El pregón




De pronto, por el Puente de San Francisco oyóse un fuerte rumor que a poco se tornaba en algarabía. La gente se arremolinaba, algunos frailes salieron del próximo convento y como tortugas que sacan la cabeza de su carapacho, estiraban el cuello en el amplio capuchón que llevaban caído y, para ver mejor, se empinaban en la banqueta del atrio.

Pasaba el pregón que el muy ilustre don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque, había hecho salir aquella mañana.

Trompetas y atabales llenaban el aire de recios sonidos, mientras que la multitud leía ansiosamente o se hacía leer los bandos que un sargento había fijado en el Arzobispado, en la Diputación y en la Calle de Tacuba.

El alguacil mayor marchaba delante, ricamente ataviado con las insignias de su autoridad y tan enjuto y tieso como un pollo en el asador; los nobles de la Colonia apenas se dignaban mirar a la chusma, desde lo alto de sus monturas adornadas con ricas gualdrapas, y los ministros del Tribunal tomaban muy a lo serio sus graves investiduras y no desentonaban un punto en aquella comitiva, tan solemne que a poco provoca las risas de los bromistas.

Y el pregonero abría la boca, como si fuera la alcancía de las ánimas, y enrojecido y sudoroso agitaba a los cuatro vientos:

“Sabed todos los vecinos de esta Corte que el llamado Manuel de Ledesma y Robles es reo de los delitos de alta traición y lesa majestad, por haber osado atentar contra la persona del excelentísimo señor virrey…”

La chusma se revolvía en este punto, para lanzar un ¡Aaah! que rodaba de esquina a esquina como un trueno sordo.

Y el pregonero continuaba:

“Se le condena a ser sacado de la cárcel y metido en un cerón…

“Y amarrado a la cola de un caballo por las públicas y acostumbradas calles de la ciudad…

“Y ahorcado en la horca de la Plaza Mayor… hasta que muera naturalmente…

“Y después se le cortará la cabeza…

“Y se colocará la cabeza en una escarpia, y allí estará para que todos la vean…

“Y que se le corte la mano derecha con la misma espada con que cometió su feo delito…

“Y que se coloque su mano en la Plazuela del Marqués del Valle…

“Sin que nadie ose quitar la cabeza ni la mano de los sitios señalados…

“Pena de la vida…”

Y el pregonero, deteniéndose un poco en su discurso, para tomar aliento, y revolviéndose con gesto airado, tronaba ante el heteróclito concurso de indios, frailes, mercaderes, alcahuetas y desocupados:

“¡Orden de la Real Audiencia!”

Y el pregón seguía su paso con fingida gravedad y harta lentitud, con el alguacil mayor a la cabeza, que se tostaba al sol como un insignificante pollo…