El paraíso perdido

A Claudia
Hace poco recibí una efusiva invitación de mi hija, para atender un puesto en la kermesse de su escuela. Al principio mi negativa fue rotunda: dije un no redondo, claro y prolongado.

No sirvió de nada, Marisol insistió una semana: “Por favor, mami”.

—No puedo ir; tengo mucho trabajo. ¿No entiendes? No es no.

Marisol no dio su brazo a torcer.

Cansada de escucharla, me sorprendí poniendo en la balanza las cosas que perdería en una mañana aceptando la invitación: escribir unas cuantas cuartillas, leer por lo menos un rato, preparar mi clase de la Universidad... y lo que iba a perder declinándola: la sonrisa franca de un cierto orgullo infantil: “Mira, es mi mamá”.

Aunque la proposición me resultaba muy embarazosa, busqué una justificación. En realidad, no son tantas las oportunidades que tengo de compartir con Marisol sus experiencias, y no soy de aquellas personas que no levantan ni un dedo por mejorar las relaciones familiares. Creí que no me iba a arrepentir: “Después de todo es una mañana”, me dije.

¡Oh, dioses! perdí otra, en la compra de la lotería —me habían designado como “cantante de la lotería”—, y del material para decorar el puesto, porque había que hacerlo.

Aquel día “tan esperado”, llegamos muy temprano a la escuela para ganar un buen lugar. Escogimos la esquina sombreada por un viejo manzano cuyas raíces habían comenzado a levantar las planchas de cemento del patio, y bajo la total supervisión de mi hija, arreglé mi pequeño espacio. Colgamos globos amarillos de las ramas más bajas del manzano, vestimos con papel crepé las mesitas que nos prestaron y dibujamos una cartulina, en donde, a pesar de tantas flores y estrellas, claramente se podía leer: Lotería.

Otras señoras corrían de aquí para allá haciendo más o menos lo mismo en sus puestos; además, jalaban sillas, pelaban jícamas y naranjas, hacían tostadas y aguas frescas, le ponían agua a las tinas para la pesca o inflaban globos para los dardos. Veía sus puestos y, la verdad, me llegué a sentir orgullosa del nuestro que parecía sencillo pero alegre.

Marisol se despidió. Bajaría al patio con sus compañeros a las nueve en punto.

Acababa de irse cuando empecé a incomodarme. No conocía a nadie, y mi ideal en la vida no era precisamente estar sentada detrás de un puesto en una kermesse escolar. El calor comenzó a mecerse en las ramas del manzano y pensé que en cualquier momento el silencio de la mañana podía romperse en una gritería insoportable. La memoria me trajo imágenes de muy lejos: recordé, entonces, lo importantes que habían sido para mí las fiestas de la niñez: era todo un mundo blanco, emocionante, de muñecas de trapo y jueguitos de té.

En eso estaba yo, cuando se abrieron las grandes puertas del patio para dar cabida a algo que desde donde yo miraba, parecía un arco triunfal. Dos mozos lo colocaron justo enfrente de mí: era un enorme corazón rojo, adornado con un cupido en cada extremo. En la parte superior decía con letras negras: Registro Civil. Enseguida trajeron varias cajas y finalmente un escritorio.

Tras el registro civil estaban, por lo menos, unas seis señoras jóvenes llenas de energía. Me quedé pasmada, más que un vulgar puesto de kermesse, aquello imitaba la escenografía de una pieza cómica o la ingenuidad de una zarzuela.

De las cajas fueron saliendo ramitos de flores; una señora los colocaba en una charola. Un libro de registro, como de contador, quedó sobre el mantel blanco puesto sobre el escritorio. De otra caja surgieron un hermoso “velo de novia” pendiente de una coronita de azahares y un gigantesco y aterciopelado sombrero de copa.

Por supuesto, todas las mamás habíamos abandonado nuestros puestos para observar de cerca aquella extravagancia. Lo último en aparecer fue un ciento de pequeñas argollas de enlace que, faltaba más, tenían destinadas una bandeja de plata.

—¿Eres nueva? —me preguntó una señora gordita de aspecto agradable.

Dije que sí, no sé por qué; aunque me sentía total y francamente nueva ante aquel espectáculo: como actriz en butaca de galería. Tuve nostalgia por mi escritorio desordenado y por la novela de Kundera.

—¿A quién tienes en la escuela? —me dijo, después de encender un cigarro.

—A una niña de siete años, se llama Marisol.

—Yo tengo un niño de nueve en tercero. Me rogó tanto que viniera que tuve que posponer a la masajista.

Comenzaron a bajar los niños. Marisol se dejó venir con todos sus compañeros de clase. Caminé angustiada hasta mi puesto. La vi a los ojos: lucía, realmente, orgullosa. Entonces, pretendí afinar mi canto con maestría para dejar a los niños contentos y no defraudar a mi hija.

Al principio, la ostentación del registro civil mantuvo alejados a los niños; pero bastó con que una parejita se animara: tuvieron que formar a los chiquillos para evitar un tumultuoso desorden. A cada matrimonio se le colocaba velo y sombrero, se le daba ramo y argollas y se le entonaba la marcha nupcial.

Cuando me di cuenta, Marisol había desaparecido; creí descubrirla a lo lejos persiguiendo a unos niños. Yo estaba más que cansada, aburrida y deseosa de que todo terminara pronto.

Más tarde, detrás de mí, escuché una vocecita familiar:

—¿Vas a ir a la lotería?

—No sé.

—Es mi mamá...

Me volví hacia ellos: era un niño más o menos de su edad. Marisol lo observó con fijeza y dio un paso adelante.

—¿Vas a ir al registro civil?

—No sé.

—Vamos a la lotería; mi mamá nos dará un premio.

Marisol bajó la cabeza y empujó con el pie un palo que estaba en el suelo.

—¿Te gusta el mastique? —inquirió él.

—¿Si me gusta qué?

—El mastique.

—Mucho, ¿a ti no?

El niño asintió con la cabeza.

—¿Te gustan los perros? —insistió él.

—Tengo dos cachorritos —aseguró Marisol; y sonreí de su facilidad para mentir.

Volví a darles la espalda y continué gritando la lotería apresurándome para no perderlos. Un momento después los escuché nuevamente:

—¿Te gustaría ir conmigo al registro civil?

—¿Si me gustaría qué? —preguntó su amiguito. No oí la respuesta.

—¿Me invitas a comer para ver a los perritos? —fue lo último que llegó hasta mí.

Pasaron tomados de la mano rumbo al registro civil. Noté que mi hija estaba emocionada; se paraba en un pie y luego en el otro, y se alisaba con ambas manos su lacio cabello. Yo podía imaginar su exaltación: poseer todo aquello en un solo instante.

Me di prisa en el juego y corrí para ver de cerca la boda. Llegué justo en el momento en que le colocaban el velo. Con la luz del sol sobre su rostro parecía más hermosa y feliz.

Yo me iba dejando llevar por el encanto; aquella escena había vencido mis escrúpulos: la sonrisa de mi hija valía más que toda una mañana tras la máquina de escribir.

Cuando una de las señoras tomó el sombrero de copa para colocárselo al niño, él me vio y echó la carrera.

De regreso a la casa, en el coche, la niña miraba por la ventanilla. Yo sólo veía el pelo lacio sobre su espalda. Iba yo apenada y manejando torpemente; ni siquiera sabía cómo abordar a mi propia hija. Era la primera vez que algo así me sucedía:

—Marisol...

Se me atravesó un coche y tuve que frenar con brusquedad; Marisol siguió aferrada a la ventanilla. Tampoco entonces volteó.

—Mira Marisol... no debí... es que...

Nunca dejó de darme la espalda ni respondió. Ya en la puerta de la casa insistí:

—Yo sólo quería acercarme a...

Entonces la niña sin cambiar de posición, con una voz firme y completamente nueva para mí, murmuró:

—Ya cállate. ¿Quieres?

No pude verle la cara y no encontré ninguna palabra que darle: las dos cumplíamos un acto de soledad.