Dormir en tierra

2

 

A bordo de El Tritón el contramaestre descargaba toda la furia de su negra cólera sobre los fatigados tripulantes, que hacían lo imposible por trabajar más de prisa.

—¡Cárguenle calor, güevones! —gritaba, ronco, torvo—. ¡A l’hora del rancho sí que son buenos ... ! ¿Pero qué tal pa trabajar, jijos de un chingao...? ¡Cárguenle!

Se hubiera podido trabajar a un ritmo menos febril, pero el capitán había decidido que zarparan hoy mismo para atracar al día siguiente en Veracruz. Ésa era la causa de la cólera del contramaestre, y como las gallinas de arriba siempre cagan a las de abajo, pensaba, no, había más remedio que fastidiar a los “boludos” aquellos. También él había sido boludo, esto es, marinero raso, en tiempos de don Porfirio, y la cosa no era mejor entonces en la Armada, sino todo lo contrario, bajo la salvaje disciplina que reinaba en cada barco. Aquello no era ninguna broma; no era ninguna baba de perico.

Pero éstos qué iban a saber de aquellos sufrimientos, ni tantito así, comparados con las blanduras de hoy, donde hasta un simple grumete puede levantarle acta a todo un oficial si éste le pega. Antes uno se aguantaba y si llovían los golpes era de ley mantenerse firmes, con la mano en posición de saludo, hasta no caer hecho un guiñapo. Por no hablar del pañol de cadenas, donde lo encerraban a uno con cualquier pretexto o sin pretexto. Una fiesta de los cien mil carajos, durante noches y días enteros, dentro de un pedazo de medio metro. Lo rodeaba a uno el montón de eslabones, como serpientes enroscadas unas con otras, sin dejarlo moverse, sin permitirle el más insignificante cambio de postura. Luego había que añadir la peste; ese olor que no se da en ninguna otra parte, que se desprende de las vegetaciones nacidas sobre las cadenas en el fondo del mar. Un olor de pescado descompuesto, de hierro podrido, que lo hacía a uno deshacerse de náuseas. Cuando sacaban al prisionero de ahí, era para que se portara en adelante muy derechito, muy comedido, con un miedo horrible, un pavor espantoso, que hasta los más machos hacía llorar, de que lo pudieran devolver a ese infierno. Bueno, descontando las veces, que no fueron pocas, en que se les olvidaba que ahí estaba un hombre dentro del pañol, en los momentos de soltar las anclas, cuando el barco se fondeaba. Desde la cubierta, por la parte de proa, veíamos subir entonces, de abajo del mar, una nube roja, que se extendía poco a poco hasta llegar a la superficie como un gran manchón. Era la sangre del cristiano. Así todos nos dábamos cuenta de que las cadenas, al salir disparadas como de rayo, habían arrastrado al que estaba metido dentro no dejándole ni madre. No; esos “boludos” de hoy no podían quejarse.

—¡Cárguenle calor, jijos de su pelona!

El contramaestre resoplaba de un lado para otro, también aturdido por la fatiga. Era un animal lleno de pelos por todas partes, en la frente, en los pómulos, un oso hirsuto cuyos ojos apenas eran visibles entre las semicanosas cejas enmarañadas. Sentía una cólera enorme, capaz de cualquier cosa, pero que distaba mucho de satisfacerse con los insultos y gritos que lanzaba. Ese capitán de todos los diablos; los viejos güinches mal engrasados del remolcador, que se atoraban en el momento más preciso; el maldito sol que parecía tener enfrente un cristal de aumento del tamaño de todo el cielo para calentar más, hasta que hirvieran los malditos sesos; la orden de zarpar este mismo día; zarpar hoy, no dormir en tierra, seguir navegando.

Hubiese querido romper algo, destrozar algún objeto, alguna materia eterna, resistente hasta la eternidad, pero que él podría convertir en polvo a puñetazos, a dentelladas; la embarcación misma. Se detuvo, jadeante, del lado de la banda de estribor y volvió la vista hacia el muelle.

Algo como una fascinación aplastante le hizo sentir que todos los músculos del cuerpo se le aflojaban con una especie de frío repulsivo, lleno, de precisión fisiológica. Ahí estaba el infeliz, ahí estaba el desgraciado. Ahí estaba, en el muelle, aquel niño inverosímil y espantoso, quieto como desde un principio, como desde hacía tres o cuatro horas, igual que una estatua, sin apartar la mirada muda que salía de sus dos grandes ojos atónitos de la figura del contramaestre, fijos sobre él como los de un pájaro disecado que lo persiguiera completamente sin expresión. Estaban separados apenas por unos tres metros de distancia, el viejo oso colérico en la cubierta del remolcador y el niño allá abajo, sobrenatural como un ángel castigado.

—¡Lárgate de una vez al carajo! —gritó con un odio extraño el contramaestre—. ¡Ya te dije que a bordo no hay lugar para nadie más. Este barco no es asilo. ¡Cabrón escuincle tan necio! ¡Lárgate te digo!

A pesar suyo el contramaestre temblaba. Eso, eso y no otra cosa era el origen de la rabia que sentía desde que se encontró con el chiquillo en el muelle, al venir de la Capitanía hacia el remolcador, cuatro o cinco horas antes. Ahí lo estaba esperando el niño.

—Mi mamá dice que por el amor de Dios me lleve en el barco —le había dicho el niño—. No quiere tenerme porque soy hijo de puta.

Lo dijo así, simplemente, como algo superior, fatal y divino, que no estaba obligado a comprender.

El contramaestre se había estremecido con una especie de ahogo blando, y ahora se daba cuenta de que ahí fue donde comenzó a nacer en él esa cólera, esa rabia, ese odio que sentía hacia su piedad, la cólera de que algo le hiciera sentir dolor por otro, por un semejante, por otro perro podrido como él. El niño era hijo de eso, pero había dicho las inocentes y malditas palabras separándolas de su madre; su madre era una cosa y él era hijo de otra muy distinta.

Una ira desgarradora cegaba al contramaestre. El niño permanecía inmóvil, ahí estaba en el muelle desde hacía muchos años, desde antes de nacer, desde antes de ser un hijo de puta.

—¿No entiendes? ¿Qué ganas con estar ahí parado, terco como una mula? ¿Estás sordo? ¡Orita verás si no entiendes!

En esos momentos el contramaestre había visto salir de la cocina al galopín, quien llevaba en una mano el balde de los desperdicios, lleno de agua gris, de escamas, de tripas, de sangre sonrosada, que debía arrojar por la borda.

—¡Daca!— ordenó al tiempo que le arrebataba el balde.

Con el balde en las manos hizo un extravagante movimiento de vaivén hacia atrás, que se antojaba lentísimo, escultórico, como el del atleta, que dispara el disco, y luego un rápido contramovimiento en un corto espacio hacia adelante, que detuvo de pronto, y entonces los desperdicios se proyectaron en el aire cayendo sobre el cuerpo del chiquillo.

“¡Quihubo! ¿No que no?”, iba a exclamar con aire de triunfo, pero desde lo alto del puente la voz del capitán lo hizo girar de golpe como si alguien hubiese tirado de una palanca invisible. Por encima de la cubierta inclinada del balde vacío de los desperdicios rodó, al modo que el cuerpo vivo que tuviera impulso propio, hasta detenerse a los pies del galopín como por efecto de una cierta estupefacción súbita.

—¡Venga usted!— ordenó el capitán al contramaestre quién se apresuró a trepar la escalerilla. Entraron en la cámara de radiotelegrafía.

El capitán llevaba la gorra caída hacia atrás y hacia la oreja, sonriente, semialcoholizado, conforme a su costumbre. Era prieto, la cara mofletuda, indígena y de expresión feliz. El total estrabismo de ojo, condenado en definitiva en mantenerse en un rincón de su cuenca, tirando hacia la sien, cosa que en otras personas da a sus fisonomías un aire de asustada severidad, en él por el contrario, expresaba una malicia cínica y juguetona, cierto sarcasmo alegre.

Hasta ese momento el contramaestre no se dio cuenta de que el capitán tenía —lo habría tenido desde antes de que entraran en la cámara— un papel en la mano. El capitán se lo tendió.

El radiotelegrafista, con sus dos negras ventosas auditivas que le succionaban las orejas, atento a las sagradas voces interiores que le venían del más allá, los miraba con una mirada distante, pura, de faquir, una mirada sin ojos.

—Mire— el capitán sonreía con su parte estrábica—: es el “meteorológico” de hace unos minutos —explicó respecto al papel—, de apenas unos minutos antes de que usted bañara en mierda al muchacho— era la forma efusiva, mañosa de reprenderlo.

El contramaestre juntó los talones y se llevó la mano a la gorra, sin tomar el boletín meteorológico que se le ofrecía.

—A su disposición, mi capitán; me doy por arrestado— repuso. Era en verdad un oso de circo, con la mano en alto, torpe y aturdido.

El capitán insistió aproximándole el boletín al rostro con leve intención provocadora, mientras el ojo se burlaba.

—¡Léalo! Veracruz reporta viento moderado del norte. Tendremos una navegación cómoda. ¿Estará listo para que zarpemos a las seis de la tarde?

Después de tomar el boletín, el contramaestre lo había mirado concentradamente por unos segundos, sin leerlo, y ahora clavaba la vista en el capitán en la actitud de quien acepta un reto.

—Mucho mejor —dijo—. La maniobra terminará a las cinco en punto.

—De no cumplir su promesa, entonces sí habrá arresto, y de ese modo pagará usted por lo del chamaco también.

La mirada diagonal del ojo torcido irradiaba ahora una especie de inocencia triste. Tal vez este hombre habría tenido un hijo así, como el muchacho del muelle.

Abajo se escuchó el silbato del cabo de turno que llamaba para la comida del mediodía.

—Si quiere comer en tierra, contramaestre —propuso el capitán—, ahí lo alcanzo en el Gato Negro y nos echamos un dominó. Puede retirarse.

El oso peludo dio las gracias. Después descendió las escalerillas del puente. En cubierta, al girar hacia el punto de la banda donde los marineros ya tendían una pasarela de madera encima del muelle, se detuvo con un asombro amargo.

Era imposible creerlo, pero el espantoso niño permanecía en el mismo lugar, un niño de madera, un niño preorgánico no perteneciente al reino.

Atrás, a unos cuantos pasos, ahora también se encontraba La Chunca, el rostro inclinado sobre el pecho, la mirada tonta y sin luz hundida en el suelo con la obstinación homicida de un cuchillo terrible, la hoja de pedernal con la que los antiguos mexicanos arrancaban a sus hijos el corazón.

El contramaestre dudó unos instantes. Hubiera querido no cruzar junto a ese niño de pesadilla, junto a esa mujer. La blusa de manta del chiquillo estaba llena de porquería, manchas amarillentas y despojos orgánicos, como si alguien hubiese vomitado sobre él. No se había limpiado siquiera; no se había movido.

El contramaestre procuraba dominarse, ocultar una rara turbación que lo sacudía por dentro. ¿Esa mujer, esa dolorosa bestia idiotizada, sería madre del niño?

Precisamente fue la mujer quien le salió al paso con una escalofriante humildad, sin levantar los ojos. Sabía, dijo La Chunca, que el barco zarpaba para Veracruz. En la mano extendida la mujer mostraba unas monedas de cobre y dos o tres arrugados billetes de a peso.

—¡Llévese al muchacho en el barco, mi jefe! En Veracruz lo deja con una amiga mía que allá vive. El muchacho lleva la dirección. ¿Qué tanto perjuicio puede causarle hacerme esta caridá? Le doy estos poquitos centavos, aparte si tiene gusto en pasarla conmigo sin que nada le cueste.

Hablaba con una entonación dulce, susurrante y tibia, llena de amor. Su ofrecimiento de “pasarla” con aquel hombre, de entregársele, era casto, sin mácula. Lo que ella no quería era tener ese hijo infortunado, que ese hijo fuese suyo; lo que anhelaba era despojarse de él como en una especie de aborto tardío, después de siete años.

Sentía el contramaestre que una piedad atroz se le untaba en le garganta, nauseabunda y dolorosa, haciéndole nacer otra vez en el alma esta ira insensata que lo movía a golpear, a destrozar el rostro de aquella hembra envilecida y sucia.

—¡Hazte a un lado! —exclamó apartándola de un empellón—. Por causa de tu mugroso escuincle por nada y me plantan un arresto. ¡Ya estuvo! !A volar!

Lo dijo con un aire seguro, firme y autoritario, para enseguida encaminarse hacia El Gato Negro.

La Chunca y su hijo Eulalio no se volvieron para mirarlo alejarse. Ya para qué; la cosa no tenía remedio. Sus ojos estaban puestos nuevamente sobre la turbia masa del remolcador.

De pronto, por primera vez en su vida La Chunca escuchó que su hijo sollozaba. Una negra ola de soledad le abrasó el corazón con su lumbre inmisericorde. —¡No llore, papacito santo…! —balbuceó junto al niño a modo de consuelo.

Papacito santo. Sin darse cuenta la Chunca se valía, para con su hijo, de la misma expresión de cariño mercenario con que trataba a los clientes, allá en su palomar.

Desde la terraza de madera de El Gato Negro, el contramaestre, sentado en una mesa en espera del capitán, miró en dirección del muelle. Ya no estaba ahí ni la mujer ni el niño. Un hondo suspiro lo hizo descansar con satisfecha y tranquila plenitud.