width= Emiliano González



Selección y nota
introductoria de
Vicente Francisco Torres



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Nota introductoria
 


El trabajo literario de Emiliano González (México, DF, 1955) ha crecido lenta, extraña y coherentemente. Su primer libro, Miedo en castellano (Editorial Samo, 1973) era muestra de su interés por el ejercicio pleno de la imaginación e indicaba los estudios que estaba realizando ese joven de apenas 18 años de edad. Dicha colección era interesante por los relatos macabros y fantásticos que entregaba, porque recuperaba a Manuel Peyrou, un autor magnífico difundido sólo en antologías, y porque mostraba textos de autores cubanos poco conocidos.

En Los sueños de la bella durmiente (Editorial Joa­quín Mortiz, 1978) cristalizó el aprendizaje llevado a cabo no sólo en la literatura fantástica, sino en los decadentes europeos, en los modernistas americanos y en una figura singular, americana y universal: Jorge Luis Borges.

Los sueños de la bella durmiente es un libro raro —por supuesto que el adjetivo invoca la célebre obra de Rubén Darío—, impresionante y magnífico. Uno sigue con verdadero placer todas las fantasías eróticas, delirantes, escatológicas, macabras y crueles que Emiliano González viste con esplendor.

Su aprendizaje fue excelente: la ambientación de sus relatos está a la altura de sus febriles temas; las parodias modernistas y las lecciones de Borges, antes que ocultarse, se asumen abiertamente, con la misma osadía que el autor mostraba para saltar de la prosa al verso. Paradójicamente, en la exhibición de los recursos adquiridos radica la originalidad de Los sueños de la bella durmiente. A mi juicio —por su belleza, por la singularidad de sus ideas y por su feliz composición—, de este libro perdurarán un cuento (“Rudisbroeck o los autómatas”) y varios poemas: “Miniaturas para definir a Borges”, “Viñetas galantes” y “Las gárgolas”, entre ellos.

Pero si en Los sueños de la bella durmiente el homenaje a los decadentes era implícito, Almas visionarias (Fondo de Cultura Económica, 1987) fue el medio ideal para plantear abiertamente sus devociones: Huysmans, Schwob, Baudelaire y Machen. Además, fue la oportunidad para rendir un homenaje a los modernistas en general y a Efrén Rebolledo en particular.

Al buscar almas contemporáneas que estén empeñadas en su misma búsqueda, Emiliano González sólo encuentra, en México, unas cuantas: Jordi García Bergua (en primerísimo lugar), Antonio López Chavira, Miriam Ruvinskis y Lilia Barbachano. Precisamente cuando el autor habla de la obra de sus contemporáneos, está expresando su propio ideal: “En la prosa artística no imperan las leyes del mundo de lo factible sino el delicioso, ilegal e ilimitado fasto barroco: se crea un universo de placer y derroche, no de economía ni de responsabilidad. O mejor: la única responsabilidad es el placer, el éxtasis espiritual: el único deber es colmar, a través de la escritura, los huecos impuestos por el mundo factible. La inteligencia es estimulada sensualmente; el conocimiento llega al espíritu por el cuerpo”.

Los ensayos reunidos en Almas visionarias no se conforman con la información y el análisis, sino que son ejemplos de lo que se llama crítica creación.

En 1988, Emiliano González volvió a mezclar en un mismo volumen relatos y poemas: La habitación secreta (Cuadernos de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica), y al año siguiente dio a la estampa su mayor y más ambiciosa antología (El libro de lo insólito, Fondo de Cultura Económica), donde encontramos textos de la literatura americana y europea que ejemplifican el simbolismo, el modernismo, la poesía visionaria, la literatura esotérica y la feérica.

Casa de horror y de magia
(Editorial Joaquín Mortiz, 1989) es su más reciente libro de cuentos.* De él tomé “El discípulo: una novela de horror sobrenatural”, que es notable por el juego que hace con la información literaria, por su magnífica construcción y por el giro que le da a algunos tópicos de la narración terrorífica, decadente y fantástica.



Vicente Francisco Torres

 

* La primera edición de este Material de Lectura se publicó en 1991. Para entonces, Casa de horror y de magia se trataba, efectivamente, del libro más reciente de Emiliano González. Entre las obras posteriores de González se pueden encontrar Orquidáceas (Joaquín Mortiz, 1991) e Historia mágica de la literatura (Editora y Distribuidora Azteca, 2007), entre otras. (N. del E.)


 
El discípulo: una novela de horror sobrenatural


The glowworm o’er grave and stone
Shall light thee steady;
The owl from the steeple sing
Welcome, proud lady.

Sir Walter Scott


I

El sátiro 


En marzo de 1984 empecé a compilar una antología del cuento de miedo en español. Mi propósito era reunir, en severo orden cronológico, las piezas más raras y desconocidas, y con ese objeto exploré todas las librerías anticuarías de la ciudad. Los resultados fueron sorprendentes, aunque la mayoría de los libros contenían una magnífica narración y veinte malas. No fue, sin embargo, en las librerías de México donde hallé el libro en que pude leer, por primera vez, algo de Aurelio Summers. Había entregado ya la antología a una casa editora de renombre cuando fui a Londres con el objeto de instalarme por una buena temporada en esa ciudad, que amo, y también de reanudar mis exploraciones, inagotablemente placenteras, que fructificaron en otra antología, que se llamó Cuentos ingleses de horror sobrenatural (1986). En ODD BOOKS, una librería cercana al British Museum, descubrí una vieja colección de cuentos macabros: Dark Chambers (1926). Contenía obras de Machen, de Fitz James O’Brien, de Maupassant, de Algernon Blackwood... Había también un cuento horrible del conde Eric Stenbock, sobre un vampiro aficionado a la música y a los niños. Inmediatamente después, me topé con Summers. El cuento se titulaba “La maldición” y era la historia de una virgen fabricada a base de un extraño metal negro, que transformaba a las pobres damas estériles que le pedían milagros en fértiles engendradoras de monstruos: una historia macabra, con imaginería decadentista, muy certera en su humor negro y, por supuesto, desconocida en español... tanto como su autor. Al final del libro había notas bibliográficas. La de Summers rezaba así:

Summers, Aurelio (1882-1907?). Spanish decadent author. “La maldición” belongs to a slim green book of horror stories: El sátiro, Barcelona, 1906.

El prólogo no me informaba mucho más: “...and, finally, Aurelio Summers, a Spanish disciple of Machen, very little known, even in his country...”

Pensé: una sola persona puede tener El sátiro: José Campanada, el dandy barcelonés, el último vástago de una familia de espectros, de estudiosos y dilettantes de lo fantástico y lo extraordinario. Le escribí una carta y poco después recibí un paquete con una fotocopia de El sátiro, junto con las siguientes palabras:


El sátiro
es una de las joyas más raras de mi biblioteca. El enigmático Summers publicó este libro en una edición limitada a 100 ejemplares. El anónimo compilador de Dark Chambers fue uno de los pocos afortunados en obtener uno de ellos. Tengo el orgullo de decirte que mi padre fue otro. Libro inconseguible, pues muy pocos ejemplares fueron repartidos, y el resto de la edición fue quemado por Summers poco antes de su desaparición, tan comentada por ciertos círculos literarios de la época. Lamento no poder dar más detalles de una historia larguísima, para narrar la cual tendría que hacer un esfuerzo que mi salud actual me impide hacer. Prefiero narrártela cuando salga de esta enfermedad, pues ahora sólo te confundiría.

El sátiro es el único libro de Summers.

Un saludo, José.

 

El libro es una colección de hermosos “delitos apolíneos”. Aparte de “La maldición” contiene otros siete relatos breves: “El estanque”, “El tesoro”, “La medusa”, “El jardín de los djinns”, “El hombre de los ópalos”, “La tercera máscara” y, por supuesto, “El sátiro”.

En “El estanque”, un joven hereda la casa de un an­tepasado loco. Hace restaurar todo, excepto el jardín interior, cuyo descuido salvaje le fascina. Una tarde explora el jardín, se sienta al borde de un estanque enlamado y con una rama empieza a jugar con las lamas. Lo que va descubriendo le fascina: el espejo negro de las aguas no refleja los sauces llorones del jardín sino los muros de un palacio extraño. Atrás, un maravilloso cielo violeta, le aterra y seduce a la vez. El joven cede a la tentación y entra en el agua. Se sumerge en el hondo estanque pero siente un intenso dolor de cabeza que lo obliga a volver a la superficie. Cuando sale se halla en el otro mundo, bajo el cielo violeta. Deja el agua, empapado. Mira el estanque: refleja los sauces llorones del jardín abandonado. Empieza a examinar el edificio pero entonces percibe al perro: un gigantesco sabueso negro que ha surgido de las tinieblas. Para protegerse entra al edificio, cierra la puerta y se asoma por la ventana enrejada. El gigantesco perro empieza a beber, con una sed inmunda, el agua del estanque, y con ella se bebe el reflejo. Luego, clava sus pupilas en los ojos del joven. Éste comprende que el perro tiene hambre, un hambre fatal, y que pronto empezará a arañar y a morder la puerta... El joven, ya enloquecido, mira a su alrededor. El recinto está lleno de esqueletos, y Summers nos deja con el atroz concierto que forman las mordidas y los zarpazos del monstruo y los aullidos del joven.

“El tesoro” es bastante horrible: un coleccionista de objetos raros oye en un sueño una voz femenina que, desde las tinieblas, le asegura que en su jardín hay enterrado un tesoro y le indica el sitio exacto en que debe empezar a cavar. El hombre despierta y obedece la orden. Pasa varias horas cavando, hasta dar con un gran huevo petrificado, que le hace pensar en el huevo de un dinosaurio. Trata de romper el huevo, sin éxito, con un martillo. Al fin, termina por colocarlo entre su colección de rarezas y se va a dormir. Lo despierta un descascaramiento pétreo. El hombre se dirige al gabinete de las curiosidades. El huevo está roto. Junto a él hay una hermosa mujer desnuda, rubia, joven, que a pesar de todo posee un aura de vejez escalofriante. La mujer lo llama con la misma voz del sueño...

“La medusa” trata de una muchacha tuberculosa, habitante de Brujas pero de origen inglés, que sale muy poco de su casa y que cuando lo hace contempla, durante horas, las aguas turbias de los canales, reza en la iglesia de una manera muy particular y, en fin, deambula “sonambúlicamente”, arrastrando siempre la cola de un vestido negro y cubriendo sus cabellos con una eterna pañoleta gris. Finalmente muere, la entierran junto con su pañoleta y el cuento termina con estas palabras: “Nadie pudo ver jamás los cabellos de Annie, la de las pupilas glaucas.” Parece un argumento de Hawthorne escenificado por Rodenbach y “gorgonizado” por Poe.

“El jardín de los djinns” en una descripción minuciosa de lo que los ocultistas llamarían “el plano astral”, combinada con aforismos heréticos y genios del Islam encerrados en redomas.

En “El hombre de los ópalos” abundan las mademoiselles squelette, las damas cadavéricas embadurnadas de afeites y de khol; hay venenos orientales en anillos y pañuelos perfumados con éter.

En “La tercera máscara” importan más el lenguaje y la atmósfera que el secreto argumento: nunca entendemos muy bien qué ocurrió entre las dos prostitutas enmascaradas que se citaron en el invernadero y la cabeza flotante de un ángel equívoco pero, de cualquier manera, estamos horrorizados.

Por lo que se refiere al cuento que da título al libro, es una historia situada en los confines del país de Gales, que narra las consecuencias fatídicas de las excavaciones llevadas a cabo por un joven arqueólogo en las ruinas de un templo romano. La estatua de un sátiro de sonrisa perversa le inquieta mucho, y empieza a obsesionarse con ella. Poco a poco él pasa a ser ella y ella pasa a ser él. El arqueólogo termina aprisionado en la piedra mientras el sátiro huye hacia las colinas...

Este cuento justificaba el dictamen del prologuista de Dark Chambers, que hacía aparecer a Summers como discípulo de Machen, pero no era de los mejores del libro: los mejores, a mi modo de ver, eran “El tesoro” y “El estanque”.

Le escribí de nuevo a José Campanada, esperando obtener más datos, pero un cable enviado por un amigo suyo me informó lacónicamente que el joven dilettante había muerto de cáncer en los pulmones, luego de larga y dolorosa agonía.

Apareció mi antología, con “El tesoro” de Summers, en 1986. El prólogo incluía una nota al pie de página en la que solicitaba a un hipotético lector más información acerca de Summers. Mi nota cayó en el vacío. Cuando un año más tarde la antología se tradujo al inglés, insistí con la nota y, por fin, tuve éxito. Llevaba tres meses de publicado el libro cuando me escribió un reverendo, un tal Matthew Westcott, de Gales:


You're completely wrong about Summers’ birthplace. In fact, Summers was not Spanish at all. He was born in Buenos Aires (1882). If you want more information, come to visit me at my Abbey. What would you think about unpublished manuscripts by our author?...

 

 


II


El reverendo
 


Tres días después, acabado el prólogo para la antología de cuentos ingleses, dejé las habitaciones que había rentado en Oxford durante todo aquel tiempo y, llevando conmigo la fotocopia de El sátiro, me dirigí hacia Dillington, el pueblo del reverendo. La abadía de Westcott se hallaba en las afueras, junto a un arroyo cristalino y frente a los restos de un puente por el que, muchos siglos atrás, habían pasado legionarios romanos. La abadía era una construcción gótica tardía que en los ramajes de sus frisos, en los adornos de hierro forjado, en las vidrieras multicolores, en los capiteles, en las gárgolas e incluso en la aldaba de la puerta principal mostraba las exageraciones más turbadoras. Lo alto de la fachada estaba ocupado por un carillón con figuras mecánicas de grifos y de quimeras. Bajo el sol, casi tropical, esos animales fulguraban siniestramente. Por un momento, creí que alguien me acechaba tras las ojivas... Riendo, hice funcionar la aldaba. Me recibió un hombre afable, muy elegantemente vestido, alto, delgado, de facciones cadavéricas, de ojos apagados y azules, de pelo cano y de maneras exquisitas. Pasamos a su estudio, abarrotado de libros viejos, de incensarios de plata, de túnicas episcopales bordadas en oro, de cruces que abigarraban —altas o medianas— ángulos claves, de relicarios tallados laberínticamente, de arcas de hierro enmohecido y de efigies sacras de madera, algunas con incrustaciones metálicas y vestimentas fastuosas. El reverendo me mostró un grabado en tinta sepia de Félicien Rops, perteneciente a la serie Les sataniques: enormes falos exangües en un paisaje de pantanos humeantes. Por las pocas ventanas abiertas entraba el aroma de los rosales del patio interior, el patio que las diminutas ojivas ambarinas de vidrio emplomado, situadas alrededor de las ventanas, desfiguraban agradablemente. El reverendo me ofreció una taza de té negro chino. Sentado en un cómodo sofá de terciopelo rojo y después de aceptar un cigarrillo egipcio, escuché la voz un tanto amanerada del religioso, quien no dejaba de caminar, como un entertainer, junto a los libreros:

—Esta pieza —dijo sacando un cuaderno verde, largo y delgado de uno de los estantes—, es una de mis joyas más raras (recordé las idénticas palabras de José cuando me escribió acerca de El sátiro). Tiene que ver con la historia del edificio en que nos hallamos. Antes de alojarme a mí, esta abadía sirvió de convento a una secta católica muy poco ortodoxa, dirigida por una tal Helen Mencken, secta que poco a poco fue perdiendo la confianza de ciertos obispos y finalmente del Vaticano, hasta lograr la excomunión. Esto último sucedió cuando una pareja de jóvenes periodistas, disfrazadas de aspirantes, se colaron hasta penetrar el misterio máximo (los rituales que, alrededor de una esfera giratoria de cristal resplandeciente, se llevaban a cabo en una capilla subterránea) y publicaron un libelo en donde se describían prácticas horrendas.

Poco después de la publicación del libelo vino el fallo del Vaticano y, enseguida, la muerte para Mencken y sus secuaces, pues sólo gracias al libelo pudo resolverse el misterio de los robos de cadáveres que nos ocupaba entonces. Yo formé parte del grupo que, integrado por monjas y por religiosos, abrió la puerta que conducía, luego de escalones roídos, al altar subterráneo. Había en el centro una esfera irregular compuesta por fragmentos de espejos que un mecanismo eléctrico hacía girar con lentitud. Queríamos verla mejor, pero al hacerlo retrocedimos, simultáneamente: reflejados en ella, los rostros y los cuerpos de las monjas y de mis colegas se desfiguraban de una manera pesadillezca. El obispo que la desatornilló propuso que redujéramos a polvo aquel objeto abominable, que insultaba a los hombres y a Dios. Antes de que alguien respondiera, arrojó la pesada esfera desde lo alto del altar. Ésta sólo rodó y se cuarteó un poco. Unas monjas fueron por herramientas y comenzó el martilleo... Bajo la primera, resistente, capa de espejos apareció otra, idéntica. Bajo ésa, otra. Bajo la séptima capa, intacto, apareció este manuscrito.

—¿Adoraban el manuscrito?

—En cierta manera, sí. Lo importante es que las siete capas de espejos lo protegían. Los interrogatorios sólo consiguieron extraer de las sectarias una confesión: la esfera era la imagen de la divinidad de los Privilegiados (los Privilegiados era el nombre de la secta) y reflejaba “el verdadero rostro de los hombres”. De los rituales perversos y del manuscrito no dijeron nada...

—¿Y qué pasó con Mencken y sus secuaces?

—Murieron en un convento muy antiguo, todas al mismo tiempo, en las mismas circunstancias extrañas y en sus respectivas celdas. La noche antes, habían sido interrogadas en vano por rudas y fornidas monjas. En la mañana, cada una de las satanistas fue hallada en su celda, muerta... pero en un estado de descomposición tal que los médicos salieron erizados: los cadáveres parecían de mujeres que hubieran muerto, no ese día, sino muchos meses antes...

Hubo un silencio lleno de horror. Luego, el reverendo dijo:

—Pero supongo que a usted le sorprenderá mucho más el hecho de que... ¡el manuscrito está firmado por Aurelio Summers!

Casi salté de mi asiento. El reverendo sonrió, alargándome el manuscrito. Lo tomé, con manos trémulas.

—Tal vez mi sorpresa de hace unos días fue menor que la suya ahora —dijo el reverendo—, pero no sabía yo que Summers fuera autor de cuentos de miedo.


III


El manuscrito
 


Era un cuaderno empastado en cuero verde y, como ya dije, muy largo y estrecho, en perfectas condiciones a no ser por algunas rayaduras y manchas. Las hojas, delgadísimas, estaban llenas de una escritura irregular y poco atractiva, aunque descifrable. El color de la tinta variaba: las primeras páginas estaban en verde, las siguientes en sepia y las últimas en negro. Leí párrafos aquí y allá, que me turbaron.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Un trabajo muy perverso, como de loco. Parece redactado por distintas personas... pero todas ellas son Summers.

En efecto: no sólo la tinta cambiaba; también la caligrafía. Las páginas en negro (es preciso decirlo) tenían algo diabólico.

—Empieza como un diario literario y termina como... ya lo verá usted.

—¿Este manuscrito estaba en el fondo de la esfera?

—Sí. Tras la última capa de espejos. Mire...

El reverendo abrió una cajita de laca redonda que había en la mesa que nos separaba, sacó de ella un fragmento de espejo y lo puso en mi mano. Lo miré. No reflejaba mi ojo. Reflejaba una araña bulbosa, como hecha de pus... Lo devolví con una mueca.

—¿Siempre refleja esa araña?

—No. Depende de quién se refleje en él. ¿Verdad que es horrible?

Asentí con la cabeza.

—Ya se imaginará cómo era aquella esfera —y luego de una pausa—: Aquella esfera era insoportable...

Nuevamente el reverendo enfatizaba y yo me es­tremecía.

—Proteger a un manuscrito bajo sucesivas capas de espejos que deforman la realidad... La idea parece contradecirse. Algo tan monstruoso, hecho de cristal, invita a ser destruido.

—No quiero evitarle el placer de encontrar, en el manuscrito, la justificación de esa idea en apariencia contradictoria...

—Por supuesto, reverendo. No diga más. Prometo devolverle el manuscrito apenas lo lea... Oh, y a propósito de préstamos... ¿le gustaría leer El sátiro? La fotocopia que tengo es muy buena.

Nos despedimos cuando el sol doraba las colinas y emprendí, a pie, el camino a mi hotel.

 

 

Manuscrito de Aurelio Summers


a) La escritura verde


Londres, marzo de 1907


Un dibujo a lápiz y crayón de Frederick Sandys, Proud Maisie, me ha dejado temblando de deseo en una galería, blanca de sol, del Victoria & Albert: una jovencita rubia, de trece a catorce años, cuya mirada es triste y cruel a la vez. Los rizos le caen alrededor de los hombros, acariciándola voluptuosamente. Sandys nos deja ver la oreja y parte del cuello, de una suavidad estremecedora. Las mejillas parecen exigir besos sobrehumanos, mordidas de ángel. Con sus dientes de ninfa apresa uno de los mechones del ovillo que su mano izquierda, regordeta y llena de hoyuelos, enreda y desenreda. Y sus ojos (¿azules?... ¿verdes?) parecen tramar infidelidades exquisitas. Proud Maisie! Proud Maisie!

No he visto en las calles una sola niña que se te parezca.


3 de abril, 1907


Mi hermana me envía, desde Buenos Aires, un paquete y una carta. El paquete contiene tres libros: En la plenitud de los éxtasis de Carlos Alfredo Becú, Las montañas del oro de Leopoldo Lugones y Castalia Bárbara de Jaimes Freyre. La carta dice:


Aurelio, Aurelio mío, a quien extraño desde hace tanto tiempo, aquí van tres libros que pueden interesarte. Becú ha abandonado la creación literaria y es abogado ahora, mientras que Lugones y Jaimes Freyre siguen fieles a la Musa. Es una lástima que tú, con la imaginación que tienes, hayas decidido consagrarte al estudio de la estética, al dilettantismo y a esas ciencias ocultas que nadie entiende. La casa sigue igual, sólo que unas plantas enormes de cannabis americana han crecido en el jardín. Te escribiré pronto. 



4 de abril, 1907

Leídos los libros. Ayer, en Kew Gardens. En un invernadero. Me quité el saco, la camisa y los zapatos y leí los tres libros, amparado por el cocos micania y por el “tragamoscas” de las Antillas. En la plenitud de los éxtasis (1897) es un libro muy breve, una plaquette impresa en el mismo taller que imprimió Los raros de Darío: “La Vasconia”. Los maestros de Becú son, a juzgar por las citas, franceses: Tailhade, Samain, Fort, Mallarmé... Un examen más cuidadoso nos revela influencias de Góngora y de Poe. La obra consta de versos libres como no he leído antes en español:


En la soñolienta penumbra de la basílica
los ecos, muy suavemente, se han          
    marchitado
y como pájaros aletargados, con las alas
    yertas
volaron muy lentamente, hacia los rincones
de la adusta basílica,
y se han dormido como flores muertas,
    como flores yertas
sobre los arquitrabes y sobre las cornisas
   y las frisas...


¿No es, acaso, una delicia? Pero escuchad:


Las cúpulas cónicas,
las cúpulas cónicas son raros insectos de
    oro,
con largas estrías de púrpura tiria,
que parecen —llamas sobre campo de oro—
cuerdas ensangrentadas de una inmensa
    lira.


El trabajo de Becú es concluido desastrosamente por Jaimes Freyre, quien lo academiza:


Tienen perfumes de Oriente
las auroras:
los recogieron, al paso, de las flores ocultas
de una extraña Flora.
Tienen ritmos
y músicas armoniosas,
porque oyeron los gorjeos y los trinos de las
    aves exóticas.


Todo el Jaimes Freyre rebelde proviene de Becú, pero su rebeldía es demasiado humana, no logra darnos esa impresión sobrenatural de Becú. El espacio de Becú es el de los ángeles, el de los ídolos hieráticos de las viejas religiones. El hombre ha sido borrado, junto con sus “sentimientos”, de ese espacio astral del que recibimos, fastuosamente, visiones:


Los pavos reales, alhajas vivas de esmalte y
    gemas
se pasean por el mosaico del regio patio; una fuente de jaspe, cuajada de gemas
—jaspe azulado, crysoberilos de vetas
    pardas—
lentamente murmura en el medio del patio;
y los muros de obsidiana pulida
reflejan al infinito
los pavos reales y los mosaicos y las
    columnas,
ecos de luces que se reflejan al infinito.


Lugones, mucho más humano, también ve, pero (con la excepción de los poemas eróticos que abren el libro) lo que ve es nuestro mundo, su historia, su geografía, con una voz propia, que ciertamente no es la del inimitable Víctor Hugo sino la del inimitable Lugones, y que por eso mismo es la voz de quien penetró en otros planos de la realidad, trascendiendo los estados de conciencia normales: no es la voz de Becú. El espacio astral de Lugones es literario. El espacio astral de Becú, místico, es decir: lo que pierde en literatura lo gana en mística. ¿Por qué no continuó Lugones la línea señalada por sus poemas eróticos? Allí sí hay, por momentos, una ruptura absoluta con el plano de la realidad que todos compartimos. Lugones consigue esa ruptura con una imitación de los procesos mentales de la demencia y utilizando imágenes que nos llevan a otras imágenes, que a su vez nos llevan a otras, etcétera. Becú deshumaniza parnasianamente sus poemas para huir de la prisión del cuerpo: aun el personaje cuyos funerales canta el mar tiene algo de estatua transparente: no opone sus emociones a las emociones que lo empapan cada vez que una ola rompe, sino que él mismo es el mar, el cántico y los caballos de Neptuno. Becú no escribe sus poemas: Becú es sus poemas: no hay distancia entre el océano, los corceles encabritados y él. Ocurre, pues, una trascendencia total del hombre para unirse con el cosmos. No conozco en la literatura hispanoamericana alguien que se le semeje: sólo el portugués Eugenio de Castro, algún poema de Baudelaire. Una cosa es escribir verso libre en español (moda impuesta por Becú), o acercarse a la locura y al delirio eróticos lugonescamente, y otra, muy otra cosa unirse con el cosmos... pero no con el cosmos más inmediato, no con la “realidad de los sentidos”, sino con el cosmos de las ideas platónicas y con el plano astral. ¿Quién, antes que él ha visto esto?:


De las cúpulas bajan,
rasgando en línea recta las penumbras,
tenues flechas de luz azulada,
de luz pálida y mística y santa,
que se quiebran y se irisan, entre las
    penumbras,
sobre los arabescos de las ojivas y
    columnatas,
y hacen brillar, con cabrilleos crepusculares,
las amatistas y los zafiros y los rubíes de los
    altares,
orlados de escarlata,
o los macizos pebeteros y lampadarios de
    plata...

Becú es un equivalente literario de Gustave Moreau: sus arquitecturas evocan formas góticas, bizantinas, barrocas, griegas, romanas, orientales... Al fin puedo leer, en español, una literatura que prescinde de los elementos que hacen del hombre un simple mamífero, una literatura auténticamente católica, pues quiere trascender el cuerpo, dejarlo atrás... para ser sólo alma, un alma fusionada con el Espíritu... sin dolor y sin goces... o con dolor y goces divinos... Literatura mística, literatura sagrada, literatura que no pretende hablar del éxtasis sino ser el éxtasis, manifestarlo.


6 de abril, 1907

Me dice un amigo argentino a quien comuniqué mi descubrimiento que, después de publicar su plaquette, Becú destruyó la limitadísima edición... y había repartido muy pocos ejemplares. ¡Yo también publiqué para luego quemar!


7 de abril, 1907

Las conversiones pueden ser sagradas y pueden ser profanas. La de Verlaine es un buen ejemplo (aunque decorativo) de la primera; la de Rimbaud es un buen ejemplo (aunque pintoresco) de la segunda.

La conversión de Becú es simple y sencillamente profana: se convirtió en diplomático.


8 de abril, 1907

¿Por qué ese “convertirse en otro” después de terminar una obra audaz? ¿Qué me hizo, a mí, escribir, publicar y quemar? Y, sobre todo: ¿Quién soy, qué soy ahora?


9 de abril, 1907

Las montañas del oro y En la plenitud de los éxtasis son obras muy jóvenes, casi adolescentes: de ahí su fuerza. Cuando el escritor madura, casi siempre se repite, hace una Academia de sí mismo. Me alegra, después de todo, la profana conversión de Becú. Si hubiera seguido escribiendo, habría ganado literatura y habría perdido mística. 


18 de abril, 1907

¿Y si la literatura, por el contrario, fuera una forma de la mística? Diríamos, en consecuencia: “Mientras más literario es un poema, más místico es”. Dos personas se debaten en mi interior. 


20 de abril, 1907

La literatura debe consignar todo aquello que no es el mundo visible. Por medio de la obra literaria nos purificamos para la muerte. La muerte es el paso del mundo que compartimos con todos al mundo que hemos creado en nuestras obras. La obra literaria es el mundo más intenso. De ahí ese sabor a edén que tienen aún los peores infiernos de la literatura. Esos infiernos nos dicen: “sin nosotros, este jardín de las delicias del lenguaje sería muy aburrido”. 


21 de abril, 1907

Hasta Baudelaire y Poe, la literatura fue una historia paralela a la historia. A partir de ellos, la literatura se convirtió en un medio de comunicación entre los místicos: una serie de metáforas herméticas para el público y un cristalino grimorio para los iniciados: otro mundo... a partir de Baudelaire y de Poe. Es entonces cuando vemos desarrollarse claramente dos literaturas: una profana —que incluye al Medanismo o Naturalismo— y otra sagrada, que a muchos parece un espejo deformador y que es en realidad el único espejo capaz de reflejar el mundo interior de cada poeta. Esta literatura, que llaman “nueva”, es a fin de cuentas la más antigua de todas: la religiosa, sólo que los dioses que evoca pertenecen exclusivamente a un individuo: al poeta o cuentista X. El espejo que sí deforma es el de los naturalistas, quienes casi siempre se proponen mostrarnos, a través de procedimientos baratos, una imagen exageradamente sórdida del mundo visible. Por medio de esa sordidez, y sin quererlo, los discípulos de Zolá acceden un poco a lo sagrado: a la corrupción, al Mal. Pero acaban siendo arrastrados por las aguas fangosas del río materialista que fluye en sus cerebros. 


29 de abril, 1907

El Mal es relativo. Dios no lo ha creado; lo ha tolerado, para indicar a los hombres la ausencia de Luz, para estimularlos en la búsqueda de la Pureza. Ergo: el Mal es sagrado. El Mal no fue creado: ha existido siempre, pero no de manera metafísica.

1o. de mayo, 1907

Hoy, de mañana, durante mi paseo cotidiano por Hyde Park, hallé un hermoso guante de mujer sobre el césped húmedo, bajo la estatua de Peter Pan. Siempre he sido algo fetichista, de modo que lo guardé, seguí mi caminata gimnástica y al volver a casa lo examiné mejor. Era un guante largo, de seda blanca, elegantísimo, que no habría desmerecido alojar la mano (izquierda) de un esqueleto. En la tarde dormí mi siesta habitual y, para mi sorpresa, tuve un sueño o, mejor dicho, una pesadilla: una anciana espantosa, vestida de novia, llevando encadenado un enorme perro negro, recorría lentamente las galerías de un palacio fétido, gritando: “Where is my glove? Who stole it? Give me back my glove!!!...” La mano derecha, que sujetaba la cadena del perro, iba enguantada de blanco. La otra, desnuda, parecía retar, gesticulando, a la penumbra horrible de los corredores.

Desperté, cubierto de sudor, para anotar todo esto en mi diario.

¿Qué sueños me depara la noche?....

Y, sin embargo, no quiero deshacerme del guante, que estrujo y que se infla en mi mano como un capullo venenoso.


2 de mayo, 1907

Soñé, pero no puedo recordar qué. He guardado el guante en uno de los cajoncillos de mi escritorio.


3 de mayo, 1907

¡Salud, oh dioses!... En el Café Royal, mientras bebía mi adorado ajenjo, he hallado a La Mujer. Es la Maisie de Frederick Sandys, la misma orgullosa Maisie de mis sueños. Bebía yo con mi amigo Carlston, hablando del amor, cuando la vi, riendo con una risa triste de los chistes que hacían sus compañeros, quienes, a juzgar por la conversación, eran estudiantes de arte y escritores. Maisie se limitaba a oír y a reírse, cuando de pronto nuestras miradas se encontraron. Aquello fue maravilloso: al verme, la niña abrió los ojos (verdes y turbios) desmesuradamente; yo sonreí; ella se levantó y, ante la incredulidad de sus compañeros, y la de Carlston, y la mía, desplazóse con elegancia hacia nuestra mesa. Llevaba un rebozo amarillo de seda y una falda muchachil, de florecillas rojas sobre fondo negro. Entonces, lo más increíble ocurrió:

—¿Aurelio? —me preguntó, sin acento inglés. Yo respondí en español:

—Sí. ¿Cómo sabes mi nombre?

Y en español, aunque no de Argentina, respondió:

—Lo soñé anoche, junto con tu imagen. Tú me llamabas por mi nombre: “Maisie, Maisie”...

Entonces recordé mi sueño del 2 de mayo: —Sí. Por supuesto, Maisie. Nos encontramos en un parque, junto a un estanque lleno de lotos, donde te dije mi nombre. Lo recuerdo, Maisie. Hola. Me da gusto vol­ver a verte.

Maisie se sentó junto a mí. Nos miramos con intensidad. Carlston se levantó:

—Amigos, yo me retiro...

—No, Carlston. Siéntate. Te presento a Maisie. Maisie, éste es Carlston.

Carlston se inclinó y saludó a Maisie.

—¿Dónde dicen que se conocieron? —me preguntó Carlston, luego de tomar asiento.

—En un sueño —dijimos, simultáneamente, Maisie y yo. Carlston nos miraba por turnos, maravillado.

—Bueno... —dijo por fin—. ¡Felicidades!... ¡y salud!

Brindamos por Maisie, por el sueño, por mí, pero sin decir una sola vez “Brindo por...” Era evidente que brindábamos por todo eso. Y con una confianza que sólo tienen quienes han vivido juntos por muchos años, Maisie bebió lo que sobraba de mi copa y preguntó:

—¿Nos vamos?

Y nos fuimos, dejando a Carlston sin despedirnos, ante dos copas vacías y en la perplejidad filosófica total.

Caminamos, tomados de la mano y sin decirnos nada, hasta Picadilly Circus. En la fuente de Shaftesbury nos sentamos y ella fue la primera en reanudar la charla:

—¿Quién eres, Aurelio?

—Soy escritor pero, hasta el momento, no he publicado nada que me satisfaga realmente. Destruí los ejemplares que pude hallar de mi único libro, hace algunos meses, en España. Nací en Buenos Aires, tengo veinticinco años y una hermana. Estoy harto de vivir en Londres pero, hasta la fecha, no he movido un dedo para cambiar mi situación. Y tú, Maisie... ¿quién eres? ¿Eres la hija de quien alguna vez posó para un pintor prerrafaelita?

—No. Mi madre no se me parecía. ¿De qué pintor prerrafaelita me hablas?

—De Frederick Sandys.

—No le conozco. A Rossetti sí. Tengo un cuadro de Rossetti en casa, herencia de mi padre. Mi padre... murió hace tres meses. Agonizante, me entregó la llave de una buhardilla que ha estado cerrada desde que nací. Me dijo: “Abrirás la buhardilla cuando encuentres al joven que se casará contigo. Antes de conocerlo en la vigilia, lo conocerás en un sueño”. Tú eres ese hombre, Aurelio. Debemos abrir la buhardilla lo más pronto posible.

Bajamos hasta Green Park. Le pregunté:

—¿Y tu madre, Maisie?

—Mi madre murió al darme a luz.

Tres palomas nos seguían... Maisie las espantó. Dejamos pronto el parque, estridente de pájaros y de luz verde, para adentrarnos en callejuelas mudas, oscuras y sinuosas. Fue como si, de pronto, el mediodía hubiera declinado hacia una tarde gris. Llegamos a la casa de Maisie, de fachada poco atractiva, sin jardín al frente, igual a las casas que había a ambos lados. Abrió y pasamos a una sala suntuosa. Al fondo, tras las vidrieras, se enmarañaban plantas salvajes. “El jardín interior”, pensé. Olía ligeramente a orín, o a vómito, o a ambas cosas, como ocurre siempre en las casas que fueron habitadas por nuestros bisabuelos. Maisie sacó una llave herrumbrada.

—Subamos —dijo con aplomo.

La escalera espiral crujió, rompiendo el silencio fúnebre que la orden de Maisie no había roto (su voz era cómplice de esa mudez espectral). Un vivo presentimiento de que éramos observados me hizo preguntar:

—¿No te mueres de miedo en esta casa?

—Estoy acostumbrada... He vivido aquí desde mi nacimiento —respondió sin dejar de subir.

—¿Cómo eras tú de niña, Maisie?

—¿Cómo era yo? Un poco rara. Mi juguete favorito era un huevo de jade que al ser agitado emitía una risa diabólica. Me lo regaló mi padre.

Llegamos por fin a un largo corredor que, a juzgar por los vitrales rojos del techo, era la parte más alta de la casa. Maisie se detuvo ante la última puerta. Colocó el oído en la madera.

—No se oye nada. ¿Entramos?

Y sin esperar mi respuesta dio vuelta a la llave en la cerradura. Empujó. Un fuerte hedor a cadáver hizo que nos miráramos con la misma mueca de asco y de terror.

—¿Qué hay ahí adentro? —pregunté, ya con la nariz tapada.

—No tengo la menor idea. Tal vez nuestro regalo de bodas.

Maisie sacó, de la bolsita de cuero que llevaba atada al cinturón, un pañuelo de seda blanca y respiró el New Mown Hay de que estaba impregnado.

—¿Entramos? —volvió a preguntar.

—Entremos —dije. Maisie abrió de golpe.

¡Dios mío!... En el aire, en medio de la buhardilla con ventanas tapiadas, a medio metro del suelo, flotaba una esfera resplandeciente, rotando sobre su eje como un lento, maravilloso planeta de pánico. ¡Y qué infernal olor!

—¿Es un sueño? Si es un sueño, quisiera despertar... —musité.

—No es un sueño, Aurelio. Yo no soy un sueño, esta casa no es un sueño... esa esfera no es un sueño.

—¿Qué luz reflejan sus espejos?

Maisie no contestó. Miré a mi alrededor. No había por ningún lado velas, ni lámparas, ni nada. Pero en las paredes, en el piso, en el techo danzaban reflejos plateados.

—No refleja ninguna luz —dije—. Absolutamente ninguna.

—¡Irradia luz! —gritó Maisie—. No la refleja. O tal vez sí... tal vez refleja luz astral...

—¿Luz astral?...

Maisie habló sobre mi hombro:

—La luz que los hombres no pueden mirar sin enceguecer. Es necesario un espejo de características muy peculiares para resistir ese resplandor...

—Pero... hay figuras ahí, aparte de la luz —dije, y me aproximé hasta casi tocar con la nariz el vidrio pulimentado. Vi la cara como derretida de un sátiro y, nebulosamente, sus patas velludas, con pezuñas. Retrocedí, erizado, y abracé a Maisie.

—Esto es un truco... es una trampa. Un juego de ilusionismo, un aparato de circo, una monstruosidad de feria.

—No, Aurelio. Es el secreto de mi padre, y forma parte de mi herencia.

—Y... ¿para qué sirve?

Maisie no dejaba de mirar la esfera.

—No lo sé... todavía.

—Flota en el aire. ¿Qué mecanismo la hace girar con lentitud?... ¿Por qué huele así?... ¿Es la esfera lo que huele?

—Mientras gira flotando, apesta —respondió Maisie con su voz musical—. Ningún mecanismo de la naturaleza ni del artificio la hace girar. Flota porque Flota.

—¿Cómo lo sabes?... —había una sombra de acusación en mi voz—. Yo creí que no sabías nada...

—La esfera me lo ha dicho. Tú no la oíste, pero yo sí. Cada vez que nos hallemos frente a ella, no escucharás mi voz sino la voz de la esfera. Cuando digas “Maisie” te responderá la esfera. Cuando yo diga “Aurelio” será la esfera quien pronuncie tu nombre. ¡Pero que eso no te impida amarme, escritor argentino!... —esto último fue casi teatral.

—¿Amarte a ti, Maisie, o a la esfera?

—Maisie es la esfera. La esfera es Maisie. Maisie te ama. La esfera te ama.

Con un beso grotesco sellamos nuestro pacto. 


4 de mayo, 1907

He observado mejor la esfera. Parece estar compuesta por espejos irregulares. Y, sin embargo, no hay irregularidades en el contorno general del objeto, pues visto globalmente ofrece siempre el aspecto de una esfera perfecta, girando con lentitud espantosa...

He pasado la noche con Maisie, en su cuarto, en su cama. Una cama de niña, con pabellón nupcial. Hicimos el amor sin énfasis, como quien come o defeca. Maisie se dejó poseer dócilmente, y sólo me besaba con sus labios carnosos y rojos mientras sus uñas acariciaban mi espalda.

El sátiro que la esfera refleja cuando me acerco yo se convierte en una mona blanca de tetas rosadas si la que se acerca es Maisie. Nos haríamos millonarios si exhibiéramos esta cosa en un circo.


b) La escritura sepia


5 de mayo, 1907

Maisie (o la esfera) me dio instrucciones hoy: “Debes fijar la mirada en los ojos del sátiro durante tres minutos. Luego, debes cerrarlos. Cuando los abras, verás algo nuevo y sabrás qué hacer...”

Maisie salió y cerró la puerta. Me quedé solo, con la esfera. Me aproximé y el vago sátiro se aproximó a mí. El olor a cadáver aumentó. Traté de mirar los ojos del monstruo. En un principio no se distinguían bien, pero poco a poco dos pupilas verdes fueron clavándose en las mías. Las miré con horror. Un agua verdosa y turbia, como la de los ojos de Maisie. Calculé, mirándolas, tres minutos. Entonces cerré los ojos. El olor a cadáver (a cadáver de macho cabrío) se hacía insoportable. Un segundo, dos, tres... y abrí de nuevo los ojos. La esfera giraba con rapidez cada vez mayor. Asustado, retrocedí. La esfera giraba vertiginosamente, y mientras eso ocurría, el sátiro se volvía más y más vago, hasta que desapareció. Grité: “¡Maisie! ¡Maisie!...” Maisie abrió la puerta y se colocó a mi lado. Entonces, la esfera llegó a su clímax de velocidad. En su superficie sólo se veían colores e imá­genes imprecisas...

—¿Qué ocurre? —pregunté a Maisie.

—No tengo la menor idea —respondió ella, mirando la esfera. Ésta comenzó a disminuir la rapidez de su rotación. Mientras ello sucedía vimos que la esfera no era una esfera ya, sino una superficie bruñida y circular, con marco dorado, que daba vueltas cada vez más lentas, hasta que se detuvo. Un espejo, un espejo redondo que no nos reflejaba a nosotros, ni a la buhardilla, ni al sátiro, ni a la mona blanca sino a una habitación abigarrada. “No es un espejo”, pensé. “Es una puerta”.

—Sí —me dijo Maisie—. Una puerta. Debemos cruzar esa puerta. Y sin esperar mi respuesta Maisie se dirigió hacia la “puerta” y pasó al otro lado, como quien salta una pequeña valla para llegar a un huerto prohibido. Desde la habitación del otro lado, Maisie me sonrió y me dijo algo que no pude oír: sólo vi el movimiento de sus labios, pero aquello era una invitación a entrar. Lo hice: introduje mi pierna derecha y luego el resto de mi cuerpo. Fue una sensación muy poco familiar la que me recorrió de pies a cabeza: me hallaba en una atmósfera más densa, que tenía una cualidad oleosa, como si estuviera formada por partículas muy espesas, por diminutas esferas de aire recubiertas de una película aceitosa muy frágil que se rompía a cada movimiento mío, dejando salir el aire en ella encerrado. Si yo daba un paso, rompía con el cuerpo millones de esferitas de aire... La sensación, inquietante al principio, era muy agradable pasado un rato. El vago abigarramiento de la habitación se concretaba: relojes antiguos detenidos en horas muertas, una mesa de pies torneados ocupada por una colección de aguamaniles de cobre, raros báculos de madera dorada, cuernos de caza en las paredes y, junto a la ventana, una hilera de jarrones chinos de porcelana con motivos selváticos, sobre un cofre alongado de marfil. Una ventana que dejaba pasar luz...

Como todas las cosas tenían algo inquietante, pensé que compartirían esa cualidad oleosa de la atmósfera, pero no: tocadas, las cosas eran realmente cosas, aunque, eso sí, algo las exaltaba, hacía que tocáramos un jarrón como si ese jarrón fuera El Jarrón, es decir, la idea platónica de “jarrón”. Mis movimientos poseían la convicción de que eran movimientos perfectos, pues ese continuo romperse de esferitas de aire producía en mí una plenitud y un placer totales... Dirigirme hacia una ventana era un acto supremo, un acto perfecto. Era como la idea platónica de lo que es “dirigirse a una ventana”. Todos los actos humanos, en este mundo (lo siento al escribir) son como divinos y fatales, pues en el movimiento menos planeado, más espontáneo, hay algo que lo magnifica. “Sólo he sentido esto una vez”, pensé. “Cuando me ofrecieron hashish en Barcelona.” Pero Maisie me respondió: “No. Con el hashish toda la maquinaria del cerebro se desordena o accede a un nuevo orden. Tú, ahora, ¿no razonas e imaginas de la misma manera en que razonabas e imaginabas en Londres?...” Asentí con la cabeza. El mecanismo mental no se había modificado, y sin embargo... cada movimiento mío, cada imagen cerebral me provocaba un placer extremo... Lo mismo que sentía al desplazar mi cuerpo, al tocar algo, lo sentía al pensar y al imaginar.

—¿Qué es esto? —pregunté, experimentando un agudo placer al pronunciar cada sílaba.

—No tengo la menor idea —respondió Maisie—. Yo esperaba otra cosa, pero la esfera nos ha traído aquí.

Miré la “puerta”: se veían las paredes de la otra habitación. Pero... ¡qué lejos me sentía yo de ellas! Miré a mi alrededor. La luz que entraba por la ventana era peculiar. Aunque no me asomé, pude darme cuenta de que nos hallábamos en una buhardilla, como la de Londres. Aparte de la “puerta-esfera” que llevaba a Londres, había una puerta de roble negro en la habitación de este extraño mundo. Maisie la abrió y comenzó a bajar los escalones. Turbado pero curioso, la seguí. Escalones de madera y tapices en el estrecho pasadizo descendente, iluminado por una luz rojiza como la de cierta espeluznante “Casa del Horror” que visité de niño. Llegamos, por fin, a una amplia sala iluminada por fastuosas arañas y repleta de sillas, divanes y bibelots. En las paredes, libros y cuadros pastoriles que no me detuve a examinar. En medio de la gran sala había una pequeña mesa redonda de roble negro y en medio de la mesa había una carta. Maisie se me adelantó.

—Es la letra de mi padre —dijo y empezó a leer con asombro:


Queridos Maisie y Aurelio:

La Gran Esfera puede conducir a otros planos. La Gran Esfera existe en todos esos planos, girando y apestando, pero éste es el plano que más os conviene: ¡Cuidado con la frágil “puerta” que os ha traído aquí! De ser destruida, quedaríais encerrados aquí para siempre, y la Gran Esfera seguiría funcionando como vía de acceso a todos los planos con excepción de éste. ¡Cuidado con la frágil “puerta”, con esa manifestación de la Gran Esfera que conduce a este plano! Si fuera destruida, jamás podríais regresar a Londres, ya que el camino de grava, rodeado de arbustos, más allá del jardín, os llevará hasta una hermosa puerta de hierro forjado verde que, a pesar de su aspecto prometedor, no conduce a Londres: cada tres días, la puerta se abre, durante diez segundos, hacia un lugar que, a pesar de existir en la realidad... ¡no os corresponde!, la puerta conduce a Gales, a una época futura y al horror. ¡Cuidado con la frágil “puerta”! Cuidado, asimismo, con la valla de juncos que separa al jardín de la bruma: no la crucéis. En muchos planos (en el galés, por ejemplo) la Gran Esfera obliga a sus adoradores a ejecutar actos horrendos... a cambio de favores. No en el de Londres. El de Londres, el de vosotros, privilegiados, se rige por el amor. La “puerta” es para vosotros la vía de acceso hacia la felicidad, hacia este espacio que posee todas las cualidades del ámbito fetal sin sus inconvenientes.

Además, la “puerta” es sabia: ella revelará los secretos más deliciosos, sirviéndose de Maisie, y será una fuente inagotable de sabiduría oculta. ¿Inagotable? Claro: puesto que sois eternos: vuestros cuerpos no envejecerán mientras os halléis en este plano. Cada vez que volváis a Londres (pues yo sé que volver a Londres puede ser una necesidad y la Gran Esfera lo sabe también, y os ha concedido una “puerta” para satisfacer esa necesidad) envejeceréis imperceptiblemente, de modo que vuestro deber será, cada vez que dejéis este mundo, no permanecer en Londres por demasiado tiempo, ya que... ¿para qué gastar inútilmente vuestros tejidos y vuestros huesos?... Tampoco necesitaréis comer: prescindir del placer de la gula será un sacrificio menor si pensáis en lo que se os ha concedido.

En el plano de Gales, la única recompensa que la Gran Esfera concede a los privilegiados es la satisfacción de deseos materiales desdeñables, y el precio a pagar es sumamente humillante: ellos no gozan del privilegio de la inmortalidad, como vosotros. Ellos no pueden, como vosotros, transportarse a otros planos. Vosotros sois, pues, más privilegiados que ellos. A los privilegiados de planos como el de Gales la Gran Esfera los condena a morir de mala manera, con una putrefacción espantosamente acelerada, y durante la vida les exige cosas horribles. El plano de Gales es un infierno, y realmente es paradójico que siga al de vosotros. Sin embargo, el plano de Gales, como el de Londres, es real, o sea, está sujeto a las leyes naturales: puede, por ello, guardar, en su esfera correspondiente, un objeto o documento vuestro, un testimonio que entregar a la memoria de los hombres... si es que decidís morir. Porque el de quitaros la vida es otro privilegio con el que podéis contar. Si la “puerta” llegara a romperse y la angustia de no poder volver a la realidad llegara a dominaros, podéis acudir al suicidio. Para ello, haced lo mismo que yo me dispongo a hacer apenas termine esta carta: salid al jardín...


—¡Cállate! —le dije a Maisie—. ¿Es posible eso?... El tono de la carta me horroriza. Dice tu padre que la “puerta” es buena, pero lo cierto es que ese olor a cadáver y a mierda que despide y las imágenes que refleja no prometen nada bueno...

Maisie sonrió con miedo y prosiguió:


...salid al jardín y entregaos a las brumas...


—¿Qué brumas? —pregunté.

—Eso lo veremos después —dijo Maisie, y prosiguió:


Yo he decidido hacerlo porque no me considero digno de habitar este espacio y acaso también porque me ha dado cierto horror absurdo que vosotros no tenéis que compartir necesariamente. Yo prefiero las brumas, que tal vez ofrecen la paz... Pero no he destruido la “puerta”: la he dejado para vosotros, que tal vez la aprovecharéis mejor.

Si por cualquier razón decidís morir, es regla de la Gran Esfera que un testimonio de lo que os ha ocurrido llegue a los hombres. Podéis dejar vuestro testimonio en cualquier lugar de esta casa: cuando vosotros seáis chupados por las brumas, el testimonio pasará al plano galés, a una esfera plebeya que necesita de fuerza mecánica para funcionar. Cuando el testimonio entre en la esfera los rituales alrededor de ésta se intensificarán; la esfera exigirá de sus adoradores actos cada vez más frenéticos, cada vez más humillantes y peligrosos, pues se trata de una esfera impura que, entonces, deseará escupir ese destello de pureza y de divinidad que implica vuestro testimonio. Dominadora, implacable, hecha de espejos pero indestructible gracias a un aura mágica protectora, la esfera galesa causará la muerte y la putrefacción acelerada de sus adoradores y sólo entonces podrá ser destruida por los hombres y vuestro testimonio será salvado.

Yo tenía dos opciones: o dejar mi testimonio o permitir a mi hija y a su compañero el acceso a este espacio y a la elección. Por eso me llevaré conmigo esta carta cuando me entregue a las brumas: ello permitirá que la carta vaya a dar, por ejemplo, a la mesita redonda de la sala en el momento en que yo sea chupado por las brumas o por el vacío o por la paz... si me va bien. Tales son las curiosas leyes de la Gran Esfera, que todavía no alcanzo a comprender del todo.

Maisie, querida: tu madre nunca supo la verdad, pues murió antes de que yo me iniciara en el culto de la Gran Esfera, magnífica y aborrecible... fuente inagotable de Sabiduría.

Gozad, pues, hijos míos, de este mundo paradisiaco, de este mundo que yo, por inclinación —o limitación— personal no pude aprovechar del todo.

Vuestro querido padre 

—No dice nada acerca del hedor, ni de las imágenes que se ven en la esfera antes de que ésta pase a ser “puerta” —dije a Maisie—. La “puerta” y lo demás me parece brujería del peor tipo. Respecto a las “brumas” y a la decisión final de tu padre, no puedo sino mostrarme receloso y, para decir la verdad, horrorizado.

(Llegó a olvidárseme el placer de pensar y de hablar, por un momento.)

—No exageres —dijo Maisie—. A mí me parece maravilloso e inexplicable. Me siento como Alicia en el país de...

—¡Cállate!... No sabes lo que dices. ¿Qué diablos es ese jardín? ¿Y las “brumas”? ¿En dónde demonios estamos? Este lugar me seduce y me horroriza a la vez...

—Estamos en la Eternidad —dijo Maisie.

—Pero para mí eso es lo mismo que la muerte o peor: una suerte de limbo... No: no me gusta nada. Vámonos de aquí.

Maisie dijo que la Sabiduría de la Gran Esfera constituía un tesoro invaluable, un privilegio que no se le concede a cualquiera. Yo pensé: “Esta bella loca está completamente dominada por la Esfera, por el maldito espejo”, pero al pensar mi cerebro experimentaba pequeños y deliciosos orgasmos que debilitaron mi voluntad.

En ese momento comprendí que me había vendido al diablo.


c) La escritura negra

 

6 de mayo

Aunque no envejecemos, mi reloj funciona bien. A mediodía hemos efectuado algunos experimentos con la “puerta”. Maisie se concentra en ella hasta que empieza a girar y se convierte en una esfera. Maisie procede a adoctrinarme, y en la esfera los labios de la mona blanca, repulsiva y maravillosa, también se mueven.

Bajamos al jardín. El jardín, alfombrado de hierbas amarillentas, rodea la casa y está limitado por brumas espesísimas que no permiten adivinar qué diablos ocultan. Hemos recorrido el sendero de grava y hemos alcanzado la puerta enrejada a que aludía la carta. A ambos lados del sendero hay arbustos selváticos, tropicales. Más allá de los arbustos, más allá de la puerta enrejada, brumas. Es curioso que las brumas se disipen a lo largo del sendero, y que luego se reconcentren más allá de la puerta, más allá de los arbustos. Brumas grises...

Luego examinamos el edificio: las buhardas con cubiertas de pizarra, las pilastras coronadas por lucernarios ovalados, el dragón rojo del dintel, la crestería enmohecida, los entrepaños roídos, la cúpula desdorada, los balcones de hierro vegetal... ¿Quién habrá construido esta casa en-medio-de-ninguna-parte?... Posee muchas habitaciones, algunas con instrumentos musicales de factura bizarra, otras con aparatos científicos incomprensibles, otras que parecen laboratorios de alquimista... Los tapices del pasadizo descendente que lleva de la buhardilla a la sala son espantosos: las escenas pastoriles que alguna vez los alegraron han sido carcomidas y deformadas hasta lo pesadillezco: las marquesas son ahora cadáveres elegantes, las fuentes versallescas borbotan sangre negra, los pierrots se pudren en brazos de colombinas leprosas. Descubrimos, en una cocina absurdamente bien equipada, una trampa hexagonal con una argolla. La levantamos: escalones. Otro pasadizo descendente. Bajamos. La escalera es tortuosa y los muros respiran una humedad y una putrefacción cada vez más opresivas, aunque las fosforescencias verdes que irradian nos permiten bajar sin tropezar, lo cual sería inevitable si nos hallásemos a oscuras, pues los peldaños son muy irregulares. Seguimos bajando y bajando por varias horas, en ese ambiente húmedo y fétido: cada vez más húmedo, cada vez más fétido. Pero al fin alcanzamos nuestra meta. Maisie me dice: “El invernadero de mi padre. El invernadero de las plantas carnívoras”. El hedor y la humedad son ya insoportables, pero la luz verde nos permite comprobar que, en efecto, nos hallamos en un invernadero, en un gigantesco invernadero, compuesto de plantas exuberantes, de enormes hojas lanceoladas y moteadas de rosa. Me acerco a una de ellas y descubro que lo que yo creía pigmentación rosada es, en realidad... ¡una gusanera fofa y rosada, infinita!

“¡Gusanos!”, grito, y Maisie también aúlla. Subimos, tropezando, por el pasadizo, mientras Maisie murmura: “Imposible fumigar esto... mi padre lo descuidó... debió advertirnos...” Yo me estremezco de repugnancia al descubrir un gusano en mi manga izquierda. Lo unto contra el muro. El gusano revienta y de él fluye un líquido espeso y blanco, semejante a la pus. La cabeza me da vueltas. Después de varias horas llegamos hasta la cocina de la trampa. Salimos al jardín. Las brumas tras la valla de juncos se han disipado un poco. Lo que ocultaban eran árboles, árboles tropicales, pujantes, amazónicos, de troncos invadidos de flores parasitarias y estrangulados por las lianas. Toda la flora de este mundo sin tiempo es la que prodigan las regiones de altas temperaturas, y sin embargo el ambiente medio es templado, un poco húmedo en lugares cerrados, pero agradable en lugares abiertos. Al decir “abiertos” exagero un poco: tal vez debería decir “cerrados y amplios”, por un lado, y “cerrados y estrechos” por el otro, ya que indudablemente nos encontramos dentro de algo, siempre. Las brumas se espesan de nuevo, tapándonos la selva.

Comienza a gustarme esta nueva vida.

(De aquí en adelante, la caligrafía se vuelve tortuosa, irremediablemente diabólica y en ocasiones resulta imposible descifrarla.


7 de mayo

Bajo la casa - una gran serpiente - desenrosca sus anillos - en un sueño de piedras - y de lodos malditos-.

Más allá de la puerta enrejada - brumas - se han disipado - por diez segundos - un camino soleado - en medio del camino - un gigantesco perro negro - impide la salida - Luego - tras el perro - una joven encapuchada - la Hermana Negra de Gales - Tras ella - una abadía - Las brumas lo ocultan todo de nuevo -.

Maisie (o la mona blanca) me adoctrina: “Es precisa la porquería espiritual - Es preciso el asco amoroso - Es precisa la Metamorfosis - Es preciso al acto el asco el sátiro la mona la porquería-.”

En un ámbito de pantanos humeantes - copulamos Maisie y yo - el sátiro y la mona copulan en una casa de espejos - entre filomedusas - trigonocéfalos - iguanas - el gran rey sapo está contento - las iguanas resplandecen - hermana mía - ilobate albino de nalgas peladas y piel callosa - cuando Plinio vio ilobates en la jungla india los confundió con sátiros - brazos desproporcionados y grandes tetas - nueva especie - mis pezuñas sangran - “es preciso...” - Metamorfosis - pantano - mi reloj estalla - selva amazónica - “un éxtasis que provoca al dios” - el dios que provoca un sapo - (aquí siguen garabatos incomprensibles) “se hincha de anhelo” - “aparece el dios” - gran rey sapo - el discípulo vomita amor - la Gran Sabiduría - Maisie- la esfera - pesadilla de amor - las uñas del ilobate albino en la espalda del sátiro - las uñas - religión de sapos - vómito místico - Metamorfosis - el pantano de las cópulas trigonocéfalo verde gigantesco - franjas oscuras - aguda punta de la cola - crotalus horridus - manchas romboidades festoneadas de amarillo - zig-zag de horror a lo largo de su lomo - el Amazonas fetal - muerte rosada - abajo - en el centro de la Tierra - esfera - vómito de murciélago - sapo de cristal - en el centro de la Tierra - somos hermanos - vómito de sapo - discípulo de la esfera - “el verdadero rostro de los hombres” - privilegiados - gran filomedusa - la esfera estalla - gran mentira - mil fragmentos de espejo - no hay salida - gran perro negro impide escapar - pintada por Sandys - las hieles del murciélago - en las profundidades de la Tierra - la luz verde - los gusanos - vegetación tropical - padre de Maisie - payaso brujo - hedor a muerte - “se hincha de anhelo” - como un sapo - el otro guante en la mano de Maisie - Maisie anciana - por las galerías de un palacio fétido - he robado el guante - Maisie vieja mona bruja - enarbola - estandarte de condenación - vieja mona blanca - viejo ilobate albino - anciana buscando su guante - nalgas peladas y piel callosa - “aparece el dios” (aquí nuevamente el manuscrito es indescifrable) - vómito de sapo - Gales - el centro de la Tierra - “Give me back my glove” - rotando - circunferencia fría de horror y de castigo - “Maisie or the Black Sister?” - las pezuñas de la muerte en el viejo estandarte roído - los tapices versallescos - la carcoma en el rostro de la princesa - infierno modernista - vómito de serpiente - vómito de gusano - trigono-céfalo - hermana mía -.

(El manuscrito se interrumpe aquí.)


IV


El andrógino
 
—Es una historia horrible —dije al reverendo Westcott al devolverle el manuscrito—. Pero no comprendí bien las últimas anotaciones. Por ejemplo: ¿qué quiere decir Summers con eso del gran sapo negro, con lo del guante, con lo del vómito de murciélago, con lo del éxtasis que provoca al dios?

—Oh, bueno —respondió el reverendo—. Hay anotaciones que ni yo mismo entiendo. ¿El guante? Una prenda mágica, por medio de la cual se le atacó en su talón de Aquiles: el fetichismo. Así fueron preparándolo, advirtiéndole: primero sueña con la vieja del guante y luego con Maisie. El dibujo de Sandys también fue muy útil, por supuesto, en lo que a tentación se refiere: al darle ese aspecto a Maisie, realizaban el sueño de Aurelio. Summers estaba condenado, como lo demuestra el título de su libro. Él quemó los ejemplares que pudo hallar por un oscuro presentimiento: los quemó porque instintivamente rechazaba el futuro que lo esperaba. Lo que resta son... alusiones a la curiosa naturaleza de los ritos... que la Gran Esfera exigía de sus adeptos, y a la aun más curiosa filosofía de los privilegiados. Parece ser que todos ellos... encarnaban a un dios distinto, pero cada dios era una pesadilla, un monstruo del inconsciente que, al surgir a la superficie de entre fangos primigenios, cobraba una realidad amenazante y una tétrica metamorfosis se operaba entonces en el aspecto físico de los privilegiados. Maisie se convertía en una mona, en un ilobate albino, y Summers se convertía en un sátiro, es decir, pasaban ambos a encarnar lo que antes habían sido sólo reflejos en la esfera giratoria. Humillados por el deseo, fascinados por la carne, más animales que humanos, se alejaban cada vez más de lo angélico: lo que había de esencia divina en ellos era contaminado, cada vez más, por la materia y el egoísmo perverso, los aprisionaba en un cuerpo en continuo descenso, en continua animalización. El egoísmo les impedía, como un lastre cada vez más pesado, remontar el vuelo hacia la Pureza...

—Pero —dije al recordar el espejo que el reverendo me había mostrado la primera vez—, ¿entonces todos somos privilegiados en potencia?...

—En efecto —contestó, con mirada sombría—. En todos los hombres hay una bestia, un gran sapo negro, un enorme gusano que, si se mantiene dormido en las capas más primitivas del alma, no llega a manifestarse nunca y el hombre muere sin conocer su existencia. Si, por el contrario, lo despertamos por medio de los estímulos apropiados, puede conducirnos a la disolución, al deterioro absoluto. Summers y Maisie despertaron al gran sapo negro antes de unirse en blasfematorias cópulas que, por fortuna, no dieron nada a luz: Aurelio y Maisie siguieron el ejemplo del padre... De no haber sido así, una Entidad fatal para la humanidad habría sido engendrada.

—Pero... ¿y la esfera?

—Como dice Summers en sus últimas anotaciones delirantes, la esfera estalló en mil pedazos (junto con su reloj). Algo fue mal en los experimentos. Ciertamente, esta pareja estaba mal preparada y se adelantó demasiado en alguno de los ritos. Usted sabe: la magia es un asunto muy delicado. Si el método no se sigue al pie de la letra, las cosas empiezan a fallar...

...Hubo entre Summers y Maisie una identificación perversa (parte de los ritos) que llevaba a Summers a ver en Maisie a esa hermana incestuosa que su hermana no fue, y que llevaba a Maisie a ver en Aurelio al hermano incestuoso que nunca tuvo. Creo que la identificación no se vio acompañada de cópula.

—¿Y cómo se unieron, entonces?

—No se unieron entonces: consumaron nupcias separadamente: onanismo místico, por decirlo así. Al desdoblarse, Summers copuló consigo mismo. Igual Maisie. Mientras, el sapo se hinchaba, el deseo egoísta crecía...

—¿Y cuando copulaban como sátiro y mona?

—Entonces sí había unión. La cópula bestial era el complemento del onanismo blasfematorio. También hubo otras prácticas perversas, pero Summers no las especifica. Le repito: si la pareja no hubiera seguido los pasos del padre de Maisie, si no se hubiera entregado, como él, a las “brumas”, una entidad abominable, una variedad espeluznante de Andrógino habría invadido nuestro mundo...

—¿El Andrógino?

—Sí, el mito platónico del ser lunar que combina la fuerza del sol con la gracia de la Tierra y que se reproduce solo, al contener los dos sexos. Durante la época de Summers surge un movimiento aparentemente literario que en realidad fue esotérico: el decadentismo. Summers perteneció a él, como habrá podido apreciar usted al leer El sátiro y las notas sobre poesía y mística. Para los decadentes, el andrógino encarnaba el ideal erótico y el ideal sobrehumano: más allá del hombre y de la mujer existe un “bello monstruo” que Nietzsche llamó el Superhombre y que los decadentes llamaron el Andrógino. La idea es muy antigua, y tiene un aspecto gnóstico en su origen, aparte del erótico de la leyenda griega. En la cosmología gnóstica, el hombre es un pedazo de excremento con un destello de luz divina. Dicho menos brutalmente, el hombre es materia y peso. Mientras más inmaterial y menos pesado es, más se acerca a la Divinidad. Algunos llegaron a pensar que la muerte era la condición más perfecta del ser humano. Otros pusieron sus esperanzas en un ser “imposible”, ideal, que contenía el soplo, la quintaesencia de Dios, que se multiplicaba solo, que carecía de sentimientos y emociones humanas, que superaba las limitaciones de la materia y que poco a poco se convertía en Luz. Comparados con los gnósticos funerales, los deca­dentes eran más optimistas, pero no pensaron que la luz lunar que irradiaba el monstruo era una luz fría, negativa, un mero reflejo de la gran luminaria positiva, ígnea, del sol. En efecto: el Andrógino no es tan “imposible” como creían los decadentes, pero su símbolo es Narciso, cuya contemplación estéril, masturbatoria, que da a luz más esterilidad, lo convierte en un monstruo, en un vampiro, en un Golem de la erotología —y en el plano de los privilegiados, en un peligro sobrenatural—, más que en un ser divino. El Andrógino es un gran dios, sí, pero un dios de las sombras. El dandismo de Mallarmé, androginia literaria, termina por conducirlo a blasfemar de la vida con el silencio y la esterilidad. Si el egoísmo se convierte en Absoluto, aprisiona el alma en una individualidad estéril, en lugar de conducirla a la Fusión Luminosa con el Gran Todo. Pero lo que importa en Satán es la rebeldía, no el triunfo. El documento que le he mos­trado es la descripción de una caída. Sin embargo, en esa caída hay un éxtasis, una superación de los límites de la vida cotidiana, una hazaña sobrenatural. Ha dado un gran paso quien logra el milagro de estremecer, con su presencia, los umbrales del Edén...

Cuando me despedí del reverendo era casi medianoche, y al regresar a mi hotel sentí que la luna plateaba las colinas con el mismo amor enfermo con que el sol las doraba al atardecer...