El barbero

 

Al entrar a la tienda del barbero, lo primero que distinguí, cerrándome el paso, fue una media docena de gallos, que atados por una pata entreteníanse en traguitear el agua de los lebrillos y en esponjarse al sol que ampliamente inundaba hasta la mitad de la estancia.

—Note su merced —díjome el barbero entre servil y apresurado— este gallo giro, del espolón cenizo; mire su copete, que es de los famosos de San Juan del Río, y cómo no lo dejo cerca de los otros, que a poco daría cuenta de todos; y a Dios gracias que éste se lo echo al más pintado de las ferias del Bajío…

Y haciendo un moliente con la toalla, agregó:

—¡A las órdenes de vuesa merced! ¿Qué va ser? ¿Navaja, sangría o solamente una hermoseada?

Y mientras que el rapista entreteníase en hacer la jabonadura y en dejar como un sol de reluciente la bacía de azófar, negruzcas sanguijuelas maromeaban en los pintados tarros guanajuatenses y un vejete, a horcajadas en la silla de tule, ensayaba con monótonas repeticiones la popular cantata El doncel animoso, acompañándose con la guitarra que hace un momento descolgara de aquella percha, en donde todavía nótanse la capa de la esclavina corta y el bastón de cerezo, con puño retorcido en forma de culebra.

—Éste es el legítimo jabón de alcanfor —díjome llenándome de espuma el rostro—, y haga buches vuesa merced para que la navaja no tropiece, que he de dejarlo tan mondo y bien parecido que las mozas de las Cadenas y de Bucareli lo llevarán en andas.

Y desatóse en una plática intrincada, aturdida e inagotable de chismerío social, comentarios a La Gaceta y pullazos políticos.

—¡Oh, la exquisita agua de olor de mi tienda! —dijo espurreándome en la cabeza una de sus lociones, y cuando hubo acabado de pasarme los peines, acompañóme hasta la puerta, con muchas caravanas, mientras el vejete del guitarrón preludiaba la contradanza de moda entre los currutacos, y el gallo giro de San Juan del Río alzaba golilla a otro, que desconfiado y tieso lo miraba fijamente desde una estaca.