La interpretación de los sueños



Mi padre salía de viaje. Mamá lo ayudaba a cerrar la maleta, donde había hecho caber su portafolio de ventas para no cargarlo aparte. Aparte sólo llevaba un maletín con útiles de aseo, ropa de dormir y a lo mejor un libro: sí, nunca está de más. Gran lector no era y para aprovisionarse recurría a mi librero. Yo estaba aquí sentado como ahora. Lo miraba joven y delgado, vestido de traje. Me miró.

—¿Qué escribes?

—Un cuento sobre ti.

—¿Por qué sobre mí?

—Tuve un sueño.

Sonrió, indulgente, mientras reanudaba su escrutinio del estante de novelas. Le conté el sueño, que iba así:

—Yo era un cobrador. Andaba de un lado a otro con mi portafolios, cobrando cuentas. Le presentaba una al cura de una iglesia. Él la mira y la pondera y en eso empiezan a llegar niños como a clase de catecismo. “Tengo quehacer”, me dice y me devuelve la cuenta. Les habla a los niños, los dirige; cantan, juegan a la ronda, pero es una ceremonia...

Resopló, irónico, mirando una portada. Dejó el libro en su sitio para escudriñar en otro estante.

—El caso es que yo ahí me estaba con la cuenta en la mano y sin quitar el dedo del renglón. Al fin la cosa termina, los niños se van, yo voy y vuelvo a presentarle la cuenta y el cura me dice: “Muy bien, hijo, te voy a pagar”. Va y abre un cajón, saca un manojo de billetes y los apila uno a uno sobre la cuenta: “Pero tú acuérdate de lo que pedías para la escuela y gastabas en el cine, acuérdate de lo que le robabas a tu madre, acuérdate de esto y de aquello”. Y seguía siendo el cura, era más que nunca el cura, pero a la vez ya eras tú. Te mirabas viejo y triste. Me desperté.

Asintió, contento, al ojear una página. Cerrando el libro, lo consignó al maletín al tiempo que se oía llegar el taxi que habría de llevarlo a la estación del tren. Sólo al fin y al cabo de los adioses, con el pie ya en el estribo del vehículo, me mira y me dice:

—Ése es un cuento sobre ti, ¿no crees?

Luego se fue. Lo miramos irse hasta que se perdió de vista. Al volver a entrar en la casa trocamos, como era natural, la melancolía de su ausencia en el alborozo del albedrío liberado y empezamos a discutir proposiciones idiosincrásicas para la cena. Jugábamos a eso hasta que mamá zanjaba la cuestión preparando algo inhabitual pero sensato, con lo cual mantenía dentro de sus límites la celebración del ausentamiento.

Otra cosa era la fiesta del retorno. Atardeciendo el día señalado, mamá ponía la mesa con el mantel largo y con sus tazas de porcelana fina. Anocheciendo, se ponía a preparar el chocolate y al rato llegaba él, que traía una bolsa de pan de huevo comprado en tránsito, pues su ruta pasaba por algún sitio famoso, justamente, por su pan. Merendábamos temprano, en orden y concordia, y él nos iba platicando cómo le fue, qué hizo, cosas que vio: siempre más o menos lo mismo, siempre subyugante. Se celebraba la restauración de la familia, dulce don de armonía y lugar en el mundo.

Era, como ahora lo entiendo, una ilusión suya que reverberaba un tiempo para luego irse apagando. Se le acababan las cosas que contar, la atención de que disponía para dedicarnos, y empezaba la espera del viaje siguiente, cuando estaba como ido y parecía no vernos, estar ya extrañándonos desde un asiento de tren o bien un lecho de hotel en una ciudad desértica, lejana, y si de pronto nuestras voces lo alcanzaban, acto seguido se percataba de haberlas alucinado en el traqueteo de las ruedas, o el zumbido de las aspas del ventilador, o cualquier otro ruido al que habitualmente lo expusiera su periódico tránsito de ventas a plazos, giro sin fin donde lo había metido, me imagino, algún agente prepotente y confianzudo, armado de folletos a todo color:

—Helo aquí, amigo mío: el hogar que usted soñó.

Borrosa la fotografía, como un sueño mal recordado, pero la casa se mira espaciosa, el cielo es azul, y en el grupo familiar que adorna el jardín mi padre cree reconocerse de niño y se anima a preguntar el precio. El agente enarca, juicioso, las cejas:

—Considerando que usted nunca ha tenido un hogar, ni cuando niño, se le darían toda clase de facilidades. Pero por un hogar como éste, no es posible aceptar menos que toda una vida.

El cliente pondera, dudoso: el precio no es poco, pero ¿en qué otra cosa va a invertir su capital?

—Periódicamente se realizan sorteos cuyos ganadores quedan exentos de todo pago posterior. Y en cualquier caso, no me dirá que le parece un costo excesivo por dar a sus hijos todo lo que usted siempre deseó.

Mi padre advierte entonces que el niño de la foto no puede ser él: su hijo, si acaso. Sus hijos, su esposa, su perro, y él es el hombre de camisa a cuadros y facciones indiscernibles.

—Ya tengo hecho su contrato. Firme aquí, por favor, con un poco de sangre; es una mera formalidad.

Prescindible: él es formal de por sí y religiosamente abona lapsos considerables, aunque acaso la mercancía no satisfaga sus expectativas, algo falte en ella de lo que la foto prometía, y si ganara un sorteo no sabría qué hacer con todo el tiempo de sobra que pasaría con nosotros, sus seres queridos. Él ahí va, vendiendo a plazos, saldando plazos, gozando a ratos la felicidad que compró. Y una madrugada viene por el pasillo de un vagón de pasajeros tratando de recordar un sueño y recordando que su hijo lo soñó como deudor y mira por una ventana el paisaje gris de antes del alba y una peña pasa a lo lejos y es la peña que él esperaba ver. Conoce esta ruta como su propia casa, mejor quizá, y ciertamente mejor que la palma de su mano porque nunca ha sido dado a examinarla.

Lo hace ahora, en la luz amarillenta del cubículo sanitario. Contempla las líneas, el trazo que configuran. Ahí, se dice, está todo escrito, si se sabe leerlo. Con esa idea, y el eco vago de algo que leyó antes de dormirse, retorna a su litera a descabezar otro sueño. Pensar que todo lo que somos, hemos sido y seremos está ahí en las líneas de la mano, en las huellas digitales, en las circunvoluciones de la masa encefálica, en toda la apariencia que al mundo presentamos, se dijo cerrando los ojos.

Se vio entonces sentado en el pasto, de espaldas a un camino entre árboles, mirando el horizonte. El sol a ras del suelo, un gran disco rojizo. Una fila de aves graznantes cruzaba el cielo para desaparecer en el resplandor y resurgir a perderse en la distancia. Se dejaba sentir el fresco de la noche. Dos figuras se aproximaban precedidas de largas sombras. Eran un hombre alto y un perro grande. Llegaron mero enfrente.

—Aquí está su perro. Faltaba de entregar.

—Debe haber un error, dijo mi padre.

—Está en el contrato. Firme aquí de recibido.

—Yo no quiero ningún perro, y menos con esa facha de fiera.

—Así es él, dijo el hombre.

Miraba el sol ya menguado. La luz se concentraba hacia el rojo sangre y las aves ya no volaban. Mi padre recogió su equipaje. No halló la bolsa de pan pero, inquieto, se alejó diciendo:

—Váyase al diablo.

—Antes fírmeme, señor. ¡Señor...!

No hizo caso. Siguió sin volver la cara al sendero donde la penumbra se adensaba. Un trecho despejado; un puente sobre un río tenebroso; una calle de tierra; otra ya pavimentada y en ella, al fin, la casa. Busca la llave y descubre que no la trae consigo, como no trae la bolsa de pan, y cómo va a ser posible que él llegue así, como un extraño y con las manos vacías de la ofrenda que nos es imprescindible para avivar el fuego del hogar: cómo vivirá, cómo seguiremos vivos si eso nos falta.

Aquí, pienso, podía despertar; pero dónde, es la cuestión. ¿En el tren todavía o bien, haciendo elipsis, en un cuarto de hotel, en el lecho solitario donde quizá más que nunca nos tiene, en el extremo extrañamiento? Estando en esto escucho el ruido familiar de la cerradura de la entrada, los pasos, el alborozo, el crujido de la bolsa de papel, la primera llamada a merendar.

Todo estaba en su sitio: el nítido mantel y la vajilla traslúcida, el chocolate espeso y las suntuosas piezas de pan. Pero mi padre se miraba distraído, como si no hubiera acabado bien de llegar o pensara en algo que se le había olvidado, y a cada rato miraba hacia la entrada.

—¿Esperas a alguien?

—No, para nada. Es sólo que un perro me vino siguiendo y creo que está afuera todavía. Oigo como que gime bajito.

—Se va a poner a aullar.

—Tendré que correrlo a palos. O de plano matarlo, porque no entiende. Yo lo apedreaba y seguía siguiéndome.

—¿Qué perro es?

—Un perro cualquiera, mestizo y sarnoso, terco como él solo. Buenas pedradas le asesté en las costillas, y como si nada.

—Le hubieras echado un pan.

—¡Peor! Si así, ya ven. No supe ni de dónde salió; de pronto miré y venía tras de mí.

Hubo un silencio y oímos, afuera, el tenue jadear lastimero. La cena se hacía desabrida, paladeábamos sin placer. La mirada de mi padre iba por los rincones como buscando un buen palo, y un ansia se congregaba y entonces, como si tal cosa, mamá tomó una pieza de pan y fue hacia la puerta. Fui tras ella para mirar. El perro era, en efecto, un perro cualquiera, sarnoso además. Cogió el pan al vuelo y se fue con él. Volvimos a la mesa donde mi padre servía más chocolate.

—¿Y tu cuento?, me preguntó.

—Creo que ya está terminado, le dije.


II

De hecho, no había hecho sino empezar. No había entonces manera, todavía, de que nada se terminase, se determinase acerca del tema en cuestión: las conversaciones que tuvimos cuando al cabo moriste, viejo, y pudimos al fin hablar con toda libertad: tú difunto, yo soñando, los dos cercanos como nunca, como ahora, como siempre.

El sedicente cuento, más bien un borrador del que ahora te he contado, salió casi todo del sueño de la maleta. Me impresionó verte tan real, o mejor dicho tan joven, porque real siempre lo eras, más joven o más maduro o más echado a perder, siempre ahí donde estuvieras, como sólo fuera para bajarte de un tren en el instante en que echaba a andar, y yo verte y seguirte y detenerme en la puerta, porque la velocidad ha aumentado, y despertarme a leer, en el curso de las cosas, aquella observación de que la vida sólo empieza a tener sentido cuando descubrimos que no nos conduce a ninguna parte.

Un buen tiempo desde entonces dejamos de vernos. En el último sueño, recién apenas, te veías muy acabado. Mi hermano salía de viaje y tú lo mirabas cerrar la maleta que le heredaste.

—Todos se van, decías. Todos se pierden en la distancia y se olvidan. No va a haber ni quien me cierre los ojos.

Yo estaba ahí, pero de hecho ya me había ido; la cosa era con mi hermano, a quien por cierto siempre preferiste. Él te oía piadosamente, apretando las correas. Luego salió, maleta en mano, y tú detrás de él y yo detrás de ti suponiéndome invisible, puro punto de vista, y en el umbral te volviste a mirarme. Los rasgos de tu rostro fluctuaban, fantasmales; la mirada era firme, y las palabras:

—Tú me vas a cerrar los ojos.

No dije nada ni tú dijiste más: ya todo estaba dicho. Aquí se termina el cuento, ahora sí, y el resto es silencio. Que los sueños interpreten a los sueños.

 

1972 y 1989