Nota introductoria

 

Conocí a Juan Tovar al filo de 1967 al asistir a su taller de análisis de cuento que impartía en el Politécnico. Allí no sólo conocí a uno de los escritores jóvenes mejor dotados de la década de los sesenta, sino también a un profundo conocedor de la estructura del cuento, así como de la estructura dramática.

En reciente lectura de Hombre en la oscuridad, su primer libro de cuentos, publicado en 1965, llama la atención su fresca actualidad. El realismo de los cuentos de Tovar en su primera fase, nos conduce a personajes que no controlan las diferentes situaciones en las que se debaten, pero que, como es el caso de “Una amonestación”, se rebelan a ellas produciendo una eclosión que se detiene exactamente cuando está a punto de estallar. Esta decisión formal evita que sus cuentos caigan en desenlaces esperados o melodramáticos, que le restarían credibilidad y belleza al texto.

El joven protagonista de ese cuento acude al llamado de la autoridad escolar y, al esperar frente a él, imagina tener una navaja que había visto en un aparador, con la que lo ataca. Parte muy importante de la acción, como se ve, se da en el sueño-despierto, o la ilusión, de los personajes que de este modo se complementan en el vacío que deja su frustración. El lector sabe que puede ocurrir algo tremendo que Tovar opta por no contarnos. Pero la intensidad de sólo saberlo es mayor que si la viéramos en una escena. En nuestra mente ocurre antes que en la realidad del sueño.

A Tovar no se le van de las manos los personajes. Los traza con pulso seguro y con seguridad los sigue en su movimiento propio. En un momento en el que el contorno delineado de los protagonistas y de sus historias no son la primera preocupación de algunos escritores fieles a la actualidad literaria, Tovar lo lleva a cabo con la serenidad del que sabe lo que hace.

De esta manera recorremos una galería –que parece no tener fin– de hombres, mujeres, niños, jóvenes, que tratan de conseguir algo –echar una cana al aire, quedar bien con los padres, los amigos, la moral familiar– sin conseguirlo. Éstas y muchas otras de las situaciones que trata me recuerdan el neorrealismo cinematográfico italiano de los años cincuenta, o la narración natural en muchas de las películas filmadas por los centroeuropeos en las últimas décadas, cosa que no es muy extravagante si recordamos que Tovar tiene, además de su trayectoria en la dramaturgia, una vasta experiencia como escritor de cine.

Con más de diez libros publicados, entre novela, cuento, relato y teatro, nos lleva a cuentos como “Wienerblut”, que se incluye en esta muestra y que forma parte del volumen Los misterios del reino (1966), y en donde hace gala del uso de la psicología de personajes que lo lleva a la sutileza del gesto, al movimiento leve como una insinuación, al silencio como significante, hasta los arrebatos que propicia el estallido de un callejón sin salida.

Este último es el caso en “Wienerblut”. La protagonista, antes de llegar al punto culminante, se rebela, en un acto de desesperación e impotencia, ante el mundo que, inmutable, termina por vencerla con su sola normalidad.

Cualidades como ésta le hicieron ganar a Tovar la fama de admirador y seguidor de la literatura rusa del XIX. Pero yo observo una mayor cercanía con aquel neorrealismo europeo de mitad del siglo que termina y que se dio no sólo en el cine sino también en la literatura. En “Wienerblut”, su autor matiza de otra manera, deja de lado la narración de imaginaciones, de sueños que viven los protagonistas en otros cuentos suyos; se queda entonces en una narración más cruda, más sensible al tacto, a los sentidos y, para no alejarse demasiado de sus preocupaciones en otros cuentos, nos pre-senta un final que se acerca todavía más al exceso del clímax, al final dramático que nos lleva no tanto al sueño como a la pesadilla. De ésta es el ambiente de imágenes fugaces pero terribles, la difuminación de la realidad y la terrible sensación de impotencia.

Entre los cuentos comentados antes y “La interpretación de los sueños” hay una frontera bastante marcada. No me parece que “Wienerblut” sea el anuncio de aquél. Es otra cosa; es un vuelco en la manera de tratar el género. La primera versión de “La interpretación de los sueños”, apareció en El lugar del corazón en 1974; se incluye, modificado y ampliado, en esta muestra de Juan Tovar y nos refleja la segunda etapa de su obra cuentística.

Aquí nos encontramos con que si bien es cierto que en sus trabajos anteriores en el género el sueño o el ensueño (el sueño-despierto) está presente, también es cierto que en esta faceta Tovar entrega por completo la estructura del cuento a ese orden en el que la vida y la muerte forman parte de lo mismo: el orden del sueño.

En la primera versión el protagonista, que escribe un cuento de su padre a propósito de un sueño que tuvo con él, ve cómo la realidad de su cuento se convierte en su propia realidad.

En esta última versión que conocemos ahora, Tovar emprende algo más complejo: el enigma de la realidad de lo irreal. Mientras que en “Wienerblut” se trastocan los recuerdos de la protagonista al decir que “era un recuerdo falso [...] pero persistente”, en “La interpretación de los sueños” la realidad y la irrealidad se desdoblan y se confunden para, de este modo, sostener la trama que es la del sueño, terreno irreal en el que el protagonista llega por fin a encontrar a su padre que siempre se va o siempre llega, cuando parece que en realidad está ausente. El encuentro con su padre se da, en fin, en la irrealidad (de la inexistencia: ¿la muerte?) que es la única realidad del cuento. A Juan Tovar, en suma, hay que releerlo y seguirle la pista.


 

  Humberto Guzmán