Nota introductoria

 

De la llamada “Generación perdida” norteamericana, Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, California, 1940), es una de las figuras más atractivas. El mejor pagado de su tiempo, fue un escritor admirado no sólo por la limpieza de su prosa y la fantasía glamorosa de sus historias realistas, sino también por su forma de vivir, intensa, apasionada e irresponsable.

Perteneciente a la clase media, a Fitzgerald lo marcó el deseo de ascender socialmente y ser aceptado. Se esforzó por estudiar en una de las universidades de mayor prestigio, Princeton, donde definió su vocación literaria y tomó la materia prima de su primera novela, A este lado del paraíso (1919). Esa historia, de un estudiante en busca de su identidad y de la forma de acercarse a la clase dominante, fue el primer éxito.

En los años veinte empezó a publicar relatos largos en revistas literarias como Smart Set, para sostener la producción que él consideraba más importante: la novelística. Escribió cuatro novelas más: El Gran Gatsby (1925), calificada por la crítica como “la novela perfecta”; Hermosos y malditos (1922), la atormentada historia de una pareja de mentalidad adolescente, entregada a la holganza y el galanteo social; Tierna es la noche (1934), un profundo estudio de carácter de un alcohólico y una esquizofrénica; y finalmente, El último magnate, novela inconclusa donde aprovechó su experiencia como guionista en Hollywood.

Los temas que desarrolló fueron sus propios conflictos: el amor y el dinero. Todos sus personajes son autorretratos fieles, a veces realistas y otras veces mostrando aquello que él hubiera querido ser en la sociedad norteamericana.

Las fantasías que creaba sobre sí mismo, sus aspiraciones sociales y económicas, quedaron plasmadas en “la chica dorada” de sus textos. Esa jovencita debutante de cabellos rubios y piernas largas, que sonríe desde el asiento de un auto convertible, tiene un sólido respaldo económico y abolengo milenario, y es capaz de flirtear con un joven simpático y sensible, pero a la hora de casarse escoge la billetera más voluminosa.

Las mejores relaciones de Fitzgerald fueron femeninas. Con sus numerosas aventuras galantes acostumbraba sostener correspondencia en donde libraba verdaderos duelos de talento. El aprecio que sentía por las mujeres se refleja en sus heroínas: inteligentes, bellas, jóvenes y encantadoras, capaces de conducir su propio destino y ser independientes. La más importante en la vida del escritor y modelo de casi toda su obra, fue su esposa, Zelda Sayre, con quien tuvo a su única hija, Scottie. Formaron una pareja legendaria. Eran atractivos y excéntricos. El escándalo siempre les acompañó, y fue tan característico de ellos como las notas lastimeras de un saxofón.

Los jóvenes seductores, galantes y ebrios, derrochando talento desde la bancarrota y empeñados en seducir a la clase privilegiada sin poder acceder realmente a ella, y que pueblan sus novelas y relatos, esos jóvenes constituyen el Fitzgerald real. El hombre que recorría las calles de Manhattan con los bolsillos del chaleco rebosando billetes de cien dólares pero atormentado por las deudas.

No obstante esa forma de vivir calificada por sus contemporáneos como “inmadura y adolescente”, Fitzgerald buscó en la literatura la perfección de cada frase escrita, hasta alcanzar la depuración de su prosa poética. Reseñó los tormentos ocultos tras la vida en apariencia fácil de la clase privilegiada: inmadurez, frustración y desequilibrio mental. A la vez, hizo el retrato fiel de su época: el desencanto de la posguerra entre suaves compases de jazz.

En distintas revistas publicó 164 cuentos, la mayoría largos, de entre 25 y 45 páginas, y por cada relato llegó a cobrar hasta cuatro mil dólares. Ese trabajo era para él una forma de corromperse, puesto que deliberadamente pensaba en el gusto de los lectores. Y a pesar del desprecio que él mismo sentía por tales manuscritos, sus historias tuvieron éxito de público y de crítica, y en cierta forma eran ensayos de escenas que después aprovecharía en las novelas.

Algunas antologías de sus relatos son Seis cuentos de la era del jazz, Las historias de Pat Hobby, Los relatos de Basil y Josephine, Flappers y filósofos y El precio era alto.

Atormentado por las deudas y deprimido por la esquizofrenia de su esposa, Fitzgerald intentó suicidarse en dos ocasiones. Los sentimientos que lo inundaban en aquella época de derrumbe emocional quedaron plasmados en tres ensayos que publicó con el título The crack-up.

En los últimos tres años de su vida escribió guiones para las grandes productoras de Hollywood, en la forma acostumbrada, es decir, de manera casi anónima, con la intervención de varios guionistas para cada película. Así fue como sólo unas líneas suyas quedaron en el guión de Lo que el viento se llevó, por ejemplo. Y este tipo de actividad, más que dinero, le produjo frustración.

En Hollywood se enamoró de la columnista de sociales Sheila Graham, con quien trató de enderezar su economía, y dejó el alcohol y trabajó en El último magnate. Pero minado por la tuberculosis, murió de un ataque al corazón en diciembre de 1940.

“Diamante Dick y el primer derecho de la mujer” es uno de sus primeros cuentos, publicado en 1924, donde ya aparecen sus temas recurrentes: un joven de vuelta de la guerra, desencantado y ebrio, y la chica más popular de su círculo, con cierto antecedente de desequilibrio nervioso que, para alcanzar sus deseos, se inventa una doble personalidad, fuerte, dura y a la vez encantadora.

 

 

 

Patricia Zama