Nota introductoria



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En la actividad literaria donde más ha descollado Fernando Curiel, según creemos, es en el estudio literario y en la novela, o más concretamente, una novela, Manuscrito hallado en un portafolios (1981), cuyo argumento central es el poder. Pero quizá no sea del todo exacto imaginarlos así: en sus libros suelen combinarse a menudo también el cuento, la crónica, el artículo, el aforismo, la anécdota, la página autobiográfica, y son constantes en su estilo los trastrocamientos y desajustes verbales, la proposición lúdica, el humor como regalo explosivo, la invitación a participar al lector para que complete el texto.

Sus estudios literarios* son a la vez, nos parece, piedra de fundamento de su obra y una rendición de cuentas con dos de los escritores que ha sentido especialmente afines a su alma: Juan Carlos Onetti y Martín Luis Guzmán. Han sido para él (utilizo la cuña de Emerson) sus hombres representativos. Con ellos ha sabido que no hay literatura sin compromiso humano. Los libros que prefería Nietzche eran los escritos con sangre; un admirable ateneísta nuestro, Carlos Díaz Dufóo hijo, gran lector de Nietzsche, completaba así: “De los libros valen los escritos con sangre, los escritos con bilis y los escritos con luz”. Las preferencias de Fernando Curiel son por esta suerte de libros.

Con Martín Luis Guzmán, si no observo incorrectamente, aprendió también Curiel, o acabó de aprender, la unión fructuosa de literatura, periodismo y política. Pese a cualquier reproche, Guzmán es en nuestra narrativa quien da más la imagen de un clásico. La gran mayoría de sus páginas parecen escritas en bronce o mármol. Quizá de él diría Curiel, más que de ningún otro, que fue “su autor y su maestro”.


2

Cuatro textos reúne Fernando Curiel en esta selección. Los dos primeros pertenecen a los años setenta (“Primera carta a un amigo progresista...” y “Támesis”), uno a los años ochenta (“Junto a los escombros”), y el último, “La huida”, a este decenio.

Una ciudad, Londres, ha sido de algún modo para él La Ciudad. Las huellas de su estancia y de su paso por ella quedaron en un libro de crónicas Vida en Londres, de donde toma dos textos para esta selección personal. El primero tiene el interés de ser una curiosa proposición, que después se convirtió en realidad, de la necesidad de que las mujeres, como en los pubs londinenses, entren a las cantinas mexicanas. En las páginas se leen argumentos de un carácter tan lógico —crematístico, político, social—, que de seguro fue leído por quienes aprobaron la enmienda, excluyendo sin embargo, hasta nuevos artículos con argumentos contundentes, a uniformados y menores de edad.

El segundo texto (“Támesis”) es uno de los más bellos que ha escrito: poemas en prosa que recuerdan las estampas inglesas (tengo la impresión de que Curiel no había leído aún a Rimbaud) de las Iluminaciones.

“Junto a los escombros” es un texto que se halla entre la crónica, el cuento, el guión cinematográfico y la relación autobiográfica. Cuadros y escenas de los primeros días posteriores al terremoto de 1985. En el texto pueden ser personajes también, al lado de los habitantes de la ciudad y del sujeto narrativo, el mismo terremoto y la misma ciudad de México. Todo forma parte de una trama que describe dos pesadillas: vivir esta ciudad y los efectos devastadores del terremoto. Si hay un humor en estas páginas es un humor negro. Pues a fin de cuentas “por qué carajos permanecemos aquí, retrepados a dos mil y pico de metros de altura sobre el nivel del mar, sofocados en el invierno, al borde de un estiaje total, respirando toneladas de mierda, sobre un suelo arcilloso que se anega, o resquebraja o hunde o trepida”. Por ese tiempo —eso da un eficaz contraste— él amaba a una muchacha que no tenía otro perfume “que el de la piel tendida al sol”.

El último, “La huida”, es un guiño a sus lecturas policiacas, en especial las novelas de Raymond Chandler. Quizá en el relato Curiel quiera decirnos que el cuerpo de una mujer hermosa vale todo, aun padecer la vergüenza o la ignominia.

Fernando Curiel nació en la ciudad de México en 1942. En el decenio de los ochenta le fueron otorgados los premios Xavier Villaurrutia, José Revueltas y Nacional de Biografía.


Marco Antonio Campos