El marqués de Croix


                 De una vez para lo venidero deben saber los
                 vasallos del gran monarca que ocupa el trono
                 de España, que nacieron para, callar y
                 obedecer y no para discurrir ni opinar en los
                 altos asuntos del gobierno.

                                          Bando del marqués de Croix


Aquella mañana de junio el salón de audiencias estaba animadísimo y por todas partes veíanse discurrir a oidores, sacerdotes, maestros de la Universidad y los más encumbrados nobles de la Colonia, en una confusión pintoresca de birretes, espadines, capas, gregüescos y plumas.

—¿Sabéis —decía un oidor— que esta madru-gada han sido expulsados los padres jesuitas? Esto clama al cielo: la Real Audiencia no gobierna aquí. Me parece que es tiempo de suspirar francamente por el marqués de Cruillas.

—¡Ya lo decía yo cuando nos enviaron al flamenco! ¡Cuándo se apiadará de nosotros Dios Nuestro Señor!

—¡Dicen que el fiscal apenas les dio tiempo de consumir las santas hostias!

—¡El cielo nos prepara algún terrible castigo!

En esto un bedel anunció:

—¡El Excelentísimo señor virrey!

Apareció don Carlos Francisco de Croix. La Cruz de Calatrava señalaba el corazón y una gran caña con puño de oro daba apoyo a la diestra.

Hubo un silencio.

—Decíamos —prorrumpió el oidor— que nunca Su Majestad, a quien Dios guarde, encontró un instrumento tan alto y digno de sus propósitos como Vuestra Excelencia…

—Y que ya era tiempo de poner un límite a la intromisión de los jesuitas en los asuntos del Estado —agregó un mozalbete.

El virrey, sin decir una palabra, paseaba su mirada por el concurso… Sonreía…