Dormir en tierra

3

 

Esbeltas y marineras, La Gaviota y La Azucena, embarcaciones de pescadores, seguían la misma derrota de El Tritón, a corta distancia, después de que éste hubo traspuesto la desembocadura del Coatzacoalcos.

La cinta del río, de un color tan diferente a las aguas del mar, formaba un largo camino sobre el Golfo, hundiéndose en su seno cual una espada luminosa que hubiese desgarrado, con una herida de ámbar, aquella profunda piel sombría.

El contramaestre había cumplido su ofrecimiento de terminar anticipadamente la maniobra y en estos instantes, un poco más de hora y media después de haber zarpado de Minatitlán a las cinco en punto, El Tritón navegaba en pleno mar abierto.

El segundo”meteorológico” —que recibiera el radiotelegrafista en los momentos mismos de zarpar— anunciaba que el viento había arreciado allá, en Veracruz, a esa hora precisa a las cinco.

“Tardaremos todavía en encontrarnos con él”, pensó el contramaestre. Con él. Cobraba corporeidad, como si se tratase de un ser humano, alguien que vendría, una persona esperada, conocida, que llegará a la casa.

—¿Dónde estás ahora? —masculló—. ¿Dónde estás, viejo perro, viento maldito?

Antes de que llegara, apenas al presentirlo, le inspiraba un miedo embriagante, un miedo con sopor, un abandono, esa aterrorizada laxitud que provoca el vaho del coyote sobre sus víctimas para que ya no ofrezcan resistencia. Quería verlo, sin embargo. Encontrarse con él, pelear en su contra a brazo partido, igual que con un toro, retarlo, incitarlo, ver su impotente rabia enloquecida de otro furioso, derribarlo y oír sus bramidos de bestia sangrante y el retumbar de su cuerpo rodando hacia el abismo, en la negrura del hemisferio, al otro lado de mar. El segundo boletín no dejaba dudas: Viento fuerte del norte, con rachas huracanadas.

Vendría. Se encontrarían.

El contramaestre se aproximó a la bitácora para apreciar el rumbo. Trescientos ochenta grados. Esto quería decir que iban enfilados hacia el nor-noroeste. Después debían tomar norte franco.

Miró al mar con una expresión seria, grave, interrogándolo en silencio como si aguardara una respuesta honrada, veraz, que no podía negársele a él de ningún modo. Las gruesas olas se desplazaban en masas profundas, empujadas desde abajo por los hombros de un gigante ciego, algún dios condenado a castigo para siempre.

“Dime algo, mar”, pidió de pronto extrañamente, en silencio, con un raro sosiego y una tensa unción, que resultaban sorprendentes y conmovedoras en un oso peludo como él, en un oso que casi podía llorar.

—Otra vez el infierno —dijo en seguida en voz muy queda y misteriosa. Estaba solo en el puente y hablaba con el mar. La tierra había desaparecido. La tierra—. Dime cualquier cosa, lo que se te antoje —volvió a pedir, la vista clavada en las olas, en esos torsos, en esos pedazos de cíclope que inútilmente querían recobrar otra vez su forma completa, enlazados, desesperados. Debía sufrir; el mar también debía sufrir, grande y esclavo, sin reposo, insomne desde el principio de los siglos. Debía sufrir de eternidad—. Acuérdate. Ella salió de noche. Acuérdate, mar. Dime algo. En esa ocasión quiso dormir en tierra. Dormimos. Después salió. Dime, mar.

Se entregaba a este recuerdo con una ferocidad suicida, libre, sin trabas, una ciega ferocidad de toxicómano vencido. Era una siniestra perturbación de su alma, un fascinante morbo que iba y venía en el tiempo para aparecer cuando menos lo esperaba, sin evocarlo, igual que un planeta del martirio que repitiese su órbita de vez en vez.

Ella había insistido en dormir en tierra, cuando menos esa noche de aniversario, después de tres años de vivir con él a bordo del balandro. El balandro era su casa, una patria única, una posesión inalienable.

Fue por los tiempos en que él estuvo fuera de la Armada, cuando lo dieron de baja por haber participado en la sedición de una fragata que había secundado a ciertos locos generales de tierra adentro, sublevados contra el régimen. Se hizo patrón del balandro, entonces, y así vivió.

Se habían mirado larga y osadamente en el muelle, sin decirse una palabra y luego ella subió a bordo para quedarse ahí en el barco a vivir. Casi no iba vestida, descalza, la ropa en jirones, bella y escalofriante como una tempestad. El caso es que durante esos tres años nunca habían dormido juntos en tierra.

Era hermosa como un relámpago y amaba como si matara, como una criminal que ya no tiene nada en el mundo sino ese amor, suyo hasta el exterminio y la ceniza.

Quería que durmieran en tierra esa única vez. Había en ella algo maduro y terrible, una profundidad hermética, de bestia melancólica, rodeada de silencios. Durante las largas travesías lo acompañaba junto a la caña del timón, echada boca abajo sobre la cubierta, con los ojos inyectados y abiertos y los labios pegados contra el piso, como si lo besara o lamiera, igual que un perro enyerbado.

Salió de noche. Al día siguiente el balandro ya no estaba en el puerto. El timonel había olvidado su gorra junto a la bita donde atracaban. Era un muchacho bello y sombrío, que tenía una bárbara mirada negra, de pedernal.

El contramaestre entrecerró los párpados temblorosos. Ella estaba hecha para amar con esa inclemencia homicida de náufrago, con esa lumbre sin límites, con esa voracidad invasora. Estaba hecha para amar como nunca lo había amado a él.

Fue entonces cuando comprendió lo que significaba ese perro enyerbado con los labios abiertos contra el suelo y la mirada fija como un hachazo, esa mujer que permanecía horas enteras sin moverse, avasallada al pie de la caña del timón junto al hermoso mancebo sombrío.

“Dime algo mar…, cualquier cosa, lo que sea, aunque no venga a cuento…” La había sentido deslizarse fuera de la cama con un aire predeterminado, alucinante, de helada hipnosis. Luego la miró salir del cuarto, cerrar la puerta a sus espaldas, perderse, en fin. Iba con los pies desnudos, desnuda toda bajo el solo corpiño de gasa. Esperó a que sus pasos se alejaran. Si no se hubiera ido la habría estrangulado al amanecer, antes de que volvieran al balandro, pasada esa noche en que dormían juntos en tierra por vez primera. El cuarto de la posada estaba vacío y a cada instante con menos paredes, sin paredes ya, sin aliento, un cuarto como el mar, solitario como el mar. Miró largamente por la ventana, inmóvil hasta deshumanizarse, hasta que se hubo desangrado por completo. La blanca figura de gasa caminaba por el muro del rompeolas en dirección al muelle. La sombra recia del timonel se desprendió del balandro, donde la aguardaba, para salir a su encuentro. Los vio unirse y zarpar.

Era cosa de salir de este recuerdo venenoso. Hacía esfuerzos por evadirse de aquel cuarto sin paredes, en la posada del puerto, desde donde los vio embarcar. Pero ese cuarto era lo mismo que el puente del remolcador donde ahora se encontraba, ceñido por las aguas, abandonado, solo, con la mirada fija sobre los dos jóvenes amantes que iban a entregarse en alta mar.

El balandro no volvió a aparecer ni nunca se tuvieron noticias de su destino. Quizá mar adentro ellos mismos habrían hundido la nave, para no volver jamás después de haberse amado. Ella se lo habría propuesto al timonel en alguno de esos pardos crepúsculos en que se quedaba con los labios abiertos contra el suelo, muerta de amor. Ella misma se lo habría pedido. “Tú debes saberlo, mar…”

Sintió de súbito que el barco cabeceaba muy hondo. Esto debía haber comenzado algunos minutos antes de que él se hubiera dado cuenta. Escuchaba el zumbar angustioso de la propela que giraba fuera del agua mientras la proa se hundía. Luego el movimiento inverso silenciaba este zumbar, la proa en alto y la cubierta barrida por las gruesas olas.

Al abrir los párpados pudo darse cuenta, como entre sueños, que La Gaviota y La Azucena viraban al sur, enfilando hacia tierra, en la derrota opuesta a El Tritón, como si huyeran. “Algo han de haber venteado estos pescadores —se dijo—; saben más que uno, pertenecen más al mar…” No obstante, este cabeceo de El Tritón pudiera significar tan sólo que ya habían tomado norte franco y que el mar los golpeaba de frente. Pudiera ser. Miró la bitácora para cerciorarse. Trescientos sesenta grados, en efecto; con todo, no acertaba a sentirse tranquilo. El aire se veía ceniciento y rebotado como el agua sucia, un aire que comenzaba a perder la luz, ciego y con harapos, igual que un viejo mendigo implorante, a punto de romper en largos sollozos, después en alaridos.

El contramaestre se encaminó a la cámara del radiotelegrafista. Abrió la puerta.

—¿Qué dice Veracruz…?

El operador se volvió hacia él con ese rostro siempre cansado e irreal de las personas que no hablan sino consigo mismas, que sólo dialogan por dentro, como los buzos. Se quitó los audífonos con una sonrisa triste. Iba a decir algo pero se puso en pie, súbitamente alerta, sorprendido.

—¡Mire! —señalaba hacia fuera de la cámara, con el mentón. El contramaestre giró de soslayo.

Eran unas nubes bajas, trozos desgarrados de nube que corrían, que pasaban huyendo con siniestra rapidez, como un hato de ovejas perseguido por los lobos.

Los dos hombres se leían los pensamientos uno al otro con una precisión enfermiza. La cita era para después, para dos horas más tarde, según los cálculos, de acuerdo con la velocidad que llevaba el viento al pasar por Veracruz a las cinco. Pero ahí estaba ya; ahí estaban los aullidos sin garganta del ciclón.

El radiotelegrafista se inclinó con suavidad hacia el aparato. Su voz se hizo de pronto monótona, profesional.

—Veracruz. Veracruz. Veracruz. ¡Cambio!

Respondieron, de quién sabe qué rincón del cosmos, unos gritos inhumanos, gargantas degolladas, el taladro eléctrico de un dentista, perros con hidrofobia, roncos, alguien que raspaba un vidrio con arena. El operador empujó la palanca. Silencio.

—Hay mucha estática. No me oyen —dijo con aire tranquilo. Se secó sobre las piernas las manos que chorreaban sudor.

—¿Tienes miedo? —preguntó el contramaestre sin saber por qué hacía esta pregunta. Acaso por las manos empapadas en sudor. El telegrafista sonrió.

—Sí —repuso con la misma tranquilidad.

Volvió a inclinarse sobre el aparato:

—¡Veracruz! ¡Veracruz! ¡Veracruz!

Se acordó de Genaro, su amigo, el radiotelegrafista de Veracruz. Debía estar de servicio a estas horas.

—¡Veracruz! ¡Veracruz! ¿Genaro? ¿Genaro? Veracruz. Veracruz, conteste Veracruz. ¿Me oyes, Genaro? Llamando a Veracruz. Conteste. ¡Cambio!

Otra vez un cacareo de gallinas encolerizadas, el ruido de alguna trepanación, silbidos. Los dos hombres esperaban tensos, sin parpadear, a que aquello terminará algún día. El barco ahora daba bruscos bandazos.

—¿Morales? ¿Morales? —el aparato había respondido por fin. Los dos hombres se cambiaron una mirada rápida, sin comentar—. ¡Aquí, Veracruz! ¡Habla Genaro!

De pronto la voz del aparato pareció sorprenderse bajo el efecto de una duda inconcebible.

—¿De dónde me estás hablando, Morales? ¡Cambio!

Exigía una respuesta perentoria con ese tono aprensivo, casi maternal. El telegrafista Morales imaginó a Genaro en la oficina de Veracruz, inclinando sobre los aparatos, la expresión llena de asombro. Obedeció al requerimiento de Genaro y empujó la palanquita de cambio para que lo escucharan allá, a quién sabe cuántas millas de distancia.

—¡Aquí!, El Tritón! Habló desde El Tritón, Genaro. Está aquí el contramaestre Galindo, que te saluda… —en seguida quiso bromear—: —¿Qué tal se nos irá a poner con esta brisita que se ha soltado…? ¡Cambio!

Veracruz repuso con una maldición: —¡Den máquina atrás! —gritó— ¡Puede que todavía tengan tiempo! El ciclón no tarda en alcanzarlos —aquí la voz se hizo afectuosa, a pesar de las circunstancias—. ¡Muy buenas, contramaestre Galindo!

El contramaestre clavó una intensa mirada cariñosa, fraternal, sobre Morales.

—Sigue reportándonos —dijo con súbito afecto—. Voy con el capitán.

Al salir, la puerta de la cámara se cerró con gran estrépito por la fuerza del viento. Apenas se podía caminar sobre cubierta. El barco bailaba. Las altas paredes del mar subían, ora a babor, ora a estribor, para hundirse en seguida y volver a subir, vertiginosas.

Con grandes trabajos el contramaestre llegó hasta el capitán, que maniobraba con la caña del timón. Lo recibió a gritos, como un condenado.

—¡Vamos a intentar la ciaboga! ¡Póngase su chaleco salvavidas! ¡Se lo ordeno! ¡Y ahora lárguese pa que regrese en seguida!

La ciaboga, es decir, una máquina avante y otra atrás, que los haría girar sobre su propio eje ciento ochenta grados. Una maniobra audaz, que significaba ganar un tiempo precioso.

Era lo único que podía salvarlos. El ciclón casi los alcanzaba ya. La atmósfera se había vuelto líquida, empañada y golpeaba en derredor móvil y ondulante, con la agilidad cruel de un látigo. Un viraje simple se llevaría mucho tiempo; en cambio la ciaboga era rápida.

Bajó de un salto a su camarote y entró como una racha. Lo dominaba una excitación animal, mezcla de miedo y alegría, ante la lucha venidera. Algo de odio —un deseo rabioso de matar al adversario, de tenerlo en un puño y apretar hasta que se ahogase—. El camarote estaba en tinieblas, negro, sin límites. Tiró del interruptor de la luz. Nada. Alguna avería en las instalaciones, se dijo. Bien; esto podía implicar muchas cosas —graves todas ella— pero ya no quiso detenerse a juzgarlas. Lo más idiota de todo era que se le hubiese olvidado en donde demonios podía estar el chaleco salvavidas. Echó mano de la linterna que llevaba en el bolsillo trasero del pantalón y en seguida arrojó sobre la pared del camarote un círculo de luz que fue a detenerse encima de la percha vacía. El círculo giraba en todas direcciones, como el ojo de un Polifemo impaciente. Se detuvo sobre la litera y en seguida avanzó como para precisar mejor aquello que miraba y que hacía temblar su luz con leves vibraciones de espanto. Era un extraño animal, un bulto encogido sobre sí mismo, una especie de mico aterrorizado, con dos ojos redondos y salvajes que no se movían, que no acertaban siquiera a parpadear.

—¡No me haga nada, señor! —suplicó de pronto el mico replegándose todavía más en la litera—. ¡Me metí a escondidas! ¡Déjeme ir a Veracruz, no me vaya a echar al mar!

Era al hijo de La Chunca. El contramaestre no podía articular una sola palabra. Sintió que sobre sus peludas mejillas resbalaban unas lágrimas gruesas. Tenía una necesidad atroz de arrodillarse.

—¿Y de dónde diantres sacas que quiero echarte al mar? —acertó a decir por fin, con una patética entonación de payaso a causa de que al mismo tiempo sollozaba.

Se aproximó al muchacho para sentarse junto a él en la litera, con la actitud más tranquilizadora que pudo adoptar.

—Mira. Te llevaré a Veracruz, no faltaba más, ya que te colaste a bordo. ¡Yo no quería embarcarte pero ya estás aquí, qué diablos!

El niño rebuscó entre sus ropas y luego tendió un papel al contramaestre.

—En Veracruz tengo gente que me tenga. Mire.

Pasaban los minutos. Pronto tendría encima al ciclón. El contramaestre desdobló el papelito las tres veces que era necesario para extenderlo por completo. Era un papelito santo, un papel sagrado. Lo examinó a la luz de la lámpara:

Señora Felipa Martínez. Puerto de Veracruz, Ver. Cuida mucho a mi hijo. Felipa.

Esto era todo.

—¡Malhaya tu madre! —estalló el contramaestre—. ¿A qué casa, a qué dirección, con qué gente vas a llegar? ¡Se necesita ser animales, indios cerreros, bestias!

El muchacho volvió a replegarse contra el rincón, poseído de un miedo horrible. Temblaba castañeteando los dientes, encogiendo el cuerpo con toda su alma a fin de librarse de aquel hombre inclemente, lleno de odio, que volvía a maldecir a su madre, que volvía a insultarla como todos los demás. Bajo el cuerpo del niño, al replegarse hacia el rincón, quedó al descubierto el chaleco salvavidas que había venido a buscar el contramaestre.

Los alaridos del viento llegaban hasta el camarote, ululantes, desatados, atormentadores como en una visión de fiebre. Un golpe de mar hizo caer al hombretón sobre el chiquillo. Pensó entonces el contramaestre que todo aquello era haber perdido mucho tiempo, ahí dentro del camarote.

Tomó el chaleco salvavidas y violentamente, con brusca energía, zarandeando al niño sin consideración, lo hizo introducir los brazos y luego ató en torno de su cuerpo aquella vestidura. El niño parecía haber enloquecido, pateaba, mordía, arañaba con una desesperación delirante. Con el muchachito en brazos el contramaestre salió a cubierta.

El barco comenzaba a escorar. Aquello no tenía remedio y entonces el contramaestre se aproximó a la borda con el niño a cuestas. Éste le clavaba los dientes en una oreja, sin desprenderse de ella, rabioso, feroz, atado a la vida con una fuerza milenaria. Se la arrancaría, claro está. Con un fuerte impulso el hombre tiró del niño y lo arrojó al mar. Acaso se salvara. El desgarrón de la oreja fue como el ruido de un árbol gigantesco al caer derribado, unos círculos concéntricos de dolor, que se abrían, que se extendían como luces fosforescentes dentro de la negra noche del cráneo.

El Tritón dejó de responder durante un lapso muy prolongado a los requerimientos de la estación radiotelegráfica de Veracruz. Después se escuchó la voz del telegrafista Morales. —¿Genaro? Perdona. No te contesté porque trataba de abrir la puerta. El viento no me deja. Estoy herméticamente encerrado en la cámara de radiotelegrafía, sin poder salir. Parece que en estos momentos comenzamos a hundirnos. Despídeme de mi mujer. Saludos a todos los muchachos.

Al amanecer y en compañía de un grupo de infantes de marina, Genaro recorría las playas de Antón Lizardo en espera de que pudiese aparecer alguno de los náufragos de El Tritón. No apareció nadie, no encontraron a nadie, aunque El Tritón se había hundido a esas alturas y apenas a escasas tres millas de la costa. Por cuanto al niño que habían descubierto en la playa, su presencia era inexplicable porque nadie había reportado que fuese a bordo de El Tritón; era, en cierto modo, un niño inexistente, del cual resultaba imposible informar a las autoridades superiores que había sido el único ser humano que se salvara de la catástrofe. Sin embargo, en el chaleco salvavidas del niño se veían impresas con toda claridad las letras de El Tritón.

Genaro tomó en brazos a la criatura, interrogándola con suavidad, con afecto.

—¡Me tiró al mar! —exclamó el niño con odio—. El hombre me tiró al mar. No quería que yo fuera en el barco. Era un hombre lleno de pelos, que me daba miedo. Quiso que me ahogara en el mar…

Genaro estrechó al niño contra su pecho. “Un hombre peludo y que daba miedo”, pensó. “Era él, era él. Era el contramaestre Galindo, el mejor hombre que he conocido en la tierra.”