Material de Lectura

Las genealogías IV


Para entender la fisonomía y la sicología de mi abuelo paterno basta con leer a Bashevis Singer; mientras, digamos que su vida transcurría, como debe ser, entre nacimientos de hijos, trabajos del campo y ceremonias religiosas, y, algunas veces, excepcionales, solía caer en trances filosóficos: se trataba de una filosofía muy simple, casi confuciana.

Mi abuelo Osher era “un poco más que chaparro, ¿importa?”, guapo de ojos azules; mi abuela Sheine era tan bonita como su nombre, de ojos oscuros, el pelo no se le veía porque usaba peluca excepto para su marido, aunque era oscuro, porque cuando murió, “como a los 78 años”, no tenía ninguna cana; fue guapa también y muy bajita. Los abuelos maternos son más o menos exactos que los abuelos paternos, con excepción de la estatura de mi abuelo Mijaíl que era muy alto y el color de la barba de mi abuelo Osher que era roja, como la de mi sobrino Ariel, en fin de cuentas parecido a los personajes de Babel, “hombre sencillo y sin picardías”, aunque todos los pelirrojos eran considerados como hombres irascibles y violentos, Osher Glantz no lo era, quizá lo salvaba el tono rubio claro del pelo de su cabeza.

En casa de mi padre se comía todo lo que comían los campesinos rusos, separando cuidadosamente (eso sí) la carne de la leche, por eso mi padre asegura que los niños judíos de teta no son judíos kosher, pues mezclan sabiamente las dos cosas.

Esa forma de comer, absolutamente religiosa, obligó a mi abuela, cuando vino a México, a no permanecer en casa de mis padres porque la comida era treif (impura).

—¿Te acuerdas de tu papá?

—Era buena gente.

—Y ¿qué más?

—Pobre.

—Pero, ¿qué más?

—Pobre. Tenía dos caballos, un caballito o potrito, dos vacas, una ternerita, unas treinta gallinas, un gallo, una casa con piso de tierra y techo de paja y en la puerta un letrero que decía “empuje”.

—¿En yidish?

—En yidish.

—¿Qué más?

—¿Qué más?

—Sí, ¿qué más?

—…

—Y, ¿por qué dices que era pobre, si tenía tantos animalitos?

—Era una pobreza diferente, una vida humilde, sobre todo si comparas cómo se vive aquí.

—Y, ¿almohadones de plumas tenías?

—Sí, la cama de mis padres era muy alta y tenía muchos cojines de pluma de ganso. Había un cuarto muy grande a la entrada, una mesa con bancos, y, al lado derecho, el horno, y mamá estaba sentada en el suelo y cosía, y, después, más adelante, otro cuarto con otra cama alta, la de mis padres. Después dos recámaras de los muchachos con camas altas y muchos cojines de plumas y la ternerita recién nacida estaba en la casa y cuando nació brincaba, lo mismo que el potrito. El caballo era amarillo, el otro blanco. ¡Tonterías!, ¿para qué cuento?

(De repente me violenta una nostalgia, la de esos colchones de pluma que mi madre trajo como dote a México, sobre los que nos echábamos y hundíamos los domingos por la mañana para jugar con papá quien luego nos cortaba las uñas de los pies.)

—¿Tenía sentido del humor?

—¿Quién, papá? Mucho. Una vez que discutían los campesinos con los delegados del Prikáz (delegación agraria) para que les dieran más tierra, les dijo: “No peleen, si no les dan tierra a lo ancho, pídanla hacia abajo, con eso basta”. Yo tenía doce años cuando pasó sus últimos meses de vida. Me acuerdo cuando él iba al pueblo y yo quería ir y no me dejaba y yo lo perseguía más de un kilómetro.

—Y, ¿te llevaba?

—Sí, en el furgón, carro de cuatro ruedas y tablas y unos sacos llenos de mies que mi padre traía del campo a la casa para dar de comer a las gallinas. Antes lo llevaba al molino.

—¿Para qué?

—Para molerlo. ¿No sabes? Hay que moler el trigo para hacer harina.

—¿De quién era el molino?

—Del viento y del pueblo.

—¿Qué iba a hacer tu padre al pueblo?

—Compraba cosas para la casa, comida. Era la feria; los caballos cabeceaban y mi padre les daba trigo. Papá era muy fino, entre siembra y siembra cuando no había nada qué hacer en el campo iba al pueblo y cambiaba los vidrios de las ventanas.

—Y ¿tus hermanas?

—Mira y Jane vivieron conmigo largo tiempo y mi hermano Moishe Itzjok, que luego se fue a los Estados Unidos junto con mi hermano Abréml (Albert) quienes trabajaban también en el campo. Abraham estuvo tres años y medio en el ejército del zar. En Estados Unidos, en Filadelfia estaban los hermanos mayores. Eli, Meier, Leie, desde 1906.

—Y ¿los menores?

—Ellos se fueron unos meses después de muerto mi padre en 1915.

—¿Ustedes por qué no se fueron?

—Mi mamá no podía irse, tenía su casa, su yunta, el carro, ¿cómo los iba a dejar? Cuando se fueron mis hermanos, Mira y Jane trabajaron en el campo, sobre todo Mira que era muy fuerte y responsable.

—Como yo era chico iba al jeider.

—¿Al jeider?

—Sí, a la escuela judía, desde los tres años íbamos allí, y ya aprendíamos el orden de las oraciones, pero antes el alfabeto hebreo. En la tercera fase, a la edad de trece años, cuando murió papá, leíamos el Talmud. Luego, si éramos buenos estudiantes podíamos ir a la Yeshivá, universidad hebrea, pero yo tuve que ir a las minas de carbón para ayudar en mi casa. Entre los campesinos había un rebe (un profesor), tenía como veinte muchachos, en el jeider, nos sentábamos en una mesa larga, larga, y cantábamos la Biblia, y él, sentado allí, se dormía y los niños le pegaban la barba en la mesa con pegol y luego se la tenía que arrancar con piel y todo.