El estrado



                                        —What is thy name?
                                        —Thou ’it be afraid to hear it.

                                       William Shakespeare, Macbeth



Las señoras reían, unas, del estúpido lance ocurrido al hijo de los marqueses de la Paloma en sus amoríos con la señorita de Trebuesto, mientras que otras se hacían lenguas del padre Apolodoro, quien el domingo anterior había hecho llorar al concurso, al relatarle la vida de Santa Catarina, durante el sermón que dijo en Balbanera.

Algunos caballeros asentían, a los comentarios de las damas, con leves inclinaciones de cabeza, y otros, formando corrillo cerca del balcón con bolas de bronce, criticaban a cual más las debilidades de la Audiencia ante los abusos del virrey.

—Sin embargo —murmura una señora emperifollada con más lazos que una cucaña—, sin embargo, ese mequetrefe no escarmienta y ya prepara un juego de cañas en su casa de placer de la Hacienda del Molino Alto.

—Lo que urge aquí —exclama un joven, levantando con un rápido movimiento de su espadín la orla de la esclavina— es que un visitador venga a ajustar cuentas a ese advenedizo del marqués de Leyva, quien ha revalidado títulos de las galeras de Nápoles, a cambio de no sé qué bajas acciones en la corte.

Caía la tarde y el estrado se animaba cada vez más. Las luces del crepúsculo, al entrar por el amplio balcón, arrancaban vívidos chispeos al candil y a los capelos del cristal e iban a desfallecer dulcemente en el terciopelo de los arambeles.

Se alzó la cortina que separaba el salón de la “asistencia” y un criado mestizo, con los ojos llenos de inquietud, con voz desfalleciente, dijo un nombre.

Callaron al momento todas las voces de la tertulia, palidecieron todos los rostros.

—Don Juan Nicolás Abad, secretario del Santo Oficio —anunció.