La selva de los suicidas

 

A la memoria de
Jesús Luis Benítez,
una de las víctimas

 

El escritor nunca ha sido, en ningún tiempo ni en ninguna parte del mundo, un ser privilegiado. Es verdad que ha gozado, en ocasiones, de ciertas prerrogativas; pero eso se ha debido más que nada a esa pasión innata de los poderosos por la prostitución de la inteligencia, por la compra del talento ajeno para engalanarse con él. Las ideas se corrompen, o se persiguen: las cárceles, los exilios, la muerte. El escritor, como la mayoría de los hombres, vive de la única manera que le permite la civilización: a la defensiva. Acaso su peculiaridad, y de ahí que se le considere distinto, aun peligroso, es que asume la función de testigo de sí mismo y de la sociedad en que vive. El testigo de nuestra mediocridad siempre nos es molesto; lo rechazamos siempre porque de una o de otra manera nos echa en cara nuestra pequeñez, nuestra cobardía. Cada día más, los logros de la ciencia y de la técnica nos alejan de nuestra propia esencia, nos mutilan, nos invalidan, nos envuelven en una placenta de satisfactores artificiales, nos deshumanizan. Cada vez más, nos enseñamos a pasar de largo por la vida. Olvidados cada vez más de las vocaciones humanas, tal parece que estuviésemos viviendo sólo para huir de nosotros mismos.

El escritor (el poeta) no es ni puede ser ajeno a esta circunstancia; como todos, vive expuesto a los virus innumerables de la corrupción, a las contaminaciones de la cosmetología social, a las inoculaciones colectivas de conformismo, de resignación; vive pidiendo un juego limpio y marcando sus cartas; es, como todos, actor de contradicciones esenciales, sujeto de ambigüedad moral, y, por lo tanto, está igualmente propenso a sucumbir frente a los antagonismos del mundo: trozo de grasa en el fuego de este mundo que no quiere, no acepta, no tolera testigos ni disidentes y conforma, en cambio, cómplices, lacayos, meras aproximaciones, tristes remedos humanos.

Ciertamente, las vías de escape, las tentaciones, los promisorios cebos que se ofrecen al escritor (a los escritores) para desertar de sus principios, para entrampar su talento, para prostituir su vocación, son múltiples, como múltiples y difícilmente soportables suelen ser también las mordeduras de la incomprensión, las heridas del rechazo, las llagas del amor propio ulcerado, las formas de la desesperación, la desesperanza, el sentimiento de inutilidad, la sensación de fracaso. ¿Para qué luchar por decir algo que nadie quiere oír? ¿Para qué obstinarse en la pretensión de mostrar la luz a quienes se complacen en su ceguera? ¿Por qué? ¿Para quién? La literatura no sirve para nada, mejor amarrarle una piedra al cuello y tirarla de cabeza al abismo. Ya está. Inmolación de lo que se ama. Holocausto de uno mismo.

Amante resentido con la vida, como todo aquel que sacrifica por debilidad o pobrecía de espíritu al objeto amado, el escritor que abandona el ejercicio vital de la literatura se desata del mástil y se tira de bruces al espejismo, al canto de las sirenas de la comodidad condicionada, al forraje del dinero, los apoltronamientos del puesto público, las suaves intrascendencias del oropel social; o se encarama en las espaldas del cinismo y se dedica a manosear hasta oxidarla, la pobre moneda de su castrado único libro; o se aplica con rabiosa sordidez a ejercer el oficio miserable de cancerbero, de custodio implacable de las puertas de la creación que él no supo trasponer; o a emprender el camino brutal de la propia devastación física y moral, el lento suicido con la navaja mellada de la drogadicción o el alcoholismo. En algún caso, simple y desvergonzadamente, impotencia; en algún otro, una tortuosa, desgarradora manifestación de desprecio, un encanallarse a sí mismo para enrostrarle a los demás esa su condición de seres a ras de suelo.

Al rechazo, a la indiferencia de la sociedad, este último escritor responde con la irresponsabilidad, con la autodestrucción; pero el negar la propia inteligencia, el trocar las actividades creadoras por la esterilidad, es una muy precaria venganza. La sordera de los hombres no es motivo para callar; su presunto letargo mental no justifica ninguna deserción; significa, por el contrario, una especie de traición imperdonable, una concesión definitiva a quienes persiguen la mediatización de la humanidad.
Ningún hombre que viva en sociedad tiene derecho al silencio, ni nadie posee la facultad moral para imponerlo. Todos somos culpables de lo mismo. Un crimen, un suicidio, cualquier tipo de aniquilamiento individual forma parte de una irreversible degradación colectiva. La muerte, tal vez por incomprendida e incomprensible, es ya de por sí dolorosa; no la hagamos también estúpida.