Nota introductoria

 

I

Conciencia e intuición luminosa incandescente, Esther Seligson, con la rueca de Eros que un oráculo recorre los sitios donde lo antinómico se diluye frente al asombro, provocado éste por un mar que se verbaliza y el tiempo habitado por exilios, trenza la vida con lo literario para que, en una urdimbre poética, la prosa adquiera su condición de oleaje abrasado en la memoria, de arrecife donde encallan los deseos y el Ser se reconoce: "Una imagen, persigo una imagen cuyo nombre no encuentro, persigo un nombre cuyas letras no conozco (...) y necesito hablar contigo Ulises (...) para saber si este tiempo que me invento es un tiempo real ..." (Sed de mar, p. 11).


II

Dos son los aspectos fundamentales de la obra de Esther Seligson, los cuales pueden identificarse a lo largo de su producción literaria; aspectos que me atrevo a señalar como el sustento de su poética particular y que, asimismo, influyen en su tarea crítica: uno de ellos, al que considero el punto de partida, es La condena y la soledad de Eurídice; el otro es la Diáspora, a la que concibo, desde mi muy arbitraria interpretación de La morada en el tiempo, como una forma de acceder a la aprehensión y conocimiento del Ser inmerso en el desamparo que lo colocan en la realidad y la causalidad histórica, es decir, el destino.


III

Más que una imagen recurrente, Eurídice es el motivo del cual parte y al cual arriba la literatura de Seligson: la mujer (el hombre) que aguarda eternamente la llegada del amante, pero quien, al contrario de Penélope, tiene la esperanza cancelada pues, convertida en estatua de sal (lo que considero no alegoría de lo estático sino de lo que permanece siempre al acecho), bien a causa de una infracción, bien por un exceso de aprensión de quien teme no ser acompañado o quedar para siempre en solitario, lo único que puede intentar (a eso se le condena) es contemplar el paso del tiempo consciente de su soledad sin cura, y asumir el estado de memorante como penitencia a su condición de individuo doblemente traicionado por la fatalidad y el destino. Claramente esto lo vemos en la novela Otros son los sueños:


Si permanecía en lo blanco vendrían a buscarla. Había que huir (...) esperaba que alguien viniera a encontrarla y a llamarla por su nombre para poder repetírselo a sí misma de ahora en adelante y hasta siempre. Perdida en la fascinación de unas sombras milenarias que agrandaban (...) el hueco de su cuerpo (...) y el ansia de escapar, miró hacia atrás y se convirtió en estatua de sal
(p. 32);

sin embargo, en el relato "Eurídice", que presentamos aquí, esta condición, así como el mito mismo son objeto de una reelaboración y de una recreación para situarnos frente a Eurídice ninguna estatua de sal sino transeúnte anónima, cuya conciencia de sí es dolorosa y cuya soledad le abrasa como el fuego de un viento de langostas.


IV

Puede creerse que La morada en el tiempo, de Esther Seligson, es una sutil paráfrasis de algunos pasajes bíblicos (por otro lado ¿qué obra literaria no es una alegoría de la historia humana?), cuando en realidad esta novela extraordinaria devela y revela la noción del exilio, la expulsión, en dos de sus formas más patéticas e ineludibles: 1) la diáspora, que condenó al pueblo judío a la dispersión y al vilipendio, pero que también le otorgó la gracia de poseer lo reticular de su memoria y la habitual presencia de lo místico en cada uno de sus actos:

Hoy es necesario volver (...) más allá de toda memoria personal, volver hasta el dolor de los hornos crematorios, de las piras heréticas, hasta el anatema de la cruz y el éxodo
primero, recorrer el desierto (...) arrastrar esa nuestra verdadera soledad por las arenas y las zarzas sin preguntar quiénes somos o hacia dónde vamos (...) cantando al caer la tarde alrededor de la columna de humo y fuego (Otros son los sueños, pp. 36-37).


y, 2) lo que denomino la diáspora interior que, originada por "un oscuro desarraigo atávico ", es la dolorosa fragmentación del hombre en el peregrinaje hacia el centro de su laberinto.

Ambas formas de éxodo son asumidas, en La morada..., como una búsqueda no tanto de la tierra de la recompensa como de la verdad durante irradiada la contemplación del rostro de Dios (que es el nuestro, nuestra más profunda imagen sumergida en el silencio), y la pronunciación de su nombre a través de la elipsis, a través de la creación literaria. Y es en el Tiempo donde el exiliado obtienen su lugar y se manifiesta. Ningún continente o ínsula le da hospedaje, para el pueblo y el hombre de la diáspora sólo el tiempo le da cobijo (ese Tiempo aprehendido a través de la palabra, conocido a través del fulgor poético) y éste, en La morada..., no es lineal o estático, es perenne, estático y tortuoso. En La morada... el tiempo es una galería o un sendero polvoriento, o una calle donde "el ciudadano" es arrollado por su propia e insignificante estatura; La morada... es un camino, en sus acepciones y mística de lugar transitable, en el que el hombre, el lector, al encontrar su legítimo espejo por fin se refleja y por fin es, aunque este ser se evidencie sólo por la muerte, y el existir se reconozca en su ausencia.

La morada en el tiempo es un libro escrito con sensualidad. Su erotismo, agazapado en la elipsis, es aquel que al convertir a la razón ya la realidad en incondicionables vasallos de lo poético, nos permite atisbar en nuestro propio exilio.


V

El relato "Euridice" y el fragmento de La morada en el tiempo que reproducimos aquí, forman parte de la extensa bibliografía de Esther Seligson, que incluye, además de su obra de creación, un importante trabajo crítico. Esther Seligson nació el 25 de octubre de 1941 en el Disrito Federal. Su primer libro, Tras la ventana un árbol, fue publicado en 1969; le siguen, en orden de edición: Otros son los sueños, premio Xavier Villaurrutia 1973; Vigilia del cuerpo, 1977; De sueños, presagios y otras voces, 1978; Luz de dos, 1978, premio Magda Donato; Diálogos con el cuerpo, 1981; La morada en el tiempo, 1981; Sed de mar, 1987; Indicios y quimeras, 1988. Ha traducido al español la obra de E.M. Cioran: Contra la Historia; Historia y utopía, La caída en el tiempo, Del inconveniente de haber nacido. Apareció en 1989 su libro de ensayos La fugacidad como método de escritura.

 

 

 

Juan Galván Paulin