width= Clarice Lispector



Selección y nota
introductoria
de Gloria Gervitz



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Nota introductoria

La más grande novelista de la literatura brasileña, Clarice Lispector, murió de cáncer el día 9 de diciembre de 1977. Era una mujer enigmática, solitaria, y escribía como una diosa.


La mirada

El tema obsesivo de Clarice Lispector es la mirada, la propia mirada. Importa mucho menos qué es lo que se mira, que la manera de mirar. Literatura de la percepción, podría ser el subtítulo de toda su obra. Desde su interioridad, observa la interioridad ajena de una manea implacable. Clarice Lispector escribe como mira, es decir, sin adornos. Un ejemplo de esto es un relato suyo muy difícil de clasificar: Seco estudio de caballos. Justamente, el adjetivo es el que mejor define la obra de Clarice y su estilo: seco. Pero esta sequedad, como en Cavafis, es una virtud; a través de esa renuncia a los fastos de la imagen, su obra llega a una profundidad sobrecogedora. Clarice Lispector escribe como ve y como piensa. Sigue el hilo de su inconsciente y el de la asociación libre. Esto explica, además, algunas de esas inserciones curiosas de sus relatos, y que ella coloca con la Habilidad del inconsciente: si esta idea apareció en su cabeza, por algo será. De ahí también sus numerosas intervenciones, nos recuerda a Velázquez que se pinta pintando a las "Meninas". Clarice mirándose escribir, se escribe a sí misma. Interviene para corregir, interviene para confesarse, interviene para hablar con los personajes, como si las historias y ella, quien las mira y las escribe, no pudieran separarse, desprenderse. Quizá sólo una mujer puede estar tan pegada a sí misma, a su mirada, al cuerpo de su texto, como para que esta unión umbilical sea in destructible. Se la ha comparado, desde luego, con Virginia Woolf, pero la literatura de Clarice termina por provocar una sutil y profunda incomodidad.


El trazo del agua

La literatura de Clarice Lispector me recuerda las pinturas de Remedios Varo. Pero el paisaje mental de Lispector es húmedo, sus palabras son pegajosas, un balbuceo, intenta decir lo que no se puede decir, escribe desde ese lugar de nosotros en el que estamos a solas con la propia respiración. Sus frases cortas, sincopadas, tensas, pueden romperse con el ruido del teléfono o de una puerta que se azota.

El paisaje de su pensamiento es de agua. Tiene la textura del limo con raíces que se enredan y te jalan al fondo. El fondo es blando y resbaloso, oscuro como un corazón latiendo, como el deseo, como el miedo. Está hecho de ese lenguaje —que ella seguramente nutrió durante años y años con lo que amó, con todo aquello de la vida que nunca más se recupera, y que ocurre una sola vez—. Seferis escribió en su diario que en esencia el poeta tiene un solo tema, —su cuerpo—. La vida que nutre a ese cuerpo.


Entre la niebla

No es fácil leer a Clarice Lispector, es como esos días inexplicablemente hermosos en que no dan ganas de hacer nada, más que dejarse vivir por ellos. Dije antes, que el paisaje de su pensamiento es de agua, pero en esas aguas hay un enorme silencio y pasan muchas cosas. Tiene la fuerza de los salmones que recorren distancias enormes en contra de la corriente, para regresar al lugar del principio, aparearse y morir. Tiene la belleza casi salvaje de un volcán en erupción, o la de una leona que amamanta a sus cachorros. Es como esas mujeres que todavía se mueren de amor, como los pasadizos secretos llenos de jeroglíficos de las tumbas de los faraones, como la primera mañana del primer día de primavera, como las canciones de Chico Buarque y Luis Gonzaga, cantadas por María Bethania, es el calor al mediodía en el pueblo de María Macabea, es la pena honda, es como las noches, como el perfume rojo de las rosas, como el insomnio, como bajar entre la niebla por las cumbres de Acultzingo.


Al otro lado del viento

Un texto en realidad es un tejido. Viene de textus, participio pasivo de texto: tejer, coser, unir, enlazar.
La literatura de Clarice Lispector es un tejido espeso, es una tela mojada que pesa una enormidad y no cubre sino más bien desnuda. El tejido es minucioso como la tela que tejen las arañas, se parece a la piel verde del agua de los cenotes, al verde de la lluvia, a la infinita paciencia de las bordadoras y puede también cansar como los monólogos silenciosos e interminables con nosotros mismos, como las obsesiones, como la rutina.

Atravesar esos textos, dejarse atravesar por ellos, recorrerlos, hundirse en ellos, quedar a solas entre esas palabras, profundamente, en lo más solo de uno mismo... estoy tratando de decir algo de lo que sentí y vi al sumergirme en la lectura de Clarice Lispector. Sus palabras saben más.


Gloria Gervitz


Tanta mansedumbre

 

Pues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz tranquila dentro de mí, y la llamaría alegría, alegría mansa. Estoy un poco desorientada como si me hubieran arrancado el corazón, y en lugar de él estuviera ahora la súbita ausencia, una ausencia casi palpable de lo que antes era un órgano bañado de oscuridad, de dolor. No estoy sintiendo nada. Pero es lo contrario del sopor. Es un modo más leve y más silencioso de existir.

Pero también estoy inquieta. Yo estaba organizada para consolarme de la angustia y del dolor. Pero cómo es que me arreglo con esa simple y tranquila alegría. Es que no estoy acostumbrada a no necesitar de mi propio consuelo. La palabra consuelo me llegó sin sentir, y no lo noté, y cuando fui a buscarla, ella se había transformado ya en carne y espíritu, ya no existía más como pensamiento.

Voy entonces a la ventana, está lloviendo mucho. Por hábito estoy buscando en la lluvia lo que en otro momento me serviría de consuelo. Pero no tengo dolor que consolar.

Ah, lo sé. Ahora estoy buscando en la lluvia una alegría tan grande que se torne aguda, y que me ponga en contacto con una agudeza que se parezca a la agudeza del dolor. Pero es una búsqueda inútil. Estoy frente a la ventana y sólo ocurre eso: veo con ojos benéficos la lluvia, y la lluvia me ve de acuerdo conmigo. Ambas estamos ocupadas en fluir. ¿Cuánto durará mi estado? Percibo que, con esta pregunta, estoy palpando mi pulso para sentir dónde está el latir dolorido de antes. Y veo que no está el latido de dolor.

Sólo eso: llueve y estoy mirando la lluvia. Qué simplicidad. Nunca creí que el mundo y yo llegáramos a este punto de acuerdo. La lluvia cae no porque me necesite, y yo la miro no porque necesite de ella. Pero nosotras estamos tan juntas como el agua de lluvia está ligada a la lluvia. Y no estoy agradeciendo nada. Si, después de nacer, no hubiera tomado involuntaria y forzadamente el camino que tomé, yo habría sido siempre lo que realmente estoy siendo: una campesina que está en un campo donde llueve. Sin siquiera dar las gracias a Dios o a la naturaleza. La lluvia tampoco da las gracias. No hay nada que agradecer por haberse transformado en otra. Soy una mujer, soy una persona, soy una atención, soy un cuerpo mirando por la ventana. Del mismo modo, la lluvia no está agradecida por no ser una piedra. Ella es la lluvia. Tal vez sea eso lo que se podría llamar estar vivo. No es más que esto, sólo esto: vivo. Y sólo vivo de una alegría mansa.


Traducción: Cristina Peri Rossi


Tentación

 

Tenía hipo. Y como si la claridad de las dos de la tarde no fuera suficiente, era pelirroja.

En la calle vacía las piedras vibraban de calor; la cabeza de la niña refulgía. Sentada en los escalones de su casa, ella aguantaba. En la calle, nadie; apenas una persona esperando inútilmente en la parada del autobús. Y como si su mirada sumisa e impaciente no bastara, el hipo la interrumpía una y otra vez, estremeciendo el mentón que, adaptado, se apoyaba en la mano. ¿Qué hacer con una niña pelirroja que tiene hipo? Nos miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle desierta, ni rastro del autobús. En una tierra de morenos, ser pelirrojo es una rebelión involuntaria. ¿Qué importaba si en un día futuro su marca iba a hacerle erguir, insolente, la cabeza de mujer? Mientras tanto estaba sentada en un escalón ardiente de la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la salvaba era un viejo bolso de señora con el asa partida. Lo sostenía con un amor conyugal ya acostumbrado, apretándolo contra las rodillas.

Entonces se acercó la otra mitad suya de este mundo, un hermano en Grajaú. La posibilidad de comunicación surgió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a una señora y encarnada en un perro. Era un basset lindo y miserable, dulce bajo su fatalidad. Era un basset rubio.

Allí venía trotando, al frente de la dueña, arrastrando su largura. Desprevenido, acostumbrado, cachorro.

La niña abrió los ojos azorados. Suavemente discreto, el cachorro se paró delante de ella. Le vibraba la lengua. Los dos se miraban.

Entre tantos seres preparados para hacerse dueños de otro ser, allí estaba la niña que había venido al mundo para tener aquel cachorro. Él gruñía suavemente, sin latir. Ella lo miraba por entre el pelo, obstinada, seria.

¿Cuánto tiempo iba pasando? Un gran hipo desafinado la sacudió. Él no tembló siquiera. También ella pasó por alto el hipo y siguió clavándole los ojos.

El pelo de los dos era corto, rojizo.

¿Qué fue lo que se dijeron? No se sabe. Sólo se sabe que se comunicaron rápidamente, pues no había tiempo. También se sabe que, sin hablar, se imploraban. Se imploraban con urgencia, absortos, sorprendidos.

En medio de tanta imposibilidad vaga y tanto sol, para la criatura roja allí estaba la solución. Y en medio de tantas calles para ser trotadas, de tantos perros más grandes, de tantos desagües secos, allí había una niña que parecía carne de su carne rubia. Se miraban profundos, rendidos, ausentes de Grajaú. Pero un instante más el sueño suspendido se quebraría cediendo acaso a la gravedad con que se imploraban.

Pero ambos estaban comprometidos.

Ella con su infancia imposible, centro de la inocencia que sólo se abriría cuando fuese una mujer. Él, con su naturaleza aprisionada.

La mujer esperaba impaciente bajo el toldo. Al final el basset rubio despegó de la niña y, sonámbulo, se alejó. Ella se quedó asustada, con el conocimiento en las manos, en una mudez que ni el padre ni la madre comprenderían. Lo acompañó con los ojos negros que apenas creían, doblada sobre el bolso y las rodillas, hasta verlo doblar la esquina.

Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez volvió la mirada.

Traducción: Marcelo Cohen


Seco estudio de caballos

 

Desposamiento

El caballo está desnudo.


Falsa domesticación

¿Qué es el caballo? Es la libertad tan indomable que se torna inútil aprisionarlo para que sirva al hombre: se deja domesticar, pero con unos simples movimientos de sacu­dida rebelde de cabeza —agitando las crines como una cabellera suelta— demuestra que su íntima naturaleza es siempre bravia y límpida y libre.


Forma

La forma del caballo representa lo mejor del ser huma­no. Tengo un caballo dentro de mí que raramente se ex­presa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla.


Dulzura

¿Qué es lo que hace al caballo ser de brillante naturale­za? Es la dulzura de quien asumió la vida y su arco iris. Esa dulzura se objetiva en el pelo suave que deja adivi­nar los elásticos músculos ágiles y controlados.


Los ojos del caballo

Vi una vez un caballo ciego: la naturaleza se había equi­vocado. Era doloroso sentirlo inquieto, atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas, con los ner­vios prontos a erizarse en un estremecimiento que le re­corría el cuerpo alerta. ¿Qué es lo que el caballo ve a tal punto que no ver a su semejante lo vuelve perdido como de sí mismo? Es que cuando ve, ve fuera de sí lo que está dentro de sí. Es un animal que se expresa por la forma. Cuando ve montañas, césped, gente, cielo, do­mina hombres y su propia naturaleza.


Sensibilidad

Todo caballo es salvaje y arisco cuando manos insegu­ras lo tocan.


Él y yo

Intentando poner en frases mi más oculta y sutil sensa­ción —y desobedeciendo mi necesidad exigente de vera­cidad—, yo diría: si pudiese haber escogido, me habría gustado nacer caballo. Pero —quién sabe— quizás el ca­ballo no sienta el gran símbolo de vida libre que noso­tros sentimos en él. ¿Debo concluir entonces que el ca­ballo sería sobre todo para ser sentido por mí? ¿El caballo representa la animalidad bella y suelta del ser humano? ¿Lo mejor del caballo el ser humano ya lo tiene? Enton­ces abdico de ser un caballo y con gloria paso a mi hu­manidad. El caballo me indica lo que soy.


Adolescencia de niña-potro

Ya me relacioné de modo perfecto con el caballo. Me acuerdo de mí adolescente. De pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su pelo lustroso. Por su agreste crin agresiva. Ya me sentía como si algo mío nos viese de lejos. Así: «La muchacha y el caballo».


El alarde

En la hacienda el caballo blanco —rey de la naturaleza— lanzaba hacia lo alto de la suavidad del aire su largo re­lincho de esplendor.


El caballo peligroso

En el pueblecito del interior —que se convertiría un día en una pequeña ciudad— todavía reinaban los caballos como prominentes habitantes. Bajo la necesidad cada vez más urgente de transporte, levas de caballos habían in­vadido el lugar, y en los niños todavía salvajes nacía el secreto deseo de galopar. Un bayo joven dio una coz mor­tal a un niño que iba a montarlo. Y el lugar donde el niño audaz había muerto era mirado por la gente con una cen­sura que en verdad no se sabía a quién dirigir. Con las cestas de compras bajo el brazo, las mujeres se paraban a mirar. Un periódico se enteró del caso y se leía con cierto orgullo un artículo con el título de «El crimen del caba­llo». Era el crimen de uno de los hijos de la pequeña ciu­dad. El lugar entonces ya mezclaba a su olor de caballeri­za la conciencia de la fuerza contenida en los caballos.


En la calle seca de sol

Pero de pronto, en el silencio del sol de las dos de la tar­de y casi nadie en las calles del suburbio, una pareja de caballos desembocó de una esquina. Por un momento se inmovilizó con las patas semierguidas. Fulgurando en las bocas como si no estuvieran amordazadas. Allí, como es­tatuas. Los pocos transeúntes que afrontaban el calor del sol miraban, mudos, separados, sin entender con pala­bras lo que veían. Entendían muy poco. Pasado el ofus­camiento de la aparición, los caballos curvaron el pes­cuezo, bajaron las patas y continuaron su camino. Había pasado el instante de deslumbramiento. Instante inmo­vilizado como por una máquina fotográfica que hubiera captado alguna cosa que nunca las palabras alcanzarían a decir.


En la puesta de sol

Ese día, cuando el sol ya se estaba poniendo, el oro se extendió por las nubes y por las piedras. Los rostros de los habitantes quedaron dorados como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Fábricas empolvadas sil­baban continuamente avisando el fin del día de trabajo, la rueda de un carro adquirió un nimbo dorado. En ese oro pálido la brisa tenía una ascensión de espada desen­vainada. Porque era así que se erguía la estatua ecuestre de la plaza en la dulzura del ocaso.


En la madrugada fría

Podía verse el suave aliento húmedo, el aliento brillante y tranquilo que salía de las narinas trémulas extremada­mente vivas y temblorosas de los caballos y yeguas en cier­tas madrugadas frías.


El misterio de la noche

Pero a la noche caballos liberados de las cargas y condu­cidos a campos de hierbas galopaban finos y sueltos en la oscuridad. Potros, rocines, alazanes, largas yeguas, cas­cos duros, ¡de pronto una cabeza fría y oscura de caba­llo! Los cascos golpeando, fauces espumantes erguidas en el aire con ira y un murmullo. Y a veces una larga res­piración enfriaba las hierbas temblorosas. Entonces el bayo se adelantaba. Andaba de lado, la cabeza curvada hasta el pecho, cadencioso. Los otros asistían sin mirar. Oyendo el rumor de los caballos, yo adivinaba los cas­cos secos avanzando hasta detenerse en el punto más alto de la colina. Y la cabeza dominaba la pequeña ciudad, lanzando un largo relincho. El miedo me apresaba en las tinieblas del cuarto, el terror de un rey, yo quería res­ponder con las encías al modelo del relincho. Con la en­vidia del deseo mi rostro adquiría la nobleza inquieta de una cabeza de caballo. Cansada, jubilosa, escuchando el trote sonámbulo. En cuanto saliera del cuarto mi forma iría cobrando volumen y purificándose, y, cuando llega­ra a la calle, ya podría galopar con patas sensibles, los cascos resbalando en los últimos tramos de la escalera de la casa. Desde la calle desierta yo miraría: una esqui­na y otra. Y vería las cosas como un caballo las ve. Ése era mi deseo. Desde la casa yo intentaba al menos espiar la colina de hierbas donde en las tinieblas caballos sin nombre galopaban retornados al estado de caza y de guerra.

Los animales no abandonaban su vida secreta que se desarrollaba durante la noche. Y si en medio de la ronda salvaje aparecía un potro blanco, era un asombro en la oscuridad. Todos se detenían. El caballo prodigioso apa­recía, era aparición. Se mostraba, erguido, un instante. Inmóviles, los animales aguardaban sin espiar. Pero uno de ellos golpeaba el casco, y la breve patada quebraba la vigilia: fustigados, movíanse de pronto alegres, entre­cruzándose sin jamás chocar y entre ellos se perdía el ca­ballo blanco. Hasta que un relincho de súbita cólera los advertía: por un segundo, quedaban atentos, luego se es­parcían de nuevo en otra composición de trote, el dorso sin montura, los cuellos bajos hasta que las fauces toca­ban el pecho. Erizadas las crines. Ellos rítmicos, incultos.

La noche alta, mientras los hombres dormían, los en­contraba inmóviles en las tinieblas. Estables y sin peso. Allí estaban ellos, invisibles, respirando. Aguardando con la inteligencia corta. Abajo, en la pequeña ciudad ador­mecida, un gallo volaba y se posaba al borde de una ven­tana. Las gallinas espiaban. Más allá de las vías del tren había un ratón dispuesto a huir. No tenía boca para ha­blar pero daba una señal que se manifestaba de espacio a espacio en la oscuridad. Ellos espiaban. Aquellos ani­males que tenían un ojo para ver de cada lado: nada ne­cesitaba ser visto por ellos de frente, y ésa era la gran noche. Los flancos de una yegua recorridos por una rá­pida contracción. En los silencios de la noche la yegua abría los ojos como si estuviera rodeada por la eterni­dad. El potro más inquieto todavía erguía las crines en un sordo relincho. Al fin reinaba el silencio total.

Hasta que la frágil luminosidad de la madrugada los revelaba. Estaban separados, de pie sobre la colina. Exhaustos, frescos. Habían pasado a través de la oscuri­dad por el misterio de la naturaleza de los seres.


Estudio del caballo demoniaco

Nunca más descansaré porque robé el caballo de caza de un Rey. ¡Soy, ahora, peor que yo misma! Nunca más des­cansaré: robé el caballo de caza del Rey en el hechizado Sabath. Se adormeció un instante, el eco de un relincho me despertó. Era inútil intentar no ir. En la oscuridad de la noche el resollar me estremeció. Finjo que duermo pero en el silencio el jinete respira. Todos los días será igual: ya al atardecer comienzo a ponerme melancólica y pensativa. Sé que el primer tambor en la montaña del mal hará la noche, sé que el tercero me envolverá en su tormenta. Al quinto tambor ya estaré con mi codicia de caballo fantasma. Hasta que de madrugada, los últimos tambores levísimos, me encontrarán sin saber cómo jun­to a un arroyo fresco, sin saber jamás lo que hice, al lado de la enorme y cansada cabeza del caballo.

Pero, ¿cansada de qué? ¿Qué hicimos, yo y el caba­llo, nosotros, los que trotamos en el infierno de la ale­gría del vampiro? Él, el caballo del Rey, me llama. Re­sisto, en medio de una crisis de sudor, y no voy. Desde la última vez en que descendí de su silla de plata, era tan grande mi tristeza humana por haber sido lo que no te­nía que ser, que juré que nunca más. El trote, empero, continúa en mí. Converso, arreglo la casa, sonrío, pero sé que el trote está en mí. Siento su falta hasta morir.

No, no puedo dejar de ir.

Y sé que de noche, cuando él me llame, iré. Quiero todavía que una vez más el caballo conduzca mi pensa­miento. Fue con él que aprendí. Si es pensamiento esta hora entre latidos. Comienzo a entristecer porque sé cómo el ojo (oh, sin querer, no es culpa mía), cómo el ojo sin querer ya resplandece de perverso regocijo: sé que iré.

Cuando de noche él me llame, atrayéndome al infier­no, iré. Desciendo como un gato por los tejados. Nadie sabe, nadie ve. Sólo los perros ladran presintiendo lo so­brenatural.

Y me presento, en la oscuridad, al caballo que me es­pera, caballo de realeza, me presento muda y con fulgor. Obediente a la Bestia.

Detrás de nosotros corren cincuenta y tres flautas. Al frente, un clarinete nos alumbra, a nosotros, los impú­dicos cómplices del enigma. Y nada más me es dado saber.

De madrugada yo nos veré exhaustos junto al arroyo, sin saber qué crímenes cometimos hasta llegar a la ino­cente madrugada.

En mi boca y en sus patas la marca grande de la san­gre. ¿Qué hemos inmolado?

De madrugada estaré de pie al lado del jinete ahora mudo, con el resto de las flautas todavía resbalando por los cabellos. Los primeros signos de una iglesia a lo lejos nos estremecen y nos ahuyentan, nos desvanecemos frente a la cruz.

La noche es a mi vida como el caballo diabólico, y ya soy la hechicera del horror. La noche es mi vida, anoche­ce, la noche pecadoramente feliz es la vida triste que es mi orgía: eh, roba, roba de mí al jinete porque de robo en robo hasta la madrugada yo ya robé para mí y para mi compañero fantástico, y de la madrugada ya hice un presentimiento de terror de demoníaca alegría malsana.

Líbrame, roba deprisa al jinete mientras es hora, mien­tras todavía no anochece, mientras es de día sin tinieblas, si es que todavía hay tiempo, pues al robar al jinete tuve que matar al Rey, y al asesinarlo robé la muerte del Rey. Y la alegría orgiástica de nuestro asesinato me consume de terrible placer. Roba deprisa el caballo peligroso del Rey, róbame antes de que la noche venga y me llame.


Traducción: Cristina Peri Rossi


Silencio

 

Es tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un pro­grama, frágil punto que mal nos une al súbitamente im­probable día de mañana. Cómo superar esa paz que nos acecha. Silencio tan grande que la desesperación tiene vergüenza. Montañas tan altas que la desesperación tie­ne vergüenza. Los oídos se afilan, la cabeza se inclina, el cuerpo todo escucha: ningún rumor. Ningún gallo. Cómo estar al alcance de esa profunda meditación del silencio. De ese silencio sin memoria de palabras. Si es muerte, cómo alcanzarla.

Es un silencio que no duerme: es insomne; inmóvil, pero insomne; y sin fantasmas. Es terrible: sin ningún fantasma. Inútil querer probarlo con la posibilidad de una puerta que se abra crujiendo, de una cortina que se abra y diga algo. Está vacío y sin promesas. Si por lo menos se escuchara al viento. El viento es ira, la ira es vida. O nieve. La nieve es muda pero deja rastro, lo emblanque­ce todo, los niños ríen, los pasos resuenan y dejan hue­lla. Hay una continuidad que es la vida. Pero este silen­cio no deja señales. No se puede hablar del silencio como se habla de la nieve. No se puede decir a nadie como se diría de la nieve: ¿oíste el silencio de esta noche? El que lo escuchó, no lo dice.

La noche desciende con las pequeñas alegrías de quien enciende lámparas, con el cansancio que tanto justifica el día. Los niños de Berna se duermen, se cierran las úl­timas puertas. Las calles brillan en las piedras del suelo y brillan ya vacías. Y al final se apagan las luces más dis­tantes.

Pero este primer silencio todavía no es el silencio. Que espere, pues las hojas de los árboles todavía se acomo­darán mejor, algún paso tardío tal vez se oiga con espe­ranza por las escaleras.

Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. En­tonces él, el silencio, aparece.

El corazón late al reconocerlo.

Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí. Aun el sufrimiento peor, el de la amistad perdida, es sólo fuga. Pues si al princi­pio el silencio parece aguardar una respuesta —cómo ar­demos por ser llamados a responder—, pronto se descu­bre que de ti nada exige, quizás tan sólo tu silencio. Cuántas horas se pierden en la oscuridad suponiendo que el silencio te juzga, como esperamos en vano ser juzga­dos por Dios. Surgen las justificaciones, trágicas justifi­caciones forzadas, humildes disculpas hasta la indigni­dad. Tan suave es para el ser humano mostrar al fin su indignidad y se: perdonado con la justificación de que es un ser humano humillado de nacimiento.

Hasta que se descubre que él ni siquiera quiere su in­dignidad. Él es el silencio.

Puede intentar engañársele, también. Se deja caer como por casualidad el libro de cabecera en el suelo. Pero, ho­rror, el libro cae dentro del silencio y se pierde en la muda y quieta vorágine de éste. ¿Y si un pájaro enloquecido cantara? Esperanza inútil. El canto apenas atravesaría como una leve flauta el silencio.

Entonces, si se tiene valor, no se lucha más. Se entra en él, se va con él, nosotros los únicos fantasmas de una noche en Berna. Que entre. Que no espere el resto de la oscuridad delante de él, sólo él mismo. Será como si es­tuviéramos en un navio tan descomunalmente grande que ignoráramos estar en un navio. Y éste navegara tan lar­gamente que ignoráramos que nos estamos moviendo. Más de eso, nadie puede. Vivir en la orla de la muerte y de las estrellas es una vibración más tensa de lo que as venas pueden soportar. No hay, siquiera, un hijo de astro y de mujer como intermediario piadoso. El cora­zón tiene que presentarse frente a la nada sólito y sólito latir alto en las tinieblas. Sólo se escucha en los oídos el propio corazón. Cuando éste se presenta completamen­te desnudo, no es comunicación, es sumisión. Además, nosotros no fuimos hechos sino para el pequeño silencio.

Si no se tiene valor, que no se entre. Que se espere el resto de la oscuridad frente al silencio, sólo los pies mo­jados por la espuma de algo que se expande dentro de nosotros. Que se espere. Un insoluble por otro. Uno al lado del otro, dos cosas que no se ven en la oscuridad. Que se espere. No el fin del silencio, sino la ayuda ben­dita de un tercer elemento, la luz de la aurora.

Después, nunca más se olvida. Es inútil intentar huir a otra ciudad. Porque cuando menos se lo espera, se puede reconocerlo de repente. Al atravesar la calle en medio de las bocinas de los autos. Entre una carcajada fantasma­górica y otra. Después de una palabra dicha. A veces, en el mismo corazón de la palabra. Los oídos se asom­bran, la mirada se desvanece: helo ahí. Y desde enton­ces, él es fantasma.

Traducción: Cristina Peri Rossi


El muerto en el mar de Urca

 

Yo estaba en el apartamento de doña Lourdes, costure­ra, probándome el vestido pintado por Olly, y doña Lour­des dijo: murió un hombre en el mar, mire a los bombe­ros. Miré y sólo vi el mar que debía estar muy salado, mar azul, casas blancas. ¿Y el muerto?

El muerto en salmuera. ¡No quiero morir!, grité, muda dentro de mi vestido. El vestido es amarillo y azul. ¿Y yo? Muerta de calor, no muerta en el mar azul.

Voy a decir un secreto: mi vestido es lindo y no quiero morir. El viernes el vestido estará en casa, el sábado me lo pondré. Sin muerte, sólo mar azul. ¿Existen las nubes amarillas? Existen doradas. Yo no tengo historia. ¿El muerto la tiene? Tiene: fue a tomar un baño de mar a Urca, el bobo, y murió; ¿quién lo mandó? Yo tomo ba­ños de mar con cuidado, no soy tonta, y sólo voy a Urca para probarme el vestido. Y tres blusas. Ella es minucio­sa en la prueba. ¿Y el muerto? ¿Minuciosamente muerto?

Voy a contar una historia: era una vez un joven a quien le gustaban los baños de mar. Por eso, fue una mañana de jueves a Urca. En Urca, en las piedras de Urca, está lleno de ratones, por eso yo no voy. Pero el joven no les prestaba atención a los ratones. Ni los ratones le presta­ban atención a él. Y había una mujer probándose un ves­tido y que llegó demasiado tarde: el joven ya estaba muer­to. Salado. ¿Había pirañas en el mar? Hice como que no entendía. No entiendo la muerte. ¿Un joven muerto?

Muerto por bobo que era. Sólo se debe ir a Urca para probarse un vestido alegre. La mujer, que soy yo, sólo quiere alegría. Pero yo me inclino frente a la muerte. Que vendrá, vendrá, vendrá. ¿Cuándo? Ahí está, puede ve­nir en cualquier momento. Pero yo, que estaba probán­dome un vestido al calor de la mañana, pedí una prueba a Dios. Y sentí una cosa intensísima, un perfume inten­so a rosas. Entonces, tuve la prueba. Dos pruebas: de Dios y del vestido.

Sólo se debe morir de muerte natural, nunca por acci­dente, nunca por ahogo en el mar. Yo pido protección para los míos, que son muchos. Y la protección, estoy segura, vendrá.

Pero, ¿y el joven? ¿Y su historia? Es posible que fue­ra estudiante. Nunca lo sabré. Me quedé sólo mirando el mar y el caserío. Doña Lourdes, imperturbable, pre­guntándome si ajustaba más la cintura. Yo le dije que sí, que la cintura tiene que verse apretada. Pero estaba atónita. Atónita en mi vestido nuevo.


Traducción: Cristina Peri Rossi


Felicidad clandestina

 

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente cres­po, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de ca­ramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gusta­do tener: un padre dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como «fecha natalicia» y «recuerdos».

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras ha­ciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura ven­ganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una sere­na ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pi­diéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligir­me una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve trans­formada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lenta­mente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una ca­sa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de ca­minar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imagi­naba yo que más tarde, en el curso de vida, el drama del «día siguiente» iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiél no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había em­pezado a sospechar, es algo que sospecho a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospe­chándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo con­migo ayer por la tarde, pero como tú no has venido has­ta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahonda­ban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su ne­gativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presen­cia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni si­quiera querías leerlo!

Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimien­to de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la poten­cia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: «Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?» Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: «el tiempo que quieras» es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Te­nía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de te­nerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillo­sas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo pos­tergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxta­sis purísimo.

Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.


No soltar los caballos

 

Como en todo, también al escribir tengo una especie de temor de ir demasiado lejos. ¿Qué será eso? ¿Por qué? Me detengo, como si retuviera las riendas de un caballo que podría galopar y llevarme Dios sabe dónde. Me re­servo. ¿Por qué y para qué? ¿Para qué cosa estoy eco­nomizándome? Ya tuve clara conciencia de eso cuando una vez escribí: "es necesario no tener miedo de crear". ¿Por qué el miedo? ¿Miedo de conocer los límites de mi capacidad? ¿O miedo del aprendiz de hechicero, que no sabía cómo detenerse? Quién sabe, así como una mujer que se reserva intacta para entregarse un día al amor, así tal vez yo quiera morir toda entera para que Dios me tenga toda.


Traducción: Juan García Gayó

 


Es allí a donde voy

 

Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy.

La punta del lápiz el trazo.

Donde expira un pensamiento hay una idea, en el últi­mo suspiro de alegría otra alegría, en la punta de la es­pada la magia: es allí a donde voy.

En la punta del pie el salto.

Parece la historia de alguien que fue y no volvió: es allí a donde voy.

¿O no voy? Voy, sí. Y vuelvo para ver cómo están las cosas. Si continúan mágicas. ¿Realidad? Te espero. Es allí a donde voy.

En la punta de la palabra está la palabra. Quiero usar la palabra «tertulia», y no sé dónde ni cuándo. Al lado de la tertulia está la familia. Al lado de la familia estoy yo. Al lado de mí estoy yo. Es hacia mí a donde voy. Y de mí salgo para ver. ¿Ver qué? Ver lo que existe. Des­pués de muerta es hacia la realidad a donde voy. Mien­tras tanto, lo que hay es un sueño. Sueño fatídico. Pero después, después todo es real. Y el alma libre busca un canto para acomodarse. Soy un yo que anuncia. No sé de qué estoy hablando. Estoy hablando de nada. Yo soy nada. Después de muerta me agrandaré y me esparciré, y alguien dirá con amor mi nombre.

Es hacia mi pobre nombre a donde voy.

Y de allá vuelvo para llamar al nombre del ser amado y de los hijos. Ellos me responderán. Al fin tendré una respuesta. ¿Qué respuesta? La del amor. Amor: yo os amo tanto. Yo amo el amor. El amor es rojo. Los celos son verdes. Mis ojos son verdes. Pero son verdes tan oscuros que en las fotografías salen negros. Mi secreto es tener los ojos verdes y que nadie lo sepa.

En la extremidad de mí estoy yo. Yo, implorante, yo, la que necesita, la que pide, la que llora, la que se lamen­ta. Pero la que canta. La que dice palabras. ¿Palabras al viento? Qué importa, los vientos las traen de nuevo y yo las poseo.

Yo al lado del viento. La colina de los vientos aullan­tes me llama. Voy, bruja que soy. Y me transmuto.

Oh, cachorro, ¿dónde está tu alma? ¿Está cerca de tu cuerpo? Yo estoy cerca de mi cuerpo. Y muero len­tamente.

¿Qué estoy diciendo? Estoy diciendo amor. Y cerca del amor estamos nosotros.


Traducción: Cristina Peri Rossi


Vida al natural

 

Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Él, el hombre, se ocu­paba de aquello que ella ni siquiera agradecía; él atizaba el fuego, lo cual era su deber de nacimiento. Y ella, que siempre estaba inquieta, haciendo cosas y experimentan­do, curiosa, ella no se acordaba de atizar el fuego: no era su papel, pues tenía a su hombre para eso. No siendo doncella, el hombre tenía que cumplir su misión. Lo más que ella hacía era instigarlo, a veces: «Aquel leño —de­cía—, aquél todavía no encendió». Y él, un instante an­tes de que ella acabara la frase que lo advertía, él ya ha­bía notado el leño, era su hombre, ya estaba atizando el leño. No le daba órdenes, porque era la mujer de un hom­bre que perdería su estado, si ella le daba órdenes. La otra mano de él, libre, está al alcance de ella. Ella lo sabe, y no la coge. Quiere la mano de él, sabe que la quiere, y no la coge. Tiene exactamente lo que necesita: poder tener.

Ah, y decir que esto va a acabar, que por sí mismo no puede durar. No, ella no se está refiriendo al fuego, se refiere a lo que siente. Lo que siente nunca dura, lo que siente siempre acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces, ella, que sabe que todo va a acabar, coge la mano libre del hom­bre, y la enlaza con la suya, ella dulce arde, arde, flamea.


Traducción: Cristina Peri Rossi


Las aguas del mar

 

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser hu­mano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volvién­dose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.

Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognos­cibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.

Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.

Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en re­lación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exi­güidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de liber­tad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimi­tado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la en­trada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y gran­de, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no cono­cerse, y no conocerse exige valor.

Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está aler­ta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opo­ne a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.

El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurrién­dose (espantada, de pie, fertilizada).

Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose so­bre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamen­te endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.

Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.

Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, aho­ra sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así que­da, pues. Como contra los costados de un navio, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.

Después camina dentro del agua, de regreso a la pla­ya. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca ha­ría eso después de que hace miles de años ya alguien ca­minara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone re­sistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero en­tonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.

Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufra­go. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.


Traducción: Cristina Peri Rossi