Nota introductoria

 

Los viernes de Lautaro (Siglo XXI Editores, 1979), primer libro de cuentos de Jesús Gardea, llamó la atención por las atmósferas de amargura y desencanto que envolvían un paisaje desolado y árido. El denso lirismo de ese libro era un recurso para presentar la abrasadora geografía del norte de México.

Desde entonces, Gardea (Ciudad Delicias, Chihuahua, 1939) apareció dueño de una voz parca y evocadora, de una prosa pausada y certera que conseguía una belleza hosca. Sus libros están llenos de interrogantes, luces, ecos, silencios, fríos, vientos y sopores.

Ningún otro narrador de la década de los ochenta utilizó tanto y tan bien los tropos para escribir cuentos y novelas:

No sé si llegue yo completo a la casa de mi amigo, pues sudo como si fuera un país de muchos ríos.

Leónidas Góngora, bolsita de veneno, nos escupía.

En 1980, aparece Septiembre y los otros días, que confirma los aciertos del libro anterior y le hace merecedor del premio Xavier Villaurrutia en la rama de cuento.

A continuación, con un ritmo acelerado, Gardea publicará un conjunto de novelas que en poco se distinguen de los cuentos porque aquéllas giran alrededor de un argumento mínimo. Dichas novelas fueron: La canción de las mulas muertas (1981), El sol que estás mirando (1981), El tornavoz (1983), Soñar la guerra (1984), Los músicos y el fuego (1985) y Sóbol (1985).

Cuando en una ocasión le pregunté en qué se distinguía una novela de un cuento suyo, me dijo: “si escribir, para mí, es como pelear a sablazos, entonces digamos que a una novela la liquidó (esto no es cierto, la novela siempre queda viva, siempre de algún modo, resulta vencedora) de cien sablazos, mientras que al cuento de diez”.

En un intermedio, publicó un libro de poemas pero se dio cuenta que era más poeta en la prosa que en el verso.

Se trata de Canciones para una sola cuerda (1982).

Los tres últimos libros que hasta el momento ha publicado Jesús Gardea, muestran una paradoja: por un lado, De Alba sombría (1985) es uno de los libros de cuentos más bellos que ha publicado su autor y, por otro, Las luces del mundo (1986) y El diablo en el ojo (1989) parecen conducir a un atolladero al que los lectores no quieren entrar pues por el momento su mundo asfixiante y sus argumentos apretados necesitan aire fresco.

Este Material de Lectura entrega, primero, dos cuentos de Septiembre y los otros días. En ellos está la prosa de Gardea en uno de sus mejores momentos: opresiva y misteriosa pero, sobre todo, bella. La tercera narración de este tomito nos muestra la árida geografía norteña —y la inmensa soledad de dos personajes— en un estado que poco hemos visto en la literatura mexicana: cubierta de nieve.

Vicente Francisco Torres