Weinerblut


I

La terminal olía a mercado. Algunos campesinos con sombreros de palma y sarapes se acurrucaban en una banca, siluetas confusas y casi idénticas en la sucia luz fluorescente. Estela vio a su tío un momento después de abandonar el andén. No lo recordaba ni tenía de él una idea precisa, pero lo reconoció. Estaba parado cerca de la salida, gordo, muy tieso, con traje marrón y corbata a rayas. Leves movimientos irritados, la manera como volteaba a un lado y a otro, denotaban su impaciencia y el disgusto que el lugar le producía. Vio a Estela y detuvo la mirada. Ella aspiró hondo, estiró los labios y avanzó, sus tacones repiqueteando contra el mosaico. El tío la escudriñó sin responder la sonrisa, al parecer sin notarla.

—Buenas noches —dijo ella.

—Buenas noches —dijo él con la mano en el sombrero; luego, tras una pausa incómoda apenas perceptible, agregó:

—Eres Estela, ¿verdad? —y cuando ella empezaba a asentir con cierta burla: —Ven, vámonos, tus tías nos están esperando.

No la ayudó con la maleta. Salieron a una calle alumbrada por faroles amarillos y palabras en neón esparcidas parcamente sobre las fachadas. El coche estaba cerca: un Ford viejo, muy limpio. Subieron; el tío encendió el motor y lo dejó calentarse un rato.

Eran menos de las diez, pero las calles se veían desiertas, las casas oscuras e impenetrables; sólo un transeúnte ocasional, una cantina abierta, música de sinfonola encima del silencio:

Traigo tristeza en el alma

—¿Cómo está tu mamá?

—Bien —dijo ella, y como entonces recordó el nombre del tío, completó: —...tío Federico.

Él gruñó en aprobación, los ojos achicados atentos a la calle como si fuese la carretera más peligrosa del mundo. Luego, un añadido extemporáneo:

—¿Tú papá está bien? ¿Tus hermanos?

—Bien.

Dieron vuelta. Estela miró al tío con sarcasmo. Quiere hacerse el que nada sabe, pensó, y tuvo ganas de decirle. Yo también estoy bien, no me pasó nada, todo salió bien. Jugueteó con la idea, la rechazo. Quizá en verdad no supiera nada —aunque para ella la posibilidad de que alguien no estuviese enterado era ya casi absurda.

El tío estacionó el coche en una esquina.

—Aquí estamos.

Una hilera de ventanas con contrapuertas doblada en ángulo recto, un zaguán estrecho y sobre él un farol y un nicho con imagen. El tío sacó sus llaves, abrió una cerradura, luego otra. Los chasquidos se diseminaron en la oscuridad.

—Pasa.

Una de las tías, en bata y cofia bordada, salió al cubo a recibirlos. Era delgada y movía mucho los ojos.

—Qué bueno, ya estábamos con pendiente. ¿Se atrasó el camión?

—Un poco.

La mujer la besó. Tenía los labios fríos.

—Pasa, pasa.

En el candelabro de la sala no había más que un foco pequeño: la luz, anaranjada y débil, no alcanzaba a ocupar todo el aposento. Muebles curvados, de madera negra y bejuco. Molduras. Un largo cuadro de la Última Cena. Un reloj de péndulo.

—Tu tía Catalina se fue a acostar porque se sentía mal de su garganta.

Catalina. Catalina y...

—¿Quieres cenar algo? Hay pollo, ¿te gusta el pollo?

—No tía, no tengo hambre, gracias.

Un retrato familiar al óleo. La luz suavizaba los colores, diluía los contornos, hacía crecer las figuras: un joven erguido con cabello ondulado y bigotito, una muchacha robusta de ojos adormilados, un niño rechoncho de pantalón corto y corbatón, tres niñas en vestidos blancos y esponjados.

—Lo hizo un pintor de la capital. Tu mamá es la de en medio.

Fue un ligero choque. No se le había ocurrido que la pareja fuesen sus abuelos, los niños sus tíos y su madre. Miró a la niña de en medio, asintió por cortesía.

—Bueno —dijo el tío—, mañana verás todo mejor. Ya es tarde y has de venir cansada.

Pasaron a una recámara alumbrada por la lámpara de un escritorio; luego a otra oscura. Después estaba el comedor; tras él, otra habitación que la tía abrió.

—Éste es tu cuarto —dijo encendiendo la luz—. El baño está ahí atrás.

—Muchas gracias, tía. Buenas noches.

—Buenas noches —le respondieron.

Las hojas de madera blanca se cerraron. Estela quedó parada frente a ellas, la maleta aún en la mano, mirando una estampa de la Virgen y una cruz de palma para ahuyentar espíritus.


II

De nuevo el rechinido, como un lamento metálico. Esta vez era el tío quien había entrado al baño. Estela lo oyó carraspear, lavarse, soltar el excusado. Luego el rechinido; pasos sobre las lajas de la azotehuela. La puerta del comedor. Un suspiro, el chirriar de una silla.

—¿Está muy caliente el café?

—No, está bien.

Desde la sala flotó, tenue, el ángel del reloj.

—¿Cómo amaneció Catalina?

—Mejor, muy aliviada. Quería levantarse, pero le dije que más valía que se estuviera reposando un poco.

—Le diré al doctor Ponce que se dé su vueltecita.
Catalina y... tía Catalina y tía… Desistió. En el comedor hablaban de ella. Lo notó porque el volumen de las voces había disminuido.

—¿Dormida?

—Ha de estar cansada por el viaje.

—Sería bueno que por lo menos mientras esté aquí procurara levantarse a buena hora.

Estela hizo una mueca sacando la lengua. El tío bebió su café (sorbos ruidosos), dejó la taza (tintineo de porcelana) y se despidió. Luego, ruidos en la cocina, la tía hablando con la criada. Estela bostezó, miró las sombras entre las vigas.

—Estela, ¿no vas a levantarte?

Respondió lentamente, fingiendo somnolencia y dulzura:

—Sí tía, ya voy.

Cuando salió del comedor, la tía Catalina bordaba crochet junto a la puerta de la cocina —una cocina donde se veían hornillas de carbón y cazos de barro y hollín adherido a las paredes con la dignidad del musgo sobre la fachada de una iglesia antigua—. Había escogido el lugar más oscuro de la habitación, y para contar las puntadas debía acercarse la labor casi hasta los ojos. Era menuda y canosa; tenía un chal negro sobre los hombros y una bufanda alrededor del cuello. Estela se acercó a besarla.

—Buenos días, tía Catalina.

Catalina la espió por encima de sus anteojos, la abrazó con desgano.

—¿Cómo te fue en el viaje? —susurró—. ¿Qué tal tu mamá?

—Bien, muy bien.

La otra tía salió de la cocina.

—Buenos días Estela, ¿dormiste bien?

—Sí, gracias.

Se sentaron a la mesa. La criada trajo una sopera con huevo. La tía sirvió.

—¿Siguen viviendo donde mismo? —preguntó Catalina.

—Sí.

—Bonito rumbo, me acuerdo. Pero bastante alejado del centro, ¿verdad? La vez que fuimos casi nos perdemos, ¿verdad Blanca?

—Si no ha sido por un señor al que tu tío le preguntó, nunca hubiéramos llegado.

—No, pero antes le preguntó a otro, y ése nos mandó en dirección contraria.

—Ah sí, indio condenado.

—Diez años, ¿verdad? Hace diez años. Entonces estabas muy chica, Estela, tu hermanito el menor todavía no nacía, ya ni te has de acordar.

No. Recordaba sólo la expectación, las risas de su padre y del tío llenando la salita, la muñeca que le habían llevado, vestidos antiguos amplios y susurrantes: este último un recuerdo falso (porque las tías no podían haber ido vestidas así) pero persistente.

Un murmullo se levantaba en la calle, crecía: voces y música. Una voz por altoparlante:

—¡Vengan, vengan, vengan a admirar el gran espectáculo! ¡Gratas sorpresas para todos! ¡Cinco únicos días, cinco!

—El circo —dijo Blanca.

A través de las cortinas de tul vieron pasar la camioneta. Un payaso arrojaba desde el techo manojos de volantes rosados y azules.


III

Después de cenar, tomaron té en la sala. El tío puso la vitrola. Gruesos discos de pasta; música raspada, distante. Movimientos de manos y cabezas en cadencias quebradas.

—Con este vals bailamos todas, nuestros, quince años.

—A papá le encantaba. El era vienés, ¿sabías, Estela? Rubio, alto, de ojos azules. Ahí está en el retrato.

Estela trató de fijarse en el joven de cabello ondulado, pero sus ojos resbalaban hacia los cuatro niños. No podía identificarlos con su madre ni con sus tíos, sentía que entre el tiempo que ella podía evocar o suponer y el que el retrato y la casa entera y sus mismos habitantes conmemoraban había una desconexión total, como si varias etapas intermedias vagas pero significativas hubieran ido disolviéndose sin que nadie lo advirtiera.

—Lo hizo un artista de la capital, muy famoso, vino especialmente. Era amigo de tu abuelo. Muy famoso.

El vals. Cadencias. Crujidos de bejuco.

—Pepe Montiel, con Pepe Montiel bailé yo entonces.

Me trajo unas rosas divinas.

—Eran más bonitas las que te dio papá.

Sacando con delicadeza otro disco, el tío dijo:

—Nunca me dio buena espina ese muchacho Montiel.

Ya ven cómo acabó.

Dios nunca muere.

—Llegó el circo, ¿viste, Federico? Hace tanto que no vamos. Ahora que Estela está aquí...

—Veremos, veremos.

—Ya no es como antes, qué esperanza. Cuando papá nos llevaba, eso sí era circo. No que ahora. El reloj dio las ocho y media.


IV

La carta llegó el tercer día. Estela estaba recostada fumando. Al oír los pasos hizo un movimiento para apagar el cigarro, lo interrumpió a la mitad. Blanca dio dos golpes sobre la puerta y entró con el sobre en la mano.

—Qué bárbara, no sé cómo aguantas esta humareda.
Estela se levantó a recibir la carta.

—¿Quién es R.L.?

—Una amiga.

—Parece letra de hombre.

—Así escribe. Gracias, tía.

Blanca se fue, abanicándose con la mano. Estela metió un dedo bajo la ceja del sobre. No tuvo que romperla; se despegó. La goma estaba fresca.

—Condenada vieja, y todavía pregunta.

Desdobló la hoja rayada, la leyó a saltos: no sabes cuánto, quisiera que nunca, la operación ésa, un hijo nuestro, Ernesto me dio la dirección y me apresuré a, tenemos que hablar largamente. Por favor contéstame y no me guardes rencor. Te ama.

Bueno, pensó, si no lo sabían ya lo saben. Arrugó el papel y fue a echarlo al escusado.


V

El rechinido, como un lamento. Había estado despierta, esperándolo. La criada lavaba el patio. El arrastre de pantuflas, los ruidos en la cocina, en el baño. El carraspeo del tío, sus sorbos.

—¿Está muy caliente el café?

—No, está bien.

Y luego:

—¿Todavía dormida?

—Sí.

—Todo el día durmiendo. Había de acomedirse a algo. Pero no: acostada todo el santo día. Se ve que Elena no supo educarla. Y ahora se extraña de que haya pasado lo que pasó.

Un sorbo largo.

—Anoche precisamente vi al doctor Ponce. Cuando ya venía para acá, por eso me retrasé un poco. Estuvimos platicando, y así como quien no quiere la cosa ya ven cómo es él, así medio ladino, me pregunta: “Bueno, y su sobrinita, es muy casera, ¿verdad? Digo, como, desde que llegó no la he visto más que en casa de ustedes, cuando fui a visitar a Catita”. Hombre, es que si yo veo que la sobrina de alguien viene dizque de vacaciones y luego no sale ni a la esquina, pues tengo que pensar lo peor, no se puede evitar.

Un sorbo final. El ruido de la silla. Una frase indescifrable de alguna de las mujeres. La respuesta:

—No, yo no sé, pero sí, que se pasee un poco, sirve de que conoce...

Los pasos. La despedida. La puerta.

Estela cerró los ojos y empezó a reír en silencio.

—Estela, ¿no vas a levantarte?

Blanca servía. Catalina dejó su labor sobre el trinchador de marquetería y se frotó los ojos con un dedo.

—Vaya, criatura, ya era tiempo.

Estela sonrió y se sentó a la mesa. Pero Blanca apoyó el ataque:

—De veras chulita, ¿por qué no haces un esfuerzo y te levantas un poquito más temprano? Ya sabemos que no estás acostumbrada, pero aquí...

—No me sentía bien —dijo Estela, y luego, de mala fe:—Tuve una hemorragia.

Blanca enrojeció, lanzó una mirada nerviosa hacia la cocina, aparentó interesarse en su plato. Catalina abrió la boca para decir algo, la volvió a cerrar. Estela comió algunos bocados con avidez exagerada.


VI

—¡Cómo que no está de humor! ¡Como si fuera cuestión de gusto! ¡Díganle que se levante inmediatamente si no quiere que vaya yo a levantarla!

Esperó, respirando despacio.

—Estela, dice tu tío que tienes que ir a misa, que te levantes.

—¡Y si no, la levanto yo! —dijo el tío.

Estela respondió que ya iba y empezó a vestirse. Indignada, no porque la forzaran a levantarse o a salir o a ir a misa, sino por los medios sucios que empleaban: el tío habría sido capaz de cumplir su amenaza.

—Le hubiera encantado, viejo cochino.

De modo que Estela recorrió por primera vez las calles disparejas y al lado de sus tías oyó misa en la iglesia encalada. La gente volteaba a mirarla. Ella los miraba a su vez. Algunos apartaban la vista, pero otros la sostenían y era ella quien tenía que ceder.

A la salida, mientras el tío participaba en un corrillo masculino de risas y palmeo de espaldas, Blanca y Catalina la presentaron con algunas mujeres: señoras y señoritas dulzonas y escudriñadoras, muchachas altivas y escudriñadoras. Luego el regreso: atravesar el zócalo donde, al pie del monumento en que un león amarillo domeñaba a una serpiente verde olivo, la banda tocaba Dios nunca muere; el tío un poco adelante, erguido, saludando a los conocidos en rápido ceremonial —una sonrisa, inclinación, la mano al sombrero— completado por las leves sonrisas e inclinaciones de sus hermanas; luego las calles casi desiertas y más y más silenciosas a medida que la música iba disolviéndose en el aire caliente.


VII

La primera lluvia de la estación cayó esa tarde. Tras unos minutos el agua empezó a gotear de la lona. Los hermanos García prosiguieron su acto de equilibrio, pero en las gradas la gente bajaba o subía o se arrimaba tratando de huir de las goteras y nadie hacía caso de la pista. Los hermanos se retiraron entre unas cuantas palmadas. Volvieron los payasos, trajes de colorines deslavados, con manchas de sudor. Dijeron unas frases que nadie oyó por el ruido de la lluvia; luego empezaron a actuar en pantomima. Una gesticulación en medio de una secuencia de patadas hizo aplaudir a las gradas. Las señas se hicieron más atrevidas. La gente reía, chiflaba, aplaudía.

—¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!

—Tengo frío. Vámonos de aquí, Federico.

Uno en pos del otro, dos payasos saltaron hacia el palco. Blanca se asustó. Estela rio en silencio. Blanca volteó y la vio. La miró con dureza; se miraron por un segundo. Estela volvió a reír, entre nerviosa y desafiante. Un payaso le guiñó el ojo.

—Vámonos, Federico.

En la puerta se detuvieron. La lluvia caía con fuerza. Al frente se veían lo sembrados, borrosos entre las líneas de agua. Había que cruzar un buen tramo hasta el coche, un tramo de campo abierto.

—¡Un diluvio, Dios mío! Atrás, las risas.

Vino el rescate: las señoritas Claude, con un paraguas. Las damas se apretujaron bajo él, Catalina en el centro por su garganta. El tío se alzó las solapas, se caló el sombrero y echó a correr, saltando para esquivar el lodo. Estela caminó despacio, la lluvia golpeándola, despeinándola.

—Por Dios criatura, ven aquí, cabemos —llamó una de las Claude.

Confusión, grititos al subir al coche. El pueblo bajo la lluvia, cortado en dos por la carretera.

—Qué barbaridad. Nunca yo había visto algo así.

—Una vulgaridad espantosa. Y había niños y todo.

—Antes qué esperanza.

Chozas de madera.

—Una queja, poner una queja.

Calles lodosas.

—Qué aguacero, Dios mío. Y ni quien se lo esperara. Yo nada más por ideática me traje la sombrilla.

—Más vale prevenir.

Dos niños descalzos cubiertos con un costal, corriendo entre risas.

—¿Gustan ir a la casa a tomar un poco de té?

—No gracias, tenemos que cambiarnos, si no luego...

—Con la edad...

Una casa vieja con verja despintada y jardín. Despedidas. Las Claude se alejaron con pasitos apresurados, encorvadas bajo el paraguas.


VIII

La lluvia corría por los cristales en venas transparentes. El vals favorito del abuelo matizaba la penumbra. Nadie hablaba. Evitaban mirarse, como avergonzados. Por fin, Catalina dijo:

—Qué horror. Antes qué esperanza. Pero no, ahora pura vulgaridad, la plebe.

Una pausa, tres compases. De pronto, la voz de Blanca:

—Estela estaba muy contenta, ¿verdad Estela?

Estela no contestó.

—Riéndose como…

Estela siguió con la vista el trayecto de una gota que resbalaba arrastrando a otras y que finalmente se incorporó a una corriente sesgada que se bifurcó y luego se deshizo.

La música. Las miradas. Un rayo, lejos. El tío carraspeó.

La voz de Blanca, casi perdida entre el vals:

—Claro, qué podía esperarse.

Muy despacio, Estela se levantó y cruzó la sala y salió sin mirar a nadie. Blanca dijo algo. Final del vals.

Estela abrió una puerta y echó a correr. Atravesó el patio y el zaguán y la calle y bajó hacia la carretera. El viento le arrojaba la lluvia a la cara.

Oyó el ruido de un motor. Gritó, agitó los brazos. Un chirriar de frenos. Rostros, preguntas, regresos. Estela se detuvo. El coche empezó a retroceder. Estela giró y volvió a internarse en las calles. Empezó a correr de nuevo. Arriba, hacia arriba, alejarse.


IX

Los hombres la vieron pasar corriendo y entrar a los sembrados. Se miraron entre sí. Volteando frecuentemente hacia el pueblo, la siguieron. Sus huellas se llenaban de agua entre las cañas quebradas.

Estaba en el fondo de una zanja, acurrucada en el lodo, jadeante.

Abrió los ojos, asustada, cuando el primero de los hombres saltó. Miró de uno a otro, caras blancas con sonrisas rojas, trajes relucientes ahora sucios, gotas de agua adheridas a las caras como sudor aceitoso.

Dedos duros la tocaron. Dio un respingo violento.

—Calmadita —dijo una voz.

Un rostro blanco se le echó encima.

 

 

1964