IV


El andrógino
 
—Es una historia horrible —dije al reverendo Westcott al devolverle el manuscrito—. Pero no comprendí bien las últimas anotaciones. Por ejemplo: ¿qué quiere decir Summers con eso del gran sapo negro, con lo del guante, con lo del vómito de murciélago, con lo del éxtasis que provoca al dios?

—Oh, bueno —respondió el reverendo—. Hay anotaciones que ni yo mismo entiendo. ¿El guante? Una prenda mágica, por medio de la cual se le atacó en su talón de Aquiles: el fetichismo. Así fueron preparándolo, advirtiéndole: primero sueña con la vieja del guante y luego con Maisie. El dibujo de Sandys también fue muy útil, por supuesto, en lo que a tentación se refiere: al darle ese aspecto a Maisie, realizaban el sueño de Aurelio. Summers estaba condenado, como lo demuestra el título de su libro. Él quemó los ejemplares que pudo hallar por un oscuro presentimiento: los quemó porque instintivamente rechazaba el futuro que lo esperaba. Lo que resta son... alusiones a la curiosa naturaleza de los ritos... que la Gran Esfera exigía de sus adeptos, y a la aun más curiosa filosofía de los privilegiados. Parece ser que todos ellos... encarnaban a un dios distinto, pero cada dios era una pesadilla, un monstruo del inconsciente que, al surgir a la superficie de entre fangos primigenios, cobraba una realidad amenazante y una tétrica metamorfosis se operaba entonces en el aspecto físico de los privilegiados. Maisie se convertía en una mona, en un ilobate albino, y Summers se convertía en un sátiro, es decir, pasaban ambos a encarnar lo que antes habían sido sólo reflejos en la esfera giratoria. Humillados por el deseo, fascinados por la carne, más animales que humanos, se alejaban cada vez más de lo angélico: lo que había de esencia divina en ellos era contaminado, cada vez más, por la materia y el egoísmo perverso, los aprisionaba en un cuerpo en continuo descenso, en continua animalización. El egoísmo les impedía, como un lastre cada vez más pesado, remontar el vuelo hacia la Pureza...

—Pero —dije al recordar el espejo que el reverendo me había mostrado la primera vez—, ¿entonces todos somos privilegiados en potencia?...

—En efecto —contestó, con mirada sombría—. En todos los hombres hay una bestia, un gran sapo negro, un enorme gusano que, si se mantiene dormido en las capas más primitivas del alma, no llega a manifestarse nunca y el hombre muere sin conocer su existencia. Si, por el contrario, lo despertamos por medio de los estímulos apropiados, puede conducirnos a la disolución, al deterioro absoluto. Summers y Maisie despertaron al gran sapo negro antes de unirse en blasfematorias cópulas que, por fortuna, no dieron nada a luz: Aurelio y Maisie siguieron el ejemplo del padre... De no haber sido así, una Entidad fatal para la humanidad habría sido engendrada.

—Pero... ¿y la esfera?

—Como dice Summers en sus últimas anotaciones delirantes, la esfera estalló en mil pedazos (junto con su reloj). Algo fue mal en los experimentos. Ciertamente, esta pareja estaba mal preparada y se adelantó demasiado en alguno de los ritos. Usted sabe: la magia es un asunto muy delicado. Si el método no se sigue al pie de la letra, las cosas empiezan a fallar...

...Hubo entre Summers y Maisie una identificación perversa (parte de los ritos) que llevaba a Summers a ver en Maisie a esa hermana incestuosa que su hermana no fue, y que llevaba a Maisie a ver en Aurelio al hermano incestuoso que nunca tuvo. Creo que la identificación no se vio acompañada de cópula.

—¿Y cómo se unieron, entonces?

—No se unieron entonces: consumaron nupcias separadamente: onanismo místico, por decirlo así. Al desdoblarse, Summers copuló consigo mismo. Igual Maisie. Mientras, el sapo se hinchaba, el deseo egoísta crecía...

—¿Y cuando copulaban como sátiro y mona?

—Entonces sí había unión. La cópula bestial era el complemento del onanismo blasfematorio. También hubo otras prácticas perversas, pero Summers no las especifica. Le repito: si la pareja no hubiera seguido los pasos del padre de Maisie, si no se hubiera entregado, como él, a las “brumas”, una entidad abominable, una variedad espeluznante de Andrógino habría invadido nuestro mundo...

—¿El Andrógino?

—Sí, el mito platónico del ser lunar que combina la fuerza del sol con la gracia de la Tierra y que se reproduce solo, al contener los dos sexos. Durante la época de Summers surge un movimiento aparentemente literario que en realidad fue esotérico: el decadentismo. Summers perteneció a él, como habrá podido apreciar usted al leer El sátiro y las notas sobre poesía y mística. Para los decadentes, el andrógino encarnaba el ideal erótico y el ideal sobrehumano: más allá del hombre y de la mujer existe un “bello monstruo” que Nietzsche llamó el Superhombre y que los decadentes llamaron el Andrógino. La idea es muy antigua, y tiene un aspecto gnóstico en su origen, aparte del erótico de la leyenda griega. En la cosmología gnóstica, el hombre es un pedazo de excremento con un destello de luz divina. Dicho menos brutalmente, el hombre es materia y peso. Mientras más inmaterial y menos pesado es, más se acerca a la Divinidad. Algunos llegaron a pensar que la muerte era la condición más perfecta del ser humano. Otros pusieron sus esperanzas en un ser “imposible”, ideal, que contenía el soplo, la quintaesencia de Dios, que se multiplicaba solo, que carecía de sentimientos y emociones humanas, que superaba las limitaciones de la materia y que poco a poco se convertía en Luz. Comparados con los gnósticos funerales, los deca­dentes eran más optimistas, pero no pensaron que la luz lunar que irradiaba el monstruo era una luz fría, negativa, un mero reflejo de la gran luminaria positiva, ígnea, del sol. En efecto: el Andrógino no es tan “imposible” como creían los decadentes, pero su símbolo es Narciso, cuya contemplación estéril, masturbatoria, que da a luz más esterilidad, lo convierte en un monstruo, en un vampiro, en un Golem de la erotología —y en el plano de los privilegiados, en un peligro sobrenatural—, más que en un ser divino. El Andrógino es un gran dios, sí, pero un dios de las sombras. El dandismo de Mallarmé, androginia literaria, termina por conducirlo a blasfemar de la vida con el silencio y la esterilidad. Si el egoísmo se convierte en Absoluto, aprisiona el alma en una individualidad estéril, en lugar de conducirla a la Fusión Luminosa con el Gran Todo. Pero lo que importa en Satán es la rebeldía, no el triunfo. El documento que le he mos­trado es la descripción de una caída. Sin embargo, en esa caída hay un éxtasis, una superación de los límites de la vida cotidiana, una hazaña sobrenatural. Ha dado un gran paso quien logra el milagro de estremecer, con su presencia, los umbrales del Edén...

Cuando me despedí del reverendo era casi medianoche, y al regresar a mi hotel sentí que la luna plateaba las colinas con el mismo amor enfermo con que el sol las doraba al atardecer...