La almohadilla

 

Por la tarde, cuando la siesta termina y la anchurosa casa es un poema de silencio que apenas el chorrito de la fuente de azulejos va glosando en tono menor, son los arcos escudados del patio que enverjan los hierros de Vizcaya, la familia va a reunirse en la pequeña sala de “asistencia”.

El padre, quien saca su caja de rapé con temblorosa mano se introduce los polvillos con menudos y rápidos golpecitos. Cruza las piernas, lanza un sordo quejido habitual, hunde los chanclos en el galoneado cojín y se queda mirando las figuras pastoriles que adornan la caja de rapé. Asaltan su mente los asuntos que esta mañana lo llevaron al Tribunal del Consulado; luego desfilan por su memoria, apenas dibujados, cosas y paisajes de su vieja Galicia; otra vez llévase a la nariz los polvos de rapé y cabeceando, cabeceando, como si en toda su vida hubiera echado un sueño, vuelve a reanudar la siesta de hace pocos momentos.

La madre, la señora piadosa que enantes brillara en las fiestas del de Mancera, quien ahora lleva con sombría dignidad un traje de negra tafeta, en donde sólo brilla una cruz de oro, saca un cuaderno en donde va leyendo la vida de Santa Elena de Roma y, con el índice, señala imperiosamente a su marido y a su hija los rasgos principales, las mejores máximas, los crueles martirios de la reina santa. Lee por costumbre y cuando se fatiga salta dos, cuatro páginas y sigue moviendo el índice con indiscutible autoridad. Nadie ha advertido que la lectora saltó algunas páginas y de cuando en cuando la hija inclina la cabeza, aprobando, y el padre aprueba también con su cabeceo, que leves ronquidos ritman a veces.

Y la señorita, la señorita que ha abierto su almohadilla de costura, con pequeñas ornamentaciones de axe incrustadas en madera de Michoacán, y la tapa interior forrada de seda, en donde se prenden las agujas, las madejas, los trozos de rútilas telas; la señorita que finge escuchar con atenta devoción y que, la aguja en la mano, enhebra los hilos en una delicada manteleta o busca con punzantes dedos, en cuyas yemas apenas se enciende y tiembla una oculta emoción, algo que debe encontrarse entre los cajillos secretos en donde giran los carretes de la almohadilla.

Y mientras que la madre sigue señalando los pasajes eminentes de Santa Elena, la señorita ha tirado de una tablilla disimulada en el fondo de su caja, y extrae de allí la miniatura en donde un caballero joven parece sonreírle sobre la firma que casi imperceptiblemente dice: Pacheco.