El aparecido

 

Aquella noche el marqués de Branciforte tuvo un horrible sueño. Soñó que el propio Carlos V, armado como en la pintura del Ticiano, llegaba a la Plaza Mayor e iba con paso resuelto y ademán airado en derechura de la magnífica estatua de bronce de Carlos IV que el día anterior había sido descubierta con grandes fiestas y popular estrépito.

Y que el César invicto abría de un puntapié la puerta de la verja de hierro, y que se llegaba al pedestal para treparse y arrojar con ira la corona de laurel que adornaba las sienes del estúpido monarca.

Y que en su lugar colocaba una cabeza de ciervo cuya cornamenta crecía a cada momento, y sobrepasaba las azoteas de la Diputación, las torres de la Catedral y se perdía en las nubes.

Y que de un tirón arrancó el manto romano de la estatua para sustituirlo con el miriñaque de doña Luisa de Parma y con el levitón de don Manuel de Godoy.

Y que después, con grave paso, encaminábase a Palacio, en donde urgido preguntaba por el virrey, conminando a la guardia de entregarlo sin dilación.

A la mañana siguiente el marqués despertó mucho más temprano que de costumbre. Al punto llamó a un criado y le dijo:

—Abrid ese balcón y ved qué hay que hay de nuevo en la plaza.

—A estas horas, Excelencia, no hay nada de nuevo. Sólo distingo la estatua ecuestre de Su Majestad Carlos IV, que eleva al cielo la gloria del laurel de Marte…

Don Miguel la Grúa Talamanca y Branciforte suspiró largamente, como si se despojara de un gran peso, y volviéndose de un lado entre las revueltas ropas del lecho, dijo al camarista:

—¡Cerrad el balcón … y no me despertéis hoy hasta las diez!