Todos los años de nieve

 

Lorenzo Corbala puso al viejo en la carretilla. Lo tapó, luego, con una manta y comenzó a andar empujando. Rechinaba la rueda, como nunca. Por el frío. La descubierta cabeza del viejo apuntaba a Corbala, se mecía como la de un niño en su cuna. Todos los ruidos que había en la tierra esa mañana, menos el de la rueda, morían aplastados por la plancha gris del cielo. Atravesó Corbala la tristeza de las calles, la desolación de las esquinas, hasta llegar al llano. Ahí se detuvo. Quitó sus manos ateridas de los mangos de la carretilla y se las metió en las bolsas del saco. Delante tenía la boca del camino que se perdía entre los mezquites. La miró largo, con desesperanza. Estaba dura del hielo de la noche anterior. También vio que las espinas, heladas, brillaban como cuchillos. Se le acercó al viejo. El viejo tenía los ojos cerrados. Corbala le contempló el matorral de pelos de la oreja a la intemperie. Eran como raíces chupando el aire. El viejo lo sintió. Abrió los ojos. Luego, enderezando la cara, le preguntó:

—¿Peso, Lorenzo?

Corbala se tragó la lástima. Más duro le pegó el frío en el cuerpo.

—Casi no.

El viejo apartó la vista del rostro de Corbala y miró al cielo.

—Me hubiera gustado morir con sol —dijo.

Corbala tomó de nuevo la carretilla. El frío del metal de los mangos le quemó la carne, le abrió los huesos. Y despacio, empezó otra vez el rechinido de la rueda. Cuando Corbala se metió ya en el llano, el rechinido, le pareció, se hacía más punzante. Culpó a las espinas; a su eco. Miró a la oreja del viejo. Allí el ruido se iba a enredar; se iba a perder. Menos mal. Pero el frío, era de los cundidores. De los que ganan terreno finamente. Y, de los primeros huesos de Corbala, subió a los de sus brazos, y luego a los de sus hombros. Corbala pensó en sus manos como en dos cosas lejanas, como en dos animalitos en la nieve. Les tuvo lástima, como al otro. Entonces paró de empujar la carretilla. Pensando todavía en sus manos, las rescató y las echó luego al calorcito de las bolsas. Temblaba de arriba abajo; En el solitario camino, con su saco negro que apenas le cubría las nalgas, Corbala era como el desdichado fantasma de un pájaro; el último en aquellos llanos. Pegó al pecho los pelos escuetos de la barba. Después, se quedó quieto, tieso, despidiendo un fulgor helado. Hacía cuentas de lo que aún le faltaba de caminar. Pensaba en las condiciones del viejo, en el frío duro, y en las atrancadas puertas del cielo. Había como el tufo de un castigo flotando en el silencio de la mañana de enero. No estaba resultando como él creía; que el ejercicio iba a traerle el calor necesario para irse, de un hilo, hasta allá. Y ni modo de regresarse. No contra la voluntad de nadie. Corbala levantó la barba del pecho y miró en torno, y al cielo. Encima de ellos, el cielo tenía poco menos que el color del saco, como si estuviera juntando todos los infortunios. La nieve de muchos años. La de los muchos inviernos secos que habían tenido. Miró al viejo en su cuna de lámina. Al matorral de su oído, tan blanco y luminoso de pronto como un borbotón de plata. Corbala, inclinándose hacia él le tocó el hombro. Lo llamó tres veces seguidas, como si se encontrara en el fondo de una noria. El viejo abrió los ojos al fin y los giró adonde sonaba la voz.

—Qué, Lorenzo.

Corbala cerró los ojos un momento, antes de contestar.

—Vamos a tardarnos.

La cara del viejo se estrelló como el hielo, como una capa de hielo. Las arrugas de la frente se le abrieron como zanjas, y las de las mejillas sombrías. Corbala se arrepintió de su aviso. Y más cuando vio brillar las oscuras lágrimas. Se acordó entonces de las piernas del viejo colgando fuera de la carretilla. Debía tenerlas ya medio muertas.

—¿Viene calándole mucho el frío?

—¿En las piernas, dices, Lorenzo?

—En las piernas digo.

El viejo recorrió el cielo con la vista

—Estoy curtido —contestó—. No es mi primer invierno en el mundo.

—Si le corro la manta a las piernas se va a trampar con la rueda.

—No es eso.

Corbala volvió a pegar las barbitas al pecho. Él también tenía ganas de llorar. El viejo lo había despertado al amanecer, si es que hay amanecer cuando falta el sol. Encendió la lámpara y alumbró las palabras, el susurro. El susurro, negro como la noche, una serpentina de humo elevándose hacia las vigas del cuarto. Creyó Corbala que el viejo se moría y que soltaba su alma. Con la vista buscó un trapo en la penumbra, para sujetarle la quijada en el momento de acabar. Morirse con la boca abierta nunca fue de gentes. Costumbre sí, de animales. De infinidad de perros. Pero el viejo le sospechó la intención.

—Qué buscas, Lorenzo.

Corbala no se sorprendió por la brusca lucidez de estas palabras, la locura de todos los moribundos.

—Algo con qué amarrarle las mandíbulas.

—Todavía no, Lorenzo.

Corbala le miró a los ojos. La luz de lámpara, al reflejarse en ellos, se enturbiaba.

—Luego se van ustedes de aquí como carcajeándose.

—No es el tiempo, Lorenzo.

Corbala movió la cabeza. Retiró la luz de la cara del viejo.

—No lo tomarán en serio ni el diablo ni Dios —le advirtió.

—No me importa, Lorenzo.

—Bueno, usted sabe.

Corbala se acercó la lámpara al pecho. Comenzaba a sentir frío; de nuevo, sueño. Pero no se levantaría de la cama hasta que el viejo no diera su último hálito. Estaba pendiente del susurro, del restablecimiento de la agonía.

La espera de Corbala duró nada. La mano del otro, en su muñeca, lo estremeció.

—Lorenzo, llévame hoy con Trinidad.

La mano lo apretaba.

—Para qué. Trinidad ya no se acuerda de usted.

El viejo aflojó la mano. Cerró los ojos despacio, como para apartarse del mundo y mirarse por dentro. Corbala apagó la lámpara y la dejó en el piso. La luz del día nublado estaba entrando, hueca, por la ventana del cuarto.

—Quiero que Trinidad sepa.

Corbala se levantó de la cama. El viejo andaba con la idea de ventear cenizas. De incomodar almas.

—¿Ahorita?

—Sí, Lorenzo.

Corbala sentía el hielo en la planta de los pies como un fuego, como si el invierno fuera un suelo de espinas.

—No es eso —repitió el viejo—. Es que puedo tocar ya la raya. Con la punta de los dedos.

—Bueno. Vamos. Es el frío el que viene impidiéndome.

Corbala zapateó la tierra destemplada. Luego sacó sus manos de las bolsas y les echó el calorcito de su boca. Como movido por un caprichoso soplo de ánimo hizo estas cosas. Pero al colocarse entre los mangos de la carretilla, volvió, alzó sus ojos a la mancha de arriba. La muerte. Estaba observándolos la muerte, con su ojo de tinieblas, sin párpados, como el de las víboras. La voz del viejo le llegó medio confusa, como salida de un agujero en el llano:

—El nudo de la tormenta, Lorenzo.

Corbala, entonces, bajó la vista y lo miró. El viejo, con un brazo fuera de la manta, apuntaba al cielo. El brazo describía un círculo en el aire, como para señalarle a Corbala los límites del nudo, la extensión del mal.

—Viento y nieve, Lorenzo, desaforados, haciéndose el amor, llenos de resuellos, Lorenzo. Toda la nieve que no ha caído desde que tú eras un niño.

A Corbala se le empalmaron, en el espinazo, el frío del invierno y el frío del miedo. Pescó los mangos de la carretilla y empezó a empujarla. La rueda lanzó un alarido, como el de una chicharra cogida entre los dientes del verano. El viejo metió el brazo bajo la manta pero ya no recostó la cara en la lámina. Miraba, como olfateándolos, el aire quieto, el eco de la rueda.

—No pediste ayuda, Lorenzo.

—Usted sabe cómo soy.

En la memoria del viejo crecía el recuerdo de otras nevadas, junto con el de Trinidad. La nieve era peor que julio y agosto. Diez o veinte veces peor. Era como si Dios lo echara a uno de su propia casa y se quedara Él, además, con el sol.

—Va a costamos, Lorenzo.

Corbala refunfuñó:

—Usted quiso venir.

—La nieve borra los caminos, Lorenzo. Y el frío, con viento, no es igual al frío sin viento.

Corbala entró a un trote, espantado, como un animal. Los huesos del viejo empezaron a sonar como cañas sueltas. El viejo, aferrándose con las manos a los bordes de la carretilla, le ordenó a Corbala detenerse y volver al paso. Corbala, con el chirrido de la rueda, la sonaja, y el temor, no oyó la orden. Entonces, viendo que no le obedecían y que iba perdiendo fuerzas en las manos, el viejo rompió a llorar. No porque a Corbala lo hubieran detenido mejor las lágrimas que las palabras fue que se paró. No. Fue por cansancio, por falta de aire. Mientras lo recuperaba, el otro, todavía agarrado a la carretilla, le dijo:

—Me habrías matado, Lorenzo.

Corbala, abierta de par en par la boca, metía y sacaba el pecho. El aire del invierno le entraba al cuerpo crujiéndole como hojas de otoño.

—Adrede la carrera, Lorenzo.

Miró con furia al viejo y su calumnia. Aspiró algunas bocanadas más de aire.

—Usted me asustó —le reclamó—. Yo casi vi la tanta nieve, el montón de viento. Desde esta mañana a mí me viene pareciendo que usted desvaría. Qué andamos haciendo. Ya le dije que para Trinidad, usted es un fantasma. Ni siquiera va a recibirlo. Son muchos años. Estamos aquí, como perros, cumpliendo la voluntad de usted. Olvídese de la mujer y vamos a devolvernos.

El viejo metió los brazos a la manta. De todo su cuerpo se desprendía un silencio, enorme como el del cielo. En el silencio estaba la esperanza de Corbala; en las palabras juiciosas, quizás madurando. El viejo dejó crecer el silencio, y luego, de pronto, con una calma que impresionó a Corbala, replicó:

—No son muchos años, Lorenzo. Tú no sabes nada. La raya, alumbra. La vida es una noche perpetua. Quién te dijo que de noche se pueden contar los años; las flores de un campo. Síguele.

Corbala despegó del suelo las patas de la carretilla. Las palmas y las plantas de los pies los sentía una sola llaga ardiente.

Oscura, como al anochecer, la tierra del camino. Corbala cogió una cantinela. De trecho en trecho, decía:

—Vamos aquí por su voluntad. Por su voluntad.

El viejo callaba, atento al cielo, al ruido de la carretilla, al olor de la luz en el aire.

—Por su voluntad, congelándonos.

El viejo levantó un brazo.

—Por su voluntad.

El viejo hizo un movimiento perentorio con la mano, de hombre montado, al frente de una columna. El rencor de Corbala envolvió la mano que estaba dándole la orden de detenerse. La voz.

—Lorenzo, escucha.

Corbala soltó la carretilla. Le dolían las manos. Metiéndolas a las bolsas del pantalón miró con miedo a la maraña que los rodeaba. Las espinas y las ramas tenían un color negro, opaco, venenoso. Los mezquites estaban a la orilla del camino como tarántulas. Hervía el llano de cuerpos peludos.

—Qué —dijo Corbala.

El viejo permanecía con su mano en el aire, señalando el norte.

—El viento. Ya comenzó.

Corbala miró al cielo de allá; luego a los mezquites.

—Aquí no se oye, no se mueve nada.

—Lorenzo...

El viejo había doblado el brazo y lo tenía en el pecho, sobre la manta. Corbala le pidió que lo quitara del frío.

—¿Hueles, Lorenzo...?

—La mano —insiste Corbala— va a helársele.

—¿Hueles, Lorenzo?

—Tampoco huelo nada. El sol es el que levanta los olores.

—La nieve se nos viene encima.

Corbala levantó la vista. De un golpe dejó de sentir frío, como si ya se hubiera muerto: el cielo, todo el horizonte, delante de él, estaba blanco, como lleno de luz. Y entonces sí, empezó a oír el rumor, el choque de unas ramas con otras, el aullido de las espinas lejanas. Sin pensarlo, tomó aprisa los mangos de la carretilla para darle la vuelta y ponerse de regreso. Pero el viejo lo detuvo:

—No, Lorenzo. Yo ya no llego a ninguna parte. Déjame quieto.

—Es mucha nieve.

—La raya está quemándome el pecho.

Corbala apretaba los mangos de la carretilla.

—Si me apuro...

El viejo cerró los ojos. Luego, murmuró sus palabras finales para siempre:

—Ve y dile a Trinidad...

En unos cuantos segundos, entre remolinos deslumbrantes y bramidos del aire, desaparecieron el llano y los mezquites. Corbala se inclinó sobre el viejo. El viento y la nieve le quemaban las lágrimas.