Presentación a Mariana

 

 
 
 
 
 

“¿Qué es la pureza? En nuestra época ¿se puede hablar de pureza?”, le preguntó a Inés Arredondo Margarita García Flores, en una entrevista que le hizo en 1965, cuando apareció La señal (Ediciones Era), y la escritora, pensando expresamente (según dijo) en Mariana —el cuento que ha elegido para esta serie de Material de Lectura— contestó: “¡Ay!... Algo que es quizá un pecado terrible, pero más hermoso que la belleza, o una fuerza que puede, llevada a unos términos heroicos, redimir. En mis cuentos nadie llega a esos términos. Déjame pensar algo más coherente... es aquello que únicamente puede arder. ¿En nuestra época? Ha tomado claramente su fase demoníaca y prohíja, por ejemplo, la incomunicación, con todo lo que eso arrastra, la mitificación de personajes ambiguos pero intocables, ángeles caídos, como James Dean, la falta de relaciones amorosas verdaderas (hablo por lo menos de la literatura), etcétera, etcétera. Esa sensación de aislamiento, de no poder, querer o deber ser tocado realmente, aunque se viva por las carreteras o en los prostíbulos, puede ser también pureza, que al no arder, se corrompe a sí misma”. “Encarnizándose —ella lo dice también, precisamente en una línea de Mariana— impúdicamente en las historias ajenas”, se da a relatar con angustia total la perdición de la Pareja, que pudo habitar” algo muy parecido al ParaísoTerrenal”, pero que en cambio encontró ese momento eterno que es la locura y vio a la muerte a los ojos. En este relato intensísimo analiza Inés Arredondo la pasión destructiva, la “necesidad inacabable de posesión” que puede, paradójicamente, buscar al amado en el cuerpo de otros por (precisamente) ¡fidelidad! En la carne encontraba Fernando, en la carne de Mariana, descanso y ternura —son sus palabras—, con la alegría, la fuerza, la salud del animal. Sólo él la tocó realmente, y ser tocada de esa manera inútilmente lo buscó ella luego que a él lo encerraron en el manicomio, por los incontables tipos a que se entregó siempre de paso, hasta que dio con el viajero Anselmo Pineda, en verdad simple víctima instrumental, deus ex maquina de quien obtuvo su muerte, la que no pudo darle Fernando en el estero de Dautillos.

En 1967, Juan Guerrero filmó Mariana, a partir de un guión que hizo su autora con Juan García Ponce. Guerrero quiso rodar la película in situ, es decir en Culiacán, en las playas de Altata en el Pacífico, y en las huertas umbrías de Eldorado, donde se crió Inés, pues su abuelo Francisco Arredondo era gerente del ingenio. A Fernando lo hizo, como una plasta, el actor Julio Alemán, y a Mariana tampoco pudo darla muy bien Pixie Hopkin; pero a los personajes adolescentes los encarnaron gloriosamente muchachos culiches: Cecilia Imaz y Alberto Coppel.

Algo alcanzó a captar Guerrero, hoy dolorosamente muerto, del misterio, del ambiente que atrapa Inés Arredondo en su literatura: “el secreto que hace absoluta la historia de Mariana”, como dice la voz de la narradora del cuento, la confidente Concha Zazueta.

El lector asiste aterrado a la lenta maduración de la desesperada soledad de Fernando, desesperación que los demás llamarán locura y que en verdad —porque la pareja literaria mima en parte una historia real— fue una tragedia, la del inocente que expió por Mariana ese “pecado más hermoso que la belleza”, esa pureza absoluta que “únicamente puede arder”, dar testimonio de la incomunicación, y que si no ardiera se corrompería a sí misma. Mariana es un trasunto —ya nos lo dijo Inés Arredondo— del ángel caído, del pecado de exceso. El dolor de Fernando no puede redimir a Mariana. Ésta es la historia absoluta que la escritora nos cuenta en su búsqueda del sentido de los hechos:“El tiempo lento y frenético de Mariana era hacia adentro, en profundidad, no transcurría.” Mariana fue elegida, señalada, la escritora la ve, no la juzga: la inventa.

Cuando Fernando logró casarse con Mariana después de robársela, superada esa estúpida separación de los adolescentes conseguida con internados, viajes, castigos y bofetadas de los padres; cuando Fernando supo que Mariana ya había sido consagrada para él religiosa, socialmente, pues el rapto —esa ya mítica y misteriosa ritualización de la caída que se realiza tanto en el noroeste de México— quedaba aceptado, condonado, también se dio cuenta de que Mariana nunca sería suya de verdad: “Sus ojos seguían abiertos mirando el altar. Solamente yo vi esa mirada fija absorber un misterio que nadie podría poner en palabras. Todavía cuando se volvió hacia mí los tenía llenos de vacío”. Furor, necesidad siempre insaciable de poseerla sintió Fernando, y no miedo o respeto, como dice que debió sentir cuando, tarde ya, lo comprende.

Durante años la carne de Mariana fue suficiente para apaciguar “la pasión espiritual”, ya que, por misericordia, se concedieron a la pareja “muchos años de felicidad ardiente y honorable” que fructificó en cuatro hijos. Para aún les aguardaba la piedra de tropiezo, otro momento de gran belleza, de revelación a la orilla del mar. Fernando volvió a ver esa mirada sin fondo de Mariana, en los médanos, sus ojos ya vacíos de él negándose a reflejarlo, a darle existencia. Ella, inocente ¿o impúdicamente?, le mostró sus ojos. Y los celos de aquella alma que no era para él, que se alimentaba, como aquel día en el altar de la boda, de absoluto, aquí de sol sin peso, de arenales desiertos, del sonar del mar, de “belleza desnuda e inhóspita”, es decir, de lo que a ella “le era necesario”, los celos de un alma que no tenía nada que ver con él, lo empujaron al crimen, aunque sólo hasta más tarde lo consumiría por mediación del
amante pasajero.

Quiere apoderarse Fernando, en el último momento de la vida de Mariana, de su alma en su mirada; quiere hacer que no tenga más remedio que mirarlo “como a su muerte”, pero quien se perdió fue él en el abismo, en el vacío de la que ya lo ha visto todo. Fernando lobotomizado, puta Mariana obligada a una pasión ahora sin respuesta, sólo falta la catástrofe para que se complete la tragedia, en el silencio de la eternidad, “donde ya no somos, donde jamás volveré a encontrarla”.

Inés Arredondo, en La señal y en su segundo libro, Río subterráneo (Joaquín Mortiz, 1979), ha estado asomándose al sentido del amor, que en términos platónicos “se dirige hacia la belleza, no otra cosa que la manifestación apofántica del bien”; el amor supremo es sólo el de iguales, el de pares que encuentran su plenitud en el dos en uno de la coparticipación erótica. Ahora bien, el alma tiende perennemente a lo ilimitado, por más que encarne y parezca apaciguarse en la ternura del sexo, mero sucedáneo de absoluto. Inés Arredondo parece estar diciéndonos que toda forma de amor que no una los espíritus en los cuerpos, limitando las respectivas pretensiones de uno en el otro, olvidando el propio ser en el otro, está destinado, no a la unión, sino al fracaso. No en balde, al inicio del cuento, Mariana niña asiste a una clase de historia de Grecia, en donde, mientras la maestra habla de lo perecedero de la grandeza y de la perfección ateniense, “la única aristocracia verdadera” para la narradora, dibuja ella una casa con techo de dos aguas, árboles como nubes y, en el camino, dos muñequitos: Fernando y Mariana esperándolo. Pero parece ser que Mariana se cansó de esperar a Fernando, al fin y al cabo no precisamente de “los escogidos”, a no ser como verdugo.

Huberto Batis