width= Ernest Hemingway



Selección,
traducción y nota
introductoria de
Federico Patán



VERSIÓN PDF

 


Nota introductoria

 

Sirven de epígrafe a Fiesta (1926) unas palabras atribuidas a Gertrude Stein (1874-1946): “Todos ustedes son una generación perdida.” Según, Ernest Hemingway, autor de esa novela, escuchó la cita en una conversación. Stein negó siempre la maternidad de esa idea. Como quiera que haya ocurrido, el término “generación perdida” echó buenas raíces y ha sido desde entonces rótulo del grupo de escritores con el aludido. Grupo, sin duda alguna, muy talentoso: baste asentar los nombres del propio Hemingway, de Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), de John Dos Passos (1896-1970), de Ezra Pound (1885-1972).

Distingue a esta generación el haber entrado en conflicto con los valores materialistas, clase media, de su país, los Estados Unidos. Buscaron en el exilio voluntario respuesta a sus inquietudes, y París fue entonces el centro de una vida bohemia, cuyo motor era librarse de la incertidumbre filosófica o existencial que los participantes en el grupo sentían. Recordemos que esto sucedió en la segunda década del XX, y una preocupación más bien estética que política movía a Ernest Hemingway y compañeros. Sin embargo, Europa terminó por negarles la respuesta buscada, y la repatriación comenzó poco a poco. Malcolm Cowley (1898-1989) hizo la crónica de ese regreso en El retorno del exiliado (1934). Quien se interese por el periodo y la generación descritos aquí, lea Tierna es la noche (Fitzgerald, 1934) y París era una fiesta (Hemingway, 1964).

Miembro destacado de ese grupo, Ernest Hemingway nace en Oak Park (Illinois) en 1898. Amante decidido de la caza y la pesca, mostraba ya en tal inclinación su tendencia a encontrar en la acción física, y en el contacto con la naturaleza, una razón de vida. Herido de cierta gravedad en la primera Guerra Mundial —fue conductor de ambulancias en Italia—, la experiencia lo hace enfrentarse al significado de la muerte, y a partir de allí medita sobre el vacío nuclear de toda vida y las posibilidades de llenarlo con algún, con cualquier medio. A lo largo de una serie de libros fue explorando los distintos ángulos del problema, y la crítica considera puntos destacados de esa narrativa novelas como la ya mencionada Fiesta, o bien Adiós a las armas (1929), Tener y no tener (1932), Por quién doblan las campanas (1940) o El viejo y el mar (1952), relato que basculó en favor de Hemingway la otorgación del Premio Nobel en 1954.

Y están, desde luego, los cuentos. Nadie negará la prestancia de Hemingway como novelista, pero buenas razones hay para declarar a sus cuentos superiores a las novelas. El famoso estilo económico —incluso seco— de Hemingway alcanza sus mejores cotas en los textos breves. Porque las anécdotas, mínimas, son el mero sustento de una exploración incesante de la conducta humana. De modo repetido nos enfrentamos a seres en discordia consigo mismos, con él o la amante, con el mundo. Un nihilismo radical pone en el trasfondo de esta literatura un sabor de amargura que proviene de la frustración, de la imposibilidad de relacionarse y, finalmente, de una soledad íntima y radical. Como dice Heinrich Straumann, en Hemingway “la pérdida de fe está equilibrada por una exposición más honesta del funcionamiento de los apetitos básicos del hombre: el ansia de comida y licor y satisfacción sexual”. Son éstos los puntos que hemos querido subrayar mediante los cuentos elegidos para nuestra brevísima antología.

En orden cronológico, “Los asesinos” es el de producción más antigua. Sabemos que en mayo de 1926, mientras pasaba una temporada en Madrid, Hemingway escribía ya este cuento, con el título primero y provisional de “Los matadores”. Fue allí, en Madrid, que el autor se decidió por el hoy famoso de “Los asesinos”. Otros cambios hubo: de Petoskey la acción pasó a Summit, pueblo cercano a Chicago y, por tanto, próximo a la indudable violencia pandilleril de esa ciudad. Era protagonista un boxeador italiano —Neroni— ya conocido por otro cuento de Hemingway: “La desaparición de Pickles McCarty”. Pronto se decidió el autor por la figura mucho más trágica de Ole Andreson.

El cuento apareció en Scribner’s y ha sido desde entonces uno de los más celebrados de Hemingway, quien lo incluyó en su libro Hombres sin mujer (1927). Llevado un par de veces al cine, representa muy bien ciertos rasgos claves de Hemingway como escritor: la irrupción de la violencia en un mundo habitado por inocentes (la gente del café), el aprendizaje de ello derivado (patente en Nick Adams, protagonista del ciclo En nuestro tiempo, 1925), el regreso de un pasado, cuya reaparición explica el fatalismo de Andreson. Desde luego, el uso extraordinario del diálogo, la capacidad de insinuar en el subtexto el significado real de lo narrado, y el darnos una interpretación del mundo mediante un mínimo de anécdota, ocurrida en un mínimo de tiempo.

Viene luego “Colinas como elefantes blancos”. Fue escrito en el año 1927 y Hemingway lo incluyó a última hora en Hombres sin mujer para redondear el libro. El crítico norteamericano Jeffrey Meyer considera que “la comparación de las colinas con elefantes blancos —animales imaginarios que representan objetos inútiles, como el bebé indeseado— es decisiva para entender el sentido del cuento”. Estamos ante un texto de gran calidad. Todos los elementos incluidos cumplen una función determinante: sabemos ya lo que el título simboliza, pero a ello debemos agregar la aridez del paisaje y la soledad del sitio donde ocurre la acción; aridez y soledad que subrayan la situación de la pareja protagonista, como también la subraya que la estación de tren sea un lugar de paso, un punto de espera transitorio. Nuevamente, una pareja en conflicto sirve para expresar la fragilidad, primero, de las relaciones humanas; la fragilidad, después, que toda existencia como existencia revela. Sin que jamás se lo mencione claramente, el aborto solicitado por el hombre gravita pesadamente sobre el futuro de la pareja. Termina con esa posibilidad de vida, parece decir el cuento, simboliza la terminación del amor que existió y tal vez aún exista entre los protagonistas.

En 1922 Hemingway cubrió la guerra greco-turca. Fueron el resultado de aquella labor catorce artículos periodísticos, y uno de los productos derivados de tal actividad aparece en nuestra antología: “En el muelle de Esmirna”, escrito en 1933 y llamado por Hemingway “una miniatura”. En efecto, se trata de un texto muy breve, destinado a presentarnos un momento trágico de la guerra ocurrida de 1921 a 1923 entre Grecia y Turquía. Una vez más, aparecen las constantes hemingwayanas: sobriedad en el estilo, uso de los detalles para entregar el significado de la viñeta, el asombro ante la capacidad del hombre para lastimarse y una angustia honda porque la vida parece carecer de sentido. Quien lea “Las nieves del Kilimanjaro” (1936) verá en una de las secciones la utilización de un material parecido en un discurso narrativo propiamente cuento ya.

Pasemos a James Joyce. En una conversación con Arthur Power dijo: “Es de una gran maestría. De hecho, uno de los mejores cuentos que se hayan escrito; hay en él sustancia”. Hablaba de “Un lugar limpio y bien iluminado”, compuesto por Ernest Hemingway en 1933. Pertenece al libro Nada para el ganador (1933) y es de los cuentos hemingwayanos más claros en su exploración de la nada. Presentado con una insistencia notable en los contrastes entre luz y sombra, hace resaltar asimismo la oposición entre sueño e insomnio, así como la diferente situación y la distinta actitud de los dos meseros. Eje del cuento, el anciano que bebe hasta altas horas de la noche representa la soledad total en que puede caer un ser humano. Personaje trágico pese a la sobriedad de trazo utilizada para construirlo, sirve de motivo al diálogo significativo de los meseros. El sentido de lo narrado termina concentrándose en la parodia del Padre Nuestro. Pocas veces ha conseguido Hemingway una expresión tan descarnada del problema central a su literatura.

Ese anciano bebedor, que ante una mesa intenta evitar los hostigamientos de la nada, falló en suicidarse. No es gratuito este subrayado. Recordemos que el padre de Hemingway se mató porque “a pesar de sus creencias religiosas”, nos dice Meyers, “había perdido bastante dinero, estaba seriamente enfermo y psicológicamente deprimido… Era un hombre fuerte y activo, que no pudo enfrentarse a su enfermedad”. La marca dejada en Hemingway por este acontecimiento fue profunda. Así, cuando a partir de 1940 siente la disminución de su capacidad creadora, cuando sabemos que tras cada crisis matrimonial pensaba en matarse, cuando notamos la presencia constante del suicidio en su obra, cuando leemos que en 1961, al volver de la clínica Mayo, sufría de alcoholismo, pérdida de la visión, diabetes, hepatitis e impotencia, comprendemos que un hombre tan apasionado por la vida sana, las hazañas de caza y pesca, la sensación de vigor y fuerza, decidiera no arriesgar el caer en la invalidez total. Por ello se suicida el 2 de julio, de madrugada.

La obra póstuma de Hemingway desmerece al lado de la escrita hasta poco más o menos 1950. Es, simplemente, un material que permite comprender el itinerario completo del escritor. Sin embargo, allí está lo publicado con anterioridad: esos libros hablan de un excelente narrador, que en cuentos y novelas modificó no sólo la idea de estilo, convirtiéndose en una de las grandes influencias literarias modernas, sino la concepción de cuento. A partir de Hemingway, no es posible dudar que con un mínimo de elementos es posible crear un mundo complejo, lleno de significados y totalmente próximo a ciertas inquietudes que como seres humanos padecemos.


Federico Patán

 


 

Los asesinos

 

La puerta de la cafetería de Henry se abrió y dos hombres entraron. Se sentaron a la barra.

—¿Qué va a ser? —les preguntó George.

—No sé —dijo uno de los hombres. ¿Qué quieres comer, Al?

—No sé —dijo Al—. No sé qué quiero, comer.

Afuera oscurecía. Las luces de la calle se encendieron al otro lado de la ventana. Los dos hombres en la barra leyeron el menú. Desde el extremo opuesto de la barra Nick Adams los observaba. Había estado hablando con George cuando los otros entraron.

—Sírveme un filete de cerdo asado con puré de manzana y puré de papas —dijo el primer hombre.

—No está listo aún.

—Entonces ¿para qué demonios lo pones en la carta?

—Es la cena —explicó George—. Pueden ordenarlo a las seis.

George miró el reloj que estaba en la pared tras la barra.

—Son las cinco.

—El reloj marca las cinco y veinte —dijo el segundo hombre.

—Adelanta veinte minutos.

—Oh, al diablo con el reloj —dijo el primer hombre—. ¿Qué hay de comer?

—Puedo ofrecerles cualquier tipo de emparedado —dijo George—. También huevos con jamón, huevos con tocino, hígado con tocino o un bistec.

—Sírveme croquetas de pollo con chícharos, salsa de crema y puré de papas.

—Es la cena.

—¿Así que todo lo que se nos antoja es para la cena, no? Ya lo tienes resuelto de ese modo.

—Puedo ofrecerles huevos con jamón, huevos con tocino, hígado...

—Quiero huevos con jamón —dijo el hombre llamado Al. Usaba un sombrero hongo y un sobretodo negro abotonado a lo largo del pecho. Su cara era pequeña y blanca y tenía los labios apretados. Usaba una bufanda de seda y guantes.

—Dame huevos con tocino —dijo el otro hombre. Era más o menos de la estatura de Al. Tenían rostros diferentes, pero vestían como gemelos. Ambos usaban sobretodos demasiado estrechos. Se sentaban inclinándose hacia adelante, los codos en la barra.

—¿Tienes algo que pueda beber? —preguntó Al.

—Cerveza, refrescos, ginger-ale —dijo George.

—Pregunté si tienes algo que se pueda beber.

—Lo que dije.

—Este pueblo es caluroso —dijo el otro—. ¿Cómo lo llaman?

—Summit.

—¿Habías oído hablar de él? —preguntó Al a su amigo.

—No —dijo el amigo.

—¿Qué hacen aquí por las noches? —preguntó Al.

—Se ponen a cenar —dijo su amigo—. Todos vienen aquí y se dan la gran cena.

—Correcto —dijo George.

—¿Así que lo crees correcto? —preguntó Al a George.

—Seguro.

—Eres un chico muy listo, ¿verdad?

—Seguro —dijo George.

—Pues no lo eres —dijo el otro hombrecito—. ¿O lo es, Al?

—Es un cretino —dijo Al. Se volvió hacia Nick—. ¿Cómo te llamas?

—Adams.

—Otro listo —dijo Al—. ¿No es un chico listo, Max?

—El pueblo está lleno de chicos listos —dijo Max. George colocó dos platos, uno de huevos con jamón y el otro de huevos con tocino, en la barra. Puso dos platos complementarios con papas fritas y cerró la ventanilla que daba a la cocina.

—¿Cuál es su orden? —preguntó a Al.

—¿No te acuerdas?

—Huevos con jamón.

—Un chico listo, eso es todo —dijo Max. Inclinándose hacia delante, tomó los huevos con jamón. Ambos hombres comieron con los guantes puestos. George los observaba comer.

—¿Qué miras? —y Max miró a George.

—Nada.

—Cómo nada. Me estabas mirando.

—Tal vez el chico quería hacerte una broma, Max —dijo Al.

George rió.

no tienes que reírte —le dijo Max—. no tienes que reírte para nada, ¿entendiste?

—Está bien.

—Así que en tu opinión está bien —Max se volvió hacia Al—. Opina que está bien. Eso sí que está bueno.

—Oh, se trata de un pensador —dijo Al. Siguieron comiendo.

—¿Cómo se llama ese chico listo al final de la barra? —preguntó Al a Max.

—Eh tú, chico listo —dijo Max a Nick—, vete tras la barra con tu amiguito.

—¿De qué se trata? —preguntó Nick.

—De nada.

—Mejor obedece, chico listo —dijo Al. Nick caminó hasta ponerse tras la barra.

—¿De qué se trata? —preguntó George.

—Nada que te concierna —dijo Al—. ¿Quién está en la cocina?

—El negro.

—¿Qué quieres decir con el negro?

—El negro que cocina.

—Ordénale que venga.

—¿De qué se trata?

—Ordénale que venga.

—¿Pero dónde se creen que están?

—Sabemos muy bien dónde estamos —dijo el hombre llamado Max—. ¿Parecemos tontos?

—Hablas como tonto —le dijo Al—. ¿Para qué demonios discutes con este muchachillo? Escucha —le dijo a George—, ordénale al negro que salga aquí.

—¿Qué le van a hacer?

—Nada. Usa la cabeza, chico listo. ¿Qué íbamos a hacerle a un negro?

George abrió la ventanilla que daba a la cocina: “Sam”, llamó, “ven un momento”.

La puerta de la cocina se abrió y el negro entró. “¿Qué pasa?” preguntó. Los dos hombres a la barra le echaron un vistazo.

—Muy bien, negro, quédate donde estás —dijo Al.
Sam, el negro, de mandil, miró a los dos hombres sentados a la barra. “Sí, señor”, dijo. Al se bajó del taburete.

—Me voy a la cocina con el negro y chico listo —dijo—. Vuelve a la cocina, negro. Vete con él, chico listo —el hombrecito entró en la cocina después de Nick y Sam. La puerta se cerró tras ellos. El hombre llamado Max estaba sentado a la barra, frente a George. No miraba a George, sino al espejo que en el fondo corría a todo lo largo de la barra. A Henry’s lo habían transformado de cantina en cafetería.

—Bueno, chico listo —dijo Max, mirando en el espejo—, ¿por qué no dices algo?

—¿De qué se trata todo esto?

—Oye, Al —llamó Max—, chico listo quiere saber de qué se trata todo esto.

—¿Por qué no se lo dices? —la voz de Al vino desde la cocina.

—¿De qué crees que se trata todo esto?

—No sé.

—¿Qué supones?

Max miraba al espejo todo el tiempo que estuvo hablando.

—No voy a decirlo.

—Oye, Al, chico listo dice que no va a decir qué piensa que es todo esto.

—Te oigo sin problemas —dijo Al desde la cocina. Mantenía abierta con una botella de catsup la división por la que los platos pasaban a la cocina—. Escucha, chico listo —dijo desde la cocina a George—, aléjate un poco a lo largo de la barra. Tú, Max, muévete un poco a la izquierda —era como un fotógrafo que preparara una foto de grupo.

—Háblame, chico listo —dijo Max—. ¿Qué crees que va a pasar?

George nada dijo.

—Pues te lo voy a contar —dijo Max—. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote llamado Ole Andreson?

—Sí.

—Viene a cenar aquí todas las noches ¿no?

—A veces viene.

—Viene a las seis ¿no?

—Cuando viene.

—Todo eso ya lo sabemos, chico listo —dijo Max—, habla de alguna otra cosa. ¿Vas al cine?

—De vez en cuando.

—Debieras ir al cine más seguido. El cine le conviene a un chico listo como tú.

—¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

—Nunca tuvo oportunidad de hacernos nada. Ni siquiera nos ha visto.

—Y sólo nos va a ver una vez —dijo Al desde la cocina.

—Entonces ¿por qué van a matarlo? —preguntó George.

—Lo vamos a matar a nombre de un amigo. Por complacer a un amigo, chico listo.

—Cállate —dijo Al desde la cocina—. Hablas demasiado.

—Bueno, es que tengo que entretener a chico listo. ¿No es así, chico listo?

—Hablas demasiado —dijo Al—. El negro y mi chico listo se entretienen solitos. Los tengo amarrados como un par de amiguitas en un convento.

—Supongo que fuiste a un convento.

—Nunca se sabe.

—Fuiste a un convento kósher. Ahí es adonde fuiste. George miró el reloj.

—Si alguien viene, le dices que no está el cocinero; si insiste, le dices que tú irás a la cocina y le cocinarás. ¿Entendiste, chico listo?

—Está bien —dijo George—. Y después ¿qué van a hacer con nosotros?

—Eso depende —dijo Max—. Es una de esas cosas que nunca se saben de antemano.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió. Entró un conductor de tranvía.

—Hola, George —dijo—. ¿Puedo cenar?

—Sam salió —dijo George—. Volverá en una media hora.

—Entonces mejor voy calle arriba —dijo el conductor. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

—Esto estuvo bien, chico listo —dijo Max—. Eres un verdadero caballerito.

—Sabía que le volaría los sesos —dijo Al desde la cocina.

—No —dijo Max—, no se trata de eso. Chico listo es amable. Es un chico amable. Me cae bien.

A las seis cincuenta y cinco George dijo: “No va a venir”.

Dos personas más habían estado en la cafetería. Una de las veces George pasó a la cocina y preparó un emparedado de jamón y huevo “para llevar”, que un hombre quería irse comiendo. Dentro de la cocina vio a Al, su sombrero hongo echado hacia atrás; sentado en un taburete junto a la ventanilla, con un rifle de cañón recortado apoyado en el anaquel. Nick y el cocinero estaban espalda con espalda en el rincón, una toalla atada a la boca. George preparó el emparedado, lo envolvió en papel encerado, lo puso en una bolsa, lo sacó, el hombre pagó y se fue.

—Chico listo hace de todo —dijo Max—. Sabe cocinar y demás cosas. Serás una esposa perfecta para alguna muchacha, chico listo.

—¿En serio? —dijo George—, Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

—Le daremos diez minutos más — dijo Max.

Max miraba el espejo y el reloj. Las manecillas del reloj marcaron las siete en punto y luego las siete y cinco.

—Oye, Al —dijo Max—, mejor no vamos. No va a venir.

—Es mejor darle otros cinco minutos —dijo Al desde la cocina.

En esos cinco minutos entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

—¿Por qué diablos no se consigue otro? —preguntó el hombre—. ¿No es ésta una cafetería o qué? —y salió.

—Vámonos, Al —dijo Max.

—¿Y qué con los dos chicos listos y el negro?

—No hay problema.

—¿Tú crees?

—Seguro. Ya acabamos.

—No me gusta —dijo Al—. Es un descuido. Hablas demasiado.

—Oh, qué diablos —dijo Max—. Tenemos que entretenernos, ¿no es cierto?

—De cualquier modo, hablas demasiado —dijo Al. Salió de la cocina. Los cañones recortados del rifle hacían un bulto ligero bajo la cintura del sobretodo demasiado ajustado. Se arregló el abrigo con las manos enguantadas.

—Hasta luego, chico listo —dijo a George—. Eres muy suertudo.

—Es la pura verdad —dijo Max—. Debieras apostar a las carreras, chico listo.

Los dos salieron por la puerta. A través de la ventana, George los observó pasar bajo la luz del poste y cruzar la calle. Con sus sobretodos tirantes y sus sombreros de hongo, parecían una pareja de vodevil. George entró a la cocina por la puerta de vaivén y desató a Nick y al cocinero.

—No quiero saber nada más de esto —dijo Sam, el cocinero—. No quiero saber nada más de esto.

Nick se puso de pie. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

—Pero oye —dijo—, qué importa —intentaba olvidarlo con una balandronada.

—Iban a matar a Ole Andreson —dijo George—. Iban a dispararle cuando entrara a comer.

—¿Ole Andreson?

—Claro.

El cocinero se palpó las comisuras de la boca con los pulgares.

—¿Ya se fueron? —preguntó.

—Sí —dijo George—, se fueron ya.

—Esto no me gusta —dijo el cocinero—, no me gusta pero ni tantito.

—Oye —dijo George a Nick—, es mejor que busques a Ole Andreson.

—Está bien.

—Es mejor que no te enredes en esto —dijo Sam, el cocinero—. Es mejor quedarse fuera.

—No vayas si no quieres —dijo George.

—Mezclarte en esto no te va a llevar a ninguna parte —dijo el cocinero—. Quédate fuera.

—Voy a buscarlo —dijo Nick a George—. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

—Estos muchachitos, siempre seguros de lo que quieren hacer —dijo.

—Vive allá en la pensión Hirsch —dijo George a Nick.

—Voy allí entonces.

Afuera, la luz del poste brillaba a través de las ramas desnudas de un árbol. Nick caminó calle arriba junto a los rieles del tranvía, y en el siguiente poste dio vuelta en una calle lateral. A tres casas estaba la pensión Hirsch. Nick subió los dos escalones y pulsó el timbre. Una mujer vino a la puerta.

—¿Está Ole Andreson?

—¿Quiere verlo?

—Sí, si está.

Nick siguió a la mujer un tramo de escaleras y hasta el final del corredor. La mujer llamó a la puerta.

—¿Quién es?

—Alguien quiere verlo, señor Andreson —dijo la mujer.

—Es Nick Adams.

—Adelante.

Nick abrió la puerta y entró al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había peleado por el campeonato de los pesados y era demasiado largo para la cama. Yacía con la cabeza sobre dos almohadones. No miró a Nick.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Estaba en Henry’s —dijo Nick—, cuando entraron dos tipos y me ataron con el cocinero, y dijeron que iban a matarlo a usted.

Sonaba tonto al decirlo. Ole Andreson nada dijo.

—Nos encerraron en la cocina —continuó Nick—. Iban a dispararle cuando llegara a cenar.

Ole Andreson miraba la pared sin decir nada.

—George pensó que lo mejor era venir y contárselo.

—No hay nada que pueda hacer al respecto —dijo Ole Andreson.

—Puedo decirle cómo eran.

—No quiero saber cómo eran —dijo Ole Andreson. Miraba la pared—. Gracias por venir a contármelo.

—No tiene importancia.

Nick miraba al hombrón que yacía en la cama.

—¿No quiere que vaya con la policía?

—No —dijo Ole Andreson—, de nada serviría.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudar?

—No, no hay nada en lo que puedas ayudar.

—Tal vez era puro teatro.

—No, no era puro teatro.

Ole Andreson se volvió hacia la pared.

—Lo único curioso —dijo, hablando hacia la pared—, es que no puedo decidirme a salir. He estado aquí todo el día.

—¿Y si se fuera del pueblo?

—No —dijo Ole Andreson—, ya me cansé de estar huyendo.

Miró a la pared.

—No hay nada que se pueda hacer ya.

—¿No podría resolverlo de algún modo?

—No. Metí la pata —hablaba con la misma voz neutra—. No hay nada que se pueda hacer. Dentro de un rato me decidiré a salir.

—Mejor regreso con George —dijo Nick.

—Hasta luego —dijo Ole Andreson. No miró en dirección a Nick—. Gracias por venir.

Nick salió. Al cerrar la puerta, vio a Ole Andreson con la ropa puesta, en la cama y mirando la pared.

—Se ha estado en el cuarto todo el día —dijo la casera en la planta baja—. Supongo que no se siente bien. Le dije: señor Andreson, debería salir y darse un paseíto en un día otoñal tan agradable como éste. Pero no se le antojaba.

—No quiere salir.

—Lamento que no se sienta bien —dijo la mujer—. Es un hombre de lo más bondadoso. Estuvo en el ring, sabe.

—Sí, lo sé.

—No se adivinaría excepto por cómo tiene la cara —dijo la mujer. Hablaban justo en el umbral de la puerta externa—. Es tan amable.

—Bien, pues buenas noches, señora Hirsch —dijo Nick.

—No soy la señora Hirsch —dijo la mujer—. Ella es la dueña. Yo simplemente me encargo del lugar. Soy la señora Bell.

—Bien, pues buenas noches, señora Bell —dijo Nick.

—Buenas noches —dijo la mujer.

Nick caminó por la calle oscura hasta la esquina iluminada por el poste, y luego a lo largo de los rieles del tranvía hasta la cafetería Henry’s. George estaba dentro, tras la barra.

—¿Viste a Ole?

—Sí —dijo Nick—. Está en su cuarto y no quiere salir.
El cocinero abrió la puerta de la cocina al oír la voz de Nick.

—No quiero ni escucharlo —dijo y cerró la puerta.

—¿Le contaste lo ocurrido? —preguntó George.

—Seguro. Se lo dije, pero ya sabía de qué se trataba.

—¿Qué piensa hacer?

—Nada.

—Lo matarán.

—Supongo que sí.

—Debe haberse enredado en algo allá en Chicago.

—Supongo.

—Es tremendo.

—Es terrible —dijo Nick.

Nada dijeron. George se agachó por un trapo y limpió la barra.

—Me pregunto qué habrá hecho —dijo Nick.

—Traicionar a alguien. Por eso los matan.

—Me voy a ir de este pueblo— dijo Nick.

—Sí —dijo George—, conviene que lo hagas.

—No soporto el imaginarla esperando en el cuarto, sabiendo que va a llegarle. Es demasiado terrible.

—Bueno —dijo George—, no le des demasiadas vueltas.


 

Colinas como elefantes blancos



Las colinas  que cruzaban el valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombras ni árboles y la estación se hallaba al sol, entre dos líneas de rieles. Pegada al costado de la estación estaba la umbría tibia del edificio y una cortina, hecha de cuentas de bambú en ringleras, colgaba en la puerta abierta del bar, para dejar fuera las moscas. El norteamericano y la chica que lo acompañaba estaban en una mesa a la sombra, afuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona vendría en cuarenta minutos. Se detenía en este empalme dos minutos, para luego seguir hasta Madrid.

—¿Qué beberemos? —preguntó la chica. Se había quitado el sombrero, dejándolo sobre la mesa.

—Hace mucho calor —dijo el hombre.— Bebamos cerveza.

—Dos cervezas —dijo el hombre en dirección a la cortina.

—¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral.

—Sí, grandes.

La mujer trajo dos vasos de cerveza y dos posavasos de fieltro. Puso los posavasos y los vasos de cerveza sobre la mesa y miró al hombre y a la chica. La chica miraba la línea de colinas. Eran blancas al sol y el campo café y seco.

—Parecen elefantes blancos —dijo.

—Nunca vi uno —el hombre bebió de su cerveza.

—No, no habrías podido.

—Podría haber sucedido —dijo el hombre—. El que digas que no habría podido nada prueba.

La chica miró la cortina de cuentas. “Pintaron algo en ella —dijo—. ¿Qué dice?”

—Anís del Toro. Es un licor.

—¿Lo probamos?

El hombre gritó “Oiga” a través de la cortina. La mujer salió del bar.

—Cuatro reales.

—Queremos dos anises del Toro.

—¿Con agua?

—¿Lo quieres con agua?

—No sé —dijo la chica—. ¿Sabe bien con agua?

—No sabe mal.

—¿Los quieren con agua? —preguntó la mujer.

—Sí, con agua.

—Sabe a orozuz —dijo la chica y puso el vaso en la mesa.

—Así ocurre con todo.

—Sí —dijo la chica—, todo sabe a orozuz. En especial las cosas que has esperado por largo tiempo, como el ajenjo.

—Oh, no sigas.

—Tú empezaste —dijo la chica—. Me divertía. La estaba pasando bien.

—Bueno, pues tratemos de pasarla bien.

—De acuerdo. Lo estaba intentando. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue brillante?

—Fue brillante.

—Quise probar este trago nuevo. ¿No es todo lo que hacemos, mirar las cosas y probar tragos nuevos?

—Supongo.

La chica miró hacia las colinas.

—Son colinas adorables —dijo—. En realidad no parecen elefantes blancos. Quise decir el color de sus pieles a través de los árboles.

—¿Tomamos otro trago?

—Bueno.

El tibio viento empujó la cortina de cuentas contra la mesa.

—La cerveza está fría y agradable —dijo al hombre.

—Encantadora —dijo la chica.

—En serio que es una operación terriblemente sencilla, Jig —dijo el hombre—. En serio que ni operación llega a ser.

La chica miró el piso donde se apoyaban las patas de la mesa.

—Sé que no te importará, Jig. En serio que no es nada. Simplemente sirve para que entre el aire.

La chica nada dijo.

—Iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Simplemente dejan entrar el aire y entonces todo sucede de modo natural.

—Y después, ¿qué haremos?

—Estaremos bien después. Igual que antes.

—¿Qué te hace creerlo?

—Es lo único que nos molesta. Lo único que nos ha hecho infelices.

La chica miró la cortina de cuentas, extendió la mano y asió dos de las hileras de cuentas.

—Y piensas que entonces, todo estará bien y seremos felices.

—Estoy seguro. No hay por qué tener miedo. Conozco montones de personas que lo han hecho.

—También yo —dijo la chica—. Y después fueron tan felices.

—Bueno —dijo el hombre—, si no quieres no tienes que hacerlo. No te obligaré a hacerlo si no quieres. Pero sé que es completamente sencillo.

—¿Y tú sí lo quieres en serio?

—Creo que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en verdad no quieres hacerlo.

—¿Y si lo hago serás feliz y todo será como antes y me amarás?

—Lo sé. Pero si lo hago ¿volverá a ser agradable cuando diga que las cosas son como elefantes blancos y te gustará?

—Me encantará. Me encanta ya, pero simplemente no puedo pensar en ello. Sabes cómo me pongo cuando algo me preocupa.

—Si lo hago ¿ya no te preocuparás jamás?

—No me preocuparé porque es completamente sencillo.

—Entonces lo haré. Porque no me intereso en mí.

—¿Qué quieres decir?

—No me intereso en mí.

—Bueno, pues yo sí me intereso en ti.

—Oh sí, pero yo no me intereso en mí. Lo haré y entonces todo volverá a estar bien.

—No quiero que lo hagas si te sientes así.

La chica se puso de pie y caminó hasta donde terminaba la estación. Al otro lado había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzó el campo de grano y la chica vio el río entre los árboles.

—Y podríamos tener todo esto —dijo—. Podríamos tenerlo todo y cada día lo volvemos más imposible.

—¿Qué dijiste?

—Dije que podríamos tenerlo todo.

—No, no podemos.

—Podemos tener el mundo entero.

—No, no podemos.

—Podemos ir a cualquier sitio.

—No, no podemos. Ya no es nuestro.

—Lo es.

—No, no lo es. Una vez que te lo quitan, jamás lo recuperas.

—Pero no nos lo han quitado.

—Vamos a esperar y ya veremos.

—Regresa a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.

—No me siento de ningún modo —dijo la chica—. Simplemente sé cosas.

—No quiero que hagas nada que no quieras hacer...

—Y eso que me conviene —dijo—, ya lo sé. ¿Podemos pedir otra cerveza?

—Bueno. Pero debes darte cuenta...

—Me la doy —dijo la chica—. ¿No podríamos dejar de hablar?

Se sentaron a la mesa y la chica miró hacia las colinas en la parte seca del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.

—Debes darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si no quieres. Estoy por completo dispuesto a que lo tengas si te significa algo.

—Y a ti ¿nada te significa? Podríamos llevarnos bien.

—Claro que me importa. Pero a nadie quiero sino a ti. No quiero a nadie más. Y sé que es completamente sencillo.

—Sí, sabes que es completamente sencillo.

—Te es muy fácil decir eso, pero sí lo sé.

—¿Harías algo por mí ahora?

—Haría cualquier cosa.

—¿Me harías el favor y el favor y el favor y el favor y el favor y el favor de ya no hablar?

Él nada dijo, pero miró las maletas junto a la pared de la estación. Había en ellas etiquetas de todos los hoteles donde pasaron alguna noche.

—Pero no quiero que lo hagas —dijo—, no me importa en lo absoluto.

—Voy a gritar —dijo la chica. La mujer salió entre las cortinas con dos vasos de cerveza y los puso encima de los húmedos posavasos de fieltro.

—El tren llega en cinco minutos —dijo.

—¿Qué dijo? —preguntó la chica.

—Que el tren llega en cinco minutos.

La chica sonrió abiertamente a la mujer, para darle las gracias.

—Es mejor que lleve las maletas al otro lado de la estación —dijo el hombre. La chica le sonrió.

—Está bien. Luego regresa y terminaremos las cervezas.

Levantó él las dos pesadas maletas y por detrás de la estación las llevó a la otra vía. Miró vía arriba pero no vio el tren. De regreso atravesó el bar, donde bebían quienes esperaban el tren. En el bar bebió un anís y miró a la gente. Todos esperaban el tren sensatamente. Salió a través de la cortina de cuentas. Sentada a la mesa la chica le sonrió.

—¿Te sientes mejor? —preguntó él.

—Me siento muy bien —dijo ella—. Nada malo me ocurre. Me siento muy bien.
 

En el muelle de Esmirna



Lo extraño era, dijo, el modo en que gritaban todas las noches a la medianoche. No sé por qué gritaban a esa hora. Estábamos en el puerto y ellos en el muelle y a la medianoche comenzaban a gritar. Solíamos echarles encima la luz del reflector para calmarlos. Nunca fallaba. Les pasábamos el reflector por encima dos o tres veces y dejaban de hacerlo. En una ocasión fui el oficial de turno en el muelle, y un oficial turco se me acercó bufando de rabia porque uno de nuestros marinos había estado de lo más insultante con él. Por tanto le dije que enviaríamos al tipo al barco y lo castigaríamos muy severamente. Le pedí que me lo señalara. Entonces señaló a un ayudante de artillero, un chico de lo más inofensivo. Dijo que había estado de lo más escandalosa y repetidamente insultante; me hablaba por medio de un intérprete. No podía yo imaginar cómo aquel ayudante de artillero sabía turco suficiente para mostrarse insultante. Lo llamé y dije “esto por si hablaste con alguno de los oficiales turcos”.

—Con ninguno de ellos hablé, señor.

—Estoy segurísimo —dije—, pero mejor sube al barco y no vuelvas a tierra por el resto del día.

Entonces dije al turco que estábamos embarcando al hombre, y manejaríamos el caso del modo más severo. “Oh, del modo más riguroso.” Se sintió lo máximo con eso. Grandes amigos que éramos.

Lo peor, dijo, eran las mujeres con bebés muertos. Imposible lograr que aquellas mujeres entregaran sus bebés muertos. Llevaban seis días con los bebés muertos. Simplemente no los entregaban. Nada podía hacerse al respecto. Al final tuvimos que quitárselos. Entonces ocurrió lo de esa anciana, el caso más extraordinario. Se lo conté a un médico y me dijo que mentía. Los estábamos sacando del muelle, pues teníamos que sacar a los muertos, y esta anciana yacía en una especie de camilla. Dijeron “¿No quiere echarle una miradita, señor?” Así que le eché una miradita y justo en ese momento murió y se quedó absolutamente tiesa. Levantó las piernas y se levantó desde la cintura y después se quedó totalmente rígida. Como si hubiera estado muerta toda la noche. Bien muerta y absolutamente rígida. Se lo conté a uno de los médicos y me dijo que era imposible.

Allí estaban todos en el muelle y en nada era como un terremoto o algo por el estilo porque nunca supieron de los turcos. Nunca supieron lo que esos condenados turcos habrían hecho. ¿Recuerdas cuando nos ordenaron no volver ya para llevarnos más? Sentía el viento en contra cuando entramos aquella mañana. Tenían tantas baterías como imagines y pudieron habernos barrido del agua, íbamos a entrar, navegar muy pegados a lo largo del muelle, soltar las anclas de proa y popa y entonces cañonear el barrio turco de la ciudad. Nos habrían barrido del agua, pero nosotros simplemente habríamos vuelto un infierno la ciudad. Se contentaron con dispararnos unas cuantas salvas cuando entrábamos. Vino Kemal y despidió al comandante turco. Por excederse en sus órdenes o algo parecido. Se sobrepasó un poco. Habría sido un caos endemoniado.

Recuerdas el puerto. Había un montón de objetos lindos flotando en él. Fue la única vez en mi vida que me puse de tal modo que soñaba con esos objetos. Te impresionaban menos las mujeres que daban a luz que aquellas con los bebés muertos. Desde luego que daban a luz. Es sorprendente cuán pocos murieron. Simplemente las cubrías con algo y las dejabas en la tarea. Siempre elegían el lugar más oscuro de la cala para tenerlos. Ninguna se interesaba en nada una vez que salían del muelle.

También los griegos eran chicos simpáticos. Cuando evacuaron tenían todos estos animales de carga que no podían llevarse, así que les rompieron las patas traseras y los arrojaron a las aguas poco profundas. Todas aquellas mulas con las patas traseras rotas lanzadas a las aguas poco profundas. Fue un asunto agradable. Palabra que sí, un asunto de lo más agradable.

 


 

Un lugar limpio y bien iluminado



Era tarde y todos habían dejado el café excepto un anciano sentado a la sombra que las hojas del árbol hacían con la luz eléctrica. De día la calle era polvosa, pero en la noche el rocío abatía el polvo y el anciano gustaba de sentarse hasta tarde porque era sordo y ahora de noche todo estaba tranquilo y él sentía la diferencia. Los dos meseros en el interior del café sabían que el anciano estaba un poco bebido, y aunque era un buen cliente sabían que de beber demasiado se iría sin pagar y lo vigilaban.

—La semana pasada intentó suicidarse —dijo uno de los meseros.

—¿Por qué?

—Estaba desesperado.

—¿A causa de qué?

—De nada.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene mucho dinero.

Estaban sentados a una mesa próxima a la pared cercana a la puerta del café y miraban la terraza con las mesas vacías excepto por aquélla donde el anciano estaba sentado a la sombra de las hojas del árbol que se movían ligeramente con el viento. Por la calle pasaron una chica y un soldado. La luz de la calle brilló sobre el número de latón que él llevaba al cuello. Nada cubría la cabeza de la chica, que caminaba rápido al lado de él.

—La guardia lo detendrá —dijo uno de los meseros.

—¿Y qué importa, si consigue lo que quiere?

—Es mejor que salga de la calle. La guardia lo pescará. Pasaron hace cinco minutos.

El anciano sentado a la sombra golpeó el plato con su copa. El mesero más joven se le acercó.

—¿Qué desea?

El anciano lo miró. “Otro brandy”, dijo.

—Se emborrachará —dijo el mesero. El anciano lo miró. El mesero se alejó.

—Se quedará toda la noche —dijo a su colega—. Ya estoy soñoliento. Nunca me acuesto antes de las tres. Debió matarse la semana pasada.

El mesero tomó del mostrador situado dentro del café la botella de brandy y otro plato y marchó hasta la mesa del anciano. Colocó el plato y llenó la copa de brandy.

—Debió usted matarse la semana pasada —dijo al sordo. El anciano indicó con el dedo: “Un poco más”, dijo. El mesero vertió en la copa de modo que el brandy, tras derramarse, corrió por el pie hasta el plato superior de la pila—. Gracias —dijo el anciano. El mesero regresó la botella al café. Volvió a sentarse a la mesa con su colega.

—Ya está borracho —dijo.

—Se emborracha todas las noches.

—¿Por qué quiso matarse?

—¿Y yo qué sé?

—¿Cómo lo hizo?

—Se colgó de una cuerda.

—¿Quién lo soltó?

—Su sobrina.

—¿Por qué lo hicieron?

—Temían por su alma.

—¿Cuánto dinero tiene?

—Mucho.

—Ha de andar por los ochenta.

—Pues yo diría que andaba por los ochenta.

—Ojalá se fuera a casa. Nunca me acuesto antes de las tres. ¿Qué horas son ésas de irse a la cama?

—Se desvela porque le gusta.

—Está solo. Yo no estoy solo. Tengo una esposa que me espera en la cama.

—También él tuvo esposa alguna vez.

—Una esposa de nada le serviría ahora.

—Quién sabe. Estaría mejor con una esposa.

—Su sobrina lo cuida.

—Ya lo sé. Dices que ella lo descolgó.

—No me gustaría ser tan viejo. Un viejo es algo desagradable.

—No siempre. Este viejo es limpio. Bebe sin salpicarse. Incluso ahora, borracho. Míralo.

—No quiero mirarlo. Ojalá y se fuera a casa. No tiene consideración por quienes trabajan.

El anciano miró desde su vaso al otro lado de la plaza, y luego a los meseros.

—Otro brandy —dijo, señalando la copa. El mesero que tenía prisa se acercó.

—Acabado —dijo, hablando con esa omisión de la sintaxis que la gente estúpida emplea cuando habla con borrachos o extranjeros—. No más esta noche. Cerrado.

—Otro —dijo el anciano.

—No. Acabado —el mesero limpió con un paño el borde de la mesa y sacudió la cabeza.

El anciano se puso de pie, contó lentamente los platos, sacó del bolsillo un monedero de cuero y pagó los tragos, dejando media peseta de propina.

El mesero lo observó alejarse por la calle, un hombre muy anciano que caminaba inestable pero con dignidad.

—¿Por qué no lo dejaste quedarse y beber? —preguntó el mesero sin prisa. Ponían las contraventanas—. No llegan a ser las dos y media.

—Quiero ir a casa y acostarme.

—¿Qué es una hora?

—Más para mí que para él.

—Una hora es lo mismo.

—También tú hablas como un viejo. Puede comprarse una botella y bebería en casa.

—No es lo mismo.

—No, no lo es —aceptó el mesero que tenía esposa. o quería ser injusto. Simplemente estaba de prisa.

—¿Y tú? ¿No tienes miedo de llegar a casa antes de tu hora?

—¿Estás tratando de insultarme?

—No, hombre,* sólo de hacerte una broma.

—No —dijo el mesero que estaba de prisa, levantándose tras bajar la cortina de metal—. Tengo confianza. Soy todo confianza.

—Tienes juventud, confianza y empleo —dijo el mesero mayor—. Lo tienes todo.

—Y a ti ¿qué te falta?

—Todo menos empleo.

—Tienes todo lo que yo.

—No. Nunca tuve confianza y no soy joven.

—Vamos, deja de hablar tonterías y cierr.

—Soy de esos que gustan de quedarse hasta tarde en el café —dijo el mesero de más edad—. Con todos esos que no quieren irse a la cama. Con todos esos que necesitan una luz para la noche.

—Quiero irme a casa y meterme en la cama.

—Somos de dos especies diferentes —dijo el mesero de más edad. Estaba ya vestido para irse a casa—. Es cuestión de juventud y confianza, aunque esas cosas son muy hermosas. Cada noche soy reacio a cerrar porque puede haber alguien que necesite un café.

Hombre, hay bodegas abiertas toda la noche.

—No entiendes. Este café es limpio y agradable. Está bien iluminado. La luz es muy buena y además, ahora, están las sombras de las hojas.

—Buenas noches—dijo el mesero más joven.

—Buenas noches —dijo el otro. Tras apagar la luz eléctrica, continuó la conversación consigo. Es la luz, desde luego, pero es necesario que el lugar esté limpio y sea agradable. No quieres música. Claro que no quieres música. Tampoco puedes estar ante un bar con dignidad, aunque eso sea lo único que proporcionan a estas horas. ¿Qué temía? No era temor o miedo. Era una nada que conocía demasiado bien. Era una nada y el hombre una nada también. Sólo eso y la luz lo único que necesitaba y algo de limpieza y orden. Algunos lo viven sin sentirlo, pero él sabía que todo era nada y pues nada y nada y pues nada. Nada nuestra que estás en la nada, nada sea la nada. Danos esta nada nuestra nada diaria y nadamos nuestra nada como nadamos nuestras nadas y no nos nades en la nada y líbranos de la nada, y nada. Salve nada llena de nada, la nada sea contigo. Sonrió y se detuvo ante un bar con una brillante cafetera de vapor a presión.

—¿Qué va a ser? —preguntó el cantinero.

Nada.

Otro loco más —dijo el cantinero dándole la espalda.

—Una copita —dijo el mesero.

El cantinero se la sirvió.

—La luz es muy brillante y agradable, pero el bar está descuidado —dijo el mesero.

El cantinero lo miró pero no respondió. Era demasiado entrada la noche para conversar.

—¿Quiere otra copita? —preguntó el cantinero.

—No, gracias —dijo el mesero y salió. Le disgustaban los bares y las bodegas. Un café limpio y bien iluminado era una cosa muy diferente. Ahora, sin otro pensamiento, se iría a casa, a su habitación. Se echaría en la cama y finalmente, con la luz del día, dormiría. Después de todo, se dijo, probablemente que sea insomnio. Muchos lo tendrán.

 

 

* En español en el original.