Nota introductoria

 

 

Pareciera que existe una trabazón entre la inconsciencia y el mal. Se peca por ignorancia, por desconocimiento de la Ley, porque faltaron luces para advertir la real consecuencia de nuestros actos. La perversión, así, estaría fundada en una ausencia, en el hiato o la fisura que surgen apenas en un parpadeo, en el más leve descuido de la conciencia vigilante. El desconocimiento, como se sabe, es el origen de muchas desdichas. El vacío, y no la abundancia, es lo que seduce infinitamente, lo que atrae de un modo casi irresistible. Esta concepción del mal tiene la ventaja de abonarse los territorios de la inocencia. Su sujeto privilegiado: el niño. ¿Quién mejor que el niño para gratificarnos con la imagen de esa tabula rasa en la que la mano del demonio escribe sus mejores poemas?

Si los niños son perversos por naturaleza, esto es, porque no han todavía introyectado las normas morales creadas por el mundo civilizado, entonces son los adultos quienes han de señalarles el camino del bien. Son ellos, los “grandes”, los que saben, los que disciernen; sólo ellos pueden “atemperar” la plétora instintiva de los pequeños de manera que ceda su inclinación a cometer el mal. La coartada de los adultos parece perfecta. ¿Pero qué sucede cuando advertimos que los perversos no son los niños, faltos de luces, sino esos adultos resentidos que se vengan de las injurias que la vida les ha propinado, y que escogen para ejercer su desquite los cuerpos de los inocentes? ¿Qué sucede cuando las premisas se invierten? ¿A qué suerte de ironía nos enfrentamos como lectores?

Lo que más me impresiona en algunos de los textos de Silvia Molina es su capacidad para mostrar al desnudo la infinita crueldad de los grandes en contra de los pequeños. Quiero decir: la manera en que logra invertir la tabla de valores aceptada por todos para enseñarnos la otra cara de la moneda. Los crueles y los perversos son los adultos. No tiene remedio: el tiempo los ha podrido. Es cierto: podrían abstenerse. Podrían dejar que las cosas corrieran por sí solas, por sus rumbos particulares, pero no lo hacen. En el fondo, más débiles que los débiles, sucumben ante su ignorancia. Ante su extraña necesidad de ejercer el bien. Ante su ilimitada mediocridad. Y propinan el golpe. Ahí está, para quien se resista a creerlo, “La casa nueva”. La sola lectura de este cuento bastará para que sepamos cuál es el escalpelo con el que la mano de la escritora ha de abrirnos el mundo. Y para que adquiera nuevas resonancias el verso de Sabines que Silvia Molina ha colocado como epígrafe de su libro: Parece que la vida nos embiste...

Sí, es cierto, nos embiste, pero no habría que inculpar a la vida sino a los otros. Esos otros hiperconscientes que nunca se equivocan, y que si se equivocan es con la vida de los demás. Llámense adultos, mayores, maestros, padres o señores. Esta colección de relatos de Silvia Molina propone una lectura irónica de esta situación. Irónica no porque se desprenda de ella, sino porque cala en su centro. Y porque escoge el mundo de la infancia no para dar un perfil de su supuesta inocencia, sino para revelar las imbricaciones del mal. Sólo asimilando y superando las deformaciones de ese mundo preconstruido y que nos antecede, es que llegamos a crecer. Los relatos de Silvia Molina nos colocan de nuevo en esa encrucijada, al mismo tiempo maravillosa y atroz. Espero que los disfruten.

Evodio Escalante