Mi adorada Emy
(fragmento)

 

Emy se desprendió de los brazos de Carlos y se dirigió a su recámara. “Comeremos fuera”, le dije. “Tenemos que ir por los boletos”. Carlos vio cerrarse la puerta de la alcoba y trató de adivinar qué vestido se pondría Emy, pero antes de que se formara una imagen definitiva la puerta volvió a abrirse.

—¿Cómo se pronuncia Iowa?

Carlos se lo dijo y Emy desapareció otra vez. De ahí en adelante ya no volverían a esperanzarse sin que la palabra Iowa aflorase de una u otra manera a su conversación, aprenderían incluso a pronunciarla con la sola mirada, con un simple movimiento de hombros o con una sonrisa retenida para no hacer las cosas demasiado obvias.

Mendoza y Emy veían en ese corto viaje a los Estados Unidos la apertura de una nueva vida, aunque tal vez hubiesen preferido renunciar al viaje antes que admitir la importancia desmedida que tenía para ellos ese cursillo de conferencias en una universidad de la que no sabían casi nada. La forma en que se explicaban su entusiasmo era diciendo que el dinero les hacía mucha falta y que además unas vacaciones no les caerían mal; pero tales razones no eran proporcionadas a la felicidad que ambos presentían.

Carlos sonrió. De repente, sin pensar ya en el asunto, había adivinado cuál vestido llevaría Emy. Seguramente se pondría cualquier otro; pero, para Carlos, Emy estaría vestida tal como lo había imaginado; lo demás, las ropas que realmente se pusiese, no serían sino una débil negativa, un leve intento de decir no a sabiendas de que la verdad ya estaba dicha, de que ningún hecho podía alterar esa realidad más profunda, aquello que ocurría en un plano interior donde no se admitían contradicciones, donde lo externo era simplemente un disfraz, una apariencia, un recurso para decir las cosas sin que los espectadores se enterasen, pues ellos solamente verían la falda azul y el suéter crema e ignorarían totalmente el color del vestido colgado en el armario, quieto ahí, calladito, amado sin aspavientos, sin divulgarse en la calle, vestida rojorrojísima que adornaría a Emy ante los ojos de él, ante esos ojos que de ninguna manera admitirían la evidencia vulgar de una falda azul y un suéter crema que pronto se ensuciarían bajo el aire de la tarde.

Mendoza abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un envoltorio de cuartillas desordenadas: era el libro que estaba escribiendo. Seguramente en Iowa tendría tiempo de terminarlo; cuestión de organizarse y no hacer demasiadas amistades. Lástima que Emy no leyese bien el español porque sólo así entendería las razones que lo llevaban a pulir y repulir las mismas páginas, alterando una y otra vez la colocación de las palabras, en busca quizá de un ordenamiento casual que de repente se convirtiese en una clave, en un mensaje de mano desconocida que echara a vivir aquel mundo que él imaginaba, aquel recuerderío que le temblaba en las manos, agitándole la sangre, haciéndosela subir por las venas de los brazos hasta llegar a la garganta y apretarla, apretarla, sofocándole, obligándole a acercarse a la ventana para mirar el cielo en busca de aire, como si ese pedazo de azul pudiera salvarle del infierno que tenía en las manos, páginas donde casi contra su voluntad iban surgiendo las líneas, los trazos aún débiles de un México embrionario, amorfo, parecido al feto que tenía sobre la chimenea encerrado en una botella de formol, silencioso, inmóvil aunque se le observase horas enteras, días y días, a menos que se tomara en serio, pero esto era seguramente una ilusión de Mendoza, algo que no se podía creer, a menos que se tomara en serio, repito, esa fugaz vibración, ese estertor insólito que a veces parecía dotar de vida al feto observado por Mendoza, más que imposible, de veras, aunque quién sabe, porque más extrañas cosas se han visto en este mundo.

 

*

 
 

Mendoza tomó de sobre el escritorio el frasco familiar y lo puso junto a las cuartillas de su libro. No sería necesario decírselo a Emy, para que ésta lo empacase. Sabía muy bien que él no iría a ningún lado sin el feto de su hermano mayor. Al salir de México, al rematar los muebles de su casa, al prenderle fuego a lo que no podía venderse, Mendoza se había quedado con el frasco en las manos, sin saber qué hacer, pero decidido ya oscuramente a no separarse del hermano, a llevárselo a Europa, a no permitir que se disolviese este último vínculo con los padres recién muertos, fallecidos en un doble suicidio que Mendoza no podía entender entonces ni entendería jamás, aunque la carta de despedida intentara inútilmente aclarar algo: “Es mejor así. Es preferible la muerte a la vergüenza. Laura y Luis. P.D. También es una vergüenza morir. Pero no hay que soportarla”.

Lo primero que apareció sobre el mantel colgado en la pared fue el rostro de Emy. Su presencia se mantuvo largo rato con la mirada fija en los ojos de Mendoza, como si de una vez quisiera pedirle perdón por todas las cosas que iban a ocurrir sin que él pudiese hacer nada por evitarlas, sin que el futuro que le esperaba a esa Emy incierta (enrollado en la bobina delantera del proyector cinematográfico) pudiera ser modificada en lo más mínimo. Mendoza vería la mirada desesperada de Emy y sería incapaz de abreviarle sufrimientos; le oiría gritar, aunque la película todavía careciera de sonido y hubiesen tenido que rogarle mucho a Henson para que les enseñara esa copia, por favor, antes que tomemos el barco, aunque sea la última noche y de tu casa nos vayamos al muelle; la oiría gritar, pidiendo que alguien le tendiera una mano, un vaso de agua para apagar aquel infierno, y a pesar de que lo más fácil de conseguir en ese momento fuese un vaso de agua, Mendoza tendría que quedarse inmóvil, sin ayudar, porque en aquel falso mundo donde Emy se miraba de pronto en un espejo, sus gritos no la tomarían en cuenta, pues estarían dirigidos únicamente a los habitantes de ese universo rectangular donde nadie se preocupaba por saber si Mendoza existía o no, o si era muy infeliz viendo a Emy en los brazos de Julián, quien la besaba estrujándola demasiado, precisamente como ella detesta, pensaba Mendoza mientras sentía latir la verdadera mano de Emy sobre su rodilla.

Hubiera podido cerrar los ojos y aún así seguir el hilo de la historia que se desarrollaba en la pantalla, pues los estremecimientos de la mano de Emy, su peso variable, su temperatura cambiante, le iban también narrando a su manera lo que allá sucedía.

Lo absurdo era que, a juzgar por los movimientos de los labios de los demás, Emy seguía llamándose Emy, aunque su esposo fuera Henson y no Mendoza, aunque se entregase a la lujuria de Julián y todas sus acciones fueran distintas a las que emprendía en la realidad, en su vida normal, donde era una buena ama de casa preocupada por la limpieza y la puntualidad de las comidas y las camisas blancas. Era como si fuese testigo de otra posible vida de Emy, la que viviría si se hubiera casado con Henson.

Mendoza se volvió a mirar a la Emy de todos los días y la notó distinta, iluminada por la Emy que reía a carcajadas en el mantel sin emitir ningún sonido, convulsionándose como un fantasma ganado por la risa. Maldito Henson. ¿Cuánto faltaría para que aquello terminase? Quizá lo mejor fuera pretextar una jaqueca o romper el proyector a patadas, cualquier cosa, con tal de poner fin a esa Emy que pese a todo era más atractiva que la Emy de Mendoza, tal vez por el peinado, o por la iluminación, o quién sabe, pero se sentía humillado al advertir su íntima preferencia por la otra mujer, la que no le pertenecía, la que no podía cubrir con algo (quizá con ese mismo mantel que la descubría, con esa pantalla improvisada que le creaba un espacio para su existencia), evitando así que estuviera desnuda frente a la mirada de Julián, junto a esos dedos que le recorrían la piel apenas rozándola con las yemas. Oh, si sólo pudiera evitar que los dos cayeran en la cama y empezaran a agitarse, mudos, como en un sueño que otro los obligaba a soñar —Dios mío. Que esos apasionados movimientos no sean sino temblores del mantel agitado por el viento—, sueño en el que sus pieles se frotaban para encender el fuego, para sustituir las palabras, mientras Henson los espiaba desde la ventana del jardín y, al mismo tiempo, desde atrás del proyector donde en esos momentos terminaba el primer rollo.

Las luces se encendieron y Mendoza quedó con la única Emy que le pertenecía. Es tonto, pensé, tanto tiempo junto a una, para ahora de pronto preferir a la otra, a aquélla cuya vida aún tenía mucha película por recorrer. Henson malabareaba con el destino, colocando el nuevo rollo en el proyector. Mendoza dio un trago a su bebida y pensó que en realidad era innecesario continuar con la proyección, pues en ese punto él ya podía decir cómo iba a desarrollarse la tragedia, cómo iba a ser el fatal hundimiento de ese trío formado por Henson, Emy y Julián. El crimen y sus consecuencias estaban claros y nada tenía remedio. Henson había llevado a tal extremo las cosas que ya no había forma de evitar la pesadilla. Pobre Emy. ¿Imaginaba ya cuánto iba a sufrir? Los acontecimientos serían tan terribles que borrarían toda paz y belleza de su rostro. Ah, mil veces maldito quien así se ensañaba en la dulce Emy. Mi adorada Emy, ahora verás cuan mejor es la vida conmigo, esta vida serena, sin sobresaltos, sin paraísos ni infiernos; verás que elegiste bien, que tomaste el buen sendero, y que esta calma, este tedio cotidiano, es la única felicidad posible.

Henson apagó las luces y la función continuó, pero por caminos totalmente inesperados: la tormenta que amenazaba con destruir a Emy se había hecho atrás y ella era más feliz que nunca.

Definitivamente aquello era una burla. Nadie podía pensar seriamente que la película terminase así. Julián salía de viaje a un país lejano y Henson y Emy iban a despedirle, prometiendo visitarle algún día, ya que gracias a él habían logrado construir un matrimonio estable, duradero, eterno, donde jamás volvería a romperse ni una rosa.

Pero él no era tan estúpido como para no entender. Henson había creído poder engañarlo, pero la triquiñuela era burda, la tramoya estaba mal montada. Era evidente el artificio, la cobardía. Estaba seguro de que Henson había eliminado de la película ciertas escenas que le hubieran dado otro significado, pero ¿por qué ese torpe engaño, por qué tanta mentira y, lo peor de todo, la complicidad? Emy tenía que saber que esa noche Henson había sacado las escenas comprometedoras, que con una tijera había armado de todo aquel infierno un paraíso para que él, Mendoza el tonto, cayera en el garlito, pero se equivocaban, el truco había sido descubierto. Era claro que esa noche algo se le había querido ocultar, escamotear groseramente delante de los ojos, porque de otro modo hubiera tenido que admitir que la felicidad se alcanza también por los caminos más dudosos y menos transitados.

  1. ¿Qué te pareció? —preguntó Henson.
  2. Espléndida. Es una lástima que no esté completa.
  3. ¿Y por qué no iba a estar completa? —se asombró Emy— ¿Qué crees que le falta?


—El sonido, mi amor, el sonido. ¿Qué otra cosa le podía faltar?

*
 

Emy apoyaba el rostro en la ventanilla del automóvil, sintiendo placenteramente cómo el frío del cristal le paralizaba la piel; pero a pesar de que hubiera querido cerrar los ojos y dormir un instante, sus párpados se mantenían abiertos, guardando verazmente las últimas imágenes de Copenhague para poder luego recordarlas, así, suavemente iluminados por el rosicler, como en una fotografía de muchos años antes.

Henson guiaba el auto con lentitud, pues además de que aún les quedaba tiempo suficiente para llegar al muelle sentía que su deber sentimental era prolongar lo más posible el trayecto, como si fuera el de un cortejo fúnebre donde no se supiese quién iba a enterrar a quién, porque el muerto se había escabullido y ellos no sabían cómo sustituir aquel cadáver que había estado presente toda la noche y que de pronto, en la mañana, sólo era mal sabor de boca y ganas ya de despedirse.

Ahora sí, Emy cerró los ojos y tuvo un breve sueño. Los tres estaban borrachos viendo la película por segunda vez. Henson observaba vigilante mientras ella y Julián se hacían el amor. Para Carlos debe ser terrible, pensó Emy y sintió ganas de llorar; pero enseguida, en el mismo sueño, decidió que las lágrimas no le iban y se despertó justo al llegar al muelle.