Material de Lectura

 

Sombras suele vestir

 

El sueño, autor de representaciones,
en su teatro sobre el viento armado,
sombras suele vestir de bulto bello.

Góngora,
Varia imaginación.

 

I

—Lo echaré de menos; lo quiero como a un hijo —dijo doña Carmen.

Le contestaron:

—Sí, usted ha sido muy buena con él. Pero es lo mejor.


En los últimos tiempos, cuando iba al inquilinato de la calle Paso, rehuía la mirada de doña Carmen para no turbar esa vaga somnolencia que había llegado a convertirse en su estado de ánimo definitivo. Hoy, como de costumbre, detuvo los ojos en Raúl. El muchacho ovillaba una madeja de lana dispuesta en el respaldo de dos sillas; podía aparentar veinte años, a lo sumo, y tenía esa expresión atónita de las estatuas, llena de dulzura y desapego. De la cabeza de Raúl pasó al delantal de la mujer; observó los cuatro dedos tenaces, plegados sobre cada bolsillo; paulatinamente llegó al rostro de doña Carmen. Pensó con asombro: “Eran ilusiones mías. Nunca la he odiado, quizá”.

Y también pensó, con tristeza: “No volveré a la calle Paso”.


Había muchos muebles en el cuarto de doña Carmen; algunos pertenecían a Jacinta; el escritorio de caoba donde su madre hacía complicados solitarios o escribía cartas aun más complicadas a los amigos de su marido, pidiéndoles dinero; el sillón, con el relleno asomando por las aberturas... Observaba con interés el espectáculo de la miseria. Desde lejos parecía un bloque negro, reacio; poco a poco iban surgiendo penumbras amistosas (Jacinta no carecía de experiencia) y se distinguían las sombras claras de los nichos donde era posible refugiarse. La miseria no estaba reñida con momentos de intensa felicidad.

Recordó una época en que su hermano no quería comer. Para conseguir que probara algún bocado necesitaban esconder un plato de carne debajo del ropero, en un cajón del escritorio... Raúl se levantaba por la noche: al día siguiente aparecía el plato vacío, donde ellas lo dejaron. Por eso, después de comer, mientras el muchacho tomaba fresco en la vereda, madre e hija discurrían algún nuevo escondite. Y Jacinta evocó una mañana de otoño. Oía gemidos en la pieza contigua. Entró, se aproximó a su madre, sentada en el sillón, le separó las manos de la cara y le vio el semblante contraído, deformado por la risa.

La señora de Vélez no podía recordar dónde había ocultado el plato la noche anterior.


Su madre se adaptaba a todas las circunstancias con una jovial sabiduría infantil. Nada la tomaba de sorpresa y, por eso, cada nueva desgracia encontraba el terreno preparado. Imposible decir en qué momento había sobrevenido, a tal punto se hacía instantáneamente familiar, y lo que fue una alteración, un vicio, pasaba de manera insensible a convertirse en ley, en norma, en propiedad connatural de la vida misma. Como un político y un guerrero famosos, conversando en la embajada de Inglaterra, eran para Delacroix dos pedazos rutilantes de la naturaleza visible, un hombre azul al lado de un hombre rojo, las cosas, contempladas por su madre, parecían despojarse de todo significado moral o convencional, perdían su veneno, se sustituían las unas por las otras y alcanzaban una especie de categoría metafísica, de pureza trascendente que las nivelaba.

Pensaba en el aire secreto y un poco ridículo que adoptó doña Carmen cuando la condujo a casa de María Reinoso. Era un departamento interior. En la puerta había una chapa de bronce que decía: Reinoso. Comisiones. Antes de entrar, mientras caminaban por el largo pasillo, doña Carmen balbuceó palabras: le aconsejaba que no hablara de María Reinoso con su madre; y Jacinta, al vislumbrar un destello de inocencia en esa mujer tan astuta, reflexionó en la capacidad de ilusión, en la innata afición al melodrama que tienen las llamadas “clases bajas”. Pero ¿le hubiera importado tan poco a su madre, en realidad? Nunca lo sabría. Ya era imposible decírselo.


Empezó a ir a casa de María Reinoso. Doña Carmen no tuvo que mantenerlos (desde hacía más de un año, sin que nadie supiera por qué, subvenía a las necesidades de la familia Vélez). Sin embargo, no era tarea fácil evitar a la encargada del inquilinato. Jacinta tropezaba con ella, conversando con los proveedores en el amplio zaguán a que daban las puertas, o la encontraba instalada en su propio cuarto. ¿Cómo sacarla de allí? Por lo demás, gracias a la encargada del inquilinato había un poco de orden en las tres habitaciones que ocupaban Jacinta, su madre y su hermano. Doña Carmen, una vez por semana, lanzaba sobre la familia Vélez el embate de su actividad: abría las puertas, fregaba el piso y los muebles con una suerte de rabia contenida; en el patio, ante los ojos de los vecinos, salía a relucir el impudor de los colchones y de la dudosa ropa de cama. Ellos se sometían, entre agradecidos y avergonzados. Pasada esa ráfaga, el desorden comenzaba a envolverlos en su tibia, resistente complicación.

Jacinta la encontraba tejiendo, sentada junto a su madre. El primer día que Jacinta conoció a María Reinoso, doña Carmen trató de cambiar impresiones con ella. Jacinta contestó con monosílabos. Pero la presencia aún silenciosa de la encargada del inquilinato tenía la virtud de transportarla a la otra casa, de donde acaba de salir. Y Jacinta, aquellas tardes, después de apaciguar los deseos de algún hombre, también necesitaba apaciguarse, olvidar; necesitaba perderse en ese mundo infinito y desolado que creaban su madre y Raúl. La señora de Vélez hacía el Metternich o el Napoleón. Barajaba los naipes y cubría la mesa de números rojos y negros, de parejas de hombres y mujeres sin cuello, llenos de coronas y estandartes, que compartían su melancólica grandeza en la breve cartulina. De tiempo en tiempo, sin dejar de jugar, aludía a minucias cuya posesión hubiera deseado disputarle, o a sus parientes y amigos de otra época, que no la trataban desde hacía veinte años y quizá la creían muerta. A veces Raúl se detenía junto a su madre. De pie, con la mejilla apoyada en una mano y el codo sostenido en la otra, seguía la lenta trayectoria de las cartas. La señora de Vélez, para distraerlo, lo hacía intervenir en un afectuoso monólogo entrecortado por silencios jadeantes dentro de los cuales sus palabras parecían prolongarse y perder todo sentido. Decía:

—Barajemos. Aquí está la reina. Ya podemos sacar el valet. De perfil, con el pelo negro, el valet de pique se te parece. Un joven moreno de ojos claros, como diría doña Carmen, que echa tan bien las cartas. Una vuelta más, esta vez muy despacio. En fin, el Napoleón va en camino de salir. Y es difícil. ¿Nos sucederá algo malo? Una vez, en Aix-les-Bains, lo saqué tres veces en la misma noche y al día siguiente se declaró la guerra. Tuvimos que escapar a Génova y tomar un buque mercante, tous feux éteints. Y yo seguía haciendo el Napoleón —trébol sobre trébol, ocho sobre nueve. ¿Dónde está el diez de pique?— con un miedo horrible de las minas y los submarinos. Tu pobre padre me decía: “Tienes la esperanza de sacar el Napoleón para que naufraguemos. Confías, pero en tu mala suerte...”

El narcótico empezaba a operar sobre los nervios de Jacinta. Se aquietaba el tumulto de impresiones recientes formado por tantas partículas atrozmente activas que luchaban entre sí y aportaban cada una su propia evidencia, su minúscula realidad. Jacinta sentía el cansancio apoderarse de ella, borrar los vestigios del hombre con quien estuvo dos horas antes en casa de María Reinoso, nublar el pasado inmediato con sus mil imágenes, sus gestos, sus olores, sus palabras, y empezaba a no distinguir la línea de demarcación entre ese cansancio al cual se entregaba un poco solemnemente y el descanso supremo. Entreabriendo los ojos, miró a sus dos queridos fantasmas en esa atmósfera gris. La señora de Vélez había terminado de jugar. La lámpara iluminaba sus manos inertes, todavía apoyadas en la mesa. Raúl continuaba de pie, pero las barajas, diseminadas sobre el tafilete amarillento, habían dejado de interesarlo. Doña Carmen estaría a su lado, posiblemente a su derecha. Jacinta, para verla, hubiese necesitado volver la cabeza. ¿Estaba doña Carmen a su lado? Tenía la sensación de haber eludido su presencia, tal vez para siempre. Había entrado en un ámbito que la encargada del inquilinato no podía franquear. Y la paz se hacía por momentos más íntima, más aguda, más punzante. En plena beatitud, con la cabeza echada para atrás hasta tocar con la nuca en el respaldo, los ojos ausentes, las comisuras de los labios distendidos hacia arriba, Jacinta mostraba la expresión de un enfermo quemado, purificado por la fiebre, en el preciso instante en que la fiebre lo abandona y deja de sufrir.

Doña Carmen continuaba tejiendo. De cuando en cuando el vaivén de las agujas imprimía un temblor subrepticio, casi animal, a través del largo hilo imperceptible, al grueso ovillo de lana que yacía junto a sus pies. Como el sopor de los leones de piedra que guardan los portales, con una bocha entre las patas, su indiferencia tenía algo de engañoso y parecía destinada a descargarse en una súbita actividad. Jacinta, de pronto, advierte que la atmósfera se llena de pensamientos hostiles. Doña Carmen la recupera, y María Reinoso, y los diálogos que sostienen las dos mujeres.

Una tarde, cuando salía de casa de María Reinoso, las había sorprendido conversando desde una puerta entreabierta. Ambas callaron, pero Jacinta tuvo la certeza de que hablaban de ella. Los ojos de doña Carmen eran pequeños, con el iris tan oscuro que se confundía con la pupila. Al observar a las personas, éstas se advertían escudriñadas sin que pudieran defenderse, observando a su vez, porque esos ojos opacos interceptaban el tácito canje de impresiones que es una mirada recíproca. La tarde que las sorprendió, los ojos de doña Carmen se habían concedido un descanso: brillaban, muy abiertos, y a esas dos rejillas complacientes iban a parar los comentarios de María Reinoso, que alargaba hasta la encargada del inquilinato su rostro anémico, con la boca aún torcida por las palabras obscenas que acaba de pronunciar.

No aborrecía sus encuentros en casa de María Reinoso. Le permitieron independizarse de doña Carmen, mantener a su familia. Además, eran encuentros inexistentes: el silencio los aniquilaba. Jacinta sentíase libre, limpia de sus actos en el plano intelectual. Pero las cosas cambiaron a partir de esa tarde. Comprendió que alguien registraba, interpretaba sus actos; ahora el silencio mismo parecía conservarlos, y los hombres anhelosos y distantes a los cuales se prostituía empezaron a gravitar extrañamente en su conciencia. Doña Carmen hacía surgir la imagen de una Jacinta degradada, unida a ellos; quizá la imagen verdadera de Jacinta; una Jacinta creada por los otros y que por eso mismo escapaba a su dominio, que la vencía de antemano al comunicarle la postración que nos invade frente a lo irreparable. Entonces, en vez de terminar con ella, Jacinta se dedicó a sufrir por ella, como si el sufrimiento fuera el único medio que tenía a su alcance para rescatarla, y a medida que sufría obraba de tal modo que conseguía infundirle una exasperada realidad. Abandonó toda aspiración a cambiar de género de vida. Ya no hizo más esfuerzos. Había empezado a traducir una obra del inglés. Eran capítulos de un libro científico, en parte inédito, que aparecían conjuntamente en varias revistas médicas del mundo. Una vez por semana le entregaban alrededor de treinta páginas impresas en mimeógrafo, y cuando ella las devolvía traducidas y copiadas a máquina (compró una máquina de escribir en un remate del Banco Municipal) le entregaban otras tantas. Fue a la agencia de traducciones, devolvió los últimos capítulos, no aceptó otros.

Le pidió a doña Carmen que vendiera la máquina de escribir.


Llegó el día en que la señora de Vélez se acostó entre un fragante desorden de junquillos, varas de nardos, fresias y gladiolos. El médico de barrio, a quien doña Carmen arrancó de la cama esa madrugada, diagnosticó una embolia pulmonar. La ceremonia fúnebre se llevó a cabo en el primer departamento, al lado de la puerta de calle, que con ese fin cedió una vecina. Los inquilinos entraban al cuarto de puntillas y una vez junto al ataúd dejaban caer sus miradas sobre el rostro de la señora de Vélez con todo el estrépito que habían contenido en sus pasos. Pero a la señora de Vélez no parecían molestarle esas miradas, ni los cuchicheos de los condolientes (sentados en torno a Jacinta y Raúl) ni el ir y venir de doña Carmen que distribuía con sigilo infructuoso tazas de café, arreglaba coronas de palmas o disponía nuevos ramitos al pie del ataúd. En un momento dado, Jacinta salió de la rueda, fue a la portería, marcó un número en el teléfono. Después dijo, en voz muy baja:

—¿No ha preguntado nadie por mí?

—Ayer —le contestaron— habló Stocker para verla a usted hoy, a las siete. Quedó en hablar de nuevo. Me pareció inútil llamarla.

—Dígale que voy a ir. Gracias.


Fue el comienzo de una tarde difícil de olvidar. Primero, en el cuarto de su madre, Jacinta permaneció largo rato con los sentidos anormalmente despiertos, ajena a todo y a la vez de todo muy consciente, cernida sobre su propio cuerpo y los objetos familiares que se animaban con una vida ficticia en honor a ella, refulgían, ostentaban sus planos lógicos, sus rigurosas tres dimensiones. “Quieren ser mis amigos —no pudo menos de pensar— y hacen esfuerzos para que yo los vea”, porque este aspecto inesperado parecía corresponder a la identidad secreta de los objetos mismos y a la vez coincidir con su yo recóndito. Dio algunos pasos por el cuarto mientras perduraba en sus labios, con toda la agresividad de una presencia extraña, el gusto del café. “Y yo no los miraba. La costumbre me alejaba de ellos. Hoy los veo por primera vez.”

Y, sin embargo, los reconocía. Ahí estaba ese extravagante mueble barroco (los dos mazos de naipes sobre el tafilete amarillento) que terminaba en una repisa con un espejo incrustado. Ahí estaban las medicinas de su madre, un frasco de digital, un vaso, una jarra con agua. Y ahí estaba ella en el espejo, con su cara de planos vacilantes, sus rasgos inocentes y finos. Todavía joven. Pero los ojos, de un gris indeciso, habían envejecido antes que el resto de su persona. “Tengo ojos de muerta.” Pensó en los ojos de su madre, guarecidos bajo una doble cortina de párpados venosos, en los de Raúl. “No; son miradas distintas, no tienen nada en común con la mía.” Había en sus ojos el orgullo de los que son señores y dueños de su propio rostro, pero ya el verso final asomaba en ellos: azucenas que se pudren, una especie de clarividencia inútil que se complace en su falta de aplicación. Le traían reminiscencias de otras personas, de alguien, de algo. ¿Dónde había visto una igual? Durante un segundo su memoria giró en el vacío. En un cuadro, tal vez. El vacío se fue llenando, adquirió tonalidades azules, rosadas. Jacinta apartó los ojos del espejo y vio abrirse ante ella un balcón sobre un fondo nocturno; vio ánforas, perros extáticos, más animales: un pavo real, palomas blancas y grises. Era Las dos cortesanas, del Carpaccio.


Y ahí estaba Stocker, en el departamento de María Reinoso. Tenía una cara percudida y un cuerpo juvenil, muy blanco, que la ropa falsamente modesta parecía destinada esencialmente a proteger. Cuando se la quitaba sin prisa, doblándola con esmero, verificando el lugar en que dejaba cada prenda de vestir, conquistaba la infancia. Surgía más desnudo que los otros hombres, más vulnerable: un niño casi desinteresado de Jacinta que acariciaba las distintas partes del cuerpo de ella sin preocuparse por el nexo humano que las vinculaba entre sí, como quien toma objetos de acá y de allá para celebrar un culto sólo por él conocido y después de usarlos los va dejando cuidadosamente en su sitio. Una atención casi dolorosa se reflejaba en su semblante: lo contrario del deseo de olvidar, de aniquilarse en el placer. Se hubiera dicho que buscaba algo, no en ella sino en sí mismo, y también, a pesar del ritmo mecánico que ya no podía graduar a voluntad, se lo hubiera tenido por inmóvil, a tal punto su expresión era contenida, vuelta hacia dentro, al acecho de ese segundo fulgurante de cuya súbita iluminación esperaba la respuesta a una pregunta insistentemente formulada.


Él había recobrado su aire perplejo. Ella pensaba con amargura en el retorno a los vecinos, al olor de las flores, al ataúd. Pero el hombre no mostraba deseos de irse. Caminó por el cuarto, se instaló en un sillón, a los pies de la cama. Cuando Jacinta quiso dar por terminada la entrevista, la obligó a sentarse de nuevo apoyando sus manos en los hombros de ella.

—Y ahora —dijo— ¿qué piensa usted hacer? ¿No le queda nadie más?

—Mi hermano.

—Su hermano, es verdad. Pero es...

Aunque no las hubiera pronunciado, las palabras idiota o imbécil flotaban en el aire. Jacinta sintió necesidad de disiparlas. Repitió una frase de su madre:

—Es un inocente, como el de L'Arlésienne.

Y se echó a llorar.

Estaba sentada en el borde de la cama. El cobertor doblado en cuatro y, debajo, las sábanas que momentos antes habían rechazado ellos mismos con los pies formaban un montículo que la obligaba a encorvar las espaldas, siguiendo una línea un poco vencida, a fijar los ojos en el fieltro gris que cubría el piso y desaparecía debajo de la cama, de un gris muy claro, bañado de luz, en el centro del cuarto. Tal vez esta posición de su cuerpo motivó sus lágrimas. Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, la arrastraban cuesta abajo, la impulsaban solapadamente a confundirse con el agua gris del fieltro, en un estado de disolución semejante al que sentía por las tardes cuando su madre hacía solitarios y hablaba sin cesar, dirigiéndose a Raúl. Y en la nuca, en las espaldas, sentía también el leve peso de una lluvia dulce, penetrante. El hombre le decía:

—No llore. Escúcheme: le propongo algo que puede parecerle extraño. Yo vivo solo. Véngase a vivir conmigo.

Después, como respondiendo a una objeción:

—Habremos de entendernos. En fin, lo espero, quiero creerlo. Hay serpientes, ratones y búhos que fraternizan en la misma cueva. ¿Qué nos impide fraternizar a nosotros?

Y después, cada vez más insistente:

—Contésteme. ¿Vendrá usted? No llore, no se preocupe por su hermano. De momento, que ahí quede, donde está. Ya veremos, más adelante, lo que puedo hacer por él.

“Más adelante” había sido el sanatorio.


II

El sufrimiento ajeno le inspiraba demasiado respeto para intentar consolarlo: Bernardo Stocker no se atrevía a ponerse del lado de la víctima y sustraerla al dominio del dolor. Por un poco más se hubiera conducido como esos indígenas de ciertas tribus africanas que cuando alguno de entre ellos cae accidentalmente al agua golpean al infeliz con los remos y alejan la chalupa, impidiendo que se salve. En la corriente los reptiles reconocen la cólera divina: ¿es posible luchar con las potencias invisibles? Su compañero ya está condenado: ¿prestarle ayuda no significa colocarse, con respecto a ellas, en un temerario pie de igualdad? Así, llevado por sus escrúpulos, Bernardo Stocker aprendió a desconfiar de los impulsos generosos. Más tarde había conseguido reprimirlos. Compadecemos al prójimo, pensaba, en la medida en que somos capaces de auxiliarlo. Su dolor nos halaga con la conciencia de nuestro poder, por un instante nos equipara a los dioses. Pero el dolor verdadero no admite consuelo. Como este dolor nos humilla, optamos por ignorarlo. Rechazamos el estímulo que originaría en nosotros un proceso análogo, aunque de signo inverso, y el orgullo, que antes alineaba nuestras facultades del lado del corazón y nos inducía fácilmente a la ternura, ahora se vuelve hacia la inteligencia para buscar argumentos con qué sofocar los arranques del corazón. Nos cerramos a la única tristeza que al herir nuestro amor propio lograría realmente entristecernos.

Su impasibilidad le permitía a Bernardo Stocker vislumbrar la magnitud de la aflicción ajena. Sin embargo, ante el dolor de Jacinta reaccionó de manera instantánea, poco frecuente en él. ¿No era ello debido, precisamente, a que Jacinta no sufría?

Jacinta se trasladó a vivir a un departamento de la plaza Vicente López. Ese invierno no se anunciaba particularmente frío, pero al despertar, no bien entrada la mañana, Jacinta oía el golpeteo de los radiadores y un leve olor a fogata llegaba hasta su cuarto: Lucas y Rosa encendían las chimeneas de la biblioteca y del comedor. A las diez, cuando Jacinta salía de su dormitorio, ya los sirvientes se habían refugiado en el ala opuesta de la casa.

Bernardo Stocker heredó de su padre esta pareja de negros tucumanos, así como heredó sus actividades de agente financiero, sus colecciones de libros antiguos y su no desdeñable erudición en materia de exégesis bíblica. El viejo Stocker, suizo de origen, llegó al país setenta años atrás: la ganadería, el comercio y los ferrocarriles empezaban a desarrollarse, el Banco de la Provincia estaba en trance de ocupar el tercer lugar del mundo, y el Comptoir d’Escompte; Baring Brothers, Morgan & Company trocaban en relucientes francos oro y libras esterlinas los cupones del gobierno. El señor Stocker trabajó, hizo fortuna, pudo olvidar diariamente sus tareas en la Bolsa, después de un rato de charla en el Club de Residentes Extranjeros, con el estudio del Antiguo y del Nuevo Testamento. En religión también era partidario del libre examen, de la libertad cristiana, de la liberalidad evangélica. Había participado en los tempestuosos debates en torno a Bibel und Babel, pertenecía a la Unión Monista Alemana, rechazaba toda autoridad y todo dogmatismo.

Fue en un viaje por Europa. Bernardo (tenía entonces dieciséis años) acompañó a su padre durante dos noches consecutivas al Jardín Zoológico de Berlín. Los profesores laicos, los rabinos, los pastores licenciados y los teólogos oficiales se arrancaban la palabra en el gran salón de actos: discutían sobre cristianismo, evolucionismo, monismo; sobre la Gottesbewusstsein y la influencia liberadora de Lutero; sobre tradición sinóptica y tradición juanina. ¿Había o no existido Jesús? Las epístolas de San Pablo ¿eran documentos doctrinales o escritos de circunstancia? El rugido nocturno de los leones aumentaba la efervescencia de la asamblea. El presidente recordaba al público que la Unión Monista Alemana no se proponía inflamar las pasiones y que se abstuviera de manifestar su aprobación o su vituperio. Vanamente: cada discurso terminaba entre una baraúnda de aplausos y silbidos. Las mujeres se desmayaban. Hacía mucho calor. A la salida, padre e hijo desfilaron ante los pabellones egipcios, los templos chinos, las pagodas indias. Transpusieron la Gran Puerta de los Elefantes. El señor Stocker se detuvo, le dio el bastón a su hijo, se enjugó las gafas, las barbas y los ojos con un pañuelo a cuadros. Había sudado o llorado, había contenido decorosamente su entusiasmo. “¡Qué noche! —murmuraba—. ¡Y luego se habla de la moderna apatía religiosa! El estudio de la Biblia, la crítica de los textos sagrados y la teología no es nunca inútil, querido Bernardo. Recuérdalo bien. Hasta si nos hace pensar que Cristo no ha existido como personalidad puramente histórica. Hoy lo hemos hecho vivir en cada uno de nosotros. Con ayuda de su espíritu se ha transformado el mundo, con ayuda de su espíritu lograremos transformarlo aún, crear una tierra nueva. Discusiones como la de hoy no pueden sino enriquecernos.”

Así, acompañado por el espíritu de Cristo y por su hijo Bernardo, en cuyo brazo se apoyaba, continuó discurriendo de esta suerte. Tomaron un coche de punto, dejaron atrás la hojarasca cárdena del Tiergarten, entraron en Friedrich strasse, llegaron al hotel.


Habían transcurrido muchos años, pero Bernardo continuaba asentando sus pasos en las huellas del señor Stocker, haciendo todo lo que aquél hizo en vida. Obraba sin convicción, quizá, pero de una manera no menos fiel. Se puso por delante ese ejemplo como hubiera podido elegir cualquier otro: las circunstancias se lo suministraron. A decir verdad, no le fue difícil adaptarse a la imagen de su padre. Se casó muy joven y al poco tiempo enviudó, como el señor Stocker. Su mujer todavía habitaba la casa (o mejor dicho el escritorio de la biblioteca) desde un marco de cuero. Por las mañanas, en la oficina, Bernardo leía los diarios y conversaba con los clientes, mientras su socio, Julio Sweitzer, despachaba la correspondencia, y el empleado, tras un tabique de vidrios azules, anotaba en los libros las operaciones del día anterior. También a Sweitzer lo había modelado el señor Stocker. En otra época llevó la contabilidad de la casa; fue ayudante del padre, hoy era socio del hijo, y los admiraba como se admira a una sola persona. Don Bernardo, después de morir, acudió puntualmente a la oficina (¿veinte, treinta, cuántos años más joven?); afeitado y hablando español sin acento extranjero, pero la sustitución era perfecta cuando Bernardo y su actual socio (ahora le había tocado el turno a Sweitzer de que lo llamaran don Julio) discutían temas bíblicos en francés o en alemán.

A las doce y media los socios se separaban: Sweitzer regresaba a su pensión, Bernardo almorzaba en un restaurante próximo o en el Club de Residentes Extranjeros; por la tarde, era generalmente Bernardo quien iba a la Bolsa. Y mientras tanto se va viviendo, como decía Stocker padre. En el edificio de la calle 25 de Mayo los hombres corren de una pizarra a otra, descifran a la primera ojeada los dividendos de los valores por cuya suerte se preocupan y reciben como una confidencia, entre el opaco aullido de las voces, las palabras que deben dirigirse expresamente a sus oídos. En torno a Bernardo los hombres dialogan y gesticulan y trabajan y se agitan con mayor o menor fortuna, pero aquellos que se han hecho solidarios de la escrupulosa prosperidad de “Stocker y Sweitzer” (Agentes Financieros, Sociedad Anónima Bancaria) pueden destinarse a otro género de atención; pueden dejar que los recuerdos, los días, los paisajes los maduren, y atisbar el milagro imperceptible de las nubes fugaces, del viento y de la lluvia.


Casi todas las mañanas iba Jacinta al inquilinato de la calle Paso. A menudo Raúl había salido con otros muchachos del barrio; Jacinta, a punto de marcharse, lo veía desde la puerta avanzar hacia ella con su paso irregular, un poco separado del grupo, más alto que los otros. Entraba de nuevo al inquilinato, esta vez acompañada de Raúl; sentada a su lado, se atrevía a rozarlo tímidamente con los dedos. Tenía miedo de que el muchacho se irritara, porque se mostraba más esquivo cuanto mayores esfuerzos hacía para comunicarse con él. En una ocasión, desalentada por tanta indiferencia, Jacinta dejó de visitarlo. Al volver, al cabo de una semana, el muchacho le dijo: “¿Por qué no has venido estos días?”

Parecía alegrarse de verla.

Jacinta abandonó su afán de dominación y llegó a sentir por Raúl una necesidad puramente estética. ¿A qué buscar en él las estériles reacciones de los humanos, la connivencia de las palabras, el fulgor sentimental de una mirada? Raúl estaba ahí, sencillamente, y la miraba sin fijar la vista en ella; la miraban su frente recta y dorada por el sol, sus manos anchas con los dedos separados, cuya forma recordaba los calcos de yeso que sirven de modelo en las academias de dibujo, su costumbre de andar de un lado a otro y detenerse insólitamente en el vano de las puertas, su destreza para ovillar las madejas de doña Carmen. Cargada de su presencia, Jacinta salía del inquilinato, atravesaba lentamente la ciudad.

A esa hora las personas habían entrado a almorzar y dejaban la calle tranquila. Jacinta, después de caminar en dirección al Este, se encontraba en un barrio propicio y modesto, de veredas sombreadas. Y se internaba en ese barrio como obedeciendo a una oscura protesta de su instinto. Tomaba una calle, torcía por otra, leía los nombres de los letreros, seguía la inclinada tapia del Asilo de Ancianos, presidida de vez en cuando por estatuas amarillas, a donde iba a morir un parque sombrío; doblaba a la izquierda, se resistía al llamamiento de las bóvedas terminadas en cruces o desaforados ángeles marmóreos. De pronto, el aspecto de una casa sólida y firme, provista de un amplio cancel y dos balcones a cada lado, con las paredes pintadas al aceite, un poco desconchadas, la llenaba de felicidad. Encontraba cierto espiritual parecido entre esa casa y Raúl. Y también los árboles le hacían pensar en su hermano, los árboles de la plaza Vicente López. Antes de cruzar, desde la vereda de enfrente, Jacinta hacía suya la plaza con una mirada que abarcaba césped, chicos, bancos, ramas, cielo. Los troncos negros y sinuosos de las tipas emergían de la tierra como una desdeñosa afirmación. ¡Había tal caudal de indiferencia en ese impulso un poco petulante, desinteresado de todo lo que no fuera su propio crecimiento y destinado a sostener contra las nubes, como un pretexto para justificar su altura, el follaje estremecido y ligero, casi inmaterial! Cuando Jacinta subía al tercer piso observaba de cerca el dibujo alternado de las hojitas verdes. Entonces abría las ventanas y dejaba que el aire puro enfriara el dormitorio.

Sobre una mesa la esperaban un termo con caldo, fuentes con avellanas, nueces. Jacinta se quedaba allí; otros días descansaba un momento, bajaba de nuevo a la calle, tomaba un taxi y se hacía conducir al restaurante donde almorzaba Bernardo.

Lo encontraba con la cabeza inclinada sobre el plato, masticando reflexivamente. Bernardo levantaba los ojos cuando Jacinta ya estaba sentada a la mesa. Entonces, saliendo de su ensimismamiento, pedía para ella una ostentosa ensalada y le servía una copa de vino, en la que Jacinta apenas mojaba los labios.

Se lo notaba turbado por esas entrevistas. Siempre lo sorprendían. Trataba de animar la conversación, temiendo el momento en que habrían de separarse. Le preguntaba en qué había ocupado ella la mañana. ¿Y en qué había ocupado ella la mañana? Caminó, miró una casa pintada de verde, miró los árboles, estuvo con Raúl. Él le pedía noticias de Raúl. Otras veces, intentando reconstruir la vida anterior de Jacinta, conseguía arrancarle algunos detalles materiales que hacían destacar los grandes espacios desérticos donde ambos se perdían. Porque tenía la sensación de que Jacinta había perdido su pasado, o estaba en vías de perderlo. Le preguntaba:

—¿Qué tipo de hombre era tu padre?

—Un hombre de barba.

—Como el mío.

—Mi padre se dejó crecer la barba porque ya no se tomaba el trabajo de afeitarse. Era alcohólico.

Sí, esos detalles no le servían de gran cosa. El padre de Jacinta no pasaba de ser un viejo fracasado, como tantos otros. Y Bernardo continuaba preguntando, ya sumergido en plena futilidad.

—¿Le gustaban los solitarios como a tu madre? ¿No? Dime, ¿cómo se hace el Napoleón?

—Ya te expliqué.

—Es verdad. Tres hileras de diez cartas tapadas, tres sin tapar; se apartan los ases... Pero, ahora que pienso, se hace con dos barajas...

—No hablemos de solitarios. Únicamente a mi madre podían divertirla.

—No hablaremos si te aburre, pero una de estas noches, cuando tengas ganas, lo haremos juntos, ¿quieres?

Tampoco podía precisar el carácter de la señora de Vélez. Bernardo no era riguroso en cuestiones de moral y simpatizaba con la pobre señora. Sin embargo, con el propósito de que Jacinta fuera sobre ella más explícita, se sorprendía censurando sus costumbres.

—Pero, ¿qué clase de mujer era tu madre? No podía ignorar que traías el dinero de algún lado, y si no trabajabas ni hacías más traducciones...

—No sé.

—Es tan raro lo que cuentas...

—No cuento —respondía Jacinta—. Respondo a tus pregustas. ¿Para qué quieres saber cómo era mi madre? ¿Para qué quieres saber cómo vivíamos? Vivíamos, sencillamente. Al principio, mi madre pedía dinero prestado. Después no se lo daban, pero siempre encontró alguna persona que arreglara la situación. En los últimos tiempos, antes que yo conociera a María Reinoso, fue doña Carmen.

—Doña Carmen es una buena mujer.

—Sí.

—Pero la odias.

—Tenía celos —contestaba Jacinta—. Hasta llegué a reprocharle que me hubiera presentado a María Reinoso, como si yo...

Se interrumpía. Bernardo, bloqueado por aquel silenció, acudía a nuevos temas de conversación. Ahora se esforzaba en resucitar su miserable pasado común.

—¿Recuerdas la primera vez que nos encontramos? Siempre nos hemos visto en el mismo cuarto. ¿Y la última? Yo te esperé mucho tiempo, media hora, tres cuartos de hora. Nunca llegabas. Creo que mis deseos te hicieron venir. Y ahora mismo creo que mis deseos te vencen, te retienen. Temo que un día desaparezcas, y si te fueras no me quedaría nada de ti, ni una fotografía. ¿Por qué eres tan insensible? En una sola ocasión te has entregado a mí por completo. Estabas indefensa. Llorabas. Lograste conmoverme. Por eso comprendí que no sufrías. Fue nuestro último encuentro en casa de María Reinoso.

Su aspecto era lamentable. Aunque Jacinta apenas lo escuchaba, continuaba hablando:

—En casa de María Reinoso eras humana. En aquella época tenías un carácter atormentado. Me contabas lo que te sucedía. A veces me gustaría verte de nuevo allí. ¿Cómo eran los demás cuartos? Tú has estado en esos cuartos con otros hombres. ¿Quiénes eran esos hombres? ¿Cómo eran?

Y ante el silencio de Jacinta:

—Me intereso en esos hombres porque han estado mezclados a tu vida, como me intereso en mí mismo, en el yo de antes, con una especie de afecto retrospectivo. Antes, yo te inspiraba algún sentimiento. Quiero a esos hombres como quiero a tu madre, a Raúl, a doña Carmen... aunque la detestes. El odio es lo único que subsiste en ti.

—Me gustaría —dijo Jacinta— que Raúl fuera a vivir a un sanatorio.

—¿Para alejarlo de doña Carmen?

—Ayer —continuó Jacinta, sin responder a su pregunta— he visitado un sanatorio en Flores, en la calle Boyacá. Hay hombres parecidos a Raúl. Caminan entre los árboles, juegan a las bochas.

—Hará mucho frío.

—Raúl no siente el frío.

Bernardo consultaba su reloj. Eran las tres pasadas, tenía que ir a la Bolsa. Y se despedía con la sensación de haberse conducido mal. Jacinta no volvería a reunirse con él a la hora del almuerzo. Y así fue. Pocas semanas después, al entrar ella al restaurante y verlo en su mesa de costumbre, tuvo un momento de vacilación. Retrocedió, tomó por el lado interno del pasillo y se encontró junto al extremo de la salida, pero separada de la calle por las vidrieras divididas por losanjes y adornadas con el escudo inglés. Dos personas se levantaron de una mesa. Jacinta optó por sentarse allí. Pero los mozos no se le acercaron. Creían, acaso, que había terminado de almorzar. Jacinta se quedó un rato, pellizcó unos restos de pan y se marchó. Nadie pareció advertir su presencia.


La tarde de ese día Bernardo volvió a su casa en una excelente disposición de espíritu. Jacinta estaba recostada. Bernardo entró al dormitorio y le dijo desde la puerta:

—Estuve en el sanatorio de Flores. Puedes llevar a Raúl. Pero, ¿querrá ir?

—Lo buscaremos juntos —contestó Jacinta, acentuando la última palabra—. Tienes que hablar con doña Carmen. Sólo tú puedes hacerlo.

Bernardo se tendió a su lado.

—Tenías razón —dijo—. El lugar es simpático y Raúl llegará a sentirse contento, si se consigue que vaya, claro está. (Hablaba con los labios pegados al cuello de Jacinta, casi sin moverlos, como tratando de que esas palabras fueran caricias que pasaran inadvertidas.) El director, un hombre muy solícito, me mostró el edificio central y los pabellones. Paseamos por el parque. Hay varios gomeros magníficos y unas tipas altas, sin hojas. Pierden las hojas antes que las de nuestra plaza. El jardín está un poco descuidado.

Después, sin transición:

—Desde el pabellón que ocuparía Raúl la vista era siniestra. Esos canteros de pasto largo, negro, esas ramas escuetas... Sólo faltaba un ahorcado.

Se incorporó. De un tranco, pasando las piernas por encima del cuerpo de Jacinta, quedó de pie, junto a la cama. Se arregló el cuello y la corbata, se echó agua de colonia.

—Esta noche viene Sweitzer a comer —dijo—. No me dejes solo con él toda la noche.

—No iré a la mesa.

—No me dejes solo —repitió—. Te lo suplico.

— ¿A qué viene?

—Quiere que escribamos una carta.

—¿Una carta?

—Una carta sobre Jesús.

Jacinta no entendía.

—Oh, si necesito darte explicaciones... En fin, se está representando una obra de teatro que se llama La familia de Jesús. Un católico ha enviado una carta al periódico, protestando porque Jesús no tuvo nunca hermanos. Sweitzer quiere escribir otra diciendo que sí, que Jesús tuvo muchos hermanos.

—¿Y es cierto?

—Todo se puede afirmar. Pero ¿por qué te extraña? ¿Has leído los Evangelios? ¿Cuando hiciste la primera comunión y estudiabas la doctrina? ¿No? En la doctrina no enseñan los Evangelios sino el catecismo... ¿Y también el libro de Renan? ¡Qué me dices! Nunca lo hubiera supuesto.

Las contestaciones de Jacinta eran reticentes. Bernardo no podía saber con exactitud si era ella quien había leído los Evangelios y la Vie de Jésus, o su madre, la señora de Vélez.

—Bueno, ¿vienes a la mesa? Mañana vamos juntos al inquilinato, pero esta noche comes con nosotros. Te lo pido especialmente. Es lo único que te pido. ¿Me lo prometes?

—Sí.

Sweitzer lo esperaba en la biblioteca, examinando una reproducción en colores de Las dos cortesanas que habían colocado sobre el escritorio, en un marco de cuero. Bernardo, mientras lo saludaba, reflexionaba en la ambigüedad de Jacinta. Y de pronto comenzó a entristecerse consigo mismo al pensar que semejantes nimiedades pudieran preocuparlo, y su tristeza se manifestó en un exasperado desdén hacia Jacinta, la señora de Vélez, los Evangelios, la Vie de Jésus. La emprendió con Renan:

—Con razón se ha dicho que la Vie de Jésus es una especie de Belle Hélène del cristianismo. ¡Qué concepción de Jesús tan característica del Segundo Imperio!

Y repitió un sarcasmo sobre Renan. Lo había leído días antes hojeando unas colecciones viejas del Mercure de France.

—Renan tuvo en su vida dos grandes pasiones: la exegésis bíblica y Paul de Kock. A esta costumbre sacerdotal, que contrajo en el seminario, debía su afición por el estilo sencillo, la ironía suave, el sous-entendu mi-tendre, mi-polisson, pero también adquirió en Paul de Kock el arte de las hipótesis novelescas, de las deducciones caprichosas o precipitadas. Parece que hasta en los últimos tiempos la mujer de Renan tenía que valerse de verdaderas astucias para arrancar de las manos de su ilustre marido La femme aux trois culottes o La pucelle de Belleville. “Ernest —le decía—, sé complaciente, escribe primero lo que te ha pedido M. Buloz y luego te devolveré tu juguete.”

El señor Sweitzer concedió una sonrisa estricta: no le hacían gracia las irreverencias. Y Bernardo, dirigiéndose a Jacinta:

—Paul de Kock es un escritor licencioso.

Escuchó la voz de Jacinta. Hablaba de unas novelas en inglés que había leído, pero de sus palabras parecía colegirse que se trataba de novelas pornográficas, para gente de puerto.

—Tenían tapas de colores violentos, rojas, amarillas, azules. Se compraban en el Paseo de Julio y los vendedores las escondían en sus armarios portátiles, tras una hilera de zuecos, con los cigarrillos de contrabando.

Pasaron al comedor.

Jacinta ocupó la cabecera. Cuando Lucas entró con la fuente había un cubierto de menos. Bernardo le hizo señas: apenas podía contener su impaciencia. Lucas tuvo que dejar la fuente, volvió instantes después trayendo una bandeja y dispuso el cubierto que faltaba con impertinente lentitud.

El señor Sweitzer, muy confuso, sacó de la cartera un recorte y unos papeles escritos con su letra bonapartina. “He borroneado una respuesta”, dijo. Empezó a leer:

—No es sólo en el cap. XIII, 55, de Mateo, como parece entenderlo el señor X, donde se trata este asunto que ha motivado tantas discusiones (aquí, para mayor claridad, transcribo los demás pasajes alusivos de Mateo, Marcos, Lucas, Juan, los Corintios y los Gálatas). De la lectura de estos textos han surgido tres teorías: la elvidiana a que se refiere el señor X: sostiene que los hermanos y hermanas de Jesús nacieron de José y María, después de él; la epifánica: nacieron de un primer matrimonio de José; la hierominiana, a que se adhiere San Jerónimo: eran hijos de Cleofás y de una hermana de la Virgen llamada también María. Es la doctrina sustentada por la Iglesia y defendida por sus grandes pensadores.

Al leer se llevaba de cuando en cuando a la boca una almendra o trocitos de nueces o avellanas, colocados en un plato a su izquierda. A veces, con la mano en el aire, hacía girar entre los dedos el trozo de nuez hasta despojarlo de su telilla leonada. Con el pretexto de servirse, Bernardo puso el plato fuera de su alcance, entre Jacinta y él. Sweitzer lo miró con asombro. Bernardo le preguntó:

—¿Por qué no cita los Hechos de los Apóstoles?

—Es verdad; después de comer, si usted me presta una Biblia...

—No se necesita Biblia. Apunte: I, 14: “...perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos”. Bueno, aquí finaliza el preámbulo. Y ahora, ¿a cuál de las tres teorías piensa usted adherirse?

—A la primera, qué duda cabe. ¿Cómo empezaría usted?

Bernardo no pudo resistir al afán de lucirse.

—Yo empezaría diciendo —contestó con aire profesoral—: Es verdad que en hebreo y arameo existe una sola voz para designar los términos hermano y primo, pero no es ésa razón suficiente para torcer el significado de los textos. Porque nos encontramos en presencia de un idioma como el griego, rico en vocablos, que tiene una palabra para decir hermano (adelphos), otra para decir primo hermano (adelphidus) y otra, para decir primo (anepsios). La comunidad de Antioquía era un medio bilingüe y allí se efectuó el paso de la forma aramea a la forma griega de la tradición. Goguel cita un versículo de Pablo (Colosenses, IV, 10) donde se dice: “...y Marcos, sobrino de Bernabé”. Si Pablo en sus otros escritos habla de los hermanos de Jesús, no hay motivo para que se confunda un término con otro.

Hizo una pausa. Continuó:

—Habría tanto que agregar... Tertuliano acepta que María tuvo de José muchos hijos. También lo afirmaba la secta de los ebionitas y Victorio de Petau, mártir cristiano, muerto en el año 303. Hegesipa dice que Judas era hermano, según la carne, del Salvador. La Didascalia dice que Jacobo, obispo de Jerusalén, era según la carne hermano de Nuestro Señor. Epifano reprocha la ceguera de Apolonio, quien enseñaba que María había tenido hijos después del nacimiento de Jesús.

El señor Sweitzer tomaba algún apunte en su carnet. Bernardo continuaba exponiendo. Con las palabras desaparecía su mal humor de los primeros momentos. Se había vuelto a encontrar a sí mismo, estaba satisfecho de su seguridad, de su memoria, de su erudición. Recibía como un homenaje el respetuoso silencio de Sweitzer. Buscó la aprobación de Jacinta.

Jacinta permanecía ajena a todo, vaga, remota, como disuelta en la atmósfera del comedor. Bernardo tartamudeó, tomó vino, inclinó la cabeza; aún quedaba una pinta rosada en la copa. Levantó la cabeza; ante sus ojos las llamas de la chimenea bailaban en los respaldos verdes de las sillas vacías, apoyadas contra la pared, las maderas de cedro tallado y la cara de Lucas palpitaban con una especie de vida intermitente, descubriendo trozos rojizos e imprevistos, y las gotas de cristal de la araña vienesa parecían aumentar de tamaño, más grávidas que nunca, y de un instante a otro amenazaban con deshacerse sobre el mantel. (Se hubiera dicho que Lucas, al acercarse a la mesa, no salía de la penumbra con el designio de retirar los platos sino de incorporarse a ese óvalo resplandeciente de humano bienestar.) Pero Bernardo había perdido el hilo de su discurso. Quiso sobreponerse:

—Hay motivos para pensar —dijo haciendo un esfuerzo— que en los primeros siglos de la era cristiana se hablaba con frecuencia de los hermanos de Jesús. Guignebert...

Sweitzer lo interrumpió:

—Con esto basta y sobra. Es una mera respuesta. Bernardo agregó todavía:

—Como es católico el que ha escrito la carta, para terminar conviene una cita católica. Algo así: Recordemos la ejemplar sinceridad del padre Lagrange, quien reconoce que históricamente no está probado que los hermanos de Jesús sean sus primos.

Se fue a sentar junto a la chimenea, llevándose su taza de café. Dos gruesos troncos ardían con entusiasmo. Distinguía la llama ondulante y roja, el rojo ocre, casi anaranjado, de los tizones y el delicado matiz azul que se insinuaba hasta contaminar la blancura de una montañita de ceniza. A Jacinta le repugnaba el espectáculo del fuego. ¡Y él, que hubiera deseado consumirse como esos troncos, desaparecer de una vez por todas! Se acercaba más y más a la chimenea, parecía dispuesto a quemarse los pies. “Soy demasiado friolento.” Se levantó para entreabrir una ventana. El señor Sweitzer, despegándose trabajosamente del sillón, empezó a despedirse.

—Muchas gracias. Mañana redactaré la contestación. Si usted pasa por el escritorio, a la salida de la Bolsa, podrá firmarla.

Pero Bernardo le contestó que prefería no hacerlo, y como el otro le preguntara por qué:

—Estas discusiones son inútiles —dijo—. Y ¿quién sabe? tal vez fomentan el error. Cada día que pasa, la humanidad (pronunciemos la palabra: la “historicidad”) de Jesús me parece más dudosa.

Iba y venía por el cuarto, con los ojos secos, ardientes. Salió y entró casi en seguida, trayendo un libro de noble y apolillada encuadernación; abrió el libro: el lomo, desprendiéndose de las tapas pardas, se le quedó en las manos. Sweitzer miró el título:

Antiquities of the Jews. Ah, la edición de Havercamp... ¿Piensa usted leerme la dichosa interpolación? No vale la pena.

Pero nadie podía detenerlo. Bernardo leyó la cita interpolada y desarrolló, esta vez penosamente, la tesis de que el cristianismo era anterior a Cristo. Habló de Flavio Josefo, de Justo de Tiberíades... El señor Sweitzer escuchaba con sorna su apasionada incoherencia.

—Pero es otra cuestión —decía—. Además, esos argumentos están muy manoseados. Y no me parecen convincentes.

—No me fundo en ellos —contestaba Bernardo—. Mi convicción pertenece a un orden de verdades que acatamos con el sentimiento, no con el raciocinio.

Después, como si hablara para sí:

—Pienso en la famosa historia del cuadro... ¿Cómo era?

Oyó que Jacinta le decía con su voz monótona:

—Ya la sabes. El cuadro se vino al suelo y descubrimos que Cristo no era Cristo.

“Contada así no se entiende”, pensó Bernardo. Refirió él mismo la historia.

—Era una estampa antigua, un collage de la época colonial adornado en los bordes con terciopelo azul, arrugado, cubierto con un vidrio convexo. Al romperse el vidrio se pudo ver que la imagen era una Dolorosa. Le habían dibujado a pluma rizos y barba, le agregaron la corona de espinas, el manto estaba disimulado por el terciopelo.

Añadió en un susurro:

—Jacinta Vélez era chica y tuvo una terrible decepción.

De entonces data su incredulidad.

De nuevo escuchó la voz monótona:

—No —dijo Jacinta—, ahora creo.


Cristo se había sacrificado por los hombres, por esos hombres que mientras más perfectos, menos se parecían a su Redentor: turbulentos, eruditos, complicados, astutos, destructores, insatisfechos, sensuales, débiles, curiosos... Y al margen de aquel rebaño vegetaban otros seres en un estado de misteriosa bienaventuranza, desasidos de la realidad y despreciados por los demás hombres. Pero Cristo los amaba. Eran los únicos, en el mundo, con posibilidades de salvación.

Bernardo se despedía del señor Sweitzer. Jacinta pensaba en Raúl. Tenía urgencia de estar a su lado, rodeada de árboles, en el sanatorio de Flores.


III

El señor Sweitzer releyó la carta de Bernardo desde un estrepitoso automóvil de alquiler. Estaba escrita en papel azul, telado, y en el membrete se reproducía la fecha de un edificio con techo de pizarra e innumerables ventanas.

Decía la carta:

Estimado don Julio: En los últimos tiempos no puedo interesarme en los negocios. Cualquier esfuerzo me fatiga. Resolví pues consultar a un médico, y actualmente, bajo su asistencia, estoy haciendo una cura de reposo. Esta cura puede prolongarse varios meses. Por eso le propongo a usted dos soluciones: busque un hombre de confianza para que desempeñe mis tareas, fijándole un sueldo conveniente y un tanto por ciento que descontará usted de los ingresos que me corresponden, o liquidemos la sociedad.


A continuación, como para desmentir el párrafo en que aludía a su actual desinterés por los negocios, Bernardo hacía algunas observaciones muy sagaces, a juicio de don Julio, sobre una inversión de títulos que había quedado pendiente en esos días. Agregaba, al terminar: “No se moleste en verme. Contésteme por escrito”.

Don Julio pensaría después en esta última frase.


Llegó al sanatorio, preguntó por Bernardo, pasó su tarjeta. Lo hicieron esperar en un salón con grandes ventanas que no se abrían al jardín en toda su altura sino, únicamente, en su parte superior. Al cabo de diez minutos entró un hombre alto, de rostro sanguíneo.

—¿El señor Sweitzer? —dijo—. Yo soy el director. Acabo de llegar.

Y se ajustaba, alrededor de las muñecas, las presillas de su guardapolvo.

—¿Puedo ver al señor Stocker? —preguntó Sweitzer.

—Usted es su socio, ¿verdad? “Stocker y Sweitzer”, sí, conozco la firma. Al señor Stocker tuve ocasión de tratarlo en marzo de 1926. Recuerdo exactamente la fecha. Yo tenía algunos fondos disponibles, poca cosa, pero el señor Stocker me recomendó la segunda emisión de consolidados de la “Lignito San Luis Company”: nunca olvidaré ese nombre. Los valores, en manos de ustedes, se liquidaron muy bien. Con esa base instalé mi sanatorio.

—¿Puedo ver a mi socio? —insistió Sweitzer.

—Por supuesto, señor Sweitzer. El señor Stocker no es un enfermo, como usted sabe. Vino al sanatorio trayendo a un muchacho de su relación, Raúl Vélez. Aquí se respira un ambiente de tranquilidad que debió seducirlo. Un buen día se apareció con sus valijas; me dijo: “Doctor, he resuelto tomar un descanso e internarme yo también. Pero guárdeme el secreto. No quiero que me molesten, no deseo hablar con nadie, ni siquiera con los médicos”. Usted debe ser la única persona a quien ha comunicado su dirección.

—Me ha escrito.

—Lo hemos alojado en el último pabellón, el más independiente. El señor Stocker ocupa un cuarto. Raúl Vélez el otro.

Vaciló un momento.

—...este muchacho es un caso doloroso —continuó—. Los médicos somos discretos, señor Sweitzer. Hay cosas que no tenemos por qué saber, que no queremos saber, pero insensiblemente llegamos a enterarnos de ciertas circunstancias familiares. En fin, sea lo que fuere, el señor Stocker siente por este muchacho un afecto verdaderamente paternal. ¿Me puede decir usted por qué ha demorado tanto tiempo en confiarlo a un psiquiatra?

—¿Ya no es posible curarlo? —preguntó Sweitzer.

—No se trata de curar, sino de adaptar. La adaptación importa un proceso muy delicado por parte del enfermo y del medio que lo rodea. Hay que adaptarse al paciente, es cierto, pero a la vez exigirle un pequeño esfuerzo y que sea él, en realidad, quien se vaya adaptando a los demás. Lograr ponerlo en comunicación con sus semejantes. Claro está que nunca se logrará una verdadera comunicación intelectual, como la que nosotros sostenemos en este momento, pero sí una comunicación primaria. Hacer que el enfermo comprenda y obedezca ciertas formas de vida corriente. El progreso debe marchar en ese sentido.

—Y ahora es demasiado tarde...

El otro lo miró con desconfianza.

—Nunca es demasiado tarde —contestó—. Raúl Vélez está en el sanatorio desde hace quince días. El diagnóstico diferencial de la demencia precoz hebefreno-catatónica con la debilidad mental es muy difícil. En ambos casos hay ausencia de signos físicos: el enfermo conserva una fisonomía inteligente, pero parece vivir al margen de sí mismo, indiferente a todo y a todos. Y sin embargo es dócil, suave, de apariencia afectuosa. Necesita verse rodeado de bondad, pero de una bondad firme, cuyos límites sienta. Ahora bien, a este muchacho se lo ha descuidado de una manera lamentable. Estaba en manos de una mujer ignorante, que lo quiere mucho, sin duda, pero con un cariño en el cual no entra el menor discernimiento. Se plegaba a todos sus caprichos, y el muchacho abusaba, se hundía deliberadamente en la locura. Esa, en ellos, es la línea de menor resistencia. Al principio, la mujer estaba indignada con nosotros. Hasta tuvo la osadía de afirmar que iría a quejarse a la justicia, porque Stocker no tenía derecho para internarlo en nuestro sanatorio.

Sweitzer, esta vez, hizo un gesto de asombro. Preguntó, sin embargo:

—¿Y es verdad?

—Parece que Stocker no lo ha reconocido legalmente. Pero ella tiene menos derecho aún para disponer del muchacho. Se trata de un demente sin familia ni bienes de ninguna clase. ¿Quién, mejor que Stocker, para ocuparse de él? Yo hablé con el defensor de menores y obtuve del juez que nombrara a Stocker curador del incapaz. A la mujer, como no quería oír sus historias, le prohibí la entrada al sanatorio. Ahora le permitimos que venga, a pedido del mismo Stocker. He accedido, pero no estoy conforme. Hay que alejar de Raúl Vélez todas las influencias que puedan recordarle, prolongar en su espíritu el antiguo desorden en que vivía.

Se detuvo.

—Estoy entreteniéndolo —agregó—. Usted deseaba ver a Stocker. Yo mismo lo acompañaré.

Precedido por el médico, que se excusaba de pasar antes, Sweitzer llegó a una terraza, descendió una escalinata en forma de abanico, atravesó un jardín con canteros bordeados de caracoles, donde crecía un largo césped enmarañado; de vez en cuando, algún gomero de hojas barnizadas por la lluvia reciente; otros árboles, sin hojas, levantaban al cielo sus ramas gesticulantes. Sweitzer pisaba con cuidado para no embarrarse. Alrededor del jardín se veían casitas de ladrillo, separadas unas de otras por laberintos de boj.

—Aquí lo abandono —dijo el médico—. Siga derecho por este sendero. A la derecha, en el último pabellón, vive Stocker.


Se le apareció bruscamente, al pisar el umbral de la puerta abierta de par en par. Bernardo Stocker, en cambio, lo había visto venir desde lejos. Estaba sentado, envuelto en dos mantas escocesas: una sobre los hombros la otra fajándole las piernas. “Don Julio, ni puedo levantarme para saludarlo. Esta manta...” Lo reprendió por haberse molestado: “Me hubiera escrito.” Después mirándolo en los ojos:

—¿Estuvo con el director?

—Sí.

—¡Qué lata le habrá dado! Lo compadezco.

—¿Tiene frío? —preguntó Stocker—. ¿Quiere que cerremos la puerta?

—No, he descubierto que el frío es saludable. Me gusta.

Se hizo un silencio. Sweitzer había olvidado el motivo de su visita, o no quería confesárselo a sí mismo. Quedó consternado. Buscaba algo que decir, una trivialidad cualquiera que le permitiera salir del paso. Recordaba el párrafo de la carta: “No se moleste en verme. Contésteme por escrito”, y recurrió a la carta como a un pretexto para justificar su presencia en el sanatorio. Pero se limitaba a repetir las proposiciones de Bernardo como si a él, Julio Sweitzer, se le hubieran ocurrido en ese instante. Era un poco absurdo. Bernardo vino en su ayuda e iniciaron un diálogo de inesperada fluidez. Empezaba Bernardo, no bien Sweitzer había terminado de hablar, y su interlocutor, entre tanto, asentía con la cabeza, murmuraba “sí”, “claro”, “es lo mejor”, “perfectamente...” Temerosos de un nuevo silencio, no prestaban fe ni atención a lo que decían. Bernardo fue el primero en callar. El señor Sweitzer había distinguido, más allá del tabique de boj, a un muchacho alto, corpulento, en compañía de una anciana. De pronto el muchacho avanzó hacia ellos y al llegar al tabique, en vez de dar la vuelta, tomó directamente el sendero, escurriéndose por entre las ramas del boj con sorprendente agilidad. Caminaba con los ojos fijos en Bernardo. Bernardo lo miraba a su vez. Una sonrisa lenta y profunda se había dibujado en su rostro. Pero sucedió un incidente imprevisto. El viento hacía volar un papel de diario que fue a caer a los pies del muchacho. Este se detuvo a pocos metros de ambos hombres, recogió el papel, lo miró con la expresión de alguien que piensa “es demasiado importante para leerlo ahora”, lo dobló cuidadosamente, lo guardó en el bolsillo y, girando sobre sus talones, se alejó. Esta vez, al llegar al tabique, en lugar de atravesar el boj dio vuelta, siguió por el sendero. Los dos hombres lo perdieron de vista.

Bernardo quedó con los labios entreabiertos; el señor Sweitzer no pudo contenerse y preguntó con una voz débil, anhelante, que apenas reconocía, a tal punto sonaba extrañamente en sus oídos:

—¿Es Raúl Vélez?

—Sí —dijo Bernardo—. Ya ve usted: acude espontáneamente a mí. Pero siempre habrá de interponerse algo entre nosotros. Ahora ha sido ese maldito papel.

Después, muy de prisa, en la misma tesitura con que habían conversado momentos antes:

—Yo he tenido relaciones con Jacinta Vélez, la hermana de este muchacho. Ha vivido varios meses en casa. Me pidió que me ocupara de Raúl. Antes de irse, ella misma eligió este sanatorio.

—Antes de irse... ¿a dónde?

—No sé. Discutíamos. Yo le hacía preguntas, la exasperaba. Uno siempre exaspera a las personas que quiere. Se fue.

—¿No le ha escrito?

—En el inquilinato, donde vivió hasta la muerte de su madre, revisé un escritorio y encontré varias cartas. Pero eran cartas escritas por la señora de Vélez y que el correo había devuelto. Estaban dirigidas a personas cuyo domicilio se ignora. La numeración de las calles ha cambiado y no coincide con las direcciones de los sobres, o en esas direcciones han levantado nuevos edificios. No contento con eso, he visto a muchas personas de apellido Vélez. Nadie los conoce. Sin embargo, un hombre con quien conversé, mayor que yo, que se llama Raúl Vélez Ortúzar, me dijo que en su familia existía un personaje un poco mitológico, la tía Jacinta, a la cual solía referirse su madre. Parece que esta Jacinta era una mujer de mala conducta, que murió en Europa.

—Pero no puede ser Jacinta —contestó inmediatamente el señor Sweitzer—. Su espíritu de investigador ya estaba sobre aviso.

—No, pero podía ser la señora de Vélez. Además, él no estaba seguro de que hubiese muerto.

—¿Y usted espera que Jacinta vuelva?

—Vendrá al sanatorio a ver a su hermano. Lo quiere mucho. El “autismo” de Raúl, como dicen los médicos, no es para ella una tara. Se le antoja un signo de superioridad. Trata de parecerse a él.

—¿Pero es enferma? —preguntó Sweitzer, cada vez más intrigado.

—Enferma o no, yo la necesito. ¿Cree usted que vendrá, don Julio? Yo antes creía, pero ahora dudo de todo. ¿No cree usted en los sueños, don Julio? Yo tampoco creía, pero últimamente...

—¿Se le apareció a usted en sueños?

—Sí... y no. Pude ver únicamente sus pies, como si estuviera frente a mí y yo mirara al suelo. Es extraño hasta qué punto los pies son expresivos, inconfundibles. Le veía los pies como si la estuviera mirando a la cara. Entonces, cuando levanté los ojos, no pude seguir adelante. Todo se disolvió en una atmósfera gris.

Anoche volví a soñar con la misma atmósfera. Es gris, pero a ratos blanca, translúcida. Quedé en suspenso. Temía despertarme. Entonces, comprendiendo que Jacinta estaba ahí, le dije que me había engañado, que me utilizó como un pretexto para que internara a Raúl en el sanatorio. Le supliqué que nuevamente se dejara ver. Hablamos de cosas íntimas, de nosotros dos, de una mujer de quien Jacinta tenía celos. Yo temblaba de rabia. Pero Jacinta se burlaba en lugar de enojarse. Me decía, observando mi temblor: “Friolento como todos los hombres.” De pronto, empezó a hacerme reproches. En una ocasión yo le atribuí sentimientos que ella reprueba. Afirmé haberla visto llorar. Eso la ha herido. “Nosotros no lloramos”, me decía, aludiendo a ella y a Raúl. Le hice notar que las lágrimas no correspondían a su verdadero estado de ánimo, qué más tarde yo se lo había explicado de una manera verosímil. Mis explicaciones, sobre todo, la pusieron fuera de sí. “Tú también has hecho trampa”, me decía en alemán.

—¿Habla alemán?

—Ni una palabra, pero le oía pronunciar distintamente: Auch du hast betrogen! Entonces me encontré haciendo un solitario y sentí que alguien me aplastaba la mano contra la mesa en momentos en que yo iba a destapar indebidamente una carta. Me desperté.

El señor Sweitzer lo alentó. Jacinta volvería a ver a su hermano. Era lo más lógico. No había que dejarse sugestionar por los sueños.

Con estas palabras se despidieron.


El señor Sweitzer caminaba distraídamente. Tomó por un sendero equivocado y por dos veces se encontró, rodeado de boj, en el patiecillo de otros pabellones. No podía llegar a ese jardín que tenía ante su vista. Al fin se abrió paso y anduvo entre los árboles, atento a las ventanas iluminadas del edificio principal. De pronto se llevó por delante un bulto imponente y oscuro, más oscuro que las sombras. Retrocedió sobresaltado.

—No soy una enferma —le dijeron—. Soy Carmen, la encargada del inquilinato. Necesito hablar con usted.

Caminaron hasta la verja. Era una anciana erguida, de cabellos blancos. El señor Sweitzer la observó bajo los focos de luz, aureolados de insectos, de la puerta de entrada: un sombrero alto y cilíndrico, una esclavina y un manguito de piel (los hocicos de las nutrias hincaban sus dientes puntiagudos en las propias colas, un poco marrones). Después buscó el taxi que lo esperaba. La mujer cruzó la calle, el señor Sweitzer se adelantó, abrió instintivamente la portezuela y la ayudó a subir.

—Deseaba pedirle... —dijo su compañera, y adoptó una voz quejumbrosa que contrastaba con la dignidad de su aspecto y no parecía sincera, como si copiara el estilo de las personas cuyos ruegos tenía por costumbre escuchar—. Usted es bueno. Influya sobre Stocker. Que a Raúl lo dejen en paz y le permitan volver al inquilinato. Lo quiero como a un hijo.

—Entonces debería agradecerle al señor Stocker lo que hace por él. En el sanatorio podrán curarlo.

—¿Curarlo? —gritó la mujer—. Raúl no es un enfermo. Es distinto, nada más. En el sanatorio lo hacen sufrir. La primera noche lo encerraron. Como el muchacho me echaba de menos, se quiso escapar. Le pegaron: al día siguiente tenía moretones en el cuerpo. Raúl nunca sé cae. Y ayer...

—¿Qué sucedió ayer?

—¡Ayer yo lo he visto, tirado en el suelo, con la boca llena de espuma! Y el enfermero que me decía: “No es nada, es la reacción de la insulina. Un ataque de epilepsia provocado”. ¡Provocado! ¡Canallas!

—Los médicos saben de estas cosas más que nosotros —protestó débilmente el señor Sweitzer—. Espere los resultados del tratamiento. Por ahora, confórmese con visitarlo en el sanatorio.

—¿Y usted cuida del inquilinato? —respondió la mujer con insolencia—. Yo no puedo venir en automóvil. Ya Stocker no me da más dinero. Iba por las mañanas, revolvía cajones, se llevaba papeles, libros, cuadros. Me decía: “A Raúl no le faltará nada en el sanatorio, doña Carmen. Y a usted tampoco. Usted ha sido muy buena con él. Pero es lo mejor.” ¡Lo mejor! ¡Cómo se ha burlado de mí!

Sweitzer perdía la paciencia:

—Usted no quiere comprender. El señor Stocker ha internado a Raúl Vélez accediendo a un pedido de la hermana del muchacho, de Jacinta Vélez.

—Sí, ha dicho eso. Ya lo sé.

—Ella es la única que puede arreglar la situación. Desgraciadamente, no vive más con el señor Stocker. Usted, en vez de calumniarlo, debería prestarle ayuda, buscar a Jacinta.

La mujer respondió, martilleando cada sílaba:

—Jacinta se suicidó el día que murió su madre. Las enterraron juntas. Agregó:

—Vea, no me interesa lo que Stocker pueda haberle dicho. A Jacinta la conoció gracias a mí. Se la presentó una amiga mía, María Reinoso. Y le explicó con naturalidad—: María Reinoso es una alcahueta.

Como le pareciera que Sweitzer, al callar, pusiera en duda sus palabras, entró en un arrebato de cólera:

—¿Qué? ¿Que no me cree? María Reinoso lo convencerá. Puede hablar con ella en cualquier momento. Ahora mismo, si quiere.

Inclinándose bruscamente hacia adelante, le gritó al chofer una dirección; luego, al arrinconarse en el fondo del asiento, rozó con sus cargados hombros la cara de Sweitzer. Éste sintió en la nariz el olor a moho de la esclavina de piel.

—No me gusta —dijo— hablar mal de Jacinta, pero yo nunca la quise. No se parecía a su madre, un pedazo de pan, ni a Raúl. A Raúl lo quiero como a un hijo. Jacinta era orgullosa, despreciaba a los pobres. En fin, ahora está muerta. Se tomó un frasco de digital.

El automóvil se detuvo. Mientras Sweitzer pagaba al chofer, la anciana había avanzado por un largo corredor. Sweitzer tuvo que apurar el paso para alcanzarla.

Entreabrió la puerta una mujer de edad dudosa. Doña Carmen le dijo:

—No es lo que piensas, María. El señor viene únicamente a conversar contigo sobre Stocker y Jacinta Vélez. Quiere que le digas la verdad.

—Pasen. Basta que sea amigo tuyo, yo le diré lo que sepa. Pero quedará decepcionado... —contestó la otra con afectación.

Al caminar arrastraba las chinelas. Los hizo sentarse, les ofreció de beber.

—¿El señor era amigo de Jacinta? —preguntó—. ¿No? ¿De Stocker? Ah, un hombre muy serio, muy distinguido. Hace mucho que frecuenta esta casa. Aquí conoció a Jacinta, pobrecita, y simpatizó con ella en seguida. Se vieron durante un mes, dos o tres veces por semana. Siempre en mi casa. Me hablaba Stocker, y yo le daba el mensaje a Jacinta. El día que murió la señora de Vélez, Jacinta había quedado en venir. A mí me pareció extraño, pero ella misma se había empeñado. Llega Stocker, y Jacinta que no viene. Yo le explico la demora. Esperamos. Al final, ya preocupada, hablo por teléfono y me entero de la desgracia. A Stocker lo impresionó muchísimo. Me dijo: “María, déjeme solo en este cuarto”. Y allí se quedó hasta muy tarde. Es un sentimental. Después, ya ve lo que ha hecho por ese retardado. Me parece un gesto bellísimo.

Doña Carmen la interrumpió:

—No hables de lo que no sabes.

La otra sonreía.

—Está furiosa —dijo mirándolo a Sweitzer— porque no puede verlo el día entero. ¡Carmen, Carmen, parece mentira! Una mujer seria, a tus años...

—Lo quiero como a un hijo.

—Como a un nieto, dirás.


El señor Sweitzer se fue cuando el diálogo entre las dos mujeres empezaba a subir de tono. Las calles estaban desiertas. En el centro de la calzada la luz eléctrica hacía brillar el asfalto: grandes charcos de agua donde era peligroso aventurarse. Después la oscuridad y de nuevo, en la otra cuadra, el reflejo ficticio del estanque. Sweitzer apenas se atrevía a cruzarlo. Así anduvo un largo rato, vacilando al llegar a cada bocacalle, pegado, confundido a las paredes como el insecto a la hoja. De vez en cuando el boquete de un zaguán iluminado lo ponía en descubierto. Estaba cansado, tenía frío, no podía entrar en calor. Tampoco podía detenerse. El mismo cansancio lo impulsaba a caminar. Llegó a una plaza, atravesó la calle. Allí vivía Stocker. Miró el tablero con los timbres. Cuando Lucas bajó después de un cuarto de hora, en paños menores y cubierto por un sobretodo, continuaba apretando el botón del tercer piso.

—¡Señor Sweitzer! —exclamó el negro—. El patrón no está.

—Ya sé, Lucas. Tenía un mensaje para usted. Pasé por la casa y me atreví a llamar. Discúlpeme por haberlo despertado.

—No es nada, señor Sweitzer. Entre, no se quede afuera. Subiremos en el ascensor de servicio porque yo he bajado sin llaves.

Pasaron a la cocina. El negro abría puertas, encendía luces. “Ahora apagan la calefacción muy temprano. Como no hay nadie, yo no encendí las chimeneas.” Llegaron al hall. Sweitzer discurría algún mensaje para darle en nombre de su socio.

—El señor me ha escrito. Dice que mande las cuentas al escritorio. El volverá el día menos pensado.

—Pero si me ha dejado dinero suficiente —contestó el negro.

—Le repito lo que él me ha escrito. —El patrón está de viaje.

—Así es, Lucas.

El negro parecía deseoso de hablar. Después de un momento agregó entre dientes:

—...con la señora Jacinta.

Sweitzer le preguntó muy despacio:

—Dígame, Lucas, ¿ella ha vivido aquí?

—El señor también sabe...

— ¿Está usted seguro? ¿La vio alguna vez?

—Verla, lo que se llama verla... La encontré en la puerta de la calle. Era después de almorzar. Ella salía del departamento en momentos en que yo entraba. En seguida la reconocí.

—Pero si nunca la había visto antes.

—No importa.

—¿Cómo era? —Tenía ojos grises.

—¿Y cómo supo que era ella? —le preguntó Sweitzer.

—Me di cuenta —contestó el negro—. Me miraba sonriendo. Parecía decirme: “¡Al fin me descubres!”, pero con simpatía. Parecía decirme: “¡Gracias por el caldo y la ensalada que me preparas todos los días, por las avellanas, por las nueces! ¡Gracias por tu discreción!” Es una mujer muy bondadosa.

—¿Pero usted no la vio nunca dentro de la casa?

—¡Tomaban tantas precauciones! Hasta que ellos se iban, no podíamos arreglar el dormitorio. Por la tarde, el patrón era el primero en llegar. Cerraba con llave la puerta del hall. Cuando abría la puerta, ya la señora estaba en su cuarto. ¿El señor Sweitzer recuerda la última noche que vino a comer? El patrón estaba muy excitado, quería que la señora Jacinta los acompañara, quería presentársela al señor. Yo, mientras ponía la mesa, le oía la voz: “¡Jacinta, te lo suplico! Come con nosotros. No me dejes solo esta noche.” La esperó hasta lo último. ¿El señor Sweitzer recuerda que me obligó a poner tres cubiertos? Pero la señora Jacinta no apareció. Es una mujer muy prudente.

—En resumidas cuentas, usted no la vio nunca dentro de la casa.

—¡Como si necesitara verla! —exclamó el negro—. Ahora ni siquiera me molesto en prepararle el caldo frío, pregúntele a Rosa, y eso que el patrón me ha ordenado que deje comida como siempre. Pero ahora no está, lo sé, así como sé que antes estuvo viviendo más de tres meses en esta casa.

Sweitzer repetía:

—Pero usted no la encontró nunca dentro de la... Y el otro, con insistencia:

—¡Como si necesitara encontrarla! ¿Y el olor? Vea usted, señor Sweitzer, yo no quisiera ofenderlo, pero la señora Jacinta no tiene ese olor tan desagradable de los blancos. El de ella es diferente. Un olor fresco, a helechos, a lugares sombreados, donde hay un poco de agua estancada, quizá, pero no del todo. Sí, eso es; en la bóveda, cuando vamos al cementerio de los Disidentes, hay el mismo olor. El olor del agua que empieza a espesarse en los floreros.


El señor Sweitzer se acostaba. “No he comido esta noche”, pensó, al tiempo que metía la cabeza en su camisón de franela. Se acurrucó en la cama, buscó con los pies la bolsa de agua caliente, cerró los ojos, sacó una mano, apagó la lámpara. Pero no se disipaba la claridad de la habitación. Había dejado encendida la araña del techo, una araña de bronce con tres brazos puntiagudos de cuyos extremos salieron llamitas de gas y que, posteriormente, habían adaptado a las bujías eléctricas. Se levantó. Al pasar junto al ropero se vio reflejado en el espejo, con la papada temblorosa y más abajo que de costumbre porque andaba descalzo. Rechazó esta imagen poco seductora de sí mismo, apagó la luz, buscó a tientas la cama. Después, acariciándose los hombros por encima del camisión, trató de dormir.