Nunca acaricies un círculo porque
se vuelve un círculo vicioso

 

Aglomerado con cuatro o cinco cómplices más, al cabo de un día cuyo único horizonte han sido máquinas y escritorios y en ráfagas secretas cierta meritoria minifalda, Jorge Andrés sale de la oficina y nos dirigimos, con ese nuestro andar de galán nostálgicamente sobrado, a despachar el tiempo que te quede libre en un café, o mejor una cueva, o mejor una balsa de náufragos de la irremisible Zona Rosa donde nos esperan o al rato llegan los demás conspiradores. En un principio, fuera de los saludos de rigor y de alguna consideración a propósito de la inconstancia casi mujeril del clima o del smog que es algo así como la suciedad espiritual de la ciudad o del equipo de fútbol de nuestra predilección que lleva ya seis partidos consecutivos sin ver la suya, escasamente hablamos. Perjudicados todos por esa oscura palidez que no se sabe si es producto del pésimo alumbrado o si es un hábito triste de la piel o si es un mal congénito de esa indescifrable querella que los poetas suelen llamar alma, vemos pasar tan cerca de mis ojos tan lejos de mi vida a las muchachas acertadamente bulliciosas pero prejuicios aparte con el escándalo de la liberación cada vez menos femeninas, y eso, quiérase o no, causa siempre alguna lástima. A nuestro alrededor otros grupos, como en una inapelable casa de espejos (para que te des idea de cómo anda el mundo), nos multiplican rigurosamente y hay en ellos tantos resabios, tanto destino de servidumbre, tanto de presente insustancialmente repetido que su sola vista le produce a uno, sin el menor remedio, un acceso conjunto de compasión y rabia, lo pone a uno entre la espada y la piedad.

Y de a pocos la mesa se sobreabunda de tacitas de té y cigarrillos y bocaditos de queso y pastelillos que acompañamos estadísticamente con el recuento de nuestras no muy abundantes jornadas sentimentales y la glosa de nuestras tampoco muy abundantes aspiraciones y el inventario de nuestros en cambio sí muy abundantes infortunios y, ya puestos en tan lastimoso camino, con el catálogo casi político y sutilmente revolucionario de calamidades tales como la inflación y los impuestos y el desempleo y miren ustedes, aquí en confianza, al paso que vamos dentro de poco no nos va a quedar otra salida que entrarle a la guerrilla, la situación está cada día peor (habla más bajo las paredes oyen), cada día son más las injusticias y las arbitrariedades y para colmo ese cretinazo de Rivera empecinado en fastidiarle a uno la existencia y uno aguantando pero todo tiene un límite y preferible que se cuide porque el valiente vive mientras el cobarde (tráigame otro tecito por favor preciosa), nada más es cosa de juntar valor, no siempre vamos a estar a su merced, ¿verdad?

La preciosa sonríe a todos y a ninguno y nos mira con módica impudicia y escombra un poco la mesa y los ánimos y depositaría de nuestro más ferviente bullicio interior se ausenta llevándose prendido en la docilidad de las caderas un poético qué ganas de amoldarme a los modos de tu cuerpo. Pero bueno, volviendo a lo de antes, basta de frivolidades, Jorge Andrés compone una mueca de desolación estricta y nosotros actuamos una temperamental autosuficiencia y tal como lo decimos, en este país el mero tener talento nunca alcanza, la improvisación es una de nuestras más gloriosas costumbres, no lo tomes tan a la tremenda, a todos nos sucede igual, los Rivera nomás no nos merecen, nosotros sin pensarlo mayor cosa haríamos un papel más brillante si nos dieran la oportunidad de probar, de demostrar quién es quién, pero no, cómo te van a dar el chance, si de sobra conocen lo que uno vale, de sobra saben que uno está más puntualmente preparado y que llegado el caso les tumba el puesto, son retrasados mentales pero no tanto, por eso se cuidan de uno y lo están reprimiendo todo el tiempo, para que no les pises la sombra, por puritita envidia profesional, sí, puritito encono de que tú eres mejor, Jorge Andrés, qué duda cabe.

No hay que ser una autoridad en delitos morales o un aplicado de la sagacidad o siquiera un regular en clandestinaje para advertir que Jorge Andrés y sus camaradas ya encajamos en el molde escrupuloso de los elogios mutuos (único y auténtico y por lo tanto altamente estimulante y generoso atractivo de toda conjura de café), que ya nos refugiamos en la cofradía de los apóstoles incomprendidos para predicarnos remedios contra la tiranía o intercambiar bálsamos contra el resentimiento y hacernos fuertes o cuando menos capaces de soportar los acatamientos de mañana, las vejaciones del día siguiente, que si ese podrido de Rivera es un soberano imbécil que por su mero complejo de inferioridad nos trae de encargo, el muy (gracias preciosa es usted un ángel), que si se la pasa corrigiéndote cuanto uno hace sólo por quedar de lo más bien ante el equipazo físico de la meritoria minifalda, que dicho sea entre paréntesis no ignora que la devoras con los ojos en ráfagas secretas pero simula no darse cuenta porque su objetivo no es un infeliz como tú sino un infeliz de más altura o sea el mismísimo Rivera, que con ademanes reposados pero con mirada de acero inoxidable te reprende a todas horas y a todas horas nos aconseja y aprovecha para volcarte encima, muy en paternal, muy en modestia aparte, su inmundo repertorio de puestos desempeñados y sus dizque metódicos progresos y su rectitud de obra y su claridad de pensamiento y no es por ponerse de ejemplo él mismo pero cuando todavía no era nadie (mira tú), como si estuviera detrás de ese escritorio por merecimientos propios, como si no supiéramos sus tejes y manejes, como si no fuera público y notorio y aun versión oficial que llegó adonde llegó por lo que a todos nos consta, sí, Jorge Andrés, los redentores de vilipendios nos adherimos a tu justa indignación, nosotros te ayudamos a exprimirte la rabia, a emanciparte de la vergüenza, a segregar el rencor y amortiguar las inconformidades para que te sientas escrupulosamente distinto, para sentirnos en resumidas cuentas de a de veras mejores.

—Si nomás porque necesita uno el dinero, con tantos compromisos; pero palabra que me dan ganas de botarle la chamba y buscar por otro lado, oportunidades no han de faltar.

Claro que sí, viejo, los conjurados te asistimos moralmente, para cuándo son los amigos si no, lárgale su mugre trabajo, hermano, total, en el coro siempre encuentras un solista que tiene un primo que está colocadazo y te puede ayudar para conseguir una labor más acorde a tu capacidad, a tu experiencia, tú ya sabes cómo son las palancas.

— ¿Y por qué no le pides algo para ti, que estás en idénticas condiciones que yo?

Pues caray, Jorge Andrés, porque ya sabes cómo son las relaciones familiares, ni modo que el solista vaya y le diga a su primo, fíjate que ya no aguanto al inconsecuente de mi jefe, búscame una colocacioncita, ¿sí? Pues no, de inmediato el primo va a decir que no, que a ver si más adelante, que sin embargo no deje de darse sus vueltas de vez en cuando, que no se pierda de vista, pero en cambio si es para ti me canso de que hace valer sus influencias y de que en un dos por tres ya te echaste a la bolsa un nombramiento sensacional, me requetecanso.

Y ni tardos ni vertiginosos, ni rudos ni moderados, ni prepotentes ni disminuidos sino todo lo contrario, comenzamos a fraguar una fenomenal dosis de proyectos para mandar al diablo al engreído de Rivera y para cantarle sus cuatro verdades en cuantito renuncies y para escupirle en plena cara que es un mediocre y un insignificante y que no se vaya a querer poner sabroso, Jorge Andrés, que ni lo intente porque quién quita y hasta lo golpeamos ahí mérito en su oficina y delante de la despreciativa minifalda que de puro susto se va a desaforar chillando lo mismito que una rata envenenada pero que después te va a fulminar con unos ojazos de admiración de este tamaño y a lo mejor hasta se la lleva uno al nuevo trabajo y puede que con tantita suerte y hasta, sí, claro que sí, todo cabe en un sueñito sabiéndolo acomodar y para luego es tarde ya estás a la caza de un compadrazgo que nos dé una manita, un empujoncito para escamotearle el sitio a ese acomodaticio de Rivera y desquitarte de todas las que nos han hecho y tratar a tus subordinados parecidamente a como el pérfido de Rivera nos ha tratado, o peor, porque ahora que ya eres el mero mero, el que las puede todas, el que tiene por el mango la justicia y los derechos y los privilegios y además entera la sabiduría del mundo y de los siglos, el que juzga, el que perdona, el que humilla, el que denigra, el que sentencia, el que encumbra o arruina, el infalible, el lúcido, el estricto, el categórico, el equilibrado, el justo, el implacable, el sublime, el superior, el dios de casimir inglés detrás del escritorio al que todos venialmente reverencian y adulan y agasajan pero al que en el fondo siniestramente envidian y temen y odian, ahora que ya no eres uno más del montón o uno más de los que aproximan al escalafón sus esperanzas o uno más que pudo haber sido y no fue sino nada menos que el Señor Don Máximopoder, ahora que los entrañables de ayer (mira lo que son las cosas) resultan ser los enemigos emboscados de hoy porque lo que para ellos sigue siendo una infamia hoy es para ti un negocio y lo que para ellos sigue siendo un vicio hoy es para ti una cuestión de alta política y así por el estilo, no te pueden ver ni en uno de tus magníficos retratos espléndidamente distribuidos (salvo por supuesto aquellos jorgeandreses a los que has invitado a entrarle de punta a punta en el juego de la corrupción y de la deshonestidad y de la complicidad), ahora que has llegado a estas formidables alturas y que los agitadores de migajón a tu alrededor nos sentimos un poco tristes o un poco mancillados o un poco envilecidos y diezmados por el apasionado esfuerzo de imaginación (tráiganos unos vasitos de agua por favor preciosa y la cuenta de una vez si es tan amable), ahora justa y brutalmente es hora de partir o sea hora de cancelar el intercambio de empresas vengativas o sea es hora de convalecer de la ilusión y de encajar de nueva cuenta en el conformismo y, vulnerados por esa ausencia de resquicio interior verdadero para la rebeldía, sabedores de que nuestra jabalina nunca llegará al sol, irrecuperables, nos desdecimos y nos negamos y seamos sinceros (ahí te va la justificación la excusa la trampa), la verdad es que no se puede hacer nada, Jorge Andrés, la verdad es que no nos queda otra que aguantar y parodiar felicidad y qué encanto es la vida (gracias preciosa hasta la próxima se porta bien ¿eh?) y defender así tu mundito de satisfacciones banales y nuestra pequeña seguridad, que al fin y al cabo es lo único que importa.


¿Te das cuenta? No es que uno le saque el cuerpo a romperse el alma, pero hay que ser objetivos y realistas y lo fundamental es permanecer unidos y conscientes y es una lástima que sea tan tarde y de a pocos la pandilla de héroes menores nos dispersamos carcomidos tenuemente por la noche y con ese nuestro andar desganadamente sobrado y arrastrando cada uno su carga de incertidumbre y su sombra intocada por el gozo, su derrota rutinariamente justificada, su ilícita resignación (qué barbaridad). Bueno, esto es un mero decir, claro está, no hay por qué hacer el patético ni el ridículo, no es para tanto, de cuándo acá tan sentimental, sí, de cuándo acá.