aún no conocía y con quien casó luego, y el personaje principal recuerda al propio Estrada, incluso por su apelativo sacado de algún manuscrito. Pintó la ciudad de México como un cuadro rebosante de vida y describió Los Ángeles durante la época dorada de Hollywood con sus astros refulgentes.

Profesor en la Escuela de Altos Estudios recibió nombramiento de oficial mayor en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Allí mismo ocupó cargos hasta llegar a ministro en 1930. Sus representaciones diplomáticas, embajador en España, ministro en Portugal y Turquía, le permitieron seguir viajando. Perteneció al Centro de Estudios Históricos de Madrid y copió innumerables documentos sobre México. Orientador de nuestra política externa, contribuyó a que el país se definiera en la comunidad hispánica de América como abanderado frente a las prácticas de los Estados Unidos y de ello es muestra relevante la famosa doctrina que lleva su nombre.

Le ofrecieron la embajada de Brasil o la de Argentina. Rechazó ambas; pero continuó dirigiendo las publicaciones de la institución. En 1936 fue miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Historia. Colaboró en La Nación de Buenos Aires y se asoció con la Editorial Proteo de San Luis Potosí. Sacó las primicias literarias de amigos como Alfonso Reyes y Julio Torri en papeles finísimos y grandes capitulares y sus caprichos lo llevaron a obras curiosas en tirajes de seis y diez ejemplares, además de supervisar textos de la Pajarita de papel (Pen Club), de prestar apoyo moral y económico a Contemporáneos, fundó y animó colecciones insuperables: el Archivo Histórico y Diplomático Mexicano, Cuadernos Mexicanos de la Embajada de México en España, Anuario Bibliográfico Mexicano y Biblioteca Histórica Mexicana de Obras Inéditas. Todo ello explica la razón por la cual se ha calificado de obsesiva su acción editorial.

Gordo, sonriente, buen conversador, amante de las cucharitas de plata y de muchas maravillas que decoraban su casa donde los santos estofados se combinaban con los lienzos de Diego Rivera y Abraham Ángel, a quien descubrió y protegió, Genaro Estrada, portador de buenas noticias, autodidacta convertido en erudito, provinciano que manejaba la urbanidad como un príncipe oriental, fue un hombre enterado y ocupado que organizaba sabiamente su tiempo para realizar una variedad sorprendente de tareas.
 
 
Beatriz Espejo

 


 

El visionario de la Nueva España

 

Las doce

 

                         ln the silence of the night,
                         How we shiver with affright

                         At the melancholy menace of their tone!


Edgar Allan Poe, The Bells 

 

Las doce. Han dado las doce en el monasterio de las capuchinas. Como la letanía de los muertos que cantaran sucesivamente doce monjas; como si doce losas tombales cayeran, una después de otra, en la cuenca sonora y lúgubre de doce sepulturas en un cementerio abandonado hace muchos siglos; como si doce gritos trágicos desgarraran las sombras pobladas de fantasmas y de presagios; como si la voz lejana de los doce apóstoles le hablara al mundo en esta hora de silencio y de angustia; como si los doce signos del zodiaco cayeran a la tierra en augurio pavoroso.

Han dado las doce en el monasterio de las capuchinas. ¡Las doce! La hora en que en los cubículos de la Inquisición se oye arrastrar cadenas; la hora en que en el cementerio del convento de San Francisco aparece una procesión de monjes grises que repasan las cuentas de sus rosarios entre los dedos descarnados; la hora en que la horca que está en la Plaza despide llamas azules; la hora en que se escuchan palabras de espanto y llamadas de socorro en el quemadero de San Diego, y en el coro de la catedral cantan las letanías las almas de los canónigos impenitentes, y las campanas de la torre de San Pablo tocan solas, y en un rincón de la Calle de la Celada se dibuja la sombra del caballero de Solórzano, y un viento inexplicable apaga las lámparas de aceite de las hornacinas…

¡Dios mío! ¿Qué es esto que me ahoga, que no deja salir de mi garganta el grito horroroso que me sugiere este silencio mortal y lúgubre en que está sumido el mundo después de la última campanada de las doce?…

 


 

El oidor

 

         Le Grand Homme evançait régulièrement la tête
         haute, l’air vague. Ses admirateurs s’arrêtaient pour
         le regarder…

                             J. Renard, Le Vigneron dans sa Vigne

 

Cuando el oidor llegó a las puertas del cielo, echó una mirada a su ropilla negra y componiéndose la capa como cuando entraba a la Audiencia por la puerta principal del Palacio, llamó con visible autoridad, con el aldabón de bronce.

No se abrieron las puertas, sino una rejilla en la cual apareció, indiferente, la cabeza de San Pedro.

—¿Qué deseáis, hermano? —preguntó el apóstol un poco fatigado, como quien acostumbra repetir muchas veces la misma pregunta.

—Soy un oidor de la Real Audiencia.

—Detallad. ¿Qué cosa es la Real Audiencia? ¿De qué país venís? ¿Qué queréis exponer?

El oidor estaba asombrado. Acababa de morir con gran pompa; el virrey y su corte habían asistido a sus exequias; el arzobispo habíale dado la absolución; las campanas de todos los templos habían doblado por su alma; los alabarderos rindiéronle honores militares; la Universidad ideó epitafios en latín que se colocaron en el imponente túmulo y en los cuales ocupóse la crítica, poniéndoles reparos de sintaxis. Dio explicaciones: dijo que era un alto personaje de la Nueva España.

—Esperad un momento —dijo San Pedro, mientras hojeaba las grandes páginas de un atlas portulano—. A ver: Sicilia… las columnas de Hércules… la Española… el Mar Caribe… la Pimeria… ¡he aquí la Nueva España!

El oidor adivinaba que ya era esperado en el cielo; suponía que dos golpes de alabarda saludarían su llegada; que un paje lo conduciría a través de espléndidos aposentos hasta llegar al que se le tenía preparado, mientras que era introducido al trono de Dios, en donde se desarrollaría un magnífico recibimiento, con arcos triunfales, sacabuches, atabales y fuegos de artificio.

Sin añadir palabra San Pedro metió la llave en el cerrojo y abrió la puerta.

El oidor penetró, erguida la cabeza, con paso solemne. Fuera del portero ningún ser humano había allí; nadie lo esperaba; no resonó el golpe de alabarda; el paje no se presentaba, ni distinguíanse por todo aquello escaleras, galerías ni aposentos.

Algo sospechó de pronto. Y para no hacer un mal papel que hubiera deslucido la alcurnia de su persona, acomodóse lo mejor que pudo y requiriendo recado de escribir, púsose gravemente a redactar sus memorias.

 


 

La almohadilla

 

Por la tarde, cuando la siesta termina y la anchurosa casa es un poema de silencio que apenas el chorrito de la fuente de azulejos va glosando en tono menor, son los arcos escudados del patio que enverjan los hierros de Vizcaya, la familia va a reunirse en la pequeña sala de “asistencia”.

El padre, quien saca su caja de rapé con temblorosa mano se introduce los polvillos con menudos y rápidos golpecitos. Cruza las piernas, lanza un sordo quejido habitual, hunde los chanclos en el galoneado cojín y se queda mirando las figuras pastoriles que adornan la caja de rapé. Asaltan su mente los asuntos que esta mañana lo llevaron al Tribunal del Consulado; luego desfilan por su memoria, apenas dibujados, cosas y paisajes de su vieja Galicia; otra vez llévase a la nariz los polvos de rapé y cabeceando, cabeceando, como si en toda su vida hubiera echado un sueño, vuelve a reanudar la siesta de hace pocos momentos.

La madre, la señora piadosa que enantes brillara en las fiestas del de Mancera, quien ahora lleva con sombría dignidad un traje de negra tafeta, en donde sólo brilla una cruz de oro, saca un cuaderno en donde va leyendo la vida de Santa Elena de Roma y, con el índice, señala imperiosamente a su marido y a su hija los rasgos principales, las mejores máximas, los crueles martirios de la reina santa. Lee por costumbre y cuando se fatiga salta dos, cuatro páginas y sigue moviendo el índice con indiscutible autoridad. Nadie ha advertido que la lectora saltó algunas páginas y de cuando en cuando la hija inclina la cabeza, aprobando, y el padre aprueba también con su cabeceo, que leves ronquidos ritman a veces.

Y la señorita, la señorita que ha abierto su almohadilla de costura, con pequeñas ornamentaciones de axe incrustadas en madera de Michoacán, y la tapa interior forrada de seda, en donde se prenden las agujas, las madejas, los trozos de rútilas telas; la señorita que finge escuchar con atenta devoción y que, la aguja en la mano, enhebra los hilos en una delicada manteleta o busca con punzantes dedos, en cuyas yemas apenas se enciende y tiembla una oculta emoción, algo que debe encontrarse entre los cajillos secretos en donde giran los carretes de la almohadilla.

Y mientras que la madre sigue señalando los pasajes eminentes de Santa Elena, la señorita ha tirado de una tablilla disimulada en el fondo de su caja, y extrae de allí la miniatura en donde un caballero joven parece sonreírle sobre la firma que casi imperceptiblemente dice: Pacheco.

 


 

El estrado



                                        —What is thy name?
                                        —Thou ’it be afraid to hear it.

                                       William Shakespeare, Macbeth



Las señoras reían, unas, del estúpido lance ocurrido al hijo de los marqueses de la Paloma en sus amoríos con la señorita de Trebuesto, mientras que otras se hacían lenguas del padre Apolodoro, quien el domingo anterior había hecho llorar al concurso, al relatarle la vida de Santa Catarina, durante el sermón que dijo en Balbanera.

Algunos caballeros asentían, a los comentarios de las damas, con leves inclinaciones de cabeza, y otros, formando corrillo cerca del balcón con bolas de bronce, criticaban a cual más las debilidades de la Audiencia ante los abusos del virrey.

—Sin embargo —murmura una señora emperifollada con más lazos que una cucaña—, sin embargo, ese mequetrefe no escarmienta y ya prepara un juego de cañas en su casa de placer de la Hacienda del Molino Alto.

—Lo que urge aquí —exclama un joven, levantando con un rápido movimiento de su espadín la orla de la esclavina— es que un visitador venga a ajustar cuentas a ese advenedizo del marqués de Leyva, quien ha revalidado títulos de las galeras de Nápoles, a cambio de no sé qué bajas acciones en la corte.

Caía la tarde y el estrado se animaba cada vez más. Las luces del crepúsculo, al entrar por el amplio balcón, arrancaban vívidos chispeos al candil y a los capelos del cristal e iban a desfallecer dulcemente en el terciopelo de los arambeles.

Se alzó la cortina que separaba el salón de la “asistencia” y un criado mestizo, con los ojos llenos de inquietud, con voz desfalleciente, dijo un nombre.

Callaron al momento todas las voces de la tertulia, palidecieron todos los rostros.

—Don Juan Nicolás Abad, secretario del Santo Oficio —anunció.

 


 

El biombo


                                 A aquel árbol, que mueve la foxa,
                                 algo se le antoxa.


                                 D. Hurtado de Mendoza, Cossante


Ardía la fiesta en la casa del oidor don Francisco de Ceynos. Ya habían llegado el virrey y su consorte, el visitador y la Real Audiencia, y ya doña Leonor Carreto, la virreina, terminaba su segunda contradanza.

La hija del oidor estaba encendida con las emociones de aquella noche. Había cambiado con su galán breves palabras que nadie advirtió con el ruido de la fiesta. Apenas iniciado un momento de reposo, la señorita de Ceynos dijo en voz alta a su acompañante:

—Os digo que vayáis a aquel aposento a buscar mi abanico.

Y como el caballero no regresara al punto, agregó:

—Yo misma iré a buscarlo.

—No está aquí el abanico —dijo el caballero en cuanto vio entrar a la dama.

Y ella, más encendida todavía, repuso:

—En efecto… perdonad… está detrás de ese biombo.

Y al punto ambos se dirigieron a aquel sitio.

Era un biombo chinesco, en cuyas hojas de seda negra, hilos multicolores habían bordado escenas de la corte de España, con anacrónicos trajes del Asia.

Los músicos, preludiaban la pieza siguiente cuando la pareja abandonaba la dulce intimidad del aposento.

Sin embargo, el abanico había quedado olvidado, de nuevo, detrás del biombo.

 


 

Nocturno de San Jerónimo


   Voici le soir; la terre a fait un tour de plus, et les choses
   vont passer avec lenteur sous le tunnel de la nuit.

                            J. Renard, Le Vigneron dans sa Vigne


En la Plaza de San Jerónimo ni un ruido altera la dulce calma de la noche, y los arbolillos que bordean el arroyo se han dormido, arrebujándose en la tenue claridad de la luna que ahora asoma un segmento detrás de la iglesia conventual.

Ya la vieja que reza todo el día en aquel chiribitil del rincón, corrió la tranca, más pesada que la puerta que asegura, para que el diablo no vaya a meter el rabo, y mató la luz de su vela para rezar el último rosario desde la oscuridad de su camaranchón; el perro vagabundo se ha echado como una rosca, en un ángulo del muro, para dar al olvido la paliza que le atizaron los léperos de las Atarazanas.

Desde aquel balcón una maceta desborda las ramas de una madreselva y la planta exhala sus aromas que van difundiéndose en la noche silente. Un grillo se ha puesto a cantar allá arriba, en la torre, y su nota monocorde hace más grave la soledad de la hora.

Sólo en aquel alto ventanuco del convento se distingue una pálida luz rojiza, de una celda en donde a estas horas alguna monja jerónima debe de componer suaves endechas por el amor de Jesús.

La luna va rodando por el cielo y se entretiene en el viejo juego de la gallina ciega, escondiéndose entre las nubes para dejar la plaza a oscuras y apurar el canto desolado del grillo.

 


 

Los libros prohibidos

 

Frente a la mesa en donde un velón chisporroteaba con el ruido de un tábano, el fraile agustino abstraído y con las manos en las sienes pasaba lentamente hoja a hoja del libro en cuya lectura había gastado ya más de tres horas.

Así fue como no sintió la llegada del padre vigilante, que se entró quedo en la celda y lo miraba con sonriente reproche.

—Hermano —le dijo—, parece que no pensáis dormir esta noche. Hace ya mucho tiempo que la comunidad está recogida. Sin duda vuestros profundos estudios os alejan el sueño y os ocultan la hora… Ya imagino que preparáis un nuevo libro para larga fama vuestra y de la regla de nuestro Santo Padre Agustín. Hermano, ¿y qué leéis esta noche con tal devoción? ¿Acaso ha caído en vuestras manos ese luminar del Sermonario que fray Alonso de la Veracruz acaba de publicar?

Con rápido ademán el fraile cerró el libro y moviendo la cabeza en señal afirmativa, contestó:

—En efecto, padre, es el Sermonario de fray Alonso. Tenéis razón, es ya muy tarde y ahora mismo voy a hacer las oraciones de la noche.

Y cuando el padre vigilante hubo salido fue a ocultar debajo del duro lecho aquel libro, en cuyo lomo en donde amarilleaba el pergamino había un rótulo que en las letras de Tortis decía:

Adagios de Erasmo
Y ya llegaban las primeras luces del alba y todavía el fraile revolvíase en su lecho, sin haber descabezado ni un sueño, fatigado y sudoroso, como si allí debajo tuviera una parrilla que le asara las carnes y le chamuscara los cabellos.

 

 


 

El recuerdo


           Heureux qui comme Ulysse a fait un beau voyage,
           Ou comme celui-là qui conquit la toison,
           Et puis est retourné plein d'usage et raison,
           Vivre entre ses parents le reste de son age!


                                                         Joachim du Bellay


Bernal Díaz del Castillo, viejo, pobre y macilento, se refugia aquella tarde en un rincón de la mísera estancia que brindóle el destino en la ciudad de Santiago de Guatemala.

Cae la tarde y ni un leve rumor llega a la calleja en donde habitan las pobres gentes que ahora arreglan el lecho destartalado y las viejas que rezan el rosario cotidiano.

—¿Has tomado ya tu tisana, Bernal? Murmura una voz cansada de mujer—. Mañana reanudarás tu trabajo.

—¡Mañana! (Y una tos dura y persistente interrumpe la frase.) Hoy mismo, hoy mismo oiréis algo de lo mejor que sacaré en la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, y os juro que no conciliaría el sueño si llegara a olvidar esto que ahora se representa a mi memoria, con la misma realidad que cuando nuestro esforzado capitán se entraba por aquellas tierras de maravilla… Escribid esto que voy a dictaros —agregó con visible satisfacción y alzando un poco la voz decrépita— …escribid:

Luego otro día, de mañana, partimos de Ixtapalapa, muy acompañados de aquellos grandes caciques que atrás he dicho. Íbamos por nuestra calzada adelante, la cual es ancha de ocho pasos y va tan derecha a la ciudad de México, que me parece que no se torcía poco ni mucho; e puesto que es bien ancha, toda iba llena de aquellas gentes, que no cabían, unos que entraban en México y otros que salían, y los que nos venían a ver, que no nos podíamos rodear de tantos como vinieron, porque estaban llenas las torres e cúes, y las canoas y de todas partes de la laguna, y no era cosa de maravillar, porque jamás habían visto caballos ni hombres como nosotros, y de que vimos cosas tan admirables no sabíamos qué nos decir, o si era verdad lo que por delante parecía, que por una parte en tierra había grandes ciudades y en la laguna otras muchas, e veíamoslo todo lleno de canoas, y en la calzada muchos puentes de trecho a trecho, y por delante estaba la gran Ciudad de México…

Aquí hizo una pausa. Embutido en su sillón de cuero, con las manos cruzadas bajo la barba, Bernal Díaz del Castillo tenía los ojos enrojecidos. Recordaba claramente, como si hojease en aquel momento un libro de estampas, todos los episodios de la Conquista, y volvía a ver a sus compañeros de armas que le sonreían desde la gloria y contemplaba el brillante desfile de las huestes bravías del pávido emperador Moctecuzoma.

Y mientras que aquella tarde triste desvanecía sus luces en el muro de enfrente, que el musgo hacía más desolado, Bernal Díaz del Castillo sentía que un guantelete de hierro apretaba su corazón, como una esponja sangrienta.

 


 

 

El aparecido

 

Aquella noche el marqués de Branciforte tuvo un horrible sueño. Soñó que el propio Carlos V, armado como en la pintura del Ticiano, llegaba a la Plaza Mayor e iba con paso resuelto y ademán airado en derechura de la magnífica estatua de bronce de Carlos IV que el día anterior había sido descubierta con grandes fiestas y popular estrépito.

Y que el César invicto abría de un puntapié la puerta de la verja de hierro, y que se llegaba al pedestal para treparse y arrojar con ira la corona de laurel que adornaba las sienes del estúpido monarca.

Y que en su lugar colocaba una cabeza de ciervo cuya cornamenta crecía a cada momento, y sobrepasaba las azoteas de la Diputación, las torres de la Catedral y se perdía en las nubes.

Y que de un tirón arrancó el manto romano de la estatua para sustituirlo con el miriñaque de doña Luisa de Parma y con el levitón de don Manuel de Godoy.

Y que después, con grave paso, encaminábase a Palacio, en donde urgido preguntaba por el virrey, conminando a la guardia de entregarlo sin dilación.

A la mañana siguiente el marqués despertó mucho más temprano que de costumbre. Al punto llamó a un criado y le dijo:

—Abrid ese balcón y ved qué hay que hay de nuevo en la plaza.

—A estas horas, Excelencia, no hay nada de nuevo. Sólo distingo la estatua ecuestre de Su Majestad Carlos IV, que eleva al cielo la gloria del laurel de Marte…

Don Miguel la Grúa Talamanca y Branciforte suspiró largamente, como si se despojara de un gran peso, y volviéndose de un lado entre las revueltas ropas del lecho, dijo al camarista:

—¡Cerrad el balcón … y no me despertéis hoy hasta las diez!

 


 

La virreina

 

Doña Ana de Mendoza, la virreina, había cerrado con precaución la puerta del aposento y corrido la gruesa cortina de felpa, en donde la débil luz de la tarde apenas arrancaba imperceptibles luces al oro desvanecido de una arandela.

Allí, recatada en un rincón y debajo de un retrato del grave marqués de Montesclaros, cuyo rostro recordaba sus andanzas con el cruel duque por tierras de Flandes, una preciosa cajonería mostraba la paciente labor de incrustaciones de marfil que enmarcaban escenas de la    Pasión alternadas con pequeños espejos cuadrados y tiraderas de plata.

Bajo el corpiño que erguía la cabeza de la dama en el eminente engarce de una rígida gola, la virreina delataba su azoramiento con el trémulo palpitar de sus senos, que se diría iban a escaparse en una fuga de palomas medrosas.

De pronto tiró de un cajoncillo secreto, disimulado entre un episodio de la Crucifixión, y en rápido movimiento de hurto, doña Ana extrajo un pliego que leyó rápidamente e hizo desaparecer entre una manga cuyo extremo se desbordaba en orlas de tules.

La virreina, ya con más calma, encaminóse hacia la puerta. Arriba de la cajonería el retrato del marqués de Montesclaros era más grave y sus ojos parecían fulgurar de rabia.

 


 

El pregón




De pronto, por el Puente de San Francisco oyóse un fuerte rumor que a poco se tornaba en algarabía. La gente se arremolinaba, algunos frailes salieron del próximo convento y como tortugas que sacan la cabeza de su carapacho, estiraban el cuello en el amplio capuchón que llevaban caído y, para ver mejor, se empinaban en la banqueta del atrio.

Pasaba el pregón que el muy ilustre don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque, había hecho salir aquella mañana.

Trompetas y atabales llenaban el aire de recios sonidos, mientras que la multitud leía ansiosamente o se hacía leer los bandos que un sargento había fijado en el Arzobispado, en la Diputación y en la Calle de Tacuba.

El alguacil mayor marchaba delante, ricamente ataviado con las insignias de su autoridad y tan enjuto y tieso como un pollo en el asador; los nobles de la Colonia apenas se dignaban mirar a la chusma, desde lo alto de sus monturas adornadas con ricas gualdrapas, y los ministros del Tribunal tomaban muy a lo serio sus graves investiduras y no desentonaban un punto en aquella comitiva, tan solemne que a poco provoca las risas de los bromistas.

Y el pregonero abría la boca, como si fuera la alcancía de las ánimas, y enrojecido y sudoroso agitaba a los cuatro vientos:

“Sabed todos los vecinos de esta Corte que el llamado Manuel de Ledesma y Robles es reo de los delitos de alta traición y lesa majestad, por haber osado atentar contra la persona del excelentísimo señor virrey…”

La chusma se revolvía en este punto, para lanzar un ¡Aaah! que rodaba de esquina a esquina como un trueno sordo.

Y el pregonero continuaba:

“Se le condena a ser sacado de la cárcel y metido en un cerón…

“Y amarrado a la cola de un caballo por las públicas y acostumbradas calles de la ciudad…

“Y ahorcado en la horca de la Plaza Mayor… hasta que muera naturalmente…

“Y después se le cortará la cabeza…

“Y se colocará la cabeza en una escarpia, y allí estará para que todos la vean…

“Y que se le corte la mano derecha con la misma espada con que cometió su feo delito…

“Y que se coloque su mano en la Plazuela del Marqués del Valle…

“Sin que nadie ose quitar la cabeza ni la mano de los sitios señalados…

“Pena de la vida…”

Y el pregonero, deteniéndose un poco en su discurso, para tomar aliento, y revolviéndose con gesto airado, tronaba ante el heteróclito concurso de indios, frailes, mercaderes, alcahuetas y desocupados:

“¡Orden de la Real Audiencia!”

Y el pregón seguía su paso con fingida gravedad y harta lentitud, con el alguacil mayor a la cabeza, que se tostaba al sol como un insignificante pollo…

 


 

El marqués de Croix


                 De una vez para lo venidero deben saber los
                 vasallos del gran monarca que ocupa el trono
                 de España, que nacieron para, callar y
                 obedecer y no para discurrir ni opinar en los
                 altos asuntos del gobierno.

                                          Bando del marqués de Croix


Aquella mañana de junio el salón de audiencias estaba animadísimo y por todas partes veíanse discurrir a oidores, sacerdotes, maestros de la Universidad y los más encumbrados nobles de la Colonia, en una confusión pintoresca de birretes, espadines, capas, gregüescos y plumas.

—¿Sabéis —decía un oidor— que esta madru-gada han sido expulsados los padres jesuitas? Esto clama al cielo: la Real Audiencia no gobierna aquí. Me parece que es tiempo de suspirar francamente por el marqués de Cruillas.

—¡Ya lo decía yo cuando nos enviaron al flamenco! ¡Cuándo se apiadará de nosotros Dios Nuestro Señor!

—¡Dicen que el fiscal apenas les dio tiempo de consumir las santas hostias!

—¡El cielo nos prepara algún terrible castigo!

En esto un bedel anunció:

—¡El Excelentísimo señor virrey!

Apareció don Carlos Francisco de Croix. La Cruz de Calatrava señalaba el corazón y una gran caña con puño de oro daba apoyo a la diestra.

Hubo un silencio.

—Decíamos —prorrumpió el oidor— que nunca Su Majestad, a quien Dios guarde, encontró un instrumento tan alto y digno de sus propósitos como Vuestra Excelencia…

—Y que ya era tiempo de poner un límite a la intromisión de los jesuitas en los asuntos del Estado —agregó un mozalbete.

El virrey, sin decir una palabra, paseaba su mirada por el concurso… Sonreía…

 


 

El vaso de Talavera

 

Una mesa de caoba con taraceas de marfil y plata, una carpeta de damasco que, bordada con hilos de oro, ostentaba una orla de hojas y frutas.

Encima un vaso de Talavera de la Puebla, que en esmalte añil tenía una rosa por cuyo talluelo subía un horrible gusano peludo, y, en el centro, las armas de la noble casa de Regla.

Dice el joven capitán de guardias de corp del virrey:

—La rosa de ese vaso se perfuma, señora, cuando os acercáis a ella, y la cerámica de la Puebla empalidece de envidia junto a la obra magnífica del barro de Dios.

—Pero el gusano del mundo, capitán, va en su atrevimiento más allá que ese de esmalte que veis ahí y que permanece inmóvil y decorativo.

—¿Y qué es necesario, señora mía, para que el insecto llegue a aspirar el aroma de los pétalos?

—Que lo abrigue un capullo de cuya envoltura surja brillante la falena.

—¡Ay de mí, mísero! ¡Nunca lo encontraré!

Y ella, recatando una sonrisa fugaz en el abanico de leve país de encajes, murmuró quedamente:

—¡Qué bien os envolvería un pergamino de oidor o el pliego de una Intendencia!

 


 

El insurgente

 

Llegóse con precipitación a la puerta de la Real Audiencia y con evidente nerviosidad preguntó por el fiscal.

—¡Pliegos urgentes de la Intendencia de Guanajuato! —gritó al ujier, quien se hizo a un lado para dar paso al que en tal forma requería la entrada.

Pero no bien hubo entregado los papeles cuando ya salía para montar el caballo que lanzó rápidamente por el Puente de San Francisco, ante la multitud que se apartaba para dejar pasar aquel extraño personaje de rostro moreno y traje de cuero, que era un centauro sobre la silla galoneada en donde fulgía un largo machete corvo.

—¡Un manifiesto sedicioso! ¡Una roja impía! —gritó el fiscal, saliendo a los corredores del palacio.

Y daba grandes voces de cólera, y agitaba en sus manos una hoja toscamente impresa, y requería a los criados de perseguir sin dilación al mensajero.

Pero ya el insurgente había dejado atrás Tacubaya y como una saeta iba por el camino de Toluca, en derechura del Monte de las Cruces.

 


 

El paje

 

¡Ah, el paje, rosado y lánguido, rubio y grácil, como un querubín de los que adornan el arco plateresco del camarín de Nuestra Señora!

Sí, lo ha visto de cerca, en la misa de las once; allí estaba como en otros días, con los ojos puestos en la Virgen, toda de azul con estrellas de plata, o bien escuchando, sin pestañear, el sermón del padre Larios, quien habla de la maravillosa peregrinación de los niños en la Santa Cruzada.

Lo ha visto envolverse en la capa y dejar la iglesia, para volver a la casa de sus señores; quizás para llevar el quitasol a esa horrible condesa que recorre diariamente, de arriba abajo, la Calle de Millán, para disipar el reuma; quizás para ir al lado de la litera cuando la vieja se dirige a llevar su limosna al beaterío de San Lorenzo.

Pero él no ha advertido nada y pasa indiferente ante la beldad de la señorita, quien debajo de su velo de blonda negra de Valencia se ha encendido súbitamente y está a punto de tirarle del balandrán y llevarlo hasta el patiecillo de la sacristía, que ella se sabe, para declararle su amor.

¡Ah, si no fuera la hija del visorrey; si no estuviera comprometida al bergante, ese a quien no conoce y que la espera allá en Sevilla, cargado de oro y de títulos!

 


 

El mendigo

 

Un oidor y un clérigo pasaban aquella noche por la acera del Real Palacio, empeñados en debatir los sucesos de Guanajuato. Graves noticias llegaban de la Intendencia acerca de motines, actos violentos contra los españoles.

—Y sépase vuestra merced que esas gentes no pueden nada contra el orden establecido —dijo el oidor doblando la esquina de la Moneda.

—Dios protege nuestra santa causa y nos conservará unidos a la Corona por los siglos de los siglos —agregó el clérigo mientras hacía una reverencia al palacio del arzobispo, por cuyo frente atravesaban en aquel instante.

Un mendigo les cerró el paso. Era un indio miserable, casi desnudo, de mirada vivaz, que tendía la mano implorando una limosna.

—Yo os aseguro —reanudó el clérigo— que Nuestra Señora de los Remedios…

—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe, una limosna! —gimió el indio, mientras que los otros le lanzaban una profunda mirada de desprecio.

—¡Por la Santísima Virgen de Guadalupe! —volvió a suplicar frente al oidor, quien se estremeció sin causa y le arrojó una moneda.

Atrás, en el reloj de la catedral, daban las once.

 


 

El barbero

 

Al entrar a la tienda del barbero, lo primero que distinguí, cerrándome el paso, fue una media docena de gallos, que atados por una pata entreteníanse en traguitear el agua de los lebrillos y en esponjarse al sol que ampliamente inundaba hasta la mitad de la estancia.

—Note su merced —díjome el barbero entre servil y apresurado— este gallo giro, del espolón cenizo; mire su copete, que es de los famosos de San Juan del Río, y cómo no lo dejo cerca de los otros, que a poco daría cuenta de todos; y a Dios gracias que éste se lo echo al más pintado de las ferias del Bajío…

Y haciendo un moliente con la toalla, agregó:

—¡A las órdenes de vuesa merced! ¿Qué va ser? ¿Navaja, sangría o solamente una hermoseada?

Y mientras que el rapista entreteníase en hacer la jabonadura y en dejar como un sol de reluciente la bacía de azófar, negruzcas sanguijuelas maromeaban en los pintados tarros guanajuatenses y un vejete, a horcajadas en la silla de tule, ensayaba con monótonas repeticiones la popular cantata El doncel animoso, acompañándose con la guitarra que hace un momento descolgara de aquella percha, en donde todavía nótanse la capa de la esclavina corta y el bastón de cerezo, con puño retorcido en forma de culebra.

—Éste es el legítimo jabón de alcanfor —díjome llenándome de espuma el rostro—, y haga buches vuesa merced para que la navaja no tropiece, que he de dejarlo tan mondo y bien parecido que las mozas de las Cadenas y de Bucareli lo llevarán en andas.

Y desatóse en una plática intrincada, aturdida e inagotable de chismerío social, comentarios a La Gaceta y pullazos políticos.

—¡Oh, la exquisita agua de olor de mi tienda! —dijo espurreándome en la cabeza una de sus lociones, y cuando hubo acabado de pasarme los peines, acompañóme hasta la puerta, con muchas caravanas, mientras el vejete del guitarrón preludiaba la contradanza de moda entre los currutacos, y el gallo giro de San Juan del Río alzaba golilla a otro, que desconfiado y tieso lo miraba fijamente desde una estaca.

 


 

El heredero


                    Los hidalgos de Hannover son burros que no
                    saben hablar más que de caballos.


                                                 E. Heine, Pensamientos


Era un bergante. Cuando marchaba por la Plaza Mayor hacíase acompañar de paje y lanza para que rabiara el virrey. Sus prerrogativas no tenían límites y el muy desfatado hacía gala de ellas, multiplicándolas con arbitrariedades.

Izaba en su casa el estandarte con sus armas; no se descubría ante el arzobispo; tenía una guardia privada; era su mayor delicia poner en aprietos a la Audiencia y casi todas las noches armaba camorra con los esbirros de la Acordada.

Apenas, cuando en su presencia se pronunciaba el nombre del rey, destocábase ligeramente y éste era todo el acatamiento que prestaba a los hombres sobre la tierra.

Pasaba la carroza del virrey y las gentes se inclinaban con reverencia, deteníanse los transeúntes, callaban todas las voces. Sólo él seguía imperturbable su camino, revolviendo la capa, haciendo sonar las espuelas, chocando la espada contra los pobretes, galanteando a las mozas, provocando a los militares.

Era el hijo de uno de los conquistadores de la Nueva España, nunca estuvo en la escuela de San Juan de Letrán, jamás dio un real para las obras piadosas, nunca visitó sus vastas tierras meridionales; pero tenía una casa de tezontle con treinta aposentos y en las hojas de roble de su magnificente portón las armas en relieve de sus antepasados, con un mote en latín que nunca pudo leer de corrido.

 


 

 

Pero Galín

 

El paraíso colonial


                                       Si es o no invención moderna,
                                       vive Dios, que no lo sé.


                                   Baltazar de Alcázar, Cena jocosa


Frontero al Palacio Nacional, en el punto en donde interceden dos de las calles de mayor tráfago ciudadano, entre el ruido de las bocinas de los coches y camiones, de las campanas de los tranvías, de los reclamos estrepitosos de los vendedores; al sur el barrio de las tiendas otomanas, con su barillería indescriptible; sus botones de hueso y de nácar, simétricamente cosidos a los cartones, sus lápices de mina corriente, sus órganos de boca, alemanes, sus percales para delicia de las fámulas de la Merced y sus pomos de Todas Flores, Ilang-Ilang y Heno Cortado; al oriente la derruida Universidad, con sus puestos de neumáticos para huaraches; sus montones vegetales “de a cinco” y sus rapsodas que ofrecen —mediante prueba de canto los corridos populares en hojas impresas con curiosos grabados de diablos, aparecidos, hadas y héroes, se encuentra el paraíso de los colonialistas mexicanos.

Es el Volador.

En aquel sitio es donde, aseguran los cronistas —los coronistas—, estuvo el Volador, volantín de los aztecas primitivos y cuyo terreno Hernán Cortés legara a la ciudad de México, para que sólo tenga uso de mercado hasta la consumación de los siglos. El Volador mexicano, como el Rastro de Madrid, es el muestrario del vejestorio y de la curiosidad, mezcla de Foire des Puces y de Curios Store. Su topografía y su clasificación se intrincan como un laberinto. De sus cuatro puertas, que dan a sendas calles, irrumpe muchedumbre de visitantes. Son más los curiosos que los compradores.

En las barracas del Volador, como en una variante del arca de Noé, se amontonan todas las especies del hierro labrado: la cerrajería, la balconería, la lampistería; los clavos, la llave de tuercas, las herraduras, el bozal, el componedor de imprenta, el compás, el cortaplumas, el cuchillo de cocina, los tornillos, las alcayatas, el hacha, la escuadra, la plomada, el lavabo, la cuchara de albañil, el cortavidrio. El martillo, la plancha común y la plancha eléctrica, la sierra, la alezna, la lima, el cincel, la pala, la cadena, el rastrillo, el candado, el azadón, la aldaba, las tijeras, la balanza, el molino, el candelero, las tenazas. Hay cosas en orden y clasificación y hay cosas aglomeradas y confusas; unas se amontonan sobre el suelo y sobre mesillas de madera sin pintar y otras se muestran en anaqueles y en cajillas: la cajilla de los clavos de hierro, la cajilla de los clavos de alambre, la cajilla de los resortes, la cajilla de los punzones, las cajillas de los portapantallas… Hay cosas viejas y hay cosas nuevas. La gente va a buscar las cosas nuevas a precio más bajo que el de las grandes tiendas; pero el observador sabe que los precios de las cosas nuevas son, en realidad, más altos que en las grandes tiendas.

Las barracas de hierros alteran con las barracas de la baratería y de las antiguallas. En México, a estas barracas se les llama “puestos”. Hay puestos de fonógrafos, puestos de utensilios eléctricos, puestos de baterías de zinc para cocinas, puestos de relojes y piedras falsas, puestos de fritangas, puestos de artículos de piel, puestos de loza y vidrio, puestos de sombreros. Entrando por la puerta del Norte, que da al Palacio Nacional, está la sección de los armeros, los que venden las armas de fuego, el rifle de salón, el revólver de cilindro, la pistola automática, los cartuchos y los fulminantes; por la puerta del Sur, están los puestos de los zapateros, los que venden las polainas de tubo, las botas para montar, los botines de resorte y los chanclos de gamuza, ribeteados de cinta y olientes a tintura de cascalote, de uso corriente en las curtidurías; los zapatos de becerro, de suela dura y rechinante; las sandalias o huaraches, con sus correas de intrincadas grecas.

En el Volador, los libreros tienen su zona. La librería de César Cicerón, el vasco, especialista en libros de texto; que sabe discurrir con aplomo sobre libros de medicina y explica por qué el Testut en español debe preferirse al Testut en francés; la librería de Ángel Villarreal, el hombre que cachazudamente espera a que el estudiante que ha ido seis domingos a regatear María o la hija del campesino suba diez centavos a la oferta; la librería de Juan López, el viejo masón, liberal de la época del Constituyente del 57, que se complace en poner rótulos de controversia política a cuantos grabados, cromos y litografías religiosas caen en sus manos, incluyendo, por de contado, los retratos de las gentes del partido conservador, de curas y prelados y de hombres señalados como de ideas reaccionarias. Los domingos, las librerías se extienden en mesas anexas, en las cuales se amontonan las colecciones de La Ilustración Francesa, los argumentos de óperas y los folletos sobre agricultura, industria y comercio.

Los anaqueles, el mostrador, los pilares, todo es aprovechado en las barracas de los libreros, para la exhibición de muestras y enseñas. Sobre el muro exterior, cordeles paralelos sostienen bandas de las materias más disímiles: bajas, sucesivamente, hasta el suelo, la Ley Orgánica del Ramo de Pesas y Medidas; el Informe del Gobernador Coronel Ahumada a la H. Legislatura del Estado Libre y Soberano de Chihuahua, en 1905; Los errores científicos de la Biblia; Los grandes inventos, de Louis Figuier; la Historia del almirante Jean Bart; los Anales del Museo Nacional, Quinta época, 3; el Compendio de raíces griegas, por el doctor Díaz de León, y los discursos de Antonio Juega Farulla, de Montevideo. Prendidos a un cordel, en el que se sostienen con pinzas de madera para ropa, están los cuadernos de La Novela Semanal. En hilera, sobre el mostrador, autores españoles y mexicanos, Valle-Inclán y Baroja, Caso y González Martínez; luego, unos tomos de Darío, de las obras completas, con autógrafo del niño Rubén Darío Sánchez y, destacando su nota naranja, otros de la colección de La Cultura Argentina.
Cogida, también con pinzas de madera, una lámina antigua, con este rótulo: Retrato de Señora, Cuadro de Jacinto Rigaud. La señora lleva un sombrero sembrado de hierbas y flores en apretado haz, atadas con un lazo salmón. Ha venido a pararse cerca de un pozo, en cuyo brocal hay una carta con sello rojo, y una cubeta azul. Sobre una falda de concéntricos holanes, cae, desmayado, un abanico de plumas con varillaje de carey; del abanico de plumas pende una gran borla verde; la borla ata unos impertinentes de oro. La señora sonríe, con sonrisa triste; su mirada se pierde mucho más allá del pozo donde ha venido, quizá, a una cita amorosa. Un caballero —y esto ya fuera del asunto del cuadro— se acerca a la lámina y la examina con gesto de conocedor. “Rigaud —murmura—, ¡ah, sí, Rigaud… ya lo creo… es un pintor… francés!” Satisfecho, vuelve a contemplar la lámina, moviendo la cabeza en señal de aprobación. Después, baja la cabeza y se pone a examinar los libros del mostrador. Hace varios meses que está ahí, colgado en sus pinzas de ropa, este pliego de música, sucio, amarillento, punteado por las moscas. La portada tiene una escritura de letra inglesa, con mayúsculas de ornato de presión fuerte y de presión suave, en armónica alternación. Es una obra italiana, impresa en Francia en 1844, que dice:
Amor gli scuti strali
trio dans l’opéra
L’Apoteosi D’Ercole
Musique
de Mercadante.
Nadie ha reparado en Mercadante. El Volador no es sitio frecuentado por los músicos. Arriba del trío de Mercadante ha sido colgada otra lámina, ésta sí muy atractiva para los visitantes. Tiene, en rotograbado, una docena de retratos militares y este rótulo: Generals who have added lustre to french arms. Abajo de la lámina, sujeto con alfiler, un cartoncillo manuscrito que dice: 10 cents.

Llega un señor de paso lento, de mirada profunda, de traje modesto. Lleva, bajo el brazo, un objeto envuelto en un periódico. Llega distraídamente, como por casualidad, como si no quisiera detenerse allí. Calla por un momento; echa una mirada a los libros más próximos. Después:

—¿Se interesa usted por un libro antiguo?

—Según… —responde invariablemente el librero.

Hay otra pausa.

—Tiene más de cien años —se atreve a aventurar el señor del bulto.

El librero esboza una sonrisa.

—Lo veremos —responde.

El señor del bulto no se mueve.

—Tengo oferta de treinta pesos —repite, y pone el libro en manos del librero.

El librero ve el lomo del libro y enseguida lo abre por la portada: recorre distraídamente algunas páginas y acaba por examinar el índice. El vendedor no despega los ojos del librero; con los dedos ejecuta un repiquito sordo sobre el mostrador. Está muy serio, muy serio.

—No me interesa —dice de pronto, decididamente, el librero, volviendo el libro a su dueño.

—Es un libro muy antiguo, tiene más de cien años; me deshago de él por necesidad; está completamente agotado; ¿cuánto ofrece usted? Fíjese usted en que tiene cuatro láminas en cobre.

—No me interesa… pero le daré cincuenta centavos.

El vendedor abre muy grandes los ojos. Se echa hacia atrás. Protesta. Es una edición completamente agotada. Tiene cuatro láminas en cobre. Es un libro de familia, lo adquirió de su abuelo. Está dispuesto a bajar el precio; pero no tanto. Es de 1794. ¡Están tan escasos los libros del 700! Tiene una magnífica oferta; pero no ha vuelto a ver a la persona de la oferta. El librero no cede; dice que apenas encontrará comprador por setenta y cinco centavos, después de muchos días. El vendedor vacila; se calma; calla un momento.

—¡En fin! —dice—. Por ser domingo. Todo está cerrado. Es de usted.

Y se retira, paso a paso, murmurando: “¡Si no fuera hoy domingo!”

El librero coge un cartoncillo, cuyo extremo inferior introduce entre las hojas del libro. Después coloca el libro en el mostrador. En el cartoncillo ha escrito con lápiz: $8.00.

Pero Galín llega al Volador los domingos, a las 11 de la mañana. Podría llegar más temprano, a las 8 o a las 9, para impedir que los anticuarios listos se lleven las “novedades” que pudieran interesarle. Podría llegar a la 1, para cambiar impresiones con los coleccionistas habituales de esa hora. Pero prefiere un término medio, que no lo haga aparecer ni como demasiado goloso de trouvailles, ni como demasiado indiferente de sus reconocidos gustos. Así, puede toparse con los unos y con los otros; ver salir al feliz comprador y ver entrar al amigo que va en busca de preciosidades.

Entra Pero Galín por la puerta oriental, salvando trabajosamente la multitud que se aprieta en la contemplación de los cromos suizos colocados en largas hileras sobre la acera y ante los puestos en donde se venden rebanadas de piña, bloques de papel, grasa para zapatos, periódicos, camisetas de malla y montoncitos de cerillas. Atraviesa pausadamente por los puestos de la entrada, saludando, con sonrisa de conocimiento, a los propietarios de las barracas. Echa una ojeada a los libros viejos, a la lámina de Rigaud, a un cajón en donde se confunden frascos de variadas formas, a la tabla en donde se exhiben relojes y alfileres de corbata, a la ferretería en donde ajedrecistas impenitentes juegan sin descanso, a la barraca en donde se hacinan y empolvan cadenas, lámparas viejas, vasos para ensayes metalúrgicos y marcos desportillados.

Si hay algo que pudiera interesarle en esos puestos, lo deja para después, y si no queda tiempo, no le preocupa la curiosidad de verlo. Pero Galín no gusta de salirse de su papel, ni de invadir el campo de los demás; colonialista exclusivo, él no debe aparecer como husmeador de hierros ni como bouquiniste de libros; los hierros y los libros sólo le interesan si son mexicanos y si proceden del siglo XVI al XVIII. En consecuencia, Pero Galín se dirige, con ostensible resolución, hacia el paraíso colonial propiamente dicho.

En el Volador, el paraíso colonial propiamente dicho lo forman cuatro o cinco puestos; aquellos en donde el conocedor y el dilettante pueden encontrar, o creen encontrar, objetos de procedencia o de aspecto colonial. Lo colonial se muestra, la mayor parte de las veces, en formas, estilizaciones y espíritu remotísimos; se necesita toda la agudeza del connoisseur que acude al paraíso, para sentenciar categóricamente sobre el estilo de las cosas que allí se exhiben. En cierto puesto existe el marco dorado, cuyas desportilladuras, denunciadoras del ocre y del yeso, son prueba agobiadora. En cierto otro puesto, está el “escudo de monja”, con una escena de la huida a Egipto; el buen colonialista atribuye estos “escudos de monja”, después de minucioso examen y ojeada a contraluz, con la diestra sobre la frente, a guisa de pantalla, o con los dedos formando cilindro, a guisa de anteojo, al mismísimo Miguel Cabrera, de cuya fecundidad y de cuyos discípulos que lo imitaron los colonialistas se complacen en propalar una leyenda semejante a la verídica historia de Pablo Rubens.

En otro puesto, César Zelaschi, el italiano —a quien no se debe confundir con César Cicerón, el de los libros, el español—, atiende a los colonialistas, metido en su barraca, entre una confusión de vejestorios que él sólo es capaz de desentrañar hábilmente. Los que buscan galones saben que César Zelaschi tiene siempre varios rollos de galones deshilachados y sucios, de irrefutable procedencia suiza, que, con espíritu liberal y ancha conciencia, son ofrecidos y aceptados por galones mexicanos del XVI.

—Este galón —dice tal experto desenrollando la cinta y subiendo la voz para que se den cuenta las gentes de las cercanías—, este galón de oro es un galón de plata legítimo, de trescientos hilos; a primera vista parece una cinta de Utrecht; pero no es una cinta de Utrecht: es un galón español, de los que usaban para los ornamentos sagrados los canónigos de Santiago de Compostela. Hace muchos años que yo vi unos galones, iguales a éste, en la iglesia de la Compañía, de Puebla…

El experto regatea la joya y se retira con dos metros de galón de plata, legítimo, que ha pagado a veinticinco centavos el metro.

Con sonrisa complaciente Pero Galín ha contemplado la escena y luego, sin vacilar un punto, se dirige al sanctasanctorum del Paraíso: al puesto de Mariano Salas.

—¡Buenos días, don Andrés! —dice saludando alegremente a don Andrés, el propietario del puesto absolutamente contiguo al de Mariano Salas

—¡Buenos días, señor Galín! —contesta en tono amable don Andrés.

—¡Señor Galín, muy buenos días: llega usted a tiempo! —dícele Salas, mientras estrecha la mano que se le ofrece—. ¡Tome usted asiento!

—¡Buenos días, señor Galín! —dice Guillermo, el hijo del señor Salas, discípulo aventajado de su padre en el conocimiento psicológico de anticuarios y coleccionistas.

—¡Señores, muy buenos días! —dice Pero Galín, dejándose caer en la silla plegadiza que solamente se ofrece a los huéspedes distinguidos—. Y ¿qué tal?…

Salas atiende a clientes y compradores con exquisita cortesía; para todos tiene un cumplimiento y una sonrisa; por nada del mundo disgustaría a uno de sus visitantes. Con la más amable de las exageraciones, él atribuye sus bronces a Cellini; sus platas, a los Arfes; sus cuadros, a Ticiano y a Vinci; sus porcelanas, al periodo de Ming; sus maderas, a Cano; sus chalchihuitles, a los nahuatlacas; sus vidrios, a los artesanos de Murano; sus telas mexicanas, a Arteaga y a Cabrera; sus láminas, a Durero y a Goltzius; sus abanicos iluminados, a Boucher; sus monedas son tolomaicas; sus cerámicas indefinidas, persas; sus tacitas japonesas, Satzumas; sus respaldos de tapicería, damascos; sus platos de corona, de Maximiliano; sus aplicaciones de bronce para muebles, Imperio; su cajonerita, Chippendale; sus tenazas para chimenea, vizcaínas; su armadura vaciada, milanesa; su mantón español “alfombrado”, de Teherán; su Cristo de marfil, del siglo XV; su devocionario del XVIII, incunable mexicano; su cajita de lináloe, de Olinalá; su batea, de Tacámbaro; su sarape, de Saltillo. Cuando sorprende una variante que le era desconocida, fuera de los grandes nombres de uso corriente, ¡con qué fruición toma nota de ella y la espeta a la clientela! Así, por ejemplo: “Le aseguro a usted que se equivoca, mi querido señor Mendiolea; este bufete no es Chippendale: es lo que verdaderamente se llama un Hepplewhite”; o bien: “¡Qué va a ser Ming este bowl; es una pieza de la dinastía Kang-Hsi!” A Bruegel lo tiene atravesado, porque no ha podido citarlo cuando se habla de cuadros, pues teme incurrir en error, porque cierto día en que unos señores discutían en el puesto mezclaban a Bruegel de Velour con Bruegel de l’Enfer, y Salas no ha podido decidirse con autoridad ni por el Velour ni por el Enfer.

—Aquí tengo para usted —dice dirigiéndose a Galín— esta mancerina. Ya sabe usted cuánto se interesa por las mancerinas la señora Cowder, la esposa del ingeniero americano que vive en la Colonia Roma. La señora Cowder me ha hecho la lucha; pero las mancerinas no las vendo a nadie sin ofrecerlas antes a usted. Tiene nueve onzas y el quinto es del siglo XVIII. Me parece que estas mancerinas las hacía un tal Diego…

—Samaniego —rectifica con una leve sonrisa Pero Galín.

—Samaniego, eso es.

Pero Galín, sin levantarse de la silla plegadiza, coge la mancerina; la coloca en sus muslos; tira de una cinta en cuyo extremo hay un lente de aumento; coge nuevamente la mancerina, la suena con las yemas y pone oído atento a la vibración de la plata; la sopesa y vuelve hacia abajo; aplica el lente y examina la marca en zigzag del punzón y las letras del quinto.

—Aquí está la S —dice en voz baja—, pero arriba, más pequeña, hay una A; esto me confunde… una A arriba de la S… pudiera ser una abreviatura… espere usted… una abreviatura de Sevilla. O bien ¡de Sonora!… pero en Sonora no hacen mancerinas. Este quinto es muy raro; nunca había visto una marca igual. ¿Y cuánto pide usted por la mancerina?

—A usted, cuarenta y cinco pesos; yo creo que la señora Cowder me da los sesenta.

—Pero, Salas, por Dios —dícele Pero Galín—, ¿es que usted me toma por un millonario?, ¿ha olvidado usted que en los bazares no piden más de tres pesos por onza y que esta pieza, en consecuencia, no vale más de veintisiete pesos?

La discusión se prolonga, por intervalos. Pero Galín ha dejado la mancerina en un anaquel, con la firme intención de no retirarse del Volador sin llevársela. El señor Salas dice que no bajará de treinta y cinco pesos; pero íntimamente está decidido a bajar el precio a veinte, en el mismo momento en que se formalice la retirada de Galín.

Siguen llegando los habituales: la señora que se muere por las cajas de rapé con paisaje inglés; este anciano que viene, hace muchas semanas, para ver si casualmente encuentra las “almendras” de cristal para un candil; este caballero que cambalacha cuadros de santos por retazos de terciopelo, marmajeras por cabecitas de marfil; la señorita que quiere una bolsa de chaquira; el ricachón que busca turquesas, turmalinas, rosarios de marfil, Cristos de madera; el jovencito maniaco, a quien sólo interesan las campanillas de bronce, con fechas.

—Dígame, señor Salas —dice uno de los habituales—, ¿no le ha caído todavía mi pedazo de damasco?

—Ahora tengo uno —responde Salas—, no es del color que usted necesita; pero se le acerca mucho.

—No; ya sabe usted que lo que yo quiero es de un color bermejo; pero que no sea precisamente bermejo; algo así como “sangre de toro”, pero más claro… tirándole a tuna.

Llega el caballero anticuario que habla de tener en su casa preciosidades. Nadie conoce su casa; pero todos acaban por creer que encierra cosas maravillosas. Llega el otro anticuario, el infalible, el afortunado, el dichoso mortal, el que siempre encuentra; se habla de su flair como de un don divino; pero es que él tiene su secreto: este anticuario afortunado, dichoso mortal, domador del éxito, al salir de su casa cuida de echarse al bolsillo ya un llavín con arabescos, ya una cuenta de jade, ya un sello de ágata, y cuando la requisa ha sido infructuosa, él no se da por vencido y sacando del bolsillo el objeto salvador, dice a sus amigos del paraíso colonial:

—Mire usted, ya me iba cuando he descubierto este sello de ágata; tiene dos VV enlazadas… Me parece que fue del Virrey Venegas…

Salas ha salido de la barraca para hablar aparte con un muchacho que le presenta, con recatos y misterios, cierta cajilla de madera labrada. Salas coloca la cajilla sobre la mesa de exhibición y luego, dirigiéndose a un turista que anda por ahí en busca de rarezas, le dice:

—¡El trabajo que me ha costado dar con este cofre del siglo XVI! Lo tenía la señora Cavazos, descendiente de los marqueses de Ulapa.

Pero el turista decide seguir al muchacho que trajo la cajilla. Lo alcanza en un puesto de sombreros. Breve diálogo, rápido apunte en un libro de notas. El muchacho se despide, agregando:

—No olvide usted, señor: se pregunta por Severiano Cortés, tallador, tercera Calle del General Anaya, 55, interior 40, al fondo… 55, interior 40; hacemos toda clase de antigüedades auténticas…

Pero Galín se despide. Hace como que no quiere hablar ni una palabra de la mancerina de plata. Salas se la recuerda, como si tampoco le interesara el asunto. Galín da algunos pasos hacia afuera. Salas le dice que por ser para cliente tan estimado le dejará la mancerina en veinticinco pesos. Galín replica que, en realidad, no le interesa mucho la pieza; pero que va a darle por ella veinte pesos. Salas protesta que la señora Cowder le dará treinta, si llega a verla (olvida que antes había dicho que le daría sesenta). Galín baja del entarimado de la barraca hacia la callejuela, extiende la mano para despedirse. Salas acepta los veinte pesos, con protestas de que hará un mal negocio y entrega la mancerina a Pero Galín.

Pero Galín ha aprovechado el domingo —su día— y sale radiante. Echará todavía una vuelta por la Avenida Madero; después se irá a casa a almorzar. Por la tarde esperará a sus visitas. Al anochecer irá a ver a Lota Vera, quien lo informará de los últimos preparativos para el matrimonio. Serán éstas sus últimas visitas al Volador. Pero antes, para reforzar la conversación, dará un repaso al capítulo aquel en que don Manuel Romero de Terreros diserta, con su habitual autoridad en la materia, sobre el marqués de Mancera y la invención de las mancerinas.