width= Juan Tovar



Selección y nota
introductoria de
Humberto Guzmán



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Nota introductoria

 

Conocí a Juan Tovar al filo de 1967 al asistir a su taller de análisis de cuento que impartía en el Politécnico. Allí no sólo conocí a uno de los escritores jóvenes mejor dotados de la década de los sesenta, sino también a un profundo conocedor de la estructura del cuento, así como de la estructura dramática.

En reciente lectura de Hombre en la oscuridad, su primer libro de cuentos, publicado en 1965, llama la atención su fresca actualidad. El realismo de los cuentos de Tovar en su primera fase, nos conduce a personajes que no controlan las diferentes situaciones en las que se debaten, pero que, como es el caso de “Una amonestación”, se rebelan a ellas produciendo una eclosión que se detiene exactamente cuando está a punto de estallar. Esta decisión formal evita que sus cuentos caigan en desenlaces esperados o melodramáticos, que le restarían credibilidad y belleza al texto.

El joven protagonista de ese cuento acude al llamado de la autoridad escolar y, al esperar frente a él, imagina tener una navaja que había visto en un aparador, con la que lo ataca. Parte muy importante de la acción, como se ve, se da en el sueño-despierto, o la ilusión, de los personajes que de este modo se complementan en el vacío que deja su frustración. El lector sabe que puede ocurrir algo tremendo que Tovar opta por no contarnos. Pero la intensidad de sólo saberlo es mayor que si la viéramos en una escena. En nuestra mente ocurre antes que en la realidad del sueño.

A Tovar no se le van de las manos los personajes. Los traza con pulso seguro y con seguridad los sigue en su movimiento propio. En un momento en el que el contorno delineado de los protagonistas y de sus historias no son la primera preocupación de algunos escritores fieles a la actualidad literaria, Tovar lo lleva a cabo con la serenidad del que sabe lo que hace.

De esta manera recorremos una galería –que parece no tener fin– de hombres, mujeres, niños, jóvenes, que tratan de conseguir algo –echar una cana al aire, quedar bien con los padres, los amigos, la moral familiar– sin conseguirlo. Éstas y muchas otras de las situaciones que trata me recuerdan el neorrealismo cinematográfico italiano de los años cincuenta, o la narración natural en muchas de las películas filmadas por los centroeuropeos en las últimas décadas, cosa que no es muy extravagante si recordamos que Tovar tiene, además de su trayectoria en la dramaturgia, una vasta experiencia como escritor de cine.

Con más de diez libros publicados, entre novela, cuento, relato y teatro, nos lleva a cuentos como “Wienerblut”, que se incluye en esta muestra y que forma parte del volumen Los misterios del reino (1966), y en donde hace gala del uso de la psicología de personajes que lo lleva a la sutileza del gesto, al movimiento leve como una insinuación, al silencio como significante, hasta los arrebatos que propicia el estallido de un callejón sin salida.

Este último es el caso en “Wienerblut”. La protagonista, antes de llegar al punto culminante, se rebela, en un acto de desesperación e impotencia, ante el mundo que, inmutable, termina por vencerla con su sola normalidad.

Cualidades como ésta le hicieron ganar a Tovar la fama de admirador y seguidor de la literatura rusa del XIX. Pero yo observo una mayor cercanía con aquel neorrealismo europeo de mitad del siglo que termina y que se dio no sólo en el cine sino también en la literatura. En “Wienerblut”, su autor matiza de otra manera, deja de lado la narración de imaginaciones, de sueños que viven los protagonistas en otros cuentos suyos; se queda entonces en una narración más cruda, más sensible al tacto, a los sentidos y, para no alejarse demasiado de sus preocupaciones en otros cuentos, nos pre-senta un final que se acerca todavía más al exceso del clímax, al final dramático que nos lleva no tanto al sueño como a la pesadilla. De ésta es el ambiente de imágenes fugaces pero terribles, la difuminación de la realidad y la terrible sensación de impotencia.

Entre los cuentos comentados antes y “La interpretación de los sueños” hay una frontera bastante marcada. No me parece que “Wienerblut” sea el anuncio de aquél. Es otra cosa; es un vuelco en la manera de tratar el género. La primera versión de “La interpretación de los sueños”, apareció en El lugar del corazón en 1974; se incluye, modificado y ampliado, en esta muestra de Juan Tovar y nos refleja la segunda etapa de su obra cuentística.

Aquí nos encontramos con que si bien es cierto que en sus trabajos anteriores en el género el sueño o el ensueño (el sueño-despierto) está presente, también es cierto que en esta faceta Tovar entrega por completo la estructura del cuento a ese orden en el que la vida y la muerte forman parte de lo mismo: el orden del sueño.

En la primera versión el protagonista, que escribe un cuento de su padre a propósito de un sueño que tuvo con él, ve cómo la realidad de su cuento se convierte en su propia realidad.

En esta última versión que conocemos ahora, Tovar emprende algo más complejo: el enigma de la realidad de lo irreal. Mientras que en “Wienerblut” se trastocan los recuerdos de la protagonista al decir que “era un recuerdo falso [...] pero persistente”, en “La interpretación de los sueños” la realidad y la irrealidad se desdoblan y se confunden para, de este modo, sostener la trama que es la del sueño, terreno irreal en el que el protagonista llega por fin a encontrar a su padre que siempre se va o siempre llega, cuando parece que en realidad está ausente. El encuentro con su padre se da, en fin, en la irrealidad (de la inexistencia: ¿la muerte?) que es la única realidad del cuento. A Juan Tovar, en suma, hay que releerlo y seguirle la pista.


 

  Humberto Guzmán


Una amonestación

 

Llamaron a la puerta que daba al patio. El padre Galicia se puso los anteojos y recogió una circular.

 —Pase —dijo luego.

Arturo Sandoval, un muchacho macilento de aspecto frágil que estudiaba segundo de secundaria, entró. El padre lo miró brevemente por encima de la circular.

—Ah, Arturo. Cierra la puerta.

Las persianas estaban corridas, y después de la claridad del exterior el despacho parecía casi a oscuras. Los ruidos del recreo llegaban lejanos, inconexos. Arturo cerró la puerta y fue a pararse frente al escritorio, cruzando los brazos con aire desafiante: el héroe de la Resistencia ante el comandante nazi. Miró la cabeza calva del padre Galicia relucir en forma desagradable, vagamente obscena, por entre escasos mechones de cabello. Recordó una navaja de resorte que había visto en un aparador. Llevó la mano a la bolsa de su chamarra e imaginó contra sus dedos el roce de la cacha. Sacó el arma invisible, y manteniéndola oculta tras su pierna la abrió oprimiendo el botón. Sería fácil, pensó. Vio la brillante hoja hundirse en el grueso cuello del padre, vio la sangre manar y derramarse sobre los papeles y gotear a la alfombra y manchar la impecable camisa blanca y ocultarse en el impecable traje negro.

El padre Galicia hizo a un lado la circular, se quitó los anteojos y miró al muchacho.

—Y bien, Arturo —dijo—, parece que no nos hemos estado portando todo lo bien que deberíamos, ¿verdad?

Arturo unió las manos tras la espalda y miró al suelo. El padre Galicia empezó a mover la cabeza en pequeñas oscilaciones afirmativas mientras se daba golpecitos sobre un puño con el armazón de los anteojos. Luego dejó éstos encima del escritorio y alzó las manos en un gesto de impotencia.

—Pues Arturo, en verdad no sé qué es lo que vamos a hacer contigo... —volvió a tomar los anteojos, volvió a dejarlos, miró a Arturo, volvió a alzar las manos—. Tal parece que no entiendes, que no quieres entender lo que se te dice, o —se levantó y empezó a caminar a lo largo de su escritorio—, o que te gustan los castigos... —detuvo su paseo—. Y si éste es el caso, pues —se encogió de hombros—, pues no hay nada que podamos hacer, ¿no crees? Quiero decir, es por demás castigarte, ¿verdad?

Arturo miraba al suelo. El padre se puso de nuevo en movimiento.

—Es que francamente, Arturo, no sé qué pensar de ti, de tu, de esta actitud, de esta manera tuya de comportarte. Se te ha reprendido, se te ha castigado, se ha notificado a tus padres de tu conducta, y como si nada. Francamente no sé qué hacer contigo...

Los ojos de Arturo cayeron sobre un trofeo del equipo de básquetbol, una estatuilla metálica colocada sobre un trozo de mármol. Ni siquiera necesitaría la navaja, pensó. Podía acercarse disimuladamente al escritorio, levantar el trofeo como al descuido, y repentinamente, en un segundo, hendir, deshacer la cabeza calva. Un solo golpe bien dado.

—Dime, Arturo, ¿qué es lo que te propones, después de todo? ¿Ser expulsado, es eso lo que quieres? Porque de seguir las cosas así mucho me temo que tengamos que tomar medidas drásticas, ¿me entiendes? ¿Es eso lo que te gustaría, ser expulsado?

Arturo miró al suelo. Empezó a mover un pie, describiendo con la punta pequeños arcos de círculo sobre la alfombra. El padre Galicia prosiguió, gesticulando con las manos:

—Y, y vamos a ver, ¿qué es lo que ganas con ese..., con esa manera de comportarte? ¿Eh? Ahora muy bien; haces tú chiste, todos se ríen, muy bien. ¿Pero es que toda tu vida vas a ser solamente un, un tipo chistoso, un payaso que nada más sirve para hacer reír a los demás? ¿Eh?

Arturo negó, los ojos bajos, el semblante grave: imagen misma de la contrición. El padre Galicia sintió que lo había puesto a pensar, que había superado la barrera que los separaba, que había abierto el camino por el que podría comunicarse con él, hacerlo comprender, someterlo, ayudarlo, y su espíritu, regocijado por el triunfo obtenido de manera tan pacífica y bondadosa, elevó una oración de gratitud. Al volver a hablar, lo hizo en tono suavizado, paternal:

—Lo que sucede contigo, Arturo, lo que sucede contigo es que te dejas arrastrar por impulsos, pues, infantiles, por influencias inconvenientes... Tú eres un buen muchacho, Arturo, y también, por qué no decirlo, bastante inteligente. Si tan sólo procuraras dominarte mejor, controlar esos, esos impulsos ajenos a tu edad, propios de niños de primaria o kindergarten... y, y apartarte de influencias perniciosas... Ese señor Vergara, por ejemplo, y el otro Linares, no son buenas influencias para nadie; como dice el refrán, quien con lobos anda a aullar se enseña, ¿no te parece?

¿Era la sombra de una sonrisa irónica lo que había animado fugazmente los labios de Arturo? El padre Galicia se reprochó mentalmente el haber citado el refrán. Su confianza palidecía por momentos. Echando a andar de nuevo, prosiguió, un poco apresuradamente:

—Lo que tú necesitas, Arturo, es crecer; crecer mentalmente, ¿me entiendes? Es, es necesario que comprendas, pues, que comprendas que la vida es cosa seria, que el comportarte de esa manera, el tirar a broma, no te llevará a ningún lado...

Hizo una pausa y puso una mano sobre el hombro del muchacho. Con voz suavizada al máximo, continuó:

—Mira, Arturo, Dios nos ha puesto en este mundo para que cumplamos con la obligación de servirle. No sólo los miembros del clero debemos servir a Dios; todos tienen la obligación de hacerlo; quiero decir, después de todo, fue Dios quien nos creó y si estamos vivos es gracias a él, a él debemos agradecerle por cada minuto que vivamos, y la mejor manera de hacer esto, la que está más a nuestro alcance, es procurar ser mejores cada día. Y si otros no se dan cuenta de este deber, si no quieren reconocerlo, no es cosa que deba importarnos. Allá ellos. Deja al señor Vergara y al señor Linares por su lado, y tú procura cumplir con tu deber. No sólo porque es la obligación que tienes para con Dios, sino también por tu propia conveniencia, ¿me entiendes?, por tu propio bien. Debes, ya te digo, debes crecer, moldearte un carácter... Todo lo que necesitas es hacer un esfuerzo, solamente un pequeño esfuerzo para, para dominarte, para deshacerte de tu infantilismo, ¿me entiendes?

Arturo alzó el rostro y asintió. Su expresión era clara y seria, y el padre Galicia no advirtió la burla que se traslucía en ella. Inició una sonrisa satisfecha, cariñosa; entonces, repentinamente turbado, retiró la mano del hombro del muchacho, murmuró “bien, bien”, y regresó a su sillón, tras la protección del escritorio. Levantó sus anteojos, los dobló, los desdobló, los hizo girar entre sus manos y miró a Arturo gravemente.

—Por esta vez, Arturo, fíjate bien, por esta vez voy a confiar en ti. Me parece que ahora has comprendido que..., pues, has comprendido lo que te he dicho, y que en el futuro tratarás de corregirte, y como aliciente no voy a castigarte esta vez. Claro que no estaría de más, yo te sugeriría, no estaría de más que le pidieses una disculpa al señor Albear, ¿eh?

—Sí señor.

—Bien, bien…

El padre Galicia permaneció unos momentos pensativo. Se sentía extrañamente inconforme: le parecía necesario agregar algo más. Arturo miró el trofeo. Un solo golpe bien dado. Vio el rostro aterrorizado alzarse hacia él por una fracción de segundo, sintió los huesos ceder bajo el impacto, vio la sangre derramarse... Limpiaría de huellas el trofeo y como si nada hubiese pasado iría a recreo y luego a clase de Matemáticas. Nadie sospecharía nada. Ni siquiera se les ocurriría que él hubiera podido tener la fuerza necesaria para descargar un golpe así.

—¿Has, has comprendió lo que quise decirte, eee... me prometes cuidar más de tu conducta?, ¿verdad? —preguntó el padre Galicia.

—Sí señor.

—Bien, bien...

El padre Galicia se puso los anteojos y recogió una circular, la misma de antes.

—Puedes irte ahora, Arturo. Te queda un rato de recreo. Recuerda lo que te he dicho. Y, y no estaría de más que le pidieras una disculpa al señor Albear, ¿eh?

—Sí señor. Con permiso.

—Anda, anda.

Arturo cerró la puerta tras de sí. El pobre viejo estúpido, pensó. Quedó parado en el pasillo, mirando con desprecio a los alumnos que jugaban y corrían por el patio.

 

1961


Weinerblut


I

La terminal olía a mercado. Algunos campesinos con sombreros de palma y sarapes se acurrucaban en una banca, siluetas confusas y casi idénticas en la sucia luz fluorescente. Estela vio a su tío un momento después de abandonar el andén. No lo recordaba ni tenía de él una idea precisa, pero lo reconoció. Estaba parado cerca de la salida, gordo, muy tieso, con traje marrón y corbata a rayas. Leves movimientos irritados, la manera como volteaba a un lado y a otro, denotaban su impaciencia y el disgusto que el lugar le producía. Vio a Estela y detuvo la mirada. Ella aspiró hondo, estiró los labios y avanzó, sus tacones repiqueteando contra el mosaico. El tío la escudriñó sin responder la sonrisa, al parecer sin notarla.

—Buenas noches —dijo ella.

—Buenas noches —dijo él con la mano en el sombrero; luego, tras una pausa incómoda apenas perceptible, agregó:

—Eres Estela, ¿verdad? —y cuando ella empezaba a asentir con cierta burla: —Ven, vámonos, tus tías nos están esperando.

No la ayudó con la maleta. Salieron a una calle alumbrada por faroles amarillos y palabras en neón esparcidas parcamente sobre las fachadas. El coche estaba cerca: un Ford viejo, muy limpio. Subieron; el tío encendió el motor y lo dejó calentarse un rato.

Eran menos de las diez, pero las calles se veían desiertas, las casas oscuras e impenetrables; sólo un transeúnte ocasional, una cantina abierta, música de sinfonola encima del silencio:

Traigo tristeza en el alma

—¿Cómo está tu mamá?

—Bien —dijo ella, y como entonces recordó el nombre del tío, completó: —...tío Federico.

Él gruñó en aprobación, los ojos achicados atentos a la calle como si fuese la carretera más peligrosa del mundo. Luego, un añadido extemporáneo:

—¿Tú papá está bien? ¿Tus hermanos?

—Bien.

Dieron vuelta. Estela miró al tío con sarcasmo. Quiere hacerse el que nada sabe, pensó, y tuvo ganas de decirle. Yo también estoy bien, no me pasó nada, todo salió bien. Jugueteó con la idea, la rechazo. Quizá en verdad no supiera nada —aunque para ella la posibilidad de que alguien no estuviese enterado era ya casi absurda.

El tío estacionó el coche en una esquina.

—Aquí estamos.

Una hilera de ventanas con contrapuertas doblada en ángulo recto, un zaguán estrecho y sobre él un farol y un nicho con imagen. El tío sacó sus llaves, abrió una cerradura, luego otra. Los chasquidos se diseminaron en la oscuridad.

—Pasa.

Una de las tías, en bata y cofia bordada, salió al cubo a recibirlos. Era delgada y movía mucho los ojos.

—Qué bueno, ya estábamos con pendiente. ¿Se atrasó el camión?

—Un poco.

La mujer la besó. Tenía los labios fríos.

—Pasa, pasa.

En el candelabro de la sala no había más que un foco pequeño: la luz, anaranjada y débil, no alcanzaba a ocupar todo el aposento. Muebles curvados, de madera negra y bejuco. Molduras. Un largo cuadro de la Última Cena. Un reloj de péndulo.

—Tu tía Catalina se fue a acostar porque se sentía mal de su garganta.

Catalina. Catalina y...

—¿Quieres cenar algo? Hay pollo, ¿te gusta el pollo?

—No tía, no tengo hambre, gracias.

Un retrato familiar al óleo. La luz suavizaba los colores, diluía los contornos, hacía crecer las figuras: un joven erguido con cabello ondulado y bigotito, una muchacha robusta de ojos adormilados, un niño rechoncho de pantalón corto y corbatón, tres niñas en vestidos blancos y esponjados.

—Lo hizo un pintor de la capital. Tu mamá es la de en medio.

Fue un ligero choque. No se le había ocurrido que la pareja fuesen sus abuelos, los niños sus tíos y su madre. Miró a la niña de en medio, asintió por cortesía.

—Bueno —dijo el tío—, mañana verás todo mejor. Ya es tarde y has de venir cansada.

Pasaron a una recámara alumbrada por la lámpara de un escritorio; luego a otra oscura. Después estaba el comedor; tras él, otra habitación que la tía abrió.

—Éste es tu cuarto —dijo encendiendo la luz—. El baño está ahí atrás.

—Muchas gracias, tía. Buenas noches.

—Buenas noches —le respondieron.

Las hojas de madera blanca se cerraron. Estela quedó parada frente a ellas, la maleta aún en la mano, mirando una estampa de la Virgen y una cruz de palma para ahuyentar espíritus.


II

De nuevo el rechinido, como un lamento metálico. Esta vez era el tío quien había entrado al baño. Estela lo oyó carraspear, lavarse, soltar el excusado. Luego el rechinido; pasos sobre las lajas de la azotehuela. La puerta del comedor. Un suspiro, el chirriar de una silla.

—¿Está muy caliente el café?

—No, está bien.

Desde la sala flotó, tenue, el ángel del reloj.

—¿Cómo amaneció Catalina?

—Mejor, muy aliviada. Quería levantarse, pero le dije que más valía que se estuviera reposando un poco.

—Le diré al doctor Ponce que se dé su vueltecita.
Catalina y... tía Catalina y tía… Desistió. En el comedor hablaban de ella. Lo notó porque el volumen de las voces había disminuido.

—¿Dormida?

—Ha de estar cansada por el viaje.

—Sería bueno que por lo menos mientras esté aquí procurara levantarse a buena hora.

Estela hizo una mueca sacando la lengua. El tío bebió su café (sorbos ruidosos), dejó la taza (tintineo de porcelana) y se despidió. Luego, ruidos en la cocina, la tía hablando con la criada. Estela bostezó, miró las sombras entre las vigas.

—Estela, ¿no vas a levantarte?

Respondió lentamente, fingiendo somnolencia y dulzura:

—Sí tía, ya voy.

Cuando salió del comedor, la tía Catalina bordaba crochet junto a la puerta de la cocina —una cocina donde se veían hornillas de carbón y cazos de barro y hollín adherido a las paredes con la dignidad del musgo sobre la fachada de una iglesia antigua—. Había escogido el lugar más oscuro de la habitación, y para contar las puntadas debía acercarse la labor casi hasta los ojos. Era menuda y canosa; tenía un chal negro sobre los hombros y una bufanda alrededor del cuello. Estela se acercó a besarla.

—Buenos días, tía Catalina.

Catalina la espió por encima de sus anteojos, la abrazó con desgano.

—¿Cómo te fue en el viaje? —susurró—. ¿Qué tal tu mamá?

—Bien, muy bien.

La otra tía salió de la cocina.

—Buenos días Estela, ¿dormiste bien?

—Sí, gracias.

Se sentaron a la mesa. La criada trajo una sopera con huevo. La tía sirvió.

—¿Siguen viviendo donde mismo? —preguntó Catalina.

—Sí.

—Bonito rumbo, me acuerdo. Pero bastante alejado del centro, ¿verdad? La vez que fuimos casi nos perdemos, ¿verdad Blanca?

—Si no ha sido por un señor al que tu tío le preguntó, nunca hubiéramos llegado.

—No, pero antes le preguntó a otro, y ése nos mandó en dirección contraria.

—Ah sí, indio condenado.

—Diez años, ¿verdad? Hace diez años. Entonces estabas muy chica, Estela, tu hermanito el menor todavía no nacía, ya ni te has de acordar.

No. Recordaba sólo la expectación, las risas de su padre y del tío llenando la salita, la muñeca que le habían llevado, vestidos antiguos amplios y susurrantes: este último un recuerdo falso (porque las tías no podían haber ido vestidas así) pero persistente.

Un murmullo se levantaba en la calle, crecía: voces y música. Una voz por altoparlante:

—¡Vengan, vengan, vengan a admirar el gran espectáculo! ¡Gratas sorpresas para todos! ¡Cinco únicos días, cinco!

—El circo —dijo Blanca.

A través de las cortinas de tul vieron pasar la camioneta. Un payaso arrojaba desde el techo manojos de volantes rosados y azules.


III

Después de cenar, tomaron té en la sala. El tío puso la vitrola. Gruesos discos de pasta; música raspada, distante. Movimientos de manos y cabezas en cadencias quebradas.

—Con este vals bailamos todas, nuestros, quince años.

—A papá le encantaba. El era vienés, ¿sabías, Estela? Rubio, alto, de ojos azules. Ahí está en el retrato.

Estela trató de fijarse en el joven de cabello ondulado, pero sus ojos resbalaban hacia los cuatro niños. No podía identificarlos con su madre ni con sus tíos, sentía que entre el tiempo que ella podía evocar o suponer y el que el retrato y la casa entera y sus mismos habitantes conmemoraban había una desconexión total, como si varias etapas intermedias vagas pero significativas hubieran ido disolviéndose sin que nadie lo advirtiera.

—Lo hizo un artista de la capital, muy famoso, vino especialmente. Era amigo de tu abuelo. Muy famoso.

El vals. Cadencias. Crujidos de bejuco.

—Pepe Montiel, con Pepe Montiel bailé yo entonces.

Me trajo unas rosas divinas.

—Eran más bonitas las que te dio papá.

Sacando con delicadeza otro disco, el tío dijo:

—Nunca me dio buena espina ese muchacho Montiel.

Ya ven cómo acabó.

Dios nunca muere.

—Llegó el circo, ¿viste, Federico? Hace tanto que no vamos. Ahora que Estela está aquí...

—Veremos, veremos.

—Ya no es como antes, qué esperanza. Cuando papá nos llevaba, eso sí era circo. No que ahora. El reloj dio las ocho y media.


IV

La carta llegó el tercer día. Estela estaba recostada fumando. Al oír los pasos hizo un movimiento para apagar el cigarro, lo interrumpió a la mitad. Blanca dio dos golpes sobre la puerta y entró con el sobre en la mano.

—Qué bárbara, no sé cómo aguantas esta humareda.
Estela se levantó a recibir la carta.

—¿Quién es R.L.?

—Una amiga.

—Parece letra de hombre.

—Así escribe. Gracias, tía.

Blanca se fue, abanicándose con la mano. Estela metió un dedo bajo la ceja del sobre. No tuvo que romperla; se despegó. La goma estaba fresca.

—Condenada vieja, y todavía pregunta.

Desdobló la hoja rayada, la leyó a saltos: no sabes cuánto, quisiera que nunca, la operación ésa, un hijo nuestro, Ernesto me dio la dirección y me apresuré a, tenemos que hablar largamente. Por favor contéstame y no me guardes rencor. Te ama.

Bueno, pensó, si no lo sabían ya lo saben. Arrugó el papel y fue a echarlo al escusado.


V

El rechinido, como un lamento. Había estado despierta, esperándolo. La criada lavaba el patio. El arrastre de pantuflas, los ruidos en la cocina, en el baño. El carraspeo del tío, sus sorbos.

—¿Está muy caliente el café?

—No, está bien.

Y luego:

—¿Todavía dormida?

—Sí.

—Todo el día durmiendo. Había de acomedirse a algo. Pero no: acostada todo el santo día. Se ve que Elena no supo educarla. Y ahora se extraña de que haya pasado lo que pasó.

Un sorbo largo.

—Anoche precisamente vi al doctor Ponce. Cuando ya venía para acá, por eso me retrasé un poco. Estuvimos platicando, y así como quien no quiere la cosa ya ven cómo es él, así medio ladino, me pregunta: “Bueno, y su sobrinita, es muy casera, ¿verdad? Digo, como, desde que llegó no la he visto más que en casa de ustedes, cuando fui a visitar a Catita”. Hombre, es que si yo veo que la sobrina de alguien viene dizque de vacaciones y luego no sale ni a la esquina, pues tengo que pensar lo peor, no se puede evitar.

Un sorbo final. El ruido de la silla. Una frase indescifrable de alguna de las mujeres. La respuesta:

—No, yo no sé, pero sí, que se pasee un poco, sirve de que conoce...

Los pasos. La despedida. La puerta.

Estela cerró los ojos y empezó a reír en silencio.

—Estela, ¿no vas a levantarte?

Blanca servía. Catalina dejó su labor sobre el trinchador de marquetería y se frotó los ojos con un dedo.

—Vaya, criatura, ya era tiempo.

Estela sonrió y se sentó a la mesa. Pero Blanca apoyó el ataque:

—De veras chulita, ¿por qué no haces un esfuerzo y te levantas un poquito más temprano? Ya sabemos que no estás acostumbrada, pero aquí...

—No me sentía bien —dijo Estela, y luego, de mala fe:—Tuve una hemorragia.

Blanca enrojeció, lanzó una mirada nerviosa hacia la cocina, aparentó interesarse en su plato. Catalina abrió la boca para decir algo, la volvió a cerrar. Estela comió algunos bocados con avidez exagerada.


VI

—¡Cómo que no está de humor! ¡Como si fuera cuestión de gusto! ¡Díganle que se levante inmediatamente si no quiere que vaya yo a levantarla!

Esperó, respirando despacio.

—Estela, dice tu tío que tienes que ir a misa, que te levantes.

—¡Y si no, la levanto yo! —dijo el tío.

Estela respondió que ya iba y empezó a vestirse. Indignada, no porque la forzaran a levantarse o a salir o a ir a misa, sino por los medios sucios que empleaban: el tío habría sido capaz de cumplir su amenaza.

—Le hubiera encantado, viejo cochino.

De modo que Estela recorrió por primera vez las calles disparejas y al lado de sus tías oyó misa en la iglesia encalada. La gente volteaba a mirarla. Ella los miraba a su vez. Algunos apartaban la vista, pero otros la sostenían y era ella quien tenía que ceder.

A la salida, mientras el tío participaba en un corrillo masculino de risas y palmeo de espaldas, Blanca y Catalina la presentaron con algunas mujeres: señoras y señoritas dulzonas y escudriñadoras, muchachas altivas y escudriñadoras. Luego el regreso: atravesar el zócalo donde, al pie del monumento en que un león amarillo domeñaba a una serpiente verde olivo, la banda tocaba Dios nunca muere; el tío un poco adelante, erguido, saludando a los conocidos en rápido ceremonial —una sonrisa, inclinación, la mano al sombrero— completado por las leves sonrisas e inclinaciones de sus hermanas; luego las calles casi desiertas y más y más silenciosas a medida que la música iba disolviéndose en el aire caliente.


VII

La primera lluvia de la estación cayó esa tarde. Tras unos minutos el agua empezó a gotear de la lona. Los hermanos García prosiguieron su acto de equilibrio, pero en las gradas la gente bajaba o subía o se arrimaba tratando de huir de las goteras y nadie hacía caso de la pista. Los hermanos se retiraron entre unas cuantas palmadas. Volvieron los payasos, trajes de colorines deslavados, con manchas de sudor. Dijeron unas frases que nadie oyó por el ruido de la lluvia; luego empezaron a actuar en pantomima. Una gesticulación en medio de una secuencia de patadas hizo aplaudir a las gradas. Las señas se hicieron más atrevidas. La gente reía, chiflaba, aplaudía.

—¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!

—Tengo frío. Vámonos de aquí, Federico.

Uno en pos del otro, dos payasos saltaron hacia el palco. Blanca se asustó. Estela rio en silencio. Blanca volteó y la vio. La miró con dureza; se miraron por un segundo. Estela volvió a reír, entre nerviosa y desafiante. Un payaso le guiñó el ojo.

—Vámonos, Federico.

En la puerta se detuvieron. La lluvia caía con fuerza. Al frente se veían lo sembrados, borrosos entre las líneas de agua. Había que cruzar un buen tramo hasta el coche, un tramo de campo abierto.

—¡Un diluvio, Dios mío! Atrás, las risas.

Vino el rescate: las señoritas Claude, con un paraguas. Las damas se apretujaron bajo él, Catalina en el centro por su garganta. El tío se alzó las solapas, se caló el sombrero y echó a correr, saltando para esquivar el lodo. Estela caminó despacio, la lluvia golpeándola, despeinándola.

—Por Dios criatura, ven aquí, cabemos —llamó una de las Claude.

Confusión, grititos al subir al coche. El pueblo bajo la lluvia, cortado en dos por la carretera.

—Qué barbaridad. Nunca yo había visto algo así.

—Una vulgaridad espantosa. Y había niños y todo.

—Antes qué esperanza.

Chozas de madera.

—Una queja, poner una queja.

Calles lodosas.

—Qué aguacero, Dios mío. Y ni quien se lo esperara. Yo nada más por ideática me traje la sombrilla.

—Más vale prevenir.

Dos niños descalzos cubiertos con un costal, corriendo entre risas.

—¿Gustan ir a la casa a tomar un poco de té?

—No gracias, tenemos que cambiarnos, si no luego...

—Con la edad...

Una casa vieja con verja despintada y jardín. Despedidas. Las Claude se alejaron con pasitos apresurados, encorvadas bajo el paraguas.


VIII

La lluvia corría por los cristales en venas transparentes. El vals favorito del abuelo matizaba la penumbra. Nadie hablaba. Evitaban mirarse, como avergonzados. Por fin, Catalina dijo:

—Qué horror. Antes qué esperanza. Pero no, ahora pura vulgaridad, la plebe.

Una pausa, tres compases. De pronto, la voz de Blanca:

—Estela estaba muy contenta, ¿verdad Estela?

Estela no contestó.

—Riéndose como…

Estela siguió con la vista el trayecto de una gota que resbalaba arrastrando a otras y que finalmente se incorporó a una corriente sesgada que se bifurcó y luego se deshizo.

La música. Las miradas. Un rayo, lejos. El tío carraspeó.

La voz de Blanca, casi perdida entre el vals:

—Claro, qué podía esperarse.

Muy despacio, Estela se levantó y cruzó la sala y salió sin mirar a nadie. Blanca dijo algo. Final del vals.

Estela abrió una puerta y echó a correr. Atravesó el patio y el zaguán y la calle y bajó hacia la carretera. El viento le arrojaba la lluvia a la cara.

Oyó el ruido de un motor. Gritó, agitó los brazos. Un chirriar de frenos. Rostros, preguntas, regresos. Estela se detuvo. El coche empezó a retroceder. Estela giró y volvió a internarse en las calles. Empezó a correr de nuevo. Arriba, hacia arriba, alejarse.


IX

Los hombres la vieron pasar corriendo y entrar a los sembrados. Se miraron entre sí. Volteando frecuentemente hacia el pueblo, la siguieron. Sus huellas se llenaban de agua entre las cañas quebradas.

Estaba en el fondo de una zanja, acurrucada en el lodo, jadeante.

Abrió los ojos, asustada, cuando el primero de los hombres saltó. Miró de uno a otro, caras blancas con sonrisas rojas, trajes relucientes ahora sucios, gotas de agua adheridas a las caras como sudor aceitoso.

Dedos duros la tocaron. Dio un respingo violento.

—Calmadita —dijo una voz.

Un rostro blanco se le echó encima.

 

 

1964


La interpretación de los sueños



Mi padre salía de viaje. Mamá lo ayudaba a cerrar la maleta, donde había hecho caber su portafolio de ventas para no cargarlo aparte. Aparte sólo llevaba un maletín con útiles de aseo, ropa de dormir y a lo mejor un libro: sí, nunca está de más. Gran lector no era y para aprovisionarse recurría a mi librero. Yo estaba aquí sentado como ahora. Lo miraba joven y delgado, vestido de traje. Me miró.

—¿Qué escribes?

—Un cuento sobre ti.

—¿Por qué sobre mí?

—Tuve un sueño.

Sonrió, indulgente, mientras reanudaba su escrutinio del estante de novelas. Le conté el sueño, que iba así:

—Yo era un cobrador. Andaba de un lado a otro con mi portafolios, cobrando cuentas. Le presentaba una al cura de una iglesia. Él la mira y la pondera y en eso empiezan a llegar niños como a clase de catecismo. “Tengo quehacer”, me dice y me devuelve la cuenta. Les habla a los niños, los dirige; cantan, juegan a la ronda, pero es una ceremonia...

Resopló, irónico, mirando una portada. Dejó el libro en su sitio para escudriñar en otro estante.

—El caso es que yo ahí me estaba con la cuenta en la mano y sin quitar el dedo del renglón. Al fin la cosa termina, los niños se van, yo voy y vuelvo a presentarle la cuenta y el cura me dice: “Muy bien, hijo, te voy a pagar”. Va y abre un cajón, saca un manojo de billetes y los apila uno a uno sobre la cuenta: “Pero tú acuérdate de lo que pedías para la escuela y gastabas en el cine, acuérdate de lo que le robabas a tu madre, acuérdate de esto y de aquello”. Y seguía siendo el cura, era más que nunca el cura, pero a la vez ya eras tú. Te mirabas viejo y triste. Me desperté.

Asintió, contento, al ojear una página. Cerrando el libro, lo consignó al maletín al tiempo que se oía llegar el taxi que habría de llevarlo a la estación del tren. Sólo al fin y al cabo de los adioses, con el pie ya en el estribo del vehículo, me mira y me dice:

—Ése es un cuento sobre ti, ¿no crees?

Luego se fue. Lo miramos irse hasta que se perdió de vista. Al volver a entrar en la casa trocamos, como era natural, la melancolía de su ausencia en el alborozo del albedrío liberado y empezamos a discutir proposiciones idiosincrásicas para la cena. Jugábamos a eso hasta que mamá zanjaba la cuestión preparando algo inhabitual pero sensato, con lo cual mantenía dentro de sus límites la celebración del ausentamiento.

Otra cosa era la fiesta del retorno. Atardeciendo el día señalado, mamá ponía la mesa con el mantel largo y con sus tazas de porcelana fina. Anocheciendo, se ponía a preparar el chocolate y al rato llegaba él, que traía una bolsa de pan de huevo comprado en tránsito, pues su ruta pasaba por algún sitio famoso, justamente, por su pan. Merendábamos temprano, en orden y concordia, y él nos iba platicando cómo le fue, qué hizo, cosas que vio: siempre más o menos lo mismo, siempre subyugante. Se celebraba la restauración de la familia, dulce don de armonía y lugar en el mundo.

Era, como ahora lo entiendo, una ilusión suya que reverberaba un tiempo para luego irse apagando. Se le acababan las cosas que contar, la atención de que disponía para dedicarnos, y empezaba la espera del viaje siguiente, cuando estaba como ido y parecía no vernos, estar ya extrañándonos desde un asiento de tren o bien un lecho de hotel en una ciudad desértica, lejana, y si de pronto nuestras voces lo alcanzaban, acto seguido se percataba de haberlas alucinado en el traqueteo de las ruedas, o el zumbido de las aspas del ventilador, o cualquier otro ruido al que habitualmente lo expusiera su periódico tránsito de ventas a plazos, giro sin fin donde lo había metido, me imagino, algún agente prepotente y confianzudo, armado de folletos a todo color:

—Helo aquí, amigo mío: el hogar que usted soñó.

Borrosa la fotografía, como un sueño mal recordado, pero la casa se mira espaciosa, el cielo es azul, y en el grupo familiar que adorna el jardín mi padre cree reconocerse de niño y se anima a preguntar el precio. El agente enarca, juicioso, las cejas:

—Considerando que usted nunca ha tenido un hogar, ni cuando niño, se le darían toda clase de facilidades. Pero por un hogar como éste, no es posible aceptar menos que toda una vida.

El cliente pondera, dudoso: el precio no es poco, pero ¿en qué otra cosa va a invertir su capital?

—Periódicamente se realizan sorteos cuyos ganadores quedan exentos de todo pago posterior. Y en cualquier caso, no me dirá que le parece un costo excesivo por dar a sus hijos todo lo que usted siempre deseó.

Mi padre advierte entonces que el niño de la foto no puede ser él: su hijo, si acaso. Sus hijos, su esposa, su perro, y él es el hombre de camisa a cuadros y facciones indiscernibles.

—Ya tengo hecho su contrato. Firme aquí, por favor, con un poco de sangre; es una mera formalidad.

Prescindible: él es formal de por sí y religiosamente abona lapsos considerables, aunque acaso la mercancía no satisfaga sus expectativas, algo falte en ella de lo que la foto prometía, y si ganara un sorteo no sabría qué hacer con todo el tiempo de sobra que pasaría con nosotros, sus seres queridos. Él ahí va, vendiendo a plazos, saldando plazos, gozando a ratos la felicidad que compró. Y una madrugada viene por el pasillo de un vagón de pasajeros tratando de recordar un sueño y recordando que su hijo lo soñó como deudor y mira por una ventana el paisaje gris de antes del alba y una peña pasa a lo lejos y es la peña que él esperaba ver. Conoce esta ruta como su propia casa, mejor quizá, y ciertamente mejor que la palma de su mano porque nunca ha sido dado a examinarla.

Lo hace ahora, en la luz amarillenta del cubículo sanitario. Contempla las líneas, el trazo que configuran. Ahí, se dice, está todo escrito, si se sabe leerlo. Con esa idea, y el eco vago de algo que leyó antes de dormirse, retorna a su litera a descabezar otro sueño. Pensar que todo lo que somos, hemos sido y seremos está ahí en las líneas de la mano, en las huellas digitales, en las circunvoluciones de la masa encefálica, en toda la apariencia que al mundo presentamos, se dijo cerrando los ojos.

Se vio entonces sentado en el pasto, de espaldas a un camino entre árboles, mirando el horizonte. El sol a ras del suelo, un gran disco rojizo. Una fila de aves graznantes cruzaba el cielo para desaparecer en el resplandor y resurgir a perderse en la distancia. Se dejaba sentir el fresco de la noche. Dos figuras se aproximaban precedidas de largas sombras. Eran un hombre alto y un perro grande. Llegaron mero enfrente.

—Aquí está su perro. Faltaba de entregar.

—Debe haber un error, dijo mi padre.

—Está en el contrato. Firme aquí de recibido.

—Yo no quiero ningún perro, y menos con esa facha de fiera.

—Así es él, dijo el hombre.

Miraba el sol ya menguado. La luz se concentraba hacia el rojo sangre y las aves ya no volaban. Mi padre recogió su equipaje. No halló la bolsa de pan pero, inquieto, se alejó diciendo:

—Váyase al diablo.

—Antes fírmeme, señor. ¡Señor...!

No hizo caso. Siguió sin volver la cara al sendero donde la penumbra se adensaba. Un trecho despejado; un puente sobre un río tenebroso; una calle de tierra; otra ya pavimentada y en ella, al fin, la casa. Busca la llave y descubre que no la trae consigo, como no trae la bolsa de pan, y cómo va a ser posible que él llegue así, como un extraño y con las manos vacías de la ofrenda que nos es imprescindible para avivar el fuego del hogar: cómo vivirá, cómo seguiremos vivos si eso nos falta.

Aquí, pienso, podía despertar; pero dónde, es la cuestión. ¿En el tren todavía o bien, haciendo elipsis, en un cuarto de hotel, en el lecho solitario donde quizá más que nunca nos tiene, en el extremo extrañamiento? Estando en esto escucho el ruido familiar de la cerradura de la entrada, los pasos, el alborozo, el crujido de la bolsa de papel, la primera llamada a merendar.

Todo estaba en su sitio: el nítido mantel y la vajilla traslúcida, el chocolate espeso y las suntuosas piezas de pan. Pero mi padre se miraba distraído, como si no hubiera acabado bien de llegar o pensara en algo que se le había olvidado, y a cada rato miraba hacia la entrada.

—¿Esperas a alguien?

—No, para nada. Es sólo que un perro me vino siguiendo y creo que está afuera todavía. Oigo como que gime bajito.

—Se va a poner a aullar.

—Tendré que correrlo a palos. O de plano matarlo, porque no entiende. Yo lo apedreaba y seguía siguiéndome.

—¿Qué perro es?

—Un perro cualquiera, mestizo y sarnoso, terco como él solo. Buenas pedradas le asesté en las costillas, y como si nada.

—Le hubieras echado un pan.

—¡Peor! Si así, ya ven. No supe ni de dónde salió; de pronto miré y venía tras de mí.

Hubo un silencio y oímos, afuera, el tenue jadear lastimero. La cena se hacía desabrida, paladeábamos sin placer. La mirada de mi padre iba por los rincones como buscando un buen palo, y un ansia se congregaba y entonces, como si tal cosa, mamá tomó una pieza de pan y fue hacia la puerta. Fui tras ella para mirar. El perro era, en efecto, un perro cualquiera, sarnoso además. Cogió el pan al vuelo y se fue con él. Volvimos a la mesa donde mi padre servía más chocolate.

—¿Y tu cuento?, me preguntó.

—Creo que ya está terminado, le dije.


II

De hecho, no había hecho sino empezar. No había entonces manera, todavía, de que nada se terminase, se determinase acerca del tema en cuestión: las conversaciones que tuvimos cuando al cabo moriste, viejo, y pudimos al fin hablar con toda libertad: tú difunto, yo soñando, los dos cercanos como nunca, como ahora, como siempre.

El sedicente cuento, más bien un borrador del que ahora te he contado, salió casi todo del sueño de la maleta. Me impresionó verte tan real, o mejor dicho tan joven, porque real siempre lo eras, más joven o más maduro o más echado a perder, siempre ahí donde estuvieras, como sólo fuera para bajarte de un tren en el instante en que echaba a andar, y yo verte y seguirte y detenerme en la puerta, porque la velocidad ha aumentado, y despertarme a leer, en el curso de las cosas, aquella observación de que la vida sólo empieza a tener sentido cuando descubrimos que no nos conduce a ninguna parte.

Un buen tiempo desde entonces dejamos de vernos. En el último sueño, recién apenas, te veías muy acabado. Mi hermano salía de viaje y tú lo mirabas cerrar la maleta que le heredaste.

—Todos se van, decías. Todos se pierden en la distancia y se olvidan. No va a haber ni quien me cierre los ojos.

Yo estaba ahí, pero de hecho ya me había ido; la cosa era con mi hermano, a quien por cierto siempre preferiste. Él te oía piadosamente, apretando las correas. Luego salió, maleta en mano, y tú detrás de él y yo detrás de ti suponiéndome invisible, puro punto de vista, y en el umbral te volviste a mirarme. Los rasgos de tu rostro fluctuaban, fantasmales; la mirada era firme, y las palabras:

—Tú me vas a cerrar los ojos.

No dije nada ni tú dijiste más: ya todo estaba dicho. Aquí se termina el cuento, ahora sí, y el resto es silencio. Que los sueños interpreten a los sueños.

 

1972 y 1989