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Fernando Curiel



Selección del
autor y nota
introductoria de
Marco Antonio Campos



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Nota introductoria



1

En la actividad literaria donde más ha descollado Fernando Curiel, según creemos, es en el estudio literario y en la novela, o más concretamente, una novela, Manuscrito hallado en un portafolios (1981), cuyo argumento central es el poder. Pero quizá no sea del todo exacto imaginarlos así: en sus libros suelen combinarse a menudo también el cuento, la crónica, el artículo, el aforismo, la anécdota, la página autobiográfica, y son constantes en su estilo los trastrocamientos y desajustes verbales, la proposición lúdica, el humor como regalo explosivo, la invitación a participar al lector para que complete el texto.

Sus estudios literarios* son a la vez, nos parece, piedra de fundamento de su obra y una rendición de cuentas con dos de los escritores que ha sentido especialmente afines a su alma: Juan Carlos Onetti y Martín Luis Guzmán. Han sido para él (utilizo la cuña de Emerson) sus hombres representativos. Con ellos ha sabido que no hay literatura sin compromiso humano. Los libros que prefería Nietzche eran los escritos con sangre; un admirable ateneísta nuestro, Carlos Díaz Dufóo hijo, gran lector de Nietzsche, completaba así: “De los libros valen los escritos con sangre, los escritos con bilis y los escritos con luz”. Las preferencias de Fernando Curiel son por esta suerte de libros.

Con Martín Luis Guzmán, si no observo incorrectamente, aprendió también Curiel, o acabó de aprender, la unión fructuosa de literatura, periodismo y política. Pese a cualquier reproche, Guzmán es en nuestra narrativa quien da más la imagen de un clásico. La gran mayoría de sus páginas parecen escritas en bronce o mármol. Quizá de él diría Curiel, más que de ningún otro, que fue “su autor y su maestro”.


2

Cuatro textos reúne Fernando Curiel en esta selección. Los dos primeros pertenecen a los años setenta (“Primera carta a un amigo progresista...” y “Támesis”), uno a los años ochenta (“Junto a los escombros”), y el último, “La huida”, a este decenio.

Una ciudad, Londres, ha sido de algún modo para él La Ciudad. Las huellas de su estancia y de su paso por ella quedaron en un libro de crónicas Vida en Londres, de donde toma dos textos para esta selección personal. El primero tiene el interés de ser una curiosa proposición, que después se convirtió en realidad, de la necesidad de que las mujeres, como en los pubs londinenses, entren a las cantinas mexicanas. En las páginas se leen argumentos de un carácter tan lógico —crematístico, político, social—, que de seguro fue leído por quienes aprobaron la enmienda, excluyendo sin embargo, hasta nuevos artículos con argumentos contundentes, a uniformados y menores de edad.

El segundo texto (“Támesis”) es uno de los más bellos que ha escrito: poemas en prosa que recuerdan las estampas inglesas (tengo la impresión de que Curiel no había leído aún a Rimbaud) de las Iluminaciones.

“Junto a los escombros” es un texto que se halla entre la crónica, el cuento, el guión cinematográfico y la relación autobiográfica. Cuadros y escenas de los primeros días posteriores al terremoto de 1985. En el texto pueden ser personajes también, al lado de los habitantes de la ciudad y del sujeto narrativo, el mismo terremoto y la misma ciudad de México. Todo forma parte de una trama que describe dos pesadillas: vivir esta ciudad y los efectos devastadores del terremoto. Si hay un humor en estas páginas es un humor negro. Pues a fin de cuentas “por qué carajos permanecemos aquí, retrepados a dos mil y pico de metros de altura sobre el nivel del mar, sofocados en el invierno, al borde de un estiaje total, respirando toneladas de mierda, sobre un suelo arcilloso que se anega, o resquebraja o hunde o trepida”. Por ese tiempo —eso da un eficaz contraste— él amaba a una muchacha que no tenía otro perfume “que el de la piel tendida al sol”.

El último, “La huida”, es un guiño a sus lecturas policiacas, en especial las novelas de Raymond Chandler. Quizá en el relato Curiel quiera decirnos que el cuerpo de una mujer hermosa vale todo, aun padecer la vergüenza o la ignominia.

Fernando Curiel nació en la ciudad de México en 1942. En el decenio de los ochenta le fueron otorgados los premios Xavier Villaurrutia, José Revueltas y Nacional de Biografía.


Marco Antonio Campos

Primera carta a un amigo progresista, o la reforma de la cantina mexicana a la luz, radiante, de la inglesa



Sr. Lic. Miguel Landeros
Secretario General de “Orientación Cívica, A.C.”
Tíber, 2774-9
México, D.F.


Muy fino y dilecto amigo:

Antes de comenzar, el óbolo de mi agradecimiento. Pocas, muy pocas cosas son en verdad inolvidables. Pues bien, en ese selecto repertorio ingresa, sin discusión, la despedida que inmerecidamente me tributó el grupo la mañana de mi partida; grupo del que, quién no lo sabe y agradece, eres estímulo permanente. ¿Acaso, de faltar tu interés, ese acto, que repito, no merecí, hubiera tocado tan hondamente las fibras de la amistad, concitado tantas y preclaras vocaciones de servicio? En modo alguno.

Entre más me alejaba, en los caminos del aire de esa mañana primaveral, del aeropuerto Benito Juárez, más resonaba en mi espíritu la conceptuosidad de tu postrer discurso. Palabras a cuya fecunda sombra no pude menos que comprometerme en el sentido de hacer de este viaje de placer una verdadera gira de trabajo. En efecto, formal, gustosamente, me comprometí a estudiar en Inglaterra aquellas instituciones que, una vez trasplantadas a México, pudieran servir a la mejor felicidad de nuestro amadísimo pueblo. Y como la palabra se da para insuflar nuestro prestigio, así sea modesto, jamás para empedrar el camino de nuestro descrédito, así sea notable tan pronto (as soon, como dicen aquí) llegué a Londres puse manos, y corazón, a la obra. He aquí, Secretario General, mi primer, razonado informe. El solo hecho de pensar que ingresará, de inmediato, a la agenda de trabajo de “Orientación Cívica, A.C.”, me llena de legítimo orgullo. Adelante, pues.

1. Lo que de inmediato me entusiasmó de Londres fueron sus tabernas. Se les denomina, en lo general, Pubs, y, en lo particular, Locals. Dondequiera mires las encuentras; y pasada la primera impresión en el sentido de que sirven para promover turísticamente la historia pública y privada del pueblo inglés, principias a descifrar su verdadera, presente función social. Esto de que fungen como promotoras del pasado no es una simple frase. Timbre de orgullo de un bar inglés es la cantidad de años, entre más mejor, que separa su presente de su origen. Así, no son raras las genealogías que se remontan, cuando menos, al Renacimiento. Por eso su decoración se inscribe, reforzando los lugares comunes, en los distintos periodos dinásticos: pubs isabelinos, georgianos, de la Regencia, Victorianos, etcétera, etcétera. Incluso los nuevos procuran envejecerse; culto escenográfico del pasado que vence, en su propio terreno, a la Modernidad. Si bien la revolución pop ha introducido la estética del pub tecnológico, americanizado, del drugstore, esta moda apenas si se hace notar en la ciudad. Pub es, por lo tanto, aquella taberna en la que se liba cerveza insípida, oporto, gin o whisky —por citar, tan sólo, algunos productos— con vista a, y dentro de, una escenografía que recoge un momento de la historia, pública o doméstica, de Inglaterra, de Londres.

En cuanto a la importancia de su función social, sigue, por favor, con atención, lo que, a partir de este momento, escribo.

2. En la misma medida en la que nuestra cantina propone una zona franca para el riesgo físico y el colapso metafísico, el pub sirve, tan sólo, para el esparcimiento de los parroquianos. Al escribir “tan sólo” no pretendo, en modo alguno, calificar sus fines como modestos. Todo lo contrario. El rito de solaz, por los motivos que precisaré más adelante, tiene una importancia social incalculable.

En fin, caro amigo, podemos decir que tal es, en lo general, la diferencia que entabla un verdadero abismo (uso el término con premeditación) entre la cantina mexicana y la cantina inglesa.

Molesta, lo sé, que dos sitios destinados, en última instancia, a un fin idéntico: la libación permisiva de alcohol, tengan resultados tan antagónicos; en lo personal y en lo social. Y molesta (debí escribir “irrita”) por lo mismo lo que tú, de espaldas a ese ventanal a través del que se cuelan los ruidos, entrañables, de la colonia Cuauhtémoc, estarás pensando. Esto es, que tal diferencia parece hospedar, auspiciar incluso, la siguiente falsa idea: el pueblo inglés es más inteligente que el mexicano en lo relativo a la ocupación del tiempo libre (advierto, desde ya, que en el contexto de este informe la mención de pueblo deviene rigurosa; hablo de pub y de cantina como sitios populares, de clase media para abajo, de reunión).

Pero, tranquilízate. Hagamos a un lado cualquier equívoco racial. Digamos, de una vez y para siempre: la diferencia entre una y otra institución reside en simples, modificables, alterables datos culturales. Puesto de otro modo: en el hecho, clarificador, decisivo, de que, en tanto en las cantinas mexicanas se prohíbe el paso a la mujer, en los pubs ingleses no existe tamaña discriminación. En este terreno, no en otro, crece el árbol, robusto, de su desemejanza.

Luego de pensarlo detenidamente, he llegado a la conclusión de que debemos echarnos a cuestas la reforma de la cantina mexicana imitando la liberalidad y madurez de la inglesa. Reforma que produciría, en un suspiro, una multitud de ventajas. Te ofrezco, a continuación, la sucinta glosa de las más evidentes. Las económicas y las sociales.

3. VENTAJAS ECONÓMICAS. El ingreso de la mujer a la cantina pondrá un hasta aquí a un improductivo vicio mexicano. Aludo, claro, a la dicotomía Trabajo/ Disipación. En nuestras cantinas se vive una demonología que afianza los eslabones de la cadena, horrible cadena, del subdesarrollo. Demonología que bien puede resumirse en la sensación de que, más allá de la puerta de batientes, asienta su odioso dominio la odiosa realidad: la vida, la familia, pero, sobre todo, el trabajo. ¿Qué parroquiano de la cantina mexicana, me pregunto en lo personal y a nombre de “Orientación Cívica, A.C.”, no está abrumado por lo inexorable? Entre el trabajo y el descanso debe existir, por el contrario, un puente dialéctico, fácilmente transitable. El descanso es eso: solaz, alegre recuperación de la energía gastada en la fábrica, en el taller, en el almacén, en la oficina. Empero, entre nosotros, el ingreso del trabajador a la cantina expresa una voluntad de exilio, de extravío, de desperdicio. Nada más funesto para una economía cuyo mayor enemigo es la metafísica. En suma: nuestra cantina, a diferencia de la inglesa, no postula una estación normal de la existencia, un capítulo festivo, reparador, de la producción.

¿Por qué ocurre esto? Bueno, no se requiere de especial agudeza para encontrar el origen de tamaña, antieconómica, aberración: la ausencia de la mujer, copropietaria de la vida, dadora de la normalidad. Esta ausencia, por fuerza, enajena. No es un trabajador equilibrado aquel que se emborracha con la sola compañía de la botella, de la jeta del cantinero, del sopor rijoso de sus compañeros de desgracia.

La mujer, lo aseguro, quitaría a la cantina su carácter de excepción, su ser un Estado dentro del Estado.

¡Dejemos paso libre a las mujeres en las cantinas mexicanas! ¡Que nuestras cantinas ya no sigan siendo refugio de la irresponsabilidad, filo de la navaja en el que se decide, borrascosamente, la fuerza de trabajo del parroquiano, y con ella, el progreso de la República!

4. VENTAJAS SOCIALES. Creo, contigo, que en México no hay lucha de clases sino, más bien, diferentes grados de cercanía al poder público; esto es, a la responsabilidad de guiar los destinos patrios. Por eso afirmo esto: más que síntoma de una división de clases entre pobres y ricos, entre aquellos que no pueden y aquellos que sí pueden frecuentar los bares de lujo, la cantina refleja una vocación melodramática, sórdida, de nuestras clases populares. Afán suicida de enclaustrar, aún más, su convivencia de apartheid. Cerrazón que afecta, en primera instancia, a sus mismas mujeres, y en segunda, a la sociedad en general.

Pues bien, ínclito amigo, la banalización de la cantina, su inclusión en la normalidad, tendría formidables efectos sociales. Pongo un simple ejemplo. Los pudientes mexicanos, sector que, desde mi punto de vista, tiene ya una importancia considerable, sabedores de que no correrían más riesgos de los que corren al salir a altas horas de la noche de los establecimientos de la Zona Rosa, o de los restaurantes periféricos de la ciudad, comenzarían a visitar las cantinas. Hecho del todo predecible si se valoran, en su justa medida, factores tales como el esnobismo y la novedad. De esta forma, los pobres, externando la sencillez de su gozo doméstico —esposas y esposos, hermanos y tías, abuelos y sobrinos echándose unos tragos—, tendrían la oportunidad de departir con gente encumbrada, y, por qué no, obtener, al calor de la plática y las copas, un legítimo beneficio. El pub inglés, lejano amigo, opera de algún modo como eficiente bolsa de trabajo. Muchos empleados, de ambos sexos, conocen allí, cerveza, whisky, gin, o juego de dardos de por medio, a los que, desde el día siguiente, serán sus jefes.

Dejo en tus manos el hallazgo de los otros efectos, asimismo fecundos, que produciría la constante comunión de pobres y ricos mexicanos.

5. Un agregado a lo dicho en el número 3 (VENTAJAS ECONÓMICAS). Existe algo más que, para efectos de una sana productividad, debemos imitar de la taberna inglesa. Me refiero a sus horarios. En primer término, no abren todo el día; en segundo, cierran a las once, en punto, de la noche. La consecuencia es bien clara; no es lo mismo, cómo, estar pasadísimo de cucharadas a las cinco de la mañana que a las once de la noche. Lo primero lleva, indefectiblemente, al “San Lunes”; lo segundo, en cambio, a un sueño reparador.

6. ¿Te ha entusiasmado mi informe? Bien, para que nada se nos escape, voy a puntualizar una nota del pub que, en modo alguno, podemos adoptar en nuestras cantinas. Aludo a su incesante promoción de los valores locales del barrio. En efecto, entre los londinenses, el pub resume la tradición del lugar de la ciudad en que se vive; de ahí su nombre, íntimo, de local. Así como, durante toda la vida, se va a determinada iglesia, se va, toda la vida, a cierto pub. Este culto al barrio es sumamente peligroso para un país urgido de cambios, de reacomodos, del ascenso de sus habitantes; todo eso que los amargados llaman arribismo. Y como tal es nuestro caso, enfatizo, por honradez intelectual, esta característica altamente peligrosa del pub británico.

7. Me ocuparé, por último, de refutar la argumentación que, más de uno, opondrá a la reforma propuesta. Se dirá, así, que permitir el libre ingreso de la mujer a la cantina sería tonto; tanto como abrir la puerta, en lo por venir, a relajamientos disolventes de nuestras costumbres. Por ejemplo, la irrupción de esos clubes de lesbianas y homosexuales que tanto abundan en esta tierra protestante. Dicho argumento, mera glosa, en el fondo, del proverbio ese de que a la gente, cuando se le da la mano, termina por coger el pie, es falso de toda falsedad. Esto por dos razones irrecusables; la una, positiva; la otra, negativa.

Positiva:

A través, no de una década, sino de siglos, se ha probado la solidez de nuestra moral.

Negativa:

No le demos vueltas. Mientras el pub ha merecido una alta estima social, dando pábulo a una sabrosa literatura anecdótica, género en el que sobresalen, para no citar sino los más fuertes, los nombres de Shakespeare, Samuel Johnson o Dickens, nuestra cantina no ha sido otra cosa que la mentora de una, más legendaria que real, más sobrellevada que deseada, vocación lunfarda.
 

Tu amigo,
etc.,
etcétera.

 


Támesis

 

I

A lo largo de todo lo que no es otoño, ni invierno, el Támesis, río de Londres, aburre; se trata de una calle más, ceñida por líneas de espuma inmóvil. Río que no es vida; menos aún, esmerada metáfora del tiempo: las aguas del espejo en el que nos miramos son, invariablemente, las mismas. Pardo, sin tonalidades, sin carisma, se empoza inútil, debajo de los puentes. Lo observo desde el Chelsea Embankment, orilla de lodo resquebrajado, cementerio marino en el que los barcos, a unos pasos de las quietas ondas, crujen bajo el peso del sol. Polvo ruin, y muerte, embadurnando las quillas, los mástiles, las cubiertas acribilladas de tendederos rezumantes de ropa. De cara a la ciudad, dando la espalda al río. En la otra ribera una desolación semejante. Los edificios de las compañías navieras, hijas de las que inventaron mares y golfos, ostentan las infinitas variaciones de la herrumbre. Las grúas, en los muelles, dejan caer jirones de sombra quemada. ¿Dónde está el Támesis, su respiración? Soy yo, habitante de tierra firme, el que inventa, empecinado, a las gaviotas.


II

Hemingway sentenció, alguna ocasión, que París era la ciudad mejor organizada del mundo para escribir. Yo conozco, a fondo, palma de mi mano, la más organizada para vivir. Londres, Londres, mi Londres. Y, también, el río-río, pues la esperanza es un animal empecinado. Llegó el otoño, y después del otoño, el invierno, y el Támesis floreció en el abono de sus mejores estaciones. Parto a cualquier sitio, a cualquier hora, pero llego, siempre, puntual, al Támesis. Piel nacida, palpitando, resollando, espejeando bajo los nuevos soles de luz brumosa. Distancias impresionistas. La perspectiva de los puentes se adelgaza y perece entre manchones de lentos, lentísimos perfiles; yo en ellos, mirando o mirado. Orilleros, los parques amontonan pilas de niebla y nieve y hojas de oro podrido. Uno sabe que, al término de las calles de tierra adentro, naufragará, salvado, a la costa de un río. Cierta tarde, camino al National Films Theatre, vi, a mis pies, el moroso hundimiento del sol, inmenso fuego, en las aguas. Tras él el puente de Waterloo, yo mismo, Londres, la isla, figuras zambulléndose en un aire líquido, naranja, oloroso a lecho.

 


Junto a los escombros

 

Parte I

Las fuerzas enemigas arribaron a la ciudad muy de mañana. Procedían de las costas de Guerrero y Michoacán, en el Pacífico. Nos emboscaron en la luz húmeda de septiembre con la urgencia y la cólera del rayo. En cosa de segundos dinamitaron los pilotes de los hoteles Regis y Hilton; demolieron decenas de edificios y vecindades; desclavaron los rieles de los tranvías; cortaron los cables de alta tensión; derrumbaron postes, bardas, semáforos, antenas, anuncios murales; azolvaron el alcantarillado; destruyeron la Central Telefónica de la calle Victoria; quemaron cines y teatros, destecharon mercados, descuajaron árboles añosos; el Centro Médico cayó como un castillo de naipes. Su paso fue señalado por espesas columnas de polvo calizo, y llamaradas, a lo largo del Casco Viejo, San Juan de Letrán, Avenida Juárez, División del Norte, La Roma, Tepito, Narvarte, Hipódromo y las colonias populares asentadas en el lecho desecado del lago (Morelos, Valle Gómez, López Mateos, Boturini). El impudente mapa de la muerte. Miles de niños, mujeres, hombres atrapados, desmembrados, prensados por toneladas de cemento y varilla y piedra (leve tezontle de pronto granito). Ayes, ronco llanto.

El enemigo repitió el ataque al día siguiente a la hora, igualmente artera, de la anochecida.

Secreto público


Ningún psicólogo social o antropólogo urbano o historiador de las mentalidades o economista de coyuntura o tecnócrata de la anexión podrá explicar, razonablemente, cabalmente, por qué carajos permanecemos aquí, retrepados a dos mil y pico de metros de altura sobre el nivel del mar, sofocados en invierno, al borde de un estiaje total, respirando toneladas de mierda, sobre un suelo arcilloso que o se anega o resquebraja o hunde o trepida. Simplemente nos empuja una visión.


Parte II

Por esos días, él amaba a una muchacha que miraba en escorzo, suave, como humectada, sin otro perfume que el de la piel tendida al sol. Se alimentaban de largos silencios, yogurt, vino, galletas. Se despedían al filo del amanecer. Aquel del 19 de septiembre emboscaba la matanza.

Inscripción mural

SE HA MARCHADO YA EL ÚLTIMO
BRIGADISTA PERO YO TE SEGUIRÉ
DESENTERRANDO


Primera fundación

Observa, ¡oh sobreviviente!, a la tropa progenitora. Fanática y astrosa, en taparrabos, abandona las galerías rocosas de Aztlán, al norte del territorio para bajar hasta aquí. Valle lacustre. Ombligo émulo de la luna. Obsérvala avanzar a troche y moche, sufrir persecuciones, sed, alimentarse de alimañas lodosas, para cumplir el sueño domiciliario de Huitzilopochtli. Dios precarista si los hubo. Obsérvala acercarse al islote del comienzo escuchando, con el corazón en el cogote, los aletazos del águila.


Parte III

Minutos antes del ataque, el pueblo capitalino congregábase alrededor de los altares humeantes. Atole y tortas de tamal. Sangre y carne de aquellos Dioses renacidos, no hacía mucho tiempo, en pleno centro, detrás de la Catedral, cabe la Plaza de la Constitución.

Segunda fundación

Tenochtitlán es un montón de escombros en llamas; cadáveres arcabuceados, escudos rotos, tapizan las calzadas; los canales y las acequias teñidos están de sangre; los sobrevivientes golpean, huérfanos, muros condenados a la demolición.

Por el contrario, el campamento de los ejércitos victoriosos, al sur, es una égloga perfumada. Coyoacán: jazmín, hueledenoche. Una vez enfriada la olla del puchero, Hernán Cortés y sus secuaces deciden el sitio de la ciudad nueva, hispana y católica. Encolerízanse, enronquecen, escupen, blasfeman.

¿Qué razón impone a la postre el regreso a la isla pululante de gusanos y lutos, en vez de los deliquios y las certidumbres de la tierra firme? ¿La sola lógica imperial, afanosa de avasallantes símbolos?

No.

A Cortés, vuesa merced disculpe, lo agarra por los huevos el delirio azteca.


Inscripción mural
 

TIEMBLA COMO NUNCA ANTES HABÍA
TEMBLADO AQUÍ. PERO MI CORAZÓN
YA NO TREPIDA CUANDO TÚ PASAS


Parte IV

7:18 a.m. El peinado de pájaro quetzal, los anteojos negros, las cadenas que gotean bisutería hindú, la camiseta sin mangas con la leyenda “I love big Apple”, el cinturón de latón, los pants Adidas, los calentadores Pussy Cat, los tenis Panam (todo pepenado aquí y allá, el navajazo incluido), contrastan con el señorío de la calle Isabel la Católica. Pero siempre recala en esta zona de la ciudad. ¿Qué no se había metido en el cuerpo las últimas horas? Pastillas, innumerables carrujos de marihuana, mezcal. Se lleva a la nariz la bolsa de cemento e inhala hasta que el cerebro arde. Trastabilla golpeado por una oleada de náusea. Inhala de nuevo. Las piernas se le doblan. Jadeante, sin soltar la bolsa de plástico, se apoya en la pared que, instantáneamente, 7:19 a.m., lo aplasta.

Íntima

Vivía a la sazón donde comienza la subida a San Jerónimo. Quizá, porque, a metros escasos, un inglés armaba un velero, que luego botaría en el Golfo, sentí claramente que la casa rompía sus amarras y empezaba a deslizarse, a bogar sobre las olas de tierra en dirección del Periférico. Balanceo, crujir de maderos, borrascoso viento a estribor. Naufragio.

Tercera fundación

Era, ay, apenas, un republicano Casco Viejo rodeado del inmenso y despoblado Distrito Federal.

Corte abrupto

La radio transmitía: Coooonnnntiiiigoooo noooo vooooyyyy aaaa baiiiilllarrrr/ Sólllloooo meeee puuuueeeedeeeessss connnntemmmmplarrrr/ Sooooyyyy uuuunnnna chiiiica deeee ficccciónnnn/ Úuuulllltiiiimoooo griiiito deeee rob (silencio).


Inscripción mural

¡La renta es de quien la paga!


Parte V

Él es oriundo de la ciudad de México. De la colonia Roma. Niño aún, su madre lo llevó a vivir a Guerrero. Las vacaciones escolares atesoraban la promesa de una estancia nunca suficiente en la capital, con los tíos y sus hijos, los primos y las primas que iría perdiendo como se desgaja una floresta. Hablo de antes de la construcción de la súper a Cuernavaca. Regresar a México, establecerse definitivamente en la ciudad de México, en pos de la poma del arte, el narcótico de la fama, la lumbre amorosa, la tentación del poder, la reforma liberal del mundo, se convirtió en la apuesta de su adolescencia cerril. Y el día llegó —la noche, mejor dicho. Desde el kilómetro 28 de la carretera, allá por el lugar conocido como el Cantil, siendo las veinte horas y cacho, alelado en su asiento del autobús Estrella de Oro, atisbo allá abajo, ceñido por el círculo de montañas, el piélago de luces en que ansiaba quemarse. Era la frontera entre los 50 y 60. Juró no sé qué extravagancia. Prometió no sé qué portento. La termi-al se encontraba en Fray Servando Teresa de Mier, en pleno centro. Entró a la ciudad para ya no abandonarla más —salvo el periplo europeo, sólo eso faltaba—, por la calzada de Tlalpan.

Hoy es septiembre de 1985, toda una vida después. La Roma, Fray Servando, Tlalpan, secciones enteras de la ciudad amontonan ruinas, hieden a cadaverina, a Tlatelolco, exhiben a la luz del sol impávido sus vísceras reventadas. El golpe brutal vino de abajo, del fango. Pisando las calles como los marineros los puertos, quiero decir, bamboleándose, el sabor del viejo sueño —sabor justiciero, aventurero—, se le trueca derrota y podre y ceniza.


Inscripción mural

SOMOS EL SUEÑO SOÑADO POR UN
EXTREMEÑO DESPUÉS DE PUCHERO


Jaculatoria

    Carrizal fangoso
    Adoratorio misérrimo
    Chinampa florida
    Isla imperial
    Urbe lacustre
    Venecia americana
    Muy noble y leal
    Ciudad palaciega
    Villa Olímpica
    Matadero
    Erial
    Rencor vivo
    Capital de la FIFA
    Cielo profanado
    Ventarrón de heces
    Grieta
    Fosa común


Inscripción mural

ME BAMBOLEO AUNQUE EL SUELO
ESTÉ PAREJO


Parte VI

De hecho, en las esquinas pululantes de las grandes avenidas —Reforma, Insurgentes, Universidad, Río Churubusco, División del Norte— había empezado ya, de tiempo atrás, la ocupación de la plaza. Que será a degüello.


Vestigio

DISCU PE LAS MO ES I S QUE LE
CAU     ES A OB A


Cuarta fundación

Una garra nos atenazó del cuello y nos prosternó ante el abismo que abrieron las grietas. ¿Qué chingados vimos? Unos encontraron únicamente sus muecas de payasos lamentables (maquillaje de cal cuarteados por los ríos de llanto). Otros advirtieron, todavía más desolados, una obscuridad sin fondo (que amenazaba ensancharse). Los más, empero, aunque lo ignoremos embotados por el duelo, columbramos una ciudad fragante y luminosa, gobernada por peatones, ciudad civil, espejeante de aguas límpidas, verdeante de natura, resonante de tranvías, ceñida por eminencias nemorosas; una ciudad conmiserativa, tónica, recobrada, indisputadamente nuestra. No de los Dioses Aztecas ni de la Corona Española ni de los Poderes Federales. ¡Nuestra! Al fondo, enclavados en el aire translúcido, los volcanes (su memoria, su misterio).

De lamentarse son, ay, las cuarteaduras, la sangre derramada, el general quebranto, el despojo, las grietas no sólo físicas, los penachos de varillas retorcidas (nueva, pavorosa estética). ¡Oh ciudad zaherida, tomada, aplastada, batida, hollada, depuesta, diezmada! Pero más de lamentarse sería el olvido que también arrasa.

Efemérides

Cuando se trazaban los Ejes Viales, allá en los setenta, a la del Valle, sus moradores la rebautizaron ¡Colonia del Valle de Lágrimas!

Erotismo urbano

Apenas salvó el pellejo corrió, saltando los escombros, burlando los cordones policiales, a la calle Ródano en la Colonia Cuauhtémoc. Quería cerciorarse con sus propios ojos que la Diana Cazadora seguía en pie flechándole otra vez el corazón.

Inscripción mural

YO SOY DAMNIFICADO DESDE ANTES
DEL 19 DE SEPTIEMBRE

 


La huida

 

Descorro el cierre de la funda, extraigo la Olivetti 32, abro el paquete que promete 100 hojas de papel Bond de 29 kilogramos,1 echo una ojeada perezosa a la prensa del día, bebo café del Golfo. No sólo los tipos: la máquina entera requiere limpieza a fondo. Sedimentos de viejas historias, propias y ajenas —ajenas como ésta—.

El Sr. Chevrolet (me dijo) se presentó ante ella chapado a la antigua, vaya, esos tiempos en los que la galantería y la donosura, el partido de las damas en suma, nos marcaba con el fuego sagrado que después reclamarían otras causas, la Revolución, la Soltería, el Neoliberalismo. Se portó de maravilla (prosiguió) al menos hasta que el automóvil, sólido y suave a la vez, terminó de apurar la curva conocida como La Pera. A partir de este instante (concluyó) el Caballero arrojó por la ventanilla la coraza y exhibió su naturaleza oculta y genuina, tenebrosa.

Narro lo ocurrido:
Sobresaltándola, expulsándola del lecho de flores muertas y pañuelos kleenex en que ella yacía, el motor, a todas luces modificado, rugió ensordecedor, ¡BRAAAAMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMM!, y lanzó el automóvil rumbo a un crepúsculo en technicolor. Serían las seis y diez de la tarde. Promediaba el mes de mayo.2 La muerte, lentísima, del día, escribíase con haces de rayos hirvientes, cortejos de nubes algodonosas, un disco solar que se hundía entre fulgores que iban del rosicler al rubí. De las montañas bajaba un vientecillo oloroso a musgo, siempre húmedo, que, kilómetros adelante, entre los pinares, lamería la piel con un hálito frío. Aquí no. A esta altura, todavía pacían las vaharadas del valle tropical, del valle iluminado sobre el que precipitaríanse, en breve, incontestables, las sombras.
/interrumpo el relato para descolgar el teléfono/
Pero no sólo atronó el motor y el automóvil salió disparado. No. Narro que, sosteniendo el volante con la mano izquierda, el Sr. Chevrolet comenzó a desabotonarse, con la mano libre, la portañuela. ¡Mosca muerta! ¡Lobo oculto bajo una piel bovina! ¡Calculador hipócrita incapaz de detenerse ante el sufrimiento de una doncella bañada en lágrimas, aunque, verdad es, un tanto ligera de ropa!3
¡Rayos! ( ) ¡Demontres! ( ) ¿Cómo es que ella, tribulaciones aparte, no reparó, desde un principio, cuando aún se hallaba a salvo, en una apariencia por lo menos inusual en tratándose de un hombre no mayor de treinta años? Me refiero a lo siguiente:

    • Cabello corto relamido.
    • Corbata de moño.
    • Zapatos puntiagudos en dos tonos.
    • Larga boquilla de malaquita.
   • Bigotillo imitando la Primera Voz de quién sabe qué Trío Romántico.

¿Por qué —se preguntaría la policía de haber sido otro el desenlace— no advirtió ella tamaña extravagancia, en ese lugar y esa hora, y obró en consecuencia, negándose a subir al automóvil?

¿Nublábale la vista el raudal de lágrimas?

Digamos que, en medio de su estado letárgico, lo tomó por un H. Agente Viajero dispuesto a dar agua al sediento, amparar al cuitado, auxiliar al afligido, transportar al prófugo sin esperar nada a cambio —alejarla, alejarla, alejarla, alejarla porque ya no podía más.

Prosigo con el relato:
Salta el primer botón de la bragueta. Esta vez, ella no puede menos que notar la cicatriz que infama el dorso de la mano tentacular. No únicamente ese feo detalle. Igualmente advierte la circunstancia de que la mano actúa ajena al rostro adusto, circunspecto me atravería a decir, seráfico añadiría, rostro atento, tan sólo, a la carretera casi solitaria,4 que serpea rumbo al horizonte en llamas. ¡Pérfido lascivo! ¡Hipócrita! ¡Falsario! Quién lo viera al muy hijo de puta. Quién escuchara la cinta que se desplaza, justo en ese momento, en la cassettera del automóvil:
BRANDERBURGISCHES KONZERT
Nr. 6 B-dur, BWV 1051.5
Retrocedo un poco:

—¿Le complace a usted Bach?

Había inquirido el Sr. Chevrolet, no bien ella, mi amiga, se arrellanó en el asiento con el alma en los suelos, el rimel corrido, el corazón sangrante, la mente en otro lugar —aunque dispuesta a no echar marcha atrás, no esta vez, ¡noooooooooooo!, nada los unía ya, clamoroso jodido desenlace, de pintor a marchand, de ingenioso a alcohólico, de intenso a estúpido, de sutil a estulto.

—Perdóneme, pero no lo escuché...

—Me permití importunarla para preguntarle si le complace a usted Juan Sebastián Bach, el genio impar de la fuga. Es hermoso escuchar sus melodías inmortales en la carretera, mientras...

Hasta aquí.

¡Dios santo! ( ) ¡Recórcholis! ( ) De acuerdo. De acuerdo que ella se equivocara al imaginar, a primera vista, la identidad de aquel joven disfrazado de la Jazz Era. Sin embargo, aquello del “genio impar de la fuga” y/o “sus melodías inmortales”, era demasiado obvio, tan obvio como un relámpago en la oscuridad. Ella debió, tú debiste aducir cualquier pretexto —menos, claro, el de que se te había olvidado vestirte— y descender. Pero no lo hiciste. Tiraste por la borda tu segunda y última oportunidad.

Aunque de lo que me contaste, derivo el motivo profundo de tu pasiva confianza, sumada a la languidez mental del momento. La eufonía, El secreto del Falso Caballero era su voz: tersa, sedante. Una sonoridad que infundía confianza ocultando las pérfidas intenciones.


Retorno a la carretera:
Salta el segundo botón. ¿Por qué no abrir la portezuela y saltar a la carretera? Botar el seguro, mover la manija, empujar con el hombro: movimientos concertados y precisos. Ella observa de reojo el marcador: 200 kilómetros por hora. Desiste. El golpe sería espantoso. Imagina, estremeciéndose, la escena: el cuerpo rebota, da tumbos antes de hundirse en la cuneta. La dura carne tostada, indefensa a causa de la levísima camisa vaquera y los mordientes pantaloncillos, es fácil presa del asfalto ríspido, del pedregullo, de los trozos de una botella de Bacardí lanzada a la carretera por un teleadicto.
No recordabas en qué momento tomaste la decisión. Quizá mientras admirabas, ofrecida al sol, junto a la alberca, la inteligencia ofensiva e impaciente de tu hijo mayor; o un poco más tarde, mientras te tapabas los oídos para apagar el discurso ególatra y autoparódico del pintor XXX, uno de los invitados de ese día; o durante los postres, mientras esquivabas la rodilla aviesa que pretendía, bajo la mesa, recalar en tu mórbido muslo desnudo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Carretera:
Contempló aterrada las desgarraduras, los tajos, la masa de cabello y sangre y espuma cerebral. ¡No! ¡No! ¡No! Lo que ella quería era vivir, vivir, vivir. Renacer. Una oleada de náusea estalló en su estómago, empujándola hacia adelante, obligándola a llevarse a la boca el pañuelo desechable en turno. Este gesto le impidió percibir la espesa fragancia —¿orquídea? ¿dalia?— que empezó a manar de algún sitio del automóvil. ¿Una celdilla del tablero?6

—¡Bájate los shorts! ¡Pinche puta! ¡Bájatelos!

Ni exhorto ni súplica babeante: rugido espeso, canalla. Otra voz. Una voz diversa a la que, apenas minutos antes, le habló salvadora y providencial en tanto ella, en un extremo de la gasolinera, daba vueltas en un círculo de lágrimas.

Tampoco podías recordar cómo habías llegado ahí, en plena carretera, desde La Quinta Otilia, fruto de las estratosféricas ganancias del marchand ex pintor, tu marido. Únicamente te quedaba claro que te levantaste de la mesa ruidosa aduciendo deberes maternales, que pasaste junto a la descomunal paellera donde se enfriaban restos mortecinos, que entraste a la recámara en la que las nanas Apo y Lucre acicalaban a los niños para el paseo vespertino por los céntricos alrededores. Aquí se rompía, más que difuminábase, el recuerdo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .


La gasolinera. Tú sollozante, tú moqueante.

—¿Le sucede a usted alguna desgracia digna de lamentar? De ser así, ¿podría brindarle mi desinteresada ayuda?

El extraño se hallaba a medio metro de distancia, sujetando la portezuela del automóvil, blanco, del que acababa de descender. Ella levanta la cabeza, atraída por la voz vibrante, la voz hechicera. Suénase con pudor la enrojecida nariz. Con impremeditada gracia, borra los surcos abiertos por las lágrimas en sus (tus) mejillas doradas, un tanto febriles.

¡Grandísimo cabrón! Debiste haberla observado con la calma homicida con la que el cazador curtido, válido de una mira telescópica, fija su blanco, tigre o gacela, paloma o león. Ato los cabos sueltos. Los que ignora la heroína.

a) Una tarde ardiente, cortada a la mitad por una cinta asfáltica en la que se levantan pequeños remolinos de vapor.

b) Un enorme letrero vertical con la leyenda PEMEX.

c) El ruido, zzzzzzzzzzzmmmmmmmmmm, de un automóvil que pasa velozmente rumbo a La Pera.

d) Las oleadas reverberantes —vapor, luz— que se levantan en el playón, desierto, de la gasolinera.

e) La cabeza de un empleado solitario que emerge, chorreante, resoplante, de un tambo lleno de agua hasta los bordes.

f) El ruido en off de unos neumáticos que se acercan.

g) El primer plano de un Chevrolet blanco que se desliza hasta frenar junto a la bomba de gasolina.

h) El lento avance del empleado, secándose con un peine la cabeza reluciente de agua y brillantina.

i) Este diálogo:

—¿Lleno, jefe?

—Sí.

—¿Le checo el aceite?

—No. (Pausa.) ¡Sí! Revisa todo.

Mudaste de opinión porque tu mirada se había enturbiado a causa de unos altos muslos juncales, los de mi amiga, que se recortaban sobre dos azules y un amarillo —los azules, cobalto de la carretera, y añil del atardecer; el amarillo de estas hojas Yoko Bond. Allá
    en el extremo poniente de la gasolinera
    en el límite con la cinta asfáltica
    una joven semidesnuda daba vueltas alrededor de un cadáver (entrecomíllese) todavía fresco, todavía atónito

Relato sin más interrupciones que las de contestar el correo (Atenas, Viena, San Antonio), hacer diez sentadillas, servirme una segunda taza de café veracruzano. Listo. Narro y ya: Arrebatadora.

Una grupa que desdice tres maternidades al hilo. Efrencito, por el Marchand. Linda, por Linda Loring.7 Andy, por D. Andrés, q.e.p.d., el abuelo materno. Grupa que ciñe la cintura de jacinto, levanta las nalgas, abomba, en la proporción clásica, el bajo vientre (y su, ¿de qué color?, ¿espesura?, fronda, por fuerza, con este calor, mojada). Eso contempla el Sr. Chevrolet, vista de lince. Eso y más. Con idéntica impunidad relamíase el bigotillo (véase supra), contemplando a su sabor —saliva espesa— los grandes y enhiestos pechos que casi reventaban la leve camisa vaquera —aquí, lector, en esta parte del cuerpo divinal, sí había artificio, el de capas de silicón injertadas ahí donde tres hociquitos mamaron, chuparon, distendieron la piel, la estriaron, minaron los cimientos de unos senos si no a lo Jane Mansfield, sí duros y redondeados.

Debió deleitarse, estudiarla a sus anchas. Cabizbaja, taciturna, plañidera. Joven viuda echa un mar de sollozos y un piélago de mocos. ¿Qué podía saber ese voyeur anacrónico de un dolor como aquel, de aquel dolor? Azahares para tu boda. Las gotas de sangre virginal que manchan la seda albeante. El paraíso oloroso a detergente, hot cakes y heces infantiles. El mundo entregado al futuro como se entrega un navío, en plena tempestad, a una ensenada. La recámara rebosante de luz. La cristalería tintineante. La copa de felicidad. Un dolor como el que la enloquecía enfundada en sus Hot Pants. Ese dolor.

—¿Le sucede a usted alguna desgracia? (véase supra). La voz gratísima —lo dije ya— lanzó una cortina de humo sobre

    • el cabello con gomina
   • la mariposa con motas blancas posada sobre la nuez
   • los zapatos que usó Errol Flyn en su último paseo por la Habana vieja
   • la boquilla verde que cargó pese a la prohibición de PEMEX

¿Disculpóla?

Sí.

Ella escuchaba sin oír, miraba sin ver. Pensaba en Efrén, en Efrencito, Linda y Andy; pensaba en el esposo y los hijos abandonados en una quinta del centro de Cuernavaca, si es que pensar se llama a un nudo de espinas en la garganta, a un silicio atado al sexo, a una tempestad tras de los párpados, a un desastre que sin embargo se desea por sobre todas las cosas. A toda costa.

—¡Oh, sí! Necesito llegar a México lo más pronto posible.

—Si usted, madam, me diera la oportunidad de auxiliarla, /madam, tal cual/

—¿Va para allá?

—Naturalmente, naturalmente. (Pausa.) Permítame usted. (Pausa.) Por aquí.

Ella, ajena a la ironía de aquel “naturalmente, naturalmente” (México era el destino obvio), déjase guiar. Él abre la portezuela y espera a que ella suba y efectúe el inútil ademán de cubrir las piernas doradas con el bolso (gracioso, adquirido un verano de otros tiempos, entre Efrencito y Linda, en un mercado marítimo de Nueva York, ciudad que el marchand empezaba a conquistar con bodegones, acuarelas de templos novohispanos, retratos de tipos populares). Además, el suyo, además de inútil, innecesario. Él cuidóse de mirar la superficie que no alcanza a velar el bolso: tersa, bruñida, depilada. Tampoco echó un vistazo al delta venusino que demarcaba el pantaloncillo de mezclilla deslavada. ¡Qué va! Un perfecto gentleman. Un Caballero Automotriz. Imaginemos el esfuerzo realizado: ave de rapiña que pasa como si nada ante vísceras perfumadas, despojos suculentos.

Cierra —breve chasquido— la portezuela. Semirrodea la parte posterior del automóvil (sin que ella, inmersa en su propio abismo tome nota del motivo: indagar si el empleado de la gasolinera, de nuevo entregado al juego de hundir la cabeza en el tambo y secarse el cabello grasoso con el peine, los observaba). Colócase frente al volante. Antes de encender la marcha, abre la guantera y busca entre las cassettes.

—¿Le complace a usted Bach?

—Perdóneme, pero (véase supra).

... La Pera ... Salta el segundo botón de la bragueta ... La orden de que se quite, corrijo, baje, los pantaloncillos ... La idea, pronto desechada, de abrir la portezuela y saltar…

—¡Que te bajes los shorts! ¡Puta! ¡Puta!

Los botones restantes ceden, uno tras otro, al impulso de unos dedos impacientes pero certeros. Ella se afana, vuelta del todo a la realidad, en los posibles desenlaces de aquel drama porno (¿castigo?). La obligaría a que le mamara el miembro, la violaría en un recodo propicio de la carretera, la mataría/

Desenfundó antes que él.

Repito: ella desenfundó primero.

Un revólver Colt Agent calibre 38.
Se trató, qué duda cabe, de un movimiento rápido y silencioso, limpio.8 La mano derecha se introdujo instintiva en el bolso neoyorkino, resurgió empuñando el arma, se posó ostensiblemente sobre el hombro izquierdo. ¿Para qué acompañar el movimiento con palabra alguna? El agujero del cañón miraba, ojo helado, éste sin lágrimas, en dirección de la sien derecha del Sr. Chevrolet.

¿Atreveríase a disparar?

Sí.

Ella jalaría del gatillo sin que se alterara un músculo de su rostro —ya bastante torturado.

Temblorosa, la mano puñetera y su fea cicatriz, detalle en el que ella repara por segunda vez, salta al volante, ajusta la corbata de moño a la nuez que sube y baja, busca y enciende innumerables cigarrillos.9 Enseguida desciende de nuevo, tímida, ruborizada debo decir, para abotonar con recato de seminarista, la bragueta no más humeante. Todo a la vista de la pistola.

Aunque, involuntariamente, antes de llegar a México, el Sr. Chevrolet te hundirá hasta la empuñadura una daga en pleno corazón.

/daga punzante de veneno/

Narro. Al concluir, después de Tres Marías, el concierto bachiano, la mano desbravada suplió la cassette con otra, la primera que —el ojo del Colt atento— encontró. Éxitos de Armando Manzanero, interpretados por él mismo.

Contigo aprendí cubrió de sal la herida abierta por Adoro.

Letras del pasado.

A tal punto te crucificó la memoria que temiste desmayarte, no alcanzarías a disparar, la pistola rodaría al asiento y de aquí al piso del automóvil, despertarías, si es que tenías la suerte de recobrar el sentido, las palabras son tuyas, con la cara bañada en sangre y semen.

Alma abierta en canal. Dos chorros brotaron de tus ojos hinchados, reabriendo cauces en las mejillas, desaguando en el cuello, refluyendo en el foso de las clavículas. Los kleenex no bastaron para contener el diluvio.

Que la semana tiene más de siete días

Que existen nuevas/

—Yo, madam...

Empezó él a disculparse.

—¡Cállese el hocico! ¡Maneje!

Le ordenaste histérica blandiendo el revólver Colt.

Él hundió la cabeza entre los hombros y aceleró.

Ahí estaba, me cuentas, la mediamañana del 2 de julio de 1964. El Paseo de la Reforma. El café con mesas al aire libre, bajo un entoldado verde limón. Nadie más que ustedes dos, desconocidos, recién llegados a la ciudad de México: él, artista aventurero, de Venecia, tú, hija de familia leonesa, del internado poblano camino a Filosofía y Letras, en Ciudad Universitaria. Sabes que él te dibuja, sin prisa, mientras tú, en cambio, lees voraz El águila y la serpiente. Del fondo del local, alada y sutil, hiperromántica, entretejiendo los ruidos del carbón sobre la cartulina, del paso de las hojas del libro, del sorber del café, llega la voz de Manzanero.

Tarda horas, cuentas, me cuentas, en decidirse.

Se acerca a tu mesa cuando ya Venustiano Carranza está a punto de liquidar la conspiración en la que, frente a sus barbas, andan metidos Lucio Blanco y Martín Luis Guzmán.

—Me llamo Efrén Rosas. Éste es su retrato.

Lo calificaste de “abominablemente académico”. Pero su sonrisa, sorprendida, te fascinó. Lo invitaste a sentarse. Frente, no junto, a ti.

—Sonríe de nuevo.

Le suplicaste. Adoro de fondo.

—Madam... la caseta.

Diste un brinco. En efecto, unos 600 metros adelante, se divisaba la construcción. Ocultas el Colt Agent bajo el bolso.

—Descenderá apenas pase.

Te informa él, esperanzado.

—¡No! Sigue por Insurgentes.

Responde tajante, tuteándolo. Él palidece.


Concluyo la historia:

Le indicó que diera vuelta a la izquierda, otra vez a la izquierda, y luego a la derecha.

—Detente frente a la reja negra.

—¿A-a-aquí, madam?

—Baja. ¡Vamos, no hay nadie! La siguió, receloso, mirando en todas direcciones. Ya dentro de la casa, en el Gran Salón Colonial, lo dejó hacer, no mucho, porque el Sr. Chevrolet había perdido, amén de la caballerosidad, la más elemental libido. Máxime que, en todos los pisos, repiqueteaba el teléfono. Cuando se retiraba, más descompuesto que aliviado, los tirantes10 colgando bajo el faldón del saco, el cabello revuelto, ella le preguntó qué diablos le había pasado en la mano.

—Un navajazo, por tentón.

Respondió él, como disculpándose. Y cuando la familia

—Efrén, Efrencito, Linda, Andy, más las nanas—, alarmadísima, regresó de Cuernavaca, ella esperaba; infiel, las maletas listas, inmensamente triste pero resuelta a que la década que abría apenas sus tallos mereciera vivirse.
/sobra la dedicatoria/

 

 

 

1 Color amarillo.
2 Para proteger la identidad de mi amiga, la heroína, en estas líneas de ocio dominical y hábitos cinematográficos, altero la fecha, aunque no el lugar y la esencia de la historia. Ahora antañosa.
3 ¿Un tanto? Hablo de unos Hot Pants, a la sazón de moda, en verdad calientes. Y de una camisa a cuadros cosida a la piel.
4 Media semana.
5 Dato absolutamente real, no inventado.
6 Dato de mi cosecha.
7 Interrogada por la familia —¿Linda? ¡Pero si es nombre de peinadora!— mi amiga condescendió a explicarse: Linda Loring, personaje de la postrer novela de Raymond Chandler que lleva al altar al detective inmortal. Sonrisas heladas. Su decisión es tachada de “snob”, “intelectualoide”, “universitaria” (corrían los años 60).
8 Destreza producto no sólo de la devoción chandleriana de mi amiga sino de las precauciones femeninas a que obligaba un país que se iniciaba en la violencia física.
9 Marca Rialtos. Otro rasgo anacrónico.
10 Prenda cuya mención había yo olvidado.